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José Fernández-Albertos

Doctor en ciencias políticas por la Universidad de Harvard. En la actualidad soy investigador permanente en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. La mayor parte de lo que escribo trata de las relaciones entre política y economía.

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Nuevos partidos, ¿nuevos ejes de competición política?

Uno de los argumentos que se han usado para tratar de entender el nacimiento del nuevo sistema de partidos, más plural y fragmentado, es el de que los partidos "tradicionales", supuestamente atados por sus lastres ideológicos y organizativos, eran incapaces de representar las cada vez más complejas estructuras de preferencias ideológicas de los votantes. Al haber solo dos grandes partidos con capacidad de alcanzar el poder, los votantes estábamos condenados a elegir entre dos "paquetes" de políticas, sin capacidad para poder elegir de cada uno de ellos solo las cosas que se aproximaran a nuestras preferencias. La nueva oferta asociada a la llegada de nuevos partidos, de acuerdo a esta lógica, permitiría a los ciudadanos elegir combinaciones nuevas de propuestas políticas, haciendo posible que tengan en cuenta a la hora de votar otros temas que la competición bipartidista limitaba. En jerga de politógos, una de las "ventajas" del pluripartidismo, y por ello quizá una de sus posibles causas, es que permite la existencia de una competición multidimensional, en el que no haya un solo eje de conflicto político, el tradicionalmente asociado a la división entre "izquierda" y "derecha". (En aquellos territorios en los que existe un conflicto en torno al reparto del poder territorial la competición electoral siempre se ha desarrollado en más de un "eje", y no es casualidad que en ellos surgieran sistemas de partidos más fragmentados). 

¿Es la aparición de nuevos ejes de conflicto político en la competición electoral lo que explica o posibilita el nacimiento de los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos? ¿Gracias a ellos las elecciones ya no está monopolizadas por el debate entre "izquierda" y "derecha"? Para tratar de responder a esta pregunta voy a presentar los resultados de tres ejercicios realizados a partir de la encuesta realizada por el el CIS justo después de las elecciones del pasado Junio. La virtud de esta encuesta es que, además de recoger el recuerdo de voto de los encuestados, también pregunta por sus posiciones en una serie de cuestiones de relevancia política: si cree que hay que priorizar la seguridad a la libertad o viceversa, si la diversidad cultural que traen los inmigrantes es positiva o pone en peligro nuestros valores y cultura, además de la posición en la dimensión económica clásica respecto al papel del Estado en la economía (si deberían mejorarse los servicios públicos y prestaciones sociales aunque haya que pagar más impuestos, o habría que pagar menos impuestos aunque signifique reducir servicios públicos y prestaciones sociales), todas ellas medidas en una escala del 0 a 10.

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¿Sabe ganar elecciones Susana Díaz?

La carrera por la secretaría general del PSOE está ya lanzada. Como es natural, uno de los principales temas de debate en las próximas semanas será el de qué candidato es el más competitivo electoralmente. En estas discusiones, los partidarios de Susana Díaz suelen defender que, a diferencia de sus contrincantes, ella “sabe ganar elecciones”. Es un hecho indiscutible que cuando ella encabezó la lista del PSOE de Andalucía en las últimas elecciones autonómicas, su partido fue el más votado. ¿Pero podemos atribuir a Susana Díaz este éxito? Es razonable pensar que una de las razones por las que Díaz haya cosechado en Andalucía mejores resultados que López en Euskadi o que Sánchez en el conjunto de España es porque ella competía en un electorado particularmente afín al PSOE.

Una forma ideal de evaluar si Susana Díaz de verdad logra “ganar elecciones” sería construir varios universos paralelos en los que la candidata del PSOE a presidir la Junta de Andalucía en las elecciones de Marzo 2015 hubiese sido otra persona, y comprobar después en qué medida Susana Díaz mejoraba o empeoraba los resultados del PSOE en esos universos paralelos. Lamentablemente no nos es posible hacer ese ejercicio, pero sí podemos algo que se le parezca.

