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    <title><![CDATA[elDiario.es - Enrique Cabezón]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/enrique-cabezon/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Enrique Cabezón]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Lo que no cabe en el precio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/no-precio_129_13541618.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El litro de gasolina cuesta lo que cuesta extraer el crudo, refinarlo, transportarlo, y el margen de quien lo vende. No cuesta lo que cuesta quemarlo. La tonelada de carbono que sube a la atm&oacute;sfera cuando ese litro arde no aparece en el surtidor, no se descuenta de la cuenta, no la asume nadie en el momento de pagar. La paga otra persona, en otro sitio, y durante mucho m&aacute;s tiempo del que dura una vida: el CO&#8322; se queda en la atm&oacute;sfera durante siglos. El precio, aqu&iacute;, no es que mienta: es que no llega a contar toda la historia.
    </p><p class="article-text">
        A esto los economistas lo llaman externalidad: un coste real que el precio no recoge porque quien lo sufre no es quien compra ni quien vende. Llamarlo <em>fallo del mercado</em> sugiere un error t&eacute;cnico, corregible con un ajuste. Es, en realidad, un l&iacute;mite de origen. El precio solo sabe contar lo que pasa entre dos partes que negocian. Todo lo que le pasa a un tercero &mdash;al r&iacute;o, a la generaci&oacute;n siguiente, al pueblo que no particip&oacute; en la transacci&oacute;n&mdash; queda, por dise&ntilde;o, fuera de la cuenta &mdash;y fuera del mapa&mdash;. Y hay cosas que no solo quedan fuera: no se dejan meter dentro.
    </p><p class="article-text">
        Karl Polanyi ya hab&iacute;a puesto el dedo ah&iacute;, aunque no hablara de clima. Llam&oacute; <em>mercanc&iacute;as ficticias</em> a la tierra, el trabajo y el dinero: cosas que el mercado trata como si se hubieran producido para la venta, cuando en realidad no se produjeron para eso. Nadie fabrica un r&iacute;o pensando en venderlo. Nadie cultiva una capa de ozono. Y sin embargo el mercado necesita tratarlos como si fueran mercanc&iacute;as cualquiera, con su precio y su curva, porque de otro modo no sabe qu&eacute; hacer con ellos. El resultado, advert&iacute;a Polanyi, es que esa ficci&oacute;n tiene un coste: tratar la tierra como mercanc&iacute;a acaba por agotarla, igual que tratar el trabajo como mercanc&iacute;a acaba por agotar a quien lo ejerce.
    </p><p class="article-text">
        Y el tercero que queda fuera del precio no es solo humano, ni siquiera futuro humano. Un bosque talado no tiene manera de sentarse a negociar su propio precio, ni la tendr&aacute; nunca, y no porque el turno se demore, sino porque no hay lenguaje de mercado en el que un r&iacute;o o una especie puedan hablar por s&iacute; mismos. Cuando desaparece un anfibio o una variedad de trigo, no hay factura pendiente ni deuda que cobrar &mdash;hay, simplemente, un silencio que el precio nunca registr&oacute; porque nunca estuvo dise&ntilde;ado para escucharlo&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        Durante d&eacute;cadas, la respuesta a este l&iacute;mite tuvo un nombre: la tragedia de los comunes. Garrett Hardin, en 1968, imagin&oacute; un pasto compartido donde cada pastor a&ntilde;ade una oveja m&aacute;s porque el beneficio es suyo y el coste se reparte entre todos, hasta que el pasto se agota y todos pierden. La conclusi&oacute;n que se sac&oacute; de ah&iacute;, durante a&ntilde;os, fue que lo compartido est&aacute; condenado: o se privatiza, o lo gestiona el Estado, porque dejado autogestionarse a la gente se destruye solo.
    </p><p class="article-text">
        Elinor Ostrom pas&oacute; buena parte de su carrera demostrando, con trabajo de campo, que eso no es verdad, o no siempre. Estudi&oacute; sistemas de riego en Espa&ntilde;a, bosques comunitarios en M&eacute;xico, pesquer&iacute;as en distintas partes del mundo, y encontr&oacute; comunidades que llevaban siglos gestionando un recurso compartido sin privatizarlo y sin que nadie desde fuera se lo impusiera: con normas propias y sanciones que los mismos vecinos vigilaban. El propio Hardin, a&ntilde;os despu&eacute;s, reconoci&oacute; que deber&iacute;a haber titulado su ensayo <em>la tragedia de los comunes sin regular</em>: el pasto se agota cuando nadie se conoce y nadie rinde cuentas a nadie. Cuando hay comunidad el recurso compartido puede sostenerse durante generaciones sin necesitar un precio que lo discipline.
    </p><p class="article-text">
        Carlos Taibo lleva a&ntilde;os insistiendo en un argumento m&aacute;s inc&oacute;modo todav&iacute;a: que ni siquiera arreglando el precio se arregla esto. Taibo desplaza la pregunta hacia la obsesi&oacute;n con que la cuenta, cualquier cuenta, tenga que crecer siempre. El decrecimiento que defiende no pide un capitalismo mejor calculado, con externalidades por fin internalizadas; pide producir y consumir menos en las sociedades ricas &mdash;y repartir de otro modo lo que queda: el trabajo, el tiempo, la energ&iacute;a&mdash;, deliberadamente, como condici&oacute;n para que el planeta &mdash;y quienes lo habitan sin voto en el mercado&mdash; tengan margen para seguir existiendo. Es una cr&iacute;tica que va un paso m&aacute;s all&aacute; de Polanyi: no basta con dejar de fingir que la tierra es una mercanc&iacute;a como otra cualquiera: hay que dejar de exigirle que rinda cada vez m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ostrom y Taibo no hablan exactamente de lo mismo. Ella mostr&oacute; que una comunidad peque&ntilde;a puede gestionar bien lo que comparte, cara a cara, con reglas propias. &Eacute;l pide algo m&aacute;s grande: que sociedades enteras dejen de exigir crecimiento. No est&aacute; claro que lo primero baste sin lo segundo, ni que lo segundo funcione sin comunidades capaces de gestionar de cerca lo que les toca gestionar. Este ensayo no lo resuelve. Solo deja constancia de que ah&iacute; hay un salto de escala sin puente todav&iacute;a. Puentes con nombre ya existen: cuencas hidrogr&aacute;ficas, bioregiones, gobernanza multinivel; pero nombrarlos no es lo mismo que haberlos construido.
    </p><p class="article-text">
        Los mercados de emisiones y los impuestos al carbono son, en el fondo, el intento contrario a Taibo: no salir del precio, sino estirarlo hasta que quepa lo que antes no cab&iacute;a. Ponerle precio a la tonelada de carbono, decidir cu&aacute;nto vale un bosque en pie frente a uno talado. Pero en cuanto alguien tiene que fijar ese n&uacute;mero, vuelve la pregunta de siempre: &iquest;qui&eacute;n decide, y con qu&eacute; criterio, que un bosque en Indonesia vale menos que una f&aacute;brica en Alemania? &mdash;y quien decide suele ser quien tiene m&aacute;s poder de negociaci&oacute;n, no quien tiene mejor criterio. Antes de esa pregunta hay otras dos, m&aacute;s prosaicas y no menos decisivas: qui&eacute;n mide la tonelada de carbono que un bosque en pie evita emitir, y con qu&eacute; margen de error; y si pagar por no talar un bosque que de todos modos no iba a talarse reduce algo, o solo mueve el dinero de un bolsillo a otro. Contar lo que antes no cab&iacute;a extiende la misma curva, m&aacute;s ambiciosa, sin dejar de fingir que todo puede caber en una cuenta. Puede que el precio no cuente mal: puede que haya cosas que, sencillamente, no se dejan contar.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; est&aacute; el hilo que conecta todo esto con lo que ya hab&iacute;amos visto: la escasez, dec&iacute;amos ayer, no se descubre, se fabrica o se impone. El clima a&ntilde;ade una vuelta de tuerca. Aqu&iacute; ni siquiera hace falta fabricar la escasez: basta con no contarla. El coste clim&aacute;tico del petr&oacute;leo no est&aacute; escondido por un c&aacute;rtel ni por un algoritmo; est&aacute; simplemente fuera del marco, como si no existiera mientras nadie lo mire.
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo alguien lo est&aacute; pagando ya. No con dinero, con sequ&iacute;a, con cosecha perdida, con una isla que pierde metros de costa cada a&ntilde;o. Y ese alguien casi nunca es quien m&aacute;s ha emitido: son los pa&iacute;ses del Sur Global, las comunidades que apenas participaron en la industrializaci&oacute;n, quienes cargan primero con la factura de un precio que otros dejaron sin pagar. La cuenta existe, pero quien la gener&oacute; no es quien la paga. Eso no convierte al Sur Global en mera v&iacute;ctima: tambi&eacute;n emite, y emitir&aacute; m&aacute;s a medida que se desarrolle. La justicia clim&aacute;tica no puede ser solo que el Norte compense: tiene que dejar margen para que el Sur tenga tambi&eacute;n derecho a crecer dentro de los l&iacute;mites que quedan.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; el mapa vuelve a encontrar una falla, esta vez de otra manera: dibuja solo lo que cabe en el papel y deja fuera lo que no cabe. Un boceto tambi&eacute;n decide, con su propio silencio, qu&eacute; cuenta como paisaje y qu&eacute; no.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/no-precio_129_13541618.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Sep 2026 09:46:51 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Lo que no cabe en el precio]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La careta y el rostro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/careta-rostro_129_13526075.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay personas que solo parecen virtuosas cuando saben que alguien las est&aacute; mirando. El problema es que ahora esa mirada no desaparece nunca: se ha metido en el bolsillo, en la pantalla y, finalmente, dentro del cuerpo. Esta brecha, lejos de ser una mera an&eacute;cdota moral, es un dato estructural verificable, un s&iacute;ntoma de c&oacute;mo el poder y la ideolog&iacute;a operan hoy sobre todo mediante la construcci&oacute;n de una apariencia obligatoria y la internalizaci&oacute;n de la vigilancia, m&aacute;s que mediante la imposici&oacute;n violenta.
    </p><p class="article-text">
        La ley &mdash;lo jural&mdash; establece el marco formal. Es el conjunto de normas que, como ya se&ntilde;al&oacute; &Eacute;mile Durkheim, se presenta como un hecho social exterior y coercitivo. Sin embargo, la sociolog&iacute;a contempor&aacute;nea demuestra que su eficacia real depende menos de su letra que de su incorporaci&oacute;n en los cuerpos y las rutinas. Michel Foucault analiz&oacute; este proceso al estudiar el pan&oacute;ptico de Jeremy Bentham, un dispositivo arquitect&oacute;nico que produce disciplina mediante la sensaci&oacute;n de una mirada siempre posible, sin necesidad de la fuerza. La sociedad actual es la heredera de ese modelo: vivimos en un r&eacute;gimen de visibilidad constante donde la principal obligaci&oacute;n es parecer conforme.
    </p><p class="article-text">
        Los datos revelan la consistencia de esta doble piel. Seg&uacute;n el Eurobar&oacute;metro sobre corrupci&oacute;n de 2023, el 89% de los espa&ntilde;oles cree que la corrupci&oacute;n est&aacute; extendida en su pa&iacute;s, mientras que solo en torno al 2% declara haber sufrido una solicitud de soborno en los &uacute;ltimos 12 meses. La grieta es evidente: se cree en un sistema viciado, pero se participa de &eacute;l en una proporci&oacute;n declarada m&iacute;nima. Esta disonancia encuentra su s&iacute;mbolo en casos donde el cuerpo mismo que deber&iacute;a encarnar la ley opera desde una posici&oacute;n de excepci&oacute;n. Juan Carlos I regulariz&oacute; su situaci&oacute;n fiscal con Hacienda mediante dos pagos voluntarios: 678.393,72 euros en diciembre de 2020 y 4.395.901,96 euros en febrero de 2021, un total superior a 5 millones de euros. En marzo de 2022, la Fiscal&iacute;a del Tribunal Supremo archiv&oacute; provisionalmente las investigaciones, aceptando la validez despenalizadora de esas regularizaciones. Sin embargo, desde noviembre de 2024, una querella de magistrados y fiscales retirados sostiene precisamente lo contrario: que los pagos se hicieron cuando el rey em&eacute;rito ya conoc&iacute;a la existencia de diligencias judiciales, lo que anular&iacute;a su efecto eximente. El Tribunal Supremo desestim&oacute; la querella en mayo de 2025, respaldando el archivo fiscal de 2022 y considerando que los querellantes no aportaban hechos ni pruebas nuevas que justificaran reabrir el caso. El gesto de regularizaci&oacute;n a posteriori &mdash;y la disputa sobre si fue una operaci&oacute;n de apariencia o una reparaci&oacute;n real&mdash; subraya c&oacute;mo el privilegio puede habitar, temporalmente, un espacio efectivo al margen de la vigilancia ordinaria, mientras mantiene la apariencia jural de la instituci&oacute;n que representa.
    </p><p class="article-text">
        La psicolog&iacute;a social ofrece experimentos clave. Entre 1961 y 1962, Stanley Milgram demostr&oacute; que personas comunes estaban dispuestas a infligir supuesto dolor extremo a un tercero por obediencia a una autoridad revestida de legitimidad cient&iacute;fica. En su versi&oacute;n original, el 65% de los participantes continu&oacute; administrando descargas hasta el nivel m&aacute;ximo de 450 voltios, a pesar de los gritos de protesta del supuesto aprendiz. Milgram hab&iacute;a preguntado a psiquiatras y estudiantes cu&aacute;l cre&iacute;an que ser&iacute;a el resultado: la estimaci&oacute;n media era que apenas un 1% llegar&iacute;a hasta el final. La brecha entre la predicci&oacute;n y la conducta real es, en s&iacute; misma, el hallazgo central: los sujetos no ignoraban el da&ntilde;o, pero la estructura de la situaci&oacute;n &mdash;la bata blanca, el mandato institucional, la gradualidad de las &oacute;rdenes&mdash; anulaba la reflexi&oacute;n moral.
    </p><p class="article-text">
        Esta internalizaci&oacute;n es el n&uacute;cleo de la ideolog&iacute;a eficaz. Louis Althusser insisti&oacute; en que la ideolog&iacute;a es, ante todo, lo que se hace a trav&eacute;s de los aparatos ideol&oacute;gicos de Estado &mdash;la escuela, la familia, los medios&mdash;, m&aacute;s que lo que se piensa. Estos aparatos no ense&ntilde;an s&oacute;lo doctrinas; moldean gestos, cortes&iacute;as y silencios. La cara p&uacute;blica que exhibimos es, en gran medida, el producto de este entrenamiento. Seg&uacute;n el Eurobar&oacute;metro sobre clima de 2021, el 93% de los europeos considera el cambio clim&aacute;tico un problema grave y el 78% lo considera un problema muy grave. Sin embargo, solo el 64% de media europea declara haber tomado medidas concretas para combatirlo. La conciencia declarada choca con la inercia de lo cotidiano.
    </p><p class="article-text">
        La paradoja contempor&aacute;nea reside en que la vigilancia ya no es s&oacute;lo externa. La llegada de las redes sociales y la econom&iacute;a de la reputaci&oacute;n han hecho de cada individuo su propio guardi&aacute;n. Se construye un yo p&uacute;blico meticulosamente editado &mdash;solidario, consciente, exitoso&mdash; que a menudo funciona como una segunda piel asfixiante. Como observ&oacute; el soci&oacute;logo Erving Goffman en La presentaci&oacute;n de la persona en la vida cotidiana, todo espacio social se convierte en un escenario donde interpretamos un papel. La diferencia hoy es que el backstage &mdash;ese lugar donde se relaja la actuaci&oacute;n&mdash; se reduce cada vez m&aacute;s. En este contexto, la performatividad del discurso puede alcanzar su punto m&aacute;s c&iacute;nico: la figura p&uacute;blica que construye su imagen sobre la defensa de los derechos de las mujeres mientras, en los espacios no vigilados del poder, ejerce comportamientos de abuso. El caso del productor Harvey Weinstein expone esta fractura en su grado m&aacute;s c&iacute;nico. Weinstein fue condenado en Nueva York en 2020, una sentencia que fue anulada en 2024 por motivos procesales; en la repetici&oacute;n del juicio, en 2025, el jurado lo declar&oacute; culpable de la agresi&oacute;n a Miriam Haley, lo absolvi&oacute; en otro cargo y no lleg&oacute; a un veredicto en el cargo de violaci&oacute;n, que la fiscal&iacute;a neoyorquina retir&oacute; en junio de 2026 tras dos jurados sin acuerdo. Un d&iacute;a despu&eacute;s, un tribunal de apelaci&oacute;n de California confirm&oacute; su condena de 2022 por violaci&oacute;n y agresi&oacute;n sexual, aunque anul&oacute; la pena de 16 a&ntilde;os y orden&oacute; que fuera sentenciado de nuevo; sigue a la espera de sentencia en Nueva York. Weinstein construy&oacute; meticulosamente una imagen p&uacute;blica de aliado del feminismo&hellip; Mientras tanto, ejerc&iacute;a un sistem&aacute;tico abuso sexual que, seg&uacute;n las investigaciones period&iacute;sticas y judiciales, era conocido o sospechado por un n&uacute;mero significativo de personas del sector.
    </p><p class="article-text">
        Este proceso de autovigilancia y edici&oacute;n encuentra su motor y su mercado en la arquitectura de las plataformas digitales. Como explica la investigadora Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia (2019), los comportamientos humanos &mdash;incluida nuestra performatividad social&mdash; son extra&iacute;dos, analizados y convertidos en datos de predicci&oacute;n para venderse como seguros de comportamiento comercial. El like, el share, la correcci&oacute;n pol&iacute;tica exhibida, no son solo gestos de reconocimiento social; son la materia prima de un mercado que incentiva econ&oacute;micamente la construcci&oacute;n de la careta m&aacute;s rentable. La brecha entre lo que se es y lo que se muestra deja de ser un asunto moral para convertirse en un algoritmo: los algoritmos de recomendaci&oacute;n amplifican las conductas que generan m&aacute;s interacci&oacute;n, con independencia de su correspondencia con una supuesta verdad privada. El efecto agregado puede describirse como un sesgo hacia la coherencia con la tendencia, aunque no haya un dise&ntilde;o intencional que lo persiga.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; conducta emerge, entonces, cuando la luz se apaga y la c&aacute;mara se desconecta? Esta intimidad, sin embargo, quiz&aacute;s no est&eacute; del todo vac&iacute;a. Lo que persiste en ella, lejos del vac&iacute;o que cabr&iacute;a esperar, es el residuo m&aacute;s denso y automatizado de la actuaci&oacute;n p&uacute;blica: el habitus internalizado que Bourdieu describi&oacute;, ahora nutrido por d&eacute;cadas de guiones digitales. La verdadera paradoja consiste en descubrir que, en la supuesta soledad, seguimos interpretando &mdash;para un auditorio interno, para el fantasma de la mirada social&mdash;, porque la frontera entre el personaje y la persona se ha disuelto en el ejercicio constante. El yo que creemos aut&eacute;ntico puede ser la versi&oacute;n m&aacute;s gastada y privada de la careta. Los estudios sobre desviaci&oacute;n se&ntilde;alan que, en ausencia de sanci&oacute;n social inmediata (verg&uuml;enza), el cumplimiento de normas se debilita. Harold G. Grasmick y Robert J. Bursik Jr. mostraron en 1990 que la verg&uuml;enza &mdash;el juicio que la propia conciencia impone al violar una norma internalizada&mdash; funciona como un mecanismo de control social an&aacute;logo a la sanci&oacute;n estatal: inhibe conductas como la evasi&oacute;n fiscal, el hurto menor y la conducci&oacute;n bajo los efectos del alcohol. Lo relevante aqu&iacute; es que la norma, una vez incorporada, act&uacute;a sin necesidad de vigilancia externa &mdash;el sujeto se castiga a s&iacute; mismo&mdash; m&aacute;s que el hecho de que la mirada externa sea m&aacute;s fuerte que la ley. Pero en un mundo donde la mirada es potencialmente total, ese cuando nadie nos vigila &mdash;como dice un estribillo de la banda gallega Vimbio&mdash;, se convierte en un instante cada vez m&aacute;s raro y psicol&oacute;gicamente cargado. La verdadera conducta efectiva quiz&aacute;s ya no sea la que ocurre en la oscuridad, sino la que persiste incluso en la intimidad vac&iacute;a, automatizada por a&ntilde;os de performatividad.
    </p><p class="article-text">
        La noci&oacute;n de una verdad privada entendida como un n&uacute;cleo aut&eacute;ntico previo a la socializaci&oacute;n no encuentra respaldo emp&iacute;rico en la sociolog&iacute;a ni en la psicolog&iacute;a social contempor&aacute;neas. Desde Goffman, sabemos que incluso los espacios de retirada &mdash;el backstage&mdash; no suspenden la actuaci&oacute;n, sino que activan otros guiones internalizados. Bourdieu mostr&oacute; que el habitus opera de forma pre-reflexiva, reproduciendo disposiciones sociales incluso en ausencia de vigilancia externa. Los estudios sobre autocontrol y conformidad normativa indican que la conducta no se transforma radicalmente cuando cesa la observaci&oacute;n, sino que var&iacute;a en grado seg&uacute;n la probabilidad percibida de evaluaci&oacute;n. El rostro es aquello que se forma, se modifica y a veces se reconoce en la tensi&oacute;n entre las distintas m&aacute;scaras que habitamos. Lo que llamamos intimidad es, en gran medida, el espacio donde la norma ya ha sido incorporada y act&uacute;a sin necesidad de ser representada.
    </p><p class="article-text">
        El resultado es una sociedad de cinismo funcional, como describi&oacute; Slavoj &#381;i&#382;ek: sabemos que la careta es falsa, pero insistimos en llevarla porque el juego social lo exige. Los casos del privilegio fiscal y del abuso encubierto no son anomal&iacute;as, sino la expresi&oacute;n l&oacute;gica de un sistema que ha convertido la virtud en un activo de la marca personal y la ley en un decorado para la excepci&oacute;n. La hipocres&iacute;a, por tanto, deja de ser un vicio individual para convertirse en una competencia sist&eacute;mica: se premia la capacidad de gestionar la discrepancia entre el s&iacute;mbolo y la pr&aacute;ctica, de mantener la apariencia intacta mientras la conducta efectiva opera en otra l&oacute;gica. Esta doble piel es un rasgo funcional de un mercado donde la &eacute;tica es susceptible de ser performada. Es una hip&oacute;tesis interpretativa, no una conclusi&oacute;n emp&iacute;rica: los datos muestran la brecha, no su origen. Es, en definitiva, el lubricante estructural que permite que las contradicciones entre el ideal y lo real no s&oacute;lo sean tolerables, sino tambi&eacute;n productivas para el sistema.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esta econom&iacute;a de la apariencia, la antropolog&iacute;a nos devuelve un ritual que funciona con una l&oacute;gica inversa. El potlatch, estudiado por Marcel Mauss entre los pueblos del Pac&iacute;fico Noroeste, era una ceremonia en la que el prestigio y la autoridad se ganaban mediante un acto efectivo, tangible y observado por todos: la destrucci&oacute;n ritual de riqueza. Para validar su m&aacute;scara de poder, el jefe deb&iacute;a quemar mantas, romper cobres, dar hasta la ruina. La m&aacute;scara exig&iacute;a un sacrificio real, no su simulaci&oacute;n. Hoy, en cambio, el prestigio p&uacute;blico se construye con frecuencia sobre la representaci&oacute;n de virtud o poder, y el acto material que la respalda &mdash;cuando existe&mdash; suele ser menos visible y menos costoso que la destrucci&oacute;n ritual de riqueza. El potlatch tambi&eacute;n era una puesta en escena, sujeta a sus propias reglas. Lo que separa una &eacute;poca de otra es el tipo de acto que valida la m&aacute;scara: all&iacute;, un sacrificio material p&uacute;blico e irreversible; aqu&iacute;, a menudo, basta una donaci&oacute;n discreta, una fundaci&oacute;n con nombre propio o una campa&ntilde;a bien gestionada. La hip&oacute;tesis, de nuevo, es interpretativa: sugiere un cambio en el tipo de acto que valida la m&aacute;scara, no la desaparici&oacute;n del acto.
    </p><p class="article-text">
        Al final, la fotograf&iacute;a m&aacute;s reveladora de una &eacute;poca se encuentra en el desgaste entre la suela del zapato y el suelo de sus callejones vac&iacute;os, m&aacute;s que en su legislaci&oacute;n o su propaganda. Es en ese roce silencioso, en lo que hacemos cuando creemos estar solos, donde se inscribe la textura real de este tiempo. Una textura que, cada vez m&aacute;s, tememos mirar a los ojos, porque sospechamos que no hay un rostro debajo de la careta, sino otra careta, y luego otra, y que el ritual que alguna vez uni&oacute; ambas cosas era, sobre todo, un pacto con la mirada de los dem&aacute;s y no con la verdad.
    </p><p class="article-text">
        Queda abierta, sin embargo, la pregunta de si esa sospecha es un hallazgo emp&iacute;rico o una hip&oacute;tesis m&aacute;s. Los datos disponibles muestran brechas consistentes entre lo que se declara y lo que se hace; no muestran, en cambio, que el rostro haya desaparecido por completo. Lo que aqu&iacute; se ha sostenido es una interpretaci&oacute;n: que la m&aacute;scara ha dejado de ser un instrumento para convertirse en un producto, y que la intimidad, m&aacute;s que un refugio de autenticidad, es el lugar donde la norma sigue actuando sin necesidad de ser representada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/careta-rostro_129_13526075.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Sep 2026 12:03:44 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La careta y el rostro]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los temerarios]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/temerarios_129_13506122.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La duda que surge al aproximarse a temas ya explorados por gigantes &mdash;Galileo oliendo el movimiento de los astros antes de probarlo con su lente, Darwin palpando variaciones en las alas de los pinzones como un artesano del caos&mdash; enciende el primer h&aacute;lito de la indagaci&oacute;n genuina. En&nbsp;<em>La estructura de las revoluciones cient&iacute;ficas</em>&nbsp;(1962), Thomas Kuhn describ&iacute;a c&oacute;mo los paradigmas se resquebrajan por anomal&iacute;as que primero percibe el ojo atento: el humo que irrita la garganta antes de que el sat&eacute;lite lo cartograf&iacute;e. El antrop&oacute;logo en formaci&oacute;n, o el poeta que mezcla tinta y ceniza, hacen algo parecido al inhalar ese residuo sensorial para anclarlo en el imaginario de quien a&uacute;n no tiene nombre para el ardor.
    </p><p class="article-text">
        La historia de la ciencia confirma esta l&oacute;gica de la anomal&iacute;a percibida antes de ser entendida. En 1896, el f&iacute;sico franc&eacute;s Henri Becquerel estaba investigando el fen&oacute;meno de la fosforescencia cuando not&oacute; que unas placas fotogr&aacute;ficas, envueltas en papel negro junto con sales de uranio, quedaban veladas aun sin exposici&oacute;n a la luz solar: hab&iacute;a descubierto radiaci&oacute;n espont&aacute;nea emitida por el propio uranio, es decir, lo que despu&eacute;s se llamar&iacute;a&nbsp;<em>radiactividad natural</em>. Este resultado no encajaba con las expectativas te&oacute;ricas de su &eacute;poca y abri&oacute; un nuevo dominio de la f&iacute;sica at&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        D&eacute;cadas m&aacute;s tarde, en 1967, Jocelyn Bell Burnell, estudiante de posgrado en radioastronom&iacute;a en la Universidad de Cambridge, observ&oacute; una se&ntilde;al de radio persistente en los datos de un radiotelescopio que ella misma hab&iacute;a ayudado a construir. Al principio ni siquiera tuvo nombre para lo que ve&iacute;a: la anot&oacute; como&nbsp;<em>scruff</em>, basura, garabato, la categor&iacute;a con la que su propio instrumental clasificaba todo lo que no encajaba. Esa se&ntilde;al uniforme result&oacute; ser la primera detecci&oacute;n de un p&uacute;lsar &mdash;una estrella de neutrones giratoria que emite pulsos de radiaci&oacute;n peri&oacute;dicos&mdash; un fen&oacute;meno completamente nuevo en astronom&iacute;a. En 1974, el Premio Nobel de F&iacute;sica por ese descubrimiento fue a parar a Antony Hewish, su director de tesis &mdash;compartido con Martin Ryle&mdash;, y no a ella. La anomal&iacute;a la percibi&oacute; Bell Burnell; el cr&eacute;dito, el sistema que decide qui&eacute;n tiene permitido percibir anomal&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        En ambos casos, el avance surgi&oacute; de la atenci&oacute;n obstinada a aquello que el m&eacute;todo a&uacute;n no sab&iacute;a c&oacute;mo clasificar, m&aacute;s que de la confirmaci&oacute;n de una hip&oacute;tesis preconcebida.
    </p><p class="article-text">
        No toda anomal&iacute;a percibida conduce a un descubrimiento. En 1903, el f&iacute;sico franc&eacute;s Ren&eacute; Blondlot anunci&oacute; haber detectado los&nbsp;<em>rayos N</em>, una forma de radiaci&oacute;n hasta entonces desconocida que, seg&uacute;n &eacute;l, emanaba de metales sometidos a tensi&oacute;n. Varios laboratorios franceses replicaron sus resultados durante meses. El f&iacute;sico estadounidense Robert W. Wood viaj&oacute; a su laboratorio, retir&oacute; en secreto el prisma que supuestamente generaba los rayos, y Blondlot sigui&oacute; registrando el mismo efecto donde ya no hab&iacute;a nada que detectar. Desde dentro, nada distingu&iacute;a a Blondlot de Becquerel: ambos sosten&iacute;an, con la misma convicci&oacute;n, una se&ntilde;al que el resto del mundo a&uacute;n no sab&iacute;a leer. Lo &uacute;nico que los separ&oacute; fue que a uno lo desminti&oacute; alguien ajeno a su propio estilo de pensamiento, y al otro no. Los laboratorios que confirmaron los rayos N durante meses no eran un contrapeso: compart&iacute;an la misma atm&oacute;sfera que los hac&iacute;a visibles. El contrapeso, cuando lleg&oacute;, vino de fuera. Mientras dura su anomal&iacute;a, el temerario no tiene manera de saber si est&aacute; construyendo un p&uacute;lsar o fabricando un rayo N &mdash;y esa incertidumbre no es un fallo del olfato: es la condici&oacute;n misma en la que opera.
    </p><p class="article-text">
        La historia tambi&eacute;n guarda ejemplos dolorosos de anomal&iacute;as desatendidas. En la d&eacute;cada de 1970, los cient&iacute;ficos de Exxon detectaron, mediante sus propios modelos internos, una correlaci&oacute;n clara entre el aumento del CO&#8322; y el calentamiento global. Sin embargo, estas se&ntilde;ales fueron sistem&aacute;ticamente silenciadas y negadas p&uacute;blicamente por intereses corporativos y pol&iacute;ticos durante d&eacute;cadas, retrasando la acci&oacute;n clim&aacute;tica global. De manera similar, en 2019, los reportes de un nuevo virus respiratorio en Wuhan fueron inicialmente minimizados por algunos gobiernos y organizaciones, a pesar de las advertencias de epidemi&oacute;logos y sistemas de vigilancia temprana. Estos casos muestran que el costo de ignorar lo que a&uacute;n no encaja en los modelos aceptados es intelectual, pero tambi&eacute;n humano y planetario: se paga en vidas y en la estabilidad de comunidades enteras.
    </p><p class="article-text">
        Ese r&eacute;gimen de silencio corporativo tiene tambi&eacute;n su reverso disciplinar: el poeta o el antrop&oacute;logo escucha la anomal&iacute;a en lugar de contabilizarla. Kathleen Stewart defendi&oacute; las&nbsp;<em>sensaciones sin nombre</em>&nbsp;y la experiencia cotidiana en los Apalaches de Virginia Occidental como portal hacia lo afectivo, resistiendo la demanda institucional de cifras fr&iacute;as frente a vivencias sensibles.
    </p><p class="article-text">
        No todo caso de atenci&oacute;n a lo no previsto merece el nombre de temeridad. Crist&oacute;bal Col&oacute;n, al buscar en 1492 una ruta occidental hacia Asia, se bas&oacute; en c&aacute;lculos geogr&aacute;ficos que hoy sabemos err&oacute;neos, y muri&oacute; convencido de haber llegado a las costas asi&aacute;ticas. Lo revelador es lo que se neg&oacute; a percibir: la flora, la fauna, los pueblos que no encajaban con sus mapas fueron forzados a encajar en la hip&oacute;tesis que ya tra&iacute;a consigo. Donde Becquerel y Bell Burnell dejaron que la anomal&iacute;a reescribiera su teor&iacute;a, Col&oacute;n someti&oacute; la anomal&iacute;a a la teor&iacute;a hasta el final de su vida. Es el anti-temerario: quien ya sabe lo que busca, y por eso no logra ver lo que tiene delante, aunque ese error &mdash;por puro azar geopol&iacute;tico&mdash; termine abriendo un continente para unos y un desastre para otros.
    </p><p class="article-text">
        Mucho antes de estos debates, en 1935 Ludwik Fleck ya hab&iacute;a argumentado que el&nbsp;<em>estilo de pensamiento colectivo</em>&nbsp;&mdash;como un olfato compartido por una atm&oacute;sfera social&mdash; precede y moldea al hecho mismo, de modo similar a c&oacute;mo los mineros con silicosis describ&iacute;an el polvo de s&iacute;lice no como un simple conteo de part&iacute;culas sino como un&nbsp;<em>aire que petrifica pulmones</em>&nbsp;antes de ser nombrado oficialmente como una enfermedad. La anomal&iacute;a nunca es objetiva: se vuelve visible solo cuando el estilo de pensamiento que la rodea la deja de archivar como ruido. El temerario es quien tolera la incomodidad de lo que no encaja durante m&aacute;s tiempo que los dem&aacute;s &mdash;como Bell Burnell, semanas enteras mirando su propio&nbsp;<em>scruff</em>&nbsp;antes de atreverse a tomarlo en serio.
    </p><p class="article-text">
        Esta l&oacute;gica no pertenece solo a la ciencia. En filosof&iacute;a, Ludwig Wittgenstein transit&oacute; de su&nbsp;<em>Tractatus logico-philosophicus </em>a las&nbsp;<em>Investigaciones filos&oacute;ficas</em>&nbsp;porque su propio sistema hab&iacute;a dejado de explicar c&oacute;mo se vive el lenguaje, no por acumulaci&oacute;n te&oacute;rica. Fue una retractaci&oacute;n f&eacute;rtil m&aacute;s que un progreso lineal.
    </p><p class="article-text">
        La temeridad, entonces, consiste en tejer su trama hacia lo que el dron a&uacute;n no capta, como quienes detectan el olor acre del brezo seco antes que las torres de vigilancia detecten conatos de incendio. El progreso est&aacute; en ofrecerles a esos gigantes olfato y pecho, no en encaramarse a sus espaldas prestadas, para que el imaginario &mdash;ese desmoronamiento contado en historias entretejidas, no en part&iacute;culas por mill&oacute;n&mdash; mantenga el pulso.
    </p><p class="article-text">
        En teor&iacute;a social, algunos de los avances m&aacute;s decisivos nacieron tambi&eacute;n de fracasos interpretativos. Erving Goffman no pretend&iacute;a fundar una microsociolog&iacute;a cuando comenz&oacute; a observar rituales cotidianos en instituciones totales: buscaba regularidades menores, casi anecd&oacute;ticas, pero su atenci&oacute;n a gestos fallidos e interrupciones de rol revel&oacute; que el orden social se sostiene precisamente en su vulnerabilidad performativa.
    </p><p class="article-text">
        Incluso en tecnolog&iacute;a, donde el control parece absoluto, los desv&iacute;os marcan el camino. El tefl&oacute;n, ese material ya cotidiano, surgi&oacute; de un residuo atento a un proceso fallido y no de una soluci&oacute;n prevista. La disposici&oacute;n a no desechar lo que no encaja es lo que produce los saltos; la planificaci&oacute;n, por s&iacute; sola, no basta. Esa misma l&oacute;gica del desv&iacute;o fecundo se vuelve m&aacute;s dif&iacute;cil de sostener cuando las herramientas de observaci&oacute;n prometen capturarlo todo.
    </p><p class="article-text">
        En la era del&nbsp;<em>big data</em>&nbsp;y la inteligencia artificial, la paradoja se agudiza. Estas herramientas pueden procesar millones de variables y detectar patrones ocultos para el ojo humano &mdash;como en el diagn&oacute;stico temprano de enfermedades raras a trav&eacute;s de im&aacute;genes m&eacute;dicas, o en patrones gen&eacute;ticos que ning&uacute;n m&eacute;dico intuir&iacute;a a simple vista&mdash;, pero tambi&eacute;n tienden a homogenizar lo observable, priorizando correlaciones estad&iacute;sticas sobre singularidades significativas. Un algoritmo entrenado con datos del pasado puede pasar por alto lo genuinamente nuevo, aquello que no tiene precedentes en su conjunto de entrenamiento. El temerario contempor&aacute;neo sabe leer lo que el algoritmo omite &mdash;los datos sesgados, las categor&iacute;as heredadas&mdash; y, adem&aacute;s, sabe preguntarle qu&eacute; es lo que a&uacute;n no ha sabido ver. La tensi&oacute;n no es cuerpo contra m&aacute;quina, sino cuerpo&nbsp;<em>y</em>&nbsp;m&aacute;quina, con la m&aacute;quina funcionando como espejo deformante y no como or&aacute;culo.
    </p><p class="article-text">
        El&nbsp;<em>olor acre del brezo seco</em>&nbsp;que percibe un guardabosques experimentado no es traducible en los primeros p&iacute;xeles de humo que detecta un dron; es una se&ntilde;al encarnada, cargada de contexto y memoria ecol&oacute;gica. En un mundo hipermediado, el temerario subordina la tecnolog&iacute;a a una atenci&oacute;n m&aacute;s antigua y hol&iacute;stica, la que sabe que lo importante a menudo se anuncia primero en los bordes de lo medible, en ese territorio donde el cuerpo a&uacute;n piensa antes que el algoritmo. Los temerarios no saben, mientras dura la anomal&iacute;a, si est&aacute;n viendo un p&uacute;lsar o fabricando un rayo N. Lo &uacute;nico que saben es que todav&iacute;a no pueden tirar el&nbsp;<em>scruff</em>. Y esa decisi&oacute;n &mdash;no archivar, no desechar&mdash; es, quiz&aacute;s, el &uacute;nico gesto que el progreso no puede delegar.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/temerarios_129_13506122.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Sep 2026 08:56:06 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Los temerarios]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El precio no es un mapa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/precio-no-mapa_129_13491042.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay un ejemplar en la librer&iacute;a de segunda mano que cuesta el triple de lo que cost&oacute; nuevo. La misma tirada, el mismo papel, la misma editorial que ya no existe. Nadie ha fabricado m&aacute;s ejemplares desde entonces; nadie va a fabricar menos. Y sin embargo el precio se ha movido, como si el libro pesara distinto seg&uacute;n qui&eacute;n lo mire.
