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La misión Artemisa II
En primera persona
Por qué, como científico, me costará alegrarme por este regreso a la Luna

El astronauta David R. Scott durante la misión Apolo 15 en 1971.

Jorge Hernández Bernal

30 de marzo de 2026 22:07 h

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Me llamo Jorge Hernández Bernal, soy astrofísico y crecí soñando con el espacio. He tenido el privilegio de construir mi carrera profesional en este sector tan gratificante y excitante que es la exploración espacial. Cada día me emociono investigando las nubes de Marte y planeando nuevas observaciones con los satélites europeos, que son para mí un orgullo. Sin embargo, no puedo sentir este regreso a la Luna como mío. Supongo que cuando finalmente un ser humano vuelva a caminar sobre la Luna, lo seguiré en directo, pero la emoción que sentiré estará eclipsada por el nudo en el estómago que me produce la realidad presente de este mundo, y la distopía que estamos arriesgándonos a exportar al espacio.

La mayoría de los humanos que actualmente vivimos no habíamos nacido cuando Neil Armstrong dio los primeros pasos sobre la Luna. Aquella historia épica ha resonado en nuestros imaginarios durante toda nuestra vida, mientras nos preguntábamos cuando volveríamos a vivir algo parecido. El momento se acerca, pero muchos vivimos estos acontecimientos con una mezcla compleja de sentimientos encontrados.

Es emocionante explorar el espacio, pero, ¿quién vuelve a la Luna?, ¿en qué circunstancias?, ¿qué representa este retorno? No puedo dejar a un lado que es la Agencia Espacial de Estados Unidos, la NASA, la que lidera el programa Artemis en el que se enmarca este regreso a la Luna, y que este país ejecuta deportaciones masivas de inmigrantes. Se trata del mismo país que durante décadas ha promovido y apoyado dictaduras militares allá donde han sido útiles a sus intereses, que impone sanciones contra los jueces de la corte penal internacional y contra la relatora especial de la ONU para Palestina... Y las misiones espaciales no han dejado de tener una componente propagandística.

Es interesante recordar que, pese a su enorme éxito tecnológico y simbólico, el programa Apolo de la NASA tampoco concitó un apoyo unánime dentro de Estados Unidos. A finales de los años sesenta, en plena Guerra de Vietnam y con fuertes tensiones sociales, sectores de la población —especialmente movimientos por los derechos civiles y comunidades afroamericanas— criticaron el contraste entre el ingente gasto en llevar humanos a la Luna y la persistencia de pobreza, desigualdad y discriminación en el propio país. Figuras como Ralph Abernathy, cercano a Martin Luther King Jr., llegaron a manifestarse en Cabo Cañaveral en 1969, coincidiendo con el lanzamiento del Apollo 11, para denunciar que los recursos públicos deberían priorizar necesidades sociales urgentes. Así, el Apolo se convirtió también en un símbolo de las contradicciones de la época: un logro científico extraordinario en medio de profundas fracturas sociales, una contradicción quedó desgarradoramente reflejada en el poema “Whitey in the Moon” (Blanquito en la Luna) de Gil Scott-Heron. 

El espacio no debe ser el salvaje Oeste

El programa espacial tripulado de Estados Unidos ha dado auténticos bandazos en las últimas décadas. Una situación que ha sido aún más exagerada desde que Trump es presidente, en lo que parece una lucha de poderes en la que oligarcas como Elon Musk y Jeff Bezos tienen mucho que decir. Lo único que está claro es que el gobierno de Trump quiere enviar rápido humanos a la superficie de la Luna, y el motivo es que quieren adelantarse a China, que ha anunciado que lo hará en 2030.

Pero lo que a mí me preocupa más profundamente no es el logro simbólico que el gobierno de Trump persigue, sino la forma en que Estados Unidos pretende imponer un orden internacional en el espacio que pone en peligro la conservación del entorno natural y nos aboca al conflicto.