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Trump como experimento natural

¿Producen las democracias mejores resultados económicos que las dictaduras? ¿La igualdad produce burocracias más neutrales y transparentes? ¿El comercio internacional reduce los conflictos bélicos entre los países? Evaluar la validez empírica de las principales preguntas de la ciencia política no es fácil. La razón es que, a diferencia de la mayor parte de nuestros colegas en las ciencias “duras”, los científicos sociales difícilmente podemos examinar las consecuencias de los fenómenos en condiciones de laboratorio, es decir, aleatorizando la exposición de las unidades de análisis (los individuos, los municipios, los países,…) a los diferentes tratamientos (ser una democracia, tener una distribución de ingresos igualitaria, estar más o menos expuesto a la internacionalización económica,…).  Para muchas preguntas de investigación, la posibilidad de “aleatorizar tratamientos” sencillamente no existe: los politólogos podemos hacer muchas cosas, pero aún no nos dejan seleccionar aleatoriamente un número de municipios, imponerles un gobierno de coalición, forzar que en el resto haya un gobierno unitario, y observar las diferencias entre ellos. Ante esta imposibilidad, buena parte de los esfuerzos de las ciencias sociales empíricas se han dedicado a buscar soluciones a este problema. Una de ellas es la explotación de lo que en el gremio se conoce como experimentos naturales.

Un experimento natural es un estudio que explota el hecho de que la exposición de las "unidades" (los individuos, los países) al “tratamiento” en cuestión, aunque no es realizado por el propio investigador (es “natural”), puede defenderse que se deba al azar. Así, por ejemplo, hay estudios que usan como experimento natural el haber sido premiado por la lotería, lo que les permite medir el efecto de los ingresos en las preferencias políticas (spoiler: los ganadores se vuelen más contrarios a la redistribución), o el haber sido un territorio alcanzado por las invasiones napoleónicas, lo que permite evaluar las consecuencias económicas de las rupturas institucionales (spoiler: cargarse las instituciones del antiguo régimen hizo más bien que mal).

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Las elecciones en EEUU: una mirada de largo plazo

Este martes los americanos elegirán a su nuevo presidente, a su Cámara de Representantes, y a un tercio del Senado. Aunque en las últimas semanas las encuestas han apuntado a una mayor incertidumbre acerca del resultado final, gracias especialmente a la recuperación de la intención de voto de Trump entre los republicanos, Clinton sigue siendo la clara favorita para ganar la presidencia. Con mayor incertidumbre, es posible que los demócratas recuperen el control del Senado (si Clinton gana, sólo necesitarían ganar a cuatro senadores de los venticuatro republicanos que este año terminan mandato), pero es prácticamente imposible que lo hagan de la Cámara de Representantes, fundamentalmente por dos razones: los últimos rediseños de los distritos (gerrymandering) favorecen de manera desproporcionada a los republicanos, y los demócratas concentran cada vez más el voto en distritos muy densamente poblados, donde ya ganan y donde por tanto tienen muchos votos desperdiciados.

El próximo miércoles sabremos si se cumplen o no estas predicciones. Aquí no me voy a fijar en lo que dicen las encuestas, ni en las claves que decidirán el resultado final (ayer publicamos este artículo sobre ello), sino en algunos patrones más estructurales que, con independencia del resultado concreto del martes, creo que son centrales para entender estas elecciones, y las dinámicas políticas americanas del medio y largo plazo.

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El año en el que fuimos optimistas

Todos los meses, el CIS formula a sus entrevistados la siguiente pregunta: “¿cree usted que dentro de un año la situación política del país será mejor, igual, o peor que ahora?”. Desde el inicio de la crisis y hasta 2015, con la excepción de la efímera luna de miel de Rajoy (los tres barómetros realizados justo después de la victoria del Partido Popular en Noviembre de 2011), los españoles han sido siempre mayoritariamente pesimistas sobre la evolución futura de la política. A pesar de las nefastas valoraciones de la situación política durante este periodo (en Febrero de 2013 se toca fondo, cuando un 29% de la muestra juzga la situación política como “mala”, y un 57% como “muy mala”), encuesta tras encuesta los españoles seguían sin ver la luz al final del túnel: se admitía que la situación era catastrófica, pero se pensaba que un año después estaríamos todavía peor. Los pesimistas siempre superaban en número a los optimistas.

La línea gruesa del gráfico 1 muestra el porcentaje de optimistas (los que creen que un año después de realizada la entrevista la situación política del país será mejor) menos el porcentaje de pesimistas (los que responden que la situación será peor) desde el inicio de la crisis hasta la actualidad.

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Expectativas e incertidumbre ante unas hipotéticas elecciones

Aunque no se diga explícitamente, como tras el 20D, la especulación sobre los posibles resultados de unas hipotéticas nuevas elecciones vuelve a informar los cálculos de los actores políticos ante la formación de gobierno. Nadie quiere elecciones, pero el hecho es que para evitarlas varios partidos han de ponerse de acuerdo en algo: y como ese “algo” no es el mismo para todas las fuerzas políticas, y hay soluciones que los partidos prefieren evitar antes de ir a las urnas, a día de hoy no es del todo descartable que acabemos yendo a votar en diciembre.

