María José Galé, escritora: “La sangre que se usa como elemento para describir vínculos fuertes es a veces tan inconstante como el propio afecto”
El duelo, el arte y la sangre son las tres sustancias que confluyen en esta materia vibrante que es Arterial (Ed Candaya, 2025), la primera y ya magistral novela de María José Galé Moyano, zaragozana de Hospitalet, escritora en la que cabe una poeta, una narradora, una artista, una ensayista, una científica, una psicóloga, y no sabemos cuántas cosas más. Lo descubriremos en el futuro brillante que le espera. De momento, aquí tenemos esta novela que es la transfusión en vena, o en arteria, de una literatura exquisita, sugerente y abismada, que en dos tardes de absorbente lectura (no se puede parar de leerla) nos cura de la anemia que veníamos arrastrando desde hace meses o años, producida por tantas formas de inanición, vitales y culturales, que nos irradian.
Novela de personajes tan divergentes como paralelos, mágicamente enlazados por algo que no es exactamente el argumento, sino lo que este acierta a revelar: los inesperados y no newtonianos fluidos que contienen nuestros afectos y que a veces se adensan, a veces se desparraman; que hacen familia de los extraños, y viceversa. María José Galé, inmersa en su ruta Candaya, hace parada en Murcia y aprovecho para entrevistarla.
Arterial es tu primera novela, aunque no tu primer libro. Has publicado Mujeres Barbudas. Cuerpos Singulares (Ed Bellaterra, 2016) un ensayo proveniente de tu tesis doctoral, así como numerosos ensayos académicos. Si bien toda forma de escritura entraña un potencial literario, ¿cómo valoras este cambio de piel? ¿Qué nuevas perspectivas o sensaciones ha abierto para ti el empleo de la ficción?
No sé si hay tanto un mudar de piel como un explorar las formas de poner palabras a la realidad. Quizá mi discurso más académico, si puede considerarse así, ya era crítico con el encorsetamiento de algunas formas discursivas y hacía una búsqueda de las grietas de ese tipo de lenguaje. Desde lo literario no hay del todo un abandono ni de lo académico ni de las grietas, al punto de que he insertado la forma del ensayo en algunos capítulos, pero es una suerte de falso ensayo, con una cierta ironía para hacer pasar por el tamiz de la academia lo que no suele formar parte de ella.
En todo caso, la ficción permite establecer un pacto distinto con lo que leemos, no se espera encontrar respuestas verdaderas o únicas, es importante el tránsito, tiene más posibilidades de ser un artefacto en el que nos adentramos para desarrollar una vivencia. Con algunos textos literarios sucede que no somos las mismas personas al entrar y al salir, tras su lectura. Y en esa experiencia de vida que es la literatura transformamos nuestras lógicas, las suspendemos aunque sea durante el tiempo que dura el trayecto a lo largo del libro.
Hay un momento muy conmovedor al inicio de la novela, cuando Django, un joven que acaba de perder a su madre, observa que en el puesto de helados de su barrio el recipiente del helado de limón está intacto, porque, al parecer, solo su madre lo tomaba. Entonces pide un helado de limón, aunque no le gusta, solo para restaurar la presencia de su madre, para mantener vigente su huella en el mundo. Esta escena me ha hecho preguntarme si es el duelo una forma de transmisión de gustos, comportamientos, actitudes, equivalente a la herencia y el aprendizaje. ¿Cómo y cuánto crees que inciden los ausentes en la formación de nuestra personalidad?
Nos constituimos en la ausencia, devenimos quienes somos también por todo lo que nos falta y por todo lo que existió que ha dejado el rastro de esa falta. En este caso Django, y toda la novela, son como un compendio de ausencias, de silencios, de elementos que faltan que se completan al leer. No sé si hay una forma de escribir el duelo o la ausencia o cuál es esa manera en realidad. En Arterial las ausencias se condensan de diversos modos y todos son muy situados, se centran en detalles muy pequeños, el helado de limón, como dices, las zapatillas de andar por casa, las uñas pintadas, los tatuajes, pero también están en las palabras que heredamos y que suponen una forma de aproximarnos al mundo, a lo que nos rodea. En la novela también se atiende a esos momentos de encuentro entre las ausencias que habitan al resto de personajes y que precisamente al unirse encuentran pequeñas luces, habla de la vulnerabilidad, de la herida y del cómo nos sostenemos desde lo que nos vincula.
