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    <title><![CDATA[elDiario.es - Enrique Cabezón]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/enrique-cabezon/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Enrique Cabezón]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Deseo y consumo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/deseo-consumo_129_13339805.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El deseo, esa fuerza que desde Arist&oacute;teles hasta Spinoza fue entendida como la esencia misma del esfuerzo vital &mdash;el&nbsp;<em>conatus</em>&nbsp;que nos impulsa a perseverar y aumentar nuestra potencia&mdash; ha sido capturado. Su pol&iacute;tica ya no se debate en los &aacute;mbitos de la virtud o la potencia colectiva, sino en los algoritmos de las plataformas y en las l&oacute;gicas del balance riesgo-beneficio emocional. Lo que anta&ntilde;o era un motor de vinculaci&oacute;n y florecimiento com&uacute;n, hoy se ha mecanizado, cuantificado y, en &uacute;ltima instancia, vaciado de su capacidad para crear mundo compartido.
    </p><p class="article-text">
        La filosof&iacute;a cl&aacute;sica ya anticip&oacute; esta tensi&oacute;n. Para Arist&oacute;teles, en&nbsp;<em>&Eacute;tica a Nic&oacute;maco</em>, el deseo (&#8004;&rho;&epsilon;&xi;&iota;&sigmaf;,&nbsp;<em>orexis</em>) solo conduc&iacute;a a la&nbsp;<em>eudaimon&iacute;a</em>&nbsp;&mdash;la felicidad entendida como florecimiento&mdash; cuando era guiado por la raz&oacute;n y la virtud hacia el bien com&uacute;n. Spinoza, siglos despu&eacute;s, radicaliz&oacute; esta idea: el deseo no es una carencia, sino la esencia misma del ser, y su pol&iacute;tica deber&iacute;a consistir en buscar aquello que nos une y aumenta nuestra potencia de actuar&nbsp;<em>juntos</em>. Martha Nussbaum, desde un marco contempor&aacute;neo, a&ntilde;adir&iacute;a que los deseos son juicios de valor sobre lo que consideramos importante; una sociedad justa tiene la responsabilidad de educarlos para que se dirijan a bienes humanos genuinos, no a espejismos. Conviene precisar algo aqu&iacute;, porque lo que sigue podr&iacute;a malinterpretarse: cenar fuera, viajar o buscar pareja en una aplicaci&oacute;n no son, en s&iacute; mismos, deseos alienados. El problema no est&aacute; en el contenido del deseo, sino en el momento en que una sola forma de satisfacerlo se convierte en la &uacute;nica imaginable &mdash;cuando el deseo leg&iacute;timo de v&iacute;nculo solo puede tramitarse por algoritmo, o el deseo leg&iacute;timo de ocio solo puede ejercerse a costa del descanso ajeno. Sin embargo, la racionalidad econ&oacute;mica dominante de las &uacute;ltimas d&eacute;cadas ha producido un efecto tan eficaz como perverso: el deseo m&aacute;s aut&eacute;ntico ha terminado coincidiendo, para buena parte de quienes lo sienten, con aquel que a&iacute;sla, endeuda y, parad&oacute;jicamente, debilita. Terminamos anhelando precisamente lo que disminuye nuestra potencia colectiva &mdash;la obsesi&oacute;n por la optimizaci&oacute;n personal, el consumo como identidad, la relaci&oacute;n afectiva como contrato de servicios&mdash;, generando as&iacute; lo que Spinoza diagnosticar&iacute;a como una&nbsp;<em>tristeza pasiva</em>, un malestar difuso y paralizante.
    </p><p class="article-text">
        Este secuestro opera, en primer t&eacute;rmino, a trav&eacute;s de la transformaci&oacute;n del deseo en el motor perfecto del consumo ilimitado. La soci&oacute;loga Eva Illouz ha desentra&ntilde;ado c&oacute;mo el capitalismo no solo vende productos, sino emociones y narrativas rom&aacute;nticas. El deseo ha sido emocionalizado para vender mejor, y las emociones, a su vez, han sido mercantilizadas para crear nuevos mercados. Los datos son elocuentes, aunque de un modo m&aacute;s sutil de lo que parece a primera vista: el endeudamiento total de los hogares espa&ntilde;oles est&aacute;, seg&uacute;n el Banco de Espa&ntilde;a, en m&iacute;nimos de los &uacute;ltimos 25 a&ntilde;os. Pero el cr&eacute;dito al consumo &mdash;el destinado a coches, viajes, imprevistos, el que no compra un techo sino un deseo&mdash; crece en 2025 al ritmo m&aacute;s intenso en siete a&ntilde;os, un 20% interanual, en m&aacute;ximos desde 2007, justo cuando la tasa de ahorro de las familias se desploma. No es optimismo: es deuda de sustituci&oacute;n, contratada para sostener un nivel de vida que la renta real ya no cubre. El deseo, financiarizado hasta la supervivencia. Ya no anhelamos un objeto por su utilidad, sino por la promesa de identidad o pertenencia que vende su publicidad, una publicidad cada vez m&aacute;s afinada por el neuromarketing para apuntar a nuestros resortes cerebrales m&aacute;s primarios. La literatura acad&eacute;mica sobre autenticidad de marca &mdash;desde Beverland hasta los estudios m&aacute;s recientes sobre confianza y lealtad del consumidor&mdash; confirma algo que cualquiera intuye: el mensaje de&nbsp;<em>autenticidad</em>&nbsp;genera m&aacute;s confianza y m&aacute;s v&iacute;nculo con la marca incluso cuando el producto es masivo y la promesa, vac&iacute;a. Anhelamos, sobre todas las cosas, sentirnos aut&eacute;nticos, y el mercado vende precisamente ese espejismo.
    </p><p class="article-text">
        Este deseo mercantilizado de&nbsp;<em>autenticidad</em>&nbsp;y conexi&oacute;n social no es abstracto; se impone materialmente en el espacio p&uacute;blico, generando un conflicto donde la libertad de consumo de unos cancela la libertad fundamental al descanso de otros. La hosteler&iacute;a es su templo. Cualquier vecino de la ciudad lo conoce de memoria: una noche de julio, ventana entreabierta porque hace calor, y desde la calle Bret&oacute;n de los Herreros sube, mezclada, la conversaci&oacute;n de las terrazas, el tintineo de los vasos, alguna risa que se alarga m&aacute;s de lo necesario; son las dos de la madrugada y ma&ntilde;ana hay que trabajar. Ese vecino no est&aacute; contra el pincho ni contra la fiesta: solo querr&iacute;a, alguna noche, poder dormir. En Logro&ntilde;o, la presi&oacute;n del sector y del turismo et&iacute;lico gastron&oacute;mico choca con las quejas vecinales por ruido y suciedad: tan grave es la situaci&oacute;n que el propio Ayuntamiento reconoci&oacute; en pleno municipal, en julio de 2024, <em>la enorme sensibilidad que suscita en este momento la contaminaci&oacute;n ac&uacute;stica en Logro&ntilde;o y el gran n&uacute;mero de quejas de la ciudadan&iacute;a residente en el centro hist&oacute;rico</em>, lo que le oblig&oacute; a ampliar a todo el Casco Antiguo la prohibici&oacute;n de beber en la calle de madrugada, hasta entonces limitada a Laurel y aleda&ntilde;as. La asociaci&oacute;n vecinal Demanda Casco Antiguo lleva meses documentando, con fotograf&iacute;as y denuncias administrativas, incumplimientos sistem&aacute;ticos de la ordenanza de terrazas que la propia administraci&oacute;n no sanciona. Paralelamente, la ciudad &mdash;y la regi&oacute;n entera&mdash; se promociona con un potente atractivo gastron&oacute;mico: La Rioja suma ocho estrellas Michelin, la proporci&oacute;n m&aacute;s alta por habitante de toda Espa&ntilde;a, y tres de los cuatro restaurantes riojanos con una estrella est&aacute;n en el propio Logro&ntilde;o. Un turismo de consumo intensivo que convive, calle por medio, con el insomnio de quien vive encima del pincho. El discurso pol&iacute;tico a menudo enmarca cualquier regulaci&oacute;n como un ataque a la&nbsp;<em>libertad</em>&nbsp;y a la&nbsp;<em>cultura</em>. Este guion se repite a mayor escala en Madrid, donde la presidenta regional, Isabel D&iacute;az Ayuso, elev&oacute; el&nbsp;<em>derecho a tomarse una ca&ntilde;a</em>&nbsp;a eslogan pol&iacute;tico durante la pandemia, defendiendo un modelo de ocio y negocio que prioriza la actividad econ&oacute;mica sobre el bienestar vecinal. El <em>Libro Blanco del Ruido</em> del propio Ayuntamiento de Madrid (2022) cifra en 648.000 los madrile&ntilde;os que viven con niveles nocturnos superiores a los 65 decibelios recomendados por la OMS. Y hay un detalle revelador: el propio mapa municipal en que se basa ese informe no contabiliza el ruido de terrazas y ocio nocturno &mdash;solo el del tr&aacute;fico&mdash;, de modo que la cifra real, la que de verdad sufren barrios como Malasa&ntilde;a o Chueca, queda oficialmente invisibilizada por dise&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo alcanza su m&aacute;xima expresi&oacute;n en la esfera de las relaciones humanas, que han sido sometidas a una l&oacute;gica de plataforma. Las apps de citas, como Tinder, operan con algoritmos de&nbsp;<em>matching</em>&nbsp;que clasifican y segmentan a los usuarios en mercados de afecto. El propio CEO de Tinder, Sean Rad, confirm&oacute; en una entrevista de 2016 la existencia de un sistema de puntuaci&oacute;n interno &mdash;el llamado&nbsp;<em>Elo score</em>, prestado del mundo del ajedrez&mdash; que clasificaba a los usuarios seg&uacute;n su &ldquo;deseabilidad&rdquo;. La compa&ntilde;&iacute;a retir&oacute; oficialmente ese sistema en 2019, aunque el mecanismo de fondo, rebautizado como&nbsp;<em>dynamic scoring</em>, sigue cumpliendo la misma funci&oacute;n bajo otro nombre. La persona se convierte en un perfil optimizable, y el encuentro, en una transacci&oacute;n evaluada por su potencial de rendimiento. El fil&oacute;sofo Byung-Chul Han lo identifica como la l&oacute;gica de la autoexplotaci&oacute;n en pos del rendimiento social. La paradoja, perfectamente cuantificada, es que esta supuesta libertad de elecci&oacute;n total conduce a la par&aacute;lisis. El Pew Research Center (2023) hall&oacute; que un 37% de los usuarios de apps de citas cree que estas ofrecen demasiadas opciones de pareja, y que m&aacute;s de un tercio de los usuarios recientes se siente abrumado por el volumen de interacciones que recibe. El deseo, puesto en libertad en un cat&aacute;logo infinito, se vuelve contra s&iacute; mismo y se anula.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica de deseo impuesto como norma social se visualiza en rituales colectivos convertidos en espect&aacute;culos de consumo. Vigo es un caso paradigm&aacute;tico con su iluminaci&oacute;n navide&ntilde;a, promocionada como una de las m&aacute;s extensas de Europa. En 2024, la ciudad instal&oacute; m&aacute;s de 11 millones de bombillas LED en unas 420 calles y plazas, con un presupuesto de 2,37 millones de euros solo ese a&ntilde;o &mdash;parte de un contrato de casi 9,5 millones a cuatro a&ntilde;os&mdash;, mientras el ayuntamiento defiende que la inversi&oacute;n &ldquo;se recupera con creces&rdquo; por el atractivo tur&iacute;stico generado. Lo que se vende como&nbsp;<em>magia</em>&nbsp;y&nbsp;<em>atracci&oacute;n tur&iacute;stica</em>&nbsp;genera un conflicto vecinal que rara vez aparece en los balances econ&oacute;micos: el coste en insomnio, saturaci&oacute;n log&iacute;stica y derecho a la oscuridad de quienes viven bajo el espect&aacute;culo no figura en ninguna partida presupuestaria. El deseo colectivo (o impuesto) de festejo y la promoci&oacute;n econ&oacute;mica se esgrimen para justificar la invasi&oacute;n del espacio dom&eacute;stico, creando una nueva forma de contaminaci&oacute;n lum&iacute;nica normalizada donde la&nbsp;<em>libertad</em>&nbsp;de disfrutar del espect&aacute;culo anula la libertad b&aacute;sica a un entorno saludable.
    </p><p class="article-text">
        Esta mecanizaci&oacute;n prepara el terreno para la &uacute;ltima transformaci&oacute;n: la sustituci&oacute;n del v&iacute;nculo por el contrato. El pensamiento neoliberal, como analiza Wendy Brown, convierte al ciudadano en&nbsp;<em>homo oeconomicus</em>, un ser que eval&uacute;a todos los &aacute;mbitos de la vida &mdash;incluidos los afectos&mdash; en t&eacute;rminos de inversi&oacute;n, riesgo y retorno de la inversi&oacute;n. El deseo de seguridad y previsibilidad juridifica la intimidad. Seg&uacute;n el Consejo General del Notariado, las capitulaciones matrimoniales crecieron un 21% solo entre 2021 y 2022, y en 2023 el 92,3% de las parejas que las firmaron optaron por la separaci&oacute;n de bienes frente al r&eacute;gimen de gananciales: la prueba notarial de que el v&iacute;nculo se blinda antes incluso de vivirse. El deseo rom&aacute;ntico, as&iacute;, se formaliza en cl&aacute;usulas. Simult&aacute;neamente, como revela la Encuesta Mundial de Valores, el auge de los valores individualistas y autoexpresivos corre en paralelo a una erosi&oacute;n de la confianza en las instituciones que sosten&iacute;an lo colectivo, incluida la familia como proyecto com&uacute;n. El deseo de libertad personal absoluta choca frontalmente con las necesidades b&aacute;sicas de dependencia y cuidado mutuo.
    </p><p class="article-text">
        El resultado de esta doble operaci&oacute;n &mdash;mercantilizaci&oacute;n y contractualizaci&oacute;n&mdash; es una epidemia de aislamiento que desmiente la ret&oacute;rica de la hiperconexi&oacute;n. Las instituciones europeas llevan a&ntilde;os alertando de la soledad como problema de salud p&uacute;blica. En Espa&ntilde;a, el Bar&oacute;metro de la Soledad No Deseada (Fundaci&oacute;n ONCE y Fundaci&oacute;n AXA, 2024) cifra en una de cada cinco personas (20%) quienes la sufren, con un pico alarmante entre los 18 y los 24 a&ntilde;os, donde la cifra sube al 34,6%. Un informe previo del mismo observatorio,&nbsp;<em>El coste de la soledad no deseada en Espa&ntilde;a</em>&nbsp;(2023), calcul&oacute; su impacto econ&oacute;mico en 14.141 millones de euros anuales, el 1,17% del PIB. El deseo de conexi&oacute;n, exacerbado por las pantallas, se estrella contra la imposibilidad de generar v&iacute;nculos sustantivos en un ecosistema dise&ntilde;ado para la interacci&oacute;n superficial y el rendimiento. La salud mental paga el precio: distintos informes vinculan el aumento del estr&eacute;s y la ansiedad en adultos j&oacute;venes con la presi&oacute;n por una autosuficiencia imposible y la comparaci&oacute;n social constante.
    </p><p class="article-text">
        Este patr&oacute;n no es casual ni limitado al sector privado; est&aacute; codificado en una aplicaci&oacute;n selectiva de las normas que revela una jerarqu&iacute;a de deseos. Mientras se multa (o no) a un vecino por una fiesta, infraestructuras estatales generan un ruido de fondo cr&oacute;nico e inapelable. En Madrid, el propio Defensor del Pueblo reprendi&oacute; formalmente al Ayuntamiento por el ruido del tr&aacute;fico en la M-30 a la altura de la Avenida de la Paz, record&aacute;ndole que, como titular de esa infraestructura, est&aacute; obligado a respetar los mismos l&iacute;mites de ruido que exige a sus vecinos &mdash;y que no lo estaba haciendo&mdash;. Un informe municipal posterior identific&oacute; hasta 33 &ldquo;puntos negros&rdquo; de ruido en la ciudad, varios de ellos en la propia M-30, con registros superiores a los 70 decibelios. En Logro&ntilde;o, el soterramiento de las v&iacute;as del tren &mdash;ejecutado solo en su primera fase, con la segunda y la tercera todav&iacute;a sin construir&mdash; deja a buena parte de la ciudad esperando, a&ntilde;o tras a&ntilde;o, la soluci&oacute;n a los niveles de contaminaci&oacute;n ac&uacute;stica y vibraciones que ADIF arrastra sin resolver. La Ley 37/2003 del Ruido establece objetivos de calidad ac&uacute;stica, pero su aplicaci&oacute;n es laxa cuando el responsable es una administraci&oacute;n p&uacute;blica o una gran infraestructura de inter&eacute;s general &mdash;tan laxa que hace falta la intervenci&oacute;n del Defensor del Pueblo para que la propia administraci&oacute;n se aplique la norma que exige a los dem&aacute;s&mdash;. El mensaje es claro: el&nbsp;<em>deseo</em>&nbsp;(o la necesidad impuesta) de movilidad y conectividad econ&oacute;mica tiene una primac&iacute;a pol&iacute;tica que anula el derecho a la salud de quienes viven en su trayectoria. La libertad de circulaci&oacute;n y desarrollo se ejerce como un privilegio territorial sobre la libertad de paz en el hogar.
    </p><p class="article-text">
        Occidente ha confundido la libertad con la liberaci&oacute;n de todo lazo, y el deseo con la pulsi&oacute;n de consumo. Pero esta pulsi&oacute;n rara vez es libre; es dirigida, financiarizada y, sobre todo, territorialmente impuesta. La&nbsp;<em>libertad</em>&nbsp;de la terraza se paga con el insomnio del vecino; el&nbsp;<em>deseo</em>&nbsp;de espect&aacute;culo lum&iacute;nico, con la ansiedad del residente; la&nbsp;<em>necesidad</em>&nbsp;de infraestructuras, con la salud erosionada de barrios enteros. Y sin embargo, el deseo compartido no es una utop&iacute;a por inventar: ya existe, casi siempre a peque&ntilde;a escala y casi siempre fuera del mercado. Una romer&iacute;a organizada por una cuadrilla, una huerta comunitaria que se reparte por turnos, una biblioteca de barrio que sostienen sus propios vecinos, una asamblea que decide en com&uacute;n c&oacute;mo repartir un presupuesto: en esos espacios el deseo no se mide en clientes ni en&nbsp;<em>engagement</em>, sino en la potencia que solo aparece cuando se act&uacute;a de verdad&nbsp;<em>juntos</em>, ese mismo&nbsp;<em>conatus</em>&nbsp;del que hablaba Spinoza convertido en gesto cotidiano. Frente a esto, una aut&eacute;ntica pol&iacute;tica del deseo &mdash;una que honre las intuiciones de Spinoza y Nussbaum&mdash; no ser&iacute;a represiva, sino redistributiva y democr&aacute;tica en su esencia. No se tratar&iacute;a de prohibir la ca&ntilde;a, el brillo o el tren, sino de crear marcos donde la potencia colectiva &mdash;la capacidad de actuar juntos&mdash; priorice el bien com&uacute;n sobre la imposici&oacute;n del deseo m&aacute;s rentable o vocal. Esto exige una democratizaci&oacute;n radical del espacio y la normativa: que la voz del vecino pese tanto como el&nbsp;<em>lobby</em>&nbsp;hostelero, que el impacto en la salud cuente m&aacute;s que el r&eacute;cord tur&iacute;stico, que el trazado del tren o las carreteras dialogue con quienes lo sufren. Solo as&iacute; el deseo podr&aacute; dejar de ser un arma de dominaci&oacute;n para volver a ser, quiz&aacute;s, un puente hacia una convivencia donde la libertad de uno no sea la sentencia del otro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/deseo-consumo_129_13339805.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2026 10:43:37 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Deseo y consumo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La cama como tribunal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/cama-tribunal_129_13307443.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Ana, 45 a&ntilde;os, ingeniera en Logro&ntilde;o, lleva 18 a&ntilde;os casada con Diego, profesor. Hace dos meses, en la intimidad de la cama, le dijo: <em>necesito sentir que me deseas, no solo que me aguantas</em>. &Eacute;l respondi&oacute; con un silencio que, para ella, fue m&aacute;s hiriente que un rechazo directo. La realidad, sin embargo, era m&aacute;s prosaica: a&ntilde;os atr&aacute;s, Diego comenz&oacute; a dormir en el sof&aacute;-cama del despacho porque ella roncaba. Primero fue temporal &mdash;una soluci&oacute;n para que Ana, como madre primeriza, pudiera descansar y amamantar&mdash;, luego se volvi&oacute; rutina, y finalmente se consolid&oacute; como una norma no escrita de la convivencia.