    </p><p class="article-text">
        Nos ense&ntilde;aron que esto se explica solo: menos oferta, misma demanda, sube el precio. Una ley, nos dijeron, casi f&iacute;sica, casi meteorol&oacute;gica. Pero la ley no explica por qu&eacute; ese libro concreto y no otro de la misma tirada; no explica por qu&eacute; alguien paga de m&aacute;s por una mancha de humedad en la portada si viene firmada, ni por qu&eacute; una primera edici&oacute;n sin nada especial vale menos que una segunda con una errata c&eacute;lebre. La oferta y la demanda cuentan una parte. La otra parte &mdash;la que decide qu&eacute; mancha vale y cu&aacute;l no&mdash; no es econom&iacute;a. Es antropolog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Karl Polanyi lo llam&oacute; <em>embeddedness</em>: la econom&iacute;a, dec&iacute;a, no flota sola, viene incrustada en relaciones sociales concretas, y solo muy recientemente en la historia humana se ha intentado que funcione como si pudiera separarse de ellas y regirse por sus propias leyes. El mercado autorregulado no es el estado natural del intercambio; es una invenci&oacute;n con fecha de nacimiento, y bastante tard&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Marshall Sahlins fue m&aacute;s lejos: la escasez misma, esa que sostiene toda la l&oacute;gica de la oferta y la demanda, no es un dato de la naturaleza sino una forma cultural de mirar. Estudiando sociedades cazadoras-recolectoras, mostr&oacute; que la supuesta pobreza material conviv&iacute;a con abundancia relativa y jornadas de trabajo cortas &mdash;lo que llam&oacute;, no sin iron&iacute;a, la sociedad opulenta original&mdash;. La escasez, en muchos casos, se fabrica: se decide qu&eacute; contar como necesidad y qu&eacute; no, y esa decisi&oacute;n ya viene cargada de cultura antes de que ning&uacute;n precio se fije.
    </p><p class="article-text">
        Si la oferta y la demanda bastaran para ajustar solas cualquier bien, no har&iacute;a falta forzar nada m&aacute;s. Pero ah&iacute; est&aacute; el petr&oacute;leo: en 2018, Estados Unidos se retir&oacute; del acuerdo nuclear con Ir&aacute;n y reimpuso sanciones a su sector energ&eacute;tico, lo que redujo dr&aacute;sticamente las exportaciones oficiales del pa&iacute;s y lo empuj&oacute; a sostenerse mediante flotas que operan fuera de los canales formales. El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una guerra abierta contra Ir&aacute;n; meses despu&eacute;s, sigue sin cerrarse, y la Guardia Revolucionaria iran&iacute; respondi&oacute; bloqueando el estrecho de Ormuz, por donde pasaba antes uno de cada cinco barriles de petr&oacute;leo del planeta. Con Venezuela, el patr&oacute;n fue m&aacute;s directo: una intervenci&oacute;n militar estadounidense en Caracas derroc&oacute; a Nicol&aacute;s Maduro el 3 de enero de 2026, y semanas despu&eacute;s Washington levant&oacute; las sanciones al sector petrolero venezolano para el gobierno que la sustituy&oacute;. La misma potencia que llevaba a&ntilde;os bloqueando las transacciones con Venezuela abri&oacute; el grifo en cuanto puso a alguien de su lado al otro extremo. Si el mercado se autorregulara como promete la curva, nada de esto har&iacute;a falta &mdash;ni la guerra, ni el bloqueo naval, ni el cambio de gobierno&mdash;. Y esta misma semana ha cerrado la cuenta: un acuerdo que le da a Estados Unidos el 55% de la producci&oacute;n de la nueva petrolera y m&aacute;s del 20% de las reservas probadas del pa&iacute;s. La escasez que impuso durante a&ntilde;os y la abundancia que ahora administra no son dos pol&iacute;ticas distintas: son la misma pol&iacute;tica con la etiqueta cambiada. Que haga falta es la prueba m&aacute;s clara de que la escasez y la abundancia no se descubren: se imponen.
    </p><p class="article-text">
        David Graeber remat&oacute; el mito por otro flanco: el relato escolar dice que el dinero naci&oacute; para sustituir al trueque, que antes de la moneda la gente cambiaba directamente una gallina por dos sacos de grano. No hay evidencia hist&oacute;rica de que ese trueque generalizado existiera nunca. Lo que s&iacute; hay, documentado en sociedades muy distintas, son sistemas de deuda y cr&eacute;dito social: te debo, me debes, la cuenta se salda con el tiempo y con relaci&oacute;n, no con moneda al contado. El mercado no naci&oacute; de la necesidad de intercambiar cosas; naci&oacute;, en buena parte, de la necesidad de medir deudas entre personas que ya se conoc&iacute;an.
    </p><p class="article-text">
        Con los alimentos y los medicamentos ocurre la misma operaci&oacute;n que con el petr&oacute;leo, aunque haga menos ruido: alguien decide qu&eacute; cuenta como escaso, y de esa decisi&oacute;n depende a veces comer o curarse.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; es donde vuelve el libro de la librer&iacute;a. Marcel Mauss, en su ensayo sobre el don, explic&oacute; por qu&eacute; un objeto puede valer m&aacute;s cuando lleva encima la huella de quien lo dio: el regalo obliga, ata, lleva un pedazo de quien lo entrega. Un objeto de segunda mano no es un objeto neutro esperando precio; es un objeto que ha pasado por manos, y esas manos &mdash;a veces literalmente, con una firma&mdash; se cotizan. Pierre Bourdieu, mucho despu&eacute;s, le puso nombre a la operaci&oacute;n completa: capital simb&oacute;lico. El gusto no es un juicio inocente sobre la calidad de las cosas, es una forma de clasificaci&oacute;n social que se aprende, se hereda y se exhibe. Cuando alguien paga de m&aacute;s por una primera edici&oacute;n, no est&aacute; pagando papel: est&aacute; comprando un lugar en un mapa de distinci&oacute;n que no aparece en ninguna etiqueta de precio.
    </p><p class="article-text">
        Pasa lo mismo con los coches. Pueden venderse menos coches en general y, al mismo tiempo, dispararse la producci&oacute;n de Ferraris. No es una paradoja de la oferta y la demanda: es la misma curva funcionando en dos capas distintas, la del transporte y la del prestigio, que no se rigen por las mismas reglas aunque compartan cuatro ruedas.
    </p><p class="article-text">
        Detr&aacute;s de esas dos capas de precio hay algo que ninguna curva nombra.
    </p><p class="article-text">
        Karl Marx ten&iacute;a una palabra todav&iacute;a m&aacute;s inc&oacute;moda para esto: fetichismo de la mercanc&iacute;a. La mercanc&iacute;a, dec&iacute;a, esconde el trabajo y las relaciones sociales que la produjeron, y aparece ante nosotros como si su valor le fuera propio, natural, casi m&aacute;gico &mdash;como si el objeto valiera por s&iacute; mismo y no por la trama de personas y decisiones que lo trajeron hasta el escaparate&mdash;. Oferta y demanda es, en ese sentido, el resumen m&aacute;s pulido del fetichismo: convierte una relaci&oacute;n social en una curva, y una curva no pregunta qui&eacute;n produce, qui&eacute;n distribuye ni qui&eacute;n decide qu&eacute; mancha de humedad vale una firma.
    </p><p class="article-text">
        Antes, al menos, hab&iacute;a alguien detr&aacute;s del precio a quien preguntar por qu&eacute;. El librero, el sumiller, el marchante. Hoy buena parte de esa decisi&oacute;n la toma un algoritmo: el precio de un vuelo cambia seg&uacute;n qui&eacute;n lo mira y desde qu&eacute; dispositivo, la entrada de un concierto sube en tiempo real seg&uacute;n cu&aacute;nta gente la est&aacute; comprando en ese instante, la luz se factura por horas seg&uacute;n una curva que muy pocos entienden del todo. El fetichismo que describ&iacute;a Marx se vuelve m&aacute;s eficaz cuanto menos rostro tiene: si antes el precio ocultaba el trabajo detr&aacute;s de un objeto, ahora oculta adem&aacute;s la decisi&oacute;n detr&aacute;s del propio precio, ejecutada sola, sin que nadie pueda se&ntilde;alar a una persona concreta y preguntarle por qu&eacute;. No es que no haya nadie: hay empresas que dise&ntilde;an el algoritmo, datos que lo alimentan, decisiones de negocio que lo afinan. Pero esa autor&iacute;a queda repartida entre tantas manos que el efecto es el mismo que si no hubiera ninguna.
    </p><p class="article-text">
        A veces el propio mapa comete el error que denuncia: confunde lo personal con lo general, la experiencia de una sola mesa con el retrato de un pa&iacute;s entero. Ocurre. El mapa tambi&eacute;n se equivoca, y forma parte de su naturaleza de boceto, no de plano t&eacute;cnico. Lo mismo pasa con la oferta y la demanda cuando se cuenta como ley: toma un caso &mdash;este libro, esta firma, esta escasez fabricada&mdash; y lo generaliza hasta que parece f&iacute;sica, cuando en realidad es una biograf&iacute;a particular disfrazada de curva.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de negar que la oferta y la demanda expliquen algo. Explican, por ejemplo, por qu&eacute; hay menos ejemplares y por qu&eacute; eso empuja el precio hacia arriba. Lo que no explican es por qu&eacute; el precio se dispara <em>m&aacute;s</em> por una firma que por una escasez real, ni por qu&eacute; dos objetos igual de raros valen sumas completamente distintas seg&uacute;n de qui&eacute;n vengan. Ese resto &mdash;el que la curva no cubre&mdash; es justo el territorio que la antropolog&iacute;a lleva un siglo cartografiando: el don que obliga, la deuda que ata, el gusto que clasifica, el trabajo que se esconde detr&aacute;s del precio.
    </p><p class="article-text">
        Nada de esto es solo arqueolog&iacute;a. Las monedas locales, los bancos de tiempo, las condonaciones de deuda que de vez en cuando alguna administraci&oacute;n se atreve a plantear &mdash;todo eso son formas actuales de lo que Graeber document&oacute; en el pasado&mdash;: acordar el valor entre personas, no dejarlo caer solo en una curva. No son la soluci&oacute;n, son la prueba de que la curva nunca fue la &uacute;nica forma posible.
    </p><p class="article-text">
        El libro sigue ah&iacute;, en la estanter&iacute;a de segunda mano, con su mancha y su precio triplicado. La oferta y la demanda dir&iacute;an que as&iacute; son las cosas. La antropolog&iacute;a pregunta, en cambio, qui&eacute;n decidi&oacute; que esa mancha valiera, y por qu&eacute; seguimos llamando ley natural a una decisi&oacute;n tomada entre personas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/precio-no-mapa_129_13491042.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 06 Sep 2026 16:09:07 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El precio no es un mapa]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Antropología del diseño, la arquitectura y el marketing]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/antropologia-diseno-arquitectura-marketing_129_13474059.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El periodista y escritor Tom Wolfe, en su ensayo <em>&iquest;Qui&eacute;n teme al Bauhaus feroz?</em>, arremet&iacute;a contra lo que percib&iacute;a como la arrogancia de una &eacute;lite modernista &mdash;arquitectos y dise&ntilde;adores que, desde sus atalayas de cristal y acero, impon&iacute;an un nuevo orden est&eacute;tico al mundo. Para Wolfe, este era un poder vertical, casi teol&oacute;gico, ejercido por <em>diosecillos blancos</em> cuyo evangelio de formas puras transformaba no solo los paisajes urbanos, sino tambi&eacute;n los h&aacute;bitos y sensibilidades de quienes los habitaban. Su cr&iacute;tica era mordaz: el dise&ntilde;o como imposici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esta cr&iacute;tica no puede entenderse sin recordar qu&eacute; fue la Bauhaus (1919-1933) y su legado. Fundada por Walter Gropius, la escuela promovi&oacute; la fusi&oacute;n entre arte, artesan&iacute;a y tecnolog&iacute;a bajo la m&aacute;xima <em>la forma sigue a la funci&oacute;n</em>. Su enfoque racionalista y su est&eacute;tica minimalista &mdash;defendida por figuras como Mies van der Rohe y Le Corbusier&mdash; se export&oacute; tras su cierre, especialmente a Estados Unidos, donde dio forma al <em>International Style</em>. Este estilo domin&oacute; el <em>skyline</em> de ciudades como Nueva York y Chicago, con rascacielos de l&iacute;neas limpias y fachadas de vidrio que simbolizaban progreso, universalismo y eficiencia capitalista. Sin embargo, como criticar&iacute;a m&aacute;s tarde la propia antropolog&iacute;a del dise&ntilde;o, este <em>estilo internacional</em> era, en realidad, profundamente local: un producto cultural occidental, blanco y masculino, que se impon&iacute;a como neutral y universal, borrando otras formas de habitar y construir. Jane Jacobs, en su obra fundamental <em>Muerte y vida de las grandes ciudades americanas</em> (1961), ya denunci&oacute; c&oacute;mo esta planificaci&oacute;n vertical y segregadora destru&iacute;a el tejido social vivo de los barrios.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; es donde la mirada de la antropolog&iacute;a del dise&ntilde;o &mdash;una disciplina que dialoga con la <em>Teor&iacute;a del Actor-Red</em> (TAR) del soci&oacute;logo Bruno Latour&mdash; ampl&iacute;a y profundiza la cr&iacute;tica. No se limita a la est&eacute;tica o a la funci&oacute;n, sino que analiza el dise&ntilde;o como una pr&aacute;ctica cultural y pol&iacute;tica profundamente encarnada. Pregunta, como har&iacute;a un antrop&oacute;logo, por las relaciones de poder, los significados simb&oacute;licos y las consecuencias sociales materializadas en objetos, espacios e <em>interfaces</em>. Esta mirada revela algo m&aacute;s insidioso que la mera imposici&oacute;n est&eacute;tica de la que hablaba Wolfe: un poder que ya no baja desde el estudio del arquitecto, sino que se disuelve en cada objeto cotidiano. Ya no se trata solo de un poder vertical, sino de tecnolog&iacute;as de poder entretejidas en la trama misma de lo cotidiano. Esta perspectiva se nutre tambi&eacute;n de visiones decoloniales, como las de Arturo Escobar en su libro <em>Dise&ntilde;os para el pluriverso</em> (2018), que cuestionan el dise&ntilde;o occidental como &uacute;nico camino y abogan por <em>ontolog&iacute;as relacionales</em> que reconozcan otras formas de conocimiento y habitar. A esta cr&iacute;tica se suma la fil&oacute;sofa Mar&iacute;a Lugones, cuyo concepto de <em>colonialidad del g&eacute;nero</em> revela c&oacute;mo el dise&ntilde;o moderno/colonial ha sido una herramienta clave para imponer no solo un orden espacial y material, sino tambi&eacute;n una jerarqu&iacute;a corporal, sexual y racial que naturaliza la exclusi&oacute;n y fragmenta los modos de estar en com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Wolfe se burlaba de la silla Barcelona como s&iacute;mbolo de un dogma est&eacute;tico. Hoy, el s&iacute;mbolo es m&aacute;s mundano y penetrante: el tel&eacute;fono inteligente sellado, dise&ntilde;ado para fallar (obsolescencia programada), para no ser reparado y para crear adicci&oacute;n mediante <em>interfaces</em> que emulan las tragamonedas &mdash;un patr&oacute;n documentado por investigadores como Natasha Dow Sch&uuml;ll en su obra <em>Addiction by Design</em> (2012)&mdash;. Este <em>dise&ntilde;o extractivo</em> no solo genera consumidores perpetuos; nos despoja de autonom&iacute;a material y fomenta una relaci&oacute;n infantilizada con la tecnolog&iacute;a. La jaula, aqu&iacute;, no la construye solo un arquitecto en su estudio; la construimos nosotros al aceptar la dependencia como precio de la comodidad, desvalorizando el conocimiento pr&aacute;ctico que nos har&iacute;a libres.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica se espacializa de forma brutal en el urbanismo, un campo donde la psicogeograf&iacute;a &mdash;t&eacute;rmino acu&ntilde;ado por el situacionista Guy Debord para describir el estudio de los efectos precisos del entorno geogr&aacute;fico sobre las emociones y el comportamiento&mdash; ofrece una lente clave. Wolfe criticaba la uniformidad impuesta por el <em>International Style</em>, pero hoy enfrentamos una topograf&iacute;a m&aacute;s agresiva y psicol&oacute;gicamente cargada. La <em>arquitectura hostil</em> &mdash;bancos con divisores, pinchos en cornisas&mdash; es un dise&ntilde;o que literalmente expulsa a los pobres y sin hogar de la vista p&uacute;blica. Es la ant&iacute;tesis del espacio p&uacute;blico: un poder que no modela el gusto, sino que niega la existencia misma. Su contraparte <em>elegida</em> es el <em>urbanismo de la seguridad privatizada</em>: urbanizaciones cerradas, comunidades valladas. Este dise&ntilde;o segrega por clase como una caracter&iacute;stica, no un error, y fractura el espacio com&uacute;n. Si los arquitectos de Wolfe dise&ntilde;aban <em>para</em> la gente (aunque fuera desde la arrogancia), estos dise&ntilde;os urbanos dise&ntilde;an <em>contra</em> la gente, o al menos contra una parte de ella. Y, sin embargo, su &eacute;xito reside en que muchos eligen voluntariamente este autoencierro, movidos por un miedo internalizado y mercantilizado, tal como analiza la ge&oacute;grafa feminista Leslie Kern en <em>Feminist City</em> (2019), al se&ntilde;alar c&oacute;mo el dise&ntilde;o urbano a menudo refleja y reproduce din&aacute;micas de g&eacute;nero, clase y raza. En esta l&iacute;nea, la historiadora y te&oacute;rica feminista Silvia Federici &mdash;en obras como <em>Calib&aacute;n y la bruja</em> (2004) y <em>El patriarcado del salario</em> (2018)&mdash; nos recuerda que la expropiaci&oacute;n de los comunes y la divisi&oacute;n sexual del trabajo sentaron las bases materiales para un dise&ntilde;o que segrega, controla y mercantiliza la vida cotidiana, transformando lo que antes era colectivo en cercado y transable.
    </p><p class="article-text">
        En este paisaje, los centros comerciales se erigen como <em>catedrales del consumo</em>: pseudo-p&uacute;blicos que imitan la plaza con fuentes y bancos, pero donde la conducta est&aacute; estrictamente controlada por la propiedad privada. Reemplazan el &aacute;gora democr&aacute;tica por un simulacro mercantil, un fen&oacute;meno estudiado por la soci&oacute;loga Sharon Zukin en <em>The Cultures of Cities</em> (1995). Y es aqu&iacute; donde el marketing, la <em>ingenier&iacute;a del deseo y la identidad</em>, sella los barrotes de la jaula. Ya no anuncia productos; construye mundos y normaliza estilos de vida. El <em>mito del emprendedor</em> vende la precariedad laboral como libertad heroica. El <em>wellness como moral</em> convierte la obsesi&oacute;n por un cuerpo sano y productivo en un camino de autorrealizaci&oacute;n &eacute;tica, ocultando su funci&oacute;n de optimizaci&oacute;n para el mercado, un proceso que la te&oacute;rica feminista Rosalind Gill analiza en el contexto de la cultura del <em>empoderamiento</em> neoliberal. El <em>consumo &eacute;tico</em> permite a las clases medias ilustradas un lavado de conciencia, sinti&eacute;ndose bien al comprar sin cuestionar el modelo de sobreproducci&oacute;n y extracci&oacute;n, una din&aacute;mica que el acad&eacute;mico Raj Patel, autor de <em>Cuando nada vale nada</em>, critica como la forma en que el mercado convierte incluso la justicia social en una casilla m&aacute;s que marcar en el recibo y que la te&oacute;rica pol&iacute;tica Nancy Fraser enmarca en su an&aacute;lisis de un <em>capitalismo can&iacute;bal</em>: un sistema que devora las bases mismas de la vida social, la naturaleza y la capacidad de cuidado, convirtiendo en nicho de mercado incluso la cr&iacute;tica &eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Los l&iacute;mites &eacute;ticos de este marketing son profundos y est&aacute;n documentados. El neuromarketing explota respuestas cerebrales involuntarias; la segmentaci&oacute;n algor&iacute;tmica, como revel&oacute; una investigaci&oacute;n de <em>ProPublica</em> en 2016, ha permitido discriminaci&oacute;n en publicidad al permitir a anunciantes excluir por <em>etnias afines</em>; el <em>greenwashing</em> enga&ntilde;a a consumidores con falsas promesas de sostenibilidad, una pr&aacute;ctica constatada en un bar&oacute;metro de 2021 de la Comisi&oacute;n Europea, que hall&oacute; que el 42% de las declaraciones ambientales en l&iacute;nea eran exageradas o falsas. Como admiti&oacute; Sean Parker, expresidente de Facebook, estas plataformas se dise&ntilde;aron para explotar <em>una vulnerabilidad en la psicolog&iacute;a humana</em>. Este no es el poder dogm&aacute;tico y visible que ridiculizaba Wolfe; es un poder l&iacute;quido, adaptativo, que moldea el deseo en su origen y convierte la vida &iacute;ntima en un campo de persuasi&oacute;n comercial.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esta maquinaria surge una resistencia desde el dise&ntilde;o cr&iacute;tico y los comunes, a menudo inspirada por perspectivas feministas y decoloniales que priorizan el cuidado, la reproducci&oacute;n de la vida y los saberes locales sobre la l&oacute;gica extractiva. El movimiento <em>Right to Repair</em>, con victorias legislativas recientes en la Uni&oacute;n Europea y algunos estados de EE.UU., lucha por devolver el control y la durabilidad a los usuarios, desafiando la obsolescencia programada.
    </p><p class="article-text">
        Esta resistencia es tambi&eacute;n profundamente local, encarnada y globalmente conectada. Colectivos como Assemble en Londres, ganadores del Turner Prize en 2015, practican una arquitectura comunitaria y participativa que recupera solares abandonados para crear espacios como el Granby Four Streets, donde los vecinos coproducen sus viviendas y talleres. En Barcelona, las experiencias de urbanismo feminista &mdash;como las supermanzanas o los planes de cercan&iacute;a&mdash; redise&ntilde;an la ciudad desde la l&oacute;gica de los cuidados, priorizando la peatonalizaci&oacute;n, los encuentros casuales y la seguridad frente a la velocidad del tr&aacute;fico.
    </p><p class="article-text">
        Estas pr&aacute;cticas no surgen en el vac&iacute;o. Hace apenas una d&eacute;cada, conceptos como urbanismo t&aacute;ctico, ciudades cuidadas y acupuntura urbana irrumpieron en la agenda pol&iacute;tica municipalista, especialmente en Espa&ntilde;a. Inspirados por el movimiento <em>Tactical Urbanism</em> y por pensadores como Mike Lydon o Jaime Lerner, estos enfoques propon&iacute;an intervenciones r&aacute;pidas, de bajo coste y alta participaci&oacute;n para transformar espacios p&uacute;blicos de manera reversible y experimental. Pintar un cruce peatonal, instalar bancos con pal&eacute;s, plantar macetas o peatonalizar una calle temporalmente eran gestos que buscaban demostrar que otra ciudad era posible antes de hacerla permanente. Fue una pol&iacute;tica del prototipo, donde la ciudadan&iacute;a no era solo consultada, sino que se convert&iacute;a en codesarrolladora del espacio. Esta ola, visible en pol&iacute;ticas de ayuntamientos como los de Madrid, Barcelona o Valencia entre 2015 y 2019, mostr&oacute; que la resistencia al dise&ntilde;o hostil pod&iacute;a institucionalizarse como innovaci&oacute;n democr&aacute;tica. Sin embargo, tambi&eacute;n revel&oacute; sus l&iacute;mites: cuando estas experiencias no se consolidaban en cambios estructurales o se cooptaban como mera est&eacute;tica de participaci&oacute;n, el riesgo era que la t&aacute;ctica se quedara en decoraci&oacute;n, sin alterar las jerarqu&iacute;as profundas del poder urbano.
    </p><p class="article-text">
        Pero esta batalla por el espacio es tambi&eacute;n, y sobre todo, una guerra contra la imaginaci&oacute;n. El dise&ntilde;o extractivo no se limita a extraer recursos o tiempo de atenci&oacute;n; extrae futuros posibles. Al sellar los tel&eacute;fonos, vallar o aislar los barrios y mercantilizar cada deseo, lo que se cerca es la capacidad de imaginar otros mundos materiales, otras formas de convivir. El urbanismo hostil es la cartograf&iacute;a f&iacute;sica de esa clausura cognitiva: un paisaje que ense&ntilde;a, d&iacute;a a d&iacute;a, que no hay alternativa. Por eso, resistir desde el dise&ntilde;o no es solo una cuesti&oacute;n de accesos o reparaciones; es un acto de imaginaci&oacute;n radical, una reapropiaci&oacute;n de la capacidad de proyectar lo com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, el barrio de Los Lirios del Iregua en Logro&ntilde;o libra una batalla urbana que es un manual vivo de esta antropolog&iacute;a del dise&ntilde;o aplicada &mdash;y un mapa preciso de c&oacute;mo se libra la guerra contra la imaginaci&oacute;n en el territorio. Su topograf&iacute;a hostil puede esquematizarse as&iacute;: 1. La amputaci&oacute;n metropolitana: el barrio forma parte de un conjunto de nueve barrios que han quedado amputados del centro de Logro&ntilde;o por una circunvalaci&oacute;n obsoleta (la LO-20 y la A-13), una infraestructura que act&uacute;a m&aacute;s como frontera que como conector. 2. El peligro lineal: dentro de este enclave, el camino escolar m&aacute;s directo hacia la ciudad es una franja peatonal a pie de esa autov&iacute;a, donde conviven ni&ntilde;os, mayores y carritos con tr&aacute;fico pesado y mercanc&iacute;as peligrosas (ese trazado vial est&aacute; integrado en el circuito RIMP). 3. Los bloques herm&eacute;ticos: a ambos lados, dos mega-manzanas act&uacute;an como murallas: al oeste, la parcela del Seminario Diocesano (m&aacute;s de 140.000 m&sup2;); al norte, el Centro Comercial Berceo (96.500 m&sup2; de superficie construida). 4. Los desv&iacute;os forzados: para evitarlo, las alternativas circunvalar esas infraestructuras o cruzar una plazuela comercial y una pasarela privada que pertenecen al centro comercial, internalizando as&iacute; la l&oacute;gica del pseudo-p&uacute;blico mercantil. La cronolog&iacute;a de la reivindicaci&oacute;n vecinal es tan elocuente como el propio dise&ntilde;o hostil. En 2015, el Ayuntamiento de Logro&ntilde;o y el Gobierno de La Rioja aprobaron para el barrio un colegio &mdash;todav&iacute;a sin construir&mdash; y un centro de salud que abri&oacute; sus puertas sin m&eacute;dico ni enfermera de cabecera asignados. Entre 2017 y 2019, la asociaci&oacute;n de vecinos denunci&oacute; ante el Seprona, Adif, el Ayuntamiento y el Gobierno de La Rioja que trenes con mercanc&iacute;as peligrosas &mdash;cloro l&iacute;quido entre ellas&mdash; realizaban paradas prolongadas a menos de diez metros de las viviendas, a escasos veinte metros del solar donde estaba previsto ese mismo centro de salud; llevaron el caso hasta Bruselas antes de lograr que se eliminaran las paradas t&eacute;cnicas en la zona. En 2023, la misma asociaci&oacute;n capitane&oacute; la reivindicaci&oacute;n de una farmacia para el barrio, y consigui&oacute; que se abriera esa (2024), dos m&aacute;s en Logro&ntilde;o y otra en Haro. No son victorias completas &mdash;el colegio sigue sin construirse, el centro de salud sigue sin personal fijo&mdash;, pero trazan el mapa de una comunidad que no se ha limitado a sufrir el dise&ntilde;o hostil, sino que lo ha ido desmontando pieza a pieza, con denuncias, con Bruselas de por medio, con una farmacia conseguida a pulso.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esto, la asociaci&oacute;n de vecinos no solo reclama servicios p&uacute;blicos y accesos seguros; reclama el uso l&uacute;dico y libre de sus calles, transformando la demanda de infraestructura en una reivindicaci&oacute;n de soberan&iacute;a urbana. Su lucha no es aislada; est&aacute; enraizada en una fuerte articulaci&oacute;n vecinal y social, conocida por las fiestas comunitarias y el buen ambiente que ha cohesionado al barrio. Al igual que en Londres o Barcelona, los vecinos de Los Lirios est&aacute;n redise&ntilde;ando desde abajo el c&oacute;digo hostil de un urbanismo que los margin&oacute;, en un acto de desobediencia civil urbana cotidiana y persistente: un proceso de reapropiaci&oacute;n colectiva del espacio que demuestra que otra ciudad es posible cuando la comunidad se organiza.
    </p><p class="article-text">
        Otras formas de desobediencia civil urbana &mdash;colchones sobre pinchos, guerras de jardiner&iacute;a&mdash; reclaman f&iacute;sicamente la ciudad para todos reescribiendo con actos concretos el c&oacute;digo hostil del espacio, una pr&aacute;ctica que recuerda a las t&aacute;cticas de los situacionistas para desviar (<em>d&eacute;rive</em>) el uso previsto de la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta de Wolfe era, en el fondo, qui&eacute;n tem&iacute;a al poder feroz del dise&ntilde;ador. La antropolog&iacute;a del dise&ntilde;o, con sus miradas feministas, decoloniales y psico-geogr&aacute;ficas &mdash;y ejemplos concretos desde Londres y Barcelona hasta Logro&ntilde;o&mdash;, nos lleva a una pregunta m&aacute;s inquietante y esperanzadora: &iquest;qui&eacute;n teme al usuario consciente, a la comunidad que, dejando de ser un mero consumidor, empieza a reparar, a habitar en com&uacute;n, a desear y a dise&ntilde;ar de otra manera? Leer el mundo con esta mirada rigurosa y cr&iacute;tica no es solo un ejercicio intelectual; es el primer paso para desmontar la jaula, cuyos barrotes hemos ayudado a erigir. El verdadero <em>Bauhaus feroz</em> ya no es una escuela de dise&ntilde;o hist&oacute;rica; es la l&oacute;gica extractiva, colonial y patriarcal invisible que habita el bolsillo, el barrio y el sue&ntilde;o de cada uno. Y reescribir su c&oacute;digo exige algo m&aacute;s que rechazar un estilo: exige recuperar, colectivamente, la soberan&iacute;a sobre lo material, lo espacial y lo imaginario.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/antropologia-diseno-arquitectura-marketing_129_13474059.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 30 Aug 2026 07:05:39 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Antropología del diseño, la arquitectura y el marketing]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El que cocina y quiere que se note]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/cocina-quiere-note_129_13451102.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Est&aacute;bamos varios amigos hablando, como se habla de todo cuando ya se ha bebido lo suficiente para dejar de fingir que las conversaciones triviales lo son. El tema era dom&eacute;stico: qui&eacute;n cocina en cada casa, y qu&eacute; pasa cuando esa persona necesita que los dem&aacute;s sepan que cocin&oacute;. Una defend&iacute;a al que cocina: se levanta antes, piensa el men&uacute;, hace la compra, limpia despu&eacute;s, y si al final quiere un <em>qu&eacute; rico</em> no le vamos a negar eso. Otro no estaba de acuerdo: si necesitas que te lo digan, entonces no lo hiciste por la familia, lo hiciste por ti. El gesto se ensucia en cuanto pide factura. Un tercero dec&iacute;a que a &eacute;l le daba igual, que cocinaba y ya est&aacute;, sin necesidad de que nadie se lo agradeciera &mdash;aunque alguien le hizo notar que llevaba a&ntilde;os sin cocinar para nadie m&aacute;s que para s&iacute; mismo, as&iacute; que su indiferencia era f&aacute;cil de sostener&mdash;. Y la cuarta apenas hablaba, hasta que dijo que en su casa quien cocinaba y ped&iacute;a reconocimiento era siempre ella, nunca &eacute;l, y que ah&iacute; el problema no era el reconocimiento en s&iacute;, sino de qui&eacute;n se esperaba que no lo pidiera.
    </p><p class="article-text">
        Me qued&eacute; pensando en esa segunda frase &mdash;<em>el gesto se ensucia en cuanto pide factura</em>&mdash; porque es una idea que damos por evidente y que en realidad tiene poco de evidente. Asumimos que dar y querer que se reconozca lo que diste son dos cosas separables, y que la pureza del primero depende de que el segundo no aparezca. Pero la antropolog&iacute;a del don lleva un siglo discutiendo justo eso, y no se ha puesto de acuerdo.
    </p><p class="article-text">
        Marcel Mauss fue el primero en desmontar la idea del regalo desinteresado. En las sociedades que estudi&oacute;, ning&uacute;n don llegaba solo: exig&iacute;a, tarde o temprano, una devoluci&oacute;n. No por contrato expl&iacute;cito, sino porque el propio acto de dar generaba una deuda simb&oacute;lica, y esa deuda era lo que manten&iacute;a unidos a quienes la sosten&iacute;an. Desde esa lectura, el que cocina y quiere reconocimiento no est&aacute; haciendo trampa: est&aacute; pidiendo la segunda mitad de un intercambio que la comida, como forma de don, ya presupon&iacute;a desde el principio. El esfuerzo fue la ofrenda. El <em>qu&eacute; rico</em> es el regreso que esa ofrenda esperaba. Reclamarlo no rompe el gesto, lo termina.
    </p><p class="article-text">
        Pero Pierre Bourdieu, que ley&oacute; a Mauss con m&aacute;s sospecha, dio un giro que tambi&eacute;n encajaba en esta charla de amigos. Para &eacute;l, el don funciona porque las dos partes aceptan no mirar el inter&eacute;s que hay detr&aacute;s. Es un desconocimiento colectivo y necesario: yo s&eacute; que espero algo, t&uacute; sabes que esperas algo, pero ninguno lo dice, y esa ficci&oacute;n compartida es precisamente lo que permite que el gesto se sienta como generosidad y no como negocio. El problema no llega cuando el que cocina desea reconocimiento &mdash;eso, seg&uacute;n Bourdieu, ya estaba ah&iacute; desde la primera cebolla picada&mdash;. Llega cuando lo dice en voz alta. <em>Me he pasado la tarde por vosotros</em> no crea el inter&eacute;s, lo expone. Y lo que incomoda de esa frase no es el ego&iacute;smo que revela, sino la ficci&oacute;n que rompe.
    </p><p class="article-text">
        Pero esa ficci&oacute;n no es neutral para todos los que dan. Quien cocina y lleva a&ntilde;os haci&eacute;ndolo sin que nadie le pregunte cu&aacute;nto tiempo le cost&oacute; no rompe la misma ficci&oacute;n que romper&iacute;a alguien cuyo trabajo nunca estuvo puesto en duda. En la mayor&iacute;a de las casas que conozco, quien cocina y termina pidiendo el <em>qu&eacute; rico</em> es la mujer, y quien lo recibe sin haberlo pedido nunca es el var&oacute;n &mdash; y esa asimetr&iacute;a no es un detalle del ejemplo, es parte de lo que est&aacute; en juego. Cuando quien lleva toda la vida invisibilizada dice &ldquo;<em>me he pasado la tarde currando por vosotros&rdquo;</em>, no est&aacute; exponiendo un inter&eacute;s que antes se disimulaba entre iguales: est&aacute; nombrando un trabajo que nunca se cont&oacute; como tal. Ah&iacute; el gesto no se ensucia al pedir factura. Se limpia.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; es donde entra Marshall Sahlins, que orden&oacute; estos intercambios en un espectro seg&uacute;n la cercan&iacute;a del v&iacute;nculo. En el c&iacute;rculo m&aacute;s &iacute;ntimo &mdash;la familia, la pareja&mdash; se espera lo que llam&oacute; reciprocidad generalizada: nadie lleva la cuenta, nadie espera que lo que dio hoy se le devuelva ma&ntilde;ana, y hacerlo expl&iacute;cito se siente casi como una traici&oacute;n a la naturaleza del lazo. En el otro extremo, entre desconocidos, la reciprocidad se vuelve equilibrada y hasta calculada: yo te doy esto, t&uacute; me das aquello, y ambos sabemos que el trato existe. El que cocina y exige gratitud puede estar, sin saberlo, desplazando a su familia de un extremo del espectro al otro, tratando el v&iacute;nculo &iacute;ntimo como si fuera un intercambio entre casi-desconocidos, aunque nadie lo haya llamado as&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Lo interesante es que Mauss, Bourdieu y Sahlins no dicen lo mismo, y ese desacuerdo es m&aacute;s &uacute;til que cualquiera de las tres respuestas por separado. Mauss dir&iacute;a que el proveedor tiene derecho a su reconocimiento porque el ciclo del don lo exige. Bourdieu dir&iacute;a que ten&iacute;a ese derecho todo el tiempo, pero que perdi&oacute; algo al reclamarlo en voz alta. Sahlins dir&iacute;a que la pregunta real no es si merece gratitud, sino en qu&eacute; tipo de relaci&oacute;n cree estar &mdash;y que puede llevar a&ntilde;os sin darse cuenta de que ya cambi&oacute; de lugar en el espectro&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        Hay algo m&aacute;s que el ciclo de Mauss no resuelve del todo: no est&aacute; claro que el reconocimiento cierre nada. Quien cocina y recibe un <em>qu&eacute; rico</em> cocina distinto al d&iacute;a siguiente. Quien cocina y no recibe nada, con el tiempo, aprende a cocinar solo para s&iacute; mismo, o deja de cocinar. Puede que la gratitud no sea el pago que cierra la deuda del don, sino el combustible que permite que el don se repita &mdash;y que pedirla, entonces, no sea querer cobrar, sino asegurar que haya una pr&oacute;xima vez&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        Vuelvo a la mesa donde empez&oacute; todo esto. Ninguno de los cuatro amigos ten&iacute;a raz&oacute;n del todo, ni falta. La que defend&iacute;a al proveedor ten&iacute;a a Mauss de su lado: dar sin esperar nada a cambio no es generosidad, es una ficci&oacute;n que ni siquiera las sociedades que estudiamos como modelo de reciprocidad se permit&iacute;an. El que sospechaba del reconocimiento ten&iacute;a a Bourdieu: no es que pedir gratitud sea ego&iacute;sta, es que decirlo en voz alta convierte en transacci&oacute;n algo que solo funcionaba mientras nadie lo nombraba. El tercero, el que dec&iacute;a que cocinaba sin esperar nada, ten&iacute;a la posici&oacute;n m&aacute;s c&oacute;moda de las cuatro, la de quien nunca hab&iacute;a cocinado para nadie m&aacute;s que para s&iacute; mismo. La cuarta, la que habl&oacute; apenas, no necesitaba que ning&uacute;n antrop&oacute;logo le explicara lo que ya sab&iacute;a: que en su casa el problema no era pedir reconocimiento, sino tener que pedirlo siempre ella. Y quiz&aacute; la pregunta que ninguno de los tres hizo, la de Sahlins, es la m&aacute;s inc&oacute;moda de todas: &iquest;en qu&eacute; momento, exactamente, dejamos de cocinar para los nuestros y empezamos a cocinar para que los nuestros lo vieran?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/cocina-quiere-note_129_13451102.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Aug 2026 10:22:18 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El que cocina y quiere que se note]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del chiquiteo al culto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/chiquiteo-culto_129_13449230.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Carlos Echapresto, el sumiller m&aacute;s premiado del pa&iacute;s, abre m&aacute;s de una botella por comensal en su dos estrellas Michelin. Mientras tanto, el consumo de vino en Espa&ntilde;a cae a su nivel m&aacute;s bajo en d&eacute;cadas. Ambas cosas son verdad. Y esa contradicci&oacute;n es un espejo de qui&eacute;nes estamos siendo.
