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Opinión - 'De Ormuz ha venido un barco cargado de...', por Isaac Rosa

De Ormuz ha venido un barco cargado de...

Imagen de archivo de dos buques en el Estrecho de Ormuz, en junio de 2025.
26 de marzo de 2026 21:57 h

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Mi nuevo entretenimiento son las webs de seguimiento de barcos en tiempo real: puedo pasarme horas viendo esos mapas de mares y océanos llenos de puntitos que representan los miles de barcos que en este mismo instante navegan por el mundo. Cada uno con un color identificativo para distinguir los portacontenedores de los petroleros, los cruceros de los pesqueros, los yates privados de los buques militares. Es como un PacMan donde los barquitos se cruzan, se persiguen, se desvían, se detienen en puertos… O esperan durante semanas para cruzar el disputado Estrecho de Ormuz.

Uno de los efectos de la guerra de Irán ha sido visibilizar el habitualmente invisible transporte marítimo. Impresiona saber que hay más de 2.000 buques (¿eres capaz de visualizar esa cantidad de barcos?) atrapados en la zona por el cierre casi total del Estrecho, con sus desesperados 20.000 tripulantes a bordo. Tanto como impresiona ver esas webs de navegación en tiempo real, con todos los mares y océanos del planeta atestados por decenas de miles de buques (hasta 100.000 según algunas fuentes, contando solo la flota mercante; ¿eres capaz de imaginar tantos barcos?).

Todo en el transporte marítimo es desmesurado, empezando por esos descomunales barcos capaces de cargar hasta 20.000 contenedores (¿eres capaz de imaginar tantos contenedores juntos?). Recuerdo un libro fascinante de hace años, Noventa por ciento de todo, de Rose George, periodista que se embarcó en un enorme Maersk durante semanas. El porcentaje del título hacía referencia al peso del transporte marítimo en la economía global: más del 80% de las mercancías que circulan lo hacen por mar. Es fácil que toda la ropa que llevas puesta ahora mismo haya venido en contenedores, y lo mismo con la mayoría de muebles, aparatos y chismes de tu casa. Casi todo vino en un barco de nombre extranjero, como en la copla.

Y sin embargo, el transporte marítimo es invisible. Un punto ciego, un ángulo muerto pese a su enormidad. Solo vemos los cruceros vacacionales, y los portaaviones cuando se ponen en marcha camino de la próxima guerra. El resto del tráfico es invisible, solo lo vemos cuando falla, cuando un barco se hunde, es secuestrado, petrolea una playa o, como ahora, se forma un aparatoso tapón por una guerra.

Invisible, y opaco: una gigantesca industria donde abundan la piratería empresarial y fiscal, las banderas de conveniencia, la explotación laboral, la contaminación marina, el tráfico de personas y de drogas; pero que se mueve fuera del radar social. Hasta que un día se cierra un cuello de botella, de los varios cruciales que hay en el planeta, y se le revienta una vía de agua a la economía global. Sube el precio de la gasolina en tu barrio, y peligra el chip del próximo gadget que te compres. En el caso de Ormuz, sobre todo es petróleo y gas, fertilizantes y otros derivados químicos, pero también cientos de portacontenedores con todo tipo de mercancías que llevan semanas varados en el Golfo Pérsico.

La importancia del Estrecho la conoce Irán, que abre y cierra la puerta como arma defensiva; lo sabe Estados Unidos, que envía tropas para hacerse con el control; y lo sabe Israel, que justifica otro asesinato de un dirigente iraní en la defensa de la libre navegación. La guerra en Irán se juega en la batalla de Ormuz.

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