“Creía que iba a salvar el planeta”: cómo una actriz de ‘Juego de Tronos’ se unió a una secta de bienestar y perdió la cabeza
Al menos una vez a la semana, Hannah Murray tiene un pensamiento abrumador: “¡Gracias a Dios que ya no actúo!”. Puede estar subiendo las escaleras con una taza en la mano, o sentada en su escritorio abriendo el ordenador, sacando una cazuela del horno o paseando por la calle principal del pueblo del este de Inglaterra, donde vive ahora. El pensamiento llega acompañado de lo que ella describe como una especie de alivio físico total. Intenta aferrarse a esta sensación de “ya no soy actriz” porque, según dice, al mismo tiempo siente “una verdadera oleada de alegría”.
No es solo porque ya no tenga que desnudarse ante la cámara, aunque hubo muchas de esas escenas, empezando por Cassie, a quien interpretó a los 17 años en la exitosa serie Skins del canal E4, casi siempre en ropa interior. Tampoco es porque no tenga que lidiar con la atención constante sobre su peso, porque también hubo mucho de eso, acompañado siempre de preguntas de periodistas: ¿era anoréxica en la vida real? ¿A sus padres les preocupaba su peso? Y no es porque no la reconozcan en todas partes, como le ocurrió después de interpretar a Gilly en Juego de Tronos, con hombres adultos montando en cólera si no les firmaba autógrafos o se hacía un selfie con ellos. Tampoco se trata de tener que negociar qué partes de su cuerpo aceptará mostrar por contrato. Ni de lidiar con la euforia de conseguir un gran papel seguida inmediatamente de la decepción de terminar el rodaje solo para volver a la rutina de las audiciones y que le digan: “Por favor, ve bien arreglada. Tienen que creerse que Benedict Cumberbatch podría sentirse atraído por ti”.
Es una mezcla de todas estas cosas. Además del estilo de vida, el alcohol, las drogas, el sexo imprudente (una vez se llevó a un doble de Kurt Cobain a un baño en un club nocturno de Detroit simplemente porque, sí, se parecía al cantante de Nirvana, fallecido hace mucho tiempo). Sabe que todo era desesperación, un intento de sentirse especial. “Ese era un factor importante de ser actriz: ser elegida para un papel te hace sentir increíblemente especial. Pero solo dura lo que dura ese proyecto. Estaba en este bucle en el que me preguntaba incesablemente, '¿Dónde está eso que me hará sentir especial para siempre?'” Intentó leer obras de la sección de crecimiento personal de la librería, —la droga de iniciación, como llama irónicamente a esos libros ahora—. Probó la meditación, diarios de gratitud y hasta tuvo dos psicoanalistas.
‘The Make-Believe’, una exploración franca y a menudo bañada de humor negro sobre la convergencia del hedonismo con la industria de la autoayuda que la llevó de cabeza al “lado oscuro del mundo del bienestar y la espiritualidad"
En vista de todo esto, quizás no sorprenda que, a los 27 años, Murray se viera envuelta en una secta del bienestar. Una secta tan absurda, en retrospectiva, que su líder posaba con un collar de símbolos místicos y un enorme vaso de Starbucks. Prometía sabiduría y algo especial, pero le costó miles de dólares. Sin embargo, mucho peor fue el daño que causó a su salud mental. Murray sufrió un episodio psicótico tan grave que tuvo que ser ingresada en una unidad psiquiátrica especializada. Posteriormente, un psiquiatra le diagnosticó trastorno bipolar.
En los nueve años que han pasado desde entonces, Murray ha intentado comprender qué ocurrió. Principalmente, anotando todo lo que recordaba de aquella década intensa, revisando mensajes de texto, notas, películas y hablando con amigos. El resultado es su memoria autobiográfica ‘The Make-Believe’, una exploración franca y a menudo bañada de humor negro sobre la convergencia del hedonismo con la industria de la autoayuda que la llevó de cabeza al “lado oscuro del mundo del bienestar y la espiritualidad”.