    </p><p class="article-text">
        Carlos Echapresto, Premio Nacional de Gastronom&iacute;a al Mejor Sumiller, cumple este a&ntilde;o treinta temporadas al frente de Venta Moncalvillo, en Daroca de Rioja &ndash;el pueblo m&aacute;s peque&ntilde;o del mundo en tener una estrella Michelin&ndash;, y acaba de aterrizar en Haro, junto a su hermano Ignacio, para gestionar el restaurante de un hotel cinco estrellas. Es un tipo sensato, sin postureo. Cuando le preguntan por la crisis del vino, responde con una frase que deber&iacute;a estar enmarcada: <em>esto no es una crisis. Es un cambio de paradigma.</em>
    </p><p class="article-text">
        Y tiene raz&oacute;n, pero no del todo.
    </p><p class="article-text">
        Porque los datos son tozudos. El consumo mundial de vino cay&oacute; en 2025 a su nivel m&aacute;s bajo desde 1957, con 208 millones de hectolitros, un 2,7% menos que el a&ntilde;o anterior. Desde 2018, la ca&iacute;da acumulada es del 14%. Espa&ntilde;a no es una excepci&oacute;n: el consumo cay&oacute; un 5,2% en 2025, hasta los 9,4 millones de hectolitros. Y el consumo per c&aacute;pita ya ha ca&iacute;do por debajo de los 20 litros anuales, muy lejos de los 53 litros de Portugal o los 35 de Francia e Italia.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, en el restaurante de Echapresto, el consumo no baja. <em>Salimos a m&aacute;s de una botella por persona</em>, dice. Y su proveedor de vinos para alta restauraci&oacute;n le confirma que nunca le hab&iacute;a ido tan bien.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se explica esta dualidad? &iquest;Es que el sumiller vive en una burbuja o es que los datos mienten?
    </p><p class="article-text">
        Ni una cosa ni otra. Lo que ocurre es m&aacute;s interesante: el vino se est&aacute; convirtiendo en un objeto de culto para unos pocos mientras deja de ser el lubricante social de todos.
    </p><p class="article-text">
        Echapresto lo dice sin tapujos: <em>beber por beber, el chiquiteo por el chiquiteo que nosotros hemos vivido, ahora est&aacute; mal visto.</em>
    </p><p class="article-text">
        Esa atracci&oacute;n por la ebriedad no es solo cultural, es evolutiva. La llamada hip&oacute;tesis del <em>mono borracho</em>, propuesta por el bi&oacute;logo Robert Dudley, sostiene que la afinidad humana por el alcohol es una herencia de nuestros ancestros primates, frug&iacute;voros durante millones de a&ntilde;os. El etanol que se forma de manera natural en la fruta madura actuaba como una se&ntilde;al olfativa de energ&iacute;a disponible, y quienes lo detectaban y toleraban mejor obten&iacute;an una ventaja cal&oacute;rica. Un estudio de este a&ntilde;o con chimpanc&eacute;s salvajes en Guinea confirm&oacute; que consumen a diario savia de palma fermentada de forma natural, con una graduaci&oacute;n cercana al 7%, equivalente a una cerveza fuerte. Beber, en cierto sentido, es m&aacute;s viejo que ser humano.
    </p><p class="article-text">
        Esa frase merece un alto. El chiquiteo era, ante todo, un ritual de integraci&oacute;n, y desde la antropolog&iacute;a cl&aacute;sica esa funci&oacute;n no es casual. Los rituales de embriaguez han sido estudiados como mecanismos de cohesi&oacute;n social que permiten, en palabras de Victor Turner, acceder a un estado de <em>communitas</em>: un v&iacute;nculo humano espont&aacute;neo e igualitario que suspende temporalmente las jerarqu&iacute;as. Beber juntos no era un acto menor, era una forma de decir que se pertenec&iacute;a a algo, de compartir un riesgo sin necesidad de explicarlo. La ebriedad ritual, lejos de ser un exceso, era una v&aacute;lvula de escape controlada que gestionaba tensiones y reforzaba la identidad del grupo. El chiquiteo espa&ntilde;ol, sin saberlo, reproduc&iacute;a ese esquema milenario, un espacio donde las diferencias se dilu&iacute;an, donde el camarero, el arquitecto y el jubilado compart&iacute;an la misma barra y el mismo vino. Conviene no idealizarlo del todo: aquel ritual tambi&eacute;n arrastraba su lado oscuro, el exceso disfrazado de camarader&iacute;a, la presi&oacute;n social del <em>uno m&aacute;s</em>, los desplazamientos en coche que no debieron ocurrir nunca. Y, durante d&eacute;cadas, un espacio donde la presencia femenina fue apenas residual. Pero el v&iacute;nculo que creaba, con todo, es lo que se est&aacute; perdiendo.
    </p><p class="article-text">
        Pararse en una barra, pedir un vino, compartir una tapa, repetir. Sin agenda, sin justificaci&oacute;n. Era el pegamento de la sociabilidad espa&ntilde;ola. Y ese pegamento se est&aacute; secando.
    </p><p class="article-text">
        La Organizaci&oacute;n Internacional de la Vi&ntilde;a y el Vino, OIV, lo confirma en su informe: el descenso del consumo responde a <em>cambios en los h&aacute;bitos de consumo</em>, <em>estilos de vida cambiantes</em> y <em>diferencias generacionales</em> en la forma de beber. Entre los j&oacute;venes, el alcohol ha perdido popularidad de forma estructural.
    </p><p class="article-text">
        El cuerpo ha dejado de ser un veh&iacute;culo de excesos para convertirse en un proyecto. Y el vino, con sus calor&iacute;as y sus efectos, no encaja bien en ese proyecto.
    </p><p class="article-text">
        El organismo internacional aborda el consumo con una posici&oacute;n clara. Su Resoluci&oacute;n OIV-SECSAN 729-2025, espec&iacute;fica sobre adolescentes, establece que los menores no deben consumir bebidas alcoh&oacute;licas y que los j&oacute;venes que decidan hacerlo deber&iacute;an hacerlo con moderaci&oacute;n; la OIV recomienda adem&aacute;s potenciar mensajes basados en la moderaci&oacute;n, implantar programas de prevenci&oacute;n para j&oacute;venes en situaci&oacute;n de riesgo y fomentar la investigaci&oacute;n sobre la influencia de la educaci&oacute;n parental. Una resoluci&oacute;n anterior, la OIV-SECSAN 679-2022, ya hab&iacute;a sentado las recomendaciones generales que hoy gu&iacute;an buena parte del sector: restringir el consumo a las comidas, alternarlo con agua, ofrecer informaci&oacute;n espec&iacute;fica para grupos de riesgo como las mujeres embarazadas.
    </p><p class="article-text">
        El vino no desaparece, pero su lugar en la sociedad cambia. Deja de ser un h&aacute;bito autom&aacute;tico para convertirse en una elecci&oacute;n consciente, informada y, por tanto, m&aacute;s restrictiva.
    </p><p class="article-text">
        Pero si el consumo cae, &iquest;por qu&eacute; en la alta restauraci&oacute;n sube? Porque all&iacute; el vino conserva algo que el resto ha empezado a perder: la codificaci&oacute;n de estatus. Ya los romanos trazaron esa frontera. Consideraban que el l&iacute;mite del cultivo de la vid marcaba el l&iacute;mite mismo de la civilizaci&oacute;n, y despachaban la cerveza &ndash;bebida de germanos, galos y legionarios rasos&ndash; como un vino corrompido: <em>vini corruptus</em>, la llam&oacute; el historiador Diodoro S&iacute;culo. T&aacute;cito describi&oacute; la bebida de los germanos como un brebaje fermentado de cebada o trigo con un lejano parecido al vino, y hasta un emperador, Juliano el Ap&oacute;stata, escribi&oacute; un poema comparando su olor con el de una cabra. Los romanos s&iacute; beb&iacute;an cerveza &ndash;la beb&iacute;an las legiones en la frontera, los esclavos, los libertos&ndash;, pero la reservaban a quien no pod&iacute;a permitirse otra cosa. El vino, desde el principio, fue una forma de trazar una l&iacute;nea.
    </p><p class="article-text">
        <em>El consumidor ya no quiere esos vinos que saben todos igual</em>, sentencia Echapresto. Y tiene toda la raz&oacute;n. La OIV describe un fen&oacute;meno que llama <em>premiumizaci&oacute;n</em>: el consumidor busca vinos de mayor calidad, autenticidad y que ofrezcan una experiencia &uacute;nica. El consumo se ha desplazado del <em>consumo masivo de vino de mesa econ&oacute;mico</em> hacia <em>variedades m&aacute;s caras</em>.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, este fen&oacute;meno es especialmente visible. Mientras el consumo total cae, el valor del mercado se mantiene gracias a la <em>premiumizaci&oacute;n</em>. El consumidor que sigue bebiendo lo hace con criterio, buscando autenticidad frente a los vinos estandarizados.
    </p><p class="article-text">
        La OIV describe a Espa&ntilde;a como un caso at&iacute;pico: <em>un mercado h&iacute;brido</em> donde la cerveza domina en bares y terrazas, mientras el vino mantiene su peso en la gastronom&iacute;a y entre los consumidores de m&aacute;s edad.
    </p><p class="article-text">
        El dato es revelador: mientras el vino cae un 5,2%, la cerveza alcanza los 53 litros por persona, con el 63% del consumo en hosteler&iacute;a. Espa&ntilde;a se ha convertido en uno de los ejemplos m&aacute;s claros de c&oacute;mo el lugar de consumo determina la bebida: la cerveza manda en la barra; el vino resiste en la mesa.
    </p><p class="article-text">
        El propio Echapresto lo admit&iacute;a en una entrevista reciente: en su restaurante, de cada diez botellas que maridan, seis o siete son blancas. Porque la gente come m&aacute;s verduras, m&aacute;s pescado, m&aacute;s ligero. El tinto, el gran s&iacute;mbolo de la tradici&oacute;n vin&iacute;cola espa&ntilde;ola, ha quedado relegado a un papel secundario en la mesa cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        Hay una pregunta que sobrevuela todo esto. Si beber era un ritual de uni&oacute;n, &iquest;qu&eacute; pasa cuando ese ritual desaparece?
    </p><p class="article-text">
        El auge de las alternativas sin alcohol &ndash;kombuchas, sodas naturales, fermentados&ndash; que Echapresto ofrece en su carta responde a una demanda real, la gente quiere estar junta, celebrar, compartir, pero sin beber. Quiere no ser excluida del acto social. Y esa comunidad nueva no es solo ausencia de la vieja: la cata compartida, el verm&uacute; de las doce, el grupo que compara notas sobre un vino natural tambi&eacute;n crean v&iacute;nculo, solo que con otro pulso, m&aacute;s lento y menos et&iacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;acaso la exclusi&oacute;n no era parte del acto? En el fondo, el chiquiteo tambi&eacute;n separaba: separaba a los que beb&iacute;an de los que no, a los que se dejaban llevar de los que vigilaban. Hoy queremos una sociabilidad sin grietas, donde quepamos todos, donde nadie quede fuera. Es m&aacute;s inclusiva, s&iacute;. Pero quiz&aacute;s tambi&eacute;n m&aacute;s est&eacute;ril.
    </p><p class="article-text">
        Porque la comunidad, la de verdad, a veces necesita un poco de desinhibici&oacute;n. Y el vino, con todos sus problemas, era un atajo para llegar a ella.
    </p><p class="article-text">
        La OIV lo dice claro: el futuro del vino no est&aacute; en el volumen, sino en el valor, la diferenciaci&oacute;n y la autenticidad. Los productores que sepan alinear calidad, narrativa y estrategia encontrar&aacute;n crecimiento incluso en un mercado en contracci&oacute;n, y eso vale tanto para la bodega centenaria como para el viticultor que cuida su parcela y sabe contar su historia.
    </p><p class="article-text">
        Echapresto lo ve igual: <em>muchas bodegas, grandes y peque&ntilde;as, desaparecer&aacute;n</em>. Las estandarizadas, las que no tengan historia que contar, las que sigan apostando por el volumen frente a la identidad. El que produzca para llenar estanter&iacute;as de supermercado no tendr&aacute; salida.
    </p><p class="article-text">
        Espa&ntilde;a est&aacute; dejando de ser un pa&iacute;s de borrachos sentimentales para convertirse en un pa&iacute;s de sibaritas reflexivos. Y el vino, que durante siglos fue el agua de la conversaci&oacute;n, se ha convertido en el tema de conversaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Es mejor as&iacute;? Depende de a qui&eacute;n se pregunte. Para el sector, es un desaf&iacute;o. Para la cultura, una metamorfosis. Para los que a&uacute;n buscan en una botella no solo un sabor, sino una forma de estar juntos, quiz&aacute;s sea una p&eacute;rdida.
    </p><p class="article-text">
        Pero, como dice Echapresto, no es una crisis. Es un cambio de paradigma. Y los cambios de paradigma siempre duelen, pero tambi&eacute;n ense&ntilde;an.
    </p><p class="article-text">
        Cavafis imagin&oacute; una ciudad que necesitaba b&aacute;rbaros a las puertas para saber qui&eacute;n era. Aqu&iacute; no hay murallas ni enemigo esperado: la civilizaci&oacute;n del vino se est&aacute; retirando de s&iacute; misma, por decisi&oacute;n propia, sin que nadie llame a la puerta. Puede que esa sea la verdadera diferencia con Roma: entonces hac&iacute;a falta un otro al que oponerse para trazar la l&iacute;nea. Ahora basta con decidir, cada uno en su copa, d&oacute;nde se traza.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/chiquiteo-culto_129_13449230.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Aug 2026 08:14:36 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Del chiquiteo al culto]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[La Rioja]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/tiempo_129_13436766.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        A las diez de la noche del 19 de julio de 2022, el olor que lleg&oacute; a Logro&ntilde;o no era el de la panader&iacute;a nocturna ni el de la humedad del Ebro. Era resina calcinada, el polvo negro de las agujas de pino, el aire convertido en v&iacute;ctima. El humo viaj&oacute; 180 kil&oacute;metros en l&iacute;nea recta desde el incendio de Ateca, en Zaragoza, un fuego que arras&oacute; m&aacute;s de 14.000 hect&aacute;reas de pinar en apenas unos d&iacute;as. Esa noche, la estaci&oacute;n de La Cig&uuml;e&ntilde;a, de la Red de Vigilancia de la Calidad del Aire de La Rioja, registr&oacute; en Logro&ntilde;o una concentraci&oacute;n de part&iacute;culas PM&#8322;,&#8325; que triplic&oacute; con creces la media mensual de julio. No se declar&oacute; alerta sanitaria. El episodio, sin embargo, ol&iacute;a y respiraba dentro de las casas. La antropolog&iacute;a sensorial nos recuerda que los olores son vectores de memoria colectiva. El <em>olor a pino quemado</em> se inscribir&aacute; en la biograf&iacute;a de este lugar como antes lo hicieron el olor a fermento de las bodegas o a mies segada. Pero esta memoria no es nost&aacute;lgica; es una memoria de anticipaci&oacute;n, un archivo olfativo del futuro que ya ha llegado.
    </p><p class="article-text">
        Ese mismo a&ntilde;o, la estaci&oacute;n agrometeorol&oacute;gica de Alfaro anot&oacute; 42 jornadas con m&aacute;ximas por encima de los 38 &deg;C. Tres d&eacute;cadas antes, en el periodo 1981-1990, esos d&iacute;as extremos no llegaron a diez en toda la d&eacute;cada. Los modelos clim&aacute;ticos regionalizados del proyecto CLIMPY, impulsado por las administraciones del Pirineo, proyectan para 2050 entre 40 y 60 d&iacute;as adicionales de ola de calor al a&ntilde;o en la cuenca del Ebro riojana, con un aumento de la temperatura media estival de hasta 2,5 &deg;C. Mientras, la lluvia se retira. Seg&uacute;n datos de la Agencia Estatal de Meteorolog&iacute;a (AEMET), la precipitaci&oacute;n anual media en la estaci&oacute;n de Logro&ntilde;o-Agoncillo pas&oacute; de los 483 mm en el periodo 1971-2000 a 387 mm en las dos &uacute;ltimas d&eacute;cadas. En Rinc&oacute;n de Soto, la estaci&oacute;n agroclim&aacute;tica de La Recueja lleva dos d&eacute;cadas registrando el pulso del valle: la precipitaci&oacute;n media de abril y mayo, la ventana cr&iacute;tica para el cultivo, ha ca&iacute;do un 22% entre la d&eacute;cada 2005-2014 y el periodo 2015-2025, mientras la evapotranspiraci&oacute;n anual &mdash;la sed del aire&mdash; ha crecido un 7%. 
    </p><p class="article-text">
        El humo y el calor escriben su qu&iacute;mica en la atm&oacute;sfera. El 7 de julio de 2023, la misma estaci&oacute;n de La Cig&uuml;e&ntilde;a, de la Red de Vigilancia de la Calidad del Aire del Gobierno de La Rioja, midi&oacute; picos de ozono troposf&eacute;rico que superaron durante cinco horas consecutivas el umbral de protecci&oacute;n de la salud. Este oxidante potente, invisible, reduce la capacidad pulmonar y acelera el envejecimiento de las plantas. Su mapa no es neutral. En Espa&ntilde;a, reproduce la cartograf&iacute;a de la renta: los barrios con menor poder adquisitivo se agrupan junto a las rondas de circunvalaci&oacute;n y los pol&iacute;gonos industriales; los m&aacute;s ricos, en las laderas altas donde el viento limpia, Logro&ntilde;o en su valle, no tiene monta&ntilde;as a las que encaramarse y mira a la sierra. La contaminaci&oacute;n es un fen&oacute;meno social antes que meteorol&oacute;gico. La historiadora de la ciencia Naomi Oreskes afirma que todo r&eacute;gimen de sacrificio &ndash;qui&eacute;nes soportan el coste&ndash; define una civilizaci&oacute;n. Este r&eacute;gimen de sacrificio clim&aacute;tico tiene un mapa: los barrios obreros respiran el ozono de las autopistas, las comunidades rurales ven envenenados sus acu&iacute;feros por los purines y, sobre todo, los pa&iacute;ses del Sur global &ndash;los que menos han contribuido al problema&ndash; reciben los ciclones m&aacute;s feroces. Reconocer este mapa es tambi&eacute;n una disecci&oacute;n moral del r&eacute;gimen que lo traza. En el valle del Aguasvivas, aragon&eacute;s, el Registro Estatal de Emisiones y Fuentes Contaminantes contabiliza decenas de miles de cabezas de ganado porcino en explotaciones intensivas. Los nitratos de sus purines han contaminado masas de agua subterr&aacute;nea, superando en la mayor&iacute;a de los puntos de control el l&iacute;mite de 50 mg/l establecido por la Confederaci&oacute;n Hidrogr&aacute;fica del Ebro. El amon&iacute;aco que emana de estas granjas viaja por el aire y se deposita en los bosques, acidificando el suelo y debilitando los pinos. La cadena es perfecta y circular: producci&oacute;n industrial de carne &rarr; nitr&oacute;geno vol&aacute;til &rarr; bosque enfermo y seco &rarr; incendio devastador &rarr; olor a pino quemado en una ciudad a doscientos kil&oacute;metros. El sacrificio ecol&oacute;gico no tiene fronteras administrativas.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esta l&oacute;gica, la respuesta psicol&oacute;gica de los m&aacute;s j&oacute;venes es l&uacute;cida y devastadora. Una encuesta internacional publicada en <em>The Lancet Planetary Health</em> en 2021, que consult&oacute; a diez mil j&oacute;venes de diez pa&iacute;ses, encontr&oacute; que m&aacute;s de la mitad cree que la humanidad est&aacute; condenada y que tres de cada cuatro consideran aterrador el futuro que les espera. La <em>eco-ansiedad</em>, t&eacute;rmino acu&ntilde;ado por la comunidad psicol&oacute;gica para describir el trauma cr&oacute;nico ante el colapso ambiental, no es una patolog&iacute;a individual, sino una respuesta racional a una amenaza colectiva y verificable. Cuando se les pide que imaginen su ciudad en 2040, una mayor&iacute;a dibuja calles inundadas o paisajes desolados. La playa, para muchos, ya no es un lugar de goce, sino un testimonio de p&eacute;rdida: m&aacute;s sucia, m&aacute;s lejana cada a&ntilde;o. En el sur de la Regi&oacute;n de Murcia, estudios de erosi&oacute;n costera han documentado retrocesos de hasta dos metros al a&ntilde;o en algunas de sus playas. El dato t&eacute;cnico confirma lo que la experiencia sensible ya sabe.
    </p><p class="article-text">
        Necesitamos, por tanto, nuevos ritos colectivos para metabolizar esta p&eacute;rdida y convertir la conciencia del desastre en energ&iacute;a pol&iacute;tica. Propongo uno, tan sencillo como subversivo: que el primer d&iacute;a del a&ntilde;o en que la temperatura supere los 40 &deg;C en la capital de cada provincia, se decrete un minuto de silencio c&iacute;vico. Se detendr&iacute;a el tr&aacute;fico a&eacute;reo y rodado, y sonar&iacute;a una sirena &uacute;nica. No para celebrar un r&eacute;cord, sino para escuchar el vac&iacute;o que hemos creado, para hacer tangible el umbral que hemos cruzado. No ser&iacute;a un acto aislado. En 2019, Islandia celebr&oacute; un funeral oficial por el glaciar Okj&ouml;kull, declarado muerto. Colocaron una placa que reza: <em>este monumento es para reconocer que sabemos lo que est&aacute; sucediendo y lo que hay que hacer. Solo t&uacute; sabr&aacute;s si lo hicimos</em>. Estos nuevos ritos &ndash;el minuto de silencio por el grado cr&iacute;tico, el funeral por el glaciar&ndash; son mecanismos culturales de duelo activo, muy distintos de la teatralidad de los plenos de ayuntamientos o parlamentos que aprueban proposiciones <em>no de ley</em> con la intenci&oacute;n de no ejecutarlas, an&aacute;logos m&aacute;s bien a los que las sociedades tradicionales desarrollaban para aplacar a un volc&aacute;n o pedir lluvia. La diferencia radical es que ahora el agente a aplacar no es una deidad, sino la consecuencia material de nuestra propia acci&oacute;n. El ritual ya no pide clemencia a la naturaleza; exige responsabilidad a la pol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera desobediencia, sin embargo, no est&aacute; en el luto: est&aacute; en la construcci&oacute;n de alternativas que desactiven la l&oacute;gica del colapso. La ciudad de Valladolid recuper&oacute; en 2017 la gesti&oacute;n p&uacute;blica de su ciclo integral del agua, poniendo fin a veinte a&ntilde;os de concesi&oacute;n privada en manos del grupo Agbar. Desde entonces, la empresa municipal Aquavall ha mantenido las tarifas congeladas y ha convertido lo que antes era un canon de 5,6 millones de euros para el Ayuntamiento en m&aacute;s de 11 millones de euros de beneficio p&uacute;blico, reinvertidos en la propia red. Diez sentencias judiciales han respaldado el proceso frente a los intentos de revertirlo. En Sevilla, el proyecto europeo Powerty instal&oacute; placas solares sobre dos colegios p&uacute;blicos del barrio de Torreblanca, uno de los m&aacute;s empobrecidos de Espa&ntilde;a: catorce familias vulnerables reciben ya energ&iacute;a gratuita, con ahorros de hasta el 40% en su factura el&eacute;ctrica. Estos proyectos son actos de reconfiguraci&oacute;n pol&iacute;tica. Muestran que la distancia entre la mera resiliencia &ndash;que pide al individuo que aguante el <em>shock</em>&ndash; y el renacimiento &ndash;que exige cambiar el sistema para que el <em>shock</em> deje de ser rentable&ndash; es, precisamente, la distancia de la democracia.
    </p><p class="article-text">
        El 2 de noviembre de 2023, una lluvia intensa limpi&oacute; el aire de Logro&ntilde;o. Precedida por el petricor, ese olor a tierra mojada que es mezcla de geosmina y aceites vegetales, la lluvia fue un recordatorio de que la atm&oacute;sfera tambi&eacute;n puede curar. Ese olor a petricor, tan celebrado po&eacute;ticamente, es en realidad la firma qu&iacute;mica de un di&aacute;logo: las bacterias del suelo liberan geosmina al humedecerse, y las plantas aceites. Es el olor de la Tierra respondiendo, de un sistema vivo que a&uacute;n busca su equilibrio. Nos recuerda que formamos parte de un metabolismo vivo, un &oacute;rgano hipertrofiado y disfuncional dentro de un sistema que tambi&eacute;n busca su equilibrio. La cura, si llega, ser&aacute; el restablecimiento de una conversaci&oacute;n qu&iacute;mica que hemos interrumpido a gritos. En dos horas, el acu&iacute;fero subterr&aacute;neo recibi&oacute; el equivalente al agua que consumen miles de personas en una semana. No bast&oacute; para compensar el d&eacute;ficit, pero devolvi&oacute;, durante unas horas, el olor a tierra viva y borr&oacute; el rescoldo de aquel julio.
    </p><p class="article-text">
        El cambio clim&aacute;tico se ha convertido en una nueva y brutal gram&aacute;tica de la realidad. Aprende a hablar en olores in&eacute;ditos y en silencios donde antes hab&iacute;a el rumor de un r&iacute;o o el canto de un p&aacute;jaro; sus d&iacute;as, incluso, empiezan a quedarse sin nombre en el calendario tradicional. Adaptarnos pasivamente a este lenguaje no basta: hay que traducirlo &ndash;con rabia, con precisi&oacute;n, con amor&ndash; sin perder la capacidad de indignaci&oacute;n. Si el siglo XX fue el de la proclamaci&oacute;n de los derechos humanos, el XXI ser&aacute; el de la asunci&oacute;n de los deberes con la atm&oacute;sfera que nos permite existir. Pero unos y otros solo cobrar&aacute;n sentido si aprendemos a nombrar la herida sin convertirla en mercanc&iacute;a, en espect&aacute;culo o en estad&iacute;stica fr&iacute;a. La fil&oacute;sofa Isabelle Stengers llama a esto <em>intrusi&oacute;n de Gaia</em>: la Tierra, como entidad geof&iacute;sica, irrumpe ahora con sus propias condiciones, actor y ya no escenario silencioso de nuestros dramas. No podemos negociar con ella. Solo podemos, como sugiere Stengers, <em>hacer frente</em> a su intrusi&oacute;n, lo que significa, en &uacute;ltima instancia, hacer frente a nosotros mismos y a la organizaci&oacute;n letal de nuestro mundo com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esta intrusi&oacute;n geof&iacute;sica, la arquitectura pol&iacute;tica dise&ntilde;ada para gestionarla es activamente saboteada, m&aacute;s all&aacute; de su fracaso funcional. Los grandes marcos de gobernanza clim&aacute;tica &ndash;el Acuerdo de Par&iacute;s, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030&ndash; se incumplen de forma cr&oacute;nica. El &uacute;ltimo Informe sobre la Brecha de Emisiones del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) calcula que, con los compromisos actuales, el mundo se dirige a un calentamiento catastr&oacute;fico de 2,8 &deg;C. Los pa&iacute;ses hist&oacute;ricamente responsables &ndash;el G20 genera en torno al 78% de las emisiones globales, seg&uacute;n el propio PNUMA&ndash; siguen expandiendo su infraestructura f&oacute;sil. En este vac&iacute;o de acci&oacute;n, la propia Agenda 2030 ha sido convertida en el blanco de una campa&ntilde;a de deslegitimaci&oacute;n global que no tiene un &uacute;nico origen: la alimenta la m&aacute;quina de desinformaci&oacute;n de la derecha republicana en Estados Unidos, que tilda los ODS de <em>socialismo global</em>; la alimentan Vox en Espa&ntilde;a y el gobierno de Viktor Orb&aacute;n en Hungr&iacute;a, que los rechazan como <em>inmigracionismo</em>; la alimentan los <em>think tanks</em> libertarios y negacionistas, desde el <em>Heartland Institute</em> en Chicago hasta la <em>Fundaci&oacute;n para el An&aacute;lisis y los Estudios Sociales (FAES)</em> en Madrid, que los pintan como una <em>agenda globalista</em> para restringir libertades. Esta demonizaci&oacute;n es un mecanismo de sabotaje perfecto: consigue que la conversaci&oacute;n p&uacute;blica deje de versar sobre <em>c&oacute;mo</em> cumplir los objetivos clim&aacute;ticos para discutir <em>si</em> existe siquiera una emergencia. Mientras el incendio se extiende, el debate se reduce a discutir la existencia del fuego. La paradoja es letal: nunca hemos tenido un diagn&oacute;stico cient&iacute;fico m&aacute;s claro ni unos instrumentos de cooperaci&oacute;n m&aacute;s detallados, y nunca la acci&oacute;n concreta ha estado m&aacute;s lejos de la urgencia declarada, bloqueada por una ficci&oacute;n pol&iacute;tica que confunde soberan&iacute;a con negaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Mientras tanto, cada vez que abra la ventana y llegue, de nuevo, el olor a pino quemado, recordar&eacute; que el trabajo consiste en no acostumbrarme: en hacer que ese olor &ndash;&iacute;ntimo, penetrante, colectivo&ndash; sea tan pol&iacute;ticamente intolerable como lo fue, en su d&iacute;a, el humo que sal&iacute;a de las chimeneas donde se decidi&oacute; qui&eacute;n merec&iacute;a vivir y qui&eacute;n no. La atm&oacute;sfera ha empezado a hablar. Lo que queda por ver es si conseguimos escucharla, y responderle, antes de que deje de respirarnos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/tiempo_129_13436766.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 09 Aug 2026 09:49:18 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El tiempo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Y tú de quién eres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/y-tu-de-quien-eres_129_13420735.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La antropolog&iacute;a del parentesco naci&oacute; en la segunda mitad del siglo XIX cuando abogados y eruditos, fascinados por la idea de reconstruir la historia de la humanidad, comenzaron a estudiar los sistemas de parentesco de los pueblos que llamaban <em>salvajes</em>. En un momento en que Europa se sent&iacute;a due&ntilde;a del progreso, el parentesco apareci&oacute; como un espejo invertido de la civilizaci&oacute;n: mientras el Estado moderno y la propiedad privada eran s&iacute;mbolos de madurez, las sociedades sin Estado se ve&iacute;an como la infancia de la humanidad. Johann Jakob Bachofen y J. F. McLennan, por ejemplo, usaron mitos grecolatinos y datos de viajeros para imaginar una etapa primigenia gobernada por mujeres &mdash;el matriarcado&mdash; que habr&iacute;a precedido al orden patriarcal. Lewis Henry Morgan, un abogado neoyorquino que recopil&oacute; cartas de parentesco de los iroqueses, public&oacute; en 1871 su obra fundamental sobre sistemas de consanguinidad, donde propuso que la evoluci&oacute;n de la humanidad pasaba por formas sucesivas de familia: promiscua, matrilineal, patrilineal y, por fin, la mon&oacute;gama burguesa. Su esquema, adoptado por Engels para explicar el origen de la propiedad privada, convirti&oacute; al parentesco en la clave para leer la historia social y econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        Durante la primera mitad del siglo XX, la disciplina se consolid&oacute; en dos grandes escuelas. En Gran Breta&ntilde;a, Radcliffe-Brown y Evans-Pritchard desarrollaron la teor&iacute;a de la filiaci&oacute;n: el parentesco explicaba c&oacute;mo los linajes unilineales (patrilineales o matrilineales) organizaban la sucesi&oacute;n, la herencia y la alianza pol&iacute;tica en las colonias africanas. En Francia, Claude L&eacute;vi-Strauss propuso la teor&iacute;a de la alianza: el matrimonio no era un cap&iacute;tulo dom&eacute;stico sino un mecanismo c&oacute;smico que obligaba a los grupos a intercambiar mujeres y, por tanto, a crear sociedad a partir del tab&uacute; del incesto. A&ntilde;os despu&eacute;s, la antrop&oacute;loga feminista Gayle Rubin se&ntilde;alar&iacute;a que ese intercambio no era neutro: convert&iacute;a a las mujeres en el objeto, no en el sujeto, de la transacci&oacute;n fundacional, una cr&iacute;tica que ya apuntaba a que el parentesco produce jerarqu&iacute;as de g&eacute;nero antes que v&iacute;nculos naturales. Ambas perspectivas cl&aacute;sicas compart&iacute;an, en todo caso, la confianza de que exist&iacute;a un <em>sistema</em> de parentesco que pod&iacute;a compararse, taxonomizarse y traducirse a diagramas de genealog&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El punto de inflexi&oacute;n lleg&oacute; en 1949 con George Murdock y su estudio comparativo masivo. Al cruzar datos de m&aacute;s de 250 sociedades &mdash;ampliados luego a 1.170 en su atlas etnogr&aacute;fico&mdash;, Murdock demostr&oacute; que muchas de las correlaciones estad&iacute;sticas que los cl&aacute;sicos daban por sentado eran endebles. Peor a&uacute;n: los mismos conceptos de <em>matrimonio, filiaci&oacute;n</em> o <em>incesto</em> variaban tanto que resultaban in&uacute;tiles para la comparaci&oacute;n. A partir de los a&ntilde;os 60, Rodney Needham y David Schneider radicalizaron la cr&iacute;tica: Needham conclu&iacute;a que <em>el parentesco no existe</em> como categor&iacute;a anal&iacute;tica universal, mientras Schneider mostraba que la idea occidental de <em>sangre</em> como v&iacute;nculo natural era una proyecci&oacute;n cultural que imped&iacute;a comprender lo que los nuer llamaban <em>thok dwiel</em> o los yap <em>tabinau</em>. El parentesco, advert&iacute;a Schneider, no era un objeto neutro: era el lugar donde Europa hab&iacute;a escondido sus propios prejuicios sobre naturaleza, reproducci&oacute;n y propiedad.
    </p><p class="article-text">
        La crisis te&oacute;rica iniciada por Schneider encontr&oacute; un eco fundamental en la obra de la antrop&oacute;loga brit&aacute;nica Marilyn Strathern. A principios de los noventa, Strathern argument&oacute; que las nuevas tecnolog&iacute;as reproductivas (NTR) &mdash;como la fertilizaci&oacute;n <em>in vitro</em>&mdash; estaban provocando un cambio epistemol&oacute;gico: desagregaban los componentes naturales de la procreaci&oacute;n (&oacute;vulo, esperma, &uacute;tero) y los convert&iacute;an en <em>hechos t&eacute;cnicos</em> susceptibles de elecci&oacute;n y combinaci&oacute;n. Este proceso, que ella llam&oacute; <em>desagregaci&oacute;n y reagregaci&oacute;n</em>, hac&iacute;a del parentesco un campo de opciones deliberadas, desafiando la idea de un v&iacute;nculo dado por la naturaleza. La pregunta ya no era <em>&iquest;de qui&eacute;n es este ni&ntilde;o?</em> en t&eacute;rminos biol&oacute;gicos, sino <em>&iquest;qu&eacute; combinaci&oacute;n de conexiones gen&eacute;ticas, gestacionales, legales y sociales constituye la parentalidad?</em>
    </p><p class="article-text">
        Esta crisis te&oacute;rica coincidi&oacute; con transformaciones sociales que hicieron a&uacute;n m&aacute;s visible la fragilidad del edificio cl&aacute;sico. Las nuevas tecnolog&iacute;as reproductivas &mdash;inseminaci&oacute;n artificial, gestaci&oacute;n subrogada, criopreservaci&oacute;n de embriones&mdash; desplazan la maternidad y la paternidad fuera del cuerpo y del coito, multiplicando los candidatos a ser <em>padres</em> o <em>madres</em> en funci&oacute;n de criterios gen&eacute;ticos, gestacionales, afectivos, econ&oacute;micos o jur&iacute;dicos. Los movimientos LGTBIQ+ y las familias homoparentales obligan a los estados a redise&ntilde;ar partidas de nacimiento que hasta hace dos d&eacute;cadas solo admit&iacute;an la casilla <em>madre</em> y <em>padre</em>. En abril de 2023 la revista <em>&iexcl;Hola!</em> mostr&oacute; la primera foto de Ana Sandra Lequio Obreg&oacute;n, la nieta-bisnieta que la actriz Ana Obreg&oacute;n present&oacute; como <em>mi hija</em> a los 68 a&ntilde;os. El beb&eacute; fue gestado en Miami con &oacute;vulos de una donante an&oacute;nima y semen que Aless Lequio &mdash;fallecido en 2020 a los 27 a&ntilde;os tras un c&aacute;ncer&mdash; hab&iacute;a almacenado en 2018 en el laboratorio FIVIR (Madrid) antes de iniciar la quimioterapia; la ley espa&ntilde;ola 14/2006 no result&oacute; de aplicaci&oacute;n porque la muestra se conserv&oacute; <em>ante mortem</em>. El acta de nacimiento de Florida figura a Ana Obreg&oacute;n como <em>mother</em> en virtud de la cl&aacute;usula de gestaci&oacute;n subrogada validada por el notario (cap. 742.15 Florida Statutes). Cuando la actriz solicit&oacute; la inscripci&oacute;n en el Registro Civil de Madrid, la Direcci&oacute;n General de Seguridad Jur&iacute;dica y Fe P&uacute;blica acept&oacute; la filiaci&oacute;n materna pero rechaz&oacute; la paterna respecto a un progenitor fallecido no c&oacute;nyuge; la ni&ntilde;a obtuvo, no obstante, la nacionalidad espa&ntilde;ola por opci&oacute;n al acreditar descendencia de ciudadano (art. 20.1.a C&oacute;digo Civil). El episodio ilustra c&oacute;mo la criopreservaci&oacute;n y la gestaci&oacute;n subrogada despliegan temporalidades que rompen la secuencia cl&aacute;sica de generaciones, mientras que los estados intentan re-ensamblar con c&oacute;digos decimon&oacute;nicos parentescos que ya no caben en sus propios formularios. De hecho, el cauce que permiti&oacute; aquella inscripci&oacute;n ya no existe: en abril de 2025 la Direcci&oacute;n General de Seguridad Jur&iacute;dica y Fe P&uacute;blica lo cerr&oacute; mediante una instrucci&oacute;n t&eacute;cnica que no abri&oacute; ning&uacute;n telediario. Esa decisi&oacute;n tuvo, sin embargo, m&aacute;s efecto sobre el parentesco contempor&aacute;neo que muchos tratados de antropolog&iacute;a: desde entonces, ning&uacute;n nacimiento por gestaci&oacute;n subrogada en el extranjero puede inscribirse en Espa&ntilde;a mediante certificaci&oacute;n, declaraci&oacute;n o sentencia extranjera; solo caben la filiaci&oacute;n biol&oacute;gica probada judicialmente o la adopci&oacute;n posterior.
