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Ignacio Jurado

Soy Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford y profesor en la Universidad de York. Mis áreas de análisis son el comportamiento electoral y la economía política.

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¿Estamos a favor de la globalización económica?

Una de los rasgos fundamentales de la pasada crisis económica, tanto en España como en Europa, ha sido sus marcadas consecuencias políticas. En ese sentido, esta crisis ha sido diferente. Como ya hemos analizado en anteriores posts, la Gran Recesión de 2008 no solo ha producido malestar económico, sino un descontento generalizado con la representación política que, entre otras cosas, ha hecho volar por los aires los sistemas de partidos de muchos países de nuestro entorno, incluido el nuestro.

Entre los debates que han seguido a la crisis económica y política, uno de los más pronunciados es el del surgimiento de un nuevo eje de competición entre partidarios de la globalización y aquellos que se oponen a ella. Este eje juntaría dos cosas: por una lado, la creación de sociedades abiertas y cosmopolitas frente al nativismo; por otro lado, la integración económica internacional. En el norte de Europa (y países del Sur como Italia) ha sido muy pronunciado el debate y la tensión alrededor de la inmigración. En España esta faceta ha permanecido mucho más reducida. En cambio, el segundo aspecto de la globalización y la tensión entre integración en la economía internacional y sus estructuras y la pérdida de control político sobre la economía ha sido mucho más relevante.

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Dos crisis por el precio de una

Una de las grandes consecuencias de la reciente crisis económica ha sido el gran impacto que ha tenido en el crecimiento del malestar con cómo funcionan nuestras democracias. Este legado es particularmente importante en España, donde el legado de la crisis económica en la satisfacción con el sistema político es muy grande. Algunas de estas cuestiones ya las indagué  en este post hace casi cuatro años. Los españoles estaban a la cabeza de Europa en el descenso de la valoración de su sistema político como consecuencia de la crisis económica. A la pregunta de cómo estaban de satisfechos con cómo funciona la democracia en su país en una escala de cero a diez, los españoles pasamos de valorar la democracia española en 5,8 en el año 2008 antes del tsunami de la crisis, a reducir esa valoración a 3,98 en 2012, cuando la crisis había golpeado ya de lleno (algunos países como Grecia, que podrían tener descensos mayores, no aparecen porque en ellos no se realizó la segunda encuesta). En este gráfico muestro, la comparación con 2014 en que la crisis ya estaba remitiendo en bastantes países. Tal y como ocurría con la comparación de 2012, España es donde la huella de la crisis económica es más patente en la reducción de la satisfacción con la democracia.

 

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¿Qué quieren los europeos en el Brexit?

Desde que en junio de 2016 el Reino Unido votase a favor de salir de la UE, el llamado Brexit se ha convertido en el mayor reto político tanto de los británicos, como de la Unión Europea. En el seguimiento de esta cuestión, tendemos a prestar mucha atención a las idas y venidas del lado británico. Es evidente que la gestión del Brexit está teniendo un gran impacto en la estabilidad del Gobierno y del Partido Conservador, proponiendo, en ocasiones, un guión casi perfecto para una comedia de enredo que reedite el clásico “Yes, Minister”. En cambio, la posición europea, menos propensa a los titulares, es de más interés. Por un lado, son el actor fuerte en esta negociación. El resultado final del Brexit se parecerá más a lo que Europa quiera que a los que los británicos quieran conseguir. Por otro lado, la Unión Europea se enfrenta a lo que podemos definir como un dilema entre acomodar y no acomodar. Para la Unión Europea acceder a algunas de las demandas británicas supone beneficios a corto plazo. Mantener la cooperación en áreas que son mutuamente beneficiosas, como el comercio, podría ser uno de los objetivos. En cambio, este objetivo puede ser contradictorio con el segundo objetivo de castigar al Reino Unido con un acuerdo sobre el Brexit que sea ejemplarizante para evitar el contagio a otros países.

