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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Región de Murcia: una cartografía emocional del paseo y la memoria

Rambla del Beal llegando al Mar Menor | David de Flores (La Cámara Roja)

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La Región de Murcia es una tierra pequeña y precisa, casi íntima, donde en apenas unos kilómetros conviven la huerta y el secano, las sierras y las ramblas, un río obstinado y un mar propio, el Mar Menor, que durante siglos ha moldeado el paisaje y el carácter de quienes viven junto a él. Tal vez por eso aquí el territorio nunca ha sido un simple escenario: forma parte de la manera de caminar, de hablar y de estar en el mundo.

Álex Chico escribe en Geografía escrita (Candaya, 2025) que los lugares terminan convirtiéndose en estados de ánimo, en una “cartografía emocional” donde memoria y paisaje se confunden hasta formar una peculiar fe de vida. Pensaba precisamente en eso mientras caminaba por la carretera de Patiño hacia la Fuensanta el pasado domingo 10 de mayo. Hay regiones que se recuerdan por sus monumentos; Murcia, en cambio, suele quedarse adherida a la experiencia física de quien la atraviesa: la luz sobre el Segura, el olor húmedo de las acequias, el viento cálido de la tarde, el silencio breve de las huertas cuando empieza a anochecer.

A esa misma hora sabía que, en Jumilla, mi patria chica, muchos subirían al Cristo de la Columna, al monasterio de Santa Ana, cumpliendo esa vieja costumbre que allí llamamos la romería. Pensé entonces que pocas regiones poseen una relación tan íntima con el acto de caminar como la nuestra.

La Región de Murcia está hecha para ser recorrida lentamente. Uno puede deambular por las huertas cercanas al río Segura, perderse entre los campos florecidos de Cieza, atravesar las plazas de Murcia al caer la tarde o contemplar cómo la luz marina ensancha las avenidas de Cartagena. Incluso pueblos más discretos, como Abarán, Blanca y otros pueblos del Valle de Ricote conservan todavía rincones donde el tiempo parece caminar más despacio que en otras partes.

La literatura comprendió muy pronto que esta tierra poseía una extraña fertilidad narrativa. Miguel de Cervantes hizo murciana a Preciosa en La gitanilla y evocó Cartagena en Viaje del Parnaso como uno de esos puertos “a cuyo claro y singular renombre / se postran cuantos puertos el mar baña”. Después vendrían Carmen Conde y su Mar Menor convertido en memoria poética; Ramón J. Sender y la Cartagena convulsa de Míster Witt en el Cantón; José Luis Castillo-Puche y aquella Yecla áspera, humana y rural que atraviesa sus novelas; o Miguel Hernández, tan ligado emocionalmente al sureste, que supo convertir la tierra seca, los caminos y la dignidad campesina en materia de poesía universal. Más recientemente, autores como Miguel Ángel Hernández, Diego Sánchez Aguilar, Cristina Morano, Ginés Sánchez o Begoña Méndez han terminado por asumir la Región no como un decorado periférico, sino como un territorio literario plenamente contemporáneo.

Pero Murcia no solo ha sido escrita: también ha sido pintada y filmada. Pedro Cano ha sabido convertir la luz mediterránea y los paisajes de la huerta en una forma de memoria visual; Pedro Serna y Pedro Flores han encontrado en las calles, los jardines y las figuras populares una estética profundamente vinculada al sureste; mientras que cineastas como Joaquín Lisón, Luis López Carrasco, Eva Libertad o Juan Manuel Chumilla-Carbajosa han llevado al cine esa mezcla tan murciana de intimidad, periferia, memoria y extrañeza contemporánea. Quizá porque Murcia, durante demasiado tiempo observada desde fuera como margen, ha empezado por fin a narrarse, pintarse y mirarse a sí misma sin complejos.

