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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Abril lector y los comandos del libro castigado

Varias personas en una librería

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En las librerías pasan cosas porque dentro de ellas hay miles de universos que pertenecen al lector. Hace poco más de una década, Jen Campbell escribió en su pequeño estudio de Edimburgo unas reflexiones hilarantes en las que contaba su experiencia como librera, junto a las de otros compañeros de su país. Aquí, la editorial Malpaso le añadió anécdotas de librerías españolas. ‘Cosas raras que se oyen en las librerías’ se convirtió en un fenómeno editorial.

Campbell no planeaba ser una escritora superventas, sino compartir el amor por su precioso oficio. Contar esas cosas absurdas, geniales o patéticas que los lectores hacemos rebuscando en las estanterías, recordando algo que leímos, descubriendo nuestras interesantes vidas frente al mostrador. Como siempre ocurre con todo lo que se hace con pasión, a la escritora se le fue tan de las manos el asunto, que arrancó a volar con vida propia. Anticipó tendencias. Ahora se escapa abril del calendario, terminan las agendas de actos oficiales y las librerías se quedan habitadas solamente por su infantería más leal.

Hay, sin embargo, un fenómeno que se repite desde hace años. Algo ocurre en las estanterías y algunos libros están de espaldas, como si un duende les cambiara el sitio. Es el Poltergeist de los lectores cabreados que, por ser leídos (y reflexivos) nunca serán capaces de destruir un libro, pero tampoco soportan un contenido peligroso, y lo ocultan entre el resto. Esta forma tan deliciosamente trendy de neutralizar lo chungo se conoce como Hidingbook. Comenzó en Estados Unidos cuando salieron de la caverna demasiados textos reaccionarios, y el criterio de los lectores de raza se afiló. La gota que colmó el vaso fue aquel best seller del negacionista Robert Kennedy Jr, ‘The real Anthony Fauci’, donde su autor abunda en que las vacunas y el VIH son inocuos. Entonces, comandos silenciosos de lectores daban la vuelta al libro, y ese inocente cortafuegos activista se expandió hasta las librerías europeas.  

En este abril lector he visto en algunos establecimientos de esta bendita tierra libros llorosos, castigados en sus estantes, de cara a la pared. Todos tienen en común el puntazo reaccionario. Hay nacionalismos supremacistas, incluido el español, violencias vicarias monetizadas, más antivacunas, insistentes revisionistas del Holocausto y otras pamplinas sin rigor.

En las tripas se me quedan las publicaciones que niegan la violencia machista, como una mala digestión. Van ya dieciséis mujeres asesinadas por hombres en lo que va de año en España. Murcia es una de las comunidades con más denuncias por violencia de género. Hace solo unos días, un diputado del partido del partido ultra pedía aquí combatir “incluso con violencia” contra las mujeres que deciden abortar. Y así, del disparate al truñolibro, es como se amplifican estas ideas. Los activistas lectores aplican, desde su libertad, la paradoja de Popper: Si toleras a los intolerantes, acabarán con el sistema. La moda de los libros de extraterrestres era, con mucho, más divertida y mejor.

Un amigo librero que no deja entrar textos reaccionarios en su tienda, resta importancia a la repercusión de estas publicaciones de baja calidad. Su teoría es razonable. La gente que compra esas teorías jamás lee. Tiene razón. Los malvados hicieron hogueras en la Opernplatz, los ignorantes echaron sus propios libros en ellas.

El investigador Olivier Mannoni, uno de los mayores expertos en nazismo, tardó diez años en traducir ‘Mein Kampf’ para la editora franco-suiza Fayard. Demostró la perversión de ese lenguaje que, por ejemplo, invirtió palabras como despiadado, brutal o fanático en honorables y positivas. En una reciente entrevista que la escritora y periodista Isabelle Carceles le hizo para ‘El Courrier’ de Ginebra, recordaba como los “fetiches verbales del mal” se escuchan de nuevo en Europa. Añado aquí dos de factura patria, frescos. Reemplazo. Prioridad Nacional.

A lo mejor el Hidingbook resulta ser antídoto contra el exceso de atención al cuñadismo de motosierra. También apagar radios y pantallas, cuando hablan. Que regresen a la oscuridad. No mirar, cerrar los ojos, como Indiana y su novia Marion amarrados a ese poste, a punto casi de perder, cuando los malos sueltan las furias del Arca. Así, quizá algún día tengamos más librerías que casas de apuestas.

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