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Avenida Trabajadores Inmigrantes

Foto de archivo (21/12/2022).- Representantes de más de 900 organizaciones se concentran en el exterior del Congreso para la entrega de firmas para la regularización extraordinaria de personas migrantes. EFE/ Juan Carlos Hidalgo
14 de abril de 2026 21:54 h

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Tenemos en Sevilla una Avenida Trabajadores Inmigrantes por la que paso a menudo, y siempre me llama la atención. Está en el distrito Macarena, el que más población extranjera concentra en la ciudad. Ayer, a cuenta de la regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el gobierno, me dio por averiguar cuántas calles o avenidas hay en España dedicadas a quienes vinieron de otros países y viven entre nosotros. Consulté un buscador de callejeros, y solo hay una, la de Sevilla. Los emigrantes, por comparación, tienen decenas por todo el país.

La avenida sevillana se rebautizó hace quince años, cuando el entonces gobierno municipal de PSOE e IU sustituyó el anterior nombre, de un ministro franquista, por el actual. No creo que en aquel remoto 2011 hubiese mucho rechazo político, mediático o vecinal a nombrar una vía en reconocimiento a los trabajadores inmigrantes; pero imagino el ruido que generaría hoy si un alcalde decidiese ponerles una calle. En este 2026, la sola mención a los inmigrantes, no ya como reconocimiento, simplemente mencionarlos, ya provoca respuestas airadas, confrontación y bulos.

Pocos términos del diccionario político se han sobrecargado tanto de sentido negativo como “inmigrante”. El giro hacia la derecha y más allá que han dado partidos, medios y ciudadanía en general se hace especialmente visible en el discurso sobre la inmigración. No es que antes viviésemos en fraternidad con los extranjeros y los acogiésemos con flores, nunca fue así; pero la manera en que la xenofobia y el racismo han ganado terreno en los últimos años es espeluznante.

Están los partidos de extrema derecha con sus delirios de “gran reemplazo”, pero también los partidos de la derecha tradicional que han endurecido su discurso migratorio, y hasta partidos de izquierda que en algunos países también desplazan su eje migratorio hacia la derecha. Están los gobiernos que por todo el mundo criminalizan al inmigrante, persiguiéndolo, encerrándolo y expulsándolo; o simplemente haciéndole la vida más difícil. Está la Unión Europea, cuya política migratoria se ha ido acomodando al que creen es el nuevo signo de los tiempos. Están los medios: noticias, artículos y tertulias que se suman con alegría a la ola reaccionaria. Están por supuesto las redes sociales, difundiendo noticias falsas y bulos que criminalizan y deshumanizan a las personas migrantes. Y estamos los ciudadanos que, en mayor o menor medida, con más o menos resistencia, acabamos también arrastrados por esa ola y nos volvemos como aquella canción de Parquesvr: “yo no soy racista pero, pero, pero, porompompero…”

Por todo ello, por esa carga negativa que hoy tiene el sintagma “inmigrantes”, resulta admirable y valiente la decisión del gobierno de regularizar a cientos de miles de personas que ya viven y trabajan con nosotros. Y hacerlo además sin esconderlo, sin disimulo, sin eufemismos, llamando a las cosas por su nombre, hablando de razones económicas (que están ahí, claro) pero también de justicia y humanidad, de derechos, y de una España “rica, abierta y diversa”. No solo regularizar masivamente, a contracorriente de la Europa actual que persigue, encierra y expulsa; además hacerlo de la mano de decenas de colectivos sociales y de una iniciativa legislativa popular, convirtiendo la regularización en un acto político (también a contracorriente de la ola reaccionaria) del que no vas a sacar ningún beneficio electoral, y hasta defenderlo con orgullo. Bravo.

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