Quienes ya no están nos dejan muchas cosas, algunas materiales y otras no. Se puede pensar en los legados y las lealtades hacia quienes no están de diversas formas. Ese legado puede consistir en objetos, pero también en el lenguaje, en las palabras. Y así hay fórmulas, como esa que inicia los capítulos titulados “Sangre”, que dice que la sangre es más densa que el agua. A través de esas palabras que funcionan como herramientas conceptuales para enfrentarnos a lo que nos rodea no percibimos a veces cómo se llevan a cabo ejercicios de exclusión, se ordenan y se jerarquizan los afectos. Hay una reflexión importante en todo el texto sobre la pérdida, la soledad, el vínculo, los afectos y los cuidados.
La otra protagonista de la novela, Florencia, es una artista que fotografía la interioridad de los cuerpos: huesos y vísceras. Un día, encuentra una mancha de sangre en el portal de su casa. Este hallazgo, que podría ser el punto de partida de una novela policiaca, le produce lo que llamas un síndrome de Florencia…
En el texto hay un juego con distintos elementos y uno de ellos es ese que vincula el nombre de la protagonista y aquello que determina esa noción diagnóstica que sería el síndrome de Florencia o síndrome de Stendhal. El síndrome sería ese vértigo, ese desmayo, esas palpitaciones que el autor sintió al contemplar la Santa Croce en su viaje a Florencia. En este caso, la protagonista, que comparte nombre y síndrome, lo siente ante una mancha de sangre que encuentra en su portal. Habría un cuestionamiento aquí de la noción de lo bello y de lo terrible, de la idea de ante qué sufrimos una experiencia estética, qué significa lo que es bello y quién lo decide. Hay también un mirar hacia esa transformación que supone convertir el arrebato ante una manifestación de la belleza en un síndrome, como si hubiese una posibilidad de hacer una descripción exacta de ese estado, de delimitarlo. Se trataría de hacer una lectura crítica de esa idea de transformar una experiencia estética o una acción que es difícil de comprender en un síndrome, de una sensación corporal ante lo inaudito a un estado alterado, una enfermedad.
Florencia limpia la mancha después de retratarla, pensando que la copia es copia respecto a un original. “Sólo haciendo desaparecer la mancha la obra será tal. Un testimonio de lo que ya no está. No un testimonio. La única realidad”. ¿Estás defendiendo una apuesta por la imagen dominable frente a la realidad que tiende al desborde, a lo monstruoso? ¿Es el ideal del arte el dominio de la realidad a través de la imagen?
Más bien sería una apuesta por el exceso, por lo inabarcable, por la experiencia corporal de ella ante lo que no puede acotar. Es una reflexión sobre lo que nos desborda. La mancha de sangre desborda el discurso artístico y estético a través del cual ella pretende representarla. Ella encuentra que la única manera de que su propuesta ocupe todo el lugar es hacerla desaparecer. Pero esa mancha de sangre se sitúa en ese lugar porque responde a algo que ha permanecido en silencio durante mucho tiempo en su vida y que de repente toma un lugar preferente.
Delante de la mancha derramada, Florencia, que se define a sí misma como insider, encuentra el interior desvelado, a la vista de cualquiera y eso la impele a tomar una decisión que la hace cruzar límites. Es una apuesta por vislumbrar esos límites y por reflexionar sobre cómo se establecen y a qué responden.
Lo que siente Florencia ante la mancha de sangre lo resumes en tres sensaciones: “El asco. La fascinación. El miedo”. En su libro El sexo y el espanto, Pascal Quignard habla de la relación entre fascinación y miedo, que están presentes también en la categoría de lo sublime según Edmund Burke, y que indudablemente conforman el síndrome de Florencia. Sin embargo, tú añades el asco, y eso es lo novedoso, lo que no estaba en Stendhal. El asco como experiencia estética está muy presente en la obra de Florencia, ¿no te parece?
El asco de Florencia forma parte de todo el compendio de respuestas que su cuerpo va performando ante la mancha, que no son aisladas, son una respuesta compleja ante lo que se le presenta sin esperarlo. En este caso, el asco en particular sería algo así como un despertar, una vulneración de lo que se espera y que se transforma al ser contemplado con otro lenguaje o desde otro lugar. El arte contemporáneo ha trabajado con ello de manera contundente.
