'Inmaculada': la muerte de una niña en democracia que precipitó el fin de los reformatorios franquistas para mujeres
En septiembre de 1983, una niña tutelada por el Estado falleció al caer desde una ventana situada en el tercer piso de un reformatorio en Madrid. Tenía 14 años, vestía un suéter sobre la ropa interior y llevaba un tatuaje con el nombre de otra chica. Había sido detenida dos veces: una, por fugarse con su hermana; otra, acusada de ejercer la prostitución.
El lunes de su muerte, a la hora del desayuno, de la ventana colgaba una cuerda con sábanas. Un intento de fuga. O tal vez un suicidio. Caso cerrado. La niña se llamaba Inmaculada Valderrama y el centro era el de Nuestra Señora del Pilar, en San Fernando de Henares, reformatorio vinculado al Patronato de Protección a la Mujer, una de las redes represivas más longevas y opacas de la dictadura franquista. El lugar donde enviaban a las niñas más rebeldes. El lugar donde vigilar y castigar.
Escribe Nerea Barjola: “La protección es una tecnología del poder. Nos vacía de vida, de opciones y de posibilidades”. Señala Marta García: “Bajo el paraguas de la protección, en realidad lo que se esconde es el control a los cuerpos, las actitudes y los comportamientos de las mujeres”. Desarrolla María Palau: “Sí que hay una protección. Una protección al régimen y a las mujeres que no son encerradas. Unas son encerradas para ser castigadas, pero también para advertir al resto de mujeres, para que no contaminen al resto”.
Las investigadoras feministas llevan décadas abordando los mecanismos del poder sobre el control de los cuerpos, de las vidas, de la moral de las mujeres. El castigo a una que sirve como castigo a todas. La advertencia. La vigilancia.
María Palau y Marta García llevan años estudiando el Patronato de Protección a la Mujer. Forman parte de una red de investigadoras y supervivientes que tratan de desentrañar el oscuro funcionamiento de estos centros que, bajo el aparente control de la prostitución, se convirtieron en unas cárceles de niñas y control de la moralidad pública. En 2023 publicaron Indignas hijas de su Patria, un trabajo de investigación periodística que vio la luz gracias a la Beca Josep Torrent de Periodisme d'Investigació otorgada por la Unió de Periodistes Valencians y la Institució Alfons El Magnànim. Prologado por Esther López Barceló, fue el germen de una obsesión: averiguar qué sucedió para que una niña de 14 años apareciera muerta en el patio del reformatorio. Y en la vida y muerte de Inmaculada encontraron un caso paradigmático, que encierra los elementos comunes de las supervivientes del Patronato y las fragilidades de la joven democracia española en la época.
Por entonces, las periodistas y la historiadora apenas contaban con varios recortes de prensa que hablaban del caso de Inmaculada Valderrama y escasas referencias al centro de San Fernando de Henares. Tres años después, las investigadoras han documentado una cadena de negligencias e incongruencias en torno al caso del reformatorio, a cargo de una orden religiosa y, en última instancia, del Ministerio de Justicia, según denuncian. El resultado del trabajo es Inmaculada: La muerte que precipitó el final del Patronato, un ensayo en formato 'true crime' publicado por Libros del KO y que ha sido una de las obras más vendidas de la Feria del Libro de Valencia.
El libro está plagado de dudas, como señalan las investigadoras, sombras a imagen del propio Patronato. “En pleno 1983 tenemos el caso de una niña que muere tutelada por el Ministerio de Justicia en un reformatorio, pero su caso deja más incógnitas que respuestas”, señalan. Las pesquisas abren incógnitas “tanto sobre el propio caso de Inmaculada, sobre la gestión de los centros; a veces reformatorios, a veces casi prisiones. Es muy representativo de lo que es la transición”, señalan en conversación con elDiario.es. “En el caso de Inmaculada, estas dudas o estas incógnitas se magnifican: por qué llega Inmaculada al patronato, por qué es encerrada allí, cómo funcionaba el centro en el que ella estaba internada... Y se añaden las incógnitas en torno a su muerte, desde ese levantamiento del cadáver que realiza un juez de paz que desde el principio está mal hecho, hasta el cierre en falso del caso”, expresan.
