Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
EEUU amplía su despliegue en la región y juega con una posible invasión de Irán
El investigador de la caja B del PP desmonta la coartada de los acusados en Kitchen
OPINIÓN | Raquel Marcos: 'Del país de los propietarios al de los especuladores'

El Distrito Fiesta: cómo una comarca despoblada de Lleida se convirtió en el lugar con más discotecas del país

Jóvenes de fiesta en la discoteca Big Ben a mediados de los 80.

Pol Pareja

Barcelona —
30 de marzo de 2026 21:42 h

0

Los miembros de New Order, uno de los grupos más relevantes de todo el mundo en ese momento, no daban crédito: el escenario en el que iban a actuar estaba construido con palés de fruta y tableros de madera.

“Estamos acostumbrados a tocar en sitios extraños”, afirmó el bajista Peter Hook cuando le preguntaron qué opinaba del lugar.

Era mayo de 1987 y acababan de llegar a Mollerussa (Lleida, 16.000 habitantes en la actualidad). Ellos no lo sabían, pero estaban a punto de tocar en el epicentro de una anomalía sociológica, geográfica y antropológica que convirtió el Pla de Lleida en el área con más locales de ocio nocturno por metro cuadrado del país.

En una árida zona de poco más de 300 kilómetros cuadrados (entre Ponts, Cervera y Fraga) llegaron a existir más de 500 discotecas, pubs y bares nocturnos. Solo en Mollerussa hubo más de 50 locales de este tipo. En Balaguer (17.000 habitantes en la actualidad) se llegaron a contar más de 30 pubs en un radio de apenas 400 metros.

El periodista y escritor Francesc Canosa documenta en el libro La Catalunya discoteca (Comanegra) lo que ocurrió en ese extraño lugar. al que llama el “Chernóbil catalán” por su aislamiento y clima extremo —mucho frío, mucho calor, mucha niebla.

Canosa, sin embargo, también lo apoda “el DF, Distrito Fiesta”: un país independiente en el que los jóvenes rurales rompieron por primera vez la “endogamia tribal” de sus pueblos gracias a las discotecas.

Un ejemplo de hasta dónde llegó la magnitud del Distrito Fiesta: la despoblada comarca del Pla d’Urgell, con 28.000 habitantes en esa época, competía en número de licencias con el Barcelonès, donde vivían millones de personas.

Cuenta el libro que el fenómeno se fraguó alrededor de la macrodiscoteca Big Ben, la mayor de Europa. Situada entre Golmés y Mollerussa, tenía capacidad para 10.000 personas y una oferta apabullante: restaurante, sala de cine, bolera, pizzería, máquinas recreativas, cinco salas y un gigante parking que funcionaba como “reservado al aire libre”.

Presentación del libro 'La Catalunya discoteca. Big Ben, la conquesta de la nit' en la discoteca Big Ben

Inaugurado en 1976, el Big Ben llegó a funcionar como un “paraestado”, afirma el autor: cubría para vecinos de todas las edades un cúmulo de necesidades que, en ese entonces, la administración no ofertaba en el mundo rural.

El Big Ben no solo organizaba fiestas, sino que patrocinaba más de treinta clubes de fútbol de la zona en distintas categorías, además de equipos de hockey, campeonatos de atletismo e incluso encuentros de sardanas, en una actividad que sus propios administradores definirían como “casi acción social”.

La macrodiscoteca era también un “centro de inteligencia” del campo leridano. Los agricultores y ganaderos intercambiaban ahí información vital sobre el precio de las cosechas de alfalfa, fruta o cereales, así como el valor de los cerdos y corderos o incluso alertas meteorológicas para recoger el forraje antes de una tormenta.

Esos locales, afirma el libro, incluso funcionaban como agencia matrimonial y social. Muchas parejas, por ejemplo, se conocieron de noche en el Big Ben, celebraron el banquete en sus instalaciones y acabaron festejando el bautizo y los aniversarios de sus hijos en el mismo recinto. 

Fue precisamente en el restaurante del Big Ben donde cenaron, pasando desapercibidos, los miembros de New Order esa noche de mayo del 87, horas antes de actuar en el recinto ferial de ese pequeño municipio al que llegaron tras haber actuado en Madrid y Valencia.