    </p><p class="article-text">
        El sexo, que antes era semanal y a Diego ya le parec&iacute;a poco, se desvaneci&oacute; hasta convertirse en un ritual ausente. No se trata solo de una <em>sequ&iacute;a sexual</em>, sino de lo que algunos estudios denominan <em>muerte sexual </em>en parejas de larga duraci&oacute;n. Seg&uacute;n el <em>National Survey of Sexual Attitudes and Lifestyles</em> (Natsal-3, Reino Unido, 2010-2012), el 34% de las mujeres mayores reporta falta de inter&eacute;s sexual sostenida &mdash;lo que la investigaci&oacute;n cl&iacute;nica contempor&aacute;nea distingue como una transici&oacute;n del deseo espont&aacute;neo al deseo responsivo, donde el impulso no surge sin est&iacute;mulo previo.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Ana y Diego se dicen cari&ntilde;osamente: <em>somos familia, nos cuidamos</em>. Pero estas palabras, aunque bienintencionadas, act&uacute;an y pesan como una losa para la excitaci&oacute;n. Desde una perspectiva antropol&oacute;gica, la necesidad de validaci&oacute;n sexual no es un mero capricho hormonal, sino un ritual moderno de pertenencia dentro del amor rom&aacute;ntico occidental. Como se&ntilde;ala la soci&oacute;loga Eva Illouz, el amor rom&aacute;ntico &mdash;una ideolog&iacute;a surgida en la Ilustraci&oacute;n&mdash; fusiona elecci&oacute;n individual con una performance er&oacute;tica constante, convirtiendo la sexualidad en una prueba de valor personal: sentirse deseado confirma que se es <em>elegido</em>.
    </p><p class="article-text">
        Esta <em>&eacute;tica del cuidado</em>, sin embargo, rara vez es sim&eacute;trica. Seg&uacute;n la Encuesta de Empleo del Tiempo del INE (2019-2020, &uacute;ltima edici&oacute;n disponible), las mujeres dedican una media de 4 horas y 22 minutos diarios al trabajo no remunerado, frente a las 2 horas y 16 minutos de los hombres &mdash;una brecha de m&aacute;s de dos horas diarias que persiste con independencia de la jornada laboral de ambos. Ana, tras su jornada laboral a tiempo completo, asumi&oacute; hist&oacute;ricamente la <em>gesti&oacute;n mental</em> del hogar y la crianza, un trabajo invisible pero agotador que la soci&oacute;loga Arlie Hochschild defini&oacute; como <em>la segunda jornada</em>. El ideal occidental de la mujer que puede con todo &mdash;exitosa profesional, madre presente, esposa deseable&mdash; genera una sobrecarga que la econom&iacute;a feminista denomina la crisis de los cuidados: el coste invisible de sostener la vida cotidiana recae de forma desproporcionada sobre las mujeres. La OMS incluye el burnout en su Clasificaci&oacute;n Internacional de Enfermedades (CIE-11) y lo define como resultado del estr&eacute;s cr&oacute;nico no gestionado: un estado que, seg&uacute;n la evidencia cl&iacute;nica acumulada, reduce de forma significativa el deseo sexual en quienes lo padecen. Para Ana, la cama dej&oacute; de ser un espacio de placer para convertirse en una extensi&oacute;n m&aacute;s de su lista de tareas: otra performance exigida en un cuerpo ya exhausto.
    </p><p class="article-text">
        Psicol&oacute;gicamente, esta b&uacute;squeda de validaci&oacute;n no es un capricho hormonal. La sociolog&iacute;a del cuerpo ha documentado que el deseo del otro funciona como un espejo identitario: ser deseada confirma que se existe fuera del rol materno. Para Ana, el silencio de Diego no es solo rechazo sexual; es una forma de invisibilizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Por su parte, Diego enfrenta su propia crisis silenciosa. Hace un a&ntilde;o, su instituto recort&oacute; horas, y ahora da clases particulares para llegar a fin de mes, mientras Ana paga la hipoteca y los gastos principales. Esta inversi&oacute;n de roles econ&oacute;micos desestabiliza el modelo tradicional de masculinidad, que hist&oacute;ricamente ha vinculado la identidad del hombre con su capacidad de proveedor y su potencia sexual. La investigaci&oacute;n cl&iacute;nica ha documentado de forma consistente que la p&eacute;rdida del rol de proveedor en hombres de mediana edad se correlaciona con un aumento significativo de s&iacute;ntomas depresivos y con conductas de evitaci&oacute;n sexual &mdash;no por ausencia de deseo, sino por miedo a fallar en todos los frentes. Para Diego, el silencio en la cama no es indiferencia, sino p&aacute;nico a la obsolescencia.
    </p><p class="article-text">
        Esta crisis se ve agravada por su posible incapacidad para asumir una parte significativa de ese cuidado que ahora sostiene el hogar. El Bar&oacute;metro del CIS de mayo de 2024 lo documenta con precisi&oacute;n: el 67% de las mujeres espa&ntilde;olas con pareja afirma realizar siempre o casi siempre las tareas dom&eacute;sticas, frente al 7% de los hombres. La brecha entre actitud declarada y pr&aacute;ctica real es uno de los hallazgos m&aacute;s consistentes de la sociolog&iacute;a de la familia espa&ntilde;ola. Diego no solo perdi&oacute; el estatus de principal proveedor, sino que puede no haber asumido el de cuidador principal, dejando a Ana en una doble carga que socava cualquier espacio para el deseo. La polit&oacute;loga Nancy Fraser argumenta que la crisis del capitalismo actual est&aacute; ligada a una <em>crisis de los cuidados</em>: el sistema explota el trabajo reproductivo (femenino) mientras desestabiliza los roles (masculinos) que lo sosten&iacute;an simb&oacute;licamente. Diego calla no solo por miedo a fallar sexualmente, sino porque su modelo tradicional de contribuci&oacute;n al hogar &mdash;el salario&mdash; se ha esfumado, sin que un nuevo modelo de contribuci&oacute;n afectiva y dom&eacute;stica se haya consolidado para reemplazarlo.
    </p><p class="article-text">
        Socialmente, el matrimonio occidental ha transitado de un pacto econ&oacute;mico-familiar preindustrial a lo que Illouz llama un <em>proyecto emocional-sexual</em>. En el capitalismo tard&iacute;o, el deseo se ha convertido en una m&eacute;trica de &eacute;xito relacional, exacerbada por plataformas como Tinder e Instagram. El 90% de las mujeres y el 87% de los hombres usuarios de apps de citas declaran sentirse decepcionados con lo que encuentran (Pew Research Center, 2023): la promesa de elecci&oacute;n infinita produce, parad&oacute;jicamente, una insatisfacci&oacute;n estructural con la pareja real. El GSS (General Social Survey) de 2024 documenta que el 37% de los adultos estadounidenses tiene sexo semanal, frente al 55% en 1990: una ca&iacute;da sostenida que, en parejas casadas de larga duraci&oacute;n, se convierte en lo que la investigaci&oacute;n denomina <em>matrimonio asexual</em> (menos de 10 veces al a&ntilde;o) en el 15-20% de los casos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta m&eacute;trica del &eacute;xito relacional choca frontalmente con la realidad material del agotamiento. El capitalismo neoliberal exige individuos hiperproductivos y emocionalmente autosuficientes. La intensificaci&oacute;n laboral documentada en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas reduce el tiempo y la energ&iacute;a disponible para la vida privada &mdash;un fen&oacute;meno que la OIT ha identificado como uno de los principales factores de deterioro del bienestar en los pa&iacute;ses industrializados. Para la mujer occidental, esto crea una paradoja insostenible: se le exige ser independiente y ambiciosa en lo profesional (la <em>mujer lean-in</em>), pero sigue siendo la principal responsable del bienestar emocional y log&iacute;stico del hogar. Seg&uacute;n Eurofound (Encuesta Europea sobre Condiciones de Trabajo, 2021), las mujeres con empleo tienen mayor probabilidad que los hombres de reportar alta intensidad laboral combinada con responsabilidades de cuidado &mdash;una doble carga que el informe identifica como factor de riesgo para la salud. &iquest;C&oacute;mo sostener la performance er&oacute;tica constante que exige el amor rom&aacute;ntico cuando el cuerpo y la mente est&aacute;n dedicados a otra performance: la de sostener la vida diaria contra viento y marea?
    </p><p class="article-text">
        Contrasta esta realidad con lo que Bronis&#322;aw Malinowski document&oacute; en los Trobriand (Melanesia): una cultura que separa con claridad sexo y amor rom&aacute;ntico, sin convertir el deseo en prueba de valor personal. La antrop&oacute;loga Helen Fisher ha se&ntilde;alado que Occidente ha invertido esa ecuaci&oacute;n: aqu&iacute;, el sexo no solo expresa amor, sino que lo valida &mdash;y por tanto su ausencia lo niega.
    </p><p class="article-text">
        Ana y Diego encarnan una doble trampa contempor&aacute;nea: ella internaliza una auto-vigilancia constante &mdash;en un continente donde el 31% de las mujeres de 18 a 74 a&ntilde;os ha experimentado violencia f&iacute;sica o sexual en edad adulta (Eurostat, EU-GBV 2021)&mdash;, mientras &eacute;l lucha contra la obsolescencia masculina. Se cuidan como padres, duermen separados por practicidad, se llaman <em>familia</em> para consolarse &mdash;y no es poco consuelo&mdash;, pero la ideolog&iacute;a rom&aacute;ntica les exige una performance perpetua de deseo.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Fisher, en las parejas longevas prevalece un compa&ntilde;erismo calmado, una intimidad afectiva que no necesariamente se traduce en pasi&oacute;n constante. La antropolog&iacute;a sugiere salidas a este <em>impasse</em>: ritualizar lo no genital, recuperar el contacto f&iacute;sico sin performance; o comunicar sin guiones mentales, especialmente despu&eacute;s de los 40, cuando las expectativas sociales suelen anquilosarse.
    </p><p class="article-text">
        Ana no busca solo sexo; busca ser vista como mujer, m&aacute;s all&aacute; de la madre agotada. Diego no rechaza la intimidad; teme confirmar que ya no es el hombre que cree que debe ser.
    </p><p class="article-text">
        La soluci&oacute;n, por tanto, no puede ser solo &iacute;ntima, sino tambi&eacute;n pol&iacute;tica. Requiere cuestionar la arquitectura social del cuidado. Pa&iacute;ses con pol&iacute;ticas robustas de conciliaci&oacute;n &mdash;permisos parentales iguales e intransferibles, acceso universal a educaci&oacute;n infantil 0-3&mdash; como Suecia o Islandia, registran sistem&aacute;ticamente mayores &iacute;ndices de igualdad en el reparto del cuidado, seg&uacute;n los indicadores de bienestar familiar de la OCDE. La hip&oacute;tesis &mdash;sostenida por diversas investigaciones en sociolog&iacute;a de la familia&mdash; es que redistribuir ese peso libera tiempo y energ&iacute;a que el modelo actual consume en exclusiva a costa de las mujeres. Redistribuir el cuidado de manera justa &mdash;no como una <em>ayuda</em>, sino como una responsabilidad fundamental&mdash; podr&iacute;a liberar a las Anas del agotamiento que anestesia el deseo y a los Diegos de la prisi&oacute;n de un rol &uacute;nico ya obsoleto. La cama dejar&iacute;a de ser un tribunal donde se juzga el fracaso individual para convertirse, quiz&aacute;s, en un espacio reconquistado tras haber redistribuido, tambi&eacute;n, el peso del d&iacute;a a d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s el desaf&iacute;o sea redefinir qu&eacute; cuenta como amor cuando los cuerpos envejecen, las cuentas se invierten y el silencio se vuelve, tambi&eacute;n, una forma de presencia.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/cama-tribunal_129_13307443.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 21 Jun 2026 08:21:45 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La cama como tribunal]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[100 preguntas para una tarde de domingo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/100-preguntas-tarde-domingo_129_13301595.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; llamamos&nbsp;<em>recursos humanos</em>&nbsp;a las personas y no, por ejemplo,&nbsp;<em>destinos humanos</em>? &iquest;Qu&eacute; rituales de pertenencia sustituyen hoy a los bailes de romer&iacute;a? &iquest;Por qu&eacute; normalizamos que el ocio sea un lujo y el agotamiento, una virtud? &iquest;Cu&aacute;ndo dejamos de entender el vecindario como una red de obligaciones mutuas y empezamos a verlo como un conjunto de cerraduras? &iquest;Qu&eacute; nos dice el silencio en el ascensor sobre el pacto urbano de no-mirada?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; celebramos la&nbsp;<em>autenticidad</em>&nbsp;en los alimentos pero la penalizamos en los discursos pol&iacute;ticos? &iquest;C&oacute;mo se construye un&nbsp;<em>nosotros</em>&nbsp;en un algoritmo de recomendaciones? &iquest;Qu&eacute; sacrificios invisibles sostienen la gratitud instant&aacute;nea de un&nbsp;<em>enviado</em>&nbsp;en la pantalla? &iquest;Por qu&eacute; el cuerpo es un proyecto de mejora infinita y no un lugar de residencia?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; mitos fundacionales repetimos cada vez que compartimos un&nbsp;<em>&eacute;ramos felices y no lo sab&iacute;amos</em>? &iquest;Qu&eacute; fronteras trazamos entre lo limpio y lo impuro en un mundo de pandemias y desinformaci&oacute;n? &iquest;Por qu&eacute; la soledad es una epidemia reconocida y, al mismo tiempo, un tab&uacute; social? &iquest;Qu&eacute; rituales de duelo hemos inventado para las especies extinguidas, los idiomas sin escritura, los barrios demolidos?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n tiene derecho a extra&ntilde;arse de lo extra&ntilde;o? &iquest;Por qu&eacute; la productividad es un mandato moral y la lentitud, un pecado capital? &iquest;Qu&eacute; historias enterramos cuando etiquetamos algo como&nbsp;<em>basura</em>&nbsp;o&nbsp;<em>spam</em>? &iquest;C&oacute;mo se negocia la identidad cuando el pasaporte es digital y la bandera, un emoji? &iquest;Qu&eacute; significa&nbsp;<em>comunidad</em>&nbsp;en un grupo de WhatsApp que nunca se re&uacute;ne? &iquest;Qui&eacute;n es el&nbsp;<em>otro</em>&nbsp;que el algoritmo nunca nos mostrar&aacute;? &iquest;Por qu&eacute; tememos m&aacute;s al silencio que al ruido? &iquest;Qu&eacute; rituales de paso inventamos para la obsolescencia programada de lo humano?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; intercambios invisibles hacen posible que un caf&eacute; llegue a nuestras manos sin historia aparente? &iquest;Por qu&eacute; parece que nos alegra que no se dote al barrio de al lado de servicios con los que nosotros ya contamos? &iquest;Y si las m&aacute;quinas nos devolvieran de verdad el tiempo: sabr&iacute;amos qu&eacute; hacer con &eacute;l? &iquest;Por qu&eacute; la certeza vende m&aacute;s que la duda, incluso en la ciencia? &iquest;Qu&eacute; geograf&iacute;a emocional dibuja el movimiento compulsivo del&nbsp;<em>scroll</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; encontramos tambi&eacute;n en ese altar, y por qu&eacute; nos cuesta tanto decirlo? &iquest;D&oacute;nde ponemos los muertos cuando no hay tierra ni cenizas, solo datos? &iquest;Qui&eacute;n traduce el dolor ajeno en&nbsp;<em>hashtags</em>&nbsp;y por qu&eacute; a veces duele m&aacute;s el silencio que la viralizaci&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; quiere decir&nbsp;<em>ser real</em>&nbsp;en un perfil verificado? &iquest;De qu&eacute; color es el marr&oacute;n de tu marr&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; memoria muscular guardan las manos que ya no labran la tierra comunal?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; la&nbsp;<em>nube</em>&nbsp;es el lugar m&aacute;s material del mundo, lleno de cables, servidores y agua para refrigerar? &iquest;Y si ha resultado ser el cielo de nuestros antepasados? &iquest;Qu&eacute; nostalgia cultivamos cuando filtramos una foto para que parezca una polaroid descolorida? &iquest;Qu&eacute; dice de nosotros que tratemos mejor a las m&aacute;quinas que nos escuchan que a las personas que nos conocen?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se mide el valor de una idea cuando su moneda son los segundos de atenci&oacute;n? &iquest;Por qu&eacute; el futuro, que antes era un lugar de conquista, ahora es principalmente un lugar a mitigar?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; rituales de paso han sustituido a la primera borrachera, el primer sueldo o la primera llave de una casa? &iquest;Y qu&eacute; nuevos ritos, si es que existen, marcan el paso de un dolor insoportable a la decisi&oacute;n de abandonarlo todo, o de seguir aqu&iacute; un d&iacute;a m&aacute;s? &iquest;Qu&eacute; pacto t&aacute;cito &mdash;qu&eacute; juramento roto&mdash;sellamos cada vez que hacemos&nbsp;<em>clic</em>&nbsp;en&nbsp;<em>acepto</em>&nbsp;sin leer? &iquest;Qu&eacute; econom&iacute;a de la verg&uuml;enza organiza la precariedad aceptada como destino?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; el silencio se ha convertido en un bien de lujo y el ruido de fondo, en la banda sonora por defecto? &iquest;Qu&eacute; significa&nbsp;<em>tener criterio</em>&nbsp;en un mundo que premia primero la reacci&oacute;n visceral y luego, quiz&aacute;s, la reflexi&oacute;n? &iquest;D&oacute;nde van a parar todas las versiones anteriores de nosotros mismos que dejamos en formularios, redes y chats olvidados? &iquest;Por qu&eacute; nos fascinan tanto las historias de&nbsp;<em>desconexi&oacute;n</em>&nbsp;si lo que m&aacute;s nos aterra es quedarnos fuera? &iquest;C&oacute;mo negocia el cuerpo su rebeli&oacute;n contra el mandato de optimizaci&oacute;n constante? &iquest;Qu&eacute; fronteras simb&oacute;licas mantenemos alzadas contra el vecino del quinto?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se transforma el deseo cuando lo que anhelamos ya nos ha sido sugerido, medido y cuantificado antes de sentirlo? &iquest;Qu&eacute; hacemos con el malestar que no cabe en un formulario de satisfacci&oacute;n al cliente ni en una rese&ntilde;a de cinco estrellas? &iquest;Por qu&eacute; nos suicidamos? &iquest;Por qu&eacute; la palabra&nbsp;<em>simple</em>&nbsp;se ha convertido en un elogio supremo para productos, pero en un insulto para ideas? &iquest;C&oacute;mo se negocia la intimidad cuando el diario personal tiene la forma de una&nbsp;<em>historia</em>&nbsp;que desaparece en 24 horas? &iquest;Qu&eacute; perdemos cuando ganamos en eficiencia?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y qu&eacute; de los que nunca eligieron, porque la elecci&oacute;n es un lujo de quienes tienen opciones, y d&oacute;nde est&aacute;n sus preguntas en este cat&aacute;logo de perplejidad, mientras hablamos de la&nbsp;<em>alienaci&oacute;n digital</em>&nbsp;ignorando la alienaci&oacute;n de la mano que cose la ropa que llevamos puesta al formularlas?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; teor&iacute;a del valor explica que el aire limpio, el sue&ntilde;o profundo o el tiempo no monetizado hayan pasado de ser bienes comunes a ser indicadores de estatus? &iquest;Qu&eacute; ocurre cuando la calma deja de heredarse y empieza a comprarse? &iquest;C&oacute;mo se hereda el desarraigo en familias que nunca emigraron f&iacute;sicamente?