En la definición de este dilema, la postura europea de momento está siendo gestionada por la Comisión, con Michel Barnier como el jefe de las negociaciones. No obstante, dado que varios países europeos están en riesgo de contagio del Brexit y que, además existen distintos intereses económicos por mantener una relación privilegiada con el Reino Unido, cabe pensar que la posición de la Unión Europea habrá de ser también reflejo de las posturas de los distintos Gobiernos de la UE que, a su vez, responderán a su opinión publica. Esto nos plantea la pregunta de cómo percibe la ciudadanía europea el dilema del Brexit. En otras palabras, ¿qué quieren los europeos del Brexit y qué acuerdos serán más aceptables?

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La fortaleza de Puigdemont

Se acerca el 31 de enero, fecha en que está previsto que se celebre el debate de investidura en el Parlamento de Catalunya, y las discusiones en el seno del bloque independentista sobre qué candidato propondrán para la investidura parece que han llegado a un acuerdo: investir de nuevo a Carles Puigdemont como Presidente de la Generalitat.

Dadas las circunstancias materiales esto podría parecer sorprendente. Puigdemont está en Bélgica y no parece que acudiría a la investidura, por lo que la mayoría independentista en la Mesa será fundamental para forzar la interpretación del Reglamento y hacer una investidura a distancia posible. A pesar de esto, la narrativa de la restitución del presidente legítimo destituido por el artículo 155 es tan poderosa y tan asentada dentro del independentismo, que esta opción parece hoy la más viable.

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Tres gráficos preocupantes para Podemos

Hace un par de semanas se publicaron los resultados del barómetro de octubre del CIS. Siendo el primer barómetro que recogía intención de voto tras el 1-O se interpretó como un termómetro de cómo se está reconfigurando el escenario electoral estatal. En general, los titulares destacaron que el PP no parecía beneficiarse de la crisis catalana, tal y como muchos esperaban, y que Ciudadanos se acercaba enormemente al tercer puesto de Unidos Podemos, cuyas aspiraciones de sorpasso al PSOE hoy parecen muy lejanas. Sobre Podemos, precisamente, se ha destacado la situación de debilidad demoscópica en la que se encuentra. En este artículo, quisiera profundizar en este punto con tres gráficos que deberían ser muy preocupantes para el partido.

El primer problema que Unidos Podemos está sufriendo es su poca capacidad para fidelizar el voto en las condiciones actuales. Entre los cuatro partidos de ámbito estatal es el partido por el que menos ciudadanos que lo votaron en el pasado hoy repetirían su voto. Este dato no pasó desapercibido en los primeros análisis y es muy evidente en varias preguntas del barómetro. Por ejemplo, sólo el 60% de los votantes de Unidos Podemos en junio de 2016 hoy declaran que están decididos a votarlo de nuevo si se realizaran mañana  unas hipotéticas elecciones. Para el resto de partidos este dato es de unos diez puntos por encima.

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Tres miradas al barómetro del CIS sobre Catalunya

Todos los barómetros del CIS que incluyen indicadores electorales y de valoración política suscitan siempre una gran expectación y son ampliamente comentados por los medios de comunicación. Sin embargo, la expectación generada por el último barómetro que ha dado a conocer este organismo público, a través de su página web, seguramente bate récords. Se esperaba este barómetro, realizado entre el 2 y el 11 de octubre, para valorar el impacto, a nivel nacional, de la crisis catalana en el clima social y el pulso electoral. Se trata del primer estudio de opinión pública realizado por el CIS después de que se produjera el estallido de la crisis catalana, tras la celebración el pasado 1 de octubre del referéndum independentista.

El acusado incremento de la preocupación social por la situación de Catalunya ha sido uno de los resultados que más se han comentado. Algo que no es de extrañar, si tenemos en cuenta que el desafío independentista se ha convertido en un solo mes en la segunda preocupación ciudadana, sólo superada por el paro y desbancando al tercer puesto del ranking de problemas la inquietud que genera la corrupción y el fraude.

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¿Qué catalanes quieren un referéndum pactado?

Tras unos años en los que el apoyo a la independencia en Cataluña ha subido drásticamente (pasando de cotas de alrededor del 15 o 20% antes de 2010 a superar el 40% poco después), el independentismo parece haber encontrado un techo o incluso haber descendido en los últimos meses. Así, la situación más o menos estable que existe en Cataluña es una división entre dos grupos de parecido tamaño alrededor de la idoneidad de la independencia en Cataluña. Esto, además, tiene un reflejo en el sistema de partidos, donde se han ido configurando dos bloques: uno con partidos que están en contra de la independencia y otro con partidos que están a favor. Estos bloques son diversos internamente, pero la realidad es que las transferencias de voto entre ellos son bastante pequeñas.