    </p><p class="article-text">
        El caso Obreg&oacute;n-Lequio ejemplifica c&oacute;mo, en la pr&aacute;ctica, el parentesco contempor&aacute;neo es producido activamente por una red de actores no familiares. Desde la perspectiva de la gobernanza corporal, analizada por autoras como Sonia Corr&ecirc;a y Rosalind Petchesky, estos actores &mdash;cl&iacute;nicas de fertilidad privadas (como FIVIR en Madrid), legislaciones nacionales en competencia (Espa&ntilde;a vs. Florida), notarios y agencias de gestaci&oacute;n subrogada&mdash; operan como <em>f&aacute;bricas de parentesco</em>. Ellos definen, mediante contratos y certificados, qui&eacute;n cuenta como madre o padre, transformando v&iacute;nculos afectivos y proyectos reproductivos en realidades legales. Este mercado global de la reproducci&oacute;n, con centros nodales como Miami, California o Ucrania, crea nuevas geograf&iacute;as del parentesco donde la filiaci&oacute;n depende de la ruta jur&iacute;dica y comercial elegida, priorizando a menudo la voluntad contractual y la libertad de empresa sobre los modelos biogen&eacute;ticos tradicionales. El caso de la cl&iacute;nica BioTexCom en Kiev muestra hasta qu&eacute; punto la met&aacute;fora de la <em>f&aacute;brica</em> puede ser literal: cuando la invasi&oacute;n rusa de 2022 impidi&oacute; viajar a cientos de padres contratantes &mdash;entre ellos m&aacute;s de trescientas parejas espa&ntilde;olas que acuden all&iacute; cada a&ntilde;o&mdash;, decenas de reci&eacute;n nacidos quedaron semanas bajo el cuidado de enfermeras en un b&uacute;nker subterr&aacute;neo, a la espera de que sus padres legales pudieran cruzar la frontera. El parentesco, en ese instante, no depend&iacute;a de ning&uacute;n v&iacute;nculo afectivo todav&iacute;a establecido, sino de un contrato ya firmado y de la log&iacute;stica de una guerra.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, esta capacidad de <em>elegir</em> y <em>ensamblar</em> el parentesco a trav&eacute;s de la tecnolog&iacute;a y el contrato no es democr&aacute;tica, sino que est&aacute; profundamente estructurada por la brecha econ&oacute;mica global. El costo de un ciclo de FIV con &oacute;vulos de donante y gestaci&oacute;n subrogada en Estados Unidos puede superar los 150,000 d&oacute;lares, situando estas opciones como un lujo accesible solo para una &eacute;lite transnacional, como ilustra el caso de Miami. Esta din&aacute;mica crea una nueva forma de estratificaci&oacute;n reproductiva, donde la parentalidad se convierte, para algunos, en un proyecto de consumo biom&eacute;dico de alta gama. Frente a esto, los estados y las cl&iacute;nicas act&uacute;an como <em>gatekeepers</em> que, de facto, privatizan el derecho a formar una familia bajo ciertos modelos. Lo que Rubin denunciaba en el intercambio de mujeres se reactualiza aqu&iacute; en otra escala: ahora son &oacute;vulos, &uacute;teros y embriones los que circulan como bienes transaccionales, y quienes gestan o donan vuelven a ocupar, en la cadena de valor parental, el lugar del objeto antes que el del sujeto. Esta desigualdad radical contrasta con los contextos donde la innovaci&oacute;n en el parentesco no nace de un cat&aacute;logo de servicios, sino de la necesidad de asegurar la descendencia, redistribuir recursos o mantener la cohesi&oacute;n social frente a la esterilidad, la migraci&oacute;n o la mortalidad, como veremos a continuaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Las adopciones transnacionales, las migraciones laborales y las redes digitales de cuidado han convertido los lazos de parentesco en flujos que atraviesan fronteras, idiomas y plataformas de mensajer&iacute;a. Pero la <em>crisis</em> del parentesco no es patrimonio exclusivo de laboratorios o de legislaciones occidentales: tambi&eacute;n surge cuando el cuerpo, la palabra o el alimento reordenan la filiaci&oacute;n de modo que ning&uacute;n test de ADN podr&iacute;a predecir qui&eacute;n ejerce la paternidad o la maternidad social. En los lagos del oeste de Tanzania los haya cultivan el caf&eacute; y el pl&aacute;tano bajo una regla que los colonialistas llamaron <em>paternidad m&uacute;ltiple potencial</em>: el coito p&oacute;stumo del parto &mdash;una relaci&oacute;n sexual obligada entre la esposa y el marido una vez finalizado el per&iacute;odo de abstinencia&mdash; confiere al esposo derechos sobre el pr&oacute;ximo ni&ntilde;o que nazca, aunque la mujer haya tenido despu&eacute;s otras uniones. Se ha documentado que, si la esposa decide p&uacute;blicamente atribuirse un amante, el primer hijo de esa nueva uni&oacute;n ser&aacute; registrado como descendiente del marido anterior, con lo que hombres est&eacute;riles pueden obtener <em>hijos</em> mediante simple declaraci&oacute;n y pago de <em>bridewealth</em>. La antrop&oacute;loga Fran&ccedil;oise H&eacute;ritier concluy&oacute; que esta instituci&oacute;n equivale funcionalmente a una inseminaci&oacute;n con donante y a una gestaci&oacute;n por encargo, solo que mediada por la palabra y el intercambio de ganado, no por cat&eacute;teres ni contratos.
    </p><p class="article-text">
        Mucho m&aacute;s al sur, los tupi-kawahib del r&iacute;o Machado (Brasil) llevan la indiferenciaci&oacute;n al extremo: varias esposas del mismo hombre &mdash;que pueden ser hermanas o madre e hija&mdash; cr&iacute;an indistintamente a todos los ni&ntilde;os del grupo dom&eacute;stico. L&eacute;vi-Strauss anot&oacute; en los a&ntilde;os cincuenta que las mujeres <em>no parecen preocuparse de saber si el ni&ntilde;o que cuidan es suyo o no</em>; lo importante es que el alimento y el cari&ntilde;o circulen dentro de la casa com&uacute;n. El parentesco se efectiva entonces por la pr&aacute;ctica cotidiana del cuidado, no por el parto, y un mismo individuo puede ser <em>hijo</em> de quien le amamant&oacute;, <em>sobrino</em> de quien le llev&oacute; al r&iacute;o y <em>ahijado</em> del capit&aacute;n del r&iacute;o que lo nombra a los cuatro d&iacute;as de vida.
    </p><p class="article-text">
        En la Micronesia occidental, los chuukese de las islas Carolinas han desarrollado un sistema ad&eacute;lfico en que la hermana mayor (<em>maama</em>) ejerce sobre sus hermanos menores una autoridad equiparable a la del padre. Beatriz Moral mostr&oacute; en un estudio reciente que los ni&ntilde;os reciben de ella los nombres de los ancestros, los primeros tatuajes y el acceso a los campos de taro; en cambio, el <em>padre biol&oacute;gico</em> se convierte m&aacute;s bien en un proveedor externo que no tiene potestad disciplinaria. Cuando los j&oacute;venes emigran a Guam o Haw&aacute;i, contin&uacute;an remitiendo sus primeros sueldos a la <em>maama</em>, no al progenitor, reforzando as&iacute; un parentesco que se activa por residencia, comensalidad y control de recursos antes que por concepci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Frente a estos desaf&iacute;os, el estudio del parentesco ha virado hacia una antropolog&iacute;a de la parentalidad que combina etnograf&iacute;a multisituada, an&aacute;lisis de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas, documentaci&oacute;n legal y datos biom&eacute;dicos. El reto ya es comparar sin universalizar: entender c&oacute;mo distintos actores &mdash;jueces, cl&iacute;nicas de fertilidad, gestantes, donantes, ni&ntilde;os, <em>apps</em> de genealog&iacute;a&mdash; movilizan definiciones contradictorias de <em>v&iacute;nculo verdadero</em> y c&oacute;mo esas definiciones moldean la vida cotidiana. Lejos de desaparecer, la disciplina se reconfigura como un campo donde se negocia el sentido mismo de vida, herencia y pertenencia en el siglo XXI.
    </p><p class="article-text">
        Este complejo panorama de parentesco globalizado contrasta con la evidencia inmediata de los pueblos, donde la filiaci&oacute;n era un hecho p&uacute;blico, narrado y heredado en el cuerpo y en el apodo. En esos mundos de veredas estrechas &mdash;como el pueblo a orillas del Ebro de tantos veranos&mdash; uno no era un individuo aislado, sino <em>uno de los nietos del Gardacho, el taxista</em>. La identidad ven&iacute;a dada por el mote familiar, el parecido f&iacute;sico indisimulable, la memoria compartida de la plaza. No hac&iacute;a falta preguntar <em>&iquest;y t&uacute; de qui&eacute;n eres?</em>, porque todos ya lo sab&iacute;an. Ese parentesco, hecho de miradas cruzadas y biograf&iacute;as entrelazadas, se desvanece ante la l&oacute;gica del contrato, la criopreservaci&oacute;n y la filiaci&oacute;n transnacional. Sin embargo, su fantasma persiste como la medida de lo que hemos perdido &mdash;o transformado&mdash; en el tr&aacute;nsito de la casa com&uacute;n al laboratorio y al registro civil.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, el viaje de la antropolog&iacute;a del parentesco revela una paradoja profunda. Los prejuicios naturalistas que David Schneider identific&oacute; en el n&uacute;cleo de la teor&iacute;a cl&aacute;sica &mdash;la creencia en la <em>sangre</em> como esencia del v&iacute;nculo&mdash; no han desaparecido, sino que se han replanteado y confrontado. Hoy emergen en los debates p&uacute;blicos sobre si el <em>v&iacute;nculo verdadero</em> en una gestaci&oacute;n subrogada es el gen&eacute;tico, el gestacional o el intencional; en la resistencia de algunos registros civiles a inscribir m&aacute;s de dos progenitores; o en el valor social a&uacute;n privilegiado del parecido f&iacute;sico como prueba de filiaci&oacute;n, cada vez m&aacute;s desplazado por el veredicto instant&aacute;neo de un test dom&eacute;stico de ADN que revela hermanos, padres o donantes desconocidos; o en el cierre registral espa&ntilde;ol de 2025, que volvi&oacute; a fiarlo todo a la filiaci&oacute;n biol&oacute;gica y judicial. La tarea actual, por tanto, no es solo documentar la diversidad, sino rastrear c&oacute;mo los fantasmas que Strathern vio reagregarse en elecciones deliberadas sobre la naturaleza, la reproducci&oacute;n y la propiedad adaptan su lenguaje &mdash;ahora mezclado con t&eacute;rminos como ADN, contrato e intenci&oacute;n&mdash; para persistir en la negociaci&oacute;n del parentesco del siglo XXI.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/y-tu-de-quien-eres_129_13420735.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 02 Aug 2026 07:16:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿Y tú de quién eres?]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pastorear el fuego]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/pastorear-fuego_129_13407391.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En la Alpujarra granadina, el Seprona investig&oacute; hace unos a&ntilde;os a un pastor por cuatro incendios presuntamente provocados para regenerar los pastos de su reba&ntilde;o. Los agentes de la Brigada de Investigaci&oacute;n de Incendios Forestales de la Junta de Andaluc&iacute;a hab&iacute;an encontrado un patr&oacute;n: fuegos intencionados, en lugares de dif&iacute;cil acceso, alejados de los caminos, siempre en el mismo t&eacute;rmino municipal. El hombre fue investigado por incumplir las condiciones de quema que fija el decreto andaluz de prevenci&oacute;n de incendios forestales.
    </p><p class="article-text">
        No lo cuento como an&eacute;cdota curiosa, sino como s&iacute;ntoma. Ah&iacute; donde durante generaciones hubo una pr&aacute;ctica rutinaria, transmitida de padres a hijos, hoy hay una diligencia penal. La pregunta que me interesa no es la que ocupa los titulares cada verano &mdash;&iquest;por qu&eacute; arde el monte?&mdash; sino otra, menos c&oacute;moda: &iquest;qu&eacute; dej&oacute; de hacer alguien, durante cu&aacute;nto tiempo, para que ardiera as&iacute;?
    </p><p class="article-text">
        El cambio clim&aacute;tico multiplica el riesgo y las condiciones meteorol&oacute;gicas extremas hacen m&aacute;s violentos los incendios. Pero hay una causa mucho menos discutida: el abandono de las pr&aacute;cticas que durante siglos mantuvieron el paisaje en equilibrio.
    </p><p class="article-text">
        Solemos hablar del monte como si fuera naturaleza en estado puro, un espacio que el ser humano ha ido <em>invadiendo </em>con sus pueblos y sus reba&ntilde;os. Es una inversi&oacute;n curiosa de la historia real. Durante siglos, el paisaje que hoy llamamos <em>natural</em> fue en realidad un artefacto: un mosaico de pastos, cortafuegos vivos y claros abiertos por el diente del ganado y la mano del pastor. Lo que hoy se percibe como <em>renaturalizaci&oacute;n </em>&mdash;el monte que recupera su estado salvaje tras el &eacute;xodo rural&mdash; es, mirado de cerca, el colapso silencioso de una infraestructura ecol&oacute;gica construida durante generaciones.
    </p><p class="article-text">
        Un informe t&eacute;cnico elaborado por la Oficina de Ciencia y Tecnolog&iacute;a del Congreso de los Diputados lo confirma con datos: la superficie arbolada en Espa&ntilde;a ha crecido en torno a un mill&oacute;n de hect&aacute;reas en los &uacute;ltimos quince a&ntilde;os, un aumento derivado directamente del abandono rural. El problema no es que haya m&aacute;s bosque, sino que ese bosque ha crecido sin gesti&oacute;n, de forma homog&eacute;nea y conectada, en las peores condiciones posibles para resistir un incendio extremo. El mismo informe apunta a algo que rara vez se dice en los plat&oacute;s de televisi&oacute;n cada agosto: entender los incendios exige comprender las din&aacute;micas sociales y las estructuras pol&iacute;ticas del mundo rural, empezando por la relaci&oacute;n extractiva que las ciudades han mantenido con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        Conviene detenerse en los n&uacute;meros, sin comentario, porque ellos solos dibujan la pendiente.
    </p><p class="article-text">
        El censo de ganado ovino en Espa&ntilde;a ha perdido cerca de dos millones de cabezas desde 2020, seg&uacute;n las estad&iacute;sticas del Ministerio de Agricultura. La organizaci&oacute;n agraria COAG calcula que cada a&ntilde;o 1.550 ganaderos en r&eacute;gimen extensivo se ven obligados a cerrar su explotaci&oacute;n, y que desde 2006 Espa&ntilde;a ha perdido casi 22.000 explotaciones de vaca nodriza y m&aacute;s de 6.000 de ovino de carne. La red de v&iacute;as pecuarias &mdash;los caminos que durante siglos permitieron la trashumancia&mdash; ha pasado de 125.000 kil&oacute;metros en su momento de mayor extensi&oacute;n a apenas 80.000 conservados hoy.
    </p><p class="article-text">
        Pero el dato que de verdad golpea es otro. El <em>Libro Blanco de la Trashumancia</em>, elaborado en 2013, contabilizaba entonces unos 3.000 trashumantes a pie en toda Espa&ntilde;a. Las estimaciones actuales del sector apenas llegan a doscientos. En poco m&aacute;s de una d&eacute;cada, una forma de habitar el territorio que llevaba practic&aacute;ndose desde la Edad Media ha quedado reducida a un pu&ntilde;ado de personas.
    </p><p class="article-text">
        No es un dato folcl&oacute;rico. Cada trashumante que deja de caminar es un tramo de monte que deja de estar <em>peinado </em>cada temporada. Es un cortafuegos vivo que se apaga sin que nadie prenda ninguna mecha.
    </p><p class="article-text">
        Y sin embargo, donde el pastoreo sobrevive, con frecuencia lo hace en fricci&oacute;n constante con la administraci&oacute;n que deber&iacute;a protegerlo.
    </p><p class="article-text">
        En octubre de 2025, el Seprona de Castilla y Le&oacute;n impuso 22 sanciones &mdash;entre 1.800 y 8.100 euros&mdash; a ganaderos del concejo asturiano de Mieres por llevar su ganado al Puerto de Pinos, un pasto de monta&ntilde;a que el ayuntamiento de Mieres posee desde 1926 pero que se encuentra, por una rareza administrativa, en suelo leon&eacute;s. No es un conflicto nuevo: los ganaderos lo vienen usando desde hace casi un siglo. Lo que ha cambiado no es el pasto, ni el ganado, ni la costumbre: ha cambiado la capacidad del aparato jurisdiccional moderno para absorber un uso consuetudinario que naci&oacute; antes que las fronteras administrativas que hoy lo sancionan.
    </p><p class="article-text">
        El antrop&oacute;logo James C. Scott llam&oacute; <em>m&#275;tis</em> a ese saber pr&aacute;ctico, situado, afinado durante generaciones, que no se deja traducir f&aacute;cilmente a norma escrita. Frente a &eacute;l, el Estado moderno tiende a imponer un <em>episteme</em> burocr&aacute;tico: reglas generales, pensadas desde el despacho, que no distinguen contextos. El pastor de la Alpujarra y los ganaderos de Mieres son dos versiones del mismo choque: no delincuentes, sino portadores de una l&oacute;gica que la administraci&oacute;n ya no sabe leer.
    </p><p class="article-text">
        El paisaje que el pastor y el ganado manten&iacute;an no era un simple escenario: era una infraestructura viva, tan funcional como una carretera o un canal de riego, pero sin reconocimiento legal. La geograf&iacute;a cultural llama a estos territorios<em> paisajes patrimoniales</em>: no por su antig&uuml;edad o belleza, sino porque funcionan como una obra de ingenier&iacute;a que regula el agua, contiene el fuego y sostiene la biodiversidad. La administraci&oacute;n no ve un dique contra el fuego cuando mira un pasto; ve monte. No ve una red de drenaje natural abierta por pezu&ntilde;as; ve un suelo pisoteado. Esa ceguera conceptual no es inocente: convierte lo que fue obra colectiva en simple azar, y su decadencia, en cat&aacute;strofe anunciada.
    </p><p class="article-text">
        Pero el conflicto entre el saber pastoril y la administraci&oacute;n no se limita al uso del fuego. Se extiende a la letra peque&ntilde;a del d&iacute;a a d&iacute;a. Donde antes hab&iacute;a un saber pr&aacute;ctico transmitido, hoy hay un expediente que cumplimentar. Los ganaderos no se quejan de la cartilla por capricho, sino de una l&oacute;gica que confunde el control con la gesti&oacute;n. Es el mismo choque entre <em>m&#275;tis</em> y <em>episteme </em>burocr&aacute;tico del que habla Scott.
    </p><p class="article-text">
        El foco de la queja actual est&aacute; en la identificaci&oacute;n electr&oacute;nica obligatoria del ganado vacuno. Organizaciones como COAG y ASAJA denuncian que el nuevo crotal electr&oacute;nico no est&aacute; exigido por el Reglamento Delegado (UE) 2019/2035, y de hecho solo es obligatorio en cinco pa&iacute;ses de la UE. Alegan que la trazabilidad ya estaba resuelta desde hace d&eacute;cadas con el crotal auricular convencional, y que el nuevo sistema a&ntilde;ade un sobrecoste &mdash;frente al crotal convencional&mdash; y complica la gesti&oacute;n cuando un animal lo pierde en el monte, ya que su movimiento queda paralizado hasta su sustituci&oacute;n. Para estas organizaciones, es m&aacute;s coste y m&aacute;s burocracia, sin beneficio adicional para el ganadero o el consumidor.
    </p><p class="article-text">
        La misma l&oacute;gica se repite con la PAC y sus exigencias digitales. Aunque la obligatoriedad del cuaderno de explotaci&oacute;n digital se ha retrasado, el sector denuncia que las normas est&aacute;n pensadas para macrogranjas y no para el pastor con doscientas ovejas en la monta&ntilde;a. Agricultores de Castilla y Le&oacute;n, por ejemplo, advert&iacute;an en 2025 de la dificultad de cumplir con registros digitales en zonas sin cobertura de internet y de la carga que supone tener que hacer de &ldquo;inform&aacute;tico&rdquo; e &ldquo;ingeniero agr&oacute;nomo&rdquo; adem&aacute;s del trabajo de campo. La percepci&oacute;n generalizada es que el ganadero dedica m&aacute;s tiempo al papeleo que a los animales, con visitas veterinarias duplicadas y tr&aacute;mites digitales pensados para una realidad, la industrial, muy distinta a la suya.
    </p><p class="article-text">
        A esa asfixia administrativa se suma otra, m&aacute;s silenciosa y m&aacute;s dura: el programa de erradicaci&oacute;n de la tuberculosis bovina, que en zonas de alta prevalencia puede obligar al vaciado sanitario completo de una explotaci&oacute;n aunque solo una fracci&oacute;n de los animales haya dado positivo. El rigor de la norma no es caprichoso &mdash;la tuberculosis bovina es una zoonosis transmisible al ser humano, de ah&iacute; la cautela extrema de las autoridades sanitarias&mdash;, pero organizaciones ganaderas como UCCL han denunciado que en algunas campa&ntilde;as de saneamiento la mayor&iacute;a de los animales sacrificados resultan, seg&uacute;n sus c&aacute;lculos, falsos positivos a la prueba de tuberculina &mdash;algo que la comunidad veterinaria discute abiertamente y no da por zanjado&mdash;. Lo que no admite discusi&oacute;n es el efecto sobre el terreno: un ganadero que ve cargar su reba&ntilde;o entero en un cami&oacute;n rumbo al matadero rara vez vuelve a empezar. Cada vaciado sanitario es, tambi&eacute;n, un tramo de monte que deja de tener quien lo gestione.
    </p><p class="article-text">
        A ese mismo callej&oacute;n conduce, por otra v&iacute;a, el fomento de la repoblaci&oacute;n forestal. Las ayudas auton&oacute;micas a la forestaci&oacute;n de terrenos r&uacute;sticos &mdash;accesibles tambi&eacute;n para ayuntamientos&mdash; financian la plantaci&oacute;n y su mantenimiento durante cinco a&ntilde;os, un incentivo econ&oacute;mico que compite directamente por el mismo suelo que antes ocupaba el pasto comunal. La misma l&oacute;gica alcanza al vecino de a pie: la normativa que regula la recogida de le&ntilde;a, pi&ntilde;as o matorral en el monte &mdash;vigente desde 1962 y endurecida despu&eacute;s por cada comunidad aut&oacute;noma&mdash; ha llevado, seg&uacute;n denuncian ingenieros forestales, a que en no pocos municipios ni siquiera est&eacute; permitido retirar del suelo una rama seca. El resultado es el mismo de siempre: toneladas de biomasa que nadie recoge, esperando la chispa del verano.
    </p><p class="article-text">
        Conviene matizar, eso s&iacute;, que ninguna de las dos normas naci&oacute; de la nada: la restricci&oacute;n a la le&ntilde;a responde a un historial real de sobreexplotaci&oacute;n del monte en la posguerra, y las ayudas a la reforestaci&oacute;n persiguen fines leg&iacute;timos &mdash;fijaci&oacute;n de carbono, freno a la erosi&oacute;n&mdash; que nada tienen que ver con desplazar al pastor.
    </p><p class="article-text">
        Como con las quemas y el conflicto de los pastos de Mieres, la administraci&oacute;n responde con una norma uniforme, pensada desde el despacho, que no distingue entre una gran explotaci&oacute;n tecnificada y un pastor familiar de monta&ntilde;a. No es malicia, es la imposici&oacute;n de una racionalidad centralizada que, al no entender el contexto, convierte una pr&aacute;ctica ancestral en un problema administrativo, contribuyendo as&iacute; al abandono silencioso del monte.
    </p><p class="article-text">
        Ese mismo patr&oacute;n, llevado al extremo, aparece en las propias zonas quemadas. La normativa forestal proh&iacute;be el pastoreo en un terreno incendiado durante a&ntilde;os &mdash;cinco en algunas comunidades&mdash;, con el argumento de proteger la regeneraci&oacute;n del suelo. Hay una raz&oacute;n real detr&aacute;s de esa cautela: un suelo reci&eacute;n quemado es fr&aacute;gil, y el pisoteo del ganado puede frenar su regeneraci&oacute;n. Pero un pasto que nadie consume no se queda en reposo: al segundo a&ntilde;o es hierba seca y fina, puro p&aacute;bulo; al tercero, matorral descontrolado; al quinto, una acumulaci&oacute;n de biomasa envejecida que ni el propio ganado querr&iacute;a ya comer. La ley pensada para proteger el monte termina fabricando el combustible del siguiente incendio. La Xunta de Galicia lo reconoci&oacute;, con meses de retraso y solo tras la presi&oacute;n del sector, cuando en mayo de 2026 flexibiliz&oacute; de oficio esa prohibici&oacute;n en las zonas calcinadas por los incendios de agosto de 2025: la misma administraci&oacute;n admitiendo que su propia norma causaba m&aacute;s da&ntilde;o que beneficio.
    </p><p class="article-text">
        Conviene no caer en el manique&iacute;smo f&aacute;cil. La propia Guardia Civil lo matiza: en Castilla y Le&oacute;n, donde en 2022 los incendios forestales superaron por primera vez al maltrato animal como principal delito perseguido por el Seprona, los mandos reconocen que la mayor&iacute;a de los investigados no responden al perfil del pir&oacute;mano, sino que actuaron por negligencia o imprudencia al usar el fuego en tareas tan habituales como la quema de rastrojos o de pastos. No es persecuci&oacute;n del saber pastoril en s&iacute;. Es, m&aacute;s bien, la prueba de que ese saber ya no tiene un cauce legal claro por el que discurrir.
    </p><p class="article-text">
        Hay, sin embargo, un contraejemplo esperanzador, y viene de donde menos se espera: de la propia administraci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        En Asturias, donde la intencionalidad de pastores y ganaderos para regenerar pastos lleg&oacute; a originar hasta el 70% de las igniciones de la regi&oacute;n, la estrategia auton&oacute;mica de prevenci&oacute;n de incendios no opt&oacute; por la prohibici&oacute;n generalizada. Opt&oacute; por sentarse a negociar criterios t&eacute;cnicos con los propios ganaderos para realizar quemas prescritas y controladas, adaptadas a cada zona. Es la administraci&oacute;n reconociendo, de facto, que el fuego pastoril no es el enemigo, sino una herramienta que necesita cauce no censura.
    </p><p class="article-text">
        Y hay una imagen todav&iacute;a m&aacute;s elocuente, casi literaria: en el valle de Ar&aacute;n ya se practica lo que los t&eacute;cnicos llaman el <em>pastoreo</em> de incendios. Bajo determinadas condiciones meteorol&oacute;gicas, algunos fuegos no se apagan de inmediato, sino que se dejan <em>pastar</em>, como si fueran ganado, consumiendo el exceso de combustible acumulado en el monte. La met&aacute;fora ganadera, la misma que durante siglos organiz&oacute; la relaci&oacute;n entre las personas y el fuego en el campo espa&ntilde;ol, reaparece hoy en el vocabulario t&eacute;cnico de quienes combaten los grandes incendios. Como si el conocimiento expulsado por la puerta volviera a entrar, disfrazado de innovaci&oacute;n, por la ventana.
    </p><p class="article-text">
        Hay, adem&aacute;s, un paso m&aacute;s all&aacute; de la negociaci&oacute;n con pastores: administraciones que directamente vuelven a poner en pie sus propios reba&ntilde;os. En Vilam&ograve;s, en el Valle de Ar&aacute;n, el Ayuntamiento cre&oacute; un reba&ntilde;o de titularidad p&uacute;blica de m&aacute;s de 250 ovejas y cabras. El proyecto, llamado Ovihuec.sost, tiene un objetivo expl&iacute;cito: prestar servicios ecosist&eacute;micos limpiando el sotobosque para prevenir incendios y mantener despejadas las zonas bajo las l&iacute;neas el&eacute;ctricas.
    </p><p class="article-text">
        No es un proyecto rom&aacute;ntico. Utilizan collares inteligentes y cercado virtual para dirigir al reba&ntilde;o con precisi&oacute;n. Est&aacute; coordinado cient&iacute;ficamente por el IRTA y, este mismo a&ntilde;o, se ha sumado Endesa, que ve en el pastoreo una herramienta de alto valor para su propia estrategia de prevenci&oacute;n. Es la administraci&oacute;n y la empresa privada reconociendo que la ganader&iacute;a extensiva cumple una funci&oacute;n de gesti&oacute;n del paisaje que hay que poner en valor, en palabras del alcalde de Vilam&ograve;s, Oriol Sala. No es un caso aislado. En Xixona (Alicante), el Ayuntamiento lleva desde 2013 contratando reba&ntilde;os &mdash;no necesariamente de titularidad municipal, pero s&iacute; bajo gesti&oacute;n p&uacute;blica&mdash; para mantener limpios los cortafuegos de sus montes p&uacute;blicos, con un coste anual de apenas 3.300 euros para 15 hect&aacute;reas.
    </p><p class="article-text">
        Lo que hace especialmente poderoso el caso de Vilam&ograve;s es que demuestra que la idea del reba&ntilde;o p&uacute;blico es viable, eficaz y escalable. Si el reba&ntilde;o es p&uacute;blico y su funci&oacute;n principal es un servicio ecosist&eacute;mico &mdash;gestionar el paisaje para prevenir incendios&mdash;, su carne podr&iacute;a y deber&iacute;a tener un destino social. No ser&iacute;a una utop&iacute;a, sino la culminaci&oacute;n de una cadena de valor que convierte el problema del abandono rural en una soluci&oacute;n para otro problema estructural: el de la alimentaci&oacute;n. Destinar esa carne a comedores sociales, a escuelas o a bancos de alimentos ser&iacute;a un acto de coherencia que devolver&iacute;a valor a un paisaje que durante generaciones fue un artefacto productivo. Es el siguiente paso de una misma idea: que el monte no es naturaleza pura, sino un espacio que requiere gesti&oacute;n; y que esa gesti&oacute;n, si es p&uacute;blica, debe tener tambi&eacute;n un retorno p&uacute;blico.
    </p><p class="article-text">
        El obst&aacute;culo previsible es sanitario y administrativo: la carne de un reba&ntilde;o gestionado como servicio ecosist&eacute;mico tendr&iacute;a que pasar igualmente por matadero autorizado y control veterinario para el consumo humano, con un coste que alguien &mdash;ayuntamiento, diputaci&oacute;n, la propia Consejer&iacute;a&mdash; tendr&iacute;a que asumir como parte del servicio, no como negocio ganadero al uso. No es un obst&aacute;culo insalvable, es una decisi&oacute;n de financiaci&oacute;n p&uacute;blica m&aacute;s, del mismo tipo que ya se toma para pagar el pastor de Xixona o el reba&ntilde;o de Vilam&ograve;s.
    </p><p class="article-text">
        El incendio no es el origen del problema. Es la factura que llega al final de una cadena de renuncias tomadas en otro sitio, por otros, durante d&eacute;cadas: una pol&iacute;tica agraria que premi&oacute; la intensificaci&oacute;n frente al pastoreo de monta&ntilde;a, un &eacute;xodo rural que vaci&oacute; los pueblos antes de vaciar el monte, y una administraci&oacute;n que aprendi&oacute; a temer el fuego pastoril antes que a gestionarlo.
    </p><p class="article-text">
        No se trata de romantizar al pastor como h&eacute;roe ecol&oacute;gico ni de convertir la trashumancia en objeto de museo o ruta de turismo verde. Se trata, sin nostalgia, de preguntarnos qu&eacute; modelo de relaci&oacute;n con el territorio queremos sostener a partir de ahora &mdash;y si, cuando por fin lo decidamos, quedar&aacute; alguien dispuesto y capaz de caminar detr&aacute;s del reba&ntilde;o.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/pastorear-fuego_129_13407391.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2026 07:07:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Pastorear el fuego]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Algunas renuncias paradójicas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/renuncias-paradojicas_129_13392576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hubo un tiempo en que la izquierda no solo redistribu&iacute;a recursos, sino tambi&eacute;n sentido, una manera de interpretar el mundo. Su potencia no resid&iacute;a &uacute;nicamente en los programas, sino en los rituales que tej&iacute;an comunidad: el himno entonado en una plaza al alba, la bandera que era un lienzo de luchas compartidas, el saludo que reconoc&iacute;a al otro no como cliente o competidor, sino como un compa&ntilde;ero en un proyecto colectivo. Eran liturgias laicas de lo com&uacute;n que convert&iacute;an una demanda econ&oacute;mica en una &eacute;pica existencial. Hoy, la casa com&uacute;n est&aacute; fr&iacute;a y a oscuras. Lo que se ofrece desde las instituciones progresistas son, con demasiada frecuencia, marcos normativos, indicadores de impacto y planes de transici&oacute;n justa. Un lenguaje de gesti&oacute;n que, por riguroso que sea, no enciende corazones ni moviliza biograf&iacute;as. Ante ese vac&iacute;o, la gente huye en silencio hacia otros mitos, hacia relatos acaso m&aacute;s crueles, pero que prometen lo que la izquierda ha dejado de ofrecer: un lugar en una historia.
    </p><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica moderna naci&oacute; de la promesa de representar la voluntad general, de traducir el deseo y el dolor de la gente en instituciones. Pero &iquest;qu&eacute; ocurre cuando esa traducci&oacute;n falla? Cuando el puente entre la vida vivida y la ley promulgada se resquebraja, surge una duda radical: &iquest;para qu&eacute; sirve un Estado que no reconoce a sus propios ciudadanos en su diversidad m&aacute;s &iacute;ntima &mdash;la del oficio, la del barrio, la del sue&ntilde;o modesto&mdash;? No se trata de un llamamiento al libertarismo (pero, &iquest;por qu&eacute; no?), sino a una pregunta m&aacute;s antigua y urgente: &iquest;puede la maquinaria estatal, con su l&oacute;gica homogeneizadora, dar cabida a la heterogeneidad radical de las experiencias econ&oacute;micas? Quiz&aacute;s el problema no sea el Estado en s&iacute;, sino el tipo de Estado que hemos construido: uno que gestiona poblaciones, pero no habita biograf&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        El aut&oacute;nomo que madruga para abrir su comercio, la due&ntilde;a de la pyme que negocia una l&iacute;nea de cr&eacute;dito, el joven que monta un estudio de dise&ntilde;o desde su habitaci&oacute;n, no buscan solo subvenciones o simplificaci&oacute;n burocr&aacute;tica. Buscan, ante todo, reconocimiento. Quieren que su esfuerzo &mdash;esa mezcla de inversi&oacute;n temporal y econ&oacute;mica, sudor, riesgo y terquedad&mdash; sea dignificado por un relato social m&aacute;s amplio. Sin embargo, la sensaci&oacute;n mayoritaria es la de una invisibilidad pol&iacute;tica. Seg&uacute;n el informe <em>Empresarios y sociedad, de t&uacute; a t&uacute; </em>de Grant Thornton (2025), el 76% de los ciudadanos cree que los peque&ntilde;os y medianos negocios reciben poco apoyo institucional, frente al 55% que considera que las grandes corporaciones est&aacute;n m&aacute;s favorecidas. Este dato no habla solo de percepciones econ&oacute;micas, sino de un vac&iacute;o simb&oacute;lico. Cuando la pol&iacute;tica no nombra tu lucha, no ritualiza tu sacrificio ni te otorga un papel en su narraci&oacute;n del futuro, buscas otros espejos donde mirarte. Y esos espejos est&aacute;n hoy pulidos por el capitalismo financiero y digital: la &eacute;pica del emprendedor que pasa del garaje al unicornio, la mitolog&iacute;a del disruptor que cambia el mundo con una aplicaci&oacute;n. Son relatos individualistas, s&iacute;, pero tienen una potencia narrativa que la izquierda ha despreciado o abandonado.
    </p><p class="article-text">
        Parte de esta renuncia puede rastrearse en la transformaci&oacute;n interna de los partidos progresistas desde finales del siglo XX. Los datos oficiales de afiliaci&oacute;n confirman el vaciamiento de las estructuras de base: el PSOE pas&oacute; de unos 600.000 militantes en 2004 a 190.000 en 2018 &mdash;una ca&iacute;da del 68%, seg&uacute;n registros del propio partido y del Tribunal de Cuentas&mdash; mientras el PCE, que lleg&oacute; a tener 233.000 afiliados en 1977, cuenta hoy con apenas 10.000, una ca&iacute;da superior al 95%. Este giro tecnocr&aacute;tico prioriz&oacute; la gesti&oacute;n presuntamente experta sobre la movilizaci&oacute;n emocional, y la comunicaci&oacute;n se orient&oacute; hacia <em>frames </em>normativos y metas de pol&iacute;tica p&uacute;blica, en lugar de narrativas identitarias colectivas. Paralelamente, la izquierda abraz&oacute; con entusiasmo la narrativa de la globalizaci&oacute;n como horizonte inevitable, compr&oacute; el discurso, descuidando los marcos simb&oacute;licos locales que daban sentido a las econom&iacute;as de proximidad. Como se&ntilde;ala el polit&oacute;logo Ignacio S&aacute;nchez-Cuenca en <em>La izquierda: fin de un ciclo</em> (2019), la socialdemocracia ha retrocedido entre 12 y 14 puntos en 25 a&ntilde;os en los pa&iacute;ses desarrollados, un declive que relaciona con una crisis de representaci&oacute;n m&aacute;s amplia que la izquierda no ha sabido nombrar ni ritualizar en los espacios tradicionales de encuentro (c&iacute;rculos, sindicatos, asociaciones de barrio, casas del pueblo), dejando a amplios sectores de la econom&iacute;a real sin un relato pol&iacute;tico que reconociera su existencia m&aacute;s all&aacute; de como variables de ajuste o beneficiarios de ayudas. Una din&aacute;mica que recuerda al concepto de <em>multiplicaci&oacute;n del trabajo</em> que Sandro Mezzadra desarrolla junto a Brett Neilson en <em>La frontera como m&eacute;todo</em> (2013): las fronteras del capital &mdash;desde los pol&iacute;gonos industriales hasta los negocios migrantes&mdash; se multiplican y reconfiguran sin que exista ya un ritual de reconocimiento colectivo que las acompa&ntilde;e. Esta renuncia no fue solo narrativa. En no pocos casos, la propia izquierda gestion&oacute; con criterios que sus bases vivieron como una traici&oacute;n material, no &uacute;nicamente simb&oacute;lica: recortes, reformas laborales que precarizaron el empleo que dec&iacute;an proteger, pol&iacute;ticas de austeridad asumidas como inevitables en nombre del realismo. El vaciamiento del relato y el vaciamiento de la lealtad de clase no son dos procesos paralelos: son el mismo proceso visto desde dos &aacute;ngulos.