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;&iquest;Qu&eacute; crece en el vac&iacute;o que no tiene nombre ni funci&oacute;n, y por qu&eacute; nos apresuramos a llenarlo?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Por qu&eacute; analizamos el&nbsp;<em>burnout</em>&nbsp;del directivo pero no el desgaste silencioso de la cajera, la enfermera, el repartidor, como si su agotamiento no fuera virtuoso sino solo invisible?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ocurre con los cuerpos que no son&nbsp;<em>proyectos</em>, sino territorios de dolor cr&oacute;nico, de discapacidad, de fatiga ancestral, y d&oacute;nde reside su biograf&iacute;a cuando la narrativa dominante es la de la mejora infinita? &iquest;Qu&eacute; sabe el cuerpo enfermo que el cuerpo sano no puede aprender?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; mitolog&iacute;a sostiene al&nbsp;<em>emprendedor</em>, al&nbsp;<em>influencer</em>, al&nbsp;<em>n&oacute;mada digital</em>, y qu&eacute; mitolog&iacute;a derrumbamos al no contar las historias del funcionario, del mantenimiento, del que repara, del que sostiene la infraestructura de lo que otros protagonizan?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;En qu&eacute; momento dejamos de exigirle algo a los sistemas y empezamos a exig&iacute;rnoslo todo a nosotros mismos? &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el an&aacute;lisis del amor en la era de las&nbsp;<em>apps</em>, no como met&aacute;fora de conexi&oacute;n, sino como pr&aacute;ctica concreta de cuidado, negociaci&oacute;n y vulnerabilidad, m&aacute;s all&aacute; del&nbsp;<em>match</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; sabemos de la memoria corporal, de la sabidur&iacute;a del sistema nervioso, en un discurso obsesionado con la mente-<em>interface</em>&nbsp;y el dato? &iquest;Qu&eacute; se pierde cuando trauma y gozo se traducen solo a lenguaje?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde est&aacute; el miedo rural, el miedo al vac&iacute;o poblacional, a la lengua que se apaga, al pozo que se seca, a la &uacute;ltima tienda que cierra? &iquest;Qu&eacute; ecosistemas sociales destruye la l&oacute;gica del coche individual?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ocurre con las formas de inteligencia no cognitivas&mdash;la inteligencia de las manos, del instinto, de la intuici&oacute;n ecol&oacute;gica&mdash;en un mundo regido por el CI y el algoritmo?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Hemos sustituido el pecado por la ineficiencia, el cielo por el optimismo tecnol&oacute;gico, y el infierno por la desconexi&oacute;n, y es esta nuestra nueva teolog&iacute;a? &iquest;Qu&eacute; liturgia profana estructura el ritual del&nbsp;<em>Black Friday</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde residen, en fin, los afectos no rentables&mdash;la ternura sin testigos, la solidaridad sin&nbsp;<em>hashtag</em>, la rabia que no se convierte en contenido&mdash;y qui&eacute;n los nombra antes de que se extingan?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Y m&aacute;s all&aacute; de lo individual, qu&eacute; genocidios lentos e imperceptibles normalizamos en nombre del progreso, y qu&eacute; identidades, lenguas y memorias se disuelven en ese etnocidio silencioso de la homogeneizaci&oacute;n global? &iquest;Qu&eacute; fronteras internas levantamos para no reconocer al otro como un&nbsp;<em>nosotros</em>&nbsp;posible? &iquest;Sobre qu&eacute; cad&aacute;veres de verdades antiguas construimos nuestras nuevas certezas, y qui&eacute;nes quedan enterrados en el proceso? &iquest;Cu&aacute;l es el rito de paso de una cultura entera hacia el olvido, y qui&eacute;n es el doliente oficial?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;A qu&eacute; dios reza el que escribe una contrase&ntilde;a y pulsa&nbsp;<em>&iquest;has olvidado tu contrase&ntilde;a?</em>&nbsp;como &uacute;nico ritual de redenci&oacute;n? &iquest;Qu&eacute; paisaje interno corresponde al&nbsp;<em>scroll</em>&nbsp;infinito? &iquest;Qui&eacute;n es el&nbsp;<em>t&uacute;</em>&nbsp;al que susurramos en los motores de b&uacute;squeda lo que no nos atrevemos a decir en voz alta? &iquest;Qu&eacute; queda del rito cuando la ofrenda no es un cordero, sino un dato?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; significa&nbsp;<em>casa</em>&nbsp;cuando sus paredes son ventanas a otros mundos y su sonido de fondo es una notificaci&oacute;n? &iquest;D&oacute;nde ponemos el alma si el cuerpo es un proyecto y la mente, una interfaz? &iquest;A qui&eacute;n le cantamos cuando ya no hay coro, solo algoritmos de&nbsp;<em>trending topics</em>?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;El &uacute;ltimo pensamiento de una especie, de un oficio, de un barrio, a d&oacute;nde va? &iquest;Lo recoge alguien? &iquest;Se puede extra&ntilde;ar un lugar en el que nunca se ha estado f&iacute;sicamente? &iquest;Qu&eacute; estaci&oacute;n del a&ntilde;o es siempre en la memoria de una nube?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qui&eacute;n administra el archivo de los silencios colectivos que sostienen el orden? &iquest;C&oacute;mo se capitaliza la nostalgia por lo que nunca experimentamos directamente? &iquest;C&oacute;mo se transmite la intuici&oacute;n ecol&oacute;gica en culturas de pantalla t&aacute;ctil? &iquest;C&oacute;mo se administra la muerte en sociedades sin duelo colectivo compartido?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Existe una pregunta tan pesada que, al formularla, ya sea su propia respuesta? &iquest;Cu&aacute;l es el sonido de una sospecha cuando deja de ser personal y se vuelve clim&aacute;tica, atmosf&eacute;rica? &iquest;A qu&eacute; huele el lenguaje cuando se usa no para construir, sino para demoler certezas? &iquest;Qu&eacute; distancia hay entre una inquietud y un dogma, y qui&eacute;n mide ese desierto? &iquest;Se puede perder la fe en las respuestas y seguir creyendo, religiosamente, en las preguntas? &iquest;La &uacute;ltima pregunta de todas deber&iacute;a ser, necesariamente, sobre el silencio que la seguir&aacute;? &iquest;O deber&iacute;a ser sobre el primer ruido &mdash;el del coraz&oacute;n, el de la tecla, el del mundo&mdash;que la hizo posible? &iquest;Y si este ejercicio no fuera un cat&aacute;logo de dudas, sino el &uacute;nico ritual de certeza que nos queda: la certeza de preguntar?
    </p><p class="article-text">
        &iquest;D&oacute;nde reside, al fin, la filosof&iacute;a viva de una &eacute;poca, si no en sus manifiestos, sino en sus algoritmos, sus p&aacute;nicos, sus plegarias silenciosas frente a la pantalla y sus preguntas sin respuesta para una tarde cualquiera?
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/100-preguntas-tarde-domingo_129_13301595.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Jun 2026 07:55:28 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[100 preguntas para una tarde de domingo]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra el odio, a favor del conflicto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/odio-favor-conflicto_129_13282109.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Un profesor de secundaria en un instituto de Lavapi&eacute;s, Madrid, cuenta c&oacute;mo una alumna musulmana de diecis&eacute;is a&ntilde;os fue insultada en el metro por su hiyab. La joven no respondi&oacute; con gritos. Al d&iacute;a siguiente llev&oacute; al aula un bizcocho que hab&iacute;a horneado con su madre y lo comparti&oacute; con toda la clase, incluidos quienes hab&iacute;an callado durante el insulto. No dijo una palabra sobre el incidente. Su gesto silencioso, una rabia transformada en acto de pertenencia, desarm&oacute; m&aacute;s prejuicios que cualquier discurso.
    </p><p class="article-text">
        A unos trescientos kil&oacute;metros de ese metro, en Logro&ntilde;o, una alumna de diecisiete a&ntilde;os llamada Eman Akram lleg&oacute; el 15 de septiembre de 2025 al IES Pr&aacute;xedes Mateo Sagasta con su hiyab. Un profesor, luego el jefe de estudios, luego la directora le pidieron que se lo quitara. El Reglamento del centro, aprobado por el Consejo Escolar, prohib&iacute;a cubrirse la cabeza. Eman no se lo quit&oacute;. Y no volvi&oacute; a clase hasta que lo hizo. El Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n&uacute;mero 2 de Logro&ntilde;o fall&oacute; el 26 de enero de 2026: la prohibici&oacute;n vulneraba su derecho fundamental a la libertad religiosa, reconocido en el art&iacute;culo 16 de la Constituci&oacute;n. La sentencia describ&iacute;a la equiparaci&oacute;n del hiyab a gorros y viseras como&nbsp;<em>excesivamente simplista y fr&iacute;vola</em>. La Consejer&iacute;a de Educaci&oacute;n del Gobierno de La Rioja lleva meses sin enviar instrucci&oacute;n alguna a los centros educativos de la comunidad. El 1 de mayo, veintiuna asociaciones riojanas firmaron una instancia exigiendo que lo hiciera. No han recibido respuesta.
    </p><p class="article-text">
        Lo que separa el gesto de la alumna de Lavapi&eacute;s y el caso de Eman Akram no es solo la escala. Es la naturaleza del mecanismo. En el metro hubo odio espont&aacute;neo, rabia de otro respondida con generosidad. En el Sagasta hubo algo m&aacute;s fr&iacute;o y peligroso: una instituci&oacute;n convirtiendo la diferencia religiosa en norma de exclusi&oacute;n, y otra instituci&oacute;n, la Consejer&iacute;a, aval&aacute;ndola con su silencio. El odio no siempre grita. A veces firma actas en el Consejo Escolar.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el&nbsp;<em>Informe sobre la evoluci&oacute;n de los delitos de odio en Espa&ntilde;a 2023</em>, elaborado por la Oficina Nacional de Lucha contra los Delitos de Odio del Ministerio del Interior, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad investigaron ese a&ntilde;o un total de 2.268 infracciones penales e incidentes de odio, un 21,3 por ciento m&aacute;s que el a&ntilde;o anterior. Los delitos por racismo y xenofobia fueron los m&aacute;s numerosos, con 856 hechos, el 41,8 por ciento del total.
    </p><p class="article-text">
        La distinci&oacute;n entre la rabia que moviliza y el odio que paraliza es un camino explorado por quienes enfrentaron opresiones monumentales. Nelson Mandela, tras veintisiete a&ntilde;os de prisi&oacute;n, insisti&oacute; en luchar contra el sistema del apartheid, no contra las personas blancas. Su estrategia evit&oacute; una guerra racial y permiti&oacute; una transici&oacute;n pol&iacute;tica. La poeta y activista Audre Lorde traz&oacute; una l&iacute;nea clara entre la ira &mdash;leg&iacute;tima respuesta a la injusticia&mdash; y el odio, que es el deseo de aniquilar al otro. En las monta&ntilde;as del sureste mexicano, el movimiento zapatista no busca la destrucci&oacute;n del Estado mexicano, sino la construcci&oacute;n de un mundo donde quepan muchos mundos, una rebeld&iacute;a que es, sobre todo, afirmaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La antropolog&iacute;a ha documentado durante m&aacute;s de un siglo c&oacute;mo las sociedades humanas gestionan el conflicto sin necesidad de odio. En las tierras altas de Pap&uacute;a Nueva Guinea, el pueblo Enga practica durante generaciones un sistema ritual de guerra llamado&nbsp;<em>tee</em>. Los combates, aunque violentos, est&aacute;n estrictamente reglamentados: se anuncia el lugar y la hora, hay treguas para recoger a los heridos y, tras un n&uacute;mero acordado de bajas, se inician complejas negociaciones de paz con intercambio de cerdos y conchas. El conflicto existe, es sangriento, pero no est&aacute; impulsado por el odio, sino por una l&oacute;gica de competencia y reparaci&oacute;n que la comunidad entiende y controla. Es una rabia canalizada, no un odio desbocado.
    </p><p class="article-text">
        Como se&ntilde;ala la antrop&oacute;loga Mary Douglas en&nbsp;<em>Pureza y peligro</em>, el odio suele surgir de sistemas de clasificaci&oacute;n r&iacute;gidos que separan lo&nbsp;<em>puro</em>&nbsp;de lo&nbsp;<em>impuro</em>, lo&nbsp;<em>nuestro</em>&nbsp;de lo&nbsp;<em>otro</em>, protegiendo esos l&iacute;mites simb&oacute;licos. En contraste, rituales como el&nbsp;<em>tee</em>&nbsp;regulan la violencia sin recurrir a esas categor&iacute;as de exclusi&oacute;n absoluta, gestionando el conflicto como un mecanismo social integrado.
    </p><p class="article-text">
        El odio moderno es una tecnolog&iacute;a de despersonalizaci&oacute;n. Un estudio de la Universidad de Varsovia publicado en&nbsp;<em>Scientific Reports</em>&nbsp;en 2023 analiz&oacute;, mediante resonancia magn&eacute;tica funcional, la actividad cerebral de personas expuestas a discursos de odio. Los resultados mostraron una reducci&oacute;n significativa de la actividad en la uni&oacute;n temporoparietal derecha, una regi&oacute;n asociada a la capacidad de adoptar la perspectiva del otro y de procesar su sufrimiento como real. El discurso del odio deteriora literalmente nuestra capacidad de ver al otro como humano. No es solo una met&aacute;fora moral: es un efecto fisiol&oacute;gico medible. Esta din&aacute;mica refleja y se nutre de lo que el te&oacute;rico Ren&eacute; Girard, en&nbsp;<em>La violencia y lo sagrado</em>, describi&oacute; como el car&aacute;cter mim&eacute;tico del odio: un sentimiento que rara vez es espont&aacute;neo, sino que se propaga por imitaci&oacute;n dentro del grupo, cohesion&aacute;ndolo frente a un chivo expiatorio com&uacute;n. La neurociencia y la teor&iacute;a social convergen as&iacute; en una explicaci&oacute;n del odio como proceso que anula la empat&iacute;a individual para servir a una funci&oacute;n grupal de desahogo y simplificaci&oacute;n de conflictos complejos.
    </p><p class="article-text">
        La historia del arte ofrece ejemplos ambiguos de esa l&iacute;nea tenue. Los grabados de Goya en&nbsp;<em>Los desastres de la guerra</em>&nbsp;o en&nbsp;<em>Los caprichos</em>&nbsp;est&aacute;n empapados de una rabia feroz contra la estupidez, la crueldad y el poder clerical. Su s&aacute;tira es un &aacute;cido que carcome los cimientos de la hipocres&iacute;a. Siglos despu&eacute;s, la tradici&oacute;n de la s&aacute;tira pol&iacute;tica, en publicaciones como&nbsp;<em>Charlie Hebdo</em>,&nbsp;<em>Mongolia</em>&nbsp;o&nbsp;<em>El Jueves</em>, sigue usando la provocaci&oacute;n y a veces el desprecio como herramienta. Crea conciencia, golpea &iacute;dolos, pero tambi&eacute;n puede herir profundamente y alimentar la polarizaci&oacute;n que pretende denunciar. En otro registro, la poes&iacute;a de Miguel Hern&aacute;ndez durante la guerra civil espa&ntilde;ola arde con un fuego dif&iacute;cil de clasificar: &iquest;es odio al fascismo o amor al pueblo traducido en combate?&nbsp;<em>Vientos del pueblo me llevan / vientos del pueblo me arrastran / me esparcen el coraz&oacute;n / y me aventan la garganta.</em>&nbsp;Sus versos son un arma, pero el proyectil est&aacute; hecho de un material distinto.
    </p><p class="article-text">
        La eficacia pol&iacute;tica de la rabia organizada frente a la inercia del odio la demuestran datos contempor&aacute;neos. La Campa&ntilde;a Internacional para la Prohibici&oacute;n de las Minas Antipersona, iniciada en 1992 por un pu&ntilde;ado de ONG y supervivientes de conflictos, canaliz&oacute; la rabia de miles de mutilados y familiares en una estrategia de diplomacia ciudadana, presi&oacute;n medi&aacute;tica y alianzas improbables. Su rabia, focalizada y persistente, logr&oacute; en 1997 el Tratado de Ottawa, firmado por m&aacute;s de ciento sesenta pa&iacute;ses. Desde entonces se han destruido m&aacute;s de cincuenta millones de minas almacenadas. La rabia convertida en proyecto cambi&oacute; el derecho internacional.
    </p><p class="article-text">
        En el otro extremo, el odio como estrategia pol&iacute;tica muestra su fracaso hist&oacute;rico incluso cuando gana batallas. El apartheid sudafricano se construy&oacute; sobre un odio racial meticulosamente legislado. Su derrota final no lleg&oacute; solo por la lucha armada, sino porque la rabia del Congreso Nacional Africano supo evolucionar hacia un proyecto de naci&oacute;n multirracial. La Comisi&oacute;n de la Verdad y la Reconciliaci&oacute;n, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, fue un experimento imperfecto, criticado por sus concesiones, pero mostr&oacute; una v&iacute;a para procesar la rabia hist&oacute;rica sin convertirla en odio institucionalizado.
    </p><p class="article-text">
        En el &aacute;mbito digital, las plataformas son hoy el laboratorio donde se mide la diferencia. La investigadora Molly Crockett, de la Universidad de Yale, argument&oacute; en&nbsp;<em>Nature Human Behaviour</em>&nbsp;que las plataformas digitales amplifican la indignaci&oacute;n moral al seleccionar el contenido que activa con m&aacute;s fuerza nuestros resortes emocionales, aumentando la expresi&oacute;n de la rabia pero no necesariamente su traducci&oacute;n en acci&oacute;n. Los mensajes basados en la indignaci&oacute;n por pol&iacute;ticas concretas &mdash;recortes sanitarios, corrupci&oacute;n&mdash; pueden movilizar tanto como los mensajes de odio identitario, pero con una diferencia crucial: los primeros tienden a conducir hacia acciones reales &mdash;firmas, donaciones, voluntariado&mdash;, mientras que el odio identitario queda atrapado en el circuito de la reacci&oacute;n. El odio inflama los comentarios, pero tiende a paralizar la acci&oacute;n constructiva. Es fuego que calienta la pantalla pero no cocina nada.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo digital no opera en un vac&iacute;o psicol&oacute;gico. Los algoritmos explotan sesgos cognitivos profundos &mdash;la aversi&oacute;n a la p&eacute;rdida, la b&uacute;squeda de confirmaci&oacute;n&mdash; para maximizar el&nbsp;<em>engagement</em>. La ira moral y el desprecio identitario son&nbsp;<em>commodities</em>&nbsp;digitales altamente rentables. La arquitectura de las plataformas no solo refleja, sino que activamente cultiva, lo que la sociolog&iacute;a de las emociones llama&nbsp;<em>reg&iacute;menes emocionales</em>: marcos que transforman la rabia circunstancial en odio identitario, un producto de consumo en la econom&iacute;a de la atenci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La distinci&oacute;n final, quiz&aacute;s la m&aacute;s importante, es antropol&oacute;gica. El odio necesita un enemigo eterno, una categor&iacute;a r&iacute;gida. La rabia, en cambio, puede extinguirse cuando se resuelve la injusticia que la provoc&oacute;. Un barrio se organiza contra una gran propietaria que acumula viviendas vac&iacute;as, logra limitar la especulaci&oacute;n y construir vivienda p&uacute;blica, y su rabia se disuelve en la gesti&oacute;n cotidiana de lo conquistado. El odio, si se hubiera instalado, habr&iacute;a buscado un nuevo objetivo: el pol&iacute;tico que no fue bastante r&aacute;pido, el vecino que no secund&oacute; la huelga. El odio es adictivo porque ofrece una identidad simple en un mundo complejo. La rabia es un instrumento que, una vez cumplida su tarea, puede cesar.
    </p><p class="article-text">
        Esta distinci&oacute;n se pone a prueba en los escenarios m&aacute;s crudos. El m&uacute;sico y escritor Nacho Vegas reflexionaba recientemente en&nbsp;<em>El Pa&iacute;s</em>&nbsp;sobre la violencia:&nbsp;<em>no hay otra manera de combatir a la violencia que no sea con violencia autodefensiva. Y eso es algo para lo que tenemos que prepararnos.</em>&nbsp;Su afirmaci&oacute;n plantea el desaf&iacute;o &uacute;ltimo: &iquest;c&oacute;mo gestionar la rabia leg&iacute;tima ante una agresi&oacute;n sin que se transforme en el odio que perpet&uacute;a el ciclo? La respuesta parece residir en la precisi&oacute;n del objetivo y en la naturaleza del proyecto posterior. La violencia autodefensiva puede ser un recurso reactivo y limitado dirigido a detener una agresi&oacute;n concreta. El odio, en cambio, es proactivo y expansivo: tras la defensa, buscar&iacute;a nuevos objetivos, convirtiendo la leg&iacute;tima protecci&oacute;n en una identidad basada en la hostilidad perpetua.
    </p><p class="article-text">
        La historia de los movimientos de liberaci&oacute;n exitosos sugiere que su triunfo no radic&oacute; solo en la capacidad de confrontaci&oacute;n, sino en la habilidad de transitar de la resistencia a la propuesta, de la hostilidad a la reconstrucci&oacute;n. Necesitamos energ&iacute;a combativa sin duda, pero sobre todo la capacidad de construir con lo que el odio solo sabe destruir. Esta reconstrucci&oacute;n exige desmontar no solo las ret&oacute;ricas del resentimiento, sino tambi&eacute;n las arquitecturas &mdash;digitales, sociales, educativas&mdash; que lo hacen rentable y replicable. Requiere reconocer que el odio es con frecuencia el s&iacute;ntoma de un malestar manipulado, un r&eacute;gimen emocional que simplifica conflictos complejos en una guerra de identidades.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esa maquinaria, el gesto de la estudiante de Lavapi&eacute;s y la firmeza de Eman Akram ante el Juzgado operan en el mismo sentido inverso: no como algoritmos que explotan un sesgo, sino como actos humanos que restituyen la complejidad y el rostro del otro. Veintiuna asociaciones riojanas llevan meses haciendo lo mismo: rabia organizada, proyecto concreto, conflicto sin odio. La alternativa no es la ausencia de conflicto, sino su gesti&oacute;n consciente. Empieza, simplemente, con un bizcocho compartido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/odio-favor-conflicto_129_13282109.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 09:18:44 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Contra el odio, a favor del conflicto]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La encomienda perpetua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/encomienda-perpetua_129_13259474.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        A principios de mayo de 2026, Isabel D&iacute;az Ayuso pronunci&oacute; en Ciudad de M&eacute;xico unas palabras que merecen leerse m&aacute;s despacio de lo que el ciclo noticioso permiti&oacute;. En el Front&oacute;n M&eacute;xico, ante un espect&aacute;culo musical sobre Malinche producido por Nacho Cano, declar&oacute; que la conquista hab&iacute;a sido <em>cinco siglos de amor</em>, que el mestizaje era el <em>mensaje de la esperanza y de la alegr&iacute;a</em> y que resultaba <em>incomprensible</em> que algunos quisieran <em>vivir del odio</em>. Los pueblos originarios que protestaban en el Z&oacute;calo, los acad&eacute;micos que se&ntilde;alaban el anacronismo, la canciller&iacute;a mexicana que cerraba puertas: todos ellos, en la l&oacute;gica de Ayuso, eran incapaces de agradecer el regalo. El vocabulario era exacto, casi quir&uacute;rgico en su fidelidad al original.&nbsp;<em>Evangelizaci&oacute;n. Protecci&oacute;n. Civilizaci&oacute;n. Esperanza.</em>&nbsp;Esas son exactamente las palabras con las que la Corona espa&ntilde;ola justific&oacute;, a partir de 1503, el sistema de la encomienda. Ayuso es quiz&aacute; el ejemplo m&aacute;s burdo porque reproduce el argumentario sin mediaci&oacute;n cr&iacute;tica, pero no es el &uacute;nico ni el m&aacute;s peligroso.