En el viaje de tres años, las investigadoras se topan con decenas de barreras para acceder a documentación, carpetas vacías, silencios. Apenas un oficio policial y una investigación judicial breve, que archiva el caso como un suicidio. Pero también encuentran voces elocuentes, como una familia que cuarenta años después conoce el expediente de su hermana más joven, un forense que reitera las dudas sobre la autopsia que realizó, y los testimonios de supervivientes del patronato, que relatan los abusos de los centros regentados por órdenes religiosas.
Una cárcel de los pecados
Inmaculada cometió tres pecados por los que fue encerrada y castigada, explican las autoras. “El primero es que venía de una familia humilde de Andalucía, una familia rural de padres analfabetos, con 12 hijos. El segundo, por lo que se le acusa, es que un fin de semana decide irse con su hermana a Madrid, se fugan de casa. Este primer internamiento sí que se le comunica a su madre, una madre que no sabe dónde están sus hijas, que no sabe nada. Y el tercer pecado de Inmaculada sería ser lesbiana. Las mujeres que se salían de la identidad sexual o de la orientación sexual heterosexual eran encerradas también”.
Las autoras accedieron a un informe elaborado por un psicólogo en 1981 sobre las internas de Nuestra Señora del Pilar, una encuesta realizada a varias menores. “Nos encontramos con que el nexo común que tenían todas ellas es que tenían problemas dentro de casa. Ninguna había cometido ningún delito. Algunas se fugaron debido precisamente a esos problemas y nunca, en ningún momento, este señor que les pregunta ¿qué te ha pasado? ¿Cuáles son esos problemas? ¿Qué te han hecho? Es una pregunta que está constantemente presente en el libro”, apuntan. “Ese informe es revictimizador con ellas, porque de alguna forma las responsabiliza de que los problemas que tienen; evidentemente, todos vienen derivados en última instancia de la mala educación que han recibido por tener familias desestructuradas”, explica López Barceló. “En los años cuarenta sí podemos hablar de un factor socioeconómico y de muchas niñas huérfanas que se ven abocadas a la prostitución o a la mendicidad por una cuestión de supervivencia. Pero este factor se diluye prácticamente en el mismo momento de fundación del patronato, porque en el momento de delincuencia y inmoralidad se fusionan completamente. Es al final una cárcel de los pecados”, añade Palau. La pobreza, la familia, la moral.
El fin del patronato
La muerte de Inmaculada provocó la indignación del municipio madrileño de San Fernando de Henares. Intervino el alcalde, el Consejo Superior del Menor, se celebraron manifestaciones. Y también aceleró el proceso de expulsión de las órdenes religiosas de los centros, hasta su cierre dos años después. El periódico El PAÍS recoge en abril de 1985: “El cierre del reformatorio de San Fernando de Henares acabará con una situación ”digna de las novelas de Dickens“.
Responsabilidad y reparación
La muerte de Inmaculada se produce en 1983, cinco años después de la aprobación de Constitución española, y queda fuera del amparo de la ley de Amnistía. Es un hecho sucedido en democracia “que no ha sido reparado”, señala López Barceló. “La parte que nos tocaba a las investigadoras está hecha, ahora le toca al Estado”, plantea, poniendo sobre la mesa una reparación económica para la familia.
El objetivo de las investigadoras es “que las víctimas dejen de sentir vergüenza. Romper silencios para contar las violaciones de derechos humanos. Que las familias que llevan años calladas puedan dar el paso”, añade Palau, que reclama que se revisen los convenios con las órdenes religiosas que siguen en los mismos espacios. No sirve una disculpa simbólica. García concluye, sumándose a sus compañeras: “Queríamos reescribir su historia, contar que a Inmaculada no solo le pasó la muerte”.
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