Aunque Murray es más conocida por Skins (tres temporadas) y Juego de Tronos (cinco temporadas), también trabajó en una gran cantidad de papeles en cine, televisión y teatro que explotaban su vulnerabilidad, su crudeza innata y algo inefable que la hacía fascinante de ver. Entre ellos, destacan la película sobre el suicidio adolescente Bridgend (2015), por la que ganó tres premios a la mejor actriz; el largometraje estadounidense sobre los disturbios raciales Detroit (2017); y la obra sobre la Familia Manson Charlie Says (2018). Además, se graduó con una licenciatura en Literatura Inglesa en la Universidad de Cambridge.
Hoy, sentada frente a mí en una cafetería del Teatro Barbican, en Londres, luce radiante, con el pelo castaño peinado con raya al medio y la camisa abierta sobre un top de rayas brillantes. Las dos latas de agua con gas que ha pedido están sobre la mesa cuando me siento. Casi siempre tiene las manos escondidas en el regazo, pero de vez en cuando, al recordar algún dato o anécdota, se enrosca mechones de pelo entre los dedos. La ciudad de provincias, la cocina, la escritura: todo eso forma parte de la Murray de 36 años que no bebe ni fuma, que ya no actúa ni forma parte de la élite.
Buscaba algo que me arreglara por completo, una varita mágica o una solución milagrosa
Ahora se mantiene alejada del mundo del bienestar. “Incluso las cosas más suaves pueden resultar bastante angustiantes. Ya no medito. No entraría en una tienda de piedras preciosas. No hago yoga, porque no sé qué podría surgir que me parezca demasiado esotérico para lo que puedo tolerar. Pero ahora me doy cuenta de lo extendido que está. De la frecuencia con la que desconocidos te lo ofrecen como remedio. Dices: ”No duermo bien“, y te preguntan: ”¿Has probado la meditación?“. Está en todas partes, vista como una solución intrínsecamente positiva. Y existen versiones inofensivas o positivas. Pero como yo buscaba algo que me curara por completo, una varita mágica o una solución milagrosa, la promesa me resultaba seductora y adictiva”.
En general, “no se reflexiona lo suficiente sobre el bienestar”, afirma Murray, “sobre todo en lo que respecta a su transformación en una industria”. La actriz cuenta que era una joven vulnerable y que vio cómo otros jóvenes en su misma situación apostaban su felicidad a lo que resultó ser una secta perniciosa y explotadora.
Hablemos entonces de la secta. Ella prefiere no nombrarla, simplemente se refiere a ella como la organización. En el libro describe lo fácil que fue caer en la trampa —poco a poco, a lo largo de varios meses— y pide a quienes se creen inmunes que recuerden todas las veces que se han sentido tentados por una solución rápida.
“Es fácil pensar 'eso nunca me pasaría a mí’, pero nos hacemos un flaco favor al decirlo, porque no lo sabemos. No tenía ni idea de que iba a pasar por nada de lo que describo en el libro. Habría dado por hecho que no me pasaría, que estaba a salvo. Tenía buena educación, provenía de una familia de clase media; todo debería haber estado bien. Pensaba: ‘Soy inteligente. Tomo buenas decisiones’. Pues bien, tomé decisiones terribles. Pero es importante entender por qué la gente hace estas cosas, en lugar de pensar: ‘Oh, deben ser idiotas’ o ‘¿Cómo se puede ser tan estúpido?’”.
Su primer contacto con la organización fue a través de una “sanadora energética” llamada Grace*. Su entrenador personal se la había presentado en el set de ‘Detroit’, donde actuó junto a John Boyega, Will Poulter y Kaitlyn Dever. La película fue dirigida por la ganadora del Oscar Kathryn Bigelow, a quien Murray admiraba profundamente. Aun así, el tema era “violento y oscuro”, la historia real de tres hombres negros asesinados por la policía durante las protestas de 1967. Murray interpreta a Julie, una joven de 18 años de Ohio, golpeada con una pistola, interrogada y agredida sexualmente por policías blancos.
