El veedor de calles
Decía Louis Aragon: “Soy un hombre callejero, siempre lo he sido”. La afición a caminar por la ciudad me viene de los veranos a finales de los años ochenta en los que trabajé de cartero. Recorría barrios que nunca había pisado y hablaba con gente a la que jamás hubiera dirigido la palabra. Si hoy me pateo la ciudad de arriba abajo, lo hago en parte para dar fe de aquellos lugares donde alguna vez entregué un giro postal. Tiene razón Walter Benjamin cuando afirma que “el libro sobre la ciudad que escribe el autóctono está siempre emparentado con los recuerdos”.
Veedor de calles
Existe una palabra en francés para describir al paseante desocupado que recorre curioso la ciudad: “flâneur”. No obstante, cuando se carece de sofisticación y “finesse”, como es mi caso, es preferible emplear el castizo “azotacalles” o aún mejor, el más zaragozano de “veedor de calles”.
El “veedor de calles y muros” fue un cargo municipal creado en 1604 por el Concejo de Zaragoza cuya misión era inspeccionar las vías públicas y comprobar el cumplimiento de las normas de higiene y convivencia. Sin aspirar a tanto, procedo a extender breve acta de rincones de esta ciudad para guía de ociosos y curiosidad de paseantes.
Calle Monasterio del Escorial: la ciudad futura
Nuestro inventario comienza en la calle Monasterio del Escorial. Nos adentramos apenas unos pasos y nuestros pies ya no tocan fondo. La ciudad se ha desvanecido, perdiendo sus formas en un baldío lindero a la circunvalación de la Z-30, junto al campo de fútbol de Torre Ramona. Volvemos la mirada y sobre el horizonte de tejados, la torre del palacio Larrinaga. Alrededor: cañizos, junqueras, trizas de loza, llantas requemadas... Una escombrera idónea para chanchullos y forcejeos sexuales. Lo que antaño fueron parcelas de labranza, es hoy plusvalía en barbecho; mañana, oferta de pisos-cebra. El negocio de hacer crecer una ciudad.
Calle del Trabuco: la ciudad pasada
Las acequias son los meridianos ocultos de Zaragoza. De sus antiguos cursos afloran nombres y trayectos que hoy mapean algunos tramos de la ciudad. Regaban predios, huertos de conventos, baños públicos y hasta jardines de cafés; surtían a fábricas y lavaderos, antaño fragua de vida en común. La del Boquerazo, tramo de la acequia mayor de la Romareda, lucía al descubierto a su paso por la calle del Trabuco. La existencia de un molino de aceite a principios del siglo XX nos demuestra que este callizo pertenecía al mundo rural. No en vano, llevó tiempo colocar una farola y aun ocultar su curso de agua. Su nombre sugiere disputas catastrales resueltas a sangre y fuego. En 1910 se acordó sustituirlo por el operístico del Trovador, dada su cercanía con la Aljafería, escenario de la obra de Verdi. Romantizar es la forma idónea de simular el pasado.
Callejón de la Estrella: la ciudad promiscua
De los callejones sin salida nos atrae su abrupto final: ¿qué misterio aguarda tras el tapial que los clausura? En Zaragoza, algunos de sus nombres parecen extraídos del Tarot: callejón del Gallo, del Saco, del Perro, de la Pluma… El de la Estrella aparece de repente, al fondo de la calle del Pozo antes de convertirse asimismo en trayecto sin escape. De las nueve viviendas que llegó a contar, hoy sólo quedan tres y un breve solar que atesora huellas de baldosas hidráulicas.
Dice el escritor Aljandro Rossi que hay calles que prolongan la casa y el espacio íntimo, calles promiscuas que dificultan el anonimato. De ser cierto, el de la Estrella parece el escenario idóneo para un fraternal serano. Sin embargo, en los últimos 150 años este callejón ha sido escenario de matuteo, malos tratos, accidentes domésticos, intentos de suicidios y broncas de inquilinos, como la que protagonizaron en 1911 Damiana y Juana, armadas de hacha y martillo. Desconfíen de literatos y vecinos.
Calle de Inocente Sardaña: la ciudad anónima
Hay calles que uno no sabe cómo ha entrado. En la de Sardaña, mínima y húmeda, destapamos al pasar un envase cerrado al vacío hace décadas. Cuando en los años cuarenta el Ayuntamiento urbanizó el entorno de la fábrica de cervezas “La Zaragozana”, la calle Sardaña tenía el recorrido en curva de ballesta de la actual de Ramón Berenguer IV. En los planos de 1944 aparece una travesía titulada “Calle sin nombre” que, con el tiempo, la de Sardaña vendría a ocupar.
Inocente Sardaña Sanz fue un burócrata municipal al que el franquismo quiso reconocer su probidad y el futuro acabó degradando de categoría urbana. Trayectoria gris con lunar negro. En la tarde del 4 de diciembre de 1920, Inocente y su amigo Adolfo Gutiérrez, conocido periodista de la época, fueron abaleados por un grupo de anarquistas en la calle de la Democracia (hoy, Predicadores). Al parecer, Adolfo estaba en el punto de mira por haber contribuido a desbaratar la revuelta en el cuartel del Carmen en enero de aquel año. El redactor moriría a los pocos meses, pero Inocente sobrevivió, falleciendo en 1949. Veinte años después de aquel suceso, el franquismo colocaría al menos un inocente en su callejero.
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