El Big Ben pretendía ofrecer experiencias para todas las etapas de la vida. Las mañanas de los fines de semana había sesiones infantiles que contaban con miles de niños provenientes de los pueblos de la zona. Se organizaban talleres, juegos, gincanas y festivales. Eran famosas las chocolatadas y los espectáculos de circo con payasos, trapecistas y funambulistas.

Los jubilados también tenían su plan, con bailes los domingos por la tarde y saraos pensados exclusivamente para la tercera edad —hasta el punto de que había salas de reposo— que llegaban a congregar a más de 2.000 personas mayores en el recinto.

La inclusión de los abuelos formaba parte de una estrategia: “es la mejor publicidad”, afirmaban los gestores del Big Ben. “Porque así les dicen a sus nietos: id que se está muy bien, que es muy bonito”. La macrodiscoteca, de esa manera, dejaba de ser “un mundo de fantasmas” en el que los mayores no sabían qué ocurría.

El lugar era gigante, pero no dejaba de ser familiar. En ocasiones, cuando los jóvenes perdían su transporte o no encontraban la manera de volver a casa tras el cierre de la discoteca, uno de los propietarios, Enric Fontanals, se encargaba personalmente de organizar el reparto de los jóvenes por los pueblos utilizando la red de autobuses de la que disponía el local. No todo fue un camino de rosas: en 1993, un joven murió en una pelea y el local estuvo cerrado durante meses.

Todo empezó en una gasolinera 

La eclosión del Distrito Fiesta empezó en el Kipps, un local situado en Agramunt (5.000 habitantes) nacido como una gasolinera en 1957 que, poco más de una década después, se convirtió también en una discoteca que disponía de restaurante, hotel y piscina. Según el texto, sería la primera propuesta multiservicios que precedería el Big Ben.

El libro vincula directamente el cultivo de la fruta con la economía nocturna nacida en esas comarcas: los ingresos que obtenían los jóvenes en las campañas de recogida de la manzana o la pera les permitieron comprarse sus primeros coches, imprescindibles para llegar hasta esos locales alejados de los centros urbanos.

También los temporeros que se desplazaban a la zona para trabajar en la fruta se convertían en clientes asiduos de esas discotecas, en lo que el libro describe como una “ruta de la fruta” que discurría en paralelo a la “ruta de las discotecas”, donde el sudor del campo durante los días laborables se transformaba en el combustible económico y social de la fiesta el fin de semana.

La fiebre nocturna tuvo también un impacto económico en la región: generó puestos de trabajo y sinergias con restaurantes de la zona, alimentó tiendas de ropa que hacían el agosto cuando se programaba alguna fiesta temática, contribuyó a la urbanización de terrenos colindantes y atrajo inversiones a su alrededor. 

Como todos los sueños, sin embargo, la historia del Distrito Fiesta también tuvo un final. La proliferación de los controles de alcoholemia y el aumento de las sanciones generó un estado de “acolloniment” [acojonamiento] entre los asistentes, que empezaron a tomar rutas alternativas o directamente a evitar desplazarse hasta esos locales en medio de la nada. 

Según el libro, llegó un momento en que los sábados por la madrugada la zona de Mollerussa parecía estar bajo un “estado de sitio”, en lo que algunos empresarios de la noche vieron como un intento deliberado de la administración para “ahogar” el monopolio de la noche que llegó a tener el Big Ben. A eso se le sumó la crisis económica y el cambio de hábitos digitales.

Los jóvenes, asustados, empezaron a desplazarse hacia el gran rival de esa discoteca, el Florida 135 situado en Fraga (Huesca), donde percibían una mayor libertad de horarios y menos presión policial.

Cuando, tras 39 años de actividad, el Big Ben anunció su cierre en 2015 acuciado por la crisis y una creciente deuda, decenas de personas de lo que se llegó a conocer como la “generación Big Ben” lloraron por la noticia e incluso se acercaron al recinto para hacerse fotos de recuerdo. En 2024, en lo que los medios locales definieron como un “hito histórico”, la sala volvió a abrir y actualmente celebra fiestas de manera puntual, sin una programación regular como la de antaño.

Etiquetas
stats