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La importancia de llamarse Mariano Rajoy

Una pantalla en la sala de prensa muestra a Mariano Rajoy durante su declaración como testigo en el juicio del caso Kitchen, en el Tribunal Central de Instancia de la Audiencia Nacional el jueves.
26 de abril de 2026 22:59 h

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Me parece un milagro que, cuatro días después de su declaración como testigo en el juicio del caso Kitchen, todavía nadie haya publicado una columna titulada “La importancia de llamarse Mariano Rajoy”. Con lo que nos gusta a los columnistas parafrasear títulos famosos (Crónica de una muerte anunciada es de los más manoseados), y sin embargo he googleado sin encontrar nada. Así que no me queda más remedio que escribirla yo, venga.

La broma cae sola: la obra de Oscar Wilde (La importancia de llamarse Ernesto) va de un personaje del que todo el mundo habla (el tal Ernesto) pero que en realidad no existe, es el nombre falso que el protagonista usa para ocultar una doble vida. Más o menos como el tal M. Rajoy, M.R., M. Raj., Mariano, El Asturiano, El Barbas, que aparece por todas partes: en los papeles de Bárcenas, en las conversaciones de la trama Kitchen, en las declaraciones de testigos, en mensajes de WhatsApp…, pero que por lo visto no es Mariano Rajoy. Quizás eran seudónimos usados por otros, no lo descartemos. Además, Wilde juega en el original inglés con la homofonía entre Ernest y Earnest, que significa “serio” en el sentido de honesto, fiable y sincero. Nada earnest ha sido el expresidente Rajoy haciéndose el tonto ante el tribunal contra toda evidencia.

Pero sobre todo, el título viene al pelo porque en el juicio Kitchen, como en su día en las investigaciones sobre Gürtel, el caso Bárcenas, los sobres y la financiación ilegal del PP, lo que una y otra vez resurge es precisamente la importancia de llamarse Mariano Rajoy: son tantas las menciones al expresidente en todas sus variantes, que resulta increíble que solo comparezca como testigo, que no tenga cuenta alguna que rendir, y que se acabe yendo limpio de tramas tan turbias, y con la chulería esa de “yo me llamo Mariano Rajoy, como todo el mundo sabe, y luego cada uno me llama como quiere”.

Una vez pasado el mal trago, Rajoy puede seguir su vida plácida, y puede seguir escribiendo libros edificantes como El arte de gobernar, donde “comparte los aprendizajes que la realidad le ha enseñado en el ejercicio del poder”, “la experiencia convertida en sabiduría política”, “con la autoridad de quien ha gobernado España durante una de sus crisis más graves”, “una mirada sin concesiones sobre el arte de gobernar”, “una obra esencial para comprender los fundamentos de la política como servicio público”. Igual que podrá seguir dando conferencias y participando en actos de su partido para darnos lecciones, venga, que sí.

Daría risa si no diese rabia: cualquiera que apareciese tantas veces nombrado y de forma tan sospechosa como nuestro Mariano Rajoy, si escapase ileso daría gracias por su suerte (y lo que no es suerte), se retiraría totalmente de la vida pública, y hasta se cambiaría el nombre para que no le sigan confundiendo con ese otro que aparece en papeles, grabaciones y declaraciones de testigos, y que por lo visto, hay que creérselo, no es Mariano Rajoy.

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