Biel Mesquida, poeta: “Falta inteligencia política, incluso por parte de la izquierda, con la literatura que no es castellana”
Lo primero que llama la atención del escritor Biel Mesquida (Castelló de la Plana, 1947) es su entusiasmo. La forma de maravillarse con cada palabra. Las paladea, como si fuera la primera vez que se topa con ellas. El autor está estos días de enhorabuena: le acaban de conceder el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, el galardón más importante que puede obtener un autor en esa lengua, que este año recae en ese “creador de mots” [creador de palabras], tal y como lo definió Nicolau Dols en las jornadas que le dedicó la Universitat de les Illes Balears.
En ellas se repasó toda su obra. Los participantes coincidieron en que Mesquida es, sobre todo, poeta. En sus silencios, mientras contesta cada pregunta con voz grave, sigue con atención el lenguaje, como el poeta que es. Ese mismo lenguaje que vertió en títulos como Llefre de tu, L’adolescent de sal o Acrollam.
Acaba de recibir el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes. ¿Qué supone para usted?
Desde que me dijeron que me lo daban, hasta ahora, he estado bastante desbordado. Pensé que era una maravilla, porque representa algo que forma parte de mi vida más íntima: yo escribo porque amo. Escribo para ser amado, escribo porque me atrevo a escribir. El otro día, en Sant Jordi, en Barcelona, vino una señora a verme. Tenía una presencia muy fuerte, casi como Carmen Amaya, con una energía tremenda. Estaba nerviosa, emocionada. Me cogió las manos y me dijo: “Gracias por estas manos”. Fue un momento intenso, no me había pasado nunca algo así. Un premio como este significa que hay un jurado amplio, de catorce personas, que ha decidido que tú eres esa persona cuya obra merece ese reconocimiento. En el fondo es un gesto de amor colectivo. Y eso me impresionó mucho. No es un hecho abstracto, es un grupo de gente que cree en lo que has hecho.
¿Ese escribir para ser amado condiciona su escritura?
Yo siempre digo que soy un lector profesional y escritor amateur. El otro día apunté en mi cuaderno una cosa que me gustó mucho: me considero un debutante eterno. Siempre escribo como si empezara. Eso me anima, porque te mantiene en la incertidumbre, sin certezas, sin equilibrio. Si me fuera a un lugar, a una isla desierta, donde nadie me leyese nunca más, no escribiría. Leería otras cosas: el mar, el sol, las palmeras. Me perdería en esas lecturas.
Escribe para que le lean, pero también ocupa un lugar muy importante como referente para una generación de escritores LGTBIQ+. Su figura va más allá de la literatura.
Sí y no. Yo no me considero un referente en ese sentido. Tengo un pensamiento muy libre. No escribo desde una ideología concreta, aunque mi obra pueda ayudar a determinadas luchas. Mi territorio es la libertad. Cuando escribí El bell país, no pensaba en hacer un libro militante. Pero en los años setenta, en plena dictadura, hablar abiertamente del deseo homosexual ya era revolucionario. El libro fue prohibido. No se podía publicar. Pero hubo gente que lo defendió, que lo quiso. Se hicieron ediciones clandestinas, ciclostiladas, que circularon de mano en mano. Yo no tenía ni derechos ni control: lo importante era que el libro existiera.
No escribo desde una ideología concreta, aunque mi obra pueda ayudar a determinadas luchas
También hubo momentos de conflicto o rechazo, como la publicación de L’adolescent de sal, un libro rupturista que hoy está considerado como uno de los más importantes de la literatura catalana de las últimas décadas
Sí, claro. Cuando haces algo que rompe con lo establecido, hay rechazo. Hubo gente que no entendió ni el El bell país ni L’adolescent de sal, que los vieron como algo monstruoso, incluso ofensivo. Era una época muy reprimida. Y de repente aparece un libro que rompe con todo. Es normal que generara incomodidad. Yo tenía 26 años cuando gané el premio Prudenci Bertrana y tuve que esperar algunos años más, por la censura, para ver el libro publicado.
Luego está la cuestión de la traducción. En las jornadas que le dedicó la universidad se habló mucho de lo poco traducida que está la literatura catalana, incluso al castellano.
Es un problema importante. Es un mal estructural del Estado español. Las literaturas que no son castellanas han sido marginadas históricamente. Y no solo por la dictadura, también después. Ha faltado inteligencia política, incluso por parte de la izquierda. Debería existir una política clara de protección de las lenguas gallega, euskera y catalana. Y también una política de traducciones potente, en ambas direcciones. Eso es lo normal en otros lugares y aquí no sucede. Países pequeños como Dinamarca o Noruega lo tienen muy claro. Si no hay traducción, no hay circulación. Y si no hay circulación, la literatura queda encerrada.
Debería existir una política clara de protección de las lenguas gallega, euskera y catalana. Y también una política de traducciones potente, en ambas direcciones. Eso es lo normal en otros lugares y aquí no sucede
De hecho, hay autores catalanes con una dimensión literaria extraordinaria que no tienen esa proyección internacional.
Exacto. Y no es una cuestión de calidad. Hay literaturas más pequeñas que han conseguido una presencia internacional mucho mayor. Falta estructura, falta política cultural. Yo tengo traducidos tres libros: Acrollam, en Aleph Editores, Excelsior, en Anagrama, y el último me lo publicó Letraversal hace unos años: El hermoso país donde los hombres desean a los hombres.
