Los intereses de Feijóo no son los de Moreno
Sostienen los exégetas del PP que todo está atado y bien atado. Que el nuevo ciclo electoral dibuja una España claramente de derechas. Que Alfonso Fernández Mañueco no ha ganado las elecciones y mejorado el resultado de hace cuatro años en Castilla y León porque sea un hombre tranquilo y haya hecho una campaña pegada al terreno, al margen de la radicalidad, de Feijóo y de Ayuso, sino por la inercia anti sanchista que recorre el país. La victoria, ya saben, tiene cien padres, y la del 15M se la ha atribuido la calle Génova.
Sostienen también los intérpretes populares que la izquierda no está ni se la espera. Ni en Extremadura, ni en Aragón, ni en Castilla y León, ni en Andalucía, que es la cuarta estación del vía crucis que Feijóo diseñó para Sánchez con intención de llevarle exhausto hasta las generales del 27.
Sostienen además que, si en la noche del 23J de 2023, a la derecha nacional no le salieron las cuentas fue por cuatro diputados, pero que hoy está ya todo hecho porque el PP ha agrandado su hegemonía en los territorios y así seguirá siendo hasta 2027.
Uno escucha a los glosadores de este enfervorizado bloque de la derecha y creería que la política es una ciencia exacta donde dos más dos siempre suman cuatro, los electores no distinguen si votan para elegir alcalde, presidente regional o jefe de Gobierno, y que Feijóo ya estaría haciendo las maletas para instalarse en La Moncloa. Y, sin embargo, el voto es una decisión personal e intransferible que suele protegerse de la instrumentalización de aquellos que lo reducen a un simple sumando.
El PP no parece haber aprendido de los errores que en las anteriores generales le llevaron a vender la piel del oso antes de cazarlo, repartirse cargos antes de reparar en el significado de una democracia parlamentaria, medir las consecuencias de su inquina a los nacionalistas o sopesar las variables anímicas de los electores. Son precisamente esos factores mudables, los más intangibles, los que oscilan en varias direcciones en función de coyunturas y de territorios. En definitiva, los que hacen de los resultados electorales, encuestas aparte, una incógnita que se despeja solo en el momento de la apertura de las urnas.
Otra cosa es la gestión de las expectativas, el conocimiento de las limitaciones propias y las lecturas interesadas que, a menudo, acaban en frustración, como le ha pasado a Vox en este 15M. Con el mejor resultado histórico de la marca, un escaño más y un punto por encima del porcentaje de votos de hace cuatro años y, sin embargo, los análisis más miopes lo presentan como un fracaso, pese a que mantienen la llave para la formación de tres gobiernos regionales y una posición con la que arrastrar al PP a su ideario político.
Ni Guardiola, ni Azcón, ni Mañueco, ni tampoco Feijóo se librarán de la ultraderecha. Ni en Extremadura, ni en Aragón, ni en Castilla y León, ni España rozan siquiera la mayoría absoluta. Vox es el único partido que más crece en todas las elecciones, aunque esa tendencia alcista se haya moderado este domingo porque no logró superar la barrera psicológica del 20% que sus propios dirigentes habían alentado. Pero, su fortaleza sigue siendo incuestionable aunque le pese a los populares. Y hoy son ellos, y no el PP como hace cuatro años, quien se debate ante el dilema de si entrar o no en los gobiernos regionales.
Por cierto, que el mantra sobre la expansión de las derechas sí lo desmienten las matemáticas, a tenor de los datos. Por ejemplo, en las autonómicas de Castilla y León de 2022, la suma de PP+VOX+Cs+XAv aglutinó 665.000 votos. En generales de 2023, esas mismas siglas lograron 800.000 papeletas mientras que este domingo, aun sumando las papeletas del partido de Alvise Pérez (SALF), apenas llegaron a los 700.000 votos, ergo aún estarían a más de 100.000 del resultado de las últimas generales.
Y, sí, es un hecho indubitable que el ciclo para el PSOE no pinta bien al quedar lejos de ser primera fuerza en todos los territorios donde desde diciembre se habían celebrado elecciones, pero con Carlos Martínez ha roto la tendencia en Castilla y León, beneficiado sobre todo por el hundimiento de la izquierda alternativa.
En las elecciones de Andalucía, que previsiblemente se celebrarán el 14 de junio y donde el PSOE tratará de evitar la debacle con una María Jesús Montero que no termina de cuajar, serán decisivas para saber si el crecimiento de Vox ha tocado o no techo y si el PP mantendrá la mayoría absoluta. Y, a los populares andaluces no se les escapa que las prisas de Feijóo por cerrar los gobiernos de Extremadura, Aragón y Castilla y León con Vox, que tratará de su apoyo a las investiduras, no son un buen arranque para la campaña de Moreno Bonilla, y sí un acicate con el que la izquierda tratará de ganar posiciones.
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