China promueve un mercado interior único para erigirse en el “estándar del mundo” y ganar influencia global
“Debemos impulsar el desarrollo de un mercado nacional unificado y asegurar que las fortalezas del enorme mercado chino sigan brillando”, señala el XV Plan Quinquenal, que marca las metas de desarrollo económico y social de China hasta el 2030 y fue presentado por el primer ministro, Li Qiang, a la Asamblea Nacional este jueves. Un proyecto a través del cual los líderes de la segunda economía del planeta pretenden convertir la inmensa escala doméstica del país, con sus 1.400 millones de habitantes, en la palanca definitiva para dictar las normas del comercio y la tecnología mundial.
En Pekín son conscientes de que con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca el mundo ha entrado en una nueva era de relaciones internacionales. Los dirigentes chinos saben que ya no basta con ser la “fábrica del mundo” y que para influir a nivel planetario tienen que dar un paso más. Razón que los lleva a apostar por que el coloso asiático promueva un mercado interno con una normativa única de funcionamiento y que esta se convierta en el “estándar del mundo”, para superar la presión de Occidente y afianzar su desarrollo económico.
El reto no es menor. Con esta iniciativa, el presidente Xi Jinping pretende eliminar los cuellos de botella que frenan el progreso del país, como el declive demográfico que lastra el consumo y el “feudalismo económico”, término con el que Pekín define el poder de los líderes provinciales para imponer su ley ignorando las reglas dictadas por el poder central.
Durante décadas, el milagro chino se ha alimentado de una competencia feroz entre provincias. Los dirigentes locales actuaban en sus territorios al margen de Pekín, protegían a sus empresas con subsidios opacos y barreras invisibles, para evitar que industrias de provincias vecinas les disputaran cuotas de mercado o ingresos fiscales. Este esquema productivo funcionó y contribuyó a que la economía china creciera a un ritmo de dos dígitos durante años, debido a que había una mano de obra excedentaria y no existían problemas de financiación.
Pero en 2026 este modelo está agotado. La crisis inmobiliaria ha dejado a los gobiernos locales con las arcas vacías y una deuda de más de 8 billones de euros que amenaza la estabilidad financiera del país. Ante este panorama, Pekín quiere aprovechar el XV Plan Quinquenal para desmantelar este “feudalismo económico” e imponer nuevas reglas de juego, al tiempo que sienta las bases para duplicar el PIB per cápita para el 2035 respecto al de 2020, que era de 10.504 dólares.
Ya no se trata de que Cantón rivalice con Shanghai o Shenzhen para crear campeones nacionales. El objetivo es que China y sus empresas compitan como un solo bloque contra el resto del mundo para lograr el liderazgo mundial. Una meta que Pekín considera difícil de alcanzar si no puede imponer la existencia de una sola regla, un solo estándar y un solo mercado, que sustituyan el conglomerado de barreras normativas provinciales y locales actuales.
La factura logística
Y es que la ineficiencia que supone este mapa fragmentado por un sinfín de reglas tiene un coste enorme que afecta a la competitividad empresarial. Según la Federación China de Logística y Compras (CFLP), los costes logísticos en China representan el 14% de su PIB, frente al 8% de Estados Unidos o el 9% de la Unión Europea. Una brecha que no es tecnológica, sino fundamentalmente burocrática y regulatoria.
Para neutralizar esta diferencia con Occidente, las autoridades chinas consideran que la mejor herramienta consiste en favorecer la creación de un mercado único interior y la digitalización total de la logística. Estiman que, cumpliendo las directrices del XV Plan Quinquenal, deberían reducir este coste al 10% para 2030, como consecuencia de la simplificación de la burocracia administrativa.
Con esta iniciativa que ya apuntaba el anterior plan quinquenal, China no solo aspira a mejorar su mercado interno, sino que pretende proyectar sus protocolos más allá de sus fronteras. Pekín ambiciona que cualquier empresa, sea local o extranjera, adopte automáticamente sus reglas de funcionamiento y las aplique de manera generalizada. Una fórmula que contribuiría a consolidar el “estándar chino” como la norma genérica por defecto.
El proyecto es muy ambicioso. Si Pekín logra crear un mercado único interior, con reglas para la inteligencia artificial, el flujo de datos y la energía verde idénticas en todo su territorio, habrá dado un paso fundamental para alcanzar el liderazgo mundial. Situará a las corporaciones globales ante el dilema de adoptar el estándar técnico chino o renunciar al mayor mercado del planeta. No se trata de un asunto baladí. Según la Administración Estatal de Regulación del Mercado de China (SAMR), el país cuenta con 1,2 millones de compañías extranjeras registradas. Ofrecerles un mercado único de 1.400 millones de consumidores sin trabas administrativas es un panorama muy tentador.
Al mismo tiempo, la generación de estas “reglas estándar” deberían facilitar la expansión internacional de sus empresas. Si Pekín logra que las normas que aplica se conviertan en el “estándar del mundo” facilitaría que sus compañías acudieran a otros mercados con una regla ya validada, lo que supone una ventaja competitiva importante.
No obstante, la implementación de ese mercado único chino no será fácil. Las ambiciones de Xi Jinping chocan con la percepción y la desconfianza de los inversores internacionales. En sus últimos informes, tanto la Cámara de Comercio de la UE en China, como la de EEUU, temen que esa iniciativa solo beneficie a las empresas locales. Su experiencia sobre el terreno les hace sospechar que el proteccionismo local persistirá de forma invisible a ojos de Pekín, y seguirá reinando la falta de transparencia jurídica. En definitiva, un entorno desigual que seguirá perjudicando a las firmas extranjeras.
Este panorama da a entender que la creación de un mercado interior unificado constituye el mayor desafío que propone el XV Plan Quinquenal. Si Pekín consigue convertirlo en realidad, China habrá dado un paso de gigante para construir la plataforma definitiva para proyectar su influencia global. Si fracasa, seguirá siendo un gigante con pies de barro burocráticos, incapaz de dictar las normas comerciales del siglo.
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