    </p><p class="article-text">
        La econom&iacute;a nunca es solo un intercambio de bienes; es tambi&eacute;n un sistema de significados que responde a preguntas profundas: &iquest;para qu&eacute; trabajamos? &iquest;Qu&eacute; huella dejamos? &iquest;Qu&eacute; comunidad construimos con nuestro oficio? El capitalismo, con todas sus contradicciones, ha sabido responder con un relato simple y eficaz: trabajas para triunfar, para escalar, para ser due&ntilde;o de tu destino. La socialdemocracia contempor&aacute;nea, en cambio, a menudo responde con un mensaje defensivo y administrativo: trabajamos para mantener el Estado de bienestar, para cumplir con la normativa, para ser sostenibles. Son respuestas leg&iacute;timas, incluso necesarias, pero carecen de la chispa movilizadora que convierte una pol&iacute;tica en un proyecto de vida. El Informe GEM Espa&ntilde;a confirma la tendencia de fondo: el emprendimiento por oportunidad &mdash;frente al emprendimiento por pura necesidad&mdash; se ha mantenido establemente en torno al 70% de la actividad emprendedora total desde 2010 (68,5% frente a 28,3% en la edici&oacute;n 2017-2018). La edici&oacute;n m&aacute;s reciente (2024-2025) matiza el retrato: aumenta la ambici&oacute;n emprendedora, con motivaciones como <em>marcar una diferencia en el mundo</em> o <em>crear riqueza</em> ganando peso, mientras el miedo al fracaso &mdash;aunque en descenso&mdash; sigue siendo el mayor freno declarado por la poblaci&oacute;n espa&ntilde;ola. No se trata de ego&iacute;smo, sino de una jerarqu&iacute;a de significados. La izquierda no ha sabido conectar su vocaci&oacute;n igualitaria con ese deseo profundo de autonom&iacute;a; ha dejado que sea el neoliberalismo quien lo capitalice, ofreciendo una versi&oacute;n mercantilizada y solitaria de la libertad. Una renuncia que recuerda a la cr&iacute;tica de Nancy Fraser en <em>Capitalismo can&iacute;bal </em>(2022): el capitalismo financiarizado <em>canibaliza </em>las condiciones de posibilidad de su propia reproducci&oacute;n &mdash;cuidados, naturaleza, bienes p&uacute;blicos, trabajo concreto&mdash; sin que se le exijan cuentas por ello.
    </p><p class="article-text">
        Este divorcio se agrava porque la pol&iacute;tica ha dejado de habitar los rituales cotidianos de la econom&iacute;a real. Para quien regenta un peque&ntilde;o negocio, la pol&iacute;tica se vive como algo externo, que llega en forma de ley publicada en el BOE o de una inspecci&oacute;n inesperada. No como una conversaci&oacute;n entre iguales que parte de su realidad material. El CIS lo confirma desde otro &aacute;ngulo: en su IV Encuesta sobre la calidad de la democracia en Espa&ntilde;a (2026), el 75,3% de los ciudadanos est&aacute; muy o bastante de acuerdo en que los pol&iacute;ticos no se preocupan de lo que piensa la gente. La pol&iacute;tica ha abandonado los espacios donde se forja el sentido: el mostrador donde se charla con el cliente, la preocupaci&oacute;n por llegar a fin de mes, el orgullo por un producto bien hecho, el miedo a una quiebra que ser&iacute;a tambi&eacute;n un fracaso identitario. Al no nombrar estos rituales, al no incorporarlos a su narrativa, la izquierda ha cedido ese territorio. Y en ese vac&iacute;o crece no solo la desafecci&oacute;n, sino tambi&eacute;n la adhesi&oacute;n a relatos reaccionarios que, al menos, nombran el malestar &mdash;aunque sea para dirigirlo contra chivos expiatorios&mdash; y ofrecen una identidad clara, aunque sea basada en la exclusi&oacute;n. Este proceso de desafecci&oacute;n y captaci&oacute;n por relatos excluyentes no es espont&aacute;neo; encuentra un terreno abonado por una ofensiva discursiva y material de d&eacute;cadas contra el propio concepto de lo colectivo. No es un fen&oacute;meno exclusivamente espa&ntilde;ol. El <em>Latinobar&oacute;metro 2024</em> registra un apoyo a la democracia del 52% en la regi&oacute;n &mdash;un repunte de cuatro puntos, el mayor desde 2010, tras m&aacute;s de una d&eacute;cada de deterioro&mdash; pero tambi&eacute;n revela que la creencia de que <em>la democracia puede funcionar sin partidos</em> ha crecido del 31% en 2013 al 42% en 2024. La crisis es de representaci&oacute;n, y trasciende la dicotom&iacute;a izquierda/derecha: cuando la pol&iacute;tica no ritualiza la vida econ&oacute;mica, el vac&iacute;o lo ocupa el malestar. 
    </p><p class="article-text">
        Un discurso que caricaturiza a sindicatos, asociaciones de vecinos y cooperativas como estructuras anquilosadas o privilegiadas, promoviendo la sospecha sobre lo com&uacute;n. Sin embargo, los datos revelan una paradoja: mientras se estigmatizan las <em>paguitas</em> a la ciudadan&iacute;a, son las grandes empresas y fortunas las que reciben el grueso de las ayudas p&uacute;blicas y los beneficios fiscales. Seg&uacute;n el an&aacute;lisis de Funcas sobre la ejecuci&oacute;n de los fondos europeos Next Generation EU, de cada 100 euros de ayudas concedidas a empresas espa&ntilde;olas, las grandes acaparan el 59,3% frente al 40,7% que reciben las pymes &mdash;un desequilibrio que se agrava hasta el 64% en las ayudas gestionadas directamente por el Estado. Adem&aacute;s, Oxfam Interm&oacute;n calcula que el fraude fiscal cuesta a Espa&ntilde;a cerca de 60.000 millones de euros anuales, de los que el 72% corresponde a grandes empresas y fortunas &mdash;unos 43.200 millones de euros&mdash;, una cifra que multiplica por m&aacute;s de siete el presupuesto ejecutado en 2025 para el Ingreso M&iacute;nimo Vital, unos 5.773 millones de euros hasta noviembre de ese a&ntilde;o (<em>El Economista</em>, 31/01/2026, con datos del Ministerio de Seguridad Social). Su informe m&aacute;s reciente (2026) a&ntilde;ade que el Impuesto sobre el Patrimonio pierde 8 de cada 10 euros de su recaudaci&oacute;n potencial por exenciones que benefician sobre todo a las grandes participaciones empresariales, m&aacute;s de 6.700 millones de euros anuales solo por la llamada <em>exenci&oacute;n de empresa familiar</em>. Este doble rasero &mdash;criminalizar la protecci&oacute;n social mientras se subsidia y perdona fiscalmente a los grandes capitales&mdash; no solo debilita materialmente lo colectivo, sino que intoxica el imaginario social: hace pasar por sentido com&uacute;n la idea de que toda solidaridad organizada es sospechosa, y que el &uacute;nico m&eacute;rito reconocible es el &eacute;xito individual en un mercado supuestamente libre. Una l&oacute;gica que explica por qu&eacute;, incluso en contextos de gobiernos progresistas como los de Lula en Brasil o Sheinbaum en M&eacute;xico, la priorizaci&oacute;n de la estabilizaci&oacute;n macroecon&oacute;mica sigue dejando en un segundo plano &mdash;y sin narrativa&mdash; las &eacute;picas locales y el esfuerzo de la econom&iacute;a real. Esta l&oacute;gica tiene un correlato macroecon&oacute;mico: la prioridad absoluta es la estabilizaci&oacute;n fiscal (FMI, Actualizaci&oacute;n de Perspectivas de la Econom&iacute;a Mundial, enero de 2026: crecimiento previsto de Brasil, 1,6%; de M&eacute;xico, 1,5%), lo que condena a un crecimiento moderado y posterga nuevamente cualquier &eacute;pica local. Y, de nuevo, como se&ntilde;ala Nancy Fraser en <em>Capitalismo can&iacute;bal</em> (2022), esta es la renuncia definitiva: subsumir lo productivo y lo concreto en un financiarismo puramente simb&oacute;lico y gestionario.
    </p><p class="article-text">
        Existen, sin embargo, destellos de c&oacute;mo podr&iacute;a ser una repolitizaci&oacute;n po&eacute;tica de lo econ&oacute;mico. No desde la nostalgia, sino desde la reinvenci&oacute;n. En Cleveland, Estados Unidos, el movimiento de <em>Community Wealth Building</em> ha convertido a peque&ntilde;as empresas y cooperativas locales en protagonistas de una nueva narrativa de desarrollo urbano, no como beneficiarias pasivas, sino como arquitectas de un futuro postindustrial. En varias ciudades europeas, las cooperativas de plataforma est&aacute;n escribiendo un relato alternativo al de los gigantes digitales, uno donde el trabajador no es un <em>socio</em> precarizado, sino un due&ntilde;o colectivo de la tecnolog&iacute;a que usa. Estos experimentos tienen algo en com&uacute;n: no solo optimizan recursos, sino que generan rituales de participaci&oacute;n, s&iacute;mbolos compartidos y una &eacute;pica cotidiana. La literatura acad&eacute;mica sobre econom&iacute;a cooperativa &mdash;desde los trabajos de Blasi, Kruse y Bernstein (2003) hasta el marco de las <em>econom&iacute;as diversas</em> que J.K. Gibson-Graham desarrolla en <em>The Handbook of Diverse Economies </em>(2020)&mdash; documenta de forma consistente mayor cohesi&oacute;n, menor conflictividad laboral y mayor compromiso a largo plazo en los proyectos con narrativa clara y ritos de involucramiento comunal &mdash;como las cooperativas de Cleveland ya nombradas&mdash; frente a las iniciativas puramente instrumentales. La lecci&oacute;n es tan simple como profunda: la gente no se moviliza solo por inter&eacute;s, sino por significado.
    </p><p class="article-text">
        Para encontrar pistas m&aacute;s all&aacute; de nuestro marco mental, podemos mirar a culturas donde lo econ&oacute;mico nunca se escindi&oacute; de lo ritual y lo relacional. Entre los Aymara de los Andes, el concepto de <em>ch'alla </em>&mdash;una ofrenda ritual a la tierra y a los medios de producci&oacute;n&mdash; entrelaza trabajo, gratitud y comunidad, recordando que la actividad material es un di&aacute;logo con el mundo, no una mera extracci&oacute;n. En las pr&aacute;cticas tradicionales de <em>tequio</em> en comunidades zapotecas de Oaxaca, el trabajo colectivo para el bien com&uacute;n no se negocia mediante contrato ni se dirige por decreto estatal; se organiza a trav&eacute;s de asambleas donde la palabra y el compromiso construyen una autoridad leg&iacute;tima desde abajo. Conviene decirlo con cuidado, para no exotizar lo comunitario ni convertirlo en decoraci&oacute;n ret&oacute;rica de un diagn&oacute;stico occidental: nuestra propia tradici&oacute;n tuvo formas equivalentes &mdash;el mutualismo obrero, las cofrad&iacute;as gremiales, las sociedades de socorro mutuo&mdash; antes de que el Estado las sustituyera por la gesti&oacute;n burocr&aacute;tica. Estos ejemplos, los de aqu&iacute; y los de all&aacute;, no son modelos para importar, sino espejos que reflejan nuestra propia carencia: hemos separado la econom&iacute;a de la reciprocidad, la pol&iacute;tica del ritual, el Estado de la conversaci&oacute;n cara a cara. No se trata de romantizar lo comunitario, sino de preguntarnos qu&eacute; estructuras de reconocimiento y pertenencia hemos demolido en nombre de la eficiencia, y si un Estado verdaderamente democr&aacute;tico no deber&iacute;a ser, precisamente, el guardi&aacute;n de esos espacios de sentido, no su administrador sustituto.
    </p><p class="article-text">
        La cuesti&oacute;n, por tanto, no es solo representar mejor, sino reimaginar la representaci&oacute;n misma. &iquest;Y si el Estado no fuera el gran narrador &uacute;nico, sino el facilitador de mil narrativas locales que se cruzan y disputan? Un Estado que, en lugar de ofrecer un relato cerrado, garantice los recursos, el tiempo y el espacio jur&iacute;dico para que comunidades, gremios y redes tejan sus propias &eacute;picas econ&oacute;micas &mdash;desde el cooperativismo energ&eacute;tico en un pueblo hasta el consorcio de microempresas en un pol&iacute;gono&mdash;. Esto exige una humildad institucional radical: pasar de la l&oacute;gica del <em>para</em> el pueblo a la del <em>con</em> el pueblo, e incluso al <em>desde</em> el pueblo. No es la renuncia a la soberan&iacute;a estatal, sino su profundizaci&oacute;n: una soberan&iacute;a distribuida, arraigada, hecha de muchos pactos concretos en lugar de un gran contrato social desgastado. El Estado que merece lealtad no es el que todo lo resuelve, sino el que permite que las soluciones &mdash;y los significados&mdash; broten donde la vida ocurre.
    </p><p class="article-text">
        Conviene no confundir este diagn&oacute;stico con una simple cr&iacute;tica de estilo. La izquierda no solo dej&oacute; de saber contar; tambi&eacute;n cambi&oacute; el terreno sobre el que hablaba. La financiarizaci&oacute;n de la econom&iacute;a, la deslocalizaci&oacute;n productiva y la atomizaci&oacute;n del trabajo no son un tel&oacute;n de fondo, sino la causa material de buena parte de ese vac&iacute;o: la pol&iacute;tica ya no ocupa, ni puede ocupar, el lugar central que tuvo en la vida social del siglo XX, porque el tejido comunitario sobre el que se apoyaba &mdash;el barrio, la f&aacute;brica, el sindicato de base&mdash; se ha adelgazado con &eacute;l. Pedir a la izquierda que <em>vuelva a tejer rituales</em> sin reconocer esta transformaci&oacute;n estructural corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de nostalgia. Y para que un Estado facilite narrativas locales en lugar de imponerlas, necesita dos cosas que hoy le faltan: legitimidad &mdash;erosionada hasta el punto de que casi tres de cada cuatro ciudadanos creen que la pol&iacute;tica no les escucha&mdash; y capilaridad, la presencia cotidiana en los barrios, los mercados, las asambleas, que los propios partidos han desmantelado junto con su militancia de base. Recuperar ambas no se decreta: se construye con a&ntilde;os de trabajo de hormiga, escuchando antes de narrar. Pero tampoco conviene aceptar sin m&aacute;s la idea de que el sentido llega despu&eacute;s del pan, como un lujo que espera turno. Las culturas que hemos citado &mdash;la<em> ch'alla</em>, el <em>tequio</em>&mdash; no separan la subsistencia del significado: el acto material de trabajar la tierra o levantar una casa colectiva ya es, en s&iacute; mismo, ritual. Quiz&aacute; la tarea no sea elegir entre resolver lo material y ofrecer sentido, sino dejar de tratarlos como fases sucesivas: que la propia gesti&oacute;n de lo com&uacute;n &mdash;una asamblea que decide sobre una reclamaci&oacute;n vecinal, una cooperativa que reparte beneficios&mdash; sea ya, en su forma, la &eacute;pica que se echa en falta.
    </p><p class="article-text">
        Con esas reservas por delante &mdash;y sin fingir que se resuelven solas&mdash;, recuperar la capacidad de narrar el futuro no significa volver a los dogmas grandilocuentes del siglo XX. Significa, m&aacute;s bien, aprender a hablar el lenguaje de las vidas concretas, de las aspiraciones leg&iacute;timas, de los miedos reales. Significa volver a tejer rituales &mdash;no necesariamente banderas e himnos, quiz&aacute; asambleas en pol&iacute;gonos industriales, ferias de econom&iacute;a vecinal, relatos p&uacute;blicos de peque&ntilde;os &eacute;xitos colectivos&mdash; que conviertan la lucha econ&oacute;mica en una experiencia compartida. El desaf&iacute;o no es t&eacute;cnico, sino antropol&oacute;gico: c&oacute;mo volver a llenar de sentido com&uacute;n &mdash;en el doble significado de la palabra&mdash; un espacio pol&iacute;tico que ha sido colonizado por la tecnocracia o por el mito t&oacute;xico del s&aacute;lvese quien pueda. Ah&iacute; reside la paradoja definitiva: en 2026, la izquierda puede ganar elecciones, pero sigue perdiendo el sentido. La &uacute;nica salida es un Estado desde el pueblo, capaz de repolitizar lo econ&oacute;mico no con decretos, sino con la humildad del ritual compartido. Mientras la izquierda no sea capaz de ofrecer un relato que dignifique el esfuerzo, que convierta la autonom&iacute;a en un valor colectivo y que llene de significado pol&iacute;tico el acto cotidiano de trabajar, crear y sostener, seguir&aacute; encontr&aacute;ndose con un suelo com&uacute;n yermo. Y en un suelo yermo, solo arraigan las malezas del individualismo y el resentimiento. Sembrar en &eacute;l no es un acto de fe, sino de paciencia: exige antes reconstruir la legitimidad y la capilaridad que este mismo texto ha puesto en duda.
    </p><p class="article-text">
        Ante esta paradoja, &iquest;qu&eacute; herramientas pueden ensayarse? La primera es la auditor&iacute;a narrativa: que cada instituci&oacute;n p&uacute;blica, desde un ayuntamiento a un ministerio, eval&uacute;e no solo el impacto econ&oacute;mico de sus pol&iacute;ticas, sino la capacidad de estas para generar relatos compartidos y rituales de reconocimiento. &iquest;D&oacute;nde est&aacute; la <em>ch'alla </em>en el plan de reactivaci&oacute;n? &iquest;D&oacute;nde el <em>tequio</em> en la ley de emprendimiento? La segunda es el presupuesto ritual: destinar una parte simb&oacute;lica pero tangible de los fondos p&uacute;blicos &mdash;un 1% ya ser&iacute;a un manifiesto&mdash; no a subvencionar, sino a facilitar la autoorganizaci&oacute;n narrativa de comunidades econ&oacute;micas: asambleas sectoriales, archivos orales del oficio, festivales de la econom&iacute;a vecinal. La tercera, y m&aacute;s radical, es la instituci&oacute;n h&iacute;brida: crear figuras jur&iacute;dicas &mdash;una especie de cooperativa soberana&mdash; que permitan a comunidades productivas (un pol&iacute;gono, una red de comercios, un distrito digital) gestionar bienes comunes con autonom&iacute;a, pero en di&aacute;logo permanente con lo p&uacute;blico, tejiendo su &eacute;pica a la vez que resuelven problemas concretos. No son soluciones, sino pr&oacute;tesis para una pol&iacute;tica que ha olvidado c&oacute;mo caminar entre la gente. Estas herramientas, sin embargo, presuponen un capital de confianza que el propio diagn&oacute;stico de este texto pone en duda: &iquest;qui&eacute;n las impulsa, si es la propia arquitectura institucional la que ha perdido capilaridad y legitimidad? Tal vez la respuesta no sea otra auditor&iacute;a, sino algo m&aacute;s elemental y m&aacute;s lento: estar, escuchar, no prometer lo que no se puede cumplir, antes de dise&ntilde;ar cualquier presupuesto ritual. Las tres propuestas anteriores solo tienen sentido si nacen de ese ejercicio previo, no al rev&eacute;s.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/renuncias-paradojicas_129_13392576.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Jul 2026 09:06:32 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Algunas renuncias paradójicas]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cómo se dice lo que no se sabe o se puede decir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/dice-no-decir_129_13364742.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay un conocimiento que no entra en los informes. Una verdad que se resiste a la estad&iacute;stica, al dato duro, al argumento lineal. Es el saber del cuerpo que a&uacute;n no ha encontrado su s&iacute;ntoma; de la comunidad que siente la grieta antes de que aparezca en el censo; de la rabia que hierve en el silencio colectivo antes de convertirse en consigna. Ante este vac&iacute;o categorial &mdash;este saber opaco que estructura nuestras vidas sin pasar por la lengua instrumental&mdash; se alza, desde los m&aacute;rgenes de lo utilitario, el &uacute;nico lenguaje que se atreve a habitar all&iacute;: la poes&iacute;a. <em>Los l&iacute;mites de mi lenguaje son los l&iacute;mites de mi mundo</em>, sentenci&oacute; Wittgenstein en el<em> Tractatus.</em>
    </p><p class="article-text">
        La antropolog&iacute;a ha mostrado c&oacute;mo los pueblos usan formas po&eacute;ticas no para describir lo ya conocido, sino para navegar lo desconocido. Donde fracasan la prosa explicativa y la raz&oacute;n instrumental, la poes&iacute;a opera como una tecnolog&iacute;a de exploraci&oacute;n liminal. No es un adorno, sino una herramienta cognitiva y social para procesar lo que a&uacute;n no tiene nombre.
    </p><p class="article-text">
        Las posibilidades de la antropolog&iacute;a po&eacute;tica son extraordinarias para registrar sentimientos abstractos. Esta disciplina no solo describe las emociones, sino que las habita desde dentro, cartografiando aquello que escapa a la categorizaci&oacute;n racional. A trav&eacute;s del ritmo, la imagen y la met&aacute;fora, logra una precisi&oacute;n experiencial que el lenguaje instrumental nunca alcanzar&iacute;a, capturando la textura afectiva de lo colectivo y lo &iacute;ntimo sin reducirlo a discurso. En vez de explicar, encarna; en vez de definir, reverbera. As&iacute;, convierte lo indecible en compartible, y lo abstracto, en tangible.
    </p><p class="article-text">
        En sociedades sin cl&iacute;nicas de duelo masificadas, las formas po&eacute;ticas cumpl&iacute;an &mdash;y en muchos lugares cumplen&mdash; la funci&oacute;n del div&aacute;n comunitario. Los lamentos rituales, los cantos de trabajo, los blues estructurados en repeticiones y quejas medidas, no <em>solucionan</em> el dolor, pero le dan una forma compartida y soportable. Convierten el malestar difuso en ritmo, el vac&iacute;o en estructura simb&oacute;lica. La antrop&oacute;loga Lila Abu-Lughod, en su trabajo con los Awlad 'Ali,  beduinos de Egipto, document&oacute; los <em>ghinn&#257;was</em>, breves poemas cantados, predominantemente por mujeres, para expresar emociones intensas como el dolor y el anhelo, dentro de los estrictos c&oacute;digos del honor. Estos cantos no resuelven el conflicto, sino que lo ritualizan, ofreciendo un canal socialmente aceptado para lo inenarrable. Paralelamente, los <em>sea shanties</em> (canciones de marineros) de la marina mercante del siglo XIX eran una tecnolog&iacute;a corporal: su ritmo sincronizaba el esfuerzo f&iacute;sico colectivo en tareas peligrosas, mientras su letra canalizaba la queja y la nostalgia, transformando el agotamiento individual en una acci&oacute;n grupal coordinada y moralmente soportable. Aqu&iacute;, la poes&iacute;a no era un reflejo, sino un componente activo de la econom&iacute;a material y afectiva del trabajo. La poeta Wis&#322;awa Szymborska, en la Polonia poscomunista, evit&oacute; el panfleto y escribi&oacute; sobre una cebolla, un gato, una fotograf&iacute;a vac&iacute;a. En versos como <em>Nada dos veces / nada ocurre / nada se repite</em>, late el eco de una historia colectiva que no pod&iacute;a nombrarse directamente. La poes&iacute;a, por tanto, codifica lo pol&iacute;tico en lo sensorial, permitiendo que un pueblo reconozca su herida sin necesidad de enunciarla como discurso.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo preserva, sobre todo, lo intraducible. Toda cultura genera palabras que condensan una experiencia singular y se resisten a la traducci&oacute;n literal. El portugu&eacute;s <em>saudade</em>, el alem&aacute;n <em>Weltschmerz</em>, el espa&ntilde;ol <em>duende</em> en su sentido lorquiano. La poes&iacute;a es el h&aacute;bitat natural de estos conceptos. No los explica; los encarna. Cuando Lorca afirmaba que <em>el duende no llega si no ve posibilidad de muerte</em>, no ofrec&iacute;a una definici&oacute;n, sino que creaba la experiencia en el cuerpo del oyente. En un mundo obsesionado con la claridad operativa, la poes&iacute;a custodia el derecho a la ambig&uuml;edad f&eacute;rtil, a la precisi&oacute;n de lo
    </p><p class="article-text">
         impreciso. Mar&iacute;a Zambrano lo articula con meridiana claridad: <em>la poes&iacute;a dice lo que no se puede decir de otro modo, porque es el modo de decir lo que no se puede decir. </em>As&iacute; custodia ese filo entre nombrar y no nombrar, donde conceptos como saudade o duende no se definen sino que se encarnan en ritmo y sugerencia, convirtiendo lo intraducible en experiencia compartida y habitable. El antrop&oacute;logo Renato Rosaldo conceptualiz&oacute; la <em>ira del doliente</em> tras la tr&aacute;gica muerte de su esposa, Michelle Z. Rosaldo, en trabajo de campo. Al experimentar una rabia feroz e irracional, reinterpret&oacute; la pr&aacute;ctica de la cacer&iacute;a de cabezas entre los Ilongot de Filipinas, entendi&eacute;ndola como un acto impulsado por la <em>liget</em>: una energ&iacute;a compleja de pasi&oacute;n, dolor e ira vinculada al duelo. La <em>liget</em> es uno de esos conceptos que el relato ritual y m&iacute;tico encarna con m&aacute;s verdad que cualquier definici&oacute;n lexicogr&aacute;fica.
    </p><p class="article-text">
        En Jap&oacute;n, el ritual anual del <em>Obon</em> no pretende <em>cerrar</em> el duelo,
    </p><p class="article-text">
         sino facilitar un encuentro temporal y ritualizado con los ancestros.
    </p><p class="article-text">
         Las familias limpian las tumbas, encienden faroles para guiar a los
    </p><p class="article-text">
         esp&iacute;ritus y realizan danzas (<em>Bon Odori</em>). La poes&iacute;a de los <em>haikus</em>
    </p><p class="article-text">
         comparte esta l&oacute;gica de <em>habitar</em> m&aacute;s que de <em>resolver</em>: no persigue la
    </p><p class="article-text">
         resoluci&oacute;n, sino la condensaci&oacute;n ceremonial de lo ef&iacute;mero y lo ausente. La antropolog&iacute;a muestra as&iacute; que muchas culturas no buscan <em>pasar p&aacute;gina</em>, sino establecer una relaci&oacute;n continua y cambiante con la p&eacute;rdida, un mecanismo radicalmente opuesto a la mercantilizaci&oacute;n del sentimiento.
    </p><p class="article-text">
        Esta custodia de lo ambiguo se vuelve crucial frente a dicha mercantilizaci&oacute;n. El capitalismo emocional, analizado por soci&oacute;logas
    </p><p class="article-text">
         como Eva Illouz, convierte el dolor y el anhelo en productos
    </p><p class="article-text">
         estandarizados: cursos para <em>superar</em> duelos, <em>apps</em> para <em>gestionar</em> la
    </p><p class="article-text">
         ansiedad, ret&oacute;ricas que transforman el sufrimiento en un problema de
    </p><p class="article-text">
         productividad personal. La poes&iacute;a se resiste. Un poema de amor no es un manual de seducci&oacute;n; un poema de duelo no da pasos para <em>pasar p&aacute;gina</em>. En cambio, ritualiza la incompletud. Un poema de duelo tampoco busca soluciones: hace habitable la p&eacute;rdida antes que resolverla. Es un mecanismo an&aacute;logo a los cantos f&uacute;nebres en sociedades tradicionales: no eliminan la muerte, pero le otorgan un lugar en el orden simb&oacute;lico, impidiendo que el dolor se privatice y patologice.
    </p><p class="article-text">
        En una era de esl&oacute;ganes pol&iacute;ticos y algoritmos que refuerzan c&aacute;maras de eco, la poes&iacute;a se erige adem&aacute;s como un acto de insumisi&oacute;n sem&aacute;ntica. Su poder no est&aacute; en la claridad un&iacute;voca, sino en la polivalencia, en su capacidad de resonar de manera distinta en cada lector, de abrir significados en lugar de cerrarlos. Cuando Paul Celan, superviviente del Holocausto, escribi&oacute; <em>la muerte es un maestro de Alemania</em>, condens&oacute; en una imagen lo que mil p&aacute;ginas de historiograf&iacute;a no podr&iacute;an transmitir completamente: la perversi&oacute;n metaf&iacute;sica de la maquinaria nazi. Lo hizo no con la l&oacute;gica del informe, sino con la l&oacute;gica del rel&aacute;mpago que ilumina y deja una ceguera posterior. La poes&iacute;a desestabiliza as&iacute; el sentido com&uacute;n, record&aacute;ndonos que la realidad es m&aacute;s opaca, m&aacute;s rica y m&aacute;s terrible de lo que nuestras categor&iacute;as admiten.
    </p><p class="article-text">
        Esta capacidad la convierte en un archivo etnogr&aacute;fico alternativo. Los mapas oficiales marcan fronteras y recursos; los poemas cartograf&iacute;an el olor de una calle despu&eacute;s de la lluvia, el peso de una mirada, el sabor del pan de la infancia. Es la memoria sensorial de un pueblo. La poes&iacute;a de Miguel Hern&aacute;ndez est&aacute; impregnada de tierra, animales y sudor campesino; la de Blas de Otero, del hormig&oacute;n y el fr&iacute;o de la posguerra; los bares donostiarras pueden olerse en los poemas de Karmelo C. Iribarren como el olor del campo riojano se respira en los poemas de Adri&aacute;n P&eacute;rez Castillo; los paisajes volc&aacute;nicos y la memoria ind&iacute;gena duelen en los versos de la mexicana Carmen Boullosa, del mismo modo que la pampa bonaerense y el imaginario del ferrocarril fluyen en la voz de Mar&iacute;a Elena Walsh, convirtiendo lo tel&uacute;rico en canci&oacute;n y revelaci&oacute;n; la cordillera andina y el dolor pol&iacute;tico se corporeizan con una fuerza distinta, maternal y desgarrada, en la poes&iacute;a de la chilena Violeta Parra, cuyas <em>D&eacute;cimas</em> autobiogr&aacute;ficas son un territorio habitado por tierra, pena y guitarra. La antrop&oacute;loga Kathleen Stewart, en su etnograf&iacute;a <em>A Space on the Side of the Road</em>, sobre una comunidad apalache empobrecida, adopta precisamente este m&eacute;todo. En lugar de recurrir &uacute;nicamente a datos estad&iacute;sticos, utiliza una prosa po&eacute;tica y densamente sensorial para evocar los sonidos, los olores, los objetos abandonados y los relatos fragmentados que constituyen la <em>textura</em> de la vida en ese lugar. Su escritura es un acto de <em>antropolog&iacute;a po&eacute;tica</em> que archiva la memoria sensorial y afectiva de un mundo marginal. Si, seg&uacute;n el fil&oacute;sofo Karl Popper, el conocimiento cient&iacute;fico avanza por conjeturas y refutaciones; la poes&iacute;a, en cambio, avanza por condensaci&oacute;n y reverberaci&oacute;n. Atesora las conjeturas que la ciencia no puede refutar porque no son meramente factuales, sino profundamente vivenciales.
    </p><p class="article-text">
        El texto acad&eacute;mico puede captar estructuras, pero a menudo pierde el temblor. La poes&iacute;a no documenta experiencias, las habita. Cuando se dice que el r&iacute;o ense&ntilde;a a escuchar el llanto de los antepasados, no se habla solo de met&aacute;fora. Para los M&#257;ori de Nueva Zelanda, los <em>whakapapa</em> son recitativos po&eacute;ticos que entrelazan linajes con la geograf&iacute;a sagrada (<em>whenua</em>). Al recitar el <em>whakapapa</em> que conecta un clan con una monta&ntilde;a o un r&iacute;o, el lenguaje no describe un paisaje; performativamente invoca y actualiza la presencia ancestral en &eacute;l. El r&iacute;o, en este sistema de conocimiento, <em>es</em> el antepasado. Escucharlo es un acto de atenci&oacute;n po&eacute;tico-ritual donde el texto funciona como invocaci&oacute;n, no como descripci&oacute;n. Los cuadernos de campo etnogr&aacute;ficos, en su b&uacute;squeda de objetividad, a menudo borran las huellas del cuerpo que investiga: manchas de caf&eacute;, l&aacute;grimas, la fatiga. Una escritura que incorpora esa materialidad duele, y convierte cada p&aacute;gina en territorio ocupado, entre lo sagrado y lo subversivo.
    </p><p class="article-text">
        La poes&iacute;a, en definitiva, es un lenguaje liminal. Habita los umbrales entre lo individual y lo colectivo, entre lo dicho y lo callado, entre el sentido y el sinsentido. No es un mero reflejo de la sociedad, sino una fuerza activa que la constituye desde los m&aacute;rgenes de lo decible. En el contexto de la erosi&oacute;n democr&aacute;tica y la simplificaci&oacute;n del discurso p&uacute;blico, cumple una funci&oacute;n pol&iacute;tica silenciosa pero esencial: mantener viva la capacidad de percibir matices, de sostener contradicciones, de nombrar el dolor sin caer en la consigna.
    </p><p class="article-text">
        No nos dar&aacute; programas pol&iacute;ticos ni soluciones t&eacute;cnicas. Ni falta que hace. Pero tal vez &mdash;y esto es de una importancia radical&mdash; nos devuelva la complejidad del mundo y la nuestra propia. Porque antes de ser votantes, consumidores o usuarios, somos cuerpos que sienten, memorias que arrastran heridas, y seres necesitados de ritos para sobrevivir a lo que no entendemos. El poema es un mapa para perderse mejor, para habitar las preguntas sin respuesta. Y en ese perderse, encontrar quiz&aacute;s la &uacute;nica br&uacute;jula que importa: la de una humanidad compartida, fr&aacute;gil y opaca. Porque, como dej&oacute; escrito el poeta Antonio Gamoneda, <em>no sabemos casi nada.</em> [...]<em> El lenguaje es un instrumento insuficiente. </em>Precisamente por ello, porque el lenguaje com&uacute;n es un instrumento insuficiente para el peso de lo real, cantamos. La poes&iacute;a es ese canto: la forma de habitar, con plena conciencia, la insuficiencia que nos hace humanos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/dice-no-decir_129_13364742.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Jul 2026 06:25:33 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Cómo se dice lo que no se sabe o se puede decir]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A qué llamamos colapso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/llamamos-colapso_129_13356061.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La palabra <em>colapso</em> ha perdido el estatus de diagn&oacute;stico para convertirse en un s&iacute;ntoma m&aacute;s de lo que pretende describir. Se usa para todo: del sistema sanitario al mental, de la democracia a una cordillera de hielo. Esta inflaci&oacute;n sem&aacute;ntica no es casual; revela una intuici&oacute;n colectiva de que los &oacute;rdenes que sosten&iacute;an la vida com&uacute;n &mdash;el clima estable, el contrato social, la proyecci&oacute;n hacia un futuro&mdash; se est&aacute;n desvaneciendo. Pero llamar colapso a todo termina por no nombrar nada. Para entender de qu&eacute; hablamos cuando decimos colapso, hay que mirar atr&aacute;s, m&aacute;s all&aacute; del p&aacute;nico contempor&aacute;neo, y encontrar en otros desmontajes civilizatorios un espejo deformado, pero &uacute;til, de nuestro momento.
    </p><p class="article-text">
        La humanidad ha vivido otros colapsos, y la arqueolog&iacute;a los mide en capas de sedimentos, en ciudades abandonadas y en el silencio repentino de los archivos. La Isla de Pascua (Rapa Nui) no se despobl&oacute; de un d&iacute;a para otro; fue un proceso de agotamiento ecol&oacute;gico y pol&iacute;tico documentado por an&aacute;lisis palinol&oacute;gicos que muestran c&oacute;mo la deforestaci&oacute;n total coincidi&oacute; con el cese de la construcci&oacute;n de <em>moai</em> hacia el siglo XVII. El colapso maya, lejos de ser un evento &uacute;nico, fue una larga decadencia entre los siglos VIII y X, marcada por sequ&iacute;as prolongadas &mdash;reconstruidas a partir de estalagmitas en cuevas como Yok Balum en Belice&mdash; y por el abandono escalonado de centros urbanos como Tikal y Cop&aacute;n. En Mesopotamia, el colapso de Acad hacia el 2150 a.C. est&aacute; ligado en los registros geol&oacute;gicos a un periodo de aridificaci&oacute;n severa y tormentas de polvo que aniquilaron la agricultura. Estos no fueron apocalipsis instant&aacute;neos, sino procesos de descomposici&oacute;n en los que una serie de factores &mdash;ecol&oacute;gicos, pol&iacute;ticos, econ&oacute;micos&mdash; se retroalimentaron hasta hacer insostenible la forma de vida que los hab&iacute;a generado.
    </p><p class="article-text">
        Frente a estos colapsos lentos, las ruinas de Akrotiri, en la isla de Tera &mdash;la actual Santorini&mdash;, ofrecen un contrapunto que, lejos de desmentir la tesis, la confirma. Hacia 1600 a.C., seg&uacute;n la dataci&oacute;n m&aacute;s aceptada hoy, una erupci&oacute;n volc&aacute;nica de magnitud colosal enterr&oacute; en cuesti&oacute;n de d&iacute;as la pr&oacute;spera ciudad minoica bajo varios metros de ceniza y piedra p&oacute;mez; en el yacimiento no se han hallado restos humanos, lo que sugiere que la poblaci&oacute;n huy&oacute; tras los terremotos que precedieron a la erupci&oacute;n. Pero la arqueolog&iacute;a actual ha ido descartando la vieja hip&oacute;tesis &mdash;formulada por el arque&oacute;logo griego Spyridon Marinatos en 1939&mdash; de que aquel cataclismo bastara, por s&iacute; solo, para derribar la civilizaci&oacute;n minoica de Creta: las grandes destrucciones de los palacios cretenses, fechadas hacia 1450 a.C., llegaron generaciones despu&eacute;s de la erupci&oacute;n y muestran patrones de violencia deliberada m&aacute;s que de cat&aacute;strofe natural, en un proceso de expansi&oacute;n mic&eacute;nica y reorganizaci&oacute;n pol&iacute;tica que se prolongar&iacute;a todav&iacute;a m&aacute;s de un siglo, hasta la destrucci&oacute;n final de Cnosos.
