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Bellos, gays y rockeros: Lestat y otros vampiros de Anne Rice que rejuvenecieron el mito

Sam Reid protagoniza la serie 'El vampiro Lestat' que adapta 'Crónicas vampíricas'.

Cristina Ros

7 de junio de 2026 22:30 h

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Mucho había llovido desde que Bram Stoker publicó su obra maestra cuando Anne Rice (Nueva Orleans, 1941 - Rancho Mirage, California, 2021), por entonces una escritora en ciernes que acababa de perder a su hija de cinco años por una leucemia, decidió escribir una novela sobre vampiros. Entrevista con el vampiro (1976), cuyo éxito fue fulgurante, dio comienzo a un ciclo que sumaría un total de trece volúmenes, Crónicas vampíricas (1976-2018), que no hay que confundir con la saga homónima de L. J. Smith. La autora, que durante el intenso proceso de redacción se documentaba de día y escribía de noche, se alejó del arquetipo de Drácula (1897) e introdujo un nuevo modelo de vampiro en la cultura popular que influyó en autoras como Stephenie Meyer o Charlaine Harris.

En España, la publicación estuvo en manos de Ediciones B, con traducción de Marcelo Covián Fasce. No obstante, es probable que muchos conozcan la obra no por el original de Anne Rice, sino por la adaptación de 1994 a cargo de Neil Jordan, que inmortalizó a unos jóvenes Tom Cruise, Brad Pitt, Antonio Banderas y Kirsten Dunst como los cuatro vampiros protagonistas, unas criaturas de aspecto andrógino y sensual que cautivaron al público juvenil y establecieron, con su estética gótica, un nuevo paradigma del género.

De forma más reciente, en 2022, se hizo una serie de televisión dirigida por Rolin Jones y este lunes 8 de junio AMC+ estrena El vampiro Lestat, adaptación del segundo volumen de Crónicas vampíricas en el que el inmortal al que hace referencia el título se convierte en estrella del rock. De un modo u otro, su historia sigue presente cincuenta años después de su publicación, por lo que merece la pena analizar algunas claves de esta reinvención del mito.

Quién inventó al vampiro

En su origen, y aunque cada cultura tiene sus variantes, el vampiro se presentaba como una criatura siniestra, poco más que un monstruo macabro que atacaba con saña a unas víctimas inocentes. Durante la Edad Media, a raíz de las grandes epidemias, arraigó en el folclore europeo la figura del vampiro ligada a personajes históricos, que dio lugar a numerosas supersticiones y acusaciones. Sin embargo, fue en la región de Transilvania donde se fraguó el mito que ha moldeado el imaginario occidental, gracias al legendario príncipe Vlad III de Valaquia, el Empalador, la base del Conde Drácula de Bram Stoker. Un vampiro cruel y poderoso que se debilita con el sol, el ajo y los crucifijos.

Béla Lugosi interpretando a Drácula.

Junto con Drácula (1897), hubo dos títulos en la literatura moderna que asentaron esta figura: el cuento El vampiro (1816), del malogrado John Polidori –que surgió en aquel emblemático verano en Villa Diodati orquestado por Lord Byron que también inspiró el Frankenstein (1818) de Mary Shelley–, y Carmilla (1872), de J. T. Sheridan Le Fanu, inspirada en la legendaria condesa Elizabeth Báthory, a quien se atribuye la tortura y la muerte de miles de chicas jóvenes, de quienes se decía que extraía la sangre para usarla como antídoto de belleza, una suerte de fuente de la eterna juventud.

Esos vampiros decimonónicos ya tenían un lado seductor, que Anne Rice potencia con sus libros. Entrevista con el vampiro parte de la táctica clásica del personaje que cuenta su historia a un interlocutor que solo interviene de forma tímida al comienzo y al final del relato –como Frankenstein, a propósito– para contar la vida de Louis de Pointe, un vampiro de más de cien años. Su periplo comenzó en Nueva Orleans en el siglo XVIII, cuando era el propietario de una plantación. La muerte de su hermano menor le sumió en una crisis, y en ese estado se cruzó en su camino el misterioso Lestat de Lioncourt, un vampiro que lo convierte en uno de los suyos, y con quien vive un intenso romance a lo largo de un siglo.

