Pistoletazo de salida hacia las generales
El pasado domingo tuvieron lugar las elecciones andaluzas y, con ello, no solo cerramos un ciclo electoral, sino que arrancamos el que nos llevará hasta las próximas elecciones generales. Si no hay adelantos, tenemos por delante un año de campaña constante: en mayo de 2027 habrá elecciones autonómicas en diez regiones y locales en toda España, y las generales vendrán inmediatamente después.
Merece la pena, pues, repasar cuál es el balance de este ciclo electoral que comenzamos en Extremadura hace cinco meses y ha pasado por Aragón y Castilla y León para llegar a Andalucía. El PP forzó este período de urnas con el objetivo de erosionar al gobierno y visualizar con claridad que la alternativa.
Si atendemos únicamente a las encuestas de las generales, no parece que el PP haya subido en intención de voto en los últimos cinco meses. La tendencia es prácticamente plana, tanto para el PP como el PSOE y, si acaso, observamos que ha habido un ligerísimo retroceso de los populares. No obstante, creo que eso sería una conclusión demasiado miope.
En primer lugar, creo que al final de este período el PP ha conseguido proyectar una sensación de cambio de ciclo con cuatro elecciones seguidas siendo la fuerza más votada. Es cierto que los objetivos mayores no se han conseguido. No ha habido mayoría absoluta ni en Extremadura ni en Andalucía, pero en las cuatro ha sido el claro ganador. Ha rondado o superado el 40% de los votos (salvo en Aragón) y ha mantenido al menos diez puntos de ventaja frente al PSOE (salvo en Castilla y León). En todas ellas, además, el bloque de la derecha ha superado claramente el 50% de los votos.
Más allá de esto, una de las consecuencias de este ciclo electoral que nos arroja luz sobre lo que viene es que ha servido para aclarar el espacio de la derecha. Y aquí nuestras conclusiones hoy son distintas de las que extraíamos en febrero, con las elecciones aragonesas. Entonces parecía que forzando elecciones el PP había abierto la puerta a un ascenso de Vox que, además, pretendía disputarle la primera posición en la derecha. Esa volatilidad estaba imposibilitando cualquier acuerdo entre ambos partidos y dejando las investiduras autonómicas en el aire. Hoy entramos en la recta final hacia las generales con ese espacio más despejado. Vox se ha frenado en las encuestas y las aspiraciones de ser primera fuerza parecen olvidadas. El ciclo deja claro que, de momento, el rol del PP es el de fuerza que lidera el espacio y el de Vox el de socio minoritario.
Esto ya se ha traducido en un cambio de estrategia. Por un lado, entramos en el nuevo ciclo con Vox permitiendo investiduras y formación de gobiernos. La lógica es clara: Vox no tiene incentivos para mantener una postura insurreccional que le impide superar su techo del 20%. Para crecer, necesita mostrarse como fuerza de gobierno. Por otro lado, que se despeje este espacio tiene consecuencias. Por si a alguien le quedaban dudas, los gobiernos del PP pasan por Vox. Ambos están atados el uno al otro. Y un Vox dispuesto a gobernar se centra en exigir pocas medidas, pero muy claras. Entre ellas, destaca la inmigración como prioridad central. Podemos anticipar que un gobierno de la derecha que saliera de las próximas elecciones llevaría a Vox dentro, con la política migratoria como elemento vertebrador del acuerdo.
La izquierda entra en la carrera hacia las generales en una posición mucho peor, agravada esta semana con la imputación de Zapatero. Este ciclo electoral nos ha servido para comprobar no solo la debilidad del PSOE, sino también la escasa capacidad de movilización de Sumar y Podemos. En el último barómetro del CIS, el PSOE tiene una fidelidad de voto del 67,5% y Sumar, incluso incluyendo a Podemos, la tiene por debajo del 50%.
Según el barómetro de Ipsos para La Vanguardia de abril, la derecha superaría en estos momentos los 12 millones de votos, el récord histórico solo alcanzado antes en 2011, mientras que la izquierda se quedaría en torno a 8,5 millones, una cifra que solo se había registrado en los dos momentos en que la derecha obtuvo mayoría absoluta: en 2000 y en 2011. Dicho de otro modo: si las generales fueran hoy, la izquierda movilizaría el mismo volumen de voto que cuando perdió por mayoría absoluta. Y lo haría no porque sus votantes se hayan ido a la derecha en masa, sino porque no logra compensar sus pérdidas con nuevas incorporaciones. La fuga también va hacia la abstención y otras fuerzas más pequeñas. La izquierda necesita, por tanto, un acicate de ilusión para tener opciones en las próximas generales.
Y en estas, una de las mayores novedades de este ciclo electoral ha sido la fuerza que han mostrado la Chunta y Adelante Andalucía. En ambos casos, las encuestas nos muestran que su ascenso se ha asentado en parte en votos que vienen tanto del PSOE como del espacio Sumar/Podemos. Esta tendencia apunta a que puede repetirse en unas elecciones generales, donde la fragmentación y el debilitamiento del voto de izquierda puede beneficiar a las opciones regionalistas o soberanistas de izquierdas.
Con ello se da una de las conclusiones más paradójicas de este ciclo. La estrategia seguida por la izquierda en el Parlamento durante esta legislatura también siembra las semillas de su propio problema electoral. Sánchez ha conseguido algo inédito: forjar una coalición parlamentaria resistente con prácticamente todas las fuerzas de ámbito autonómico, desde el PNV hasta Bildu, pasando por ERC o Junts. Ese acuerdo ha sido su principal activo de gobernabilidad. Pero al hacerlo, ha contribuido a consolidar en el imaginario de una parte del electorado la idea de que para parar a la derecha radical no es necesario votar al PSOE ni a Sumar. Votar a la Chunta, a Adelante Andalucía o a Bildu puede tener el mismo efecto de bloqueo.
Entramos pues, en este último año de legislatura con una izquierda con dudas acumuladas tras un ciclo adverso, una fidelidad de voto en mínimos, un flanco regional cada vez más poroso y, ahora, el peso de la imputación de Zapatero como ruido de fondo. Y sin embargo, un año es mucho tiempo en política.
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