    </p><p class="article-text">
        Que una presidenta auton&oacute;mica del siglo XXI repita sin saberlo el argumentario del encomendero ilustrado no es solo una torpeza hist&oacute;rica. Es un s&iacute;ntoma. Un fantasma, otro, que recorre la Espa&ntilde;a contempor&aacute;nea: la l&oacute;gica de la encomienda. Aquel sistema colonial por el cual la Corona espa&ntilde;ola&nbsp;<em>encomendaba</em>&nbsp;grupos de ind&iacute;genas a colonizadores para su&nbsp;<em>protecci&oacute;n y evangelizaci&oacute;n</em>&nbsp;a cambio de tributo y trabajo no desapareci&oacute; con los decretos de abolici&oacute;n. Se transform&oacute;, se adapt&oacute; al lenguaje de la democracia liberal y hoy opera en el coraz&oacute;n mismo de nuestras pol&iacute;ticas migratorias y de integraci&oacute;n. Lo que llamamos integraci&oacute;n, en demasiadas ocasiones, no es m&aacute;s que la versi&oacute;n secularizada de aquel pacto desigual: una encomienda perpetua que exige a la poblaci&oacute;n inmigrante un tributo constante de asimilaci&oacute;n cultural, laboral e identitaria, sin concederle jam&aacute;s la plena pertenencia. El paralelismo que sigue tiene sus l&iacute;mites: la encomienda hist&oacute;rica era esclavitud codificada en ley; lo que opera hoy es m&aacute;s difuso, m&aacute;s negable, institucionalizado en procedimientos que se presentan como neutros. Precisamente por eso es m&aacute;s dif&iacute;cil de combatir.
    </p><p class="article-text">
        Ese n&uacute;cleo perverso &mdash;la oferta de una protecci&oacute;n condicional a cambio de la sumisi&oacute;n integral&mdash; es el que ha reaparecido, con ropajes modernos, en la gesti&oacute;n contempor&aacute;nea de la diversidad. El nuevo tributo ya no se paga en oro, sino en trabajo precario y esencial. Los datos son fr&iacute;os y reveladores: seg&uacute;n el Ministerio de Inclusi&oacute;n, Seguridad Social y Migraciones, a mediados de 2025 hab&iacute;a 258.525 personas extranjeras afiliadas al Sistema Especial Agrario &mdash;uno de cada cuatro trabajadores del campo espa&ntilde;ol&mdash;, con un incremento del 10,5% interanual que duplica el ritmo del conjunto de la econom&iacute;a. En el sector del hogar y los cuidados, el 69% de las trabajadoras son de origen extranjero y el 95% son mujeres, seg&uacute;n datos del Ministerio y Oxfam Interm&oacute;n (2024-2025). Son ellos quienes sostienen sectores estrat&eacute;gicos en condiciones de alta precariedad: los trabajadores j&oacute;venes migrantes concentran una parte desproporcionada del empleo temporal que subsiste en Espa&ntilde;a tras la reforma laboral. Es la actualizaci&oacute;n perfecta del tributo colonial: la asignaci&oacute;n sistem&aacute;tica de los cuerpos racializados a los trabajos que la sociedad aut&oacute;ctona rechaza, pero de los que depende su bienestar. Como anta&ntilde;o el ind&iacute;gena en la mina, el jornalero migrante en el invernadero paga con su esfuerzo el derecho a una presencia siempre provisional.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, se ha instaurado una nueva evangelizaci&oacute;n, secular y cultural. Si la encomienda exig&iacute;a el bautismo, la encomienda perpetua exige la asimilaci&oacute;n como prueba de lealtad suprema. La frontera ya no se traza en los r&iacute;os, sino en las costumbres y en los s&iacute;mbolos visibles de identidad,<em> </em>el trato diferencial que reciben los signos religiosos: mientras el velo de las monjas es percibido como parte del paisaje cultural, el hiyab de una mujer musulmana se convierte a menudo en objeto de debate p&uacute;blico y sospecha. Este doble rasero revela c&oacute;mo ciertos marcadores identitarios son tolerados o rechazados en funci&oacute;n de qui&eacute;n los porta, operando como rituales de pertenencia condicional. La escena m&aacute;s precisa no ocurre en un debate pol&iacute;tico sino en un patio de colegio: un ni&ntilde;o nacido en Zaragoza, con DNI espa&ntilde;ol, al que sus compa&ntilde;eros preguntan &ldquo;pero de d&oacute;nde eres&nbsp;<em>de verdad</em>&rdquo;. Ah&iacute; est&aacute; el mecanismo en su forma m&aacute;s desnuda: la pertenencia no se adquiere por derecho, se negocia cada d&iacute;a, y siempre la negocia quien ya pertenece. Esta exigencia se enmarca en un contexto social m&aacute;s amplio: el Eurobar&oacute;metro especial sobre integraci&oacute;n de 2022 mostr&oacute; que el 41% de los espa&ntilde;oles considera <em>muy importante</em> que los inmigrantes se adapten al estilo de vida local, uno de los porcentajes m&aacute;s altos de la Uni&oacute;n Europea. La integraci&oacute;n se reduce as&iacute; a una serie de performances culturales &mdash;desde lo que se viste hasta c&oacute;mo se habla&mdash; que hay que ejecutar a la perfecci&oacute;n, mientras se ignora que la propia identidad espa&ntilde;ola es un producto de mezclas, conquistas y sincretismos nunca del todo estables.
    </p><p class="article-text">
        La misma operaci&oacute;n se repite cuando se trata de la memoria de los propios. En un pa&iacute;s con decenas de miles de personas enterradas en cunetas sin nombre, la exigencia de reparaci&oacute;n y justicia es reencuadrada sistem&aacute;ticamente como <em>despertar el odio</em> o <em>reabrir heridas</em>. El mecanismo es id&eacute;ntico: quien reclama que se reconozca el da&ntilde;o es acusado de no querer pasar p&aacute;gina, de vivir del rencor, de no estar a la altura del presente. La indignidad no es que est&eacute;n enterrados ah&iacute;; la indignidad, seg&uacute;n esa l&oacute;gica, es nombrarlo. Es la encomienda aplicada a la memoria: una parte decide qu&eacute; se recuerda y en qu&eacute; t&eacute;rminos, y llama odio a la negativa de la otra a aceptar ese contrato.
    </p><p class="article-text">
        La objeci&oacute;n m&aacute;s honesta a este argumento merece ser formulada bien: cualquier Estado democr&aacute;tico tiene derecho a pedir a quienes llegan que respeten un marco com&uacute;n de convivencia. No es colonialismo exigir que se cumplan las leyes, que se aprenda la lengua, que se acepten las reglas del juego colectivo. Es gesti&oacute;n leg&iacute;tima de la diversidad. La respuesta no es negar esa necesidad sino se&ntilde;alar d&oacute;nde se cruza la l&iacute;nea: cuando el marco com&uacute;n deja de ser un suelo m&iacute;nimo compartido y se convierte en techo cultural &mdash;cuando ya no basta con respetar la ley sino que hay que vestir, rezar, llamarse y comportarse de una manera determinada para ser considerado de los nuestros&mdash;, la integraci&oacute;n ha dejado de ser un contrato y se ha convertido en una rendici&oacute;n. Esa es la encomienda perpetua: no el derecho a pedir convivencia, sino la exigencia de que el otro desaparezca para poder convivir con &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        No es un detalle menor que Ayuso protagonizara este episodio el mismo mes en que su comunidad gestiona una de las mayores poblaciones inmigrantes de Espa&ntilde;a, con m&aacute;s de 1,3 millones de personas extranjeras empadronadas en Madrid seg&uacute;n el INE. La misma presidenta que celebra en M&eacute;xico la evangelizaci&oacute;n como regalo civilizatorio exige, de vuelta en la Puerta del Sol, que esa misma poblaci&oacute;n rinda el tributo de la asimilaci&oacute;n como prueba de lealtad. La coherencia ideol&oacute;gica es perfecta: quien cree que Espa&ntilde;a le hizo un favor a Am&eacute;rica hace quinientos a&ntilde;os cree tambi&eacute;n que le hace un favor al inmigrante que le limpia la casa. La encomienda, en ambos casos, se presenta como un acto de amor.
    </p><p class="article-text">
        Esta presi&oacute;n asimilacionista convive con un r&eacute;gimen de derechos condicionales y sospecha permanente. La <em>protecci&oacute;n</em> que ofrece el Estado es selectiva y revocable. El informe <em>Parar el racismo, no a las personas</em>, elaborado por Rights International Spain, document&oacute; la sistematicidad del perfil racial en las identificaciones policiales en Madrid. Estas pr&aacute;cticas persisten y se han agravado: la Agencia de Derechos Fundamentales de la Uni&oacute;n Europea (FRA, 2024) constat&oacute; que el 34% de los hombres afrodescendientes en Espa&ntilde;a fueron identificados policialmente en los cinco a&ntilde;os anteriores al estudio, y que Espa&ntilde;a es el segundo pa&iacute;s europeo con mayor tasa de percepci&oacute;n de discriminaci&oacute;n racial en las identificaciones, con un 66% de los afectados. La Ley de Extranjer&iacute;a permite la detenci&oacute;n administrativa en Centros de Internamiento de Extranjeros hasta 60 d&iacute;as por una mera irregularidad migratoria, un trato que no tiene equivalente para la poblaci&oacute;n nacional. Los derechos fundamentales dejan de ser universales para convertirse en un premio condicionado al comportamiento <em>correcto</em>, a la discreci&oacute;n y a la renuncia a la diferencia visible.
    </p><p class="article-text">
        El resultado es la recreaci&oacute;n de la condici&oacute;n suspendida del ind&iacute;gena encomendado. A pesar de que en Espa&ntilde;a residen 2,5 millones de musulmanes &mdash;seg&uacute;n el estudio demogr&aacute;fico del Observatorio Andalus&iacute; referido a 31 de diciembre de 2024, en torno al 5% de la poblaci&oacute;n, casi la mitad de ellos ya ciudadanos espa&ntilde;oles de pleno derecho&mdash;, la ret&oacute;rica p&uacute;blica y pol&iacute;tica los sit&uacute;a en un estatus de provisionalidad perpetua. Su pertenencia est&aacute; sujeta a una conversi&oacute;n cultural que nunca se considera suficiente. Incluso sus hijos, nacidos y educados aqu&iacute;, siguen cargando con la hipoteca identitaria de un origen siempre cuestionado. Son, en el imaginario colectivo, inmigrantes perpetuos, nunca del todo <em>de aqu&iacute;</em>, siempre a un paso de ser declarados inadaptados o desleales. Esta din&aacute;mica tiene un nombre sencillo: se puede tener el pasaporte y seguir siendo extranjero en el imaginario de quienes te rodean.
    </p><p class="article-text">
        Para desmontar este mecanismo no bastan ajustes cosm&eacute;ticos en las leyes de extranjer&iacute;a. Lo que la&nbsp;<em>interculturalidad cr&iacute;tica</em>&nbsp;propone &mdash;y que Stuart Hall o An&iacute;bal Quijano teorizan desde &aacute;ngulos distintos&mdash; es m&aacute;s radical: desvincular irrevocablemente los derechos fundamentales de toda condici&oacute;n migratoria; reconocer la pluralidad cultural como valor constitutivo y no como problema a gestionar; abandonar la prueba de asimilaci&oacute;n como condici&oacute;n de pertenencia. No es un programa pol&iacute;tico, es una direcci&oacute;n. La diferencia con el modelo actual es la misma que hay entre un contrato y una deuda.
    </p><p class="article-text">
        El viaje de Ayuso a M&eacute;xico termin&oacute; en retirada anticipada, convertida en agravio &eacute;pico para consumo interno. Pero lo m&aacute;s revelador del episodio no fue el boicot ni el esc&aacute;ndalo diplom&aacute;tico: fue que nadie en el debate p&uacute;blico espa&ntilde;ol conect&oacute; lo que Ayuso dec&iacute;a en el Z&oacute;calo con lo que su modelo de integraci&oacute;n hace en Lavapi&eacute;s. Ese punto ciego es el s&iacute;ntoma m&aacute;s preciso de la encomienda perpetua: la incapacidad de reconocer que el paternalismo colonial y la exigencia de asimilaci&oacute;n hablan el mismo idioma, solo que en acentos distintos.
    </p><p class="article-text">
        La encomienda hist&oacute;rica comenz&oacute; a resquebrajarse cuando su inhumanidad result&oacute; insostenible para la propia conciencia imperial. La encomienda perpetua del siglo XXI aguarda un destino similar. Su abolici&oacute;n no llegar&aacute; por decreto, sino por el reconocimiento colectivo de otra verdad inc&oacute;moda: que la verdadera fortaleza de una sociedad no se mide por su homogeneidad, sino por su capacidad para construir un <em>nosotros</em> lo suficientemente amplio y complejo como para albergar, en igualdad de condiciones, todas las trayectorias, todos los acentos y todos los platos que la habitan. La tarea, aqu&iacute; y ahora, es aprender a dejar de ser encomenderos.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/encomienda-perpetua_129_13259474.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 31 May 2026 09:51:02 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La encomienda perpetua]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La erótica del orden]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/erotica-orden_129_13228809.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En 1922, el arque&oacute;logo brit&aacute;nico Howard Carter abri&oacute; la tumba de Tutankam&oacute;n. Entre los miles de objetos hallados, destacaba uno aparentemente modesto: una plomada. Este instrumento, usado para verificar la verticalidad en la construcci&oacute;n, simbolizaba algo m&aacute;s que precisi&oacute;n arquitect&oacute;nica. En el antiguo Egipto, el concepto de <em>Maat</em> &mdash;traducido como verdad, justicia y orden c&oacute;smico&mdash; era la base de la civilizaci&oacute;n. Sin &eacute;l, cre&iacute;an, el caos (<em>Isfet</em>) devorar&iacute;a el mundo. La plomada materializaba esta idea: el orden no era una preferencia, sino una condici&oacute;n de existencia. Tres mil a&ntilde;os despu&eacute;s, en un contexto radicalmente distinto, este deseo de orden sigue dictando destinos colectivos, aunque hoy se disfrace de algoritmo, seguridad nacional o pureza identitaria.
    </p><p class="article-text">
        El antrop&oacute;logo Clifford Geertz observ&oacute; en sus estudios en Bali que el Estado tradicional no se organizaba generalmente mediante la coerci&oacute;n, sino a trav&eacute;s de <em>teatro pol&iacute;tico</em>: rituales, procesiones y jerarqu&iacute;as visibles que naturalizaban el orden social haci&eacute;ndolo parecer parte del cosmos. Este mecanismo no es exclusivo de las sociedades tradicionales. El soci&oacute;logo alem&aacute;n Max Weber defini&oacute; el Estado moderno por su <em>monopolio leg&iacute;timo de la violencia f&iacute;sica</em>, pero tambi&eacute;n por su capacidad de producir orden administrativo mediante la burocracia racional. Seg&uacute;n Weber, esta burocracia crea una <em>jaula de hierro</em> de reglas y procedimientos que ordena la vida social de manera predecible y apol&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo franc&eacute;s Michel Foucault profundiz&oacute; en esta genealog&iacute;a. En <em>Vigilar y castigar</em> (1975), analiz&oacute; c&oacute;mo, entre los siglos XVII y XIX, el castigo espectacular del cuerpo (torturas p&uacute;blicas) fue sustituido por un sistema de disciplinas que buscaba <em>ordenar</em> las almas. La prisi&oacute;n pan&oacute;ptica, donde cada preso puede ser observado en cualquier momento sin saberlo, se convirti&oacute; en el modelo de una sociedad disciplinaria que produce orden mediante la interiorizaci&oacute;n de la vigilancia. Seg&uacute;n Foucault, hospitales, escuelas, cuarteles y f&aacute;bricas replicaron esta l&oacute;gica, creando <em>cuerpos d&oacute;ciles</em> adaptados al orden industrial y estatal. Esta producci&oacute;n de orden no se detiene en las instituciones del siglo XIX; encuentra en la democracia contempor&aacute;nea sus propias m&eacute;tricas de obediencia. El anarquismo lleva dos siglos se&ntilde;alando que el problema no es la ausencia de orden sino su monopolio: que cuando una sola instancia &mdash;el Estado, el mercado, el algoritmo&mdash; se arroga el derecho a definirlo, el orden deja de ser convivencia y se convierte en dominaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La atracci&oacute;n por el orden en contextos de crisis no es una simple met&aacute;fora. Tiene expresiones cuantificables. El informe <em>Democracia bajo presi&oacute;n</em> (Varieties of Democracy Institute, 2023) muestra que entre 2012 y 2022, el porcentaje de ciudadanos en democracias establecidas que creen que <em>un l&iacute;der fuerte que no tenga que molestarse con el parlamento ni las elecciones</em> es bueno o muy bueno aument&oacute; del 24% al 32%. Este aumento es m&aacute;s pronunciado en pa&iacute;ses con mayor desigualdad econ&oacute;mica y polarizaci&oacute;n pol&iacute;tica. El informe V-Dem 2025 confirma la tendencia: la democracia se deteriora ya en 27 pa&iacute;ses y mejora solo en 8, con una ca&iacute;da especialmente pronunciada en los mecanismos deliberativos &mdash;la disposici&oacute;n de los gobiernos a escuchar la oposici&oacute;n y el pluralismo&mdash;. Este anhelo encuentra eco en figuras como Donald Trump, cuyas declaraciones apelan directamente a esta l&oacute;gica de l&iacute;der fuerte por encima de instituciones.
    </p><p class="article-text">
        En Espa&ntilde;a, seg&uacute;n el Centro de Investigaciones Sociol&oacute;gicas (CIS, Bar&oacute;metro de marzo de 2024), el 67,3% de los ciudadanos considera que la <em>seguridad ciudadana</em> es un problema muy o bastante importante, superado solo por los problemas econ&oacute;micos. Sin embargo, los datos oficiales del Ministerio del Interior muestran que la tasa de criminalidad en Espa&ntilde;a (50,9 delitos por cada 1.000 habitantes en 2023, seg&uacute;n el INE) sigue siendo de las m&aacute;s bajas de la Uni&oacute;n Europea. Adem&aacute;s, ese repunte respecto a a&ntilde;os anteriores se debe casi &iacute;ntegramente al cibercrimen &mdash;que se ha quintuplicado y ya representa el 17% del total&mdash;, mientras que la criminalidad convencional ha continuado descendiendo: de 4,9 delitos por cada 100 habitantes en 2019 a 4,24 en 2023. Esta divergencia entre percepci&oacute;n y estad&iacute;stica sugiere que el <em>orden</em> funciona como significante pol&iacute;tico m&aacute;s que como descripci&oacute;n emp&iacute;rica. La psicolog&iacute;a social lleva d&eacute;cadas explicando por qu&eacute; esa brecha no sorprende.
    </p><p class="article-text">
        Estudios pioneros de Jost (2003) y meta-an&aacute;lisis posteriores (Burke, 2013) demuestran que la incertidumbre existencial &mdash;econ&oacute;mica, identitaria, pand&eacute;mica&mdash; aumenta la preferencia por sistemas que ofrezcan orden y certidumbre, incluso a costa de libertades. Estos estudios, centrados en la motivaci&oacute;n de epistemolog&iacute;as de cierre (<em>need for cognitive closure</em>), muestran que en condiciones de incertidumbre las personas tienden a buscar sistemas de creencias que ofrezcan respuestas claras y definitivas. En una l&iacute;nea similar, la Teor&iacute;a de la Gesti&oacute;n del Terror (<em>Terror Management Theory</em>) explica c&oacute;mo la conciencia de la mortalidad puede aumentar la adhesi&oacute;n a visiones culturales que prometen orden y permanencia simb&oacute;lica. Este fen&oacute;meno, llamado <em>compensaci&oacute;n del terror</em>, explica parcialmente el atractivo de discursos que prometen restaurar un orden perdido o defenderse de amenazas ca&oacute;ticas.
