Cómo ganar la Guerra Civil con Uclés y su boina
Las guerras entre escritores son de las mejores cosas que puede ofrecer la literatura. Las novelas son más importantes, claro, pero esas peleas semifratricidas son muy divertidas. Norman Mailer, arreando un cabezazo a Gore Vidal porque este escribió que había una progresión natural entre él y Charles Manson (tuvo menos gracia cuando Mailer le metió una cuchillada a su mujer). John Updike y Norman Mailer, despreciando las novelas de Tom Wolfe como algo liviano y “periodístico” (y este respondiendo con el mismo desdén años más tarde). El odio mutuo entre Quevedo y Góngora, en el que el segundo llamaba ignorante y borracho a su rival, mientras que el primero acusaba a Góngora de ser homosexual y judío (dos ataques nada menores en esa época): “Yo te untaré mis obras con tocino, porque no me las muerdas, Gongorilla”.
La diferencia de edad siempre ha ayudado a lubricar estas pendencias. Quevedo tenía 19 años menos que Góngora. Wolfe se inventaba que Updike era mucho mayor que él. Se convierten en una lucha generacional en la que los jóvenes reciben el desprecio por insolentes que no saben juntar dos frases y a los mayores se les tilda de dinosaurios en plena decadencia. Las parroquias respectivas aplauden alborozadas.
Las últimas hostilidades tienen que ver con la Guerra Civil, con lo que ya no se puede pedir más sangre. El rechazo de David Uclés, de 36 años, a participar en unas jornadas organizadas por la Fundación Cajasol en Sevilla, con Arturo Pérez Reverte, de 74 años, llevando la batuta, ha provocado una sucesión de acontecimientos que ha obligado a aplazarlas hasta otoño.
A un lado del cuadrilátero está el último fenómeno de las letras españoles –con 300.000 ejemplares vendidos de La península de las casas vacías y reciente Premo Nadal– y al otro, el macho alfa de la novela histórica con millones de ejemplares de sus novelas de Alatriste y otros asuntos.
El título de las jornadas de Sevilla fue lo que encendió la discordia: “La guerra que todos perdimos”. Más la imagen de dos banderas enfrentadas junto a un mar de ruinas y fuego, la republicana y la española sin escudo (es decir, sin aguilucho). Si nadie ganó esa guerra, habría que preguntarse cómo es posible que le siguiera después una represión con decenas de miles de fusilados y una dictadura de 40 años.
Madrid aún cuenta con un monumento que se llama el Arco de la Victoria, levantado muy cerca del lugar donde se produjo la batalla de la Ciudad Universitaria. En su discurso de mayo de 1939 tras ganar la guerra, Franco dijo que “la victoria” lograda no era suficiente: “No nos hagamos ilusiones. El espíritu judaico que permitía la alianza del gran capital con el marxismo, que sabe tanto de pactos con la revolución antiespañola, no se extirpa en un día, y aletea en el fondo de muchas conciencias”. La pesadilla no había terminado.
Se podría decir que España como nación o sociedad salió perdedora de los años 30 e inició un largo camino de oscuridad y dolor que la aisló de Europa. Pero no que todos los españoles estuvieran en el bando de los perdedores en 1939. Eso niega la historia. Como también afirmar que la República era un proyecto revolucionario dispuesto a acabar con la democracia cuanto antes, por muchos errores, y son legión, que cometieran los políticos republicanos.
Reverte recurrió más tarde a una excusa endeble y atribuyó la polémica a “un error de maquetación”, ya que faltarían los signos de interrogación en el título. Un año atrás, ya se anunció el nombre de la futura cita sin interrogantes por ningún lado. Y fue el título de un artículo suyo en 1996. La idea ya está presente en comentarios anteriores del escritor y también en uno de sus libros, La guerra civil contada a los jóvenes, que incide en su idea de que fue una guerra que enfrentó “al hermano contra el hermano”, lo que diluye la realidad de que hubo víctimas y verdugos. Que hubiera víctimas en los dos bandos no puede servir para negar que fue uno el que inició la guerra con un golpe de Estado y que Franco y sus generales dejaron un reguero de cadáveres de civiles en su avance sobre Madrid.
Parece mentira que alguien como Reverte, que cubrió la guerra de Bosnia, ignore ahora que una guerra civil puede separar a familias, pueblos y ciudades, pero suele contar con unos agresores y unas víctimas. Hay alguien que decide prender la mecha del polvorín. Él pudo comprobarlo en Sarajevo.
El rechazo de Uclés a participar en la cita porque también estaban José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros fue su principal argumento para retirarse. Su presencia consistía en un diálogo con el escritor Luis Mateo Díez. El líder de IU Andalucía, Antonio Maíllo, le siguió poco después. De forma más discreta, lo hicieron después otros.
Reverte achacó la cancelación al peligro de manifestaciones convocadas por “grupos de ultraizquierda”, que no se sabe si existían más allá de su imaginación o en la de algunos tuiteros fanáticos, y una “campaña intolerable de presiones” de la que responsabilizó a Podemos. El partido lo negó y se unió a las críticas del acto por ser “un blanqueamiento del franquismo”. La Fundación Cajasol justificó la suspensión por la retirada de varios de los participantes.