La actriz se mantuvo delgada durante el rodaje, haciendo flexiones para aumentar su ritmo cardíaco antes de cada escena intensa. Un profesor de actuación la había animado a “abrirse” de una manera “casi chamánica”. Luego llegó la escena en la que se rasgaba el vestido. “Mis pechos quedaron expuestos a la cámara. Los cubrí inmediatamente con los brazos. Luego lo repetimos todo... Tantas veces que perdí la cuenta”. Según narra, cada vez “el corazón me latía con fuerza. Sentía dolor en el estómago y el pecho. Los nervios me ardían. Temblaba de adrenalina”. Sabía que no era real. Pero al mismo tiempo, le resultaba traumático. La atormentaban las pesadillas. Cuando despertaba por la noche, corría al baño a vomitar. Así se sentía cuando conoció a Grace, una “sanadora energética”.
Grace le preguntó a Murray si podían hablar. Y Murray tenía mucho que decir. Era, de todos modos, una persona que siempre se desahogaba —la típica chica que en las fiestas contaba la historia de su vida para conectar con la gente— y le gustaban las conversaciones íntimas. Le habló a Grace sobre ‘Detroit’, sobre la actuación, sobre la presión de sentirse feliz y afortunada —dada su vida de glamour y éxito—, la tensión de no quejarse nunca, especialmente en el ámbito profesional, incluso si le pedían que filmara semidesnuda en Nueva York a -9 °C, o en una playa galesa con vientos de 72 km/h y fiebre. También le habló de los compañeros de reparto arrogantes que no se habían aprendido sus diálogos, los directores crueles, los agentes de casting entrometidos. Se desahogó sobre su vida, su familia, sus mayores tristezas. Y Grace le escuchó.
Grace también le recomendó entonces que probase sesiones de reiki con ella y llegó a ofrecerle algo más, algo “para quienes quieren abordar sus problemas y resolverlos”. Y eso sonaba justo a lo que buscaba Murray. La “sanadora” le presentó a una lectora de cartas y, tras pagar 150 dólares, Murray recibió una sesión de “sanación”. Después, Grace le habló a Murray de un curso que podía tomar para aprender las herramientas necesarias para ayudarse a sí misma. Como alguien del rodaje se la había presentado, Murray pensó que Grace era de fiar.
Siendo sincera, Grace reconoce que hubo momentos en que no ella misma no tenía sentido. Hablaba de traer “luz” a su cuerpo y de cómo podía activar su “ADN espiritual” usando herramientas “poderosas y ancestrales”. Atrapada por el entusiasmo de Grace, Murray optó por dejar de lado esos momentos, como “decidiría dejar de lado, pasar por alto o ignorar tantas pequeñas cosas” en los meses siguientes.
Grace le dio un pequeño frasco de gotas. Murray no tiene ni idea de qué eran. “Probablemente nada más que agua, en un bonito envase, inofensivamente inútil, engañosamente cara”
Por alguna razón —probablemente agotamiento, posiblemente los primeros síntomas de un episodio bipolar— la sesión de sanación de Grace le pareció mágica y Murray experimentó una liberación total. Antes de irse, Grace le dio un pequeño frasco de gotas, recalcando lo importantes que eran, cómo la ayudarían con el “proceso (…) para limpiar las cosas”. Murray no tiene ni idea de qué eran. “Probablemente nada más que agua, en un bonito envase, inofensivamente inútil, engañosamente cara”. Esa noche durmió 14 horas.
Grace también le había dado a Murray los datos de contacto de una mujer en Londres. Cuando regresó de Estados Unidos —vía Los Ángeles, donde asistió a un concierto de Beyoncé, hizo una audición para interpretar a Janis Joplin y a los premios Emmy, y luego fue a Belfast para dos días de rodaje de Juego de Tronos— estaba destrozada. La recibió Siobhan, una mujer extraña, algo aturdida y distante, que también llevaba el collar místico. Siobhan le explicó lo que aprendería en clase: los rituales, las rutinas, las maneras de protegerse de la energía de otras personas, y Murray le entregó 700 libras —unos 810 euros—, el primero de muchos pagos. Echando la vista atrás, no describe a Siobhan como una estafadora, sino más bien como una “creyente sincera e ingenua”.