    </p><p class="article-text">
        La er&oacute;tica del orden tiene una dimensi&oacute;n est&eacute;tica y material. El urbanismo ha sido hist&oacute;ricamente un campo de batalla. El bar&oacute;n Haussmann, al reformar Par&iacute;s entre 1853 y 1870 bajo el mandato del emperador Napole&oacute;n III, no solo buscaba embellecer la ciudad. Sus bulevares rectos y anchos permit&iacute;an el flujo de mercanc&iacute;as y, crucialmente, el r&aacute;pido despliegue de tropas para controlar revueltas populares. El orden urbano era orden social y pol&iacute;tico. Hoy, la <em>gentrificaci&oacute;n</em> sigue una l&oacute;gica similar: se presenta como <em>regeneraci&oacute;n, saneamiento</em> o <em>puesta en valor</em>, pero suele implicar la expulsi&oacute;n de poblaciones vulnerables y la homogeneizaci&oacute;n socioecon&oacute;mica, cuando no la transformaci&oacute;n de los barrios en centros comerciales et&iacute;lico gastron&oacute;micos al aire libre, los logro&ntilde;eses saben muy bien de lo que hablo. En Madrid, seg&uacute;n el Observatorio de la Sostenibilidad, el precio de la vivienda en el centro hist&oacute;rico aument&oacute; un 156% entre 2014 y 2023, mientras que la poblaci&oacute;n con rentas bajas disminuy&oacute; un 22%.
    </p><p class="article-text">
        La tecnolog&iacute;a digital ha llevado la l&oacute;gica del orden a una escala sin precedentes. Los algoritmos de las plataformas digitales clasifican, predicen y, en &uacute;ltima instancia, ordenan la realidad social. Un estudio del MIT Media Lab (2021) sobre el algoritmo de YouTube encontr&oacute; que, en contextos de alta polarizaci&oacute;n pol&iacute;tica, la recomendaci&oacute;n de videos tend&iacute;a a priorizar contenido emocionalmente intenso y maniqueo, creando burbujas de orden ideol&oacute;gico cerradas. Este orden no es est&aacute;tico, sino adaptativo: se personaliza para cada usuario, creando la ilusi&oacute;n de un mundo coherente y a medida.
    </p><p class="article-text">
        Esta l&oacute;gica de orden algor&iacute;tmico, cuando es adoptada por el Estado, alcanza su expresi&oacute;n m&aacute;s radical en sistemas como el de Cr&eacute;dito Social chino (SCS) y<em> </em>tiene consecuencias materiales. El SCS, implementado progresivamente desde 2014, clasifica a ciudadanos y empresas mediante algoritmos que eval&uacute;an comportamiento social y lo penaliza, desde delitos graves hasta cruzar indebidamente una carretera (Merics, 2022). Estimaciones oficiales hablan de 17 millones de <em>desacreditados</em> en 2018. Las sanciones son materiales: restricciones para comprar billetes de tren o avi&oacute;n, denegaci&oacute;n de acceso a cr&eacute;ditos bancarios, o exclusi&oacute;n de escuelas y empleos p&uacute;blicos. Este sistema, presentado como herramienta para construir un <em>orden social basado en la confianza</em>, externaliza el caos de la gobernanza a los ciudadanos: la presi&oacute;n por autorregularse bajo la amenaza de exclusi&oacute;n sist&eacute;mica genera ansiedad e incertidumbre vital, mientras el Estado mantiene una fachada de armon&iacute;a y eficiencia algor&iacute;tmica.
    </p><p class="article-text">
        La ultraderecha global ha sabido capitalizar esta er&oacute;tica del orden. Su discurso une la promesa de seguridad f&iacute;sica con la de integridad identitaria. En Espa&ntilde;a, el t&eacute;rmino <em>ley y orden</em> aparece en el 43% de los discursos parlamentarios de Vox analizados entre 2019 y 2023 (An&aacute;lisis del Laboratorio de la Fundaci&oacute;n Alternativas). Este orden se presenta como defensa contra amenazas internas (independentismo, feminismo <em>radical</em>, inmigraci&oacute;n) y externas (globalismo, Uni&oacute;n Europea). Este discurso, que vincula orden con identidad y soberan&iacute;a, no es nuevo ni exclusivo de Espa&ntilde;a. La historiadora Anne Applebaum y el polit&oacute;logo Ivan Krastev han analizado c&oacute;mo, en pa&iacute;ses de Europa del Este como Bulgaria, movimientos similares construyen su atractivo sobre una nostalgia por un pasado mitificado y estable (ya sea comunista o pre-comunista), y sobre la defensa de una identidad nacional homog&eacute;nea frente a cambios demogr&aacute;ficos r&aacute;pidos y &eacute;lites globalizadas percibidas como ca&oacute;ticas. Patr&oacute;n que Applebaum resume en orden como retorno a fronteras n&iacute;tidas y jerarqu&iacute;as claras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La DANA de Valencia (octubre de 2024) lo ilustra con brutal precisi&oacute;n dom&eacute;stica. No hay que irse a las distop&iacute;as algor&iacute;tmicas del SCS chino para encontrar la paradoja: un gobierno regional que hab&iacute;a hecho de la autoridad, el orden y la gesti&oacute;n eficiente su capital pol&iacute;tico central no fue capaz de emitir una alerta a tiempo. Murieron m&aacute;s de doscientas personas. La lluvia de fango que recibi&oacute; la comitiva institucional en Paiporta era algo m&aacute;s que rabia: era el momento en que el significante &ldquo;orden&rdquo; perd&iacute;a su funci&oacute;n de promesa y quedaba reducido a lo que siempre fue, un relato.
    </p><p class="article-text">
        El orden no es en s&iacute; mismo el problema. Sin cierto grado de orden compartido &mdash;normas, instituciones, marcos de convivencia&mdash; no hay vida social posible, sino solo la ley del m&aacute;s fuerte. La cuesti&oacute;n no es el orden frente al caos, sino qu&eacute; tipo de orden, construido por qui&eacute;n y a costa de qui&eacute;n.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; tipo de orden estamos dispuestos a aceptar &mdash;y a cambio de qu&eacute; libertades, de qu&eacute; cuerpos, de qu&eacute; vidas?&nbsp;La paradoja final es que la b&uacute;squeda obsesiva de un orden esencializado y excluyente suele generar las mismas fuerzas ca&oacute;ticas que pretende dominar. El soci&oacute;logo polaco Zygmunt Bauman, en <em>Modernidad l&iacute;quida</em> (2000), argument&oacute; que la b&uacute;squeda de soluciones <em>s&oacute;lidas</em> a los problemas <em>l&iacute;quidos</em> de la globalizaci&oacute;n &mdash;como construir muros frente a flujos migratorios o reafirmar identidades cerradas frente a la diversidad&mdash; es contraproducente. Genera m&aacute;s fricci&oacute;n, m&aacute;s conflicto y, en &uacute;ltima instancia, m&aacute;s incertidumbre.
    </p><p class="article-text">
        Esta paradoja &mdash;la b&uacute;squeda de un orden excluyente generando caos&mdash; se materializa de forma cruda en los datos sobre delitos de odio. En Espa&ntilde;a, el Ministerio del Interior registr&oacute; en 2023 un total de 2.268 infracciones penales e incidentes de odio, un 21,3% m&aacute;s que en 2022. Los delitos por racismo y xenofobia son los m&aacute;s numerosos (856 hechos, el 41,8% del total), mientras que el antisemitismo creci&oacute; un 77% y el antigitanismo un 68% respecto al a&ntilde;o anterior. Es decir: los mismos grupos que el discurso del orden sit&uacute;a como amenaza &mdash;migrantes, minor&iacute;as &eacute;tnicas&mdash; son los que acaban soportando la violencia que ese discurso genera.
    </p><p class="article-text">
        La plomada de Tutankam&oacute;n med&iacute;a la verticalidad, pero tambi&eacute;n simbolizaba un equilibrio: el orden como armon&iacute;a, no como imposici&oacute;n. La diferencia entre ambos conceptos es fundamental. Un orden que se construye sobre la exclusi&oacute;n, la vigilancia y el miedo puede parecer estable, pero su base es fr&aacute;gil. Genera resentimiento, resistencia y, finalmente, su propia erosi&oacute;n. La er&oacute;tica del orden siempre ha ofrecido un espejismo: que es posible domesticar el caos inherente a la existencia colectiva. Pero ese espejismo tiene un coste tangible, medible en exclusiones, en ansiedad internalizada y en la reducci&oacute;n de la complejidad humana a variables gobernables. El verdadero orden, sugiere la antropolog&iacute;a, no es la ausencia de conflicto, sino el marco dentro del cual el conflicto puede desarrollarse sin destruir la trama com&uacute;n. Cuando un sistema promete lo primero, suele producir lo segundo. La plomada, al final, solo mide la verticalidad de un muro; no dice qui&eacute;n queda fuera ni qu&eacute; mundo se construye dentro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/erotica-orden_129_13228809.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 08:32:05 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La erótica del orden]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La clase]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/clase_129_13223614.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En los a&ntilde;os dorados de la posguerra mundial, un contable de Detroit, un profesor de Lyon y un peque&ntilde;o comerciante de Stuttgart compart&iacute;an algo m&aacute;s que un coche en el garaje y unas vacaciones anuales. Cre&iacute;an formar parte de un mismo bloque social ascendente, el coraz&oacute;n estable de las democracias occidentales: la clase media. Hoy, ese contable teme la externalizaci&oacute;n de su puesto, el profesor franc&eacute;s ha marchado &mdash;o marchaba&mdash; con los <em>chalecos amarillos</em> contra la p&eacute;rdida de poder adquisitivo, y el comerciante alem&aacute;n observa c&oacute;mo los grandes <em>marketplaces</em> digitales estrangulan su negocio. La promesa se ha resquebrajado, y al hacerlo, ha dejado al descubierto una pregunta inc&oacute;moda: &iquest;fue la <em>clase media</em> una realidad sociol&oacute;gica o un relato pol&iacute;tico magistral? Para responder, hay que separar los n&uacute;meros de los relatos.
    </p><p class="article-text">
        Las cifras no mienten, pero pueden contar historias distintas. Seg&uacute;n el World Inequality Report 2026 &mdash;el informe de referencia elaborado por m&aacute;s de doscientos investigadores del World Inequality Lab&mdash;, el 10 por ciento m&aacute;s rico de la poblaci&oacute;n mundial captura el 53 por ciento de la renta global, mientras que la mitad m&aacute;s pobre se queda con solo el 8 por ciento. En la OCDE, el ingreso disponible del 10 por ciento m&aacute;s rico es 9,6 veces superior al del 10 por ciento m&aacute;s pobre &mdash;la mayor brecha registrada en treinta a&ntilde;os&mdash;, una distancia que se ha ensanchado sin pausa desde los a&ntilde;os ochenta. Estos datos no hablan de una sola l&iacute;nea que divida a capitalistas y trabajadores, sino de una pendiente empinada donde la posici&oacute;n define el acceso a la salud, la educaci&oacute;n, la vivienda y la esperanza de vida. La clase, como estructura de desigualdad material, no solo existe, sino que se ha hecho m&aacute;s compleja y, en muchos aspectos, m&aacute;s profunda.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, el lenguaje p&uacute;blico para describir esta realidad se ha vuelto borroso. El soci&oacute;logo estadounidense C. Wright Mills ya advert&iacute;a en 1951, en <em>White Collar</em>, sobre la nueva <em>columna vertebral</em> del capitalismo: una masa de empleados administrativos, vendedores y gerentes que no se identificaban ni con los <em>capitalistas</em> ni con el <em>proletariado industrial</em>. &iquest;Existe, por cierto, un <em>proletariado</em> digital? Su identidad se construy&oacute; alrededor del consumo, la educaci&oacute;n y el estatus, no de la relaci&oacute;n con los medios de producci&oacute;n. Aqu&iacute; surge un dilema estrat&eacute;gico persistente: &iquest;c&oacute;mo combatir un relato poderoso, el del ascenso individual y la clase media, sin caer en la mera nostalgia de un lenguaje cr&iacute;tico que ya no conmueve, ni en la adopci&oacute;n acr&iacute;tica de las mismas herramientas de marketing que fabricaron el mito?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace treinta a&ntilde;os este debate ya estaba abierto; hoy es m&aacute;s urgente. Adoptar el lenguaje del <em>coaching</em> o la marca personal para denunciar la precariedad puede significar, sin una cr&iacute;tica f&eacute;rrea al marco individualista, reforzar la misma l&oacute;gica que se pretende desmontar. Este fue el caldo de cultivo perfecto para que el t&eacute;rmino <em>clase media</em> trascendiera lo descriptivo para volverse un proyecto ideol&oacute;gico. Durante la Guerra Fr&iacute;a, en Occidente se promovi&oacute; activamente la narrativa de la <em>sociedad de clases medias</em> como ant&iacute;doto frente al discurso de lucha de clases del bloque sovi&eacute;tico. Ser de clase media equival&iacute;a a ser moderno, democr&aacute;tico y apol&iacute;tico en el sentido conflictivo.
    </p><p class="article-text">
        El &eacute;xito de este relato fue tal que reconfigur&oacute; el campo pol&iacute;tico. Los partidos tradicionales de izquierda obrera, como la socialdemocracia europea, viraron gradualmente su discurso para <em>representar a las amplias clases medias</em>. El conflicto abierto entre capital y trabajo fue sustituido por el pacto del Estado del bienestar: a cambio de paz social, se garantizaban derechos sociales y un ascenso material continuado. Pero este pacto ten&iacute;a una cl&aacute;usula oculta: para mantenerlo, el crecimiento econ&oacute;mico deb&iacute;a ser perpetuo y sus frutos, repartidos. Cuando esa premisa fall&oacute; &mdash;con las crisis del petr&oacute;leo de los 70, la financiarizaci&oacute;n y la globalizaci&oacute;n desregulada&mdash;, la base material de esa <em>clase media</em> comenz&oacute; a erosionarse.
    </p><p class="article-text">
        Lo que sigui&oacute; no fue un regreso a la conciencia de clase, sino una gran confusi&oacute;n. El trabajador industrial precarizado, el becario sobrecualificado y el aut&oacute;nomo al borde de la quiebra segu&iacute;an llam&aacute;ndose a s&iacute; mismos <em>clase media</em>, aunque su realidad se asemejara m&aacute;s a la de sus abuelos proletarios. Como se&ntilde;ala el fil&oacute;sofo Emmanuel Todd, esta <em>inconsciencia de clase</em> es un rasgo definitorio de nuestro tiempo. La identidad se aferra a un estatus simb&oacute;lico &mdash;el de <em>no ser pobre</em>&mdash; incluso cuando las condiciones materiales se degradan.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esto genera un llamativo <em>efecto Rashomon</em>: la misma realidad social se describe de forma radicalmente distinta dependiendo de qui&eacute;n &mdash;y desde qu&eacute; posici&oacute;n&mdash; la narre. En Espa&ntilde;a, el 55,5 por ciento se autopercibe como clase media en alguna de sus variantes &mdash;alta, media o baja&mdash; (CIS Bar&oacute;metro, septiembre de 2025), pero seg&uacute;n el criterio objetivo de la OCDE &mdash;renta entre el 75 por ciento y el 200 por ciento de la media nacional&mdash;, el 61,5 por ciento de los hogares lo es t&eacute;cnicamente (CaixaBank Research, basado en la Encuesta de Condiciones de Vida del INE, 2023). La paradoja opera en sentido inverso al esperado: m&aacute;s gente es clase media seg&uacute;n los ingresos de la que se siente clase media. Lo que el dato estad&iacute;stico no captura es la experiencia de esa <em>inconsciencia de clase</em>: aferrarse al estatus simb&oacute;lico de <em>no ser pobre</em> aunque, como ya hemos dicho, la realidad material se degrade.
    </p><p class="article-text">
        Este divorcio entre s&iacute;mbolo y sustento se materializa en el urbanismo de la desigualdad. Tomemos un barrio cualquiera, uno como en el que yo vivo, crecido al albur de la burbuja inmobiliaria, donde el alquiler se sit&uacute;a hoy entre los m&aacute;s altos de la ciudad. Carece de centro de salud p&uacute;blico y de colegio, pero cuenta con un centro comercial. Sus habitantes, con dificultad, se considerar&iacute;an clase trabajadora; el c&oacute;digo postal, el escaparate de la tienda y la fachada les susurran otra historia. Sin embargo, la ecuaci&oacute;n es puramente proletaria: se necesitan dos sueldos, a menudo precarios, bajo ese mismo techo para llegar a fin de mes. El estatus es un decorado que ocupa el lugar de los servicios p&uacute;blicos, y la hipoteca o el alquiler estrangulador cumplen la funci&oacute;n disciplinaria que anta&ntilde;o ten&iacute;a la f&aacute;brica. Este fen&oacute;meno subyace a paradojas pol&iacute;ticas clave: por qu&eacute; sectores vulnerables votan a menudo contra sus intereses econ&oacute;micos inmediatos, privilegiando agendas identitarias o nacionalistas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En ese vac&iacute;o de lenguaje de clase se cuela la segunda operaci&oacute;n: el desgaste deliberado del eje izquierda-derecha. Declarar esta divisi&oacute;n <em>obsoleta</em> ha sido un caballo de Troya de primer orden. Cuando un <em>think tank</em> neoliberal o un pol&iacute;tico de nuevo cu&ntilde;o proclama que <em>las soluciones no son de izquierda o derecha, sino sensatas o insensatas,</em> o aquello de <em>solo veo personas</em>, est&aacute; realizando un acto de enorme violencia simb&oacute;lica. Declara que la distribuci&oacute;n de la riqueza, el peso de los impuestos, la fuerza de los sindicatos o el alcance de lo p&uacute;blico no son decisiones pol&iacute;ticas con visiones opuestas del mundo, sino meras cuestiones t&eacute;cnicas de eficiencia.
    </p><p class="article-text">
        Este discurso beneficia abiertamente al poder financiero y a las &eacute;lites concentradas. Si el debate p&uacute;blico se desplaza desde <em>&iquest;qui&eacute;n paga? </em>hacia<em> &iquest;c&oacute;mo hacemos esto m&aacute;s eficiente?, </em>el resultado predecible es que la carga recaiga sobre los eslabones m&aacute;s d&eacute;biles. La austeridad poscrisis de 2008 no se vendi&oacute; como una opci&oacute;n ideol&oacute;gica de derechas, sino como una <em>necesidad t&eacute;cnica</em>. Las reformas laborales se presentan no como un trasvase de poder del trabajo al capital, sino como <em>modernizaci&oacute;n para la competitividad</em>. Al evaporarse el lenguaje de la lucha de clases, se disuelve tambi&eacute;n el marco para oponer resistencia coherente.
    </p><p class="article-text">
        No es casualidad que, paralelamente, hayan surgido con fuerza nuevos ejes de divisi&oacute;n, a menudo m&aacute;s viscerales: globalistas vs. patriotas, metropolitanos vs. perif&eacute;ricos, <em>woke</em> vs. tradicionalistas. Estos nuevos frentes, amplificados por algoritmos y redes sociales, son funcionales al <em>statu quo</em> econ&oacute;mico porque desv&iacute;an la atenci&oacute;n del conflicto material. Mientras se debate acaloradamente sobre cultura, s&iacute;mbolos e identidad, se aprueban en silencio presupuestos regresivos o tratados comerciales que benefician a unos pocos.