Así, el Partido Popular prefiere unas terceras elecciones a descabalgar a su líder o ceder la presidencia del gobierno a otro partido. El PSOE prefiere unas terceras elecciones a apoyar una investidura de Rajoy. Ciudadanos prefiere unas terceras elecciones a un gobierno en el que esté Unidos Podemos y sus aliados, o que goce con las simpatías de los soberanistas catalanes. Y Unidos Podemos prefiere unas nuevas elecciones a un gobierno en el que esté el Partido Popular o Ciudadanos (hay quien especula sobre esto último, pero eso parecen indicar sus declaraciones a día de hoy).

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Ciudadanos podría estar teniendo problemas para movilizar a su electorado

¿Hay una relación sistemática entre el cambio en la participación a las 14 horas y el apoyo a cada partido el 20D? Si miramos la correlación entre la diferencia de participación y el porcentaje de apoyos en cada municipio el 20D, observamos lo que ya se ha mencionado por muchos medios: los incrementos mayores de participación tienden a darse en aquellos municipios donde PP y, sobre todo, PSOE, obtuvieron mejores resultados. 

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Diálogos 26J: ¿Qué pasará con la participación?

Aina Gallego: ¿Subirá o bajará la participación en las elecciones de junio?

José Fernández-Albertos: Las encuestas están apuntando a una caída muy leve de la participación. Si uno compara la preelectoral de diciembre y la actual, sí se observa algo menos de entusiasmo, pero no es muy grande: en la preelectoral de Diciembre un 75% de los encuestados declaraban estar seguros de que irían a votar, en la preelectoral de ahora son un 71%.

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¿Importan los debates? Los efectos en el 20-D

Cuando hablamos de política, existen asuntos que atraen mucha atención pública sobre los que los politólogos tienden a ser más escépticos. Uno de estos temas son los debates electorales. Debates como el del martes ocupan cientos de páginas de nuestros periódicos y horas de tertulias y, en cambio los politólogos han insistido mucho en los efectos limitados de los debates. La razón principal es que cuando vemos los debates, los solemos ver a través de nuestras gafas ideológicas y partidistas, de tal modo que suelen confirmar aquello que ya creemos. Les sonará de tantas veces que hemos visto votaciones entre lectores de periódicos en las que el ganador es el candidato más cercano a la línea editorial del medio.

¿Significa esto que el debate del martes no servirá para nada? En realidad no. Aunque por regla general los debates no sean decisivos para muchos votantes, pueden tener algunos efectos relevantes. Y si hay un momento para que los debates tengan un impacto, es precisamente ahora. Estamos todavía viviendo un tiempo nuevo de transformación de nuestro sistema de partidos, donde hay lugar para que los debates sean más decisivos. Este impacto mayor sobre el voto se basaría en dos razones. Primero, la volatilidad electoral todavía es alta. Muchos votantes no terminan de cambiar su voto, pero ya cuentan con opciones nuevas que suponen alternativas ideológicamente más cercanas que las alternativas tradicionales. Igualmente, los partidos nuevos tienen electorados en formación que pueden perder en beneficio de los partidos tradicionales (o de la abstención) si no los terminan de percibir como alternativas atractivas. En este escenario en que los votantes no tienen su voto completamente fijado, eventos extraordinarios como los debates pueden mover a más gente.

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Las consecuencias electorales de una coalición entre Podemos e IU

Nuestro sistema electoral penaliza a las formaciones con pocos votos y muy distribuidos por el territorio. El pasado 20-D, Izquierda Unida vio cómo el 80% de sus votos (734.000, los obtenidos fuera de Madrid), se quedaron sin lograr un solo escaño. De haberse sumado los votos de IU a la candidatura ideológicamente afín de Podemos, esta hipotética lista conjunta hubiese logrado 14 diputados más de los obtenidos por las dos candidaturas por separado. Pero es evidente que este es un análisis insuficiente para conocer cuáles son las previsibles consecuencias en términos de representación de una coalición electoral: la gente no vota igual cuando dos partidos van juntos que cuando van por separado.

Así, por un lado, habrá votantes de uno y otro partido que, movidos por el rechazo que les genera el nuevo aliado, decidirán dejar de votarlo. Por otro, no es descartable que haya también quien se sienta tentado de votar a la nueva coalición, aun sin votar a ninguno de sus miembros cuando presentan listas diferenciadas. Aunque este segundo efecto parezca a primera vista menos evidente, no conviene desdeñarlo: sin él, sería por ejemplo muy difícil de explicar el éxito de algunas confluencias en las elecciones municipales de hace un año.

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