Los domingos
En Japón resumen la historia de las misiones católicas con el empaque de su hermética cultura milenaria, también con afinada guasa oriental. Primero llegan los curas, después los comerciantes, los reyes al final. Luego se apropian de todo. La religión y el dinero pusieron alfombra roja al poder hace quinientos años, casi igual que ahora. Pero en ese lejano archipiélago impermeable a los experimentos extranjeros, no duraría demasiado la doctrina de la Cruz.
El primer español en llegar a Kagoshima, al sur de la isla, fue el jesuita navarro Francisco Javier, patrocinado por la corona portuguesa. Al principio, la población se interesó mucho por los visitantes, pues estaban hasta la katana de morirse literalmente de hambre con el Shogun. En poco más de medio siglo, el pueblo nipón ya había caído en la cuenta de que su emperador era e iba a seguir siendo divino, que su riqueza no iba a engrosar las arcas de monarcas extranjeros. Así que dijo Ilie, una palabra escrita con el precioso pictograma de cuatro signos. O sea, no. Las maneras tan poco amables con las que convencieron tanto a sacerdotes dispuestos a ser mártires como a japoneses conversos las contó el escritor católico Sushaku Endo en su magnífico libro ‘Silencio’, que hace años llevó al cine Martin Scorsesse, también de forma magistral. El volcán de Kagoshima, bastante parecido al Vesubio, permanece todavía en activo, quizá porque los espíritus custodios del sintoísmo siguen vigilando en el interior del cráter, alertas por si lo vuelven a intentar.
No todas las religiones hacen proselitismo, que no es igual que evangelizar. Pero algunas lo hacen muy fuerte. En mi ciudad, la secta ultracatólica del Camino Neocatecumenal, permitida por el Vaticano, con fuertes vínculos en las instituciones y con su propia universidad, ha estado tres domingos seguidos celebrando en plazas públicas un sonoro ceremonial. A consecuencia de esta glorificación, temblaron los cristales de edificios vecinos con la música, las oraciones, los desafinados pero ardorosos cánticos, como si nos pareciera bien al resto de la ciudad, todo así durante varias horas. Como si fuera una señal divina, enormes carteles de san Francisco Javier han presidido los altares de estas performances del séptimo día.
No eran muchos, pero llegaron con altavoces tan potentes como las trompetas de Jericó, para que el festival de decibelios saboteara la lectura plácida de un vecino intentando relajarse en su balcón, el descanso de enfermos y mayores, la estampida de los pájaros que están criando en primavera. Es verdad que la fe es libre, respetable, un regalo de Dios, como bien dice la inquietante sor Isabel en ‘Los domingos’. Pero vaya, hay una normativa que cumplir. No se puede pasar el límite de decibelios.
Las ordenanzas municipales se interpretan en según que casos con un favoritismo abrumador hacia la religión verdadera. En Cartagena, la nueva ordenanza de convivencia ciudadana pone especial énfasis en multar a los pobres indigentes, haciendo alta política, como suele, su dividido gobierno local. Si la Constitución española defiende la libertad de culto, ¿por qué existe entonces una doble vara de medir?. Todavía resuena de manera vergonzante el nuevo reglamento de Jumilla, donde este verano se prohibió en su polideportivo municipal el rezo musulmán.
En una región donde el PPOX presume de racismo, entre los púlpitos y las urnas se busca una intención de voto que no se nutre solo de sectores ultracatólicos. Hay más de cien iglesias evangélicas registradas en el territorio murciano, a las que acude población latina con derecho a decidir. Estas tendencias ultras encajan en la Teología de la Prosperidad. El movimiento The Change reunió la pasada semana en Madrid a miles de personas. La cara más visible, el ejemplar futbolista Dani Alvés. A Jesucristo, que es y seguirá siendo el mejor personaje de la Historia, le faltarían templos donde entrar y repetir una vez más aquello que dijo cuando los mercaderes estaban de merchandising. Primero los sacerdotes, luego los empresarios, después los políticos. No es moral, no es religión, no son valores tradicionales que velan por la sagrada llama del hogar. Es ignorancia con pobreza. Es autoritarismo, siempre dinero. Que futurista ese dicho japonés, que poco interés tuvo y tiene el Sanedrín para cumplir el Evangelio.
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