La clase, a la que también asistió un conductor de Uber al que Siobhan había contratado para un traslado al aeropuerto, requería imaginación. En un momento dado, le pidieron a Murray que resumiera la sensación de “aferrarse a pilares de luz”. Se sorprendió al sentir algo casi sólido en sus manos, pero hoy recuerda que su trabajo en aquel entonces implicaba “la capacidad de sumergirse en cosas fantásticas, como el trabajo de efectos especiales CGI en ‘Juego de Tronos’, donde miraba una pelota de tenis e imaginaba que era un lobo gigante”.
Siobhan describe rituales chamánicos y cabalísticos, santuarios y chakras, baños de sal y círculos mágicos, yoes superiores y guías espirituales. Habla de una verdadera alma gemela, algo que Murray, bisexual y abierta al poliamor, encontró un poco incómodo y anticuado, pero que, una vez más, pasó por alto. Cada clase abría un camino de progresión hacia otra clase o curso, que prometía más respuestas, más formas de autosanación y autoprotección, pero a un precio. Murray quedó enganchada; quería seguir ese camino. Quería ser una “Guerrera”, lo cual era posible si tomaba los cursos llamados Maestra Ritual Novata, Maestra Ritual Aprendiz y Maestra Ritual Magus Hermeticus. “Quería ir cada vez más lejos, tan lejos como se pudiera llegar”, afirma.
Murray era tan ingenua y confiada que no buscó información sobre la organización en internet. De haberlo hecho, habría leído relatos escalofriantes de estafas financieras y espirituales
Murray era tan ingenua y confiada que no buscó información sobre la organización en internet. De haberlo hecho, habría leído testimonios delirantes de sus seguidores, así como relatos escalofriantes de estafas financieras y espirituales. Habría descubierto que funcionaba como una pirámide y que escalarla la despojaría de su libertad personal e individualidad. “La pirámide estaba estructurada para explotar a cualquiera que intentara escalarla”, escribe en su libro ‘The Make-Believe’. “Excepto a una persona, un hombre, que se sentaba en la cima”. No lo conoció hasta que completó varios cursos, que además eran costosos.
Pero antes de pasar a hablar del hombre al que llama “Steve” en el libro, hay algo que Murray considera muy relevante para su historia: ella pertenece a la generación de Harry Potter. “Eso es fundamental”, afirma. “Este libro fue tan popular entre tanta gente de mi edad, y lo más atractivo era la idea de que podías descubrir todo un mundo mágico, justo debajo de la superficie del nuestro. De niña, deseaba con todas mis fuerzas que fuera cierto”.
De forma similar, explica, la literatura juvenil que consumía su generación ofrecía historias donde el chico raro resultaba no ser raro, sino especial, con dones increíbles. “Cuando sufría psicosis, mi mente era un cóctel de esas historias, la idea de que había descubierto la verdad, que era que tenía un destino increíble. Iba a salvar el mundo. Podía volar. No quiero decir que esas historias sean malas ni nada por el estilo. Simplemente creo que nos alimentan con una dieta que nos hace desear esto”, explica.
Y resulta que Steve, como era de esperar, era fan de ‘Juego de Tronos’. La primera impresión de Murray fue la de un hombre blanco de mediana edad, con cabello y barba plateados, que vestía una chaqueta amarilla que desentonaba con su camisa roja. Le dio un abrazo “de corazón a corazón” característico de la organización. Le resultó un poco inapropiado, pero también emocionante y quizás más íntimo de lo que debería. Llevaba el collar que todos usaban, y cuando ella le miró a la cara, “parecía tan seguro de sí mismo. Irradiaba un poder que nunca había visto en nadie. Un poder mágico... Supe que estaba en presencia de un mago... Entonces, Steve habló: 'Hola, estoy aquí en Londres para iniciar a algunos Maestros Rituales como Chamanes Celtas'”.
Cuando sufría psicosis, mi mente era un cóctel de esas historias, la idea de que había descubierto la verdad, que era que tenía un destino increíble. Iba a salvar el mundo. Podía volar.
