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Ajenos al fenómeno del siglo: las 25 personas que cambiaron el eclipse por la Feria del Libro Viejo de Santander

Público asistente a la charla de la Feria del Libro Viejo de Santander a la hora del eclipse.

Olga Agüero

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Dentro de unos años alguien les preguntará ¿dónde estabas el día del eclipse? y responderán que escuchando una charla en la Feria del Libro Viejo de Santander. Mientras miles de personas miraban al cielo, un pequeño grupo de cántabros, en su mayoría mujeres, miraban con absoluta naturalidad para otro lado.

Ajenos a la enorme expectación que ha levantado el fenómeno astronómico del siglo, unas veinticinco personas asistieron a las siete y media de la tarde a una charla en la Feria del Libro Viejo de Santander que impartía el escritor y poeta Regino Mateo que, bajo el título '27 notas', trataba sobre la importancia del Grupo de los Ocho, formado por los compositores Julián Bautista, Salvador Bacarisse, Rosa García Ascot, Ernesto y Rodolfo Halffter, Juan José Mantecón, Gustavo Pittaluga y Fernando Remacha.

La Feria decidió mantener el evento: “a este sol no hay quien le tape”, bromeaba sobre sí mismo el protagonista de la charla en las redes sociales. El público se ha convertido en una rara excepción en una ciudad que se paralizó a media tarde, con las calles vacías de tráfico y de peatones, algunos comercios cerrados y otros con carteles que advertían que se adelantaba el horario de cierre por el eclipse. Otro letrero en el escaparate de la Óptica Urbis en Santander anunciaba que ya no quedaban gafas. Solo el lunes se vendieron 800 y ha habido una considerable lista de espera. En otro establecimiento de la plaza de Pombo las pocas que quedaban se vendían hoy a un euro más que ayer. Pedían 4,95 por ellas.

Pero el grupo que, pese a las previsiones más pesimistas, se reunió en la plaza al aire libre cerca de la bahía para escuchar la charla, no hizo ademán en ningún momento de ceder a la tentación de mirar al cielo, como hacían algunas otras personas a pocos metros. “Vamos a intentar eclipsar el eclipse con la cultura y con la música”, comenzó diciendo el ponente. Mientras ya se estaba introduciendo en el tema -“la del 28 fue una generación de pijos y había gente que no entraba en ella”, espetó provocador Regino Mateo- una mujer menuda con una carpeta se sentó en una silla libre en primera fila. Marisa Samaniego, la mayor experta en literatura de Cantabria, no se pierde un evento de este tipo. “Me he comprado las gafas para guardarlas de recuerdo, pero hoy hay que estar aquí”, explica.

A pocos metros, una pareja se sienta en sillas de playa, se reclinan y miran en silencio al sol con las lentes protectoras, esperando el milagro astronómico. Otros se sientan sobre el césped, algunos otros grupos de pie elevan la mirada hacia un sol tenúe que apenas de adivina entre las nubes. Se van retirando con decepción. A las ocho menos diez, Regino Mateo sigue hablando de música. Dice que el público que accedía a los teatros era tremendamente conservador y que siempre querían escuchar lo mismo. A en punto, menciona a Falla, creador de una música que parece tener unas raíces muy profundas pero que es moderna. “¡Por Dios, qué están haciendo los violines!”, proclama ante los estridentes gritos que emite un chiquillo desde un columpio cercano.

En las casetas de los libreros de viejo ya no hay gente. Ha sido un día muy flojo por culpa del eclipse. Mientras todavía algunas personas reunidas en el parque miran a poniente, los asistentes a la charla siguen dirigiendo la mirada a otro punto cardinal. Regino Mateo está orientado al norte y ellos estan totalmente indiferentes a la ceremonia colectiva y masiva del dedo mirando a la luna. Pero no es un acto de rebeldía.

El viento empieza a soplar más fuerte, con un aliento más frio y la luz se va apagando. El paisaje se hace más triste, como un repentino otoño con un poso de melancolía. A veinte metros, otro grupo de personas mira un cielo nublado en el que no brilla ningún sol. La pareja de las sillas de playa se ha quitado las gafas y ya no mira para arriba, sino a las pantallas de sus móviles. El tiovivo ha dejado de girar pero sigue sonando la música a todo volumen y se mezcla con la voz de Regino en estridente maridaje.

Minutos antes de las ocho y media la ciudad se queda a oscuras. Ya solo circulan los autobuses municipales. No ha sido una transición abrupta, porque el día ya se había nublado. Ha sido un atardecer a cámara rápida. “Justo ahora se nota el eclipse” -hace notar el ponente- “dijeron que a y 27 y así ha sido: a veces aciertan”, bromea. Dos minutos más tarde vuelve la luz. Es una sensación extraña, como si amaneciese un atardecer de otoño.

Para cerrar la conferencia suena una melodía triste de Salvador Bacarisse. “Una oración por el eclipse”, dice Regino. La música, grandiosa, emociona al público que ha dado la espalda al sol.

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