    </p><p class="article-text">
        Pero la realidad, tozuda, acaba imponi&eacute;ndose. La pandemia de COVID-19 fue un revelador social masivo. Puso en primer plano qui&eacute;nes eran los <em>trabajadores esenciales</em>: repartidores, cajeras, enfermeras, personal de limpieza. En ellos se encarna la paradoja del proletariado digital, la farsa laboral del siglo XXI. Es la materializaci&oacute;n de lo que el antrop&oacute;logo David Graeber llam&oacute; <em>trabajos de mierda</em>: empleos que hasta quienes los desempe&ntilde;an perciben como carentes de sentido, pero que perpet&uacute;an un sistema de vigilancia y explotaci&oacute;n disfrazado de oportunidad. Mientras las plataformas promueven la narrativa del <em>socio</em> o el <em>creador de contenido</em>, la realidad es la de un trabajador hipervigilado y despose&iacute;do. En Espa&ntilde;a, la Ley Rider (2021) desmont&oacute; la ficci&oacute;n del <em>falso aut&oacute;nomo</em> estableciendo la presunci&oacute;n de laboralidad. M&aacute;s de dos a&ntilde;os despu&eacute;s, los propios repartidores calculan que deben trabajar unas diez horas diarias para aproximarse al Salario M&iacute;nimo Interprofesional, asumiendo de su bolsillo las cotizaciones a la Seguridad Social, el IVA y el mantenimiento del veh&iacute;culo: la<em> app</em> es de la empresa; los costes son suyos. Este es el n&uacute;cleo de la nueva condici&oacute;n obrera: no poseer los medios de producci&oacute;n (la <em>app</em> es de la empresa), su trabajo enajenado por un algoritmo y su estatus de permanente inseguridad, a menudo enmascarado bajo las autodenominaciones de CEO, CIO, CTO, CDO, CMO... &mdash;o cualquier otro, por supuesto, en ingl&eacute;s&mdash;&nbsp;en un perfil de LinkedIn.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es la internalizaci&oacute;n patol&oacute;gica de la precariedad como un proyecto heroico de autoexplotaci&oacute;n. Esta es la esencia del nuevo proletariado: gente sin grandes patrimonios, cuya subsistencia depende enteramente de un salario incierto y cuya exposici&oacute;n al riesgo es m&aacute;xima. No eran <em>clase media</em> en el sentido id&iacute;lico del t&eacute;rmino; eran la clase trabajadora del siglo XXI, diversa, precaria en muchos casos y absolutamente fundamental. Ese contable de Detroit, ese profesor de Lyon y ese comerciante de Stuttgart nunca dejaron de ser trabajadores. Hoy lo son el <em>rider</em> vigilado por el algoritmo, la cajera del s&uacute;per, la enfermera de planta. El desaf&iacute;o no es negar la complejidad moderna ni resucitar dogmatismos del XIX. Es reencontrar un lenguaje honesto que nombre la nueva explotaci&oacute;n digital, la concentraci&oacute;n obscena de riqueza en fondos y tecnol&oacute;gicas, la vulnerabilidad com&uacute;n de quienes viven del salario. La clase media como mito disolvente tuvo su d&iacute;a. El futuro pertenece a quien describa el mundo no como sue&ntilde;o de ascenso individual, sino como <em>lo que realmente es</em>: una lucha cotidiana por qui&eacute;n se lleva el fruto del esfuerzo colectivo. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/clase_129_13223614.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 09:10:22 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La clase]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Elogio de la ideología]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/elogio-ideologia_129_13209525.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Hay un momento en casi cualquier conversaci&oacute;n pol&iacute;tica espa&ntilde;ola contempor&aacute;nea en el que alguien, con un gesto de cansancio que pretende ser superioridad moral, suelta la frase definitiva: <em>eso es pura ideolog&iacute;a</em>. Lo dice el tertuliano ante una propuesta de regulaci&oacute;n de alquileres, el familiar en la comida de domingo cuando se menciona la perspectiva de g&eacute;nero en los colegios, el comentarista an&oacute;nimo bajo una noticia sobre fondos europeos para la transici&oacute;n ecol&oacute;gica. La acusaci&oacute;n funciona como un interruptor: corta el debate, deslegitima al interlocutor, sit&uacute;a al que la pronuncia en un plano de supuesta neutralidad. Es uno de los actos de prestidigitaci&oacute;n ling&uuml;&iacute;stica m&aacute;s eficaces de nuestro tiempo, porque enuncia una condena desde la inocencia fingida. Quien la usa sugiere haberse elevado por encima del lodazal de las creencias para anclarse en la roca firme del sentido com&uacute;n, de la realidad incontestable, de lo que simplemente <em>es</em>. Pero esa roca es de sal. La met&aacute;fora de la roca de sal remite no solo a lo ilusorio, sino tambi&eacute;n a lo que se disuelve al contacto con la cr&iacute;tica. En antropolog&iacute;a, esto se relaciona con el concepto de <em>doxa</em> (Bourdieu): aquello que se asume como natural e incuestionable, pero que es producto de una construcci&oacute;n social internalizada. Y si uno se detiene a mirarla con atenci&oacute;n, descubre que est&aacute; sustentada por un andamiaje de ideas, presupuestos y valores tan denso y determinante como el que se pretende denunciar. Decir <em>eso es ideolog&iacute;a</em> no es escapar del pensamiento; es abrazar, casi siempre de forma inconsciente, la m&aacute;s poderosa y peligrosa de todas: la que se cree ausencia de ideolog&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Este texto debe mucho al primero al que escuch&eacute; hablar con brillantez de este problema, el poeta berciano Juan Carlos Mestre, que preguntaba con brillantez: &iquest;c&oacute;mo puede nadie utilizar el pensamiento como una forma de descr&eacute;dito?
    </p><p class="article-text">
        Porque pensar &mdash;organizar la percepci&oacute;n del mundo en conceptos, relacionar causas con efectos, proyectar futuros a partir de diagn&oacute;sticos&mdash; no es un vicio ni una patolog&iacute;a. Es la condici&oacute;n humana b&aacute;sica. Lo demostr&oacute; la antropolog&iacute;a hace d&eacute;cadas, aunque sigamos fingiendo ignorarlo. No existe sociedad humana, por remota o <em>primitiva</em> que la juzguemos, que no est&eacute; gobernada por un entramado complejo de ideas. Pueblos como los &iacute;beros, siglos antes de Roma, ya hab&iacute;an desarrollado sistemas consuetudinarios para gestionar bienes escasos como el agua. La famosa red de acequias que siglos despu&eacute;s regar&iacute;a el levante espa&ntilde;ol &mdash;una herencia t&eacute;cnica andalus&iacute;&mdash; no habr&iacute;a funcionado sin un entramado ideol&oacute;gico previo y posterior que definiera la acequia como bien com&uacute;n, el paso ganadero como derecho preexistente o el tribunal de las aguas como autoridad leg&iacute;tima. Esas ideas &mdash;la gesti&oacute;n colectiva, el reparto equitativo, la sostenibilidad del recurso&mdash; no brotaron de la tierra, sino de cerebros que enfrentaron problemas concretos (la aridez, la trashumancia, la escasez) y les dieron soluciones abstractas, colectivas, transmitidas de generaci&oacute;n en generaci&oacute;n. Eran ideolog&iacute;a en estado puro: una manera de interpretar el mundo para habitarlo. Los sistemas consuetudinarios de gesti&oacute;n de bienes comunes (agua, pastos) estudiados por Elinor Ostrom no son solo soluciones pr&aacute;cticas; son expresiones de una cosmolog&iacute;a compartida que define qu&eacute; es lo justo, lo leg&iacute;timo y lo humano. La ideolog&iacute;a, en este sentido, no es un a&ntilde;adido, sino el c&oacute;digo operativo de toda comunidad.
    </p><p class="article-text">
        Desde una perspectiva antropol&oacute;gica, la ideolog&iacute;a no es un invento moderno, sino un rasgo constitutivo de lo humano all&iacute; donde haya lenguaje y vida en com&uacute;n. El antrop&oacute;logo Clifford Geertz la defini&oacute; como <em>marcos simb&oacute;licos mediante los cuales los seres humanos interpretan su entorno social y pol&iacute;tico, dando sentido a lo que es valioso, posible y deseable</em>. Los estudios etnogr&aacute;ficos en sociedades no occidentales &mdash;desde los Baruya de Nueva Guinea, cuya ideolog&iacute;a de la masculinidad estructura toda la econom&iacute;a y el parentesco, hasta los Nuer de Sud&aacute;n, cuyo sistema de linajes y dioses determina la resoluci&oacute;n de conflictos&mdash; muestran que no existe una <em>cultura sin ideolog&iacute;a</em>. Incluso el mito, que a ojos occidentales parece pura fantas&iacute;a, es una tecnolog&iacute;a ideol&oacute;gica sofisticada para explicar el dolor, la muerte o la fertilidad, y para cohesionar al grupo frente a la incertidumbre. Lo que llamamos <em>sentido com&uacute;n</em> en nuestra sociedad no es m&aacute;s que la ideolog&iacute;a que ha triunfado, se ha naturalizado y ha olvidado sus or&iacute;genes conflictivos. Reconocer esto no relativiza todo, sino que nos obliga a preguntarnos: &iquest;desde qu&eacute; mapa de lo real estamos juzgando los mapas ajenos?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La historia de los &uacute;ltimos siglos puede leerse como una sucesi&oacute;n de ideas que, al materializarse, cambiaron la textura misma de la realidad. No como abstracciones, sino como fuerzas capaces de reorganizar instituciones, jerarqu&iacute;as y vidas concretas<strong>. </strong>Cuando en el siglo XVIII un grupo de pensadores empez&oacute; a discutir que el poder de los reyes ven&iacute;a del consentimiento de los gobernados y no de Dios, no estaban haciendo <em>teor&iacute;a</em>. Estaban sembrando la semilla que har&iacute;a estallar, pocas d&eacute;cadas despu&eacute;s, el Antiguo R&eacute;gimen. Esa idea &mdash;la soberan&iacute;a nacional&mdash; nos parece hoy un principio elemental, casi natural. Pero en su momento fue un artefacto ideol&oacute;gico de una potencia explosiva inimaginable. En Espa&ntilde;a, cuando los ilustrados de la Sociedad Econ&oacute;mica de Amigos del Pa&iacute;s promovieron ideas sobre higiene p&uacute;blica, agricultura cient&iacute;fica o educaci&oacute;n femenina, no eran so&ntilde;adores alejados de la realidad. Eran hombres y mujeres que, desde la idea, estaban tratando de transformar una realidad de hambre, epidemias y analfabetismo. La distancia entre la idea y el hecho a veces es corta, a veces larga, pero siempre hay un puente: la voluntad colectiva. Y esa voluntad solo se moviliza cuando las ideas dejen de ser patrimonio de unos pocos y se convierten en horizonte compartido de muchos.
    </p><p class="article-text">
        El caso del feminismo es quiz&aacute; el m&aacute;s elocuente. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la idea de que las mujeres eran seres humanos plenos, con derecho a votar, a estudiar, a tener propiedades, a no ser golpeadas por sus maridos, era perseguida como una extravagancia ideol&oacute;gica peligrosa. Hoy, gracias a que esa idea fue defendida, pulida y ampliada durante generaciones, es la base de nuestro ordenamiento jur&iacute;dico y, al menos en teor&iacute;a, de nuestro contrato social. La <em>Ley de Violencia de G&eacute;nero</em> de 2004, que ha sido una herramienta fundamental para proteger a miles de mujeres y perseguir la violencia machista, no cay&oacute; del cielo. Fue el fruto de una idea que alguien tuvo que pensar, verbalizar y defender frente a la burla, el desprecio, la c&aacute;rcel o la represi&oacute;n institucional. Lo mismo ocurre con la idea de la sanidad p&uacute;blica. Hubo un tiempo en que sugerir que la salud no deber&iacute;a ser un privilegio mercantil sino un derecho universal financiado colectivamente era tachado de utop&iacute;a socialista. Hoy, a pesar de sus grietas, ese sistema es una de las pocas cosas que todav&iacute;a nos hace sentir parte de una comunidad llamada Espa&ntilde;a. Las ideas, cuando logran encarnarse, dejan de parecer ideas para convertirse en el aire que respiramos. Y por eso mismo, olvidamos demasiado pronto que ese aire fue, en otro tiempo, una revoluci&oacute;n. Pero ese proceso no es lineal ni gratuito: implica d&eacute;cadas de conflicto, resistencias activas y retrocesos que recuerdan que ninguna conquista ideol&oacute;gica es irreversible.
    </p><p class="article-text">
        Pero claro, la historia no es un relato de progreso lineal. Por cada idea que nos ha hecho m&aacute;s libres, hay otra que nos ha hecho m&aacute;s esclavos. Tanto el fascismo como el estalinismo fueron sistemas de ideas terriblemente coherentes que terminaron <em>absolutiz&aacute;ndose</em>: el fascismo con la pureza racial y el l&iacute;der providencial, el estalinismo traicionando la emancipaci&oacute;n social para construir una burocracia del terror en su nombre. Cuando las ideas se vuelven dogmas, dejan de ser herramientas de pensamiento y se transforman en rituales identitarios. La antropolog&iacute;a pol&iacute;tica muestra c&oacute;mo reg&iacute;menes totalitarios convierten ideas en ceremonias p&uacute;blicas (desfiles, juramentos, iconograf&iacute;a) para producir adhesi&oacute;n emocional y borrar la disidencia. En Espa&ntilde;a, el nacionalcatolicismo fue una ideolog&iacute;a tan totalizadora que pretend&iacute;a dictar no solo c&oacute;mo deb&iacute;a gobernarse el pa&iacute;s, sino c&oacute;mo deb&iacute;an amarse las personas, c&oacute;mo educarse los hijos y hasta c&oacute;mo rezarse. La ideolog&iacute;a, cuando pretende tener respuesta para todo, se convierte en una c&aacute;rcel para la mente. La diferencia no est&aacute; en tener o no tener ideas &mdash;todos las tenemos&mdash; sino en el tipo de relaci&oacute;n que establecemos con ellas. Las ideas saludables son aquellas que se saben provisionales, que invitan a la cr&iacute;tica, que se dejan interrogar por la realidad. Las ideas t&oacute;xicas son aquellas que se proclaman verdades definitivas, que cierran la puerta a cualquier duda, que exigen lealtad incondicional. El fan&aacute;tico no es el que tiene ideas fuertes, sino el que ha dejado de pensar para simplemente creer.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; llegamos a la gran paradoja de nuestro presente. Vivimos en la era de la informaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n en la era de la desideologizaci&oacute;n superficial. Se demoniza la <em>ideolog&iacute;a</em> en abstracto mientras se practican, de forma acr&iacute;tica, microideolog&iacute;as identitarias mucho m&aacute;s r&iacute;gidas. Las redes sociales, lejos de ser &aacute;goras de debate, se han convertido en m&aacute;quinas de crear tribus digitales donde lo importante no es la solidez del argumento, sino la intensidad de la adhesi&oacute;n emocional. Un algoritmo no promueve el pensamiento complejo; promueve el <em>engagement</em>. Y el <em>engagement</em> (compromiso e interacci&oacute;n) se alimenta de certezas simples, de enemigos n&iacute;tidos, de consignas que puedan repetirse como mantras. El resultado es lo que podr&iacute;amos llamar <em>ideolog&iacute;a de bolsillo</em>: kits prefabricados de ideas que se adquieren completos, sin necesidad de montaje intelectual. <em>Facha, progre, feminazi, comunistoide</em> &mdash;cada una de estas etiquetas viene con su paquete de ideas asociadas, su lista de enemigos, su repertorio de esl&oacute;ganes&mdash;. Usarlas exime de tener que pensar. Es la pereza mental elevada a virtud c&iacute;vica. Estas micro-tribus digitales recrean a escala algor&iacute;tmica lo que Claude L&eacute;vi-Strauss observ&oacute; en mitolog&iacute;as primordiales: sistemas binarios (amigo/enemigo, puro/impuro) que reducen la complejidad del mundo a un relato maniqueo y emocionalmente reconfortante. Y esta pereza no es inocente. Tiene un efecto pol&iacute;tico concreto: despolitiza. Convierte el conflicto de ideas &mdash;que es el motor de cualquier democracia&mdash; en un combate de tribus, donde lo importante no es convencer al otro, sino humillarlo.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica se ve alimentada por un discurso <em>tecnocr&aacute;tico-populista</em>. Por un lado, se nos dice que los problemas son tan complejos que solo pueden ser gestionados por expertos, despoj&aacute;ndolos de cualquier debate ideol&oacute;gico. &iquest;La vivienda? Cuesti&oacute;n de oferta y demanda. &iquest;La energ&iacute;a? Cuesti&oacute;n de megavatios y coste por kilovatio/hora. Se vac&iacute;an los conflictos sociales de su contenido pol&iacute;tico y se presentan como problemas t&eacute;cnicos. Pero cuando esas soluciones t&eacute;cnicas generan malestar &mdash;cuando la gente no puede pagar el alquiler o la factura de la luz&mdash;, ese malestar es r&aacute;pidamente reorientado hacia chivos expiatorios ideol&oacute;gicos: <em>es culpa de los inmigrantes, es culpa de las cuotas de g&eacute;nero, es culpa del ecologismo radical y la agenda 2030.</em> Se produce as&iacute; un doble movimiento perverso: se despoja a la ciudadan&iacute;a de su capacidad de analizar estructuralmente los problemas (<em>eso es ideolog&iacute;a</em>), pero se le devuelve, en forma de rabia identitaria, una explicaci&oacute;n simple y emocionalmente satisfactoria. La ideolog&iacute;a, expulsada por la puerta de la raz&oacute;n, vuelve a entrar por la ventana de los instintos.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica encuentra su expresi&oacute;n pol&iacute;tica m&aacute;s c&iacute;nica en la estrategia de partidos populistas que usan el t&eacute;rmino <em>ideolog&iacute;a</em> como arma de deslegitimaci&oacute;n masiva. En la Espa&ntilde;a actual lo ilustra Vox con singular nitidez. Como documenta Arranz S&aacute;nchez (<em>M&aacute;s Poder Local</em>, 2022), el partido ha convertido expresiones como <em>ideolog&iacute;a de g&eacute;nero</em> o <em>ecologismo ideol&oacute;gico</em> en emblemas de su estrategia antifeminista, presentando las pol&iacute;ticas progresistas como dogmas importados que amenazan la <em>familia natural</em> o la <em>soberan&iacute;a nacional</em>. Su objetivo no es debatir esas ideas, sino anular el debate mismo: al estigmatizarlas como <em>ideolog&iacute;a</em>, las sit&uacute;an fuera del &aacute;mbito de lo razonable, reservando para su nacionalcatolicismo esencialista el estatus de <em>sentido com&uacute;n</em>. Pero este mecanismo no es patrimonio exclusivo de la derecha, aunque en ella adopte hoy una forma especialmente sistem&aacute;tica y eficaz. Ciertos sectores de la izquierda han convertido <em>neoliberal</em> en un comod&iacute;n descalificador que oblitera cualquier an&aacute;lisis espec&iacute;fico bajo una etiqueta demonizada. Podr&iacute;a detenerme m&aacute;s en este ejemplo, y algunos me objetar&aacute;n que dedico menos l&iacute;neas al dogmatismo identitario de izquierda que al de derecha. No lo hago por parcialidad, sino por asimetr&iacute;a del contexto: en la Espa&ntilde;a actual, la estrategia sistem&aacute;tica de deslegitimaci&oacute;n masiva de la ideolog&iacute;a ajena bajo la coartada del <em>sentido com&uacute;n</em> tiene un actor principal en la derecha populista. Pero el mecanismo que denuncio &mdash;la conversi&oacute;n de una idea en un comod&iacute;n que exime de pensar&mdash; es exactamente el mismo all&iacute; donde ocurra. Mi defensa de la ideolog&iacute;a como herramienta abierta y provisional es, por dise&ntilde;o, el ant&iacute;doto contra cualquier cierre identitario, venga de donde venga.<em> </em>En ambos casos, el resultado es el mismo: se vac&iacute;a de contenido el conflicto ideol&oacute;gico leg&iacute;timo &mdash;el debate sobre modelos de sociedad&mdash; para sustituirlo por una guerra de trincheras donde las ideas del adversario son, por definici&oacute;n, una agresi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Frente a este panorama, recuperar la ideolog&iacute;a como herramienta de pensamiento y no como arma arrojadiza no es un ejercicio acad&eacute;mico. Es una urgencia democr&aacute;tica. Necesitamos, m&aacute;s que nunca, ideas fuertes. No fuertes en el sentido de dogm&aacute;ticas, sino en el sentido de robustas, bien argumentadas, capaces de conectar el diagn&oacute;stico con la soluci&oacute;n, la &eacute;tica con la pr&aacute;ctica. Ideas como las que alumbraron la sanidad p&uacute;blica o la educaci&oacute;n universal. Ideas como la de <em>bienes comunes</em>, que Elinor Ostrom demostr&oacute; que no es utop&iacute;a <em>hippie</em>, sino un modelo eficaz &mdash;pi&eacute;nsese en las acequias milenarias de Valencia que a&uacute;n riegan huertos o los montes vecinales gallegos que resisten la privatizaci&oacute;n&mdash;. Ideas como la de <em>justicia clim&aacute;tica</em>, que conecta la crisis ecol&oacute;gica con las desigualdades sociales sin sacrificar a los m&aacute;s vulnerables. Estas ideas no son escapismos. Son mapas para navegar un presente que se desmorona.
    </p><p class="article-text">
        Hay aqu&iacute;, adem&aacute;s, una advertencia que la tradici&oacute;n anarquista &mdash;de Kropotkin a David Graeber&mdash; lleva formulando desde hace siglos: las ideas m&aacute;s transformadoras no siempre han necesitado al Estado para encarnarse. Las acequias valencianas, los montes vecinales gallegos, las cooperativas de&nbsp;Corporaci&oacute;n Mondrag&oacute;n&nbsp;(quiz&aacute; el ejemplo m&aacute;s cercano, en nuestro entorno, de una ideolog&iacute;a capaz de institucionalizarse y competir en el mercado global sin desaparecer, aunque no sin tensiones ni concesiones), son ideolog&iacute;a hecha instituci&oacute;n sin mediaci&oacute;n estatal. Reivindicar la ideolog&iacute;a como herramienta democr&aacute;tica no implica confiar su custodia al poder; implica reconocer que la capacidad de imaginar mundos distintos es, antes que nada, un saber colectivo que las comunidades generan desde abajo.
