“Si te van a matar, no te suicides”
En esta semana de duelo por el fallecimiento de alguien tan inmensa como Soledad Gallego-Díaz, el momento obliga. Se lo debemos. Primera mujer directora de El País, autora de la exclusiva del primer borrador de la Constitución de 1978, cronista política, corresponsal en Bruselas, Londres, París, Nueva York y Buenos Aires y referente indiscutible para tantos y tantos de nosotros. Un ejemplo ético y profesional en estos tiempos en los que la inmundicia nos inunda y es más necesario que nunca reivindicar el buen hacer en una profesión que es columna vertebral de toda democracia, aunque haya quien se empeñe en denostarla, degradarla y hasta enterrarla.
Discutía Sol Gallego con firmeza que el periodismo hubiera quedado engullido dentro de una cosa que se llama comunicación, que utiliza nuevos soportes y que “es un concepto mucho más moderno, más amplio y sugerente”. No estaba, en absoluto, de acuerdo y sostenía que ese empeño en desprestigiar el periodismo formaba parte del descrédito general al que se somete hoy en todo el mundo a los elementos básicos de la democracia. Admitía también que asistimos a una enorme proliferación de nuevos medios y nuevos instrumentos de comunicación que abren un mundo “fascinante lleno de posibilidades”, pero que nada tienen que ver con el periodismo, y mucho menos que vayan a ser capaces de sustituirlo porque ni tienen el mismo objetivo ni proporcionan al ciudadano la información “que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo”.
Así lo dijo el día que recibió el XXIV Premio Francisco Cerecedo, cuando aseguró que esta profesión ofrece algo único: información independiente, veraz, exacta y ecuánime, que todo ciudadano necesita para serlo. Algo que no tiene que ver ni con lo que ofrecen los agitadores habituales, ni con lo que se publica en algunas webs con el reclamo de gran exclusiva y no son hechos dentro de un marco de interpretación, sino rumores, acusaciones sin pruebas, testimonios sin contrastar y servidumbres al servicio de causas partidistas.
La democracia como el periodismo es un terreno de juego con unas normas y unos códigos irrenunciables que no se deben romper ni banalizar jamás. “Sinceramente -alertaba Sol- si nos creemos lo que nos dicen sobre el negro futuro de nuestro oficio, estaremos haciendo lo que se espera de nosotros, que de puro miedo a morirnos nos terminemos suicidando. Si aceptamos que la información es parte del espectáculo, colaboraremos en el desprestigio, no solo del periodismo sino de la democracia”. E insistía: “Si te van a matar, no te suicides”
Por eso es incomprensible que a estas alturas de lo visto y vivido en el Congreso de los Diputados no se hayan tomado aún medidas contra el propagandista y agitador Vito Quiles o su homólogo Bertrand Ndongo por dedicarse con tanto afán al insulto, la intimidación o el señalamiento de políticos y periodistas en el recinto parlamentario y sus inmediaciones. Uno, ya saben, es el autor del hostigamiento dentro de un restaurante a la esposa del presidente del Gobierno cuando almorzaba con unas amigas, pero ha protagonizado no pocos actos de violencia verbal en la Cámara Baja. El otro llamó “idiota” a la diputada de Sumar Aina Vidal, el pasado martes. Son sus últimas aportaciones a esta España suya en la que no caben más que ellos y una nueva y reprobable contribución a este periodismo que invocan como propio cuando en realidad lo que hacen nada tiene que ver con ello. Lo suyo es el matonismo.
Por eso es también abstruso que las asociaciones profesionales hayan actuado tarde y mal contra estos personajes y los medios que los dan cobijo o distinguido a otros de dudoso crédito. Y por eso urge más que nunca defender la información libre, la búsqueda de la verdad y la importancia de este oficio. Esto no va de etiquetas ni de trincheras, ni de aguantar insultos o difamaciones, sino de decir hasta aquí hemos llegado y no vamos a callar ante tanta ignominia. Algo para lo que se requiere el concierto de todos aquellos que creen en lo que hacen, que están comprometidos con el rigor y el pensamiento crítico en un oficio en el que no se trabaja para recibir reconocimientos, sino para contribuir a hacer de esta sociedad algo digno y donde se distinga con claridad entre maestros de la intoxicación y soldados de la información crítica pero respetuosa. Imprescindible, por cierto, para todo ello disponer del origen y la financiación que da soporte a cada medio, web o canal, además de defender que el poder de las ideas está por encima de las ideas del poder político o empresarial.
Y por eso es inconcebible que haya medios o periodistas que callen, disimulen, se amilanen o se sometan al dictado de alguien como el jefe de gabinete de Isabel Díaz Ayuso, Miguel Ángel Rodríguez, que ayer tuvo que declarar como imputado por un delito de revelación de secretos al revelar la identidad en un chat de dos periodistas del diario que dirigió Soledad Gallego-Díaz que trabajaban en la calle y fueron identificados por los agentes del servicio de seguridad de la presidenta madrileña. O que se oculte que en menos de una hora diera dos versiones distintas sobre cómo obtuvo la fotografía de los redactores. Primero, declaró que la obtuvo de un vecino y después, que se la envió Alberto González Amador, pareja de la presidenta, a quien se la había pasado previamente un vecino. O que se permita que quien reconoció ante el Supremo haber mentido cuando dijo que el ministerio fiscal frustró un acuerdo con el novio de Ayuso, denunciado por fraude fiscal, “por órdenes de arriba” siga cobrando un sueldo público.
Siempre vigilante y crítica con los poderes públicos, Gallego-Díaz se estará revolviendo hoy en su tumba al comprobar que, en efecto, algunos que saben que les quieren matar, van camino del suicidio al coquetear con la idea de renunciar a la exigencia y la integridad periodística.
Sobre este blog
Un boletín de Esther Palomera exclusivo para socias y socios. Donde la verdad no se maquilla ni se suaviza. Una opinión directa sobre lo que esconden los micrófonos de la política.
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