De algún modo, aprendemos lo que nos debe fascinar y lo que nos debe causar rechazo, hay reacciones muy físicas que no dejan de estar atravesadas de elementos simbólicos, aprendemos a gustar de, a amar, a desear. Ese despertar, ese reconfigurar su primera respuesta, supone una modificación del yo y una vulneración de la norma. Lo que hace Florencia es transformar desde ese lugar. Su vinculación con esa obra es corporal y al relacionarse con ella, en el proceso artístico que lleva a cabo, se transforma a sí misma, adquiere otra entidad. Esto tiene un sentido importante en la novela, que se irá desvelando.
Florencia se pasa toda la noche trabajando en su nuevo proyecto basado en la mancha de sangre. Estamos acostumbrados a encontrar en las biografías de los artistas el relato de estos brotes de creatividad obsesiva, que forman parte de la mitología del genio. ¿Por qué crees que es tan atractiva la imagen de alguien que se abisma en su trabajo hasta perder la noción del tiempo y de sus propias necesidades básicas?
En general, lo que el texto transmite no es tanto —o no solo— el proceso creativo de ella, sino más bien el dolor y la contundencia de lo que ese proceso supone cuando le resulta inevitable, cuando no puede dejar esa obra. La mancha se incorpora, se hace cuerpo, en Florencia porque esa obsesión suya responde a algo para lo que no ha tenido lenguaje hasta ahora. Ella ha buscado en el interior, a través de sus obras, algo así como lo profundo, como una verdad última que le ayude a entender su propia vida. Con esa experiencia estética de transformación que es el encuentro y la acción sobre la mancha, logra hacer algo con lo que la rodea, da algunas respuestas a su propia herida, vuelve a leer su existencia con otras claves. Hasta entonces el arte le había servido para mantener en suspenso a los fantasmas, para detener la vida.
Sospecho que no muchos de tus lectores conocerían el concepto de fluido no newtoniano antes de leer Arterial. ¿Qué es un fluido no newtoniano y por qué te sirve como metáfora para hablar de los afectos?
Las propuestas científicas están plagadas de metáforas. Ya estaba dando vueltas a esa idea de la sangre como más o menos espesa que el agua y de todos los significados que eso arrastra y encuentro que como fluido, sin que yo sea en absoluto experta en ello, se comporta de tal manera que su viscosidad es distinta según la temperatura y según la tensión que se le aplica. Esto supone que nuestras metáforas afectivas que pretenden ser constantes, se encuentran armadas en un fluido que no lo es, que es inconstante.
Y esto me hizo pensar en los afectos y en la sangre, en todos los significados que arrastra. Y se convirtió para mí en uno de esos elementos que me interesan de forma particular porque contienen en sí mismos la manera de desarticularse. La sangre que se usa como elemento para describir vínculos fuertes es a veces tan inconstante como el propio afecto. Me pareció una forma estética y metafórica de reflexionar sobre la idea de que hay vínculos más válidos que otros, o más autorizados.
Hay una interioridad que nadie ve de sí mismo, y es la del propio cuerpo. Escribes: “de algún modo no llegamos nunca a saber quiénes somos”. Y, sin embargo, dos aparatos digestivos son más parecidos entre sí que dos rostros. Lo mismo pasa con la sangre: queremos distinguirnos por nuestra sangre (raza, familia), pero no podemos distinguir la sangre de una persona de la sangre de otra. Pienso que estas reflexiones atraviesan la novela al modo de un alegato antirracista que no llega a formularse como tal, pero que es el más elegante, arrollador y visceral que pueda imaginarse. ¿Has llegado tú a alguna conclusión con la escritura de este libro?
Quizá más que llegar a una conclusión a través de la escritura, la crítica contra el racismo, el clasismo, el machismo o la lgtbiq+fobia estaban ya en el tejido con el que se arma la novela. Son indisolubles del proceso de escritura. Son mis herramientas conceptuales. El libro es una entidad con circulación sanguínea, un organismo, lo que subyace a este proceso de su escritura quizá es un intento de responder sin poder responder del todo a algunas preguntas: ¿cómo impregnar un objeto a través del cual estamos entrando en la ficción para constituir la realidad de otra manera? ¿Cómo proponer un artefacto que suponga una experiencia performativa con una lógica de un mundo otro o con una desarticulación de este?
El proceso entonces sería algo así como suspender la lógica hegemónica por un rato, durante una noche literaria que es un camino de sangre, que pone atención sobre nuestra vulnerabilidad constitutiva y sobre los vínculos que nos ayudan a permanecer en la vida.
0