Frente a este panorama, hace unos días mi compañero Lluis Orriols hablaba  aquí aquí del grupo de independentistas sobrevenidos e instrumentales que todavía podrían volver a conectar “con España”. Su argumento es que hay un grupo de independentistas, minoritario, que a día de hoy prefieren independencia a statu quo, pero que podrían hacer el camino de vuelta si pensaran que hay una alternativa distinta dentro del Estado. En este post querría hablar de otro grupo que también puede ser decisivo para cómo se terminen configurando las mayorías en Cataluña: los ciudadanos que apoyan un referéndum pactado con el Estado. Según datos del último barómetro del CEO (Centre d’Estudis d’Opinió), un 71% de catalanes está a favor de un referéndum. De ellos, dos tercios (un 48% de los catalanes) apoyan el referéndum con independencia de si es acordado o unilateral. En cambio, aproximadamente un tercio (23,4 % del total de los catalanes) está a favor del referéndum solo si es acordado con el gobierno español.

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¿Cosmopolitas por Corbyn? Unos apuntes para entender las elecciones británicas

A pesar de que en el momento de convocar las elecciones la práctica totalidad de los analistas y los sondeos anticipaban una victoria holgada de los conservadores de Theresa May y un descalabro de los laboristas liderados por Jeremy Corbyn, la sorprendente recuperación de estos últimos durante la campaña ha dado al traste con la mayoría absoluta conservadora en la Cámara de los Comunes. A continuación ofrecemos algunos apuntes para tratar de entender lo que ha ocurrido el jueves en el Reino Unido.

1. ¿Derrota de May, o victoria de Corbyn?

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Elecciones en tiempos difíciles

En los últimos tiempos, las elecciones parecen llenas de sobresaltos. Algunas producen sorpresas, como el Brexit y Trump. Otras nos tienen en vilo sin que al final confirmen las sorpresas, como en Francia o en Países Bajos. Pero esa sensación de predictibilidad de las elecciones y la seguridad que teníamos sobre sus coordenadas parece que se ha difuminado.

Las explicaciones son múltiples, pero creo que muchas de ellas las podemos resumir en que algunos de los fundamentos que tradicionalmente teníamos como sólidos para analizar las elecciones se han erosionado. Simplificando mucho, el modelo típico de elecciones sería una combinación de voto ideológico/partidista y rendición de cuentas. Por un lado, una parte de los votantes (llamémosles fieles o partidistas) tendrían vínculos fuertes con los partidos políticos y votarían por ellos con una propensión muy alta (a lo máximo que llegarían es a desmovilizarse y abstenerse). Este grupo de electores sería muy importante porque aportaría estabilidad al escenario electoral. Esto permite a los partidos políticos tomar, en ocasiones, decisiones arriesgadas, porque saben que tienen un colchón electoral en caso de que las cosas no salgan bien.

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Opinión pública y populismo de extrema derecha

El pasado 15 de marzo, los holandeses acudieron a las urnas en un ambiente de altísima expectación. Tras los primeros sondeos a pie de urna, el gran titular de la noche electoral fue que, tal y como venía anunciándose en las últimas encuestas, el populismo de extrema derecha de Geert Wilders no tuvo  finalmente el éxito esperado, quedando segundo a larga distancia del primer puesto del VVD liderado por el primer ministro Rutte.

Este resultado final plantea si la importancia del partido de Wilders no fue algo magnificada en los meses anteriores. Es cierto que las encuestas durante meses le daban como partido más votado y esto tiene un valor simbólico. Pero en realidad la expectativas de éxito de Wilders no se debían a su capacidad para ser un partido mayoritario (ni siquiera se preveía que subiera apenas su voto desde su techo en 2010), sino que se debía fundamentalmente a la caída en votos de los dos partidos de gobierno y a la mayor fragmentación de un sistema de partidos ya de por sí muy multipartidista.

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