Cuando el dedo de Trump señala a la luna
Uno de mis libros favoritos el pasado año fue Orbital, la novela de Samantha Harvey. Ambientada en la Estación Espacial Internacional y protagonizada por seis astronautas, en ella no hay sobresaltos, accidentes, extraterrestres ni peleas en gravedad cero, habituales en cualquier narración situada en el espacio. En Orbital solo vemos la rutina de experimentos con ratones y plantas, averías domésticas, conversaciones serenas, recuerdos familiares y, sí, unas bellísimas vistas de la Tierra a través de los ventanales de la Estación, pura poesía si lo lees en el inglés original. Me acompañó en varios viajes en avión, y levantaba cada poco la vista del libro para mirar yo también por la ventanilla, embobado como siempre me embobo mirando la Tierra desde las nubes.
Cuento todo lo anterior para que se entienda mi entusiasmo incondicional con la Misión Artemis II, cuyo despegue seguí con emoción la otra noche junto a mis hijas. Me fascina todo lo que tiene que ver con el espacio, sí, y seguir en tiempo real la actual misión a la Luna acrecienta mi fascinación retrospectiva por las misiones norteamericanas y soviéticas de hace más de medio siglo. Hoy resulta inverosímil que con la tecnología de entonces se llegase tan lejos, a la vista de lo mucho que cuesta enviar un cohete de vuelta pese a que nuestras ingeniería, informática, comunicaciones y conocimiento son infinitamente superiores a los de aquella carrera espacial vintage.
Pero pese a mi fascinación, mientras seguía la cuenta atrás y veía con asombro el despegue, no podía perder de vista de qué va este regreso a la Luna. Por si se me olvidaba el verdadero sentido de la misión, lo recordó Trump mediante un mensaje en su red social unas horas antes del lanzamiento: según el presidente norteamericano, Artemis II es la prueba de que “estamos GANANDO (la mayúscula es suya), en el Espacio, en la Tierra y en todas partes: económica, militarmente y ahora, MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS. ¡Nadie nos sigue de cerca! América no compite, nosotros DOMINAMOS, y el mundo entero nos mira.”
El hombre llegó a la Luna por primera vez en 1969 con el calamitoso y criminal presidente Nixon, en una carrera más militar e imperialista que científica. Y ahora puede regresar con otro presidente calamitoso y criminal, y por motivos similares. Las prisas de Trump por volver a plantar la bandera y establecer allí una base para luego seguir con Marte no tienen mucho que ver con la ciencia: responden a la megalomanía trumpista (ahora por dominar el espacio), a intereses empresariales (con Musk y Bezos como contratistas), y por supuesto militares (su proyecto de “cúpula dorada”, un escudo antimisiles que proteja Estados Unidos desde el espacio). Sin olvidar que, mientras admiramos el vuelo del cohete, siguen cayendo misiles sobre Irán y el Líbano.
Parafraseando aquello tan viejo del sabio que señala la luna y el necio que mira el dedo: cuando Trump señala a la luna, es inevitable mirar su dedo, para ver hacia dónde apunta después.
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