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo Walter Benjamin escribi&oacute; que la historia es una cat&aacute;strofe &uacute;nica que amontona ruina sobre ruina. Esta imagen ilumina la naturaleza acumulativa del colapso: no es un muro que se derrumba, sino un peso que, capa a capa, termina por hundir el suelo que se cre&iacute;a firme. El colapso del Imperio Romano en Occidente no fue una ca&iacute;da, sino una lenta disoluci&oacute;n entre los siglos IV y V, donde la erosi&oacute;n fiscal, la presi&oacute;n migratoria y la p&eacute;rdida de legitimidad del centro abrieron paso a un nuevo mosaico de reinos germ&aacute;nicos. La poblaci&oacute;n de Roma pas&oacute; de alrededor de un mill&oacute;n de habitantes en el siglo I a menos de cincuenta mil en el siglo VI, seg&uacute;n estimaciones de historiadores como Kyle Harper, basadas en los registros del reparto de grano y la capacidad de los acueductos. Lo que llamamos <em>Edad Oscura</em> fue, desde otra perspectiva, un largo y traum&aacute;tico parto de lo medieval.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, la escala es distinta. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Clim&aacute;tico (IPCC) estima que, incluso en el mejor de los escenarios, el calentamiento global alcanzar&aacute; 1,5&deg;C por encima de los niveles preindustriales entre 2030 y 2052, desatando eventos extremos que desplazar&aacute;n a cientos de millones de personas. El Banco Mundial calcula, en su informe Groundswell, que para 2050 podr&iacute;a haber hasta 216 millones de desplazados internos por motivos clim&aacute;ticos en seis regiones del planeta. Esta es una presi&oacute;n migratoria de orden distinto, planetaria y sincr&oacute;nica. Al mismo tiempo, la desigualdad material ha alcanzado cotas que desaf&iacute;an la cohesi&oacute;n social: el Informe sobre la Desigualdad Global 2022 se&ntilde;ala que el 10% m&aacute;s rico de la poblaci&oacute;n mundial captura el 52% de la renta global, mientras que la mitad m&aacute;s pobre se reparte solo el 8,5%. La ficci&oacute;n meritocr&aacute;tica y la promesa de movilidad social, pilares del contrato liberal, se agrietan con datos en la mano. Un estudio de la OCDE de 2018 estimaba que en Espa&ntilde;a, un hijo de una familia con bajos ingresos necesitar&iacute;a cuatro generaciones para alcanzar la renta media nacional. Oxfam Interm&oacute;n revela en su informe <em>Contra el imperio de los m&aacute;s ricos</em> (2026) que el patrimonio de 33 multimillonarios espa&ntilde;oles &mdash;197.500 millones de euros, un 13,6% m&aacute;s que en 2025&mdash; supera ya la riqueza conjunta de 18,7 millones de personas, casi el 40% de la poblaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esta presi&oacute;n planetaria y sincr&oacute;nica no opera en un vac&iacute;o pol&iacute;tico. Como analiza Naomi Klein, las crisis profundas &mdash;ya sean clim&aacute;ticas, sanitarias o econ&oacute;micas&mdash; suelen ser aprovechadas por las &eacute;lites para implementar lo que ella denomina la <em>doctrina del shock</em>: un capitalismo del desastre que, bajo el p&aacute;nico y la desorientaci&oacute;n colectiva, acelera privatizaciones, recortes sociales y pol&iacute;ticas autoritarias que ser&iacute;an impensables en tiempos de estabilidad. As&iacute;, el colapso no es solo un proceso pasivo de degradaci&oacute;n, sino un campo de batalla activo donde se redefine qui&eacute;n queda protegido y qui&eacute;n es sacrificable, consolidando fortalezas de privilegio entre las ruinas del bien com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Pero el colapso, m&aacute;s que una cuesti&oacute;n de n&uacute;meros, es ante todo una crisis de sentido. El soci&oacute;logo Zygmunt Bauman diagnostic&oacute; la <em>modernidad l&iacute;quida</em> como una &eacute;poca en la que todas las estructuras s&oacute;lidas &mdash;el empleo estable, la comunidad duradera, las identidades fijas&mdash; se disuelven antes de que puedan cuajar en nuevas formas. El resultado no es la libertad prometida, sino una ansiedad privatizada, un miedo que cada cual gestiona en soledad. El sujeto, convertido en empresario de s&iacute; mismo, se agota persiguiendo un ideal de optimizaci&oacute;n infinita hasta el colapso ps&iacute;quico. La Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud reconoci&oacute; en 2019 el <em>burnout</em> como fen&oacute;meno ocupacional, y un informe de Eurofound revel&oacute; que la proporci&oacute;n de trabajadores en la Uni&oacute;n Europea que desarrollan su empleo con alta intensidad pas&oacute; del 27% en 2015 al 38% en 2021.
    </p><p class="article-text">
        Esta ansiedad privatizada, sin embargo, encuentra hoy un nombre y un marco colectivo en el campo emergente de la salud planetaria, consolidado por la Comisi&oacute;n <em>Rockefeller-The Lancet</em>. La eco-ansiedad, estudiada por psic&oacute;logos como Panu Pihkala, ya no puede entenderse como una patolog&iacute;a individual, sino como una respuesta psicosocial leg&iacute;tima y compartida a una amenaza material y existencial real. El colapso, por tanto, tambi&eacute;n se manifiesta como una crisis de salud mental colectiva, donde la degradaci&oacute;n de los ecosistemas y la desintegraci&oacute;n del tejido social se internalizan como trauma. Reconocer esto es el primer paso para desprivatizar el miedo y buscar respuestas comunitarias, transformando el agotamiento ps&iacute;quico en un lente com&uacute;n para diagnosticar la enfermedad de un modelo civilizatorio.
    </p><p class="article-text">
        La erosi&oacute;n del sentido no es un vac&iacute;o, sino un territorio colonizado por nuevas mitolog&iacute;as urgentes. Seg&uacute;n el <em>World Risk Poll</em> de la Lloyd&rsquo;s Register Foundation, el porcentaje de poblaci&oacute;n mundial que se siente menos segura que cinco a&ntilde;os atr&aacute;s subi&oacute; del 30% en 2019 al 34% en 2021, a pesar de que las muertes por violencia interpersonal han disminuido en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas (Our World in Data, 2023). Esta percepci&oacute;n, desanclada de la estad&iacute;stica, no es un error cognitivo, sino el s&iacute;ntoma de un marco cultural que ha sustituido los grandes relatos de progreso por narrativas de amenaza y declive. La fil&oacute;sofa Judith Butler se&ntilde;ala que los <em>marcos de reconocimiento</em> determinan qu&eacute; vidas se consideran dignas de ser vividas y cu&aacute;les son prescindibles; son las rejillas invisibles que decretan, antes de cualquier debate, qu&eacute; p&eacute;rdidas cuentan como duelo p&uacute;blico y cu&aacute;les ni siquiera se registran como p&eacute;rdida. En nuestro presente, el colapso opera como un marco de <em>no-futuro</em>: una l&oacute;gica que normaliza la precariedad como destino y convierte la incertidumbre en el &uacute;nico horizonte compartido.
    </p><p class="article-text">
        Entonces, &iquest;a qu&eacute; llamamos colapso? Llamamos colapso al proceso en el que las narrativas maestras que organizaban la vida colectiva &mdash;el progreso, la naci&oacute;n, el mercado, incluso la democracia liberal&mdash; pierden su poder de convocatoria y su capacidad de dar coordenadas para el futuro. Es el momento en que la ficci&oacute;n de la normalidad &mdash;lo que Bourdieu llamaba <em>doxa</em>: ese sentido com&uacute;n tan arraigado que ni siquiera se percibe como una postura, sino como el simple reflejo de c&oacute;mo son las cosas&mdash; deja de funcionar. Los datos duros de la crisis clim&aacute;tica o la desigualdad no bastan para generar una respuesta colectiva coherente porque chocan con un mundo simb&oacute;lico que ya se ha desintegrado por dentro. La poeta y pensadora Donna Haraway lo formula de otro modo: no se trata del fin del mundo, sino del fin de <em>un</em> mundo, de un modo particular de estar en el planeta, basado en la extracci&oacute;n, la jerarqu&iacute;a y la ilusi&oacute;n de separaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esta idea del fin de <em>un</em> mundo particular encuentra un eco profundo y plural en el pensamiento de D&eacute;borah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro. Para ellos, el <em>fin del mundo</em> anunciado por la ciencia occidental ya ha sido una experiencia vivida, no una profec&iacute;a, para incontables pueblos ind&iacute;genas cuyas cosmolog&iacute;as y modos de vida fueron sistem&aacute;ticamente destruidos por la expansi&oacute;n colonial. Escuchar estas voces no es un gesto rom&aacute;ntico, sino una necesidad epistemol&oacute;gica: quienes ya han sobrevivido al colapso de sus mundos portan un conocimiento esencial sobre c&oacute;mo habitar la cat&aacute;strofe, desafiando la narrativa &uacute;nica del Apocalipsis con una multiplicidad de finales y recomienzos. Nos obligan a preguntar: &iquest;qu&eacute; mundos est&aacute;n terminando y para qui&eacute;n?
    </p><p class="article-text">
        El hecho no es si colapsaremos, sino qu&eacute; haremos con las ruinas. La historia y la antropolog&iacute;a ofrecen un consuelo inc&oacute;modo: los colapsos rara vez son terminales; son casi siempre transformaciones violentas. Tras la Peste Negra del siglo XIV, que mat&oacute; a un tercio de la poblaci&oacute;n europea, surgieron revueltas campesinas que cuestionaron el orden feudal y, a la larga, reconfiguraron el valor del trabajo. Tras la ca&iacute;da de Roma, los monasterios se convirtieron en nodos que preservaron conocimiento, ofrecieron refugio y ensayaron nuevas formas de comunidad. Hoy, en medio de la descomposici&oacute;n, tambi&eacute;n germinan pr&aacute;cticas de recomposici&oacute;n: cooperativas de vivienda en derecho de uso, como las que proliferan en Barcelona o Madrid, que desmercantilizan el acceso a la casa; bancos de tiempo que instituyen l&oacute;gicas de reciprocidad frente al intercambio monetario; redes de apoyo mutuo que surgieron con fuerza durante la pandemia y se mantienen como infraestructura social de cuidado. Seg&uacute;n el informe <em>Las empresas m&aacute;s relevantes de la Econom&iacute;a Social</em> (CEPES, 2023), este sector agrupa ya a m&aacute;s de 43.000 entidades y da empleo a 2,2 millones de personas.
    </p><p class="article-text">
        Estas semillas de recomposici&oacute;n no son meros paliativos, sino los pilares pr&aacute;cticos de lo que pensadores como Pablo Servigne y Rapha&euml;l Stevens han llamado la <em>colapsolog&iacute;a</em> aplicada: el estudio y la promoci&oacute;n activa de la resiliencia sist&eacute;mica. Su trabajo trasciende el diagn&oacute;stico para enfocarse en el <em>&iquest;y luego qu&eacute;?,</em> defendiendo un giro hacia el convivialismo. Este paradigma prioriza la ayuda mutua, la agroecolog&iacute;a, los comunes y la soberan&iacute;a local; lejos de una retirada buc&oacute;lica, funcionan como una estrategia de <em>fermentaci&oacute;n</em> de nuevas formas de organizaci&oacute;n dentro de las grietas del viejo sistema. Es la materializaci&oacute;n de la imaginaci&oacute;n revolucionaria de la que hablaba Graeber: ensayar, aqu&iacute; y ahora, las relaciones sociales de un mundo post-colapso que merezca ser vivido.
    </p><p class="article-text">
        Frente a este panorama de desmontaje, la fil&oacute;sofa Marina Garc&eacute;s propone un marco &eacute;tico para habitar la incertidumbre sin caer en el p&aacute;nico o el nihilismo. Frente a la comunidad basada en certezas identitarias, invita a construir una <em>comunidad de los finitos</em>, que convierta la vulnerabilidad compartida y los l&iacute;mites ecol&oacute;gicos en el &uacute;nico terreno com&uacute;n posible desde el cual renegociar nuestra relaci&oacute;n con el mundo, en vez de vivirlos como una condena. Su llamado a una <em>escuela de aprendices </em>&mdash;donde, sin maestros absolutos, nos eduquemos juntos en las ruinas&mdash; responde directamente a la crisis de sentido. Se trata de aprender a pensar y a vincularnos cuando ya no hay un gran relato que nos gu&iacute;e, cultivando la valent&iacute;a de preguntar colectivamente qu&eacute; significa vivir bien despu&eacute;s del fin de <em>un</em> mundo.
    </p><p class="article-text">
        El colapso no es una sentencia, sino una encrucijada. Nos obliga a decidir si, ante el desmontaje de los &oacute;rdenes fallidos, optaremos por construir fortalezas identitarias y chivos expiatorios &mdash;la tentaci&oacute;n eterna del miedo&mdash; o si, por el contrario, seremos capaces de habitar la incertidumbre con la valent&iacute;a de tejer nuevos v&iacute;nculos desde la vulnerabilidad compartida. Como escribi&oacute; el antrop&oacute;logo David Graeber, la primera y m&aacute;s revolucionaria tarea es <em>imaginar alternativas. </em>Porque el colapso no es el final de la historia; es, quiz&aacute;s, el brutal y necesario parto de otra manera de contar nuestra historia com&uacute;n. La tarea, ahora, es aprender a nombrar las grietas sin p&aacute;nico, y a construir, entre todas, el andamiaje de un mundo que merezca ser habitado despu&eacute;s de la ca&iacute;da.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/llamamos-colapso_129_13356061.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Jul 2026 08:47:52 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[A qué llamamos colapso]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Deseo y consumo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/deseo-consumo_129_13339805.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El deseo, esa fuerza que desde Arist&oacute;teles hasta Spinoza fue entendida como la esencia misma del esfuerzo vital &mdash;el&nbsp;<em>conatus</em>&nbsp;que nos impulsa a perseverar y aumentar nuestra potencia&mdash; ha sido capturado. Su pol&iacute;tica ya no se debate en los &aacute;mbitos de la virtud o la potencia colectiva, sino en los algoritmos de las plataformas y en las l&oacute;gicas del balance riesgo-beneficio emocional. Lo que anta&ntilde;o era un motor de vinculaci&oacute;n y florecimiento com&uacute;n, hoy se ha mecanizado, cuantificado y, en &uacute;ltima instancia, vaciado de su capacidad para crear mundo compartido.
    </p><p class="article-text">
        La filosof&iacute;a cl&aacute;sica ya anticip&oacute; esta tensi&oacute;n. Para Arist&oacute;teles, en&nbsp;<em>&Eacute;tica a Nic&oacute;maco</em>, el deseo (&#8004;&rho;&epsilon;&xi;&iota;&sigmaf;,&nbsp;<em>orexis</em>) solo conduc&iacute;a a la&nbsp;<em>eudaimon&iacute;a</em>&nbsp;&mdash;la felicidad entendida como florecimiento&mdash; cuando era guiado por la raz&oacute;n y la virtud hacia el bien com&uacute;n. Spinoza, siglos despu&eacute;s, radicaliz&oacute; esta idea: el deseo no es una carencia, sino la esencia misma del ser, y su pol&iacute;tica deber&iacute;a consistir en buscar aquello que nos une y aumenta nuestra potencia de actuar&nbsp;<em>juntos</em>. Martha Nussbaum, desde un marco contempor&aacute;neo, a&ntilde;adir&iacute;a que los deseos son juicios de valor sobre lo que consideramos importante; una sociedad justa tiene la responsabilidad de educarlos para que se dirijan a bienes humanos genuinos, no a espejismos. Conviene precisar algo aqu&iacute;, porque lo que sigue podr&iacute;a malinterpretarse: cenar fuera, viajar o buscar pareja en una aplicaci&oacute;n no son, en s&iacute; mismos, deseos alienados. El problema no est&aacute; en el contenido del deseo, sino en el momento en que una sola forma de satisfacerlo se convierte en la &uacute;nica imaginable &mdash;cuando el deseo leg&iacute;timo de v&iacute;nculo solo puede tramitarse por algoritmo, o el deseo leg&iacute;timo de ocio solo puede ejercerse a costa del descanso ajeno. Sin embargo, la racionalidad econ&oacute;mica dominante de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas ha producido un efecto tan eficaz como perverso: el deseo m&aacute;s aut&eacute;ntico ha terminado coincidiendo, para buena parte de quienes lo sienten, con aquel que a&iacute;sla, endeuda y, parad&oacute;jicamente, debilita. Terminamos anhelando precisamente lo que disminuye nuestra potencia colectiva &mdash;la obsesi&oacute;n por la optimizaci&oacute;n personal, el consumo como identidad, la relaci&oacute;n afectiva como contrato de servicios&mdash;, generando as&iacute; lo que Spinoza diagnosticar&iacute;a como una&nbsp;<em>tristeza pasiva</em>, un malestar difuso y paralizante.
    </p><p class="article-text">
        Este secuestro opera, en primer t&eacute;rmino, a trav&eacute;s de la transformaci&oacute;n del deseo en el motor perfecto del consumo ilimitado. La soci&oacute;loga Eva Illouz ha desentra&ntilde;ado c&oacute;mo el capitalismo no solo vende productos, sino emociones y narrativas rom&aacute;nticas. El deseo ha sido emocionalizado para vender mejor, y las emociones, a su vez, han sido mercantilizadas para crear nuevos mercados. Los datos son elocuentes, aunque de un modo m&aacute;s sutil de lo que parece a primera vista: el endeudamiento total de los hogares espa&ntilde;oles est&aacute;, seg&uacute;n el Banco de Espa&ntilde;a, en m&iacute;nimos de los &uacute;ltimos 25 a&ntilde;os. Pero el cr&eacute;dito al consumo &mdash;el destinado a coches, viajes, imprevistos, el que no compra un techo sino un deseo&mdash; crece en 2025 al ritmo m&aacute;s intenso en siete a&ntilde;os, un 20% interanual, en m&aacute;ximos desde 2007, justo cuando la tasa de ahorro de las familias se desploma. No es optimismo: es deuda de sustituci&oacute;n, contratada para sostener un nivel de vida que la renta real ya no cubre. El deseo, financiarizado hasta la supervivencia. Ya no anhelamos un objeto por su utilidad, sino por la promesa de identidad o pertenencia que vende su publicidad, una publicidad cada vez m&aacute;s afinada por el neuromarketing para apuntar a nuestros resortes cerebrales m&aacute;s primarios. La literatura acad&eacute;mica sobre autenticidad de marca &mdash;desde Beverland hasta los estudios m&aacute;s recientes sobre confianza y lealtad del consumidor&mdash; confirma algo que cualquiera intuye: el mensaje de&nbsp;<em>autenticidad</em>&nbsp;genera m&aacute;s confianza y m&aacute;s v&iacute;nculo con la marca incluso cuando el producto es masivo y la promesa, vac&iacute;a. Anhelamos, sobre todas las cosas, sentirnos aut&eacute;nticos, y el mercado vende precisamente ese espejismo.
    </p><p class="article-text">
        Este deseo mercantilizado de&nbsp;<em>autenticidad</em>&nbsp;y conexi&oacute;n social no es abstracto; se impone materialmente en el espacio p&uacute;blico, generando un conflicto donde la libertad de consumo de unos cancela la libertad fundamental al descanso de otros. La hosteler&iacute;a es su templo. Cualquier vecino de la ciudad lo conoce de memoria: una noche de julio, ventana entreabierta porque hace calor, y desde la calle Bret&oacute;n de los Herreros sube, mezclada, la conversaci&oacute;n de las terrazas, el tintineo de los vasos, alguna risa que se alarga m&aacute;s de lo necesario; son las dos de la madrugada y ma&ntilde;ana hay que trabajar. Ese vecino no est&aacute; contra el pincho ni contra la fiesta: solo querr&iacute;a, alguna noche, poder dormir. En Logro&ntilde;o, la presi&oacute;n del sector y del turismo et&iacute;lico gastron&oacute;mico choca con las quejas vecinales por ruido y suciedad: tan grave es la situaci&oacute;n que el propio Ayuntamiento reconoci&oacute; en pleno municipal, en julio de 2024, <em>la enorme sensibilidad que suscita en este momento la contaminaci&oacute;n ac&uacute;stica en Logro&ntilde;o y el gran n&uacute;mero de quejas de la ciudadan&iacute;a residente en el centro hist&oacute;rico</em>, lo que le oblig&oacute; a ampliar a todo el Casco Antiguo la prohibici&oacute;n de beber en la calle de madrugada, hasta entonces limitada a Laurel y aleda&ntilde;as. La asociaci&oacute;n vecinal Demanda Casco Antiguo lleva meses documentando, con fotograf&iacute;as y denuncias administrativas, incumplimientos sistem&aacute;ticos de la ordenanza de terrazas que la propia administraci&oacute;n no sanciona. Paralelamente, la ciudad &mdash;y la regi&oacute;n entera&mdash; se promociona con un potente atractivo gastron&oacute;mico: La Rioja suma ocho estrellas Michelin, la proporci&oacute;n m&aacute;s alta por habitante de toda Espa&ntilde;a, y tres de los cuatro restaurantes riojanos con una estrella est&aacute;n en el propio Logro&ntilde;o. Un turismo de consumo intensivo que convive, calle por medio, con el insomnio de quien vive encima del pincho. El discurso pol&iacute;tico a menudo enmarca cualquier regulaci&oacute;n como un ataque a la&nbsp;<em>libertad</em>&nbsp;y a la&nbsp;<em>cultura</em>. Este guion se repite a mayor escala en Madrid, donde la presidenta regional, Isabel D&iacute;az Ayuso, elev&oacute; el&nbsp;<em>derecho a tomarse una ca&ntilde;a</em>&nbsp;a eslogan pol&iacute;tico durante la pandemia, defendiendo un modelo de ocio y negocio que prioriza la actividad econ&oacute;mica sobre el bienestar vecinal. El <em>Libro Blanco del Ruido</em> del propio Ayuntamiento de Madrid (2022) cifra en 648.000 los madrile&ntilde;os que viven con niveles nocturnos superiores a los 65 decibelios recomendados por la OMS. Y hay un detalle revelador: el propio mapa municipal en que se basa ese informe no contabiliza el ruido de terrazas y ocio nocturno &mdash;solo el del tr&aacute;fico&mdash;, de modo que la cifra real, la que de verdad sufren barrios como Malasa&ntilde;a o Chueca, queda oficialmente invisibilizada por dise&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo alcanza su m&aacute;xima expresi&oacute;n en la esfera de las relaciones humanas, que han sido sometidas a una l&oacute;gica de plataforma. Las apps de citas, como Tinder, operan con algoritmos de&nbsp;<em>matching</em>&nbsp;que clasifican y segmentan a los usuarios en mercados de afecto. El propio CEO de Tinder, Sean Rad, confirm&oacute; en una entrevista de 2016 la existencia de un sistema de puntuaci&oacute;n interno &mdash;el llamado&nbsp;<em>Elo score</em>, prestado del mundo del ajedrez&mdash; que clasificaba a los usuarios seg&uacute;n su &ldquo;deseabilidad&rdquo;. La compa&ntilde;&iacute;a retir&oacute; oficialmente ese sistema en 2019, aunque el mecanismo de fondo, rebautizado como&nbsp;<em>dynamic scoring</em>, sigue cumpliendo la misma funci&oacute;n bajo otro nombre. La persona se convierte en un perfil optimizable, y el encuentro, en una transacci&oacute;n evaluada por su potencial de rendimiento. El fil&oacute;sofo Byung-Chul Han lo identifica como la l&oacute;gica de la autoexplotaci&oacute;n en pos del rendimiento social. La paradoja, perfectamente cuantificada, es que esta supuesta libertad de elecci&oacute;n total conduce a la par&aacute;lisis. El Pew Research Center (2023) hall&oacute; que un 37% de los usuarios de apps de citas cree que estas ofrecen demasiadas opciones de pareja, y que m&aacute;s de un tercio de los usuarios recientes se siente abrumado por el volumen de interacciones que recibe. El deseo, puesto en libertad en un cat&aacute;logo infinito, se vuelve contra s&iacute; mismo y se anula.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica de deseo impuesto como norma social se visualiza en rituales colectivos convertidos en espect&aacute;culos de consumo. Vigo es un caso paradigm&aacute;tico con su iluminaci&oacute;n navide&ntilde;a, promocionada como una de las m&aacute;s extensas de Europa. En 2024, la ciudad instal&oacute; m&aacute;s de 11 millones de bombillas LED en unas 420 calles y plazas, con un presupuesto de 2,37 millones de euros solo ese a&ntilde;o &mdash;parte de un contrato de casi 9,5 millones a cuatro a&ntilde;os&mdash;, mientras el ayuntamiento defiende que la inversi&oacute;n &ldquo;se recupera con creces&rdquo; por el atractivo tur&iacute;stico generado. Lo que se vende como&nbsp;<em>magia</em>&nbsp;y&nbsp;<em>atracci&oacute;n tur&iacute;stica</em>&nbsp;genera un conflicto vecinal que rara vez aparece en los balances econ&oacute;micos: el coste en insomnio, saturaci&oacute;n log&iacute;stica y derecho a la oscuridad de quienes viven bajo el espect&aacute;culo no figura en ninguna partida presupuestaria. El deseo colectivo (o impuesto) de festejo y la promoci&oacute;n econ&oacute;mica se esgrimen para justificar la invasi&oacute;n del espacio dom&eacute;stico, creando una nueva forma de contaminaci&oacute;n lum&iacute;nica normalizada donde la&nbsp;<em>libertad</em>&nbsp;de disfrutar del espect&aacute;culo anula la libertad b&aacute;sica a un entorno saludable.
    </p><p class="article-text">
        Esta mecanizaci&oacute;n prepara el terreno para la &uacute;ltima transformaci&oacute;n: la sustituci&oacute;n del v&iacute;nculo por el contrato. El pensamiento neoliberal, como analiza Wendy Brown, convierte al ciudadano en&nbsp;<em>homo oeconomicus</em>, un ser que eval&uacute;a todos los &aacute;mbitos de la vida &mdash;incluidos los afectos&mdash; en t&eacute;rminos de inversi&oacute;n, riesgo y retorno de la inversi&oacute;n. El deseo de seguridad y previsibilidad juridifica la intimidad. Seg&uacute;n el Consejo General del Notariado, las capitulaciones matrimoniales crecieron un 21% solo entre 2021 y 2022, y en 2023 el 92,3% de las parejas que las firmaron optaron por la separaci&oacute;n de bienes frente al r&eacute;gimen de gananciales: la prueba notarial de que el v&iacute;nculo se blinda antes incluso de vivirse. El deseo rom&aacute;ntico, as&iacute;, se formaliza en cl&aacute;usulas. Simult&aacute;neamente, como revela la Encuesta Mundial de Valores, el auge de los valores individualistas y autoexpresivos corre en paralelo a una erosi&oacute;n de la confianza en las instituciones que sosten&iacute;an lo colectivo, incluida la familia como proyecto com&uacute;n. El deseo de libertad personal absoluta choca frontalmente con las necesidades b&aacute;sicas de dependencia y cuidado mutuo.
    </p><p class="article-text">
        El resultado de esta doble operaci&oacute;n &mdash;mercantilizaci&oacute;n y contractualizaci&oacute;n&mdash; es una epidemia de aislamiento que desmiente la ret&oacute;rica de la hiperconexi&oacute;n. Las instituciones europeas llevan a&ntilde;os alertando de la soledad como problema de salud p&uacute;blica. En Espa&ntilde;a, el Bar&oacute;metro de la Soledad No Deseada (Fundaci&oacute;n ONCE y Fundaci&oacute;n AXA, 2024) cifra en una de cada cinco personas (20%) quienes la sufren, con un pico alarmante entre los 18 y los 24 a&ntilde;os, donde la cifra sube al 34,6%. Un informe previo del mismo observatorio,&nbsp;<em>El coste de la soledad no deseada en Espa&ntilde;a</em>&nbsp;(2023), calcul&oacute; su impacto econ&oacute;mico en 14.141 millones de euros anuales, el 1,17% del PIB. El deseo de conexi&oacute;n, exacerbado por las pantallas, se estrella contra la imposibilidad de generar v&iacute;nculos sustantivos en un ecosistema dise&ntilde;ado para la interacci&oacute;n superficial y el rendimiento. La salud mental paga el precio: distintos informes vinculan el aumento del estr&eacute;s y la ansiedad en adultos j&oacute;venes con la presi&oacute;n por una autosuficiencia imposible y la comparaci&oacute;n social constante.
    </p><p class="article-text">
        Este patr&oacute;n no es casual ni limitado al sector privado; est&aacute; codificado en una aplicaci&oacute;n selectiva de las normas que revela una jerarqu&iacute;a de deseos. Mientras se multa (o no) a un vecino por una fiesta, infraestructuras estatales generan un ruido de fondo cr&oacute;nico e inapelable. En Madrid, el propio Defensor del Pueblo reprendi&oacute; formalmente al Ayuntamiento por el ruido del tr&aacute;fico en la M-30 a la altura de la Avenida de la Paz, record&aacute;ndole que, como titular de esa infraestructura, est&aacute; obligado a respetar los mismos l&iacute;mites de ruido que exige a sus vecinos &mdash;y que no lo estaba haciendo&mdash;. Un informe municipal posterior identific&oacute; hasta 33 &ldquo;puntos negros&rdquo; de ruido en la ciudad, varios de ellos en la propia M-30, con registros superiores a los 70 decibelios. En Logro&ntilde;o, el soterramiento de las v&iacute;as del tren &mdash;ejecutado solo en su primera fase, con la segunda y la tercera todav&iacute;a sin construir&mdash; deja a buena parte de la ciudad esperando, a&ntilde;o tras a&ntilde;o, la soluci&oacute;n a los niveles de contaminaci&oacute;n ac&uacute;stica y vibraciones que ADIF arrastra sin resolver. La Ley 37/2003 del Ruido establece objetivos de calidad ac&uacute;stica, pero su aplicaci&oacute;n es laxa cuando el responsable es una administraci&oacute;n p&uacute;blica o una gran infraestructura de inter&eacute;s general &mdash;tan laxa que hace falta la intervenci&oacute;n del Defensor del Pueblo para que la propia administraci&oacute;n se aplique la norma que exige a los dem&aacute;s&mdash;. El mensaje es claro: el&nbsp;<em>deseo</em>&nbsp;(o la necesidad impuesta) de movilidad y conectividad econ&oacute;mica tiene una primac&iacute;a pol&iacute;tica que anula el derecho a la salud de quienes viven en su trayectoria. La libertad de circulaci&oacute;n y desarrollo se ejerce como un privilegio territorial sobre la libertad de paz en el hogar.
    </p><p class="article-text">
        Occidente ha confundido la libertad con la liberaci&oacute;n de todo lazo, y el deseo con la pulsi&oacute;n de consumo. Pero esta pulsi&oacute;n rara vez es libre; es dirigida, financiarizada y, sobre todo, territorialmente impuesta. La&nbsp;<em>libertad</em>&nbsp;de la terraza se paga con el insomnio del vecino; el&nbsp;<em>deseo</em>&nbsp;de espect&aacute;culo lum&iacute;nico, con la ansiedad del residente; la&nbsp;<em>necesidad</em>&nbsp;de infraestructuras, con la salud erosionada de barrios enteros. Y sin embargo, el deseo compartido no es una utop&iacute;a por inventar: ya existe, casi siempre a peque&ntilde;a escala y casi siempre fuera del mercado. Una romer&iacute;a organizada por una cuadrilla, una huerta comunitaria que se reparte por turnos, una biblioteca de barrio que sostienen sus propios vecinos, una asamblea que decide en com&uacute;n c&oacute;mo repartir un presupuesto: en esos espacios el deseo no se mide en clientes ni en&nbsp;<em>engagement</em>, sino en la potencia que solo aparece cuando se act&uacute;a de verdad&nbsp;<em>juntos</em>, ese mismo&nbsp;<em>conatus</em>&nbsp;del que hablaba Spinoza convertido en gesto cotidiano. Frente a esto, una aut&eacute;ntica pol&iacute;tica del deseo &mdash;una que honre las intuiciones de Spinoza y Nussbaum&mdash; no ser&iacute;a represiva, sino redistributiva y democr&aacute;tica en su esencia. No se tratar&iacute;a de prohibir la ca&ntilde;a, el brillo o el tren, sino de crear marcos donde la potencia colectiva &mdash;la capacidad de actuar juntos&mdash; priorice el bien com&uacute;n sobre la imposici&oacute;n del deseo m&aacute;s rentable o vocal. Esto exige una democratizaci&oacute;n radical del espacio y la normativa: que la voz del vecino pese tanto como el&nbsp;<em>lobby</em>&nbsp;hostelero, que el impacto en la salud cuente m&aacute;s que el r&eacute;cord tur&iacute;stico, que el trazado del tren o las carreteras dialogue con quienes lo sufren. Solo as&iacute; el deseo podr&aacute; dejar de ser un arma de dominaci&oacute;n para volver a ser, quiz&aacute;s, un puente hacia una convivencia donde la libertad de uno no sea la sentencia del otro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/deseo-consumo_129_13339805.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2026 10:43:37 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Deseo y consumo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cama como tribunal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/cama-tribunal_129_13307443.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Ana, 45 a&ntilde;os, ingeniera en Logro&ntilde;o, lleva 18 a&ntilde;os casada con Diego, profesor. Hace dos meses, en la intimidad de la cama, le dijo: <em>necesito sentir que me deseas, no solo que me aguantas</em>. &Eacute;l respondi&oacute; con un silencio que, para ella, fue m&aacute;s hiriente que un rechazo directo. La realidad, sin embargo, era m&aacute;s prosaica: a&ntilde;os atr&aacute;s, Diego comenz&oacute; a dormir en el sof&aacute;-cama del despacho porque ella roncaba. Primero fue temporal &mdash;una soluci&oacute;n para que Ana, como madre primeriza, pudiera descansar y amamantar&mdash;, luego se volvi&oacute; rutina, y finalmente se consolid&oacute; como una norma no escrita de la convivencia.
    </p><p class="article-text">
        El sexo, que antes era semanal y a Diego ya le parec&iacute;a poco, se desvaneci&oacute; hasta convertirse en un ritual ausente. No se trata solo de una <em>sequ&iacute;a sexual</em>, sino de lo que algunos estudios denominan <em>muerte sexual </em>en parejas de larga duraci&oacute;n. Seg&uacute;n el <em>National Survey of Sexual Attitudes and Lifestyles</em> (Natsal-3, Reino Unido, 2010-2012), el 34% de las mujeres mayores reporta falta de inter&eacute;s sexual sostenida &mdash;lo que la investigaci&oacute;n cl&iacute;nica contempor&aacute;nea distingue como una transici&oacute;n del deseo espont&aacute;neo al deseo responsivo, donde el impulso no surge sin est&iacute;mulo previo.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Ana y Diego se dicen cari&ntilde;osamente: <em>somos familia, nos cuidamos</em>. Pero estas palabras, aunque bienintencionadas, act&uacute;an y pesan como una losa para la excitaci&oacute;n. Desde una perspectiva antropol&oacute;gica, la necesidad de validaci&oacute;n sexual no es un mero capricho hormonal, sino un ritual moderno de pertenencia dentro del amor rom&aacute;ntico occidental. Como se&ntilde;ala la soci&oacute;loga Eva Illouz, el amor rom&aacute;ntico &mdash;una ideolog&iacute;a surgida en la Ilustraci&oacute;n&mdash; fusiona elecci&oacute;n individual con una performance er&oacute;tica constante, convirtiendo la sexualidad en una prueba de valor personal: sentirse deseado confirma que se es <em>elegido</em>.
    </p><p class="article-text">
        Esta <em>&eacute;tica del cuidado</em>, sin embargo, rara vez es sim&eacute;trica. Seg&uacute;n la Encuesta de Empleo del Tiempo del INE (2019-2020, &uacute;ltima edici&oacute;n disponible), las mujeres dedican una media de 4 horas y 22 minutos diarios al trabajo no remunerado, frente a las 2 horas y 16 minutos de los hombres &mdash;una brecha de m&aacute;s de dos horas diarias que persiste con independencia de la jornada laboral de ambos. Ana, tras su jornada laboral a tiempo completo, asumi&oacute; hist&oacute;ricamente la <em>gesti&oacute;n mental</em> del hogar y la crianza, un trabajo invisible pero agotador que la soci&oacute;loga Arlie Hochschild defini&oacute; como <em>la segunda jornada</em>. El ideal occidental de la mujer que puede con todo &mdash;exitosa profesional, madre presente, esposa deseable&mdash; genera una sobrecarga que la econom&iacute;a feminista denomina la crisis de los cuidados: el coste invisible de sostener la vida cotidiana recae de forma desproporcionada sobre las mujeres. La OMS incluye el burnout en su Clasificaci&oacute;n Internacional de Enfermedades (CIE-11) y lo define como resultado del estr&eacute;s cr&oacute;nico no gestionado: un estado que, seg&uacute;n la evidencia cl&iacute;nica acumulada, reduce de forma significativa el deseo sexual en quienes lo padecen. Para Ana, la cama dej&oacute; de ser un espacio de placer para convertirse en una extensi&oacute;n m&aacute;s de su lista de tareas: otra performance exigida en un cuerpo ya exhausto.
    </p><p class="article-text">
        Psicol&oacute;gicamente, esta b&uacute;squeda de validaci&oacute;n no es un capricho hormonal. La sociolog&iacute;a del cuerpo ha documentado que el deseo del otro funciona como un espejo identitario: ser deseada confirma que se existe fuera del rol materno. Para Ana, el silencio de Diego no es solo rechazo sexual; es una forma de invisibilizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, Diego enfrenta su propia crisis silenciosa. Hace un a&ntilde;o, su instituto recort&oacute; horas, y ahora da clases particulares para llegar a fin de mes, mientras Ana paga la hipoteca y los gastos principales. Esta inversi&oacute;n de roles econ&oacute;micos desestabiliza el modelo tradicional de masculinidad, que hist&oacute;ricamente ha vinculado la identidad del hombre con su capacidad de proveedor y su potencia sexual. La investigaci&oacute;n cl&iacute;nica ha documentado de forma consistente que la p&eacute;rdida del rol de proveedor en hombres de mediana edad se correlaciona con un aumento significativo de s&iacute;ntomas depresivos y con conductas de evitaci&oacute;n sexual &mdash;no por ausencia de deseo, sino por miedo a fallar en todos los frentes. Para Diego, el silencio en la cama no es indiferencia, sino p&aacute;nico a la obsolescencia.
    </p><p class="article-text">
        Esta crisis se ve agravada por su posible incapacidad para asumir una parte significativa de ese cuidado que ahora sostiene el hogar. El Bar&oacute;metro del CIS de mayo de 2024 lo documenta con precisi&oacute;n: el 67% de las mujeres espa&ntilde;olas con pareja afirma realizar siempre o casi siempre las tareas dom&eacute;sticas, frente al 7% de los hombres. La brecha entre actitud declarada y pr&aacute;ctica real es uno de los hallazgos m&aacute;s consistentes de la sociolog&iacute;a de la familia espa&ntilde;ola. Diego no solo perdi&oacute; el estatus de principal proveedor, sino que puede no haber asumido el de cuidador principal, dejando a Ana en una doble carga que socava cualquier espacio para el deseo. La polit&oacute;loga Nancy Fraser argumenta que la crisis del capitalismo actual est&aacute; ligada a una <em>crisis de los cuidados</em>: el sistema explota el trabajo reproductivo (femenino) mientras desestabiliza los roles (masculinos) que lo sosten&iacute;an simb&oacute;licamente. Diego calla no solo por miedo a fallar sexualmente, sino porque su modelo tradicional de contribuci&oacute;n al hogar &mdash;el salario&mdash; se ha esfumado, sin que un nuevo modelo de contribuci&oacute;n afectiva y dom&eacute;stica se haya consolidado para reemplazarlo.
