¡Haz que pete el sonido!
Sirat es la típica película de la que todo el mundo habla sin haberla visto; un fenómeno social, como se dice vulgarmente; un prodigio que ha puesto a su director, Óliver Laxe, en lo más alto de la cucaña, ahí donde la pata de jamón fue bendecida por el gran Capital.
A mí la peli me ha gustado. Es una interpretación de La Odisea a ritmo de música electrónica con guiños al John Ford de La Diligencia, a Easy Rider y, por qué no, a Pink Floyd en Pompeya. Con Sirat, el director Óliver Laxe se ha planteado atravesar el desierto con una caravana de frikis bajo el influjo pernicioso de los astros. Y lo ha conseguido igual que si hubiese estado inmerso en una tragedia oscura donde la muerte desentona y la vida es un trago de té con ayahuasca. Suspender la incredulidad de una manera tan valiente merece todos mis respetos. Es más, si no fuera por la música y sus trallazos sincopados, la película de Óliver Laxe hubiera resultado escasa.
A bombo fijo y con la escala musical sampleada de una canción árabe de cuna, me sumerjo en la biografía de The Chemical Brothers, lujosamente editada por Sexto Piso. Entre sus páginas reconozco el dueto que revolucionó la música electrónica en su momento, cuando las brasas del “Verano del amor” se estaban extinguiendo. Hablamos de la resaca que siguió a Back to the Future, la rave celebrada el 12 de agosto de 1989 en Longwick, una pradera británica donde se reunieron más de veinticinco mil personas. A partir de aquel momento, el acid house rodó hasta el glamour de la música disco con los disc jockeys como estrellotas del firmamento químico mientras que, por otro lado, el tecno fue tomando derroteros de cuarto oscuro. Esa fue la situación que hizo que The Dust Brothers -así se llamaban los Chemical- “crearan su propio espacio único entre la grieta que empezó a abrirse entre esas escenas”. Así lo cuenta este libro profusamente ilustrado con fotografías del duo en sus distintas etapas, así como de las cubiertas de sus discos y carteles; un trabajo que me sirve de guía para adentrarme en una música que tuvo su origen en la ópera de motores que dejó inacabada el norteamericano George Carl Johann Antheil en plena crisis del 29.
Por seguir con Sirat y con su banda sonora firmada por Kangding Ray, he de decir que me ha devuelto a mis primeras incursiones en las fiestas químicas, cuando iba a acompañar a mi hermana pequeña y The Chemical Brothers sonaban en las raves de entonces junto a la artillería pesada de los Prodigy, y yo me sentía viejuno con mis pasos de baile de salón mientras las chicas se entonaban con pastis como si fueran Lacasitos.
No encontré a alguna que quisiese bailar conmigo; era como si yo no existiese, como si les fuese a contagiar mi edad y bailasen en defensa propia. Tal vez sea por eso que me he identificado tanto con Luis, el personaje encarnado por Sergi López, que a veces he llegado a creer que era yo mismo atravesando la soledad del desierto con los ojos cargados de arena.
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