Con los años y las idas y venidas, he aprendido a mirar esta tierra con ojos distintos. Cuando uno es joven atraviesa su propio paisaje con cierta indiferencia, convencido de que la belleza estará siempre ahí. La edad, en cambio, enseña que ningún paisaje sobrevive solo y que toda armonía pública depende también de la educación cívica de quienes la habitan.

Quizá por eso me interesa cada vez más la figura del flâneur, ese paseante que convierte la ciudad en experiencia moral además de estética. El verdadero lujo contemporáneo no consiste en consumir lugares, sino en habitarlos lentamente: caminar sin prisa, detenerse bajo un árbol, conversar en una plaza, escuchar a un músico callejero o abrir un libro junto al río. Existe una cultura pública del paseo que dice mucho más sobre una sociedad que muchos discursos oficiales.

Y, sin embargo, basta observar con cierta atención para advertir algunas grietas en esa promesa de civilidad mediterránea. A veces las acequias amanecen acompañadas de plásticos cansados; algunos jardines parecen tratados con el descuido con que se abandona aquello que se considera ajeno; hay senderos donde la belleza natural convive con restos de basura atrapados entre arbustos y cañas. No se trata de dramatizar. La Región de Murcia sigue siendo profundamente hermosa. Pero toda belleza pública exige reciprocidad.

Porque el espacio común revela siempre el grado de respeto que una comunidad siente hacia sí misma. Y sospecho que uno de nuestros problemas contemporáneos consiste precisamente en haber confundido el derecho al disfrute con la ausencia de deberes hacia lo compartido. Queremos plazas vivas y paisajes abiertos, pero olvidamos que la convivencia también requiere cuidado y una cierta ética cotidiana de atención hacia lo público.

Algo parecido ocurre con el transporte. Resulta paradójico que una región tan propicia para el paseo continúe tan sometida al automóvil. Las carreteras se congestionan incluso en trayectos mínimos y demasiadas veces el vehículo privado no responde a una elección, sino a una necesidad. Faltan conexiones más ágiles entre municipios y una verdadera red de transporte público que permita habitar la región de forma menos contaminante y más humana.

Y en medio de todo ello aparece siempre el Mar Menor, quizá el lugar donde la relación emocional entre paisaje y ciudadanía se ha hecho más evidente. Para varias generaciones de murcianos, el Mar Menor no ha sido solo un espacio natural, sino una memoria compartida: los veranos, las tardes interminables, la calma de Los Alcázares, San Javier o San Pedro del Pinatar. Por eso su degradación ecológica produjo una conmoción tan profunda. No era únicamente una crisis ambiental, sino también afectiva.

La movilización ciudadana en defensa del Mar Menor fue, en el fondo, una reivindicación del derecho colectivo a preservar aquello que sostiene emocionalmente una comunidad. El reconocimiento de personalidad jurídica al Mar Menor representa precisamente esa nueva sensibilidad jurídica y ética: comprender que ciertos espacios naturales poseen un valor esencial para la vida humana y merecen protección más allá de la lógica económica inmediata.

El derecho a un medio ambiente sano ya no puede entenderse únicamente como una abstracción jurídica. Significa aire respirable, ríos limpios, mares protegidos, menos contaminación y ciudades más habitables. Del mismo modo, el derecho a la cultura no se agota en auditorios o museos. También existe una cultura de la vida pública: la conversación en las plazas, la romería popular, la lectura bajo los árboles o en cualquier otro lugar, la música improvisada en una esquina o el simple arte de caminar juntos bajo una tarde templada.

Y acaso esa sea la utopía alcanzable que todavía tenemos pendiente: una Región de Murcia donde el derecho al medio ambiente sano, el derecho a la cultura y el derecho a una movilidad digna terminen por entrelazarse. Una tierra donde el paisaje no sea consumido sino cuidado; donde caminar vuelva a ser más sencillo que conducir; y donde la belleza compartida deje de parecer una excepción para convertirse, simplemente, en una forma cotidiana de civilización.

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