La mayoría de los instructores de la organización eran mujeres y, en su mayoría, llevaban falda, algo que Murray no notó del todo hasta que se les indicó a las devotas que también las usaran. Murray lo recibió con recelo. Ella era más de chándal. Pero se fijó en otras cosas. Cuando Steve se dirigió a los presentes, empezó con un chiste subido de tono. “Dijo que suponía que debíamos hacer 45 minutos de cardio al día y que él prefería tener sexo como ejercicio cardiovascular que cualquier otra cosa”.
¿Vio indicios de explotación sexual? “Mi experiencia fue muy erotizada, sin que ocurriera nada explícitamente físico”, dice. “Había una energía muy palpable en el ambiente. Creo que suele haberla en estas organizaciones espirituales jerárquicas. Me pareció interesante que fuera un espacio predominantemente femenino —las maestras, la sanadora— y de repente entra este hombre, increíblemente seguro de sí mismo y magnético. Lo primero que cuenta es un chiste sobre sexo. De esa energía tan etérea, suave e indecisa, de repente es como: ”Hola, estoy aquí“ y ‘Vamos a follar’. Creo que lo hacía a propósito”.
Incluso en ese momento, recuerda, miró a esas mujeres y pensó: “¡Secta sexual!”. Pero cuando se lo sugirió a uno de los profesores, le respondieron: “Oh, Dios mío, qué divertido... No, es que es muy bueno destrozando tu ego y por eso pueden surgir muchas cosas sexuales”. Fue durante este curso de cinco días celebrado en un hotel de Londres cuando el comportamiento de Murray comenzó a volverse errático. Vivía con muy pocas horas de sueño al día y descubrió que hablaba a “un millón de kilómetros por segundo”.
Absorbía las historias contadas por otros participantes como un "rayo", como si contuvieran mensajes secretos, anotándolas en su teléfono. Veía señales y símbolos por todas partes
Su cerebro hacía conexiones aleatorias; por ejemplo, vinculaba una cena que tuvo con otros cinco participantes con los cinco abortos espontáneos que sufrió su madre antes de que ella naciera. Se sentía pura y ascética con agua y comida vegana, y más delirantemente feliz que nunca bajo los efectos de las drogas. Absorbía las historias contadas por otros participantes como un “rayo”, como si contuvieran mensajes secretos, anotándolas en su teléfono. Veía señales y símbolos por todas partes. Una chica llamada Lauren le dijo que había un mensaje en la película ‘La historia interminable’. Entonces Lauren dijo que no estaba segura de Steve, que le recordaba a un “vendedor de coches usados sospechoso”. Murray interpretó esto como una muestra de lo especial que era ella; Lauren no podía ver la verdad.
Esa noche, mientras se bañaba con las sales “contra el mal” que había comprado en la tienda de la organización, empezó a oír la voz de Steve en su cabeza. Creía que la amaba, que se casaría con ella, que controlaba el clima, que ella tenía poderes especiales. A media mañana del día siguiente, empezó a tener alucinaciones: veía diagramas en el cuello de la gente que le mostraban cómo “curarlos”. Pensó: “Steve es mi padre y quiero acostarme con Steve”. (Puede que fuese un eco del hecho de que su personaje en ‘Juego de Tronos’ quedó embarazada de su padre).
Si Murray hubiera estado rodeada de personas que no fueran seguidores de la secta, su estado maníaco podría haber sido detectado. En cambio, se hundió aún más, experimentando una especie de colapso mental. Buscó refugio en un baño cerrado con llave, con un dolor de cabeza agonizante que sentía como si estuviera “dando a luz a través del cráneo”. Al otro lado de la puerta cerrada, los maestros se agolpaban a su alrededor, sosteniendo herramientas de bronce y coreando: “¡Fuera, espíritu maligno de Hannah!”. Incluso en su estado de angustia, Murray comprendió, en cierto modo, que aquello era “jodidamente gracioso”.
