El Mundial después de Arabia Saudí 2034: ¿se puede sostener el negocio sin autocracias?
Hay un elefante en la habitación que aumenta de tamaño en cada Mundial. El evento nunca ha generado tanto dinero, nunca ha congregado a tantas selecciones ni ha ocupado tanto tiempo de pantalla. Cada vez, sin embargo, cuesta más encontrar a países democráticos que quieran organizarlo. ¿Son las autocracias el único futuro del fútbol internacional?
Según la previsión presupuestaria de la FIFA para el ciclo 2023-2026 analizada por Sports Value, el organismo proyecta ingresos récord de 11.360 millones de euros, de los cuales casi 8.000 millones corresponden al año del torneo.
Los derechos televisivos, con casi 3.500 millones de euros, siguen siendo la mayor fuente de ingresos, pero la venta de entradas y los paquetes de hospitalidad premium superan ya los 2.600 millones. Cada nuevo Mundial bate la marca anterior de ingresos: los de Qatar 2022 fueron un 56% superiores a los de Brasil 2014. La curva no muestra síntomas de agotamiento.
Algunos expertos, sin embargo, señalan que hay algo roto en el modelo: esa cascada de dólares no suele llegar a los países anfitriones. Si organizar el evento deportivo más importante del mundo —con permiso de los JJOO— no sale rentable, es fácil imaginar qué tipo de países estarán dispuestos a perder dinero y cuáles son sus intereses.
Los contratos que la FIFA firma con las ciudades sede reservan para el organismo la mayor parte de los beneficios, incluyendo, según publicó la agencia AFP, hasta las tasas de aparcamiento. Las ciudades pagan la infraestructura, los costes de seguridad y la logística. La FIFA mientras se queda la taquilla.
El mundial no es rentable para las ciudades y tampoco resulta muy atractivo para las democracias que hagan las cuentas con honestidad. Brasil gastó más de 13.000 millones de euros en 2014 y terminó en recesión al año siguiente, según datos publicados por Bloomberg, con varios de sus doce estadios convertidos en mamotretos sin apenas uso.
El estadio Arena Amazônia en Manaos, con capacidad para 44.000 espectadores y construido en medio de la selva, en una ciudad sin equipo de primera división, es un buen ejemplo: costó unos 236 millones de euros y tras el Mundial solo se ha utilizado ocasionalmente para partidos del campeonato local ante apenas unos cientos de espectadores.
Sudáfrica construyó recintos que hoy acumulan costes de mantenimiento desproporcionados. Solo Rusia, en 2018, logró un retorno positivo tangible —recuperó unos 12.000 de los casi 14.000 millones de euros invertidos, según datos de una consultora citados por CNN—, en parte gracias a una economía donde el Estado absorbe pérdidas sin rendir cuentas a nadie.
Algunas ciudades españolas ya han decidido retirarse de la carrera para ser sede en 2030 por las inversiones millonarias que se exigen y el escaso retorno para los vecinos. A Coruña y Málaga decidieron bajarse del barco a última hora. La alcaldesa de A Coruña, la socialista Inés Rey, explicó que el Ayuntamiento estaba “plenamente capacitado” para cumplir con lo que se exigía pero que no lo haría a “cualquier precio”.
El cálculo que hizo es que acoger cinco partidos iba a costar 100 millones de euros, más de la cuarta parte del presupuesto municipal. 20 millones por partido en una competición que tendrá 18 sedes en tres países.
El patrón parece ser la consecuencia de unas condiciones de licitación diseñadas para maximizar el margen de la FIFA, sobre el papel, una organización sin ánimo de lucro. Y esa lógica lleva a una conclusión: solo pueden permitirse organizar un Mundial los países que quieren un retorno distinto al económico o los que, como ocurre en esta edición, cuentan ya con la infraestructura necesaria desde hace décadas.
La nueva geografía del poder futbolístico
Es cierto que en el siglo XX hubo Mundiales en dictaduras con ganas de darse un lavado de cara —Italia 1934, Argentina 1978— pero esos casos aislados parece que se van a convertir en la norma. En el periodo 2018-2034, más de la mitad de los mundiales habrán sido organizados por Estados autoritarios sin ningún respeto por los Derechos Humanos.
Arabia Saudí, de hecho, fue la única candidatura para 2034. No es que nadie más quisiera hospedar un Mundial, sino que nadie más podía pagarlo. Australia lo exploró y desistió. Una candidatura conjunta de diez países del Sudeste Asiático tampoco cuajó. Al final solo había un candidato en el campo y la FIFA lo aprobó por aclamación en diciembre de 2024.
Según el expediente de candidatura presentado a la FIFA, el reino saudí prevé construir o reformar once estadios, levantar 185.000 nuevas habitaciones de hotel e invertir en infraestructuras desde cero, incluyendo una nueva ciudad, Neom, ese megaproyecto urbanístico de casi 450.000 millones de euros anunciado a bombo y platillo en 2017 y que empieza a presentar serias dudas de viabilidad.