Historiadores como Julián Casanova y Gutmaro Gómez Bravo confirmaron que tenían previsto asistir, dispuestos a confrontar sus ideas y su visión de la guerra y “argumentar con datos en contra de la manipulación del pasado”. “Hace más de 40 años que investigo, enseño, escribo y difundo historia. Esa es mi trinchera”, dijo Casanova.
Una de las participantes que se bajó preguntó a los tuiteros de izquierda que exigían un boicot en qué condiciones se puede participar en un debate para que el espacio público no se lo queden los que manipulan la historia en su favor. Zira Box, autora de La nación viril. Género, fascismo y regeneración nacional en la victoria franquista, escribió en este diario: “¿Solo queremos participar en encuentros ideológicamente afines y en los que todos los participantes son de nuestra misma ideología y/o profesión, o es precisamente en aquellos lugares donde se cuestionan nuestras convicciones, fundamentadas en investigación, donde es más importante que la ejerzamos?”.
La historiadora apunta que “parte del relato sobre nuestro pasado” se está escribiendo sin contar con los profesionales de la historia. Mientras tanto, los charlatanes revisionistas venden libros y copan tertulias y mesas redondas sin que nadie esté presente para rebatir sus trolas, como esa de que la Guerra Civil comenzó en 1934.
Reverte tuvo tiempo de mostrarse condescendiente con Uclés al calificar de “tono lastimero e infantil que ofende cualquier inteligencia” la forma en que anunció su salida del plantel. El escritor es muy dado a mostrar desprecio por los que no opinan como él. Sus seguidores, quizá él mismo también, le ven como un tipo valiente que va repartiendo mandobles a todos los que no le alcanzan en inteligencia.
Ese estilo exagerado, tan bien parodiado en 'Muchachada Nui', no se limita a fustigar a la izquierda y las feministas, que en el fondo es lo que más le gusta, sino que también ha alcanzado a algunas de las figuras de la derecha, como es el caso de la ensayista Elvira Roca Barea, una superventas con un conocimiento tan sectario de la historia que “su lectura produce vergüenza ajena”, escribió Reverte.
El problema con Reverte es que lo mismo acierta que vuela la cabeza de los espectadores de sus competiciones de tiro. No hace mucho puso en un altar a Giorgia Meloni por un rancio discurso que toca todos los temas favoritos de la extrema derecha europea, incluida la superioridad de Europa y sus valores inspirados en Roma y Grecia –mirando a otro lado si alguien menciona a Auschwitz y dos guerras mundiales en el siglo XX– o la existencia de un “virus” identificado como un enemigo interior –la izquierda– que amenaza a Occidente.
Uclés cree que la suspensión de las jornadas es un triunfo colectivo de todos aquellos que han terminado diciendo 'no' a Reverte. Quizá sea demasiado competitivo. Es dudoso que unas conferencias vayan a cambiar el destino de España. Lo que no se puede negar es que el escritor de Úbeda se ha currado llegar a donde está. Lleva en torno a dos años en la gira de promoción de su exitosa novela. Se ganó con sudor los primeros 10.000 libros vendidos y a partir de ahí los lectores hicieron el resto. No se esconde y ahora atraerá más ataques.
Se hizo muy conocido al denunciar ante Ayuso la situación de la vivienda: “He vendido 300.000 ejemplares y en Madrid solo puedo comprar un zulo sin ventanas”. La verdad es que estaba exagerando. A razón de dos euros por ejemplar vendido, está claro que no se encuentra en la situación de los jóvenes que buscan piso. Puede aspirar a tener ventanas. Otras frases suyas tenían más fondo: “La libertad sin empatía implica siempre egoísmo. Aquel que se siente libre de actuar sin tener en cuenta al otro, bien podría llamarse liberticida”.
Ha reiterado que estas jornadas servían para “blanquear” el franquismo: “Durante la Transición quedó claro que hubo vencedores y vencidos. La guerra sí la sufrimos todos, pero no la perdimos todos. La provocaron quienes la ganaron, es decir, un grupo de militares fascistas que querían imponer su moral a todo un pueblo”.
Las guerras entre escritores no admiten muchos matices, pero existen. La paradoja es que la izquierda ignora que Reverte nunca ha dejado de resaltar la importancia de la memoria histórica, de no olvidar el pasado por difícil que haya sido. Es una actitud no muy habitual en la derecha. Y también hay que apuntar que Uclés no ha negado que se cometieran crímenes horrendos en la España republicana: “Soy progresista, soy de izquierdas. Pero hoy, 90 años después, no puedes dejar de plasmar los errores del bando republicano también en Paracuellos o en las checas”.
Reverte no se considera derrotado. “Unas batallas se ganan y otras se pierden. Esta es una batalla aplazada”, dijo a El País. En unos meses, volverá a enfundarse la cota de malla y ponerse el yelmo. Todo lo ve como una guerra. Uclés seguirá con la boina y el acordeón en su gira interminable de las casas vacías. No parece tan acostumbrado a la pelea permanente, así que de momento lo dejaremos con el título de icono reticente.
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