Criaturas de la noche sureña

Los vampiros de Anne Rice siguen ligados a la noche, la transgresión y la sangre, pero ni el ajo, ni las estacas, ni la luz los dañan. La autora introduce variaciones con respecto al modelo europeo; del mismo modo, el escenario difiere también del paraje donde vive el Conde Drácula: una plantación del sur de Estados Unidos, que da pie a tratar la cuestión de la esclavitud, las supersticiones y los rituales del lugar. En cierto punto de la historia, los protagonistas viajan a Europa en busca de sus ancestros. Allí, entran en escena otros vampiros, con particularidades diferentes en sus costumbres, como el seductor Armand, que enreda todavía más el conflicto amoroso.

La principal novedad, con todo, es la “humanización” del vampiro, al menos del recién convertido Louis: a diferencia de Lestat, que se alimenta de sangre humana, lo hace con animales; como harán sus homólogos de Crepúsculo (2005), de Stephenie Meyer. Su nueva condición le genera un problema moral: su mente sigue funcionando según los valores de la sociedad humana, pero el cuerpo, el instinto, lo empuja en una dirección que no le gusta, porque, para él, matar sigue siendo un pecado. En su intento por no degradarse, se reprime, pese a la tensión constante en la que vive.

Lestat haciendo crowdsurfing en la nueva serie de AMC+.

El hecho de conseguir que los vampiros resulten, además, sensuales y atractivos, tiene algo que ver con esta dimensión psicológica: es necesario dotarlos de personalidad, de matices, de sombras, para que fascinen al lector y no sean meros monstruos matarifes. La atracción, los remordimientos, la culpa, la tentación o el trauma son algunas de las emociones que experimentan, y que hacen del libro una novela llena de pasiones, unas pasiones que también despierta —en un polo u otro: las críticas nunca fueron unánimes— en los lectores. Y, por supuesto, está la erotización del vampiro, aquí un ser asexuado para el que no existen tabús cuando se trata de amar.

La palabra “tóxico” se quedaría corta si tuviéramos que juzgar el tipo de relación que establecen los personajes. Buena parte de la polémica que rodea la obra se debe, no en vano, a todas las fronteras que cruza, como el homoerotismo o, incluso, cierta pederastia al introducir el personaje de Claudia, una vampira convertida a los cinco años, que madura como cualquier mujer pero que mantiene el mismo cuerpo, que no crece ni crecerá; otro ejemplo del sufrimiento que padecen estos vampiros. Y hay, además, triángulos, alianzas entre amantes y tentativas de venganza; todo gira en la corriente de un amor obsesivo, que en un periodo tan largo da tantos giros que el interés del lector no decae.

Tom Cruise en 'Entrevista con el vampiro'.

Y, cuando se habla de amor, hay que hablar también de soledad. La herida incurable del vampiro, una criatura que se siente tentada por la inmortalidad para luego descubrir que, en la práctica, trae más desdicha que placer. La naturaleza eterna, además, frustra sus pretensiones de romper por completo con el otro cuando la situación no es grata. Y, en otro orden de cosas, los empuja a matar a más humanos, en un intento desesperado por tener compañía. El vampiro es, desde esta perspectiva, un ser débil, impulsivo, voluble, con un profundo dolor enquistado imposible de sanar.

Entrevista con el vampiro es una novela oscura, porque oscuras eran las circunstancias de la autora cuando la escribió: sumida en una grave depresión por la pérdida de su hija, el libro, que tuvo su origen en un relato escrito años antes, fue un refugio y a la vez tuvo un efecto catártico en ella. De algún modo, su inclinación por los extremos —la soledad y el apego enfermizo, la muerte y la pulsión sexual, el amor y la destrucción, la culpa y el castigo, la carnalidad y el espíritu, la lujuria y la moral— actúa asimismo sobre el lector como la buena narrativa gótica, que a través de la ficción, de las atmósferas lúgubres, la pasión encendida y los escenarios tétricos, canaliza el lado más turbio del ser humano.

Brad Pitt y Kirsten Dunst en 'Entrevista con el vampiro'.

Y es que los vampiros, como los zombis, son las criaturas que mejor parecen captar el aire de estos tiempos: seres narcisistas, atractivos en la apariencia y seductores por sus promesas, pero atormentados consigo mismos y chupópteros con los demás. La estética sórdida de su mundo no deja de ser un reflejo de su alma doliente y pérfida, que ejerce tanta fascinación como miedo. Nadie quiere toparse con un “vampiro” de carne y hueso, pero disfrutarlo en los mundos de la imaginación es, nunca mejor dicho, otra historia. Y, además de las nuevas versiones que llegan a las librerías y al cine, esta Entrevista con el vampiro de Anne Rice, convertida ya en todo clásico moderno, sigue siendo una lectura capaz de levantar pasiones entre los lectores, para bien o para mal.

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