La inversión de Riad en deporte desde 2021 supera los 5.000 millones de euros, con 94 acuerdos específicos en fútbol —ahí está la Supercopa de España— según datos de la propia federación saudí. Aramco, la petrolera estatal, patrocina este Mundial y también el femenino de 2027.
Según Amnistía Internacional y Human Rights Watch, Arabia Saudí pretende usar el torneo para encubrir su larga ristra de violaciones de derechos humanos. Las ONG vaticinan desalojos forzosos, explotación de trabajadores migrantes bajo el sistema kafala —que ata a los trabajadores a un empleador concreto sin posibilidad de cambiar ni de sindicarse—, discriminación contra aficionados LGTBQ+ y restricciones a la libertad de prensa.
Todo eso ya se ensayó en el microestado de Qatar y se perfeccionará en Arabia Saudí, un país mucho más grande y poderoso. La FIFA, por su parte, calificó el riesgo en derechos humanos de la candidatura saudí como “medio” en un informe oficial encargado, casualmente, a un bufete con sede en Riad.
Los 211 miembros con derecho a voto tampoco pudieron valorar por separado las candidaturas de 2030 y 2034: había que aprobar o rechazar ambas en bloque, blindando así a Arabia Saudí detrás del consenso europeo para celebrar el próximo evento en España, Portugal y Marruecos. Así lo denunciaron conjuntamente Amnistía Internacional y la coalición Sport & Rights Alliance en noviembre de 2024.
La desafección que no sale en los datos de audiencia
Los números de audiencia continúan siendo astronómicos y el mundial es todavía hoy el evento con mayor penetración simultánea en la historia de la televisión. Pero hay algo que los ratings no capturan: la naturaleza del vínculo entre el aficionado y el torneo parece estar cambiando o, como mínimo, alejándose de occidente.
Qatar 2022 generó el primer rechazo de los europeos. En Alemania, el 65% de la población apoyó el boicot según encuestas previas al torneo, y las gradas de la Bundesliga se llenaron de pancartas contra el Mundial semanas antes de su inicio. Varias ciudades francesas —París, Lille, Marsella— se negaron a instalar pantallas públicas por razones éticas.
Los capitanes de selecciones occidentales anunciaron que llevarían un brazalete con los colores del arcoíris y el lema One Love, pero la FIFA les amenazó con sacar tarjetas amarillas automáticas y acabaron desistiendo. La selección alemana se fotografió en el once inicial con la mano tapándose la boca como protesta.
Una encuesta de YouGov realizada en seis países antes del torneo de Qatar reveló que el 70% de los alemanes y el 67% de los franceses consideraban inaceptable que el país organizara el evento. Entre el 50 y el 58% de los europeos encuestados creían que las instituciones deportivas internacionales estaban demasiado dispuestas a trabajar con gobiernos no democráticos.
Un estudio académico posterior, publicado en The Journal of Politics, confirmó que el Mundial no mejoró la imagen de Qatar entre los alemanes, aunque sí aumentó las simpatías hacia el mundo árabe en general.
El torneo no logró el efecto de lavado de imagen que buscaba, pero dejó algo quizás más relevante: la sensación extendida, al menos en Europa occidental, de que el mundial es cada vez menos una celebración del fútbol y se está convirtiendo en una herramienta política.
Es cierto que el aficionado europeo que ya no viaja a estos países puede ser reemplazado por audiencias de mercados emergentes. La FIFA parece ser consciente de ello y la ampliación a 48 selecciones apuntaría a esta estrategia de diversificación del público. La audiencia potencial del que se está celebrando se ha cifrado en 6.000 millones de personas.
El mercado asiático o africano puede compensar audiencias, pero no el vínculo emocional que Europa y Latinoamérica lleva noventa años construyendo con el torneo. La pregunta que plantea el futuro no es si el mundial va a desaparecer. La pregunta es qué tipo de torneo va a ser y para quién.
La sensación de déjà vu con lo que le ocurrió al Comité Olímpico Internacional (COI), organizador de los Juegos Olímpicos, es inevitable. El evento creció sin límite, casi implosionó por los boicots cruzados de los ochenta, y se reformó cuando el modelo tocó fondo.
El fútbol está lejos de encontrar su suelo. Pero 2034 en Arabia Saudí será la prueba de hasta dónde puede llegar la distancia entre el discurso oficial —“el fútbol une al mundo”— y la realidad de un país anfitrión que criminaliza la orientación sexual de una parte de los aficionados, por citar solo un aspecto del catálogo de aberraciones humanitarias.
Como han afirmado los responsables del podcast Soccernomics en un artículo muy crítico con la deriva de la FIFA en The Economist: “Nada crece para siempre, y cuando el crecimiento se detiene, suele llegar el declive”.
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