Ultraderecha al salir de clase
Me cuenta una de mis hijas que cierto partido de ultraderecha, de cuyo nombre no quiero acordarme, andaba el otro día en las cercanías de su instituto repartiendo pulseras a los estudiantes (casi todos menores de edad) cuando entraban a clase. Pulseras con su color corporativo y sus lemas habituales más un toque rojigualda, que ofrecían a los adolescentes animándoles a “limpiar España”. Y por supuesto, algunos se las colocan para exhibirlas en clase, aunque solo sea para molestar a los profesores de ideas progresistas, pues la ultraderecha es la rebeldía para una generación despistadísima e intoxicada, pero también asustada y frustrada.
Como me ha salido un arranque de artículo que suena a invent de manual (“Me cuenta una de mis hijas que..”), he buscado otros casos similares. Sin mucho buscar, encuentro varias noticias recientes sobre militantes de la ultraderecha que instalan sus mesas y reparten pulseras y folletos a las puertas de institutos en otras provincias. En esos casos fue noticia no por el hecho en sí, sino por algún encontronazo con profesores o madres; lo que me hace pensar que son muchos más los lugares donde la ultraderecha anda rondando los centros educativos. Sin descartar que además busquen precisamente eso: el encontronazo, el ruido, para ser noticia y lograr una visibilidad que, soy consciente, yo mismo les estoy dando por mucho que evite nombrarlos.
Como esos repartidores que a la puerta del colegio ofrecen a los niños álbumes y sobres de cromos de fútbol para engancharles y que sigan comprando; o como los camellos que protagonizaban las leyendas urbanas de nuestra infancia regalando caramelos con droga al salir de clase (“no aceptes nada de desconocidos”); ahora también la ultraderecha reparte su mercancía envenenada, sin que levante el escándalo que hace años provocaban las casas de apuestas en las cercanías de centros educativos.
Estábamos las madres y padres muy preocupados por la fachosfera, las redes sociales y canales de Youtube que difunden odio, racismo y misoginia entre nuestros hijos; y ahora también nos asusta que salgan a la calle y vuelvan a casa con una pulsera y hablando de prioridad nacional. Sigo pensando que son minoría, que son más (sobre todo ellas, las jóvenes) quienes no llevan pulsera facha y rechazan o combaten sus ideas; pero es una minoría ruidosa y creciente.
Es obvio que la extrema derecha tiene una estrategia para ganarse a los más jóvenes, y que le está saliendo bien, a la vista de las encuestas por grupos de edad. Pero lo que más debería preocuparnos no son las pulseras a la puerta del instituto (que por supuesto hay que impedir, pues luego irán a los colegios de Primaria), ni las redes sociales (que favorecen sus contenidos, lo sabemos). Si la ultraderecha logra politizar el miedo, la frustración y la rabia de los más jóvenes, es porque en efecto hay miedo, frustración y rabia, no todo es la natural rebeldía juvenil. Y frente a esos sentimientos reales, frente a la falta de futuro, ¿qué les ofrecemos? Antes que un éxito de la ultraderecha, es un fracaso de quienes no somos capaces más que de alarmarnos porque repartan pulseras.
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