Nadie sabe cuánto tiempo pasó antes de que alguien pidiera ayuda. Murray, que para entonces corría de un lado a otro buscando a Steve, quien convenientemente había desaparecido, fue inmovilizada en el suelo. Fue trasladada de urgencia al hospital Gordon en Bloomsbury y retenida durante 28 días bajo la Ley de Salud Mental. Como lectora, algunas de las partes más indignantes del libro son los mensajes de texto que Steve le envió a Murray mientras estaba internada. Buscando respuestas sobre lo sucedido, le escribe: “Siento que he estado experimentando algunos efectos secundarios muy malos como resultado de uno de sus tratamientos. Me gustaría saber si esto es normal”. Steve le dice que no, pero añade: “Estás libre y todo estará bien”.
Hannah: “¿Libre de qué, Steve?”
Steve: “Hay cosas buenas y malas en el mundo, y a veces la mala energía puede entrar en nosotros.”
Hannah: “¿De verdad esperas que me conforme con esa explicación?” Steve envió una respuesta divagante sugiriendo que, mientras Murray trabajaba en Detroit, “un tipo malo se metió en ti”, y concluyó: “Es algo grave, pero en términos más sencillos, te poseyeron.”
Murray dice que le costó mucho tiempo enfadarse, pero hay ciertos pasajes del libro, incluidos estos mensajes, que todavía le resultan “difíciles”. “Porque recuerdo lo vulnerable que era cuando recibí esos mensajes. Me da pena por mí misma.” Le pregunto cómo se sintieron sus padres, y dice que no cree que sea justo compartir “todos los detalles de cómo se sintieron. Pero bueno.”
La hija única de “dos padres ancianos”
Murray creció en Bristol. Bromea diciendo que es el típico cliché: “hija única de dos padres ancianos”. Su padre, que tenía 47 años cuando ella nació, es un académico al que le encantaban los trenes de vapor y los horarios, y su madre es técnica de laboratorio (“muy cariñosa, muy positiva, muy dulce”). De niña pasaba muchísimo tiempo sola, dándoles nombres y personalidades a sus peluches. “Me aburría muchísimo”, se ríe. “Recuerdo jugar con las persianas durante horas y horas”. Pero también lee mucho. “Y vivía principalmente en mi cabeza. Era una niña soñadora. Mis recuerdos de la adolescencia son de ser una cabeza gigante, flotando, sin ninguna conexión con mi cuerpo”. Anhelaba tener hermanos y sentía una especie de culpa por haber sobrevivido a los abortos espontáneos de su madre. Se obsesionó con la idea de que tenía que vivir una vida plena por cada uno de ellos.
Tenía una especie de adicción a entrar y leer cosas sobre mí en internet. Era horrible, como la cloaca de internet
A los siete años ya planeaba su futuro como veterinaria, eligiendo cursos y carreras universitarias. A los once, cambió de rumbo tras ver una obra de teatro sobre criaturas del bosque y extraterrestres que se hacían amigos. “No fue un 'Quizás me interese la actuación'... Fue un 'Voy a ser actriz'”. Echando la vista atrás, su salud mental le parecía “extraña” durante su adolescencia temprana. A mediados de la adolescencia, se autolesionaba, pero no se lo contó a nadie. Recuerda haber visto un documental de Stephen Fry sobre el trastorno bipolar y haber sentido que lo que se comentaba “era muy cercano a ella. Pero también, era adolescente, y todos tenemos altibajos”.
Hizo la audición para ‘Skins’ a los 16 años, mientras participaba en un grupo de teatro juvenil, y consiguió el papel el día de su decimoséptimo cumpleaños. La primera temporada se rodó el verano anterior a su último año de bachillerato, y la segunda mientras se preparaba para los exámenes. “Falté mucho a clase ese último año”. Eso no le impidió conseguir una plaza en la universidad, y para cuando llegó la semana de bienvenida a los nuevos estudiantes, la serie “era todo un fenómeno”, famosa por sus impactantes representaciones de los excesos adolescentes. La reconocían prácticamente en todas partes, le resultaba “bastante abrumador” y se relacionaba con gente que no sabía quién era. O a la que no le importaba.
¿Cómo fue Cambridge? “Intenso. Era mucho más organizada que ahora. Hice tres películas en tres años, y además iba a Londres todas las semanas a hacer audiciones. Simplemente hacía mis ensayos y los entregaba con antelación. De alguna manera, lo conseguí todo. Todo el mundo me tenía perplejo. La primera vez que usé mi título fue cuando solicité un máster en escritura creativa para escribir este libro”.