En cuanto a generaciones literarias, se habla mucho de la del 70, de la modernidad en catalán…
Sí, pero eso es más bien una construcción escolar. Sirve para explicar épocas, pero a mí no me interesa. Me interesan los escritores individualmente. Cada autor es un universo. Yo no me considero parte de una generación, ni de los 70 ni de ninguna otra. ¿Grupo de Bloomsbury? Pues a mí me gusta la Woolf y la Sitwell, no Vita Sackville-West, por ejemplo.
Las generaciones de escritores son más bien una construcción escolar. Sirve para explicar épocas, pero a mí no me interesa. Me interesan los escritores individualmente. Cada autor es un universo. Yo no me considero parte de una generación, ni de los 70 ni de ninguna otra
Algo que creo que tiene un toque generacional es el diálogo entre artes: fotografía, pintura, cine.
Soy muy curioso. Me habría gustado ser como Leonardo da Vinci, alguien que no separa disciplinas. Desde pequeño tuve esa inquietud. A mis padres les dijeron que servía tanto para las ciencias como para las letras. La literatura, en mi caso, forma parte de un conjunto más amplio de prácticas creativas. He publicado trabajos con artistas, algo que tiene como punto de partida la amistad, como es el caso de Miquel Barceló o Steva Terrades, de Taller Llunàtic.
Del Mesquida artista, ¿qué me podría decir?
He trabajado la fotografía, por ejemplo. Siempre digo que me ha enseñado a mirar. Si no hiciera fotos, no vería el mundo igual. Y ahora muchas de mis imágenes están intervenidas digitalmente y luego las cuelgo en Instagram. En ese sentido, es para mí casi un espacio creativo. También hice cine en Super-8, hace muchos años. Aún conservo las películas.
Hablando de cine, firmó el guion de El mar, la novela de Blai Bonet, con Agustí Villaronga y Antoni Aloy.
Sí, el proyecto lo iniciamos Toni y yo, y se sumó poco después Agustí. Todos los cambios tenían que estar aprobados por los tres. Luego le entregamos el resultado a Blai Bonet que nos respondió con un “I olé”, escrito al final del texto. También nos dio algunas anotaciones. Pero murió de repente antes de que pudiera ver el resultado. Para mí era fundamental la fidelidad al texto.
También su trabajo de activismo cultural ha sido fundamental, especialmente con el Festival de Poesia de la Mediterrània, en el que cada invitado recitaba en su propia lengua sin traducción.
Los festivales son muy repetitivos. No quería centrarme solo en el significado del poema, sino en su música. Que el público escuchara, aunque no entendiera todo. Era un festival muy libre, muy físico. Importaba la voz, la presencia. No la recitación perfecta, sino la autenticidad. Un poeta puede tener una voz “incorrecta”, pero profundamente verdadera. Cada poeta tiene su propia música. Me interesaba el significante. Luego, si quieres, lees el texto y accedes al significado.
También ha recitado su trabajo con música y en formatos híbridos.
Sí, pero siempre con cuidado. A veces la música puede enriquecer el poema, pero otras lo destruye. Depende de cómo dialoguen. Lo más importante es saber si aporta. Recuerdo una vez que me propusieron acompañar un poema con música y dije que no, porque era un poema muy narrativo que necesitaba la voz sola. La compositora me propuso acompañarme solo con su cuerpo, como percusión, y eso me pareció maravilloso y funcionó muy bien.
Sobre su escritura, tengo la sensación de que le interesa mucho la reescritura.
Sí, pero cada vez menos. Volviendo a la música, ahora trabajo como en el jazz: hay un tema inicial y a partir de ahí improviso, vuelvo, modifico. Es un proceso continuo. Soy un escritor lento. Muy lento. Por eso lo del “debutante eterno”: siempre estoy empezando. Escribo en cuadernos y luego los repaso.
Soy un escritor lento. Muy lento. Por eso lo del “debutante eterno”: siempre estoy empezando. Escribo en cuadernos y luego los repaso
En ese sentido, su trabajo en los medios de comunicación le sirve como espacio de trabajo o bitácora.
Sí, porque te obligan a tener disciplina. Soy una persona muy dispersa, curiosa, muy hedonista. Incluso un poco perezosa. Si no me disciplinara, no escribiría. Y los medios te obligan: hay que entregar, hay que concretar, hay que cerrar. Los he utilizado como un laboratorio. No tienes la libertad absoluta de un libro, pero debes operar en ese margen. Y eso me ha ayudado mucho a construir una forma de trabajo.
Un punto fundamental de su obra es el retrato que hace de Mallorca.
Sí, me sirve para darle forma a mis historias. Hablo de lo que conozco y creo que podría decirse que, hasta cierto punto, la isla es también mi laboratorio. Considero que es literatura documental. Hace poco escuché que alguien hablaba de poesía documental y me encantó la idea. Hace años que comencé señalando al turismo, cuando no era tan habitual hacerlo. Ahora la gente ya entiende el problema, pero hubo una época en la que no se entendía. No era tan fácil hablar del turismo entonces.
Hace años que comencé señalando al turismo, cuando no era tan habitual hacerlo. Ahora la gente ya entiende el problema, pero hubo una época en la que no se entendía. No era tan fácil hablar del turismo entonces
Sobre Trast, su último libro, sorprende su dimensión política en el contexto actual.
No pienso en eso cuando escribo. No calculo el impacto. Simplemente escribo. Lo escribí en unos siete meses. Fue rápido para mí. Tenía la necesidad de hacerlo en ese momento. Es un libro unitario, como un gran poema. También escucho lo que escribo, lo leo en voz alta. La música es muy importante.
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