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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

Los responsables de las opiniones recogidas en este blog son sus propios autores.

Lo que la muerte silencia

Imagen del alcalde de Murcia, José Ballesta, fallecido este domingo. EFE/Juan Carlos Caval

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Hay algo que el odio no puede sostener ante una tumba: su propio peso.

Me enteré ayer por la mañana de que ha fallecido José Ballesta, alcalde de Murcia. No es el alcalde que yo habría elegido. No comparto su partido, ni muchas de las decisiones que tomó desde ese despacho en la plaza del Cardenal Belluga. Lo he criticado, como he criticado otras cosas desde estas páginas porque creo que la crítica política es una forma de respeto —quizá la más honesta— hacia las instituciones que nos gobiernan.

Y, sin embargo, esta mañana siento algo parecido a la pena.

No es hipocresía. Es que la muerte tiene esa capacidad brutal de recordarnos que detrás del cargo, del color del escaño y de la fotografía electoral, hay una persona. Una persona que tenía familia, que se levantaba por las mañanas con sus propias dudas, que probablemente creyó —con mayor o menor acierto— que lo que hacía tenía sentido. Eso no convierte en buenas las políticas con las que discrepo. Pero sí obliga a separar el juicio sobre las ideas del juicio sobre el ser humano. Y esa separación, que parece tan sencilla de enunciar, se ha convertido en un lujo casi extinto en el paisaje político que habitamos.

Vivimos en una época en la que el adversario político ha dejado de ser alguien con quien discrepar para convertirse en alguien a quien destruir. El odio se ha democratizado: ya no hace falta poder para ejercerlo, basta con un perfil de red social y la certeza de que el otro es, directamente, el mal. Hemos construido una arquitectura emocional donde quien piensa distinto no tiene solo opiniones equivocadas, sino que es una amenaza, una anomalía moral, casi una especie de patógeno social. Y esa lógica nos ha dejado sin vocabulario para el matiz, sin espacio para la discrepancia civilizada, sin capacidad para hacer lo que yo intento hacer hoy: reconocer el dolor ajeno aunque el fallecido no fuera de los míos.

Lo más perturbador de la polarización no es el ruido que genera. Es el silencio que impone. El silencio de quien querría decir 'lo siento', pero teme que lo lean como traición. El silencio de quien querría defender una posición moderada, pero sabe que la moderación hoy se paga cara en ambos bandos. El silencio de quien observa la muerte de alguien con quien discrepó y no sabe si está autorizado a sentir algo.

Eso es lo que me preocupa de verdad: que hayamos llegado a un punto en que la empatía se perciba como debilidad ideológica.

Yo no creo que tener valores propios implique odiar a quien tiene los suyos. Más bien al contrario: los valores que no se confrontan con la realidad del otro son dogma, no convicción. Es fácil tener principios cuando solo te relacionas con quienes ya los comparten. Lo difícil —y lo que realmente revela de qué estamos hechos— es mantener la coherencia cuando se nos presenta la incomodidad del desacuerdo genuino. Discrepar desde la verdad, no desde el miedo. Criticar la política sin odiar a la persona. Defender lo que uno cree sin necesitar que el otro sea un monstruo para tener razón.

Murcia pierde hoy a su alcalde. Hay personas que lo querían, que trabajaron con él, que creyeron en su proyecto. Ese dolor es real. Y reconocerlo no me cuesta nada -o más bien sí me cuesta algo: la pequeña incomodidad de salir de la trinchera un momento y respirar aire sin bando-.

Quizá eso es exactamente lo que necesitamos hacer con más frecuencia: salir de la trinchera. No para rendirse, sino para recordar que enfrente no hay enemigos, sino personas que también están convencidas de tener razón. Y que la única manera de construir algo juntos —una ciudad, una región, un país que merezca la pena— es encontrar el modo de hablar sin que cada conversación sea una declaración de guerra.

Descanse en paz, José Ballesta. Y que quienes seguimos aquí seamos capaces de aprender algo de este momento.

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