Aunque no padeció anorexia, la actriz sí describe una “relación desordenada con la comida”. En aquella época, el sitio web de películas IMDb albergaba foros de discusión en las páginas de los actores. “Tenía una especie de adicción a entrar y leer cosas sobre mí en internet. Era horrible, como la cloaca de internet; por cada persona que decía que mi cuerpo era 'inspiración para adelgazar', había otra que decía: 'Es repugnante'”.
Luché durante mucho tiempo con la idea de que no tenía derecho a sentirme tan triste. No había nada malo en mí. Tenía el privilegio de tener una carrera increíble. ¿Por qué no podía ser feliz todo el tiempo?
¿Hubo algún síntoma temprano del trastorno bipolar? “Nadie me lo sugirió. De vez en cuando, había conversaciones donde tal vez era algo implícito. Mis amigos y la terapeuta que me atendía en ese momento hablaban de 'momentos de gran euforia' y 'momentos de profunda tristeza'. Luché durante mucho tiempo con la idea de que no tenía derecho a sentirme tan triste. No había nada malo en mí. Tenía el privilegio de tener una carrera increíble. ¿Por qué no podía ser feliz todo el tiempo?”.
Una vez que recibió el diagnóstico, “todo cobró mucho más sentido. Los diagnósticos pueden ser complicados, pero para mí fue un gran alivio comprender mi mundo emocional desde esa perspectiva”. Dice que todavía existe mucho estigma en torno al trastorno bipolar, por lo que quiso ser “muy sincera” sobre la experiencia en su libro.
“Escucho mucho que 'necesitamos hablar más sobre salud mental'. Lo que quieren decir es, por ejemplo, ansiedad y depresión. Todos hablamos de eso con gusto. Pero hay un gran tabú en torno a la idea de las personas internadas. Son intocables. Sentí que era muy importante decir: 'Yo pasé por esto'. Mucha gente pasa por esto. Eso no significa que sean malas personas o que estén mal para siempre”.
De alguna manera, el mayor alivio es que ya no tiene que sumergirse en un papel, ni llegar al límite de su propia identidad para encarnar a otra persona. Irónicamente, su último largometraje fue ‘Charlie Says’, sobre las mujeres del culto asesino de Charles Manson en la década de 1960. Mientras Murray leía para el papel de Leslie Van Houten, solo podía pensar: “Podría haber sido yo”. Tras finalizar el rodaje, la directora, Mary Harron, le dijo: “Fue increíble... vimos a tantas chicas para el papel de Leslie, tantas actrices hicieron la audición, y ninguna pudo hacerlo... Tú lo hiciste sin esfuerzo. Dijiste las líneas y sonaron completamente auténticas”.
Hubo un tiempo en que Murray se rebelaba contra la idea de ser aburrida: “Hice mucho por intentar ser interesante. Era una locura, un caos, llevaba una vida nómada, mientras que la de ahora es más estable, sencilla y con los pies en la tierra”. Hace unos diez años, estaba en la alfombra roja de Hollywood para el estreno de la sexta temporada de ‘Juego de Tronos’, vestida con un tul naranja tostado, con una mirada inocente y de ojos grandes a pesar de estar luchando contra una resaca monumental tras haber bebido whisky puro y bailado al ritmo de Rihanna hasta las cinco de la mañana.
Su vida ahora es tranquila. Discreta. Tiene mucha rutina. Vive sola y se acuesta a las ocho o nueve para levantarse a las cinco a escribir. No ha bebido alcohol en tres años. ¿Terapia? “No. Creo que a veces la terapia también se presenta como una especie de panacea. Muchas de las cosas que me resultan útiles no dependen de la guía o la sabiduría de otra persona. Las cosas que me mantienen estable son el ejercicio, salir a caminar, cocinar”. Según ella, la cultura del bienestar “podría estar causando algunos de los problemas que afirma poder curar”.
* Todos los nombres de las personas vinculadas a la organización han sido modificados.
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