El derecho espacial internacional se fundamenta en cinco grandes tratados desarrollados en el seno de la ONU en los años 60 y 70, a través de un diálogo multilateral en el que todos los estados parte tuvieron posibilidad de intervenir. En 2020, Estados Unidos promovió los “Acuerdos Artemis”, que no fueron discutidos en el marco de la ONU, sino que han sido dictados exclusivamente por Estados Unidos. El desprecio al multilateralismo no es nuevo. Obviamente, China no ha firmado estos acuerdos, y sus propias misiones en la Luna no operarán sobre este marco legal que Estados Unidos pretende imponer sin negociación.

 El contenido de estos acuerdos Artemis tiene, en mi opinión, algunos aspectos positivos. Pero me parece muy preocupante que legitimen la extracción de recursos espaciales sin ningún tipo de control internacional. El “Acuerdo de la Luna” de 1976 intentó establecer que la explotación de recursos en el espacio debía organizarse mediante un orden internacional que garantizaría una explotación racional y una participación equitativa en los beneficios obtenidos. Este tratado no fue aceptado por muchos países, y el gobierno de Obama lo contradijo definitivamente en 2015, al autorizar a sus ciudadanos a comercializar libremente recursos extraídos en el espacio. Un negocio al alcance de muy pocos “ciudadanos”.

En relación con la explotación descontrolada de recursos, es previsible un conflicto territorial. Una potencia que quiera establecer una base permanente en la Luna va a querer hacerlo preferentemente en localizaciones muy concretas del polo Sur, donde hay reservas de agua y es posible conseguir energía solar casi constantemente. Esta situación podría llevar muy pronto a una carrera entre Estados Unidos y China por ocupar las ubicaciones estratégicas. Los trabajadores de la NASA tienen prohibido comunicarse con nuestros compañeros chinos, una norma que se aplica también a los científicos y que da lugar a situaciones rocambolescas. La NASA necesitaría autorización del Congreso para coordinarse con su contraparte china, y no parece que haya intenciones de organizar tal coordinación.

Los ingredientes para convertir el espacio y en particular la Luna en el Salvaje Oeste están servidos. No comprendí realmente ese concepto de la “conquista del espacio”, hasta que no leí sobre la historia de la expansión territorial de Estados Unidos hacia el Pacífico. Esta expansión se fundamentó en la ideología supremacista conocida como “doctrina del Destino Manifiesto”, a la que Trump hizo abiertamente referencia en el discurso de inicio de su segunda presidencia, en relación al envío de astronautas a Marte. Aunque hoy muchos intenten mirar para otro lado, el destino manifiesto supuso el genocidio de los pueblos originarios y el enriquecimiento ilícito de los colonizadores.

Los grandes olvidados

Lo que hacemos en el espacio debería ser un asunto más sujeto al escrutinio de la sociedad civil, en especial en el contexto de la crisis climática y ecológica. No tengo claro hasta qué punto deberíamos o no gastar recursos en enviar humanos a la Luna. Lo que sí tengo claro es que si determinamos que ese es un objetivo deseable, podríamos hacerlo a través de la cooperación internacional honesta, y por una fracción reducida del peligrosamente creciente gasto militar. 

Deseo un futuro de armonía entre humanos y gestión responsable del ecosistema que nos sostiene, en el que el uso sensato del espacio sea una fuente de bienestar común e inspiración para el conjunto de la humanidad. En un mundo complejo e interdependiente, en el que la sobreexplotación irracional de los recursos y la desigualdad extrema ponen en riesgo nuestra supervivencia, no creo que haya una forma en que nuestra especie pueda adentrarse exitosamente en el cosmos que no pase por la paz y el entendimiento entre pueblos. Cuando mire a la Luna, no quiero ver un mundo ocupado y en conflicto, quiero seguir sintiendo la fascinación y el recogimiento compartido a través de las culturas.

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 Jorge Hernández Bernal es astrofísico en la Universidad de la Sorbona.

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