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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Desde la barra del bar: otra ronda (2)

A la derecha de la imagen, la cervecería-cafetería "Aurora" en los porches de la actual avenida César Augusto, junto al Mercado Central. Años treinta.

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Seguimos con la serie que iniciamos en un artículo anterior dedicada a los bares de Zaragoza. Hoy les traigo dos historias que dormían olvidadas en los archivos y que por unos instantes revivirán el ambiente de una ciudad que empezaba a ser moderna.    

Bar Aurora: el hombre que nunca estuvo allí

En este 2026, el bar Aurora cumple cien años. A un costado del Mercado Central, bajo los porches de la antigua plaza Lanuza y esquinero a la calle del Olmo, el Aurora luce orgulloso la fecha de su apertura: 1926. Sin embargo, no he localizado referencias a este bar hasta 1930, año en que Mariano Arroyos Melero anuncia su inauguración el 8 de febrero. Es probable que existiera otro anterior en la misma ubicación pues un reclamo por palabras de aquel mismo mes ponía a la venta en el propio Auroraun mostrador de bar y varios utensilios” (Heraldo, 22 de febrero de 1930). Todo indica una gran reforma. 

El café-cervecería Aurora era bien conocido en los años treinta. Fue la sede social del equipo de fútbol C.D Aurora; su ubicación y los esfuerzos publicitarios de Mariano Arroyos y su hermano Nicolás, lo habían hecho muy popular (La Voz de Aragón, 12 de octubre de 1933). Quizá por ello los cacos planearon dar allí un palo en la madrugada del 10 de abril de 1936. El botín obtenido fue de quince paquetes de cigarrillos valorados en trece pesetas. Un magro beneficio y una historia que no pasó de un párrafo en las crónicas de sucesos, tan habituadas al “palanquetazo”. A pesar de ello, el expediente judicial tiene, leído hoy día, el valor de recrear la geografía urbana de Zaragoza y el duro ambiente de la época. 

Son las tres de la mañana. Tres hombres bajan por Torrenueva. No son los únicos pasos que resuenan. Frente a ellos, dos guardias de seguridad vienen desde Candalija. Cunde el nerviosismo: “¡Ahí están los guardias!”. Una voz da el alto a los sospechosos que emprenden la carrera por la plaza de San Felipe hacia la calle de los Agustines. Suena un disparo en la oscuridad y comienza la persecución. Lo que sucederá a continuación parece una escena de cine negro, mejor aún, de neorrealismo italiano. Pero pulsemos el botón de pausa y rebobinemos unas horas.

A las once y media de la noche, Mariano Villagrasa, un barnizador sin trabajo de 20 años, y su amigo Emilio Rubio abandonan el mitin que tiene lugar en la plaza de toros de la Misericordia. Allí ha hablado Miguel Abós, del sindicato CNT, sobre el paro y los planes del Ayuntamiento para reducirlo. A la salida deciden tomar unos chatos en la Sombra H, tienda de vinos y carbonería en la plaza del Portillo. Ambos amigos se despiden a las tres de la mañana, tras tomarse unos churros en un garito cerca del Royal Concert.

Mariano Villagrasa pone rumbo a su casa ajeno a la persecución que tiene lugar a unos centenares de metros, en el Coso. A la pareja de guardias se han unido los que custodian la Audiencia. Más disparos al aire. Uno de los sospechosos ha logrado dar esquinazo huyendo por el antiguo arco de San Roque. Dos sombras veloces embocan la desaparecida calle de Escuelas Pías. Justo en su cruce con la de Boggiero, Mariano se topa por sorpresa con los agentes.

Tras su detención, la policial encontrará tirados en la calle Echeandía una palanqueta y en la de la Audiencia cuatro paquetes de cigarrillos, parte del botín obtenido. Por 13 cochinas pesetas el Fiscal pedirá una pena de un año y ocho meses de cárcel; es fácil meterle un paquete a un paria. Finalmente, la sentencia en julio de 1937 absolverá a Mariano Villagrasa, el hombre que nunca estuvo en el bar Aurora.   

Jarana nocturna en “Casa Juanico”

El antiguo barrio de las Acacias, entre las actuales calles de Pradilla, Marqués de Ahumada y Simón Sainz de Baranda, ofrecía sosiego y ambiente fresco en verano, lejos del ajetreo del centro. Treinta años después de su creación, la modernidad bulliciosa lograba hacerse un hueco entre sus chalets ajardinados, huertas y bloques para inquilinos. El 13 de julio de 1935, el presidente de la Asociación de Propietario del Barrio, Vicente Arregui, presentó una denuncia ante el Gobernador Civil por el jaleo que provocaban dos bares de la calle Marqués de Ahumada. 

En su número 17, La Playa disponía de pianola y una orquestina hacía bailar a los parroquianos los jueves, sábados y domingos. A finales de junio de aquel año, un grupo de joteros, clientes habituales, había caldeado el ambiente con rondas y fieras hasta las dos y media de la mañana, hora en que el vigilante del barrio puso fin al jolgorio.

Enfrente de La Playa, Juan Gutiérrez Egido había abierto Casa Juanico en los bajos de su casa, en el número 24 de la calle Marqués de Ahumada, junto a la fábrica de cerveza “La Zaragozana”. Era habitual que un aparato de radio amenizara a los parroquianos, lo que ocasionaba no pocas quejas del vecindario. Ya en abril 1930 el emprendedor “Juanico” había inaugurado en el número 1 de la misma calle El Nuevo Paraíso, un chalet de recreo donde ofrecía meriendas animadas por la música de un amplificador Philips, “el de mayor potencia que ha entrado en España”, según la publicidad. 

Casa Juanico no parece emparentado con el bar que hoy día vende jamón con chorreras en la calle de Santa Cruz. La de Juan Gutiérrez Egido es la historia de muchos paisanos en aquel tiempo. En 1937 fue juzgado por un tribunal militar, aunque un año después su nombre aparece como donante a la causa de los golpistas. No debió servir de mucho el intento de congraciarse con el nuevo régimen porque en 1940 pone a la venta mobiliario y enseres de su establecimiento. Malos tiempos para tomarse un vino a la fresca con la radio a tope.

Por cierto, la denuncia de la Asociación de Propietarios no acarreó sanción alguna. Según el informe del Comisario Jefe, “tanto un establecimiento como otro hace uso de la música hasta la una, no habiéndose comprobado que se extralimite hasta la madrugada”. Hay cosas que no cambian.

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