La maestra que enseña a mirar
Todavía no lo sabe, pero la chiquillada que entra al colegio, cada mañana a las nueve, aprende una lección antes de que se abra la puerta corredera y los profesores se afanen para que se componga un orden razonable. Una vez que entren por otra puerta estrecha que da a un pasillo grande, los alumnos se dividirán entre dos grandes escaleras para llegar a las clases. Esa mañana les ha dado la bienvenida Robe con su verso libre y brillante. Quizá no se den cuenta, pero mientras se agarran para darse impulso a las asas de sus cargadísimas mochilas, los críos están memorizando un estribillo. Ama, ama y ensancha el alma. En el colegio ya no hay timbre que anuncie la entrada o la salida. Ahora es la música la que señala los tiempos en el colegio de san Isidoro y santa Florentina.
Robe insiste desde los altavoces, mientras llegan los últimos alumnos y el conserje les espera, paciente. Los brazos, la mente, y repartíos/que solo os enseñaron el odio y la avaricia/yo quiero que todos como hermanos/ repartamos amores y sonrisas. Serán cosas de la imaginación, pero mientras está sonando Extremoduro, parece que sobre el patio juguetean, volando raso, unas cuantas gaviotas con ese ritmo metálico y festivo.
Hace poco tiempo que se jubiló el interruptor. La música la trajo una maestra melómana y creativa, de esas que todas las madres deseamos para nuestros hijos. Ayer fue Robe, otro día la voz extraordinaria de Natalia Lafourcade, pero también emocionan hasta el cemento de los muros las letras eternas de Toquinho o la efervescencia alegre de la Orquesta Baobab. Para las niñas de cualquier edad serán didácticas las letras de Mala Rodríguez, antes que la pantalla de los móviles les oscurezca el candor en la mirada, o por si acaso un macho cualquiera les infunde el más mínimo temor. La música enseña, y como Robe, ensancha.
Son todas estas las primordiales músicas del mundo, ese planeta endemoniado y hermoso en que vivimos. La maestra que enseña a mirar también quiere que los alumnos se contagien de toda la belleza que ella siente en las gradas del Auditorio Paco Martín cada mes de julio, cuando por una vez, como por milagro, parece otra esta ciudad. Porque el proyecto, registrado por el colegio como propio, se llama La Mar de Músicas del Cole. En cada curso, el altavoz difunde las voces de los artistas que han formado parte del cartel de la edición anterior. Algunos, como los virtuosos del grupo Karmakadabra han ido, en persona, a visitar a los chavales.
A lo mejor la música hace su magia para que el colegio sea distinto ahora. El san Isidoro y santa Florentina cumple noventa y dos años, se inauguró en plena República bajo el concepto sagrado de la formación, con profesores de élite. Padece las graves carencias de los colegios públicos en esta región, donde la consejería y concejalía de Educación olvidan pavorosamente a todos estos centros, mientras los religiosos y/o privados mejoran con primor sus instalaciones.
Da igual que el patio del colegio tenga una humilde lona que apenas cubre del sol en los larguísimos veranos, o que el salón de actos sea más viejo que la placa de una antigua remodelación. Es tremendo que los más pequeños den clases en barracones en la Casa del Niño, desde hace décadas. Indignante que ese edificio es además una joya modernista de Víctor Beltrí. Increíble que cada semana los padres de alumnos no protesten en la calle. Conmovedor hasta los tuétanos que sean los propios equipos docentes los que se mantienen, por sí mismos, en pie.
De todas las lecciones posibles en épocas de mercachifles, la más reconfortante es la de la dignidad, lo más parecido a ser indestructible. Así es como resiste ahora el colegio más antiguo de Cartagena. No solamente ha cambiado lo urgente por lo bello a través de ese hilo musical que conecta el academicismo y el recreo. La enseñanza dice cosas nuevas que no vienen en los libros de texto: la vida, a pesar de todo, suena bien. Mientras existan maestras que saben de atención y ternura, otras generaciones aprenderán siempre esa letra.
0