El impacto del bloqueo de Ormuz amenaza con paralizar Taiwán, el principal fabricante de chips del planeta
La guerra de Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz han modificado el panorama internacional. Los precios del gas y del petróleo se han disparado y han encendido las alarmas en el mundo entero. Sin embargo, la situación amenaza con ser más crítica aún si Taiwán, epicentro global de la fabricación de semiconductores, se paraliza debido a su dependencia de las importaciones procedentes de Qatar y a que sus reservas de gas se limitan a solo 11 días. Cualquier interrupción prolongada en el suministro de chips alteraría el funcionamiento de industrias de toda índole, desde la automoción hasta la telefonía, en todos los rincones del planeta.
La globalización produce, en ocasiones, efectos inesperados. El bombardeo iraní a la refinería de Ras Laffan, núcleo de la industria de gas natural licuado (GNL) de Qatar y una de las mayores del mundo, tuvo una especial repercusión en Taiwán. En Taipéi se activaron todas las alertas debido a que esta isla, situada a más de 12.000 kilómetros de distancia de navegación del estrecho de Ormuz, depende energéticamente del gas qatarí.
La “isla rebelde”, como el régimen de Pekín califica a Taiwán, se halla sumergida en una enorme contradicción. Por un lado, registra la mayor concentración de valor tecnológico por metro cuadrado del globo. A través de la Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), controla el 90% de la producción de chips de vanguardia de todo el planeta. Sin estos componentes, los teléfonos móviles, la inteligencia artificial o el material militar de alta precisión de las potencias occidentales quedarían inutilizados.
Ese dominio tecnológico provoca que el peso del sector de los semiconductores sea abrumador tanto en la economía local como en la cadena de suministro global. Según las últimas estadísticas oficiales, la industria de los chips avanzados representa cerca del 21% del PIB de Taiwán y sus ventas al exterior supusieron el 74% del total de las exportaciones en 2025. Unas cifras que consolidan al sector como la auténtica columna vertebral de la economía isleña, al tiempo que sostienen su relevancia internacional.
Esta hegemonía tecnológica convive, no obstante, con una precariedad energética que roza lo alarmante. Según el ministerio de Asuntos Económicos taiwanés, la isla importa el 97% de su energía primaria. De Oriente Medio proceden el 70% de las importaciones de crudo y el 35% de las de gas natural. Esta dependencia explica la inquietud en Taipéi ante la guerra de Irán y su celeridad en adoptar medidas de emergencia para paliar los aumentos de precios y las interrupciones de suministro, ante la perspectiva de que el conflicto se dilate en el tiempo.
La realidad es que un cierre prolongado del estrecho de Ormuz podría tener consecuencias catastróficas para Taiwán. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), las reservas estratégicas de GNL en suelo taiwanés cubren solo 11 días, las más bajas del este de Asia. Este panorama dibuja un horizonte complicado para el tejido industrial y la sociedad civil, que empieza a temer por el mantenimiento de los servicios básicos.
El problema energético para la isla rebelde se ha agravado debido a que en su transición para desmantelar las centrales nucleares, como consecuencia del accidente de Fukushima del 2011, Taipéi optó por apostar por el gas natural como principal fuente energética. Actualmente, el GNL genera más del 50% de la electricidad de la isla, pero su accidentada orografía le impide almacenar grandes cantidades y depende del flujo constante de buques metaneros procedentes de Qatar y de Emiratos Árabes Unidos.
El peso de TSCM
La posibilidad de que este flujo de metaneros se detenga debido al cierre del estrecho de Ormuz explica la ansiedad de los responsables de Taipéi, agravada por el voraz consumo energético de la propia industria tecnológica. Las plantas de TSMC consumen, por sí solas, cerca del 10% de toda la electricidad de la isla. Temen que se produzca una situación de emergencia y deban enfrentar el dilema de priorizar el suministro de electricidad a los hogares o dar preferencia a la fabricación de chips para evitar un colapso económico global.
A nivel mundial, el impacto de una paralización de Taiwán tendría efectos exponenciales. Según el Lowell Institute, una interrupción de la producción de chips de apenas tres semanas provocaría una pérdida de 2,5 billones de dólares en el PIB mundial.
Ante este panorama, las autoridades taiwanesas han acelerado la búsqueda de alternativas para evitar una posible escasez energética. Han garantizado el suministro de gas natural para los meses de marzo y abril y ya han anunciado que están gestionando envíos adicionales de Australia y Estados Unidos para mayo.
Y se han apresurado, asimismo, en anunciar nuevos contratos para aumentar las importaciones de gas estadounidense a partir de junio. Esta operación forma parte de la política de Taipéi de aumentar las compras a Washington para intentar ganarse los favores de Donald Trump, ante las pretensiones de Pekín de anexionarse la isla. Actualmente, el GNL estadounidense representa el 10% de la factura gasista taiwanesa y el suministro de petróleo alcanza el 30%, según el ministerio de Asuntos Económicos de Taiwán.
En este contexto, el bloqueo del estrecho de Ormuz no solo tensiona los mercados energéticos, sino que revela la fragilidad del principal suministrador de chips del planeta. Taiwán se enfrenta a la paradoja de liderar el futuro digital del mundo mientras su presente energético pende de unas rutas marítimas vulnerables a miles de kilómetros de distancia.
Lo que está en juego no es solo la estabilidad de la isla, sino la resiliencia de una economía global que se apoya en unos pocos puntos clave extremadamente vulnerables. La crisis actual obliga a la comunidad internacional a repensar como fortalecer esa resiliencia global.
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