España evita a la Argentina de Messi y sume a Uruguay en un drama nacional
Estaba en juego un drama nacional y por una vez no era España. Uruguay, probablemente el país con mayor densidad de población futbolística, se había asomado al acantilado después de empatar en su estreno con Arabia Saudí y en el segundo partido contra Cabo Verde tras una desventura de su portero, Fernando Muslera, candidato a entrar en el catálogo de calamidades de la Copa de Mundo. Hablamos de un territorio de tres millones de personas, encajonado entre Brasil y Argentina, capaz de ganar dos mundiales, el primero que organizó la FIFA en 1930 y el mítico (sí, mítico, el término se ha abaratado pero estaba pensado para gestas como la del Maracanazo en 1950) de Brasil. Un país también capaz de contabilizar como propios otros dos mundiales cuando todavía no se habían inventado: por haber ganado las finales de los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Según esas cuentas oficiosas que una parte del país (pero nadie más en el planeta) ha asumido, Uruguay supera a Argentina (que suma tres títulos, todos de verdad) y hasta tiene a tiro a la pentacampeona Brasil. En ese escenario (vamos a dejarlo en optimista) los uruguayos presumen de tratar de igual a igual a sus vecinos, precisamente las potencias a las que logró derrotar en sus dos finales de verdad: a Argentina en 1930 como organizador y a Brasil 20 años más tarde como visitante. Tal vez la derrota más dolorosa que un equipo como local ha vivido nunca en todas las copas del mundo.
Con semejante contexto, ¿se entiende lo que implicaba para los uruguayos futboleros caer en primera ronda en el mundial con más participantes de la historia? Pues añádase a eso una guerra interna: de las estrellas contra su entrenador, o viceversa. En este punto conviene hacer un paréntesis (otro más). Resultaría fácil empatizar con los obreros que se levantan contra el patrón. Más, si la rebelión llega alimentada por acusaciones de explotación y modales autoritarios y tiene lugar contra un tipo al que el universo fútbolístico apoda El Loco. ¿A que parece casi obligatorio estar a favor? En el fútbol nada es tan sencillo. De entrada, las plantillas suelen estar compuesta por millonarios que muchas veces multiplican el salario de sus jefes. Estrellas poco acostumbradas a recibir órdenes de entrenadores, sobre todo si saben que van a pasar con ellos solo unas semanas al año (como ocurre en las selecciones) y todavía menos acostumbrados a asumir responsabilidades individuales en los desastres colectivos.
Cierro paréntesis: las principales estrellas de Uruguay se habían rebelado contra el Loco Bielsa. No solo le culpaban de los malos resultados, le exigían cambiar el sistema de juego. El sistema y su filosofía de toda la vida. Jugadores como Valverde, contó la prensa local, recomendaron a su míster jugar contra España “en bloque bajo”. El fútbol es pródigo en eufemismos: bloque bajo es la forma que se utiliza ahora para referirse a lo que siempre se llamó poner el autobús delante de la portería y rezar para tener suerte en algún contraataque. Sucede que al Loco Bielsa le llaman loco por algo. Básicamente por llevar hasta el extremo sus obsesiones: la presión alta en todo el campo. Cuentan quienes lo conocen que Bielsa llegó a la conclusión hace años de que si se estudia y se entrena lo suficiente, en el fútbol puede tenerse todo bajo control hasta evitar la incertidumbre. Un planteamiento casi matemático del deporte. En otras palabras, pedir a Bielsa renunciar a la presión y esperar atrás es como reclamar a Trump que olvide sus ansias imperiales y aparque al belicismo para leer a Santo Tomás. Ese era el paisaje de Uruguay antes del partido.
En el otro lado del campo lo esperaba España, con cuatro puntos y su ciclotimia habitual: entre el pesimismo popular del empate contra Cabo Verde y la euforia nacional de la goleada a Arabia Saudí no había transcurrido ni una semana. Una selección ciclotímica pero clasificada ya para la siguiente fase y asumiendo esas otras rutinas del fútbol moderno: básicamente facturar. Como por ejemplo con la publicidad de unas gafas con lentes amarillas que no dejan pasar la luz azul y que según un futbolista -uno que planea construir con su dinero una escuela para proteger a sus hijos de los campos magnéticos- son sanísimas y según la ciencia no sirven para nada. La Federación, por supuesto, se ha colocado del lado de su futbolista. La ciencia y casi cualquier cosa puede esperar en época de Mundial si se trata de ingresar un poco más.
