Pecados capitales. Hombre vs Mujeres: La soberbia
Mujer soberbia = creída, marisabidilla, vanidosa.
Hombre soberbio = carismático, seguro de sí mismo, líder.
«Yo nací en Rocadragón. No es que lo recuerde; huimos antes de que los asesinos de Robert nos encontrasen. Robert era el mejor amigo de vuestro padre, ¿no? No sé si vuestro padre sabría que su mejor amigo envió sicarios a matar a una niña que estaba en la cuna. No es que importe ahora, claro. He pasado mi vida en el extranjero. Muchos hombres trataron de matarme. No recuerdo los nombres. Me han vendido como si fuera una yegua. Me han encadenado y traicionado. Violado y deshonrado. ¿Sabéis lo que me hizo soportarlo a lo largo de tantos años de exilio? La fe. No en ningún Dios, ni en mitos ni leyendas. En mí misma. En Daenerys Targaryen. El mundo no había visto un dragón en siglos, hasta que mis hijos nacieron. Los dothrakis no habían cruzado el mar, ningún mar. Lo han hecho por mí. He nacido para regir los Siete Reinos. Y lo haré».
— Juego de Tronos (7x03, «La Justicia de la Reina»)
Este fragmento de Juego de Tronos donde Daenerys Targaryen se presenta a Jon Nieve lo he visto en bucle ni sé las veces. Me da un subidón tremendo contagiarme de la fortaleza, la pasión y la confianza en sí misma que transmite la Madre de Dragones. Dan ganas de gritarle (tal vez lo hice): «¡Olé tu coño!».
Me gustaba tanto el discurso que lo compartí con mi amiga Yolandita. Ella no había visto la serie, y cuando terminó de ver el fragmento me preguntó: «¿Pero quién es esta que se lo tiene tan subidito?». Yo me pregunto —bueno, y se lo pregunté a ella—: ¿Y si en lugar de ella hubiera sido él el que mostrara tanta confianza en sí mismo, también se lo tendría «subidito» o lo verías como un gran hombre con carisma, fortaleza y pasión, y se te caerían las bragas al suelo? También es verdad que, si yo no hubiera visto la serie y no estuviera tan enamorada del personaje, probablemente habría reaccionado igual.
La doble vara de medir a hombres y mujeres está siempre ahí; a veces burda, a veces sutil, consciente o inconsciente. No son cosas tuyas: está y se sufre. Porque cuando un hombre tiene seguridad, una mujer tiene prepotencia.
La arrogancia masculina es la que mantiene a las mujeres sin expresar lo que piensan y sin ser escuchadas cuando se atreven a hacerlo. La arrogancia es «la que sumerge en el silencio a las mujeres jóvenes indicándoles, de la misma manera que lo hace el acoso callejero, que este no es su mundo. Es la que nos educa en la inseguridad y en la autolimitación de la misma manera que ejercita el infundado exceso de confianza en los hombres» (Rebecca Solnit, 2015).
Nos han socializado para no destacar ni demostrar nuestras capacidades y logros, porque si no, no seremos aceptadas y no nos querrán. Aprendemos pronto a hacernos pequeñas. De hecho, la superdotación está infradetectada en niñas —no así en niños— porque los buenos resultados de las niñas se atribuyen a que son aplicadas y trabajadoras en lugar de brillantes, y porque ellas mismas se camuflan para no destacar, puesto que las mujeres somos valoradas por otras cualidades.
Élisabeth Cadoche y Anne de Montarlot, en su libro El síndrome de la impostora: ¿Por qué las mujeres siguen sin creer en sí mismas? (publicado en 2021), aseguran algo que cualquiera que tenga un pie en el mundo de las empresas ve habitualmente tras examinar diversas investigaciones: para conseguir un puesto de responsabilidad, un hombre primero dice que sabe —incluso que es un experto— y aprende después; mientras que las mujeres tenemos que estar muy preparadas y seguras para optar a ese mismo puesto.
También afirman que las mujeres, cuando lo hacemos mejor, nos percibimos como peores; los hombres, cuando lo hacen peor, se perciben como mejores. Pero ¿de dónde viene el exceso de confianza masculino?
Una hipótesis muy plausible es la que plantea Almudena Hernando cuando habla de la fantasía de la individualidad masculina:
«Las necesidades de los chicos son primero cubiertas por sus amorosas madres y luego por comprensivas y amantes parejas, de tal forma que los hombres apenas se dan cuenta de lo poderosas que son esas necesidades, y se sienten independientes, autónomos, no necesitan a nadie, cuando en realidad tienen detrás un pequeño ejército de mujeres».
Hernando nos dice: «Imagina una araña que se desplaza de aquí para allá por una gran telaraña. Pues en una sociedad patriarcal las mujeres tejen y son al mismo tiempo la red tejida, mientras que los varones son las arañas que se desplazan de aquí para allá sin darse cuenta de cómo y por qué pueden hacerlo».
Ya nos lo venía diciendo desde hace tiempo Virginia Woolf (1929):
«Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre a un tamaño del doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. [...] Los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por eso, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse».
No quiero que niñas, adolescentes y jóvenes piensen que son minusvaloradas por cómo son, sino que entiendan que es algo que viene de largo y que nos ha pasado a la mayor parte de las mujeres en algún momento de nuestra vida.
Y quiero terminar parafraseando a Henar Álvarez cuando dice: «Yo no aspiro a ser brillante, ni la mejor; yo lo que quiero es tener la autoestima promedio de un hombre mediocre».
Sobre este blog
Respuestas y consejos. Por la psicóloga Mónica Manrique. Lee todos sus artículos en este enlace
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