    </p><p class="article-text">
        Pensar &mdash;verdaderamente pensar, con todas sus consecuencias&mdash; se ha convertido en un acto de resistencia. Resistencia contra un sistema que nos quiere consumidores pasivos de contenidos, no como productores activos de sentido. Resistencia contra una pol&iacute;tica-espect&aacute;culo que premia el <em>zasca</em> sobre el argumento. Resistencia contra la tentaci&oacute;n de refugiarnos en identidades cerradas que nos eximen de construir un <em>nosotros</em> m&aacute;s amplio. Podemos seguir usando la palabra <em>ideolog&iacute;a</em> como un insulto, como quien tira una piedra y esconde la mano. O podemos reclamar con orgullo nuestro derecho a tener ideas, a discutirlas, a equivocarnos, a mejorarlas, a luchar por ellas. Podemos recordar que detr&aacute;s de cada derecho que hoy damos por sentado, hubo alguien que fue tachado de <em>ide&oacute;logo</em>. La l&iacute;nea que separa la utop&iacute;a rid&iacute;cula del sentido com&uacute;n del futuro es m&aacute;s fina de lo que creemos. Que en un mundo que navega sin br&uacute;jula, renunciar a las ideas no es realismo. Es dejar nuestra vida en manos de quienes s&iacute; tienen un proyecto ideol&oacute;gico muy claro para nosotros y no necesitan que lo entendamos para imponerlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/elogio-ideologia_129_13209525.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 10:01:48 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Elogio de la ideología]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Brocha gorda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/brocha-gorda_129_13191113.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La izquierda pol&iacute;tica atraviesa una paradoja tan visible como inc&oacute;moda. Nunca sus marcos te&oacute;ricos &mdash;la cr&iacute;tica al capitalismo financiero, la defensa de lo com&uacute;n, la justicia social&mdash; han sido tan pertinentes para diagnosticar las crisis que nos atraviesan. Y, sin embargo, nunca su discurso ha devuelto mayor sordera en amplios sectores de esas mayor&iacute;as sociales a las que dice representar. No se trata &uacute;nicamente del ascenso de una derecha populista h&aacute;bil en canalizar el resentimiento. Existe tambi&eacute;n un fallo interno de trazo: la creciente distancia entre una izquierda institucionalizada y la realidad material concreta de la vida cotidiana.
    </p><p class="article-text">
        No hablamos aqu&iacute; de la izquierda como bloque homog&eacute;neo, sino de una izquierda institucionalizada cuya l&oacute;gica de funcionamiento &mdash;ministerios, partidos, gabinetes t&eacute;cnicos, fundaciones&mdash; ha cristalizado en una cultura propia, cada vez m&aacute;s aut&oacute;noma respecto a las condiciones materiales de quienes no habitan ese ecosistema. Este fen&oacute;meno no es nuevo ni excepcional. La sociolog&iacute;a pol&iacute;tica ha mostrado c&oacute;mo las organizaciones, cuando se estabilizan, tienden a reproducir din&aacute;micas internas que priorizan la coherencia administrativa y simb&oacute;lica frente al contacto directo con su base social.
    </p><p class="article-text">
        Pierre Bourdieu ya advirti&oacute; del riesgo de la teorizaci&oacute;n teoricista: un discurso que, en su b&uacute;squeda de pureza conceptual, pierde contacto con el sentido pr&aacute;ctico que gu&iacute;a la vida cotidiana. Hoy, esa desconexi&oacute;n adopta formas concretas y medibles. Mientras casi la mitad de los j&oacute;venes espa&ntilde;oles de entre 25 y 34 a&ntilde;os vive a&uacute;n en el hogar familiar &mdash;un m&iacute;nimo hist&oacute;rico que la crisis de vivienda no hace sino profundizar (Observatorio de Emancipaci&oacute;n, CJE, 2024)&mdash;, una parte del discurso progresista parece m&aacute;s concentrada en depurar su lenguaje y resolver disputas internas que en ofrecer respuestas materiales urgentes y cre&iacute;bles a una generaci&oacute;n bloqueada. Se proclama la vivienda como derecho en abstracto, mientras se ignora la desesperaci&oacute;n concreta de quien, tras a&ntilde;os de ahorro, ve c&oacute;mo el precio de la entrada de un piso se le escapa cada mes un poco m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        A esta brecha contribuye un fen&oacute;meno gemelo: la gobernanza por expertos y su lenguaje tecno-administrativo. Como ha analizado el polit&oacute;logo Ivan Krastev, la desafecci&oacute;n democr&aacute;tica no es solo rechazo a la corrupci&oacute;n, sino tambi&eacute;n a una &eacute;lite que ha convertido la deliberaci&oacute;n pol&iacute;tica en una conversaci&oacute;n t&eacute;cnica inaccesible. La movilidad intergeneracional, la transici&oacute;n energ&eacute;tica justa o la reforma fiscal progresiva son conceptos leg&iacute;timos, pero cuando no se traducen a propuestas con rostro y calendario &mdash;<em>este barrio tendr&aacute; un consultorio m&eacute;dico p&uacute;blico en 2025</em>&nbsp;o&nbsp;<em>esta ley har&aacute; que tu factura de la luz baje un 10% el pr&oacute;ximo invierno</em>&mdash; se convierten en un ruido blanco que aliena. La izquierda institucional, en su aspiraci&oacute;n de ser seria y de gobierno, ha adoptado con frecuencia este l&eacute;xico, olvidando que la pol&iacute;tica, antes que un asunto de ingenier&iacute;a social, es una cuesti&oacute;n de narrativa compartida y promesas cre&iacute;bles.
    </p><p class="article-text">
        Esta brecha no es solo una cuesti&oacute;n de ret&oacute;rica; es tambi&eacute;n burocr&aacute;tica y regulatoria. El tejido productivo espa&ntilde;ol est&aacute; compuesto en un 99,8% por pymes y aut&oacute;nomos (DIRCE, INE, 2023), muchos de ellos en una situaci&oacute;n de supervivencia precaria. Sin embargo, la l&oacute;gica administrativa y fiscal &mdash;a menudo impulsada desde posiciones progresistas en nombre de una justicia formal&mdash; tiende a tratar con la misma brocha gorda a la fruter&iacute;a de barrio y al gigante tecnol&oacute;gico. El resultado es una asfixia administrativa que supone, de media, 200 horas anuales y 3.000 euros en tr&aacute;mites para un aut&oacute;nomo (ATA, Bar&oacute;metro 2025). Una regulaci&oacute;n dise&ntilde;ada para controlar al gran capital termina aplastando al peque&ntilde;o, erosionando precisamente el tejido social que sostiene la vida econ&oacute;mica local.
    </p><p class="article-text">
        A esta distancia contribuye tambi&eacute;n un factor raramente nombrado en el debate p&uacute;blico: la posici&oacute;n material de buena parte de quienes dise&ntilde;an, ejecutan y eval&uacute;an pol&iacute;ticas dentro del aparato administrativo. No como grupo ideol&oacute;gicamente homog&eacute;neo ni como grupo moralmente reprochable, sino como colectivo que disfruta de una seguridad estructural cada vez m&aacute;s excepcional en un mercado laboral marcado por la incertidumbre. Estabilidad contractual, ingresos previsibles, horarios protegidos y una relaci&oacute;n mediada con el conflicto econ&oacute;mico cotidiano generan, inevitablemente, una percepci&oacute;n distinta del riesgo. Cuando las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas se dise&ntilde;an, ejecutan y eval&uacute;an mayoritariamente desde esa posici&oacute;n, existe el peligro de que la realidad social se traduzca en expedientes, indicadores y cuadros de mando, y no en biograf&iacute;as concretas. No por mala fe, sino por efecto de una cultura administrativa que premia el cumplimiento procedimental y la coherencia normativa por encima del impacto vivido en el barrio, en la persiana que baja o en la familia que no llega a fin de mes. Esta perspectiva filtrada por la seguridad estructural es el tamiz a trav&eacute;s del cual se dise&ntilde;an las pol&iacute;ticas, y explica por qu&eacute; una regulaci&oacute;n, en teor&iacute;a justa, puede terminar aplastando a la fruter&iacute;a de barrio con la misma brocha gorda con la que deb&iacute;a regular a Amazon.
    </p><p class="article-text">
        Esta l&oacute;gica genera dos nociones de &eacute;xito que operan en universos paralelos y rara vez se encuentran. Para el t&eacute;cnico de una consejer&iacute;a, el &eacute;xito puede ser que el 85% de los municipios hayan presentado su Plan de Vivienda antes de la fecha l&iacute;mite establecida en el BOE. Se trata de un logro cuantificable, verificable y administrativamente perfecto. Para el vecino que duerme en el sof&aacute; de su hermana, el &eacute;xito ser&iacute;a una llave en la mano. La primera noci&oacute;n de &eacute;xito es abstracta, procesual y se eval&uacute;a en informes. La segunda es visceral, material y se toca. El divorcio entre ambos es lo que convierte la gesti&oacute;n p&uacute;blica, a menudo, en una eficiencia fantasma: se cumple el expediente mientras se perpet&uacute;a el problema.
    </p><p class="article-text">
        Tomemos el caso de un almac&eacute;n de fruta y verdura con diez empleados. Cuando un decreto impone una subida salarial lineal &mdash;necesaria para combatir la inflaci&oacute;n&mdash;, esa empresa no dispone de los m&aacute;rgenes ni de la ingenier&iacute;a fiscal de una gran cadena de supermercados. Su dilema es brutal: o asume una p&eacute;rdida que compromete su viabilidad, o reduce plantilla. Aqu&iacute; no hay una contradicci&oacute;n entre justicia social y realidad econ&oacute;mica, sino un desajuste de escala: pol&iacute;ticas pensadas en t&eacute;rminos macro que no se traducen adecuadamente en experiencias micro. La inteligencia pol&iacute;tica consistir&iacute;a en acompa&ntilde;ar estas medidas con incentivos fiscales escalonados, l&iacute;neas de liquidez &aacute;giles y simplificaci&oacute;n administrativa para quien crea empleo estable. No distinguir entre la renta extractiva del oligopolio y la renta sudada de la peque&ntilde;a empresa local supone ceder todo ese territorio pol&iacute;tico y vital a otros actores.
    </p><p class="article-text">
        El fil&oacute;sofo Mark Fisher describi&oacute; en&nbsp;<em>Realismo capitalista</em>&nbsp;la sensaci&oacute;n de que resulta m&aacute;s f&aacute;cil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Hoy, una parte de la izquierda parece atrapada en una variante de ese bloqueo: es m&aacute;s f&aacute;cil imaginar un horizonte normativamente perfecto que articular pol&iacute;ticas factibles que mejoren, aqu&iacute; y ahora, las condiciones de vida de la gente. Este perfeccionismo genera un relato poblado de enemigos internos &mdash;el que no usa el lenguaje correcto, el que prioriza unas luchas sobre otras&mdash; y empobrecido de soluciones tangibles para problemas b&aacute;sicos.
    </p><p class="article-text">
        En contextos de p&eacute;rdida de hegemon&iacute;a y debilidad material, los grupos pol&iacute;ticos tienden a reforzar rituales de pureza interna como mecanismo defensivo. La antropolog&iacute;a ha documentado ampliamente c&oacute;mo, cuando un colectivo percibe amenazada su capacidad de transformar el mundo, desplaza su energ&iacute;a hacia el control de fronteras simb&oacute;licas internas. El problema es que esta l&oacute;gica, comprensible como reacci&oacute;n, resulta pol&iacute;ticamente letal cuando sustituye la acci&oacute;n material por la vigilancia discursiva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La escala de lo que est&aacute; en juego no admite distracciones: el 10% m&aacute;s rico de Espa&ntilde;a captura el 34,5% de la renta nacional mientras el 50% menos afortunado se reparte apenas el 21,1% (World Inequality Database, datos 2021), y Espa&ntilde;a perdi&oacute; en 2024 cerca de 9.400 millones de euros por elusi&oacute;n fiscal de grandes fortunas y multinacionales (Tax Justice Network, 2024).&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La paradoja se agudiza en la transici&oacute;n ecol&oacute;gica, un &aacute;mbito donde la izquierda deber&iacute;a ejercer una hegemon&iacute;a indiscutible. Sin embargo, cuando el discurso se reduce a un cat&aacute;logo de prohibiciones y costes individuales &mdash;sin una oferta p&uacute;blica, masiva y accesible de alternativas&mdash;, deja el terreno libre a un relato reaccionario que s&iacute; es concreto.&nbsp;<em>Ecologismo de &eacute;lite contra gente normal</em>, repite la derecha, mientras para una familia trabajadora la&nbsp;<em>transici&oacute;n justa</em>&nbsp;no se traduce en informes de la OCDE, sino en la factura de la luz que sube mientras espera subvenciones que nunca llegan. La evidencia comparada muestra que las transiciones ecol&oacute;gicas solo generan consenso social cuando desplazan el coste desde el individuo hacia el Estado y los grandes emisores.
    </p><p class="article-text">
        El resultado de esta brocha gorda es una desafecci&oacute;n silenciosa pero profunda. Estudios en barrios tradicionalmente progresistas muestran un voto de frustraci&oacute;n material: ciudadanos que comparten valores igualitarios, pero que, ante la falta de respuestas palpables a urgencias como el alquiler, la luz o la burocracia cotidiana, se abstienen o buscan refugio en opciones que al menos nombran esos problemas sin rodeos. La derecha populista opera aqu&iacute; con una eficacia devastadora: identifica un malestar material concreto y lo reinterpreta mediante una apropiaci&oacute;n estrat&eacute;gica del descontento, dirigi&eacute;ndolo hacia un enemigo simple y emocional &mdash;el inmigrante,&nbsp;<em>lo woke</em>, la &eacute;lite abstracta&mdash;. Sus soluciones son falsas, y sus programas econ&oacute;micos lo demuestran, pero su relato es n&iacute;tido y reconocible.
    </p><p class="article-text">
        Este primero de mayo, mientras desfilan las pancartas, convendr&iacute;a hacerse una pregunta inc&oacute;moda: &iquest;a cu&aacute;ntas de las personas que trabajan en esa fruter&iacute;a de barrio, o llevan cuarenta y siete horas semanales como aut&oacute;nomos, o duermen en casa de sus padres a los treinta a&ntilde;os, les interpela todav&iacute;a ese desfile? No como reproche, sino como diagn&oacute;stico.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como ha se&ntilde;alado Nancy Fraser, la izquierda solo puede reconstruir su potencia pol&iacute;tica si logra articular las luchas por la redistribuci&oacute;n econ&oacute;mica y las luchas por el reconocimiento simb&oacute;lico sin que una anule a la otra. Ning&uacute;n proyecto emancipador puede sostenerse &uacute;nicamente sobre la correcci&oacute;n cultural si no construye, al mismo tiempo, legitimidad material en la vida cotidiana de quienes dice representar. La izquierda no puede permitirse seguir pintando con brocha gorda. Mientras se debate la pureza del color, hay demasiada gente viviendo en casas que se caen a pedazos. El reto es volver a empu&ntilde;ar el pincel fino de lo concreto, antes de que el cuadro entero quede reducido a la caricatura que otros ya est&aacute;n pintando sobre &eacute;l.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/brocha-gorda_129_13191113.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 09:36:27 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Brocha gorda]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Anatomía del sentido común]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/anatomia-sentido-comun_129_13172766.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La normalidad es una de las palabras m&aacute;s repetidas de nuestro tiempo y, parad&oacute;jicamente, una de las menos examinadas. Se invoca para cerrar debates, para deslegitimar protestas, para se&ntilde;alar excesos ajenos y para justificar sacrificios propios. <em>Lo normal</em> aparece como un suelo firme, previo a la ideolog&iacute;a, un punto de partida neutro desde el cual evaluar lo razonable y lo exagerado. Y, sin embargo, basta aplicar una m&iacute;nima distancia &mdash;un gesto de extra&ntilde;amiento&mdash; para que ese suelo empiece a resquebrajarse.
    </p><p class="article-text">
        Claude L&eacute;vi-Strauss sosten&iacute;a que el trabajo del antrop&oacute;logo no consiste en explicar lo ex&oacute;tico, sino en volver extra&ntilde;o lo familiar. Mirar nuestras propias pr&aacute;cticas como si no nos pertenecieran. Si aplicamos ese m&eacute;todo a la normalidad contempor&aacute;nea, el resultado es inquietante: lo que hoy llamamos normal no es un estado natural de las cosas, sino una construcci&oacute;n cultural extremadamente reciente, fr&aacute;gil y funcional al mantenimiento de relaciones de poder muy concretas.
    </p><p class="article-text">
        Pero el extra&ntilde;amiento no es solo un m&eacute;todo antropol&oacute;gico; es tambi&eacute;n una t&eacute;cnica literaria. El formalista ruso Viktor Shklovski lo llamaba <em>ostran&eacute;nie</em> &mdash;hacer extra&ntilde;o&mdash; y lo consideraba esencial para romper la automatizaci&oacute;n de la percepci&oacute;n. Cuando el lenguaje y los h&aacute;bitos se vuelven rutinarios, dejamos de ver el mundo. La literatura, dec&iacute;a Shklovski, debe <em>rasgar el velo de la familiaridad</em> para que volvamos a sentir la textura de las cosas. Hoy, esa misma operaci&oacute;n es urgente en lo social y lo pol&iacute;tico: rasgar el velo de la normalidad.
    </p><p class="article-text">
        Ninguna sociedad se limita a describir el mundo tal como es. Todas lo clasifican, lo jerarquizan y lo dotan de sentido. La normalidad cumple exactamente esa funci&oacute;n: no dice c&oacute;mo son las cosas, sino c&oacute;mo deben ser percibidas para que el sistema resulte habitable &mdash;o al menos soportable&mdash;.
    </p><p class="article-text">
        Hoy se considera normal, por ejemplo, que una persona destine la mitad del salario al alquiler en las grandes ciudades europeas; que encadene contratos temporales sin horizonte vital; que posponga indefinidamente la emancipaci&oacute;n, la maternidad o cualquier proyecto a largo plazo; que viva en un estado de cansancio cr&oacute;nico sin nombre ni responsable. O peor, culpabilizando al que sufre esos rigores. Los datos son conocidos, medidos y p&uacute;blicos. Lo relevante no es su existencia, sino el hecho de que ya no provocan esc&aacute;ndalo.
    </p><p class="article-text">
        Esta naturalizaci&oacute;n de lo insostenible se ve reforzada por un fen&oacute;meno parad&oacute;jico: la medicalizaci&oacute;n del malestar estructural. Seg&uacute;n la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad y depresi&oacute;n aumentaron un 25% a nivel global durante el primer a&ntilde;o de la pandemia, un incremento directamente relacionado con factores como la inseguridad laboral y el aislamiento social &mdash;niveles que, seg&uacute;n la OCDE, siguen sin recuperar los valores previos a 2020&mdash;. Sin embargo, la respuesta dominante ha tendido a psicologizar el sufrimiento, desplazando la mirada desde las condiciones colectivas hacia la gesti&oacute;n individual del estr&eacute;s. El <em>burnout</em>, reconocido por la OMS como fen&oacute;meno ocupacional en 2019, es ejemplo de ello: se diagnostica como s&iacute;ndrome del individuo, pero su causa &uacute;ltima reside en la estructura del trabajo asalariado. As&iacute;, la normalidad no solo nos hace tolerar lo intolerable, sino que nos convence de que la reparaci&oacute;n es una tarea privada &mdash;una terapia, una aplicaci&oacute;n de <em>mindfulness</em>&mdash; y no un cambio estructural.
    </p><p class="article-text">
        Desde una mirada extra&ntilde;ada, esto resulta dif&iacute;cil de explicar. En la mayor&iacute;a de sociedades humanas documentadas, la imposibilidad de reproducir la vida &mdash;material, simb&oacute;lica o generacionalmente&mdash; habr&iacute;a sido interpretada como una se&ntilde;al clara de disfunci&oacute;n colectiva. En la nuestra, en cambio, se presenta como ajuste inevitable. Como madurez. Como realismo.
    </p><p class="article-text">
        El sentido com&uacute;n opera aqu&iacute; como una tecnolog&iacute;a cultural de adaptaci&oacute;n. No busca comprender las causas estructurales de los problemas, sino hacerlos psicol&oacute;gicamente tolerables. <em>Siempre ha sido as&iacute;, es lo que hay, peor est&aacute;n otros</em> no son argumentos: son f&oacute;rmulas rituales destinadas a cerrar la conversaci&oacute;n y restablecer el orden simb&oacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        Los mitos no se definen por su falsedad, sino por su funci&oacute;n: resolver contradicciones irresolubles en el plano material. La normalidad contempor&aacute;nea funciona como un mito de este tipo. Media entre una promesa que ya no se cumple &mdash;progreso, estabilidad, movilidad social&mdash; y una realidad que desmiente esa promesa de forma sistem&aacute;tica. El mito no niega la contradicci&oacute;n; la anestesia.
    </p><p class="article-text">
        Por eso cualquier cuestionamiento profundo de lo normal se percibe como una amenaza desproporcionada. No porque sea incorrecto, sino porque pone en riesgo el fr&aacute;gil equilibrio emocional que permite seguir adelante sin cambiar nada esencial.
    </p><p class="article-text">
        Toda normalidad necesita un exterior. Algo &mdash;o alguien&mdash; que encarne la desviaci&oacute;n. Hoy, ese papel lo ocupan figuras m&oacute;viles y acumulativas: el inmigrante, el <em>que no quiere trabajar</em>, el pobre sospechoso, el activista exagerado &mdash;y, por supuesto, sesgado, no como <em>nosotros&mdash;</em>, lo <em>woke</em>. Categor&iacute;as lo suficientemente vagas como para absorber frustraciones diversas y lo suficientemente visibles como para convertirse en blanco leg&iacute;timo del malestar.
    </p><p class="article-text">
        El extra&ntilde;amiento revela aqu&iacute; una paradoja central: quienes m&aacute;s sufren las condiciones normalizadas son a menudo quienes m&aacute;s las defienden, siempre que puedan se&ntilde;alar a un otro como responsable del deterioro. No es un fallo moral individual; es una l&oacute;gica cultural. Defender la normalidad se convierte en una forma de defender la propia identidad en un mundo que ya no garantiza nada m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No hace falta ir lejos para observar este mecanismo. Basta abrir la secci&oacute;n de comentarios de cualquier v&iacute;deo de YouTube o los de cualquier noticia de un diario digital que toque temas sociales, pol&iacute;ticos o migratorios. All&iacute;, la normalidad se reproduce en estado puro: en el meme que convierte la exclusi&oacute;n en humor, en el clic autom&aacute;tico del <em>me gusta</em> a frases repetidas, en la avalancha de respuestas que castigan a quien introduce un dato o una duda.
    </p><p class="article-text">
        Esta cohesi&oacute;n tribal digital no es espont&aacute;nea, sino amplificada algor&iacute;tmicamente. Investigaciones como las del MIT sobre desinformaci&oacute;n demuestran que las noticias falsas &mdash;a menudo basadas en estereotipos que refuerzan el <em>nosotros</em> contra <em>ellos</em>&mdash; tienen un 70% m&aacute;s de probabilidades de ser retuiteadas que la informaci&oacute;n veraz, y la verdad tarda seis veces m&aacute;s en alcanzar la misma audiencia. Los algoritmos priorizan el contenido que genera <em>engagement</em>, es decir, reacciones viscerales de indignaci&oacute;n o adhesi&oacute;n identitaria. As&iacute;, la plaza digital no es un &aacute;gora neutra: es un campo de batalla donde la arquitectura t&eacute;cnica favorece la reproducci&oacute;n autom&aacute;tica de la normalidad y castiga la disidencia reflexiva con invisibilidad.
    </p><p class="article-text">
        Precisamente por eso, ese espacio es una de las nuevas &aacute;goras donde se fabrica comunidad simb&oacute;lica fuera de las instituciones formales. Y tambi&eacute;n es all&iacute; donde el <em>ostran&eacute;nie</em> puede operar como gesto pol&iacute;tico m&iacute;nimo: no dar <em>like</em>, preguntar <em>&iquest;en qu&eacute; te basas?</em>, devolver una biograf&iacute;a donde se esperaba un estereotipo. No para convencer &mdash;los algoritmos no premian la duda&mdash;, sino para introducir una fisura en la repetici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, esta posibilidad de extra&ntilde;amiento est&aacute; desigualmente distribuida. La capacidad de tomar distancia cr&iacute;tica presupone un m&iacute;nimo de seguridad material y tiempo no productivo que, en s&iacute; mismo, es un privilegio dentro del orden normalizado. Seg&uacute;n Eurostat, en 2024, el 21% de la poblaci&oacute;n de la UE estaba en riesgo de pobreza o exclusi&oacute;n social &mdash;cifra que en Espa&ntilde;a asciende al 25,8%, casi doce millones y medio de personas&mdash;. Para quienes viven en el umbral de la supervivencia, la pregunta <em>&iquest;de verdad esto es lo normal?</em> puede resultar un lujo inalcanzable; la urgencia es sobrevivir dentro de las reglas del juego. Reconocer esto evita convertir el extra&ntilde;amiento en un gesto elitista. Su verdadero potencial pol&iacute;tico no surge en la distancia individual, sino cuando se articula colectivamente: cuando la fisura se comparte, se nombra y se organiza. No en forma de programa &mdash;el extra&ntilde;amiento no produce manifiestos&mdash;, sino como pr&aacute;ctica cotidiana de negativa. Negarse a aceptar que lo dado es lo posible. Negarse a administrar el malestar en privado. Hay experiencias que ensayan esa negativa desde abajo &mdash;cooperativas, redes de cuidado mutuo, formas de vida que cortocircuitan la l&oacute;gica mercantil&mdash; no como alternativas al sistema, sino como fricciones dentro de &eacute;l, recordatorios de que la normalidad no es la &uacute;nica forma de estar juntos.
    </p><p class="article-text">
        El extra&ntilde;amiento no ofrece soluciones t&eacute;cnicas ni programas cerrados. Ofrece algo m&aacute;s modesto y m&aacute;s inc&oacute;modo: la posibilidad de no confundir costumbre con naturaleza, adaptaci&oacute;n con justicia, normalidad con dignidad. En un contexto donde casi todo empuja a aceptar lo dado como inevitable, esa distancia es ya una forma de resistencia.
    </p><p class="article-text">
        Observar nuestra vida cotidiana &mdash;y nuestros propios comentarios en redes&mdash; como si pertenecieran a otra sociedad, una que acepta sin protestar su propio empobrecimiento vital, no nos hace superiores ni l&uacute;cidos por defecto. Pero nos devuelve una pregunta esencial, previa a cualquier ideolog&iacute;a: <em>&iquest;de verdad esto es lo normal?</em>
    </p><p class="article-text">
        Tal vez no sepamos a&uacute;n qu&eacute; vendr&aacute; despu&eacute;s. Pero aprender a extra&ntilde;arnos de lo que hoy se presenta como incuestionable es, como m&iacute;nimo, una forma de no colaborar activamente con su perpetuaci&oacute;n. Y en tiempos de lenta quiebra, eso ya no es poca cosa.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/anatomia-sentido-comun_129_13172766.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 16:46:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Anatomía del sentido común]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La disonancia imperial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/disonancia-imperial_129_13152455.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La imagen, aunque surrealista, no es met&aacute;fora. Ocurri&oacute; en 2018 en el vasto desierto de Arizona, cuando agentes de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos detuvieron a dos hombres de la Naci&oacute;n Tohono O'odham para <em>verificar su estatus migratorio</em>. No hab&iacute;a ning&uacute;n error burocr&aacute;tico. Los agentes, en terreno de la reserva ind&iacute;gena que cruza la frontera pol&iacute;tica entre M&eacute;xico y Estados Unidos, desconfiaban de la apariencia de aquellos ciudadanos estadounidenses, miembros de una comunidad cuyas ra&iacute;ces en ese paisaje se pierden siglos antes de que existiera un pasaporte o una valla. Este incidente, documentado por observadores internacionales, condensa una paradoja perfecta y desgarradora: el aparato estatal de un pa&iacute;s colonial, dise&ntilde;ado para vigilar y expulsar al forastero, se aplica contra los &uacute;nicos que, en sentido estricto, nunca migraron a ninguna parte. La paradoja no es un vestigio del pasado. Seg&uacute;n un reporte de la organizaci&oacute;n Native American Rights Fund (NARF), este tipo de incidentes fronterizos que involucran a miembros de tribus cuyos territorios son divididos por la frontera contin&uacute;an ocurriendo de forma regular, con al menos una docena de casos documentados solo entre 2021 y 2023. Es la l&oacute;gica &uacute;ltima de la conquista: primero te quitan la tierra, luego te declaran ilegal en ella. Como reza el lema del movimiento chicano, nosotros no cruzamos la frontera, la frontera nos cruz&oacute; a nosotros.
    </p><p class="article-text">
        Este no es un caso aislado, sino el s&iacute;ntoma de una maquinaria cuyo combustible es una amnesia identitaria masiva. Para entenderla, hay que mirar al Servicio de Inmigraci&oacute;n y Control de Aduanas, el ICE. Desde su creaci&oacute;n en 2003, su presupuesto no ha dejado de crecer, superando los diez mil millones de d&oacute;lares anuales en 2024 y dispar&aacute;ndose hasta los 85.000 millones tras la aprobaci&oacute;n de la&nbsp;<em>One Big Beautiful Bill Act</em>&nbsp;en julio de 2025. Pero su verdadero poder no radica en el dinero, sino en un mandato que ha convertido la frontera en un fantasma m&oacute;vil. Bajo programas como Secure Communities, la colaboraci&oacute;n entre polic&iacute;as locales y el ICE transform&oacute; una multa de tr&aacute;fico en un condado de Kansas en el posible inicio de un procedimiento de deportaci&oacute;n. La frontera ya no est&aacute; solo en el R&iacute;o Grande; se internaliz&oacute;, haci&eacute;ndose presente en cualquier interacci&oacute;n entre un cuerpo le&iacute;do como sospechoso y la autoridad. El resultado lo cuantifica el centro TRAC de la Universidad de Syracuse: bajo la administraci&oacute;n Trump, las detenciones de inmigrantes sin antecedentes penales aumentaron un 40%. No se persegu&iacute;a un delito, sino una condici&oacute;n: la de ser un cuerpo fuera de lugar en el relato nacional.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; surge la primera gran disonancia. &iquest;Qui&eacute;n define ese <em>lugar</em>? La respuesta se teje en los pliegues olvidados de la historia estadounidense. La ret&oacute;rica de <em>Make America Great Again</em> y el movimiento MAGA se alimentan de la nostalgia por una homogeneidad blanca y anglosajona que es, ante todo, un mito. Como explica la historiadora Roxanne Dunbar-Ortiz, Estados Unidos fue fundado como un Estado colonial de colonos, un proyecto expansionista &ndash;el <em>Destino Manifiesto</em>&ndash; que requiri&oacute; el exterminio de poblaciones nativas y la esclavitud masiva de africanos. La <em>grandeza</em> nunca fue pura; se ciment&oacute; sobre un genocidio y un sistema de castas raciales. El pa&iacute;s de las oportunidades, s&iacute;, pero solo para algunos. Sin embargo, el mito es m&aacute;s fuerte que el hecho. Un estudio de la Universidad de Wisconsin-Madison encontr&oacute; que los seguidores de Trump tienden a renegociar los hechos hist&oacute;ricos para alinear el pasado con una identidad nacional positiva y sin mancha, minimizando la esclavitud o la segregaci&oacute;n. La amnesia no es un descuido; es un requisito de pertenencia. Esta misma l&oacute;gica amn&eacute;sica opera en la obsesi&oacute;n por la blancura pura, una obsesi&oacute;n que no se detiene en lo simb&oacute;lico, sino que desciende, con una literalidad casi cl&iacute;nica, hasta el cuerpo mismo. La moda del blanqueamiento anal &mdash;cuya demanda ha crecido de forma significativa en la &uacute;ltima d&eacute;cada, seg&uacute;n un informe de 2022 de la Academia Americana de Dermatolog&iacute;a&mdash; lleva esa l&oacute;gica a su expresi&oacute;n m&aacute;s grotesca y reveladora: la necesidad de purificar incluso lo que no se ve, reflejo de una ansiedad identitaria que necesita borrar cualquier rastro de diferencia.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica de olvido y pertenencia explica la segunda y m&aacute;s profunda disonancia: la de aquellos que, para encajar en el sue&ntilde;o blanco, tuvieron que aprender a odiar su propio reflejo. En los siglos XIX y principios del XX, oleadas de inmigrantes irlandeses, italianos, jud&iacute;os ashkenazis y eslavos llegaron a Estados Unidos y no fueron recibidos como blancos. La ciencia racial de la &eacute;poca y los informes del Congreso, como el Informe Dillingham de 1911, los clasificaban como razas separadas e inferiores, menos aptas para la autogobierno. Su camino hacia la <em>blancura</em>, como detalla la historiadora Nell Irvin Painter, fue un lento y doloroso proceso de asimilaci&oacute;n que implic&oacute; un pacto f&aacute;ustico: ganar aceptaci&oacute;n signific&oacute; distanciarse activamente de los negros, adoptar la jerarqu&iacute;a racial anglosajona y dirigir hacia abajo el desprecio que antes recib&iacute;an. Aprendieron que para ser considerados blancos, a veces hay que disparar contra el espejo de la propia historia. Esta tensi&oacute;n se encarna de forma ir&oacute;nica en la propia biograf&iacute;a del art&iacute;fice de la ret&oacute;rica MAGA. La familia de Donald Trump desciende de inmigrantes alemanes; su abuelo, Frederick Trump, naci&oacute; en Kallstadt, Alemania, y emigr&oacute; a Estados Unidos en 1885. El apellido original era<em> Drumpf</em>, una germanidad que fue anglicanizada en el proceso de asimilaci&oacute;n. El l&iacute;der que hoy encarna la defensa de una Am&eacute;rica blanca y aut&oacute;ctona es, &eacute;l mismo, producto de esa misma ola migratoria que una vez fue mirada con recelo.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, la demograf&iacute;a del apoyo a Trump y al MAGA est&aacute; impregnada de este legado. No es el voto uniforme de una &eacute;lite econ&oacute;mica blanca, sino, como muestran los datos del Pew Research Center, el de blancos sin t&iacute;tulo universitario de zonas rurales y peque&ntilde;as ciudades, muchos de ellos descendientes de aquellos inmigrantes <em>blanqueados</em>. Su apoyo no se explica solo por la econom&iacute;a, sino por una ansiedad profunda sobre el estatus y la identidad en un pa&iacute;s que cambia demogr&aacute;ficamente. Para ellos, la ret&oacute;rica de Trump no invent&oacute; un enemigo; canaliz&oacute; un miedo ancestral y les ofreci&oacute; un guion heroico: ya no son los reci&eacute;n llegados en busca de aceptaci&oacute;n, sino los <em>verdaderos estadounidenses</em>, los nativos aut&eacute;nticos sitiados por una nueva <em>invasi&oacute;n</em>. Es la inversi&oacute;n final de la historia: el colonizado internaliza tan completamente la mentalidad del conquistador que se apropia incluso del estatus de v&iacute;ctima originaria.
    </p><p class="article-text">
        Desde la asimilaci&oacute;n forzosa hasta el apoyo activo: el mecanismo encuentra su expresi&oacute;n pol&iacute;tica m&aacute;s retorcida en una nueva disonancia. No se trata solo de hijos de inmigrantes que votan por pol&iacute;ticas que habr&iacute;an expulsado a sus abuelos; en la coalici&oacute;n de Trump, este s&iacute;ndrome adopta formas a&uacute;n m&aacute;s parad&oacute;jicas. Un an&aacute;lisis del Pew Research Center de 2020 revel&oacute; que, si bien los votantes latinos en su mayor&iacute;a apoyaron a Joe Biden, Trump increment&oacute; su porcentaje de voto entre los hispanos en comparaci&oacute;n con 2016, logrando cerca del 38% seg&uacute;n algunas encuestas a pie de urna. Este apoyo, aunque minoritario, es significativo. Se concentra en sectores que, tras haber logrado un estatus econ&oacute;mico o legal precario, buscan distinguirse de los reci&eacute;n llegados, repitiendo el viejo patr&oacute;n de asimilaci&oacute;n a trav&eacute;s de la exclusi&oacute;n del otro m&aacute;s vulnerable. Pero la paradoja se profundiza al cruzar fronteras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Figuras como Mar&iacute;a Corina Machado, oposici&oacute;n venezolana de l&iacute;nea dura, encontraron en la ret&oacute;rica trumpista de <em>Am&eacute;rica First</em> y en su demonizaci&oacute;n del chavismo un aliado poderoso, a pesar de que la pol&iacute;tica migratoria de ese mismo aliado era notoriamente hostil hacia venezolanos y otros latinoamericanos en busca de asilo. El desenlace confirm&oacute; lo que la l&oacute;gica ya anunciaba: Trump deport&oacute; a venezolanos a El Salvador, negoci&oacute; con los aliados de Maduro cuando le convino, y dej&oacute; a Machado sin el respaldo que hab&iacute;a convertido en eje de su estrategia. Este alineamiento nunca fue pragmatismo geopol&iacute;tico. Fue la l&oacute;gica del colonizado que internaliza la mentalidad del conquistador hasta el punto de justificar su propia subordinaci&oacute;n: v&iacute;ctimas de un proyecto imperial anterior buscaron la protecci&oacute;n del poder hegem&oacute;nico contempor&aacute;neo, y ese poder los redujo exactamente a lo que siempre hace con sus vasallos: peones &uacute;tiles mientras convienen, prescindibles en cuanto no.
    </p><p class="article-text">
        La narrativa de la <em>invasi&oacute;n</em>, amplificada miles de veces en medios como Fox News, sirve para sellar este pacto. Presenta al inmigrante latinoamericano, y por extensi&oacute;n a cualquier persona de apariencia no blanca, como una amenaza existencial para la naci&oacute;n. Esta l&oacute;gica ignora deliberadamente que grandes extensiones del suroeste estadounidense, como el Arizona donde viven los Tohono O'odham, fueron arrancadas a M&eacute;xico por la fuerza en el siglo XIX. En este relato, el verdadero invasor es quien cruza la l&iacute;nea hoy, no quien la dibuj&oacute; a sangre y fuego ayer. La paradoja se resuelve entonces no con la raz&oacute;n, sino con la fuerza bruta. El Proyecto de Leyes de Odio del Southern Poverty Law Center documenta c&oacute;mo los grupos de odio se han multiplicado bajo este clima, muchos abrazando la teor&iacute;a conspirativa del <em>gran reemplazo.</em> La violencia es el corolario inevitable. El tiroteo masivo de El Paso en 2019, donde el asesino viaj&oacute; cientos de kil&oacute;metros para atacar a mexicoamericanos citando la <em>invasi&oacute;n hispana</em>, no fue un acto de locura aislada, sino la ejecuci&oacute;n l&oacute;gica de un discurso pol&iacute;tico que deshumaniza. Los cr&iacute;menes de odio motivados por prejuicios contra la etnia hispana o latina alcanzaron en 2023 los 812 incidentes registrados por el FBI, un 42,7% m&aacute;s que en 2020 y el dato m&aacute;s alto desde que la agencia comenz&oacute; a recopilar estad&iacute;sticas.
    </p><p class="article-text">
        Esta gram&aacute;tica del poder, que deshumaniza para despu&eacute;s negar, no se limita a los votantes o a las figuras extranjeras; se institucionaliza en el coraz&oacute;n mismo del Estado. En 2025, un a&ntilde;o r&eacute;cord para la agencia, 32 personas murieron bajo custodia o a manos del ICE, entre ellas Renee Nicole Good, poeta y madre de tres hijos disparada por el agente Jonathan Ross en Mine&aacute;polis el 7 de enero de 2026 mientras actuaba como observadora ciudadana en una redada &mdash;su muerte fue el noveno tiroteo de agentes del ICE desde septiembre de 2025&mdash;. La respuesta de la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, cuando un periodista pregunt&oacute; por esas 32 muertes no fue una aclaraci&oacute;n, sino un ritual de purificaci&oacute;n discursiva. Al tachar al periodista de <em>activista de izquierdas</em> por el simple hecho de nombrar los hechos, ejecut&oacute; la operaci&oacute;n definitiva: convertir la evidencia de la violencia de Estado en un s&iacute;ntoma de la <em>parcialidad </em>de quien la menciona. La cifra deja de ser un dato verificable para convertirse en un arma ideol&oacute;gica. Es la amnesia activa traducida a t&aacute;ctica de comunicaci&oacute;n: no se discute lo ocurrido, se descalifica el derecho a preguntar sobre ello. As&iacute;, el c&iacute;rculo de la disonancia se cierra sobre s&iacute; mismo. La maquinaria que produce la violencia (ICE) y la que la justifica (la narrativa oficial) se sincronizan para silenciar cualquier reflejo inc&oacute;modo, incluso &mdash;o especialmente&mdash; cuando ese reflejo es el rostro de una poeta asesinada o una estad&iacute;stica de muertes en custodia. La ficci&oacute;n se defiende declarando la realidad como un acto de guerra partidista.
    </p><p class="article-text">
        El votante descendiente de sicilianos que pide un muro m&aacute;s alto y el agente que detiene al nativo Tohono O'odham no son hip&oacute;critas inconscientes. Son los centinelas de una ficci&oacute;n necesaria: la blancura como identidad, que es en s&iacute; misma una construcci&oacute;n movediza, un club cuyas reglas de entrada exigen olvidar la propia procedencia. El nativo detenido en su tierra es el espejo que este sue&ntilde;o no puede quebrar. Su mera existencia, anterior a cualquier frontera, es la prueba viviente de que la Am&eacute;rica blanca es un castillo de arena construido sobre una fosa com&uacute;n. Por eso la violencia debe ser constante: para negar, una y otra vez, el reflejo inc&oacute;modo. Y mientras esa ficci&oacute;n se sostenga, el &uacute;ltimo acto de la colonizaci&oacute;n seguir&aacute; repiti&eacute;ndose en el vasto desierto de Arizona, en una calle nevada de Mine&aacute;polis, en cualquier lugar donde un cuerpo considerado fuera de lugar se cruce con el aparato del Estado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/disonancia-imperial_129_13152455.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Apr 2026 08:14:10 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La disonancia imperial]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La fábrica de la obediencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/fabrica-obediencia_129_13137160.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Aunