Poner a la izquierda en pie para cambiar lo que no podemos aceptar
Los medios se han llenado en los últimos días de debates sobre la izquierda que parten siempre de una misma pregunta: “¿Quiénes?”. Sorprendentemente, nadie parece tener demasiado interés en plantear otra cuestión: “¿Para qué?”. Pero, a mi juicio, el dilema determinante para combatir el ascenso de la derecha y la extrema derecha no es el de los nombres, es el del método, porque la unidad no se construye en torno a una foto, sino a un proyecto.
Si la clave para evitar que gobierne la derecha fuese ir todos juntos, ¿cómo se explica que las grandes transformaciones de la pasada legislatura –que en último término fueron las que detuvieron el avance del PP y Vox el 23J– hayan sido posibles gracias a fuerzas políticas que nunca nos hemos presentado juntas a las elecciones, como Unidas Podemos, ERC o EH Bildu? Si ir todos juntos es un fin en sí mismo, ¿por qué nadie sigue ese argumento de la unidad hasta sus últimas consecuencias y propone ir también con el PSOE, más cuando las fuerzas que gobiernan actualmente en España dicen estar más cerca del PSOE que de otras fuerzas de izquierdas?
En Podemos pensamos que es el momento de bajar el balón y pensar con calma sobre lo que han representado las dos últimas legislaturas. Echemos la vista atrás por un instante: ¿Por qué en la pasada se debatía de vivienda, ecologismo y leyes feministas, mientras que en la presente legislatura los titulares solo hablan de corrupción, puteros y gasto militar? ¿Acaso han desaparecido problemas como el precio de los alquileres o el poder adquisitivo de los salarios? ¿O es que la izquierda ha perdido la capacidad de liderar la conversación y de transformar la realidad?
A Podemos se le ha acusado de muchas falsedades, pero una era cierta: nos gusta el ruido. Mientras compartimos Gobierno con el PSOE, nuestro objetivo fue empujar a Sánchez más allá de su zona de confort, ya fuese con el control del precio de los alquileres, con el tope al gas o con la ley trans, tres de los avances a los que los socialistas se oponían y que, muy a su pesar, tuvieron que aceptar por la presión política y social que se logró acumular.
Con sus aciertos y errores, el debate en la coalición sobre las medidas más eficaces para afrontar los problemas de la gente ocupaba la conversación pública, estrechándole el carril a la derecha y la extrema derecha, y se traducía en avances en derechos –y también en votos–: la prueba más evidente es que, en la campaña del 23J, Sánchez articuló su discurso en torno a políticas que le había arrancado Podemos, como la subida del SMI o el Ingreso Mínimo Vital, y logró revalidar la mayoría para gobernar.
Justo después, sin embargo, se expulsó a Podemos del Gobierno y se sustituyó por una izquierda dócil que abogó por “una nueva relación con el PSOE” basada en no incomodar. Sánchez tomó nota e hizo lo que mejor hace el PSOE cuando gobierna: decepcionar a la izquierda, ya sea por su inacción ante la emergencia habitacional, por meter el feminismo en un cajón o por realizar el mayor aumento del gasto militar de la historia de nuestro país. Y, en los últimos meses, por los graves casos de corrupción y machismo en Moncloa y Ferraz.
Pese a esos escándalos, formaciones como las que todavía hoy integran Sumar, ERC o EH Bildu han defendido durante la legislatura que es necesario sostener a Pedro Sánchez y su Gobierno a cualquier precio, incluso si ello implica asumir recortes en el subsidio a mayores de 52 años, mirar hacia otro lado mientras el Ejecutivo vendía armas a los genocidas o comprar el discurso racista que vincula inmigración y delincuencia. El malmenorismo, es decir, la renuncia a transformar por miedo a incomodar al PSOE y a pagar el precio que ello implica, es el mayor fracaso de la izquierda y una alfombra roja para la derecha. No me parece menor que la medida social más importante –y probablemente la única de esta legislatura–, la regularización extraordinaria de más de medio millón de personas migrantes, la haya conseguido Podemos con su método. Han hecho más cuatro diputadas que cinco ministerios.
Pedro Sánchez afirmó en su última comparecencia que el crecimiento de Vox no tiene nada que ver con él, sino con el PP, y que quien diga lo contrario, miente. En Podemos no estamos de acuerdo: el crecimiento del bloque de las derechas se dispara cuando el Gobierno es incapaz de resolver los problemas materiales de la gente y el malestar social se acumula; cuando en demasiados espacios mediáticos se normaliza el discurso clasista, racista y machista de la derecha –no así en RTVE, cuya renovación pactó el PSOE con Podemos–; y cuando una parte de la izquierda prefiere pedir perdón por existir antes que empujar políticas valientes.
Por eso, ahora que esa receta se ha demostrado fracasada, ahora que sabemos que este Gobierno y el descontento que genera es una fábrica de ultraderechistas, es el momento de que cada partido a la izquierda del PSOE y cada formación soberanista o independentista decida entre ahondar en la senda fallida de esta legislatura o corregir el rumbo. Nosotras lo tenemos claro: es la hora de volver a poner en pie a la izquierda inconformista e insumisa.
Por eso, cuando se plantea el debate sobre lo que debe hacer la izquierda, lo más honesto es empezar por responder a la pregunta de “para qué”: si es para pasar de las palabras a los hechos, si es para plantear y llevar a cabo hasta sus últimas consecuencias un proyecto alternativo y diferente al proyecto del PSOE, y para poner toda la fuerza en la batalla contra la derecha y la extrema derecha, se puede contar con Podemos. Si es para culpar al feminismo, a las personas migrantes y al colectivo LGTBIQA+ del avance de la extrema derecha, Podemos con seguridad no estará.
En los últimos diez años hemos conformado las alianzas más amplias de la izquierda desde la Segunda República, y una vez más nos proponemos presentar en las próximas generales la candidatura más ambiciosa y plural para recuperar la capacidad de transformar la realidad y disputar el poder. Y esa disputa pasa, en estos momentos, no solo por hablar entre formaciones políticas, sino por establecer un diálogo permanente con todos los sectores sociales, organizaciones, trabajadores, feministas, antirracistas, personas del colectivo LGTBIQA+ y con esa mayoría social desencantada con el PSOE que necesita organizarse, porque es la única que puede parar a la extrema derecha en nuestro país.
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