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Luis Miller

Luis Miller es doctor en sociología y profesor de economía experimental de la UPV/EHU. Ha trabajado en la Universidad de Oxford (Reino Unido) y en el Instituto Max planck (Alemania). También ha sido investigador visitante en las universidades de Essex (Reino Unido), Indiana (EEUU), Zúrich (Suiza) y Monash (Australia). Su área de especialización es la economía conductual y los métodos experimentales en las ciencias sociales aplicados a problemas como las consecuencias sociales y morales del desempleo. Ha publicado en revistas académicas internacionales de economía, ciencia política, sociología, psicología y filosofía.

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¿Se batirá el récord histórico de abstención el 10N?

Nunca antes tantas personas habían dicho que no iban a votar en una encuesta preelectoral del CIS anterior a unas elecciones generales. Para hacernos una idea, en la encuesta preelectoral anterior a las elecciones de junio de 2016, en las que se dio la participación más baja del actual período democrático, un 11% de las personas entrevistadas indicaba que "no votaría" cuando se le preguntaba por su intención de voto. En los datos que el CIS presentó ayer este porcentaje era del 11,8%. Del mismo modo, en aquella repetición electoral del 2016, un 8,5% indicaba que no iría a votar "con toda seguridad", mientras que en esta segunda repetición ese porcentaje ha subido al 10,3%. Por tanto, todo haría pensar que estas elecciones podrían batir el récord negativo de abstención y situar esta en torno al 35%, muy por encima del 28% registrado en abril de este año. A la participación electoral parece sentarle mal las repeticiones electorales. Sin embargo, esto podría cambiar algo con todo lo sucedido en la segunda mitad de octubre y lo que pueda pasar de aquí al 10 de noviembre. En esta entrada voy a situar primero la evolución de la abstención declarada en las encuestas del CIS en perspectiva histórica y, a continuación, revisaré dos estudios que nos pueden dar pistas de cómo podría remontar la bajísima participación que el reciente CIS hace presagiar.

El gráfico 1 muestra el porcentaje de personas que indican que "no votarían" en 124 encuestas del CIS desde mediados de 1993. La abstención declarada en cada encuesta viene representada por un punto. Además, se muestran las nueve elecciones generales que han tenido lugar desde entonces, incluyendo las próximas elecciones del 10N. Hasta el 2015 se dan ciclos electorales normales de cuatro años y lo que vemos es que, en cada ciclo, la abstención va subiendo a medida que nos alejamos de las elecciones anteriores hasta llegar a un punto máximo desde el que va descendiendo a medida que se acercan las siguientes elecciones. Lo interesante es que, excepto en las dos elecciones repetidas, el punto más bajo de la abstención declarada siempre coincide con la encuesta inmediatamente anterior a las elecciones. Este parece que era el comportamiento "regular" de la abstención declarada hasta el 2016. El caso del ciclo electoral 2011-2015, que coincidió con los peores momentos de la crisis económica y el cambio en el sistema de partidos resulta especialmente interesante. La abstención declarada subió hasta cotas del 25%, lo que hubiera supuesto una abstención de más del 50% en unas hipotéticas elecciones generales. Sin embargo, llegadas las elecciones de 2015 las aguas volvieron a su cauce y las últimas encuestas antes de las mismas ya mostraban una abstención declarada muy normalita. En el ciclo 2016-2019 el patrón fue muy similar a los anteriores.

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¿Qué consecuencias sociales puede tener el procés?

Vivimos tiempos convulsos en la política española y catalana. Los acontecimientos políticos se suceden a tal velocidad que cualquier análisis que se realice tiene el riesgo de quedar obsoleto en cuestión de horas. La mayoría de ciudadanos asiste expectante a este juego de estrategia que han emprendido los gobiernos catalán y español y cuyo resultado es tan incierto. En este contexto parece del todo lógico estar pendiente del corto, a veces cortísimo, plazo y no tanto de cuáles son las consecuencias a más largo plazo de una movilización política como la que se está produciendo en Cataluña. Sin embargo, las consecuencias sociales de un proceso de secesión como este pueden ser muy importantes.

Numerosos estudios desde la ciencia política comparada han analizado procesos recientes de secesión, tales como el de Sudán del Sur, Kosovo, o los intentos secesionistas en Escocia o Quebec. A partir de estos trabajos sabemos que los procesos secesionistas en democracias son habitualmente pacíficos, como es el caso de la movilización a favor de la independencia en Cataluña. Lo que ha sido menos analizado son las consecuencias sociales que la intensa movilización política vinculada a un proceso de secesión puede acarrear. Un estudio internacional reciente muestra precisamente esos efectos sociales en un caso relevante de secesión, el de la República de Sudán del Sur, que proclamó su independencia en 2011. Pues bien, en el citado estudio los investigadores muestran que la participación en los disturbios que tuvieron lugar en la capital de Sudán (Jartum) influyó en el apoyo de los ciudadanos de lo que luego sería Sudán del norte sobre la independencia de lo que luego sería Sudán del sur.

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De la polarización partidista a la discriminación política

Uno de los argumentos que han sido empleados para tratar de explicar la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos es la creciente polarización partidista que se viene produciendo en este país. En este sentido, la lealtad al propio partido político (y el rechazo al contrario) ha podido ser más importante para el votante que el candidato que cada partido ponía en liza. El partidismo (partyism) ha sido recientemente definido como la hostilidad o el prejuicio que se da entre los votantes o simpatizantes de diferentes partidos políticos. En los Estados Unidos, la antipatía entre republicanos y demócratas ha alcanzado los niveles más altos de las últimas dos décadas, llegando a tener efectos en aspectos de la vida cotidiana que, en principio, poco tendrían que ver con la política.

Por ejemplo, una mayoría de personas prefiere vivir en un lugar donde la mayoría de gente comparta sus ideas políticas. Del mismo modo, una de cada cuatro personas que se definen como claramente liberales o claramente conservadoras se sentiría mal si un familiar se casara con alguien que no tuviera su ideología. Pero, más allá de estos datos generales, ¿qué evidencia académica tenemos acerca del partidismo en los EEUU?, y, ¿se trata sólo de un fenómeno estadounidense o podríamos extrapolarlo a otros sistemas políticos? Con esta entrada trataremos de dar algunas respuestas a estas dos preguntas.

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Las consecuencias morales del desempleo

Las consecuencias económicas y sociales del desempleo son devastadoras. El desempleo suele venir acompañado de una importante pérdida de poder adquisitivo de las personas que lo padecen y supone uno de los mayores gastos sociales para un estado. Además, el desempleo ha sido relacionado con problemas de salud como el estrés, la depresión, la ansiedad o, comparando países, con un aumento de los suicidios, los homicidios o las muertes relacionadas con el alcohol. Y el desempleo no solo se padece en primera persona, sino que también tiene efectos sobre la salud física y mental de otros miembros de la familia.

Por si fueran pocos todos estos efectos negativos, recientemente los científicos sociales han puesto su lupa sobre otra consecuencia del desempleo: un cambio de los valores o preferencias sociales y políticas de las personas que lo sufren. Lo que economistas, politólogos y sociólogos, entre otros, han empezado a preguntarse es si, al quedarse desempleadas, las personas cambian sus valores morales y sus demandas políticas. Un estudio reciente realizado en EEUU muestra que tras quedarse desempleadas las personas demandan más políticas sociales. Sin embargo, se trata de un efecto pasajero. Cuando la situación laboral de las personas mejora, éstas vuelven a apoyar las políticas sociales que apoyaban antes de quedarse desempleadas.

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