    </p><p class="article-text">
        Socialmente, el matrimonio occidental ha transitado de un pacto econ&oacute;mico-familiar preindustrial a lo que Illouz llama un <em>proyecto emocional-sexual</em>. En el capitalismo tard&iacute;o, el deseo se ha convertido en una m&eacute;trica de &eacute;xito relacional, exacerbada por plataformas como Tinder e Instagram. El 90% de las mujeres y el 87% de los hombres usuarios de apps de citas declaran sentirse decepcionados con lo que encuentran (Pew Research Center, 2023): la promesa de elecci&oacute;n infinita produce, parad&oacute;jicamente, una insatisfacci&oacute;n estructural con la pareja real. El GSS (General Social Survey) de 2024 documenta que el 37% de los adultos estadounidenses tiene sexo semanal, frente al 55% en 1990: una ca&iacute;da sostenida que, en parejas casadas de larga duraci&oacute;n, se convierte en lo que la investigaci&oacute;n denomina <em>matrimonio asexual</em> (menos de 10 veces al a&ntilde;o) en el 15-20% de los casos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta m&eacute;trica del &eacute;xito relacional choca frontalmente con la realidad material del agotamiento. El capitalismo neoliberal exige individuos hiperproductivos y emocionalmente autosuficientes. La intensificaci&oacute;n laboral documentada en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas reduce el tiempo y la energ&iacute;a disponible para la vida privada &mdash;un fen&oacute;meno que la OIT ha identificado como uno de los principales factores de deterioro del bienestar en los pa&iacute;ses industrializados. Para la mujer occidental, esto crea una paradoja insostenible: se le exige ser independiente y ambiciosa en lo profesional (la <em>mujer lean-in</em>), pero sigue siendo la principal responsable del bienestar emocional y log&iacute;stico del hogar. Seg&uacute;n Eurofound (Encuesta Europea sobre Condiciones de Trabajo, 2021), las mujeres con empleo tienen mayor probabilidad que los hombres de reportar alta intensidad laboral combinada con responsabilidades de cuidado &mdash;una doble carga que el informe identifica como factor de riesgo para la salud. &iquest;C&oacute;mo sostener la performance er&oacute;tica constante que exige el amor rom&aacute;ntico cuando el cuerpo y la mente est&aacute;n dedicados a otra performance: la de sostener la vida diaria contra viento y marea?
    </p><p class="article-text">
        Contrasta esta realidad con lo que Bronis&#322;aw Malinowski document&oacute; en los Trobriand (Melanesia): una cultura que separa con claridad sexo y amor rom&aacute;ntico, sin convertir el deseo en prueba de valor personal. La antrop&oacute;loga Helen Fisher ha se&ntilde;alado que Occidente ha invertido esa ecuaci&oacute;n: aqu&iacute;, el sexo no solo expresa amor, sino que lo valida &mdash;y por tanto su ausencia lo niega.
    </p><p class="article-text">
        Ana y Diego encarnan una doble trampa contempor&aacute;nea: ella internaliza una auto-vigilancia constante &mdash;en un continente donde el 31% de las mujeres de 18 a 74 a&ntilde;os ha experimentado violencia f&iacute;sica o sexual en edad adulta (Eurostat, EU-GBV 2021)&mdash;, mientras &eacute;l lucha contra la obsolescencia masculina. Se cuidan como padres, duermen separados por practicidad, se llaman <em>familia</em> para consolarse &mdash;y no es poco consuelo&mdash;, pero la ideolog&iacute;a rom&aacute;ntica les exige una performance perpetua de deseo.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Fisher, en las parejas longevas prevalece un compa&ntilde;erismo calmado, una intimidad afectiva que no necesariamente se traduce en pasi&oacute;n constante. La antropolog&iacute;a sugiere salidas a este <em>impasse</em>: ritualizar lo no genital, recuperar el contacto f&iacute;sico sin performance; o comunicar sin guiones mentales, especialmente despu&eacute;s de los 40, cuando las expectativas sociales suelen anquilosarse.
    </p><p class="article-text">
        Ana no busca solo sexo; busca ser vista como mujer, m&aacute;s all&aacute; de la madre agotada. Diego no rechaza la intimidad; teme confirmar que ya no es el hombre que cree que debe ser.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, por tanto, no puede ser solo &iacute;ntima, sino tambi&eacute;n pol&iacute;tica. Requiere cuestionar la arquitectura social del cuidado. Pa&iacute;ses con pol&iacute;ticas robustas de conciliaci&oacute;n &mdash;permisos parentales iguales e intransferibles, acceso universal a educaci&oacute;n infantil 0-3&mdash; como Suecia o Islandia, registran sistem&aacute;ticamente mayores &iacute;ndices de igualdad en el reparto del cuidado, seg&uacute;n los indicadores de bienestar familiar de la OCDE. La hip&oacute;tesis &mdash;sostenida por diversas investigaciones en sociolog&iacute;a de la familia&mdash; es que redistribuir ese peso libera tiempo y energ&iacute;a que el modelo actual consume en exclusiva a costa de las mujeres. Redistribuir el cuidado de manera justa &mdash;no como una <em>ayuda</em>, sino como una responsabilidad fundamental&mdash; podr&iacute;a liberar a las Anas del agotamiento que anestesia el deseo y a los Diegos de la prisi&oacute;n de un rol &uacute;nico ya obsoleto. La cama dejar&iacute;a de ser un tribunal donde se juzga el fracaso individual para convertirse, quiz&aacute;s, en un espacio reconquistado tras haber redistribuido, tambi&eacute;n, el peso del d&iacute;a a d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s el desaf&iacute;o sea redefinir qu&eacute; cuenta como amor cuando los cuerpos envejecen, las cuentas se invierten y el silencio se vuelve, tambi&eacute;n, una forma de presencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/cama-tribunal_129_13307443.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Jun 2026 08:21:45 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La cama como tribunal]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[100 preguntas para una tarde de domingo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/100-preguntas-tarde-domingo_129_13301595.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; llamamos&nbsp;<em>recursos humanos</em>&nbsp;a las personas y no, por ejemplo,&nbsp;<em>destinos humanos</em>? &iquest;Qu&eacute; rituales de pertenencia sustituyen hoy a los bailes de romer&iacute;a? &iquest;Por qu&eacute; normalizamos que el ocio sea un lujo y el agotamiento, una virtud? &iquest;Cu&aacute;ndo dejamos de entender el vecindario como una red de obligaciones mutuas y empezamos a verlo como un conjunto de cerraduras? &iquest;Qu&eacute; nos dice el silencio en el ascensor sobre el pacto urbano de no-mirada?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; celebramos la&nbsp;<em>autenticidad</em>&nbsp;en los alimentos pero la penalizamos en los discursos pol&iacute;ticos? &iquest;C&oacute;mo se construye un&nbsp;<em>nosotros</em>&nbsp;en un algoritmo de recomendaciones? &iquest;Qu&eacute; sacrificios invisibles sostienen la gratitud instant&aacute;nea de un&nbsp;<em>enviado</em>&nbsp;en la pantalla? &iquest;Por qu&eacute; el cuerpo es un proyecto de mejora infinita y no un lugar de residencia?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; mitos fundacionales repetimos cada vez que compartimos un&nbsp;<em>&eacute;ramos felices y no lo sab&iacute;amos</em>? &iquest;Qu&eacute; fronteras trazamos entre lo limpio y lo impuro en un mundo de pandemias y desinformaci&oacute;n? &iquest;Por qu&eacute; la soledad es una epidemia reconocida y, al mismo tiempo, un tab&uacute; social? &iquest;Qu&eacute; rituales de duelo hemos inventado para las especies extinguidas, los idiomas sin escritura, los barrios demolidos?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n tiene derecho a extra&ntilde;arse de lo extra&ntilde;o? &iquest;Por qu&eacute; la productividad es un mandato moral y la lentitud, un pecado capital? &iquest;Qu&eacute; historias enterramos cuando etiquetamos algo como&nbsp;<em>basura</em>&nbsp;o&nbsp;<em>spam</em>? &iquest;C&oacute;mo se negocia la identidad cuando el pasaporte es digital y la bandera, un emoji? &iquest;Qu&eacute; significa&nbsp;<em>comunidad</em>&nbsp;en un grupo de WhatsApp que nunca se re&uacute;ne? &iquest;Qui&eacute;n es el&nbsp;<em>otro</em>&nbsp;que el algoritmo nunca nos mostrar&aacute;? &iquest;Por qu&eacute; tememos m&aacute;s al silencio que al ruido? &iquest;Qu&eacute; rituales de paso inventamos para la obsolescencia programada de lo humano?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; intercambios invisibles hacen posible que un caf&eacute; llegue a nuestras manos sin historia aparente? &iquest;Por qu&eacute; parece que nos alegra que no se dote al barrio de al lado de servicios con los que nosotros ya contamos? &iquest;Y si las m&aacute;quinas nos devolvieran de verdad el tiempo: sabr&iacute;amos qu&eacute; hacer con &eacute;l? &iquest;Por qu&eacute; la certeza vende m&aacute;s que la duda, incluso en la ciencia? &iquest;Qu&eacute; geograf&iacute;a emocional dibuja el movimiento compulsivo del&nbsp;<em>scroll</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; encontramos tambi&eacute;n en ese altar, y por qu&eacute; nos cuesta tanto decirlo? &iquest;D&oacute;nde ponemos los muertos cuando no hay tierra ni cenizas, solo datos? &iquest;Qui&eacute;n traduce el dolor ajeno en&nbsp;<em>hashtags</em>&nbsp;y por qu&eacute; a veces duele m&aacute;s el silencio que la viralizaci&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; quiere decir&nbsp;<em>ser real</em>&nbsp;en un perfil verificado? &iquest;De qu&eacute; color es el marr&oacute;n de tu marr&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; memoria muscular guardan las manos que ya no labran la tierra comunal?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; la&nbsp;<em>nube</em>&nbsp;es el lugar m&aacute;s material del mundo, lleno de cables, servidores y agua para refrigerar? &iquest;Y si ha resultado ser el cielo de nuestros antepasados? &iquest;Qu&eacute; nostalgia cultivamos cuando filtramos una foto para que parezca una polaroid descolorida? &iquest;Qu&eacute; dice de nosotros que tratemos mejor a las m&aacute;quinas que nos escuchan que a las personas que nos conocen?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se mide el valor de una idea cuando su moneda son los segundos de atenci&oacute;n? &iquest;Por qu&eacute; el futuro, que antes era un lugar de conquista, ahora es principalmente un lugar a mitigar?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; rituales de paso han sustituido a la primera borrachera, el primer sueldo o la primera llave de una casa? &iquest;Y qu&eacute; nuevos ritos, si es que existen, marcan el paso de un dolor insoportable a la decisi&oacute;n de abandonarlo todo, o de seguir aqu&iacute; un d&iacute;a m&aacute;s? &iquest;Qu&eacute; pacto t&aacute;cito &mdash;qu&eacute; juramento roto&mdash;sellamos cada vez que hacemos&nbsp;<em>clic</em>&nbsp;en&nbsp;<em>acepto</em>&nbsp;sin leer? &iquest;Qu&eacute; econom&iacute;a de la verg&uuml;enza organiza la precariedad aceptada como destino?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; el silencio se ha convertido en un bien de lujo y el ruido de fondo, en la banda sonora por defecto? &iquest;Qu&eacute; significa&nbsp;<em>tener criterio</em>&nbsp;en un mundo que premia primero la reacci&oacute;n visceral y luego, quiz&aacute;s, la reflexi&oacute;n? &iquest;D&oacute;nde van a parar todas las versiones anteriores de nosotros mismos que dejamos en formularios, redes y chats olvidados? &iquest;Por qu&eacute; nos fascinan tanto las historias de&nbsp;<em>desconexi&oacute;n</em>&nbsp;si lo que m&aacute;s nos aterra es quedarnos fuera? &iquest;C&oacute;mo negocia el cuerpo su rebeli&oacute;n contra el mandato de optimizaci&oacute;n constante? &iquest;Qu&eacute; fronteras simb&oacute;licas mantenemos alzadas contra el vecino del quinto?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se transforma el deseo cuando lo que anhelamos ya nos ha sido sugerido, medido y cuantificado antes de sentirlo? &iquest;Qu&eacute; hacemos con el malestar que no cabe en un formulario de satisfacci&oacute;n al cliente ni en una rese&ntilde;a de cinco estrellas? &iquest;Por qu&eacute; nos suicidamos? &iquest;Por qu&eacute; la palabra&nbsp;<em>simple</em>&nbsp;se ha convertido en un elogio supremo para productos, pero en un insulto para ideas? &iquest;C&oacute;mo se negocia la intimidad cuando el diario personal tiene la forma de una&nbsp;<em>historia</em>&nbsp;que desaparece en 24 horas? &iquest;Qu&eacute; perdemos cuando ganamos en eficiencia?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; de los que nunca eligieron, porque la elecci&oacute;n es un lujo de quienes tienen opciones, y d&oacute;nde est&aacute;n sus preguntas en este cat&aacute;logo de perplejidad, mientras hablamos de la&nbsp;<em>alienaci&oacute;n digital</em>&nbsp;ignorando la alienaci&oacute;n de la mano que cose la ropa que llevamos puesta al formularlas?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; teor&iacute;a del valor explica que el aire limpio, el sue&ntilde;o profundo o el tiempo no monetizado hayan pasado de ser bienes comunes a ser indicadores de estatus? &iquest;Qu&eacute; ocurre cuando la calma deja de heredarse y empieza a comprarse? &iquest;C&oacute;mo se hereda el desarraigo en familias que nunca emigraron f&iacute;sicamente?
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&iquest;Qu&eacute; crece en el vac&iacute;o que no tiene nombre ni funci&oacute;n, y por qu&eacute; nos apresuramos a llenarlo?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; analizamos el&nbsp;<em>burnout</em>&nbsp;del directivo pero no el desgaste silencioso de la cajera, la enfermera, el repartidor, como si su agotamiento no fuera virtuoso sino solo invisible?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ocurre con los cuerpos que no son&nbsp;<em>proyectos</em>, sino territorios de dolor cr&oacute;nico, de discapacidad, de fatiga ancestral, y d&oacute;nde reside su biograf&iacute;a cuando la narrativa dominante es la de la mejora infinita? &iquest;Qu&eacute; sabe el cuerpo enfermo que el cuerpo sano no puede aprender?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; mitolog&iacute;a sostiene al&nbsp;<em>emprendedor</em>, al&nbsp;<em>influencer</em>, al&nbsp;<em>n&oacute;mada digital</em>, y qu&eacute; mitolog&iacute;a derrumbamos al no contar las historias del funcionario, del mantenimiento, del que repara, del que sostiene la infraestructura de lo que otros protagonizan?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; momento dejamos de exigirle algo a los sistemas y empezamos a exig&iacute;rnoslo todo a nosotros mismos? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el an&aacute;lisis del amor en la era de las&nbsp;<em>apps</em>, no como met&aacute;fora de conexi&oacute;n, sino como pr&aacute;ctica concreta de cuidado, negociaci&oacute;n y vulnerabilidad, m&aacute;s all&aacute; del&nbsp;<em>match</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; sabemos de la memoria corporal, de la sabidur&iacute;a del sistema nervioso, en un discurso obsesionado con la mente-<em>interface</em>&nbsp;y el dato? &iquest;Qu&eacute; se pierde cuando trauma y gozo se traducen solo a lenguaje?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el miedo rural, el miedo al vac&iacute;o poblacional, a la lengua que se apaga, al pozo que se seca, a la &uacute;ltima tienda que cierra? &iquest;Qu&eacute; ecosistemas sociales destruye la l&oacute;gica del coche individual?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ocurre con las formas de inteligencia no cognitivas&mdash;la inteligencia de las manos, del instinto, de la intuici&oacute;n ecol&oacute;gica&mdash;en un mundo regido por el CI y el algoritmo?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Hemos sustituido el pecado por la ineficiencia, el cielo por el optimismo tecnol&oacute;gico, y el infierno por la desconexi&oacute;n, y es esta nuestra nueva teolog&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; liturgia profana estructura el ritual del&nbsp;<em>Black Friday</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde residen, en fin, los afectos no rentables&mdash;la ternura sin testigos, la solidaridad sin&nbsp;<em>hashtag</em>, la rabia que no se convierte en contenido&mdash;y qui&eacute;n los nombra antes de que se extingan?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y m&aacute;s all&aacute; de lo individual, qu&eacute; genocidios lentos e imperceptibles normalizamos en nombre del progreso, y qu&eacute; identidades, lenguas y memorias se disuelven en ese etnocidio silencioso de la homogeneizaci&oacute;n global? &iquest;Qu&eacute; fronteras internas levantamos para no reconocer al otro como un&nbsp;<em>nosotros</em>&nbsp;posible? &iquest;Sobre qu&eacute; cad&aacute;veres de verdades antiguas construimos nuestras nuevas certezas, y qui&eacute;nes quedan enterrados en el proceso? &iquest;Cu&aacute;l es el rito de paso de una cultura entera hacia el olvido, y qui&eacute;n es el doliente oficial?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;A qu&eacute; dios reza el que escribe una contrase&ntilde;a y pulsa&nbsp;<em>&iquest;has olvidado tu contrase&ntilde;a?</em>&nbsp;como &uacute;nico ritual de redenci&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; paisaje interno corresponde al&nbsp;<em>scroll</em>&nbsp;infinito? &iquest;Qui&eacute;n es el&nbsp;<em>t&uacute;</em>&nbsp;al que susurramos en los motores de b&uacute;squeda lo que no nos atrevemos a decir en voz alta? &iquest;Qu&eacute; queda del rito cuando la ofrenda no es un cordero, sino un dato?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; significa&nbsp;<em>casa</em>&nbsp;cuando sus paredes son ventanas a otros mundos y su sonido de fondo es una notificaci&oacute;n? &iquest;D&oacute;nde ponemos el alma si el cuerpo es un proyecto y la mente, una interfaz? &iquest;A qui&eacute;n le cantamos cuando ya no hay coro, solo algoritmos de&nbsp;<em>trending topics</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;El &uacute;ltimo pensamiento de una especie, de un oficio, de un barrio, a d&oacute;nde va? &iquest;Lo recoge alguien? &iquest;Se puede extra&ntilde;ar un lugar en el que nunca se ha estado f&iacute;sicamente? &iquest;Qu&eacute; estaci&oacute;n del a&ntilde;o es siempre en la memoria de una nube?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n administra el archivo de los silencios colectivos que sostienen el orden? &iquest;C&oacute;mo se capitaliza la nostalgia por lo que nunca experimentamos directamente? &iquest;C&oacute;mo se transmite la intuici&oacute;n ecol&oacute;gica en culturas de pantalla t&aacute;ctil? &iquest;C&oacute;mo se administra la muerte en sociedades sin duelo colectivo compartido?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Existe una pregunta tan pesada que, al formularla, ya sea su propia respuesta? &iquest;Cu&aacute;l es el sonido de una sospecha cuando deja de ser personal y se vuelve clim&aacute;tica, atmosf&eacute;rica? &iquest;A qu&eacute; huele el lenguaje cuando se usa no para construir, sino para demoler certezas? &iquest;Qu&eacute; distancia hay entre una inquietud y un dogma, y qui&eacute;n mide ese desierto? &iquest;Se puede perder la fe en las respuestas y seguir creyendo, religiosamente, en las preguntas? &iquest;La &uacute;ltima pregunta de todas deber&iacute;a ser, necesariamente, sobre el silencio que la seguir&aacute;? &iquest;O deber&iacute;a ser sobre el primer ruido &mdash;el del coraz&oacute;n, el de la tecla, el del mundo&mdash;que la hizo posible? &iquest;Y si este ejercicio no fuera un cat&aacute;logo de dudas, sino el &uacute;nico ritual de certeza que nos queda: la certeza de preguntar?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde reside, al fin, la filosof&iacute;a viva de una &eacute;poca, si no en sus manifiestos, sino en sus algoritmos, sus p&aacute;nicos, sus plegarias silenciosas frente a la pantalla y sus preguntas sin respuesta para una tarde cualquiera?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/100-preguntas-tarde-domingo_129_13301595.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Jun 2026 07:55:28 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[100 preguntas para una tarde de domingo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra el odio, a favor del conflicto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/odio-favor-conflicto_129_13282109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Un profesor de secundaria en un instituto de Lavapi&eacute;s, Madrid, cuenta c&oacute;mo una alumna musulmana de diecis&eacute;is a&ntilde;os fue insultada en el metro por su hiyab. La joven no respondi&oacute; con gritos. Al d&iacute;a siguiente llev&oacute; al aula un bizcocho que hab&iacute;a horneado con su madre y lo comparti&oacute; con toda la clase, incluidos quienes hab&iacute;an callado durante el insulto. No dijo una palabra sobre el incidente. Su gesto silencioso, una rabia transformada en acto de pertenencia, desarm&oacute; m&aacute;s prejuicios que cualquier discurso.
    </p><p class="article-text">
        A unos trescientos kil&oacute;metros de ese metro, en Logro&ntilde;o, una alumna de diecisiete a&ntilde;os llamada Eman Akram lleg&oacute; el 15 de septiembre de 2025 al IES Pr&aacute;xedes Mateo Sagasta con su hiyab. Un profesor, luego el jefe de estudios, luego la directora le pidieron que se lo quitara. El Reglamento del centro, aprobado por el Consejo Escolar, prohib&iacute;a cubrirse la cabeza. Eman no se lo quit&oacute;. Y no volvi&oacute; a clase hasta que lo hizo. El Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n&uacute;mero 2 de Logro&ntilde;o fall&oacute; el 26 de enero de 2026: la prohibici&oacute;n vulneraba su derecho fundamental a la libertad religiosa, reconocido en el art&iacute;culo 16 de la Constituci&oacute;n. La sentencia describ&iacute;a la equiparaci&oacute;n del hiyab a gorros y viseras como&nbsp;<em>excesivamente simplista y fr&iacute;vola</em>. La Consejer&iacute;a de Educaci&oacute;n del Gobierno de La Rioja lleva meses sin enviar instrucci&oacute;n alguna a los centros educativos de la comunidad. El 1 de mayo, veintiuna asociaciones riojanas firmaron una instancia exigiendo que lo hiciera. No han recibido respuesta.
    </p><p class="article-text">
        Lo que separa el gesto de la alumna de Lavapi&eacute;s y el caso de Eman Akram no es solo la escala. Es la naturaleza del mecanismo. En el metro hubo odio espont&aacute;neo, rabia de otro respondida con generosidad. En el Sagasta hubo algo m&aacute;s fr&iacute;o y peligroso: una instituci&oacute;n convirtiendo la diferencia religiosa en norma de exclusi&oacute;n, y otra instituci&oacute;n, la Consejer&iacute;a, aval&aacute;ndola con su silencio. El odio no siempre grita. A veces firma actas en el Consejo Escolar.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el&nbsp;<em>Informe sobre la evoluci&oacute;n de los delitos de odio en Espa&ntilde;a 2023</em>, elaborado por la Oficina Nacional de Lucha contra los Delitos de Odio del Ministerio del Interior, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad investigaron ese a&ntilde;o un total de 2.268 infracciones penales e incidentes de odio, un 21,3 por ciento m&aacute;s que el a&ntilde;o anterior. Los delitos por racismo y xenofobia fueron los m&aacute;s numerosos, con 856 hechos, el 41,8 por ciento del total.
    </p><p class="article-text">
        La distinci&oacute;n entre la rabia que moviliza y el odio que paraliza es un camino explorado por quienes enfrentaron opresiones monumentales. Nelson Mandela, tras veintisiete a&ntilde;os de prisi&oacute;n, insisti&oacute; en luchar contra el sistema del apartheid, no contra las personas blancas. Su estrategia evit&oacute; una guerra racial y permiti&oacute; una transici&oacute;n pol&iacute;tica. La poeta y activista Audre Lorde traz&oacute; una l&iacute;nea clara entre la ira &mdash;leg&iacute;tima respuesta a la injusticia&mdash; y el odio, que es el deseo de aniquilar al otro. En las monta&ntilde;as del sureste mexicano, el movimiento zapatista no busca la destrucci&oacute;n del Estado mexicano, sino la construcci&oacute;n de un mundo donde quepan muchos mundos, una rebeld&iacute;a que es, sobre todo, afirmaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La antropolog&iacute;a ha documentado durante m&aacute;s de un siglo c&oacute;mo las sociedades humanas gestionan el conflicto sin necesidad de odio. En las tierras altas de Pap&uacute;a Nueva Guinea, el pueblo Enga practica durante generaciones un sistema ritual de guerra llamado&nbsp;<em>tee</em>. Los combates, aunque violentos, est&aacute;n estrictamente reglamentados: se anuncia el lugar y la hora, hay treguas para recoger a los heridos y, tras un n&uacute;mero acordado de bajas, se inician complejas negociaciones de paz con intercambio de cerdos y conchas. El conflicto existe, es sangriento, pero no est&aacute; impulsado por el odio, sino por una l&oacute;gica de competencia y reparaci&oacute;n que la comunidad entiende y controla. Es una rabia canalizada, no un odio desbocado.
    </p><p class="article-text">
        Como se&ntilde;ala la antrop&oacute;loga Mary Douglas en&nbsp;<em>Pureza y peligro</em>, el odio suele surgir de sistemas de clasificaci&oacute;n r&iacute;gidos que separan lo&nbsp;<em>puro</em>&nbsp;de lo&nbsp;<em>impuro</em>, lo&nbsp;<em>nuestro</em>&nbsp;de lo&nbsp;<em>otro</em>, protegiendo esos l&iacute;mites simb&oacute;licos. En contraste, rituales como el&nbsp;<em>tee</em>&nbsp;regulan la violencia sin recurrir a esas categor&iacute;as de exclusi&oacute;n absoluta, gestionando el conflicto como un mecanismo social integrado.
    </p><p class="article-text">
        El odio moderno es una tecnolog&iacute;a de despersonalizaci&oacute;n. Un estudio de la Universidad de Varsovia publicado en&nbsp;<em>Scientific Reports</em>&nbsp;en 2023 analiz&oacute;, mediante resonancia magn&eacute;tica funcional, la actividad cerebral de personas expuestas a discursos de odio. Los resultados mostraron una reducci&oacute;n significativa de la actividad en la uni&oacute;n temporoparietal derecha, una regi&oacute;n asociada a la capacidad de adoptar la perspectiva del otro y de procesar su sufrimiento como real. El discurso del odio deteriora literalmente nuestra capacidad de ver al otro como humano. No es solo una met&aacute;fora moral: es un efecto fisiol&oacute;gico medible. Esta din&aacute;mica refleja y se nutre de lo que el te&oacute;rico Ren&eacute; Girard, en&nbsp;<em>La violencia y lo sagrado</em>, describi&oacute; como el car&aacute;cter mim&eacute;tico del odio: un sentimiento que rara vez es espont&aacute;neo, sino que se propaga por imitaci&oacute;n dentro del grupo, cohesion&aacute;ndolo frente a un chivo expiatorio com&uacute;n. La neurociencia y la teor&iacute;a social convergen as&iacute; en una explicaci&oacute;n del odio como proceso que anula la empat&iacute;a individual para servir a una funci&oacute;n grupal de desahogo y simplificaci&oacute;n de conflictos complejos.
    </p><p class="article-text">
        La historia del arte ofrece ejemplos ambiguos de esa l&iacute;nea tenue. Los grabados de Goya en&nbsp;<em>Los desastres de la guerra</em>&nbsp;o en&nbsp;<em>Los caprichos</em>&nbsp;est&aacute;n empapados de una rabia feroz contra la estupidez, la crueldad y el poder clerical. Su s&aacute;tira es un &aacute;cido que carcome los cimientos de la hipocres&iacute;a. Siglos despu&eacute;s, la tradici&oacute;n de la s&aacute;tira pol&iacute;tica, en publicaciones como&nbsp;<em>Charlie Hebdo</em>,&nbsp;<em>Mongolia</em>&nbsp;o&nbsp;<em>El Jueves</em>, sigue usando la provocaci&oacute;n y a veces el desprecio como herramienta. Crea conciencia, golpea &iacute;dolos, pero tambi&eacute;n puede herir profundamente y alimentar la polarizaci&oacute;n que pretende denunciar. En otro registro, la poes&iacute;a de Miguel Hern&aacute;ndez durante la guerra civil espa&ntilde;ola arde con un fuego dif&iacute;cil de clasificar: &iquest;es odio al fascismo o amor al pueblo traducido en combate?&nbsp;<em>Vientos del pueblo me llevan / vientos del pueblo me arrastran / me esparcen el coraz&oacute;n / y me aventan la garganta.</em>&nbsp;Sus versos son un arma, pero el proyectil est&aacute; hecho de un material distinto.
    </p><p class="article-text">
        La eficacia pol&iacute;tica de la rabia organizada frente a la inercia del odio la demuestran datos contempor&aacute;neos. La Campa&ntilde;a Internacional para la Prohibici&oacute;n de las Minas Antipersona, iniciada en 1992 por un pu&ntilde;ado de ONG y supervivientes de conflictos, canaliz&oacute; la rabia de miles de mutilados y familiares en una estrategia de diplomacia ciudadana, presi&oacute;n medi&aacute;tica y alianzas improbables. Su rabia, focalizada y persistente, logr&oacute; en 1997 el Tratado de Ottawa, firmado por m&aacute;s de ciento sesenta pa&iacute;ses. Desde entonces se han destruido m&aacute;s de cincuenta millones de minas almacenadas. La rabia convertida en proyecto cambi&oacute; el derecho internacional.
    </p><p class="article-text">
        En el otro extremo, el odio como estrategia pol&iacute;tica muestra su fracaso hist&oacute;rico incluso cuando gana batallas. El apartheid sudafricano se construy&oacute; sobre un odio racial meticulosamente legislado. Su derrota final no lleg&oacute; solo por la lucha armada, sino porque la rabia del Congreso Nacional Africano supo evolucionar hacia un proyecto de naci&oacute;n multirracial. La Comisi&oacute;n de la Verdad y la Reconciliaci&oacute;n, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, fue un experimento imperfecto, criticado por sus concesiones, pero mostr&oacute; una v&iacute;a para procesar la rabia hist&oacute;rica sin convertirla en odio institucionalizado.
    </p><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito digital, las plataformas son hoy el laboratorio donde se mide la diferencia. La investigadora Molly Crockett, de la Universidad de Yale, argument&oacute; en&nbsp;<em>Nature Human Behaviour</em>&nbsp;que las plataformas digitales amplifican la indignaci&oacute;n moral al seleccionar el contenido que activa con m&aacute;s fuerza nuestros resortes emocionales, aumentando la expresi&oacute;n de la rabia pero no necesariamente su traducci&oacute;n en acci&oacute;n. Los mensajes basados en la indignaci&oacute;n por pol&iacute;ticas concretas &mdash;recortes sanitarios, corrupci&oacute;n&mdash; pueden movilizar tanto como los mensajes de odio identitario, pero con una diferencia crucial: los primeros tienden a conducir hacia acciones reales &mdash;firmas, donaciones, voluntariado&mdash;, mientras que el odio identitario queda atrapado en el circuito de la reacci&oacute;n. El odio inflama los comentarios, pero tiende a paralizar la acci&oacute;n constructiva. Es fuego que calienta la pantalla pero no cocina nada.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo digital no opera en un vac&iacute;o psicol&oacute;gico. Los algoritmos explotan sesgos cognitivos profundos &mdash;la aversi&oacute;n a la p&eacute;rdida, la b&uacute;squeda de confirmaci&oacute;n&mdash; para maximizar el&nbsp;<em>engagement</em>. La ira moral y el desprecio identitario son&nbsp;<em>commodities</em>&nbsp;digitales altamente rentables. La arquitectura de las plataformas no solo refleja, sino que activamente cultiva, lo que la sociolog&iacute;a de las emociones llama&nbsp;<em>reg&iacute;menes emocionales</em>: marcos que transforman la rabia circunstancial en odio identitario, un producto de consumo en la econom&iacute;a de la atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La distinci&oacute;n final, quiz&aacute;s la m&aacute;s importante, es antropol&oacute;gica. El odio necesita un enemigo eterno, una categor&iacute;a r&iacute;gida. La rabia, en cambio, puede extinguirse cuando se resuelve la injusticia que la provoc&oacute;. Un barrio se organiza contra una gran propietaria que acumula viviendas vac&iacute;as, logra limitar la especulaci&oacute;n y construir vivienda p&uacute;blica, y su rabia se disuelve en la gesti&oacute;n cotidiana de lo conquistado. El odio, si se hubiera instalado, habr&iacute;a buscado un nuevo objetivo: el pol&iacute;tico que no fue bastante r&aacute;pido, el vecino que no secund&oacute; la huelga. El odio es adictivo porque ofrece una identidad simple en un mundo complejo. La rabia es un instrumento que, una vez cumplida su tarea, puede cesar.
    </p><p class="article-text">
        Esta distinci&oacute;n se pone a prueba en los escenarios m&aacute;s crudos. El m&uacute;sico y escritor Nacho Vegas reflexionaba recientemente en&nbsp;<em>El Pa&iacute;s</em>&nbsp;sobre la violencia:&nbsp;<em>no hay otra manera de combatir a la violencia que no sea con violencia autodefensiva. Y eso es algo para lo que tenemos que prepararnos.</em>&nbsp;Su afirmaci&oacute;n plantea el desaf&iacute;o &uacute;ltimo: &iquest;c&oacute;mo gestionar la rabia leg&iacute;tima ante una agresi&oacute;n sin que se transforme en el odio que perpet&uacute;a el ciclo? La respuesta parece residir en la precisi&oacute;n del objetivo y en la naturaleza del proyecto posterior. La violencia autodefensiva puede ser un recurso reactivo y limitado dirigido a detener una agresi&oacute;n concreta. El odio, en cambio, es proactivo y expansivo: tras la defensa, buscar&iacute;a nuevos objetivos, convirtiendo la leg&iacute;tima protecci&oacute;n en una identidad basada en la hostilidad perpetua.
    </p><p class="article-text">
        La historia de los movimientos de liberaci&oacute;n exitosos sugiere que su triunfo no radic&oacute; solo en la capacidad de confrontaci&oacute;n, sino en la habilidad de transitar de la resistencia a la propuesta, de la hostilidad a la reconstrucci&oacute;n. Necesitamos energ&iacute;a combativa sin duda, pero sobre todo la capacidad de construir con lo que el odio solo sabe destruir. Esta reconstrucci&oacute;n exige desmontar no solo las ret&oacute;ricas del resentimiento, sino tambi&eacute;n las arquitecturas &mdash;digitales, sociales, educativas&mdash; que lo hacen rentable y replicable. Requiere reconocer que el odio es con frecuencia el s&iacute;ntoma de un malestar manipulado, un r&eacute;gimen emocional que simplifica conflictos complejos en una guerra de identidades.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esa maquinaria, el gesto de la estudiante de Lavapi&eacute;s y la firmeza de Eman Akram ante el Juzgado operan en el mismo sentido inverso: no como algoritmos que explotan un sesgo, sino como actos humanos que restituyen la complejidad y el rostro del otro. Veintiuna asociaciones riojanas llevan meses haciendo lo mismo: rabia organizada, proyecto concreto, conflicto sin odio. La alternativa no es la ausencia de conflicto, sino su gesti&oacute;n consciente. Empieza, simplemente, con un bizcocho compartido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/odio-favor-conflicto_129_13282109.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 09:18:44 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Contra el odio, a favor del conflicto]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La encomienda perpetua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/encomienda-perpetua_129_13259474.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        A principios de mayo de 2026, Isabel D&iacute;az Ayuso pronunci&oacute; en Ciudad de M&eacute;xico unas palabras que merecen leerse m&aacute;s despacio de lo que el ciclo noticioso permiti&oacute;. En el Front&oacute;n M&eacute;xico, ante un espect&aacute;culo musical sobre Malinche producido por Nacho Cano, declar&oacute; que la conquista hab&iacute;a sido <em>cinco siglos de amor</em>, que el mestizaje era el <em>mensaje de la esperanza y de la alegr&iacute;a</em> y que resultaba <em>incomprensible</em> que algunos quisieran <em>vivir del odio</em>. Los pueblos originarios que protestaban en el Z&oacute;calo, los acad&eacute;micos que se&ntilde;alaban el anacronismo, la canciller&iacute;a mexicana que cerraba puertas: todos ellos, en la l&oacute;gica de Ayuso, eran incapaces de agradecer el regalo. El vocabulario era exacto, casi quir&uacute;rgico en su fidelidad al original.&nbsp;<em>Evangelizaci&oacute;n. Protecci&oacute;n. Civilizaci&oacute;n. Esperanza.</em>&nbsp;Esas son exactamente las palabras con las que la Corona espa&ntilde;ola justific&oacute;, a partir de 1503, el sistema de la encomienda. Ayuso es quiz&aacute; el ejemplo m&aacute;s burdo porque reproduce el argumentario sin mediaci&oacute;n cr&iacute;tica, pero no es el &uacute;nico ni el m&aacute;s peligroso.
    </p><p class="article-text">
        Que una presidenta auton&oacute;mica del siglo XXI repita sin saberlo el argumentario del encomendero ilustrado no es solo una torpeza hist&oacute;rica. Es un s&iacute;ntoma. Un fantasma, otro, que recorre la Espa&ntilde;a contempor&aacute;nea: la l&oacute;gica de la encomienda. Aquel sistema colonial por el cual la Corona espa&ntilde;ola&nbsp;<em>encomendaba</em>&nbsp;grupos de ind&iacute;genas a colonizadores para su&nbsp;<em>protecci&oacute;n y evangelizaci&oacute;n</em>&nbsp;a cambio de tributo y trabajo no desapareci&oacute; con los decretos de abolici&oacute;n. Se transform&oacute;, se adapt&oacute; al lenguaje de la democracia liberal y hoy opera en el coraz&oacute;n mismo de nuestras pol&iacute;ticas migratorias y de integraci&oacute;n. Lo que llamamos integraci&oacute;n, en demasiadas ocasiones, no es m&aacute;s que la versi&oacute;n secularizada de aquel pacto desigual: una encomienda perpetua que exige a la poblaci&oacute;n inmigrante un tributo constante de asimilaci&oacute;n cultural, laboral e identitaria, sin concederle jam&aacute;s la plena pertenencia. El paralelismo que sigue tiene sus l&iacute;mites: la encomienda hist&oacute;rica era esclavitud codificada en ley; lo que opera hoy es m&aacute;s difuso, m&aacute;s negable, institucionalizado en procedimientos que se presentan como neutros. Precisamente por eso es m&aacute;s dif&iacute;cil de combatir.
    </p><p class="article-text">
        Ese n&uacute;cleo perverso &mdash;la oferta de una protecci&oacute;n condicional a cambio de la sumisi&oacute;n integral&mdash; es el que ha reaparecido, con ropajes modernos, en la gesti&oacute;n contempor&aacute;nea de la diversidad. El nuevo tributo ya no se paga en oro, sino en trabajo precario y esencial. Los datos son fr&iacute;os y reveladores: seg&uacute;n el Ministerio de Inclusi&oacute;n, Seguridad Social y Migraciones, a mediados de 2025 hab&iacute;a 258.525 personas extranjeras afiliadas al Sistema Especial Agrario &mdash;uno de cada cuatro trabajadores del campo espa&ntilde;ol&mdash;, con un incremento del 10,5% interanual que duplica el ritmo del conjunto de la econom&iacute;a. En el sector del hogar y los cuidados, el 69% de las trabajadoras son de origen extranjero y el 95% son mujeres, seg&uacute;n datos del Ministerio y Oxfam Interm&oacute;n (2024-2025). Son ellos quienes sostienen sectores estrat&eacute;gicos en condiciones de alta precariedad: los trabajadores j&oacute;venes migrantes concentran una parte desproporcionada del empleo temporal que subsiste en Espa&ntilde;a tras la reforma laboral. Es la actualizaci&oacute;n perfecta del tributo colonial: la asignaci&oacute;n sistem&aacute;tica de los cuerpos racializados a los trabajos que la sociedad aut&oacute;ctona rechaza, pero de los que depende su bienestar. Como anta&ntilde;o el ind&iacute;gena en la mina, el jornalero migrante en el invernadero paga con su esfuerzo el derecho a una presencia siempre provisional.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, se ha instaurado una nueva evangelizaci&oacute;n, secular y cultural. Si la encomienda exig&iacute;a el bautismo, la encomienda perpetua exige la asimilaci&oacute;n como prueba de lealtad suprema. La frontera ya no se traza en los r&iacute;os, sino en las costumbres y en los s&iacute;mbolos visibles de identidad,<em> </em>el trato diferencial que reciben los signos religiosos: mientras el velo de las monjas es percibido como parte del paisaje cultural, el hiyab de una mujer musulmana se convierte a menudo en objeto de debate p&uacute;blico y sospecha. Este doble rasero revela c&oacute;mo ciertos marcadores identitarios son tolerados o rechazados en funci&oacute;n de qui&eacute;n los porta, operando como rituales de pertenencia condicional. La escena m&aacute;s precisa no ocurre en un debate pol&iacute;tico sino en un patio de colegio: un ni&ntilde;o nacido en Zaragoza, con DNI espa&ntilde;ol, al que sus compa&ntilde;eros preguntan &ldquo;pero de d&oacute;nde eres&nbsp;<em>de verdad</em>&rdquo;. Ah&iacute; est&aacute; el mecanismo en su forma m&aacute;s desnuda: la pertenencia no se adquiere por derecho, se negocia cada d&iacute;a, y siempre la negocia quien ya pertenece. Esta exigencia se enmarca en un contexto social m&aacute;s amplio: el Eurobar&oacute;metro especial sobre integraci&oacute;n de 2022 mostr&oacute; que el 41% de los espa&ntilde;oles considera <em>muy importante</em> que los inmigrantes se adapten al estilo de vida local, uno de los porcentajes m&aacute;s altos de la Uni&oacute;n Europea. La integraci&oacute;n se reduce as&iacute; a una serie de performances culturales &mdash;desde lo que se viste hasta c&oacute;mo se habla&mdash; que hay que ejecutar a la perfecci&oacute;n, mientras se ignora que la propia identidad espa&ntilde;ola es un producto de mezclas, conquistas y sincretismos nunca del todo estables.
    </p><p class="article-text">
        La misma operaci&oacute;n se repite cuando se trata de la memoria de los propios. En un pa&iacute;s con decenas de miles de personas enterradas en cunetas sin nombre, la exigencia de reparaci&oacute;n y justicia es reencuadrada sistem&aacute;ticamente como <em>despertar el odio</em> o <em>reabrir heridas</em>. El mecanismo es id&eacute;ntico: quien reclama que se reconozca el da&ntilde;o es acusado de no querer pasar p&aacute;gina, de vivir del rencor, de no estar a la altura del presente. La indignidad no es que est&eacute;n enterrados ah&iacute;; la indignidad, seg&uacute;n esa l&oacute;gica, es nombrarlo. Es la encomienda aplicada a la memoria: una parte decide qu&eacute; se recuerda y en qu&eacute; t&eacute;rminos, y llama odio a la negativa de la otra a aceptar ese contrato.
    </p><p class="article-text">
        La objeci&oacute;n m&aacute;s honesta a este argumento merece ser formulada bien: cualquier Estado democr&aacute;tico tiene derecho a pedir a quienes llegan que respeten un marco com&uacute;n de convivencia. No es colonialismo exigir que se cumplan las leyes, que se aprenda la lengua, que se acepten las reglas del juego colectivo. Es gesti&oacute;n leg&iacute;tima de la diversidad. La respuesta no es negar esa necesidad sino se&ntilde;alar d&oacute;nde se cruza la l&iacute;nea: cuando el marco com&uacute;n deja de ser un suelo m&iacute;nimo compartido y se convierte en techo cultural &mdash;cuando ya no basta con respetar la ley sino que hay que vestir, rezar, llamarse y comportarse de una manera determinada para ser considerado de los nuestros&mdash;, la integraci&oacute;n ha dejado de ser un contrato y se ha convertido en una rendici&oacute;n. Esa es la encomienda perpetua: no el derecho a pedir convivencia, sino la exigencia de que el otro desaparezca para poder convivir con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        No es un detalle menor que Ayuso protagonizara este episodio el mismo mes en que su comunidad gestiona una de las mayores poblaciones inmigrantes de Espa&ntilde;a, con m&aacute;s de 1,3 millones de personas extranjeras empadronadas en Madrid seg&uacute;n el INE. La misma presidenta que celebra en M&eacute;xico la evangelizaci&oacute;n como regalo civilizatorio exige, de vuelta en la Puerta del Sol, que esa misma poblaci&oacute;n rinda el tributo de la asimilaci&oacute;n como prueba de lealtad. La coherencia ideol&oacute;gica es perfecta: quien cree que Espa&ntilde;a le hizo un favor a Am&eacute;rica hace quinientos a&ntilde;os cree tambi&eacute;n que le hace un favor al inmigrante que le limpia la casa. La encomienda, en ambos casos, se presenta como un acto de amor.
    </p><p class="article-text">
        Esta presi&oacute;n asimilacionista convive con un r&eacute;gimen de derechos condicionales y sospecha permanente. La <em>protecci&oacute;n</em> que ofrece el Estado es selectiva y revocable. El informe <em>Parar el racismo, no a las personas</em>, elaborado por Rights International Spain, document&oacute; la sistematicidad del perfil racial en las identificaciones policiales en Madrid. Estas pr&aacute;cticas persisten y se han agravado: la Agencia de Derechos Fundamentales de la Uni&oacute;n Europea (FRA, 2024) constat&oacute; que el 34% de los hombres afrodescendientes en Espa&ntilde;a fueron identificados policialmente en los cinco a&ntilde;os anteriores al estudio, y que Espa&ntilde;a es el segundo pa&iacute;s europeo con mayor tasa de percepci&oacute;n de discriminaci&oacute;n racial en las identificaciones, con un 66% de los afectados. La Ley de Extranjer&iacute;a permite la detenci&oacute;n administrativa en Centros de Internamiento de Extranjeros hasta 60 d&iacute;as por una mera irregularidad migratoria, un trato que no tiene equivalente para la poblaci&oacute;n nacional. Los derechos fundamentales dejan de ser universales para convertirse en un premio condicionado al comportamiento <em>correcto</em>, a la discreci&oacute;n y a la renuncia a la diferencia visible.
    </p><p class="article-text">
        El resultado es la recreaci&oacute;n de la condici&oacute;n suspendida del ind&iacute;gena encomendado. A pesar de que en Espa&ntilde;a residen 2,5 millones de musulmanes &mdash;seg&uacute;n el estudio demogr&aacute;fico del Observatorio Andalus&iacute; referido a 31 de diciembre de 2024, en torno al 5% de la poblaci&oacute;n, casi la mitad de ellos ya ciudadanos espa&ntilde;oles de pleno derecho&mdash;, la ret&oacute;rica p&uacute;blica y pol&iacute;tica los sit&uacute;a en un estatus de provisionalidad perpetua. Su pertenencia est&aacute; sujeta a una conversi&oacute;n cultural que nunca se considera suficiente. Incluso sus hijos, nacidos y educados aqu&iacute;, siguen cargando con la hipoteca identitaria de un origen siempre cuestionado. Son, en el imaginario colectivo, inmigrantes perpetuos, nunca del todo <em>de aqu&iacute;</em>, siempre a un paso de ser declarados inadaptados o desleales. Esta din&aacute;mica tiene un nombre sencillo: se puede tener el pasaporte y seguir siendo extranjero en el imaginario de quienes te rodean.
    </p><p class="article-text">
        Para desmontar este mecanismo no bastan ajustes cosm&eacute;ticos en las leyes de extranjer&iacute;a. Lo que la&nbsp;<em>interculturalidad cr&iacute;tica</em>&nbsp;propone &mdash;y que Stuart Hall o An&iacute;bal Quijano teorizan desde &aacute;ngulos distintos&mdash; es m&aacute;s radical: desvincular irrevocablemente los derechos fundamentales de toda condici&oacute;n migratoria; reconocer la pluralidad cultural como valor constitutivo y no como problema a gestionar; abandonar la prueba de asimilaci&oacute;n como condici&oacute;n de pertenencia. No es un programa pol&iacute;tico, es una direcci&oacute;n. La diferencia con el modelo actual es la misma que hay entre un contrato y una deuda.
    </p><p class="article-text">
        El viaje de Ayuso a M&eacute;xico termin&oacute; en retirada anticipada, convertida en agravio &eacute;pico para consumo interno. Pero lo m&aacute;s revelador del episodio no fue el boicot ni el esc&aacute;ndalo diplom&aacute;tico: fue que nadie en el debate p&uacute;blico espa&ntilde;ol conect&oacute; lo que Ayuso dec&iacute;a en el Z&oacute;calo con lo que su modelo de integraci&oacute;n hace en Lavapi&eacute;s. Ese punto ciego es el s&iacute;ntoma m&aacute;s preciso de la encomienda perpetua: la incapacidad de reconocer que el paternalismo colonial y la exigencia de asimilaci&oacute;n hablan el mismo idioma, solo que en acentos distintos.
    </p><p class="article-text">
        La encomienda hist&oacute;rica comenz&oacute; a resquebrajarse cuando su inhumanidad result&oacute; insostenible para la propia conciencia imperial. La encomienda perpetua del siglo XXI aguarda un destino similar. Su abolici&oacute;n no llegar&aacute; por decreto, sino por el reconocimiento colectivo de otra verdad inc&oacute;moda: que la verdadera fortaleza de una sociedad no se mide por su homogeneidad, sino por su capacidad para construir un <em>nosotros</em> lo suficientemente amplio y complejo como para albergar, en igualdad de condiciones, todas las trayectorias, todos los acentos y todos los platos que la habitan. La tarea, aqu&iacute; y ahora, es aprender a dejar de ser encomenderos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/encomienda-perpetua_129_13259474.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 09:51:02 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La encomienda perpetua]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La erótica del orden]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/erotica-orden_129_13228809.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En 1922, el arque&oacute;logo brit&aacute;nico Howard Carter abri&oacute; la tumba de Tutankam&oacute;n. Entre los miles de objetos hallados, destacaba uno aparentemente modesto: una plomada. Este instrumento, usado para verificar la verticalidad en la construcci&oacute;n, simbolizaba algo m&aacute;s que precisi&oacute;n arquitect&oacute;nica. En el antiguo Egipto, el concepto de <em>Maat</em> &mdash;traducido como verdad, justicia y orden c&oacute;smico&mdash; era la base de la civilizaci&oacute;n. Sin &eacute;l, cre&iacute;an, el caos (<em>Isfet</em>) devorar&iacute;a el mundo. La plomada materializaba esta idea: el orden no era una preferencia, sino una condici&oacute;n de existencia. Tres mil a&ntilde;os despu&eacute;s, en un contexto radicalmente distinto, este deseo de orden sigue dictando destinos colectivos, aunque hoy se disfrace de algoritmo, seguridad nacional o pureza identitaria.
    </p><p class="article-text">
        El antrop&oacute;logo Clifford Geertz observ&oacute; en sus estudios en Bali que el Estado tradicional no se organizaba generalmente mediante la coerci&oacute;n, sino a trav&eacute;s de <em>teatro pol&iacute;tico</em>: rituales, procesiones y jerarqu&iacute;as visibles que naturalizaban el orden social haci&eacute;ndolo parecer parte del cosmos. Este mecanismo no es exclusivo de las sociedades tradicionales. El soci&oacute;logo alem&aacute;n Max Weber defini&oacute; el Estado moderno por su <em>monopolio leg&iacute;timo de la violencia f&iacute;sica</em>, pero tambi&eacute;n por su capacidad de producir orden administrativo mediante la burocracia racional. Seg&uacute;n Weber, esta burocracia crea una <em>jaula de hierro</em> de reglas y procedimientos que ordena la vida social de manera predecible y apol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo franc&eacute;s Michel Foucault profundiz&oacute; en esta genealog&iacute;a. En <em>Vigilar y castigar</em> (1975), analiz&oacute; c&oacute;mo, entre los siglos XVII y XIX, el castigo espectacular del cuerpo (torturas p&uacute;blicas) fue sustituido por un sistema de disciplinas que buscaba <em>ordenar</em> las almas. La prisi&oacute;n pan&oacute;ptica, donde cada preso puede ser observado en cualquier momento sin saberlo, se convirti&oacute; en el modelo de una sociedad disciplinaria que produce orden mediante la interiorizaci&oacute;n de la vigilancia. Seg&uacute;n Foucault, hospitales, escuelas, cuarteles y f&aacute;bricas replicaron esta l&oacute;gica, creando <em>cuerpos d&oacute;ciles</em> adaptados al orden industrial y estatal. Esta producci&oacute;n de orden no se detiene en las instituciones del siglo XIX; encuentra en la democracia contempor&aacute;nea sus propias m&eacute;tricas de obediencia. El anarquismo lleva dos siglos se&ntilde;alando que el problema no es la ausencia de orden sino su monopolio: que cuando una sola instancia &mdash;el Estado, el mercado, el algoritmo&mdash; se arroga el derecho a definirlo, el orden deja de ser convivencia y se convierte en dominaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La atracci&oacute;n por el orden en contextos de crisis no es una simple met&aacute;fora. Tiene expresiones cuantificables. El informe <em>Democracia bajo presi&oacute;n</em> (Varieties of Democracy Institute, 2023) muestra que entre 2012 y 2022, el porcentaje de ciudadanos en democracias establecidas que creen que <em>un l&iacute;der fuerte que no tenga que molestarse con el parlamento ni las elecciones</em> es bueno o muy bueno aument&oacute; del 24% al 32%. Este aumento es m&aacute;s pronunciado en pa&iacute;ses con mayor desigualdad econ&oacute;mica y polarizaci&oacute;n pol&iacute;tica. El informe V-Dem 2025 confirma la tendencia: la democracia se deteriora ya en 27 pa&iacute;ses y mejora solo en 8, con una ca&iacute;da especialmente pronunciada en los mecanismos deliberativos &mdash;la disposici&oacute;n de los gobiernos a escuchar la oposici&oacute;n y el pluralismo&mdash;. Este anhelo encuentra eco en figuras como Donald Trump, cuyas declaraciones apelan directamente a esta l&oacute;gica de l&iacute;der fuerte por encima de instituciones.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, seg&uacute;n el Centro de Investigaciones Sociol&oacute;gicas (CIS, Bar&oacute;metro de marzo de 2024), el 67,3% de los ciudadanos considera que la <em>seguridad ciudadana</em> es un problema muy o bastante importante, superado solo por los problemas econ&oacute;micos. Sin embargo, los datos oficiales del Ministerio del Interior muestran que la tasa de criminalidad en Espa&ntilde;a (50,9 delitos por cada 1.000 habitantes en 2023, seg&uacute;n el INE) sigue siendo de las m&aacute;s bajas de la Uni&oacute;n Europea. Adem&aacute;s, ese repunte respecto a a&ntilde;os anteriores se debe casi &iacute;ntegramente al cibercrimen &mdash;que se ha quintuplicado y ya representa el 17% del total&mdash;, mientras que la criminalidad convencional ha continuado descendiendo: de 4,9 delitos por cada 100 habitantes en 2019 a 4,24 en 2023. Esta divergencia entre percepci&oacute;n y estad&iacute;stica sugiere que el <em>orden</em> funciona como significante pol&iacute;tico m&aacute;s que como descripci&oacute;n emp&iacute;rica. La psicolog&iacute;a social lleva d&eacute;cadas explicando por qu&eacute; esa brecha no sorprende.
    </p><p class="article-text">
        Estudios pioneros de Jost (2003) y meta-an&aacute;lisis posteriores (Burke, 2013) demuestran que la incertidumbre existencial &mdash;econ&oacute;mica, identitaria, pand&eacute;mica&mdash; aumenta la preferencia por sistemas que ofrezcan orden y certidumbre, incluso a costa de libertades. Estos estudios, centrados en la motivaci&oacute;n de epistemolog&iacute;as de cierre (<em>need for cognitive closure</em>), muestran que en condiciones de incertidumbre las personas tienden a buscar sistemas de creencias que ofrezcan respuestas claras y definitivas. En una l&iacute;nea similar, la Teor&iacute;a de la Gesti&oacute;n del Terror (<em>Terror Management Theory</em>) explica c&oacute;mo la conciencia de la mortalidad puede aumentar la adhesi&oacute;n a visiones culturales que prometen orden y permanencia simb&oacute;lica. Este fen&oacute;meno, llamado <em>compensaci&oacute;n del terror</em>, explica parcialmente el atractivo de discursos que prometen restaurar un orden perdido o defenderse de amenazas ca&oacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        La er&oacute;tica del orden tiene una dimensi&oacute;n est&eacute;tica y material. El urbanismo ha sido hist&oacute;ricamente un campo de batalla. El bar&oacute;n Haussmann, al reformar Par&iacute;s entre 1853 y 1870 bajo el mandato del emperador Napole&oacute;n III, no solo buscaba embellecer la ciudad. Sus bulevares rectos y anchos permit&iacute;an el flujo de mercanc&iacute;as y, crucialmente, el r&aacute;pido despliegue de tropas para controlar revueltas populares. El orden urbano era orden social y pol&iacute;tico. Hoy, la <em>gentrificaci&oacute;n</em> sigue una l&oacute;gica similar: se presenta como <em>regeneraci&oacute;n, saneamiento</em> o <em>puesta en valor</em>, pero suele implicar la expulsi&oacute;n de poblaciones vulnerables y la homogeneizaci&oacute;n socioecon&oacute;mica, cuando no la transformaci&oacute;n de los barrios en centros comerciales et&iacute;lico gastron&oacute;micos al aire libre, los logro&ntilde;eses saben muy bien de lo que hablo. En Madrid, seg&uacute;n el Observatorio de la Sostenibilidad, el precio de la vivienda en el centro hist&oacute;rico aument&oacute; un 156% entre 2014 y 2023, mientras que la poblaci&oacute;n con rentas bajas disminuy&oacute; un 22%.
    </p><p class="article-text">
        La tecnolog&iacute;a digital ha llevado la l&oacute;gica del orden a una escala sin precedentes. Los algoritmos de las plataformas digitales clasifican, predicen y, en &uacute;ltima instancia, ordenan la realidad social. Un estudio del MIT Media Lab (2021) sobre el algoritmo de YouTube encontr&oacute; que, en contextos de alta polarizaci&oacute;n pol&iacute;tica, la recomendaci&oacute;n de videos tend&iacute;a a priorizar contenido emocionalmente intenso y maniqueo, creando burbujas de orden ideol&oacute;gico cerradas. Este orden no es est&aacute;tico, sino adaptativo: se personaliza para cada usuario, creando la ilusi&oacute;n de un mundo coherente y a medida.
    </p><p class="article-text">
        Esta l&oacute;gica de orden algor&iacute;tmico, cuando es adoptada por el Estado, alcanza su expresi&oacute;n m&aacute;s radical en sistemas como el de Cr&eacute;dito Social chino (SCS) y<em> </em>tiene consecuencias materiales. El SCS, implementado progresivamente desde 2014, clasifica a ciudadanos y empresas mediante algoritmos que eval&uacute;an comportamiento social y lo penaliza, desde delitos graves hasta cruzar indebidamente una carretera (Merics, 2022). Estimaciones oficiales hablan de 17 millones de <em>desacreditados</em> en 2018. Las sanciones son materiales: restricciones para comprar billetes de tren o avi&oacute;n, denegaci&oacute;n de acceso a cr&eacute;ditos bancarios, o exclusi&oacute;n de escuelas y empleos p&uacute;blicos. Este sistema, presentado como herramienta para construir un <em>orden social basado en la confianza</em>, externaliza el caos de la gobernanza a los ciudadanos: la presi&oacute;n por autorregularse bajo la amenaza de exclusi&oacute;n sist&eacute;mica genera ansiedad e incertidumbre vital, mientras el Estado mantiene una fachada de armon&iacute;a y eficiencia algor&iacute;tmica.
    </p><p class="article-text">
        La ultraderecha global ha sabido capitalizar esta er&oacute;tica del orden. Su discurso une la promesa de seguridad f&iacute;sica con la de integridad identitaria. En Espa&ntilde;a, el t&eacute;rmino <em>ley y orden</em> aparece en el 43% de los discursos parlamentarios de Vox analizados entre 2019 y 2023 (An&aacute;lisis del Laboratorio de la Fundaci&oacute;n Alternativas). Este orden se presenta como defensa contra amenazas internas (independentismo, feminismo <em>radical</em>, inmigraci&oacute;n) y externas (globalismo, Uni&oacute;n Europea). Este discurso, que vincula orden con identidad y soberan&iacute;a, no es nuevo ni exclusivo de Espa&ntilde;a. La historiadora Anne Applebaum y el polit&oacute;logo Ivan Krastev han analizado c&oacute;mo, en pa&iacute;ses de Europa del Este como Bulgaria, movimientos similares construyen su atractivo sobre una nostalgia por un pasado mitificado y estable (ya sea comunista o pre-comunista), y sobre la defensa de una identidad nacional homog&eacute;nea frente a cambios demogr&aacute;ficos r&aacute;pidos y &eacute;lites globalizadas percibidas como ca&oacute;ticas. Patr&oacute;n que Applebaum resume en orden como retorno a fronteras n&iacute;tidas y jerarqu&iacute;as claras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La DANA de Valencia (octubre de 2024) lo ilustra con brutal precisi&oacute;n dom&eacute;stica. No hay que irse a las distop&iacute;as algor&iacute;tmicas del SCS chino para encontrar la paradoja: un gobierno regional que hab&iacute;a hecho de la autoridad, el orden y la gesti&oacute;n eficiente su capital pol&iacute;tico central no fue capaz de emitir una alerta a tiempo. Murieron m&aacute;s de doscientas personas. La lluvia de fango que recibi&oacute; la comitiva institucional en Paiporta era algo m&aacute;s que rabia: era el momento en que el significante &ldquo;orden&rdquo; perd&iacute;a su funci&oacute;n de promesa y quedaba reducido a lo que siempre fue, un relato.
    </p><p class="article-text">
        El orden no es en s&iacute; mismo el problema. Sin cierto grado de orden compartido &mdash;normas, instituciones, marcos de convivencia&mdash; no hay vida social posible, sino solo la ley del m&aacute;s fuerte. La cuesti&oacute;n no es el orden frente al caos, sino qu&eacute; tipo de orden, construido por qui&eacute;n y a costa de qui&eacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; tipo de orden estamos dispuestos a aceptar &mdash;y a cambio de qu&eacute; libertades, de qu&eacute; cuerpos, de qu&eacute; vidas?&nbsp;La paradoja final es que la b&uacute;squeda obsesiva de un orden esencializado y excluyente suele generar las mismas fuerzas ca&oacute;ticas que pretende dominar. El soci&oacute;logo polaco Zygmunt Bauman, en <em>Modernidad l&iacute;quida</em> (2000), argument&oacute; que la b&uacute;squeda de soluciones <em>s&oacute;lidas</em> a los problemas <em>l&iacute;quidos</em> de la globalizaci&oacute;n &mdash;como construir muros frente a flujos migratorios o reafirmar identidades cerradas frente a la diversidad&mdash; es contraproducente. Genera m&aacute;s fricci&oacute;n, m&aacute;s conflicto y, en &uacute;ltima instancia, m&aacute;s incertidumbre.
    </p><p class="article-text">
        Esta paradoja &mdash;la b&uacute;squeda de un orden excluyente generando caos&mdash; se materializa de forma cruda en los datos sobre delitos de odio. En Espa&ntilde;a, el Ministerio del Interior registr&oacute; en 2023 un total de 2.268 infracciones penales e incidentes de odio, un 21,3% m&aacute;s que en 2022. Los delitos por racismo y xenofobia son los m&aacute;s numerosos (856 hechos, el 41,8% del total), mientras que el antisemitismo creci&oacute; un 77% y el antigitanismo un 68% respecto al a&ntilde;o anterior. Es decir: los mismos grupos que el discurso del orden sit&uacute;a como amenaza &mdash;migrantes, minor&iacute;as &eacute;tnicas&mdash; son los que acaban soportando la violencia que ese discurso genera.
    </p><p class="article-text">
        La plomada de Tutankam&oacute;n med&iacute;a la verticalidad, pero tambi&eacute;n simbolizaba un equilibrio: el orden como armon&iacute;a, no como imposici&oacute;n. La diferencia entre ambos conceptos es fundamental. Un orden que se construye sobre la exclusi&oacute;n, la vigilancia y el miedo puede parecer estable, pero su base es fr&aacute;gil. Genera resentimiento, resistencia y, finalmente, su propia erosi&oacute;n. La er&oacute;tica del orden siempre ha ofrecido un espejismo: que es posible domesticar el caos inherente a la existencia colectiva. Pero ese espejismo tiene un coste tangible, medible en exclusiones, en ansiedad internalizada y en la reducci&oacute;n de la complejidad humana a variables gobernables. El verdadero orden, sugiere la antropolog&iacute;a, no es la ausencia de conflicto, sino el marco dentro del cual el conflicto puede desarrollarse sin destruir la trama com&uacute;n. Cuando un sistema promete lo primero, suele producir lo segundo. La plomada, al final, solo mide la verticalidad de un muro; no dice qui&eacute;n queda fuera ni qu&eacute; mundo se construye dentro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/erotica-orden_129_13228809.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 08:32:05 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La erótica del orden]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La clase]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/clase_129_13223614.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En los a&ntilde;os dorados de la posguerra mundial, un contable de Detroit, un profesor de Lyon y un peque&ntilde;o comerciante de Stuttgart compart&iacute;an algo m&aacute;s que un coche en el garaje y unas vacaciones anuales. Cre&iacute;an formar parte de un mismo bloque social ascendente, el coraz&oacute;n estable de las democracias occidentales: la clase media. Hoy, ese contable teme la externalizaci&oacute;n de su puesto, el profesor franc&eacute;s ha marchado &mdash;o marchaba&mdash; con los <em>chalecos amarillos</em> contra la p&eacute;rdida de poder adquisitivo, y el comerciante alem&aacute;n observa c&oacute;mo los grandes <em>marketplaces</em> digitales estrangulan su negocio. La promesa se ha resquebrajado, y al hacerlo, ha dejado al descubierto una pregunta inc&oacute;moda: &iquest;fue la <em>clase media</em> una realidad sociol&oacute;gica o un relato pol&iacute;tico magistral? Para responder, hay que separar los n&uacute;meros de los relatos.
    </p><p class="article-text">
        Las cifras no mienten, pero pueden contar historias distintas. Seg&uacute;n el World Inequality Report 2026 &mdash;el informe de referencia elaborado por m&aacute;s de doscientos investigadores del World Inequality Lab&mdash;, el 10 por ciento m&aacute;s rico de la poblaci&oacute;n mundial captura el 53 por ciento de la renta global, mientras que la mitad m&aacute;s pobre se queda con solo el 8 por ciento. En la OCDE, el ingreso disponible del 10 por ciento m&aacute;s rico es 9,6 veces superior al del 10 por ciento m&aacute;s pobre &mdash;la mayor brecha registrada en treinta a&ntilde;os&mdash;, una distancia que se ha ensanchado sin pausa desde los a&ntilde;os ochenta. Estos datos no hablan de una sola l&iacute;nea que divida a capitalistas y trabajadores, sino de una pendiente empinada donde la posici&oacute;n define el acceso a la salud, la educaci&oacute;n, la vivienda y la esperanza de vida. La clase, como estructura de desigualdad material, no solo existe, sino que se ha hecho m&aacute;s compleja y, en muchos aspectos, m&aacute;s profunda.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el lenguaje p&uacute;blico para describir esta realidad se ha vuelto borroso. El soci&oacute;logo estadounidense C. Wright Mills ya advert&iacute;a en 1951, en <em>White Collar</em>, sobre la nueva <em>columna vertebral</em> del capitalismo: una masa de empleados administrativos, vendedores y gerentes que no se identificaban ni con los <em>capitalistas</em> ni con el <em>proletariado industrial</em>. &iquest;Existe, por cierto, un <em>proletariado</em> digital? Su identidad se construy&oacute; alrededor del consumo, la educaci&oacute;n y el estatus, no de la relaci&oacute;n con los medios de producci&oacute;n. Aqu&iacute; surge un dilema estrat&eacute;gico persistente: &iquest;c&oacute;mo combatir un relato poderoso, el del ascenso individual y la clase media, sin caer en la mera nostalgia de un lenguaje cr&iacute;tico que ya no conmueve, ni en la adopci&oacute;n acr&iacute;tica de las mismas herramientas de marketing que fabricaron el mito?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace treinta a&ntilde;os este debate ya estaba abierto; hoy es m&aacute;s urgente. Adoptar el lenguaje del <em>coaching</em> o la marca personal para denunciar la precariedad puede significar, sin una cr&iacute;tica f&eacute;rrea al marco individualista, reforzar la misma l&oacute;gica que se pretende desmontar. Este fue el caldo de cultivo perfecto para que el t&eacute;rmino <em>clase media</em> trascendiera lo descriptivo para volverse un proyecto ideol&oacute;gico. Durante la Guerra Fr&iacute;a, en Occidente se promovi&oacute; activamente la narrativa de la <em>sociedad de clases medias</em> como ant&iacute;doto frente al discurso de lucha de clases del bloque sovi&eacute;tico. Ser de clase media equival&iacute;a a ser moderno, democr&aacute;tico y apol&iacute;tico en el sentido conflictivo.
    </p><p class="article-text">
        El &eacute;xito de este relato fue tal que reconfigur&oacute; el campo pol&iacute;tico. Los partidos tradicionales de izquierda obrera, como la socialdemocracia europea, viraron gradualmente su discurso para <em>representar a las amplias clases medias</em>. El conflicto abierto entre capital y trabajo fue sustituido por el pacto del Estado del bienestar: a cambio de paz social, se garantizaban derechos sociales y un ascenso material continuado. Pero este pacto ten&iacute;a una cl&aacute;usula oculta: para mantenerlo, el crecimiento econ&oacute;mico deb&iacute;a ser perpetuo y sus frutos, repartidos. Cuando esa premisa fall&oacute; &mdash;con las crisis del petr&oacute;leo de los 70, la financiarizaci&oacute;n y la globalizaci&oacute;n desregulada&mdash;, la base material de esa <em>clase media</em> comenz&oacute; a erosionarse.
    </p><p class="article-text">
        Lo que sigui&oacute; no fue un regreso a la conciencia de clase, sino una gran confusi&oacute;n. El trabajador industrial precarizado, el becario sobrecualificado y el aut&oacute;nomo al borde de la quiebra segu&iacute;an llam&aacute;ndose a s&iacute; mismos <em>clase media</em>, aunque su realidad se asemejara m&aacute;s a la de sus abuelos proletarios. Como se&ntilde;ala el fil&oacute;sofo Emmanuel Todd, esta <em>inconsciencia de clase</em> es un rasgo definitorio de nuestro tiempo. La identidad se aferra a un estatus simb&oacute;lico &mdash;el de <em>no ser pobre</em>&mdash; incluso cuando las condiciones materiales se degradan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esto genera un llamativo <em>efecto Rashomon</em>: la misma realidad social se describe de forma radicalmente distinta dependiendo de qui&eacute;n &mdash;y desde qu&eacute; posici&oacute;n&mdash; la narre. En Espa&ntilde;a, el 55,5 por ciento se autopercibe como clase media en alguna de sus variantes &mdash;alta, media o baja&mdash; (CIS Bar&oacute;metro, septiembre de 2025), pero seg&uacute;n el criterio objetivo de la OCDE &mdash;renta entre el 75 por ciento y el 200 por ciento de la media nacional&mdash;, el 61,5 por ciento de los hogares lo es t&eacute;cnicamente (CaixaBank Research, basado en la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, 2023). La paradoja opera en sentido inverso al esperado: m&aacute;s gente es clase media seg&uacute;n los ingresos de la que se siente clase media. Lo que el dato estad&iacute;stico no captura es la experiencia de esa <em>inconsciencia de clase</em>: aferrarse al estatus simb&oacute;lico de <em>no ser pobre</em> aunque, como ya hemos dicho, la realidad material se degrade.
    </p><p class="article-text">
        Este divorcio entre s&iacute;mbolo y sustento se materializa en el urbanismo de la desigualdad. Tomemos un barrio cualquiera, uno como en el que yo vivo, crecido al albur de la burbuja inmobiliaria, donde el alquiler se sit&uacute;a hoy entre los m&aacute;s altos de la ciudad. Carece de centro de salud p&uacute;blico y de colegio, pero cuenta con un centro comercial. Sus habitantes, con dificultad, se considerar&iacute;an clase trabajadora; el c&oacute;digo postal, el escaparate de la tienda y la fachada les susurran otra historia. Sin embargo, la ecuaci&oacute;n es puramente proletaria: se necesitan dos sueldos, a menudo precarios, bajo ese mismo techo para llegar a fin de mes. El estatus es un decorado que ocupa el lugar de los servicios p&uacute;blicos, y la hipoteca o el alquiler estrangulador cumplen la funci&oacute;n disciplinaria que anta&ntilde;o ten&iacute;a la f&aacute;brica. Este fen&oacute;meno subyace a paradojas pol&iacute;ticas clave: por qu&eacute; sectores vulnerables votan a menudo contra sus intereses econ&oacute;micos inmediatos, privilegiando agendas identitarias o nacionalistas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En ese vac&iacute;o de lenguaje de clase se cuela la segunda operaci&oacute;n: el desgaste deliberado del eje izquierda-derecha. Declarar esta divisi&oacute;n <em>obsoleta</em> ha sido un caballo de Troya de primer orden. Cuando un <em>think tank</em> neoliberal o un pol&iacute;tico de nuevo cu&ntilde;o proclama que <em>las soluciones no son de izquierda o derecha, sino sensatas o insensatas,</em> o aquello de <em>solo veo personas</em>, est&aacute; realizando un acto de enorme violencia simb&oacute;lica. Declara que la distribuci&oacute;n de la riqueza, el peso de los impuestos, la fuerza de los sindicatos o el alcance de lo p&uacute;blico no son decisiones pol&iacute;ticas con visiones opuestas del mundo, sino meras cuestiones t&eacute;cnicas de eficiencia.
    </p><p class="article-text">
        Este discurso beneficia abiertamente al poder financiero y a las &eacute;lites concentradas. Si el debate p&uacute;blico se desplaza desde <em>&iquest;qui&eacute;n paga? </em>hacia<em> &iquest;c&oacute;mo hacemos esto m&aacute;s eficiente?, </em>el resultado predecible es que la carga recaiga sobre los eslabones m&aacute;s d&eacute;biles. La austeridad poscrisis de 2008 no se vendi&oacute; como una opci&oacute;n ideol&oacute;gica de derechas, sino como una <em>necesidad t&eacute;cnica</em>. Las reformas laborales se presentan no como un trasvase de poder del trabajo al capital, sino como <em>modernizaci&oacute;n para la competitividad</em>. Al evaporarse el lenguaje de la lucha de clases, se disuelve tambi&eacute;n el marco para oponer resistencia coherente.
    </p><p class="article-text">
        No es casualidad que, paralelamente, hayan surgido con fuerza nuevos ejes de divisi&oacute;n, a menudo m&aacute;s viscerales: globalistas vs. patriotas, metropolitanos vs. perif&eacute;ricos, <em>woke</em> vs. tradicionalistas. Estos nuevos frentes, amplificados por algoritmos y redes sociales, son funcionales al <em>statu quo</em> econ&oacute;mico porque desv&iacute;an la atenci&oacute;n del conflicto material. Mientras se debate acaloradamente sobre cultura, s&iacute;mbolos e identidad, se aprueban en silencio presupuestos regresivos o tratados comerciales que benefician a unos pocos.
    </p><p class="article-text">
        Pero la realidad, tozuda, acaba imponi&eacute;ndose. La pandemia de COVID-19 fue un revelador social masivo. Puso en primer plano qui&eacute;nes eran los <em>trabajadores esenciales</em>: repartidores, cajeras, enfermeras, personal de limpieza. En ellos se encarna la paradoja del proletariado digital, la farsa laboral del siglo XXI. Es la materializaci&oacute;n de lo que el antrop&oacute;logo David Graeber llam&oacute; <em>trabajos de mierda</em>: empleos que hasta quienes los desempe&ntilde;an perciben como carentes de sentido, pero que perpet&uacute;an un sistema de vigilancia y explotaci&oacute;n disfrazado de oportunidad. Mientras las plataformas promueven la narrativa del <em>socio</em> o el <em>creador de contenido</em>, la realidad es la de un trabajador hipervigilado y despose&iacute;do. En Espa&ntilde;a, la Ley Rider (2021) desmont&oacute; la ficci&oacute;n del <em>falso aut&oacute;nomo</em> estableciendo la presunci&oacute;n de laboralidad. M&aacute;s de dos a&ntilde;os despu&eacute;s, los propios repartidores calculan que deben trabajar unas diez horas diarias para aproximarse al Salario M&iacute;nimo Interprofesional, asumiendo de su bolsillo las cotizaciones a la Seguridad Social, el IVA y el mantenimiento del veh&iacute;culo: la<em> app</em> es de la empresa; los costes son suyos. Este es el n&uacute;cleo de la nueva condici&oacute;n obrera: no poseer los medios de producci&oacute;n (la <em>app</em> es de la empresa), su trabajo enajenado por un algoritmo y su estatus de permanente inseguridad, a menudo enmascarado bajo las autodenominaciones de CEO, CIO, CTO, CDO, CMO... &mdash;o cualquier otro, por supuesto, en ingl&eacute;s&mdash;&nbsp;en un perfil de LinkedIn.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es la internalizaci&oacute;n patol&oacute;gica de la precariedad como un proyecto heroico de autoexplotaci&oacute;n. Esta es la esencia del nuevo proletariado: gente sin grandes patrimonios, cuya subsistencia depende enteramente de un salario incierto y cuya exposici&oacute;n al riesgo es m&aacute;xima. No eran <em>clase media</em> en el sentido id&iacute;lico del t&eacute;rmino; eran la clase trabajadora del siglo XXI, diversa, precaria en muchos casos y absolutamente fundamental. Ese contable de Detroit, ese profesor de Lyon y ese comerciante de Stuttgart nunca dejaron de ser trabajadores. Hoy lo son el <em>rider</em> vigilado por el algoritmo, la cajera del s&uacute;per, la enfermera de planta. El desaf&iacute;o no es negar la complejidad moderna ni resucitar dogmatismos del XIX. Es reencontrar un lenguaje honesto que nombre la nueva explotaci&oacute;n digital, la concentraci&oacute;n obscena de riqueza en fondos y tecnol&oacute;gicas, la vulnerabilidad com&uacute;n de quienes viven del salario. La clase media como mito disolvente tuvo su d&iacute;a. El futuro pertenece a quien describa el mundo no como sue&ntilde;o de ascenso individual, sino como <em>lo que realmente es</em>: una lucha cotidiana por qui&eacute;n se lleva el fruto del esfuerzo colectivo. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/clase_129_13223614.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 09:10:22 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La clase]]></media:title>
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