España-Ugruguay, decíamos. El partido. Bastaron 40 segundos de juego para saber que Bielsa no iba a renunciar a su libreto. Convencidos o no, sus jugadores presionaron hombre a hombre en todo el campo como él había dispuesto. La urgencia de los uruguayos quedaba patente con su intensidad en los duelos y alguna patada a destiempo. Mientras, España intentaba tener el control del balón. Los amantes de los números podrían presumir de que en el primer cuarto de hora, la posesión era suya al 60%. Cuando por fin empezaba a acercarse al área de los rivales, llegó la pausa de recaudación de la FIFA. Había dicho Bielsa que esas interrupciones inventadas por la presunta organización sin ánimo de lucro que preside Infantino condicionan el juego. Así fue: Uruguay la aprovechó para cortar el ritmo del equipo español y tuvo tres ocasiones seguidas. Tampoco demasiado claras pero más de las que habían tenido en los 22 primeros minutos. En esas estaba el partido cuando llegó un balón a la banda de Lamine Yamal, hasta ese momento bien controlado por Sanabria, un lateral uruguayo que también en esa ocasión intentó anticiparse. Yamal acabó en el suelo y de un forcejeo posterior, la pelota cayó a Llorente quien casi desde el córner puso un centro con pinta de inofensivo. Baena lo recibió de espaldas a la portería y vigilado por dos defensas. Intentó hacerse un hueco y armó un disparó sin demasiadas trazas de nada. Pero el bote del balón en el césped despistó de nuevo a Muslera. El portero de Uruguay entraba de lleno al olimpo de las catástrofes mundiales. Ni siquiera regresó al campo tras el descanso, el de verdad, el que antes dividía el partido en dos tiempos de 45 minutos.
Tras diseñar una táctica en la pizarra que le estaba dando la razón, el Loco Bielsa comprobó de repente con la cantada de su portero y el gol, que el fútbol todavía está lejos de ser una ciencia exacta. Que cualquier error o incidente puede arruinar el plan más estudiado.
Tras el intermedio, Uruguay mantuvo la presión y también la intensidad pero ya con menos fuerzas. Se notó el cansancio porque sus jugadores llegaban un segundo tarde a todo. Y se notó la desesperación porque tras llegar tarde, no apartaban la pierna. Ahí surgieron algunas jugadas violentas. Conclusíon: el campo se volvió todavía más inhóspito para los jugadores españoles.
Bielsa mandó a la caseta a Valverde, su mejor jugador y uno de los sublevados. Esta vez la lección fue para Valverde: sobre el campo todavía manda el entrenador, aunque esté sentado sobre una nevera de playa como el preparador argentino. Ni se saludaron.
En España entraron al césped Dani Olmo, Fabián y Yeremi Pino. La presión uruguaya decayó durante algunos minutos en los que dejó más espacios. Entre Lamine y Dani Olmo tuvieron una ocasión clara que este último remató. Inciso: las crónicas deportivas suele llamar a eso semifallo. En realidad, el fallo fue completo.
Enseguida se volvió a parar el juego por otra tanda de anuncios televisivos. En el inicio del último cuarto, Lamine arrancó una jugada en su campo dejando atrás a cuatro jugadores. El balón circuló hasta la otra banda y acabó volviendo a la suya. Su remate rebotó en un defensor y ahí asumió Yamal que se acababa el partido para él. Cambio por cansancio. Pero después de 70 minutos presionando en todo el campo, la que estaba desfondada era la selección uruguaya. Y España pareció manejar algo más el juego durante unos minutos. No duró mucho, volvieron los arreones uruguayos que lograron acercarse a la portería de Simón. Y aún así, la ocasión más clara la tuvo Ferrán Torres que acabó lanzando al larguero cuando faltaban diez minutos. Se cumplió el 90, que en este nuevo deporte ya no es el final de nada, y los uruguayos reclamaron un penalti de Dani Olmo que ni el árbiro ni el VAR señalaron.
A partir de entonces Uruguay se desquició completamente y la intensidad derivó en violencia: Agustín Canobbio un extremo que juega en la liga brasileña hizo una entrada arrabalera que acabó en tarjeta roja y pudo lesionar a Cubarsí. La impotencia de un país futbolero reflejada en una patada sin sentido. Con el pitido final en el Uruguay más futbolero, es decir, todo el país, se viene drama.
¿Y España? De momento logra evitar a la Argentina de Messi en la siguiente ronda, donde se medirá a Austria o a Argelia. Pero dieciseisavos de final y solo un partido brillante ante Arabia Saudí. Dicen que para ganar un campeonato del mundo támbién hay que saber pasar vicisitudes como las de este sábado. Es pronto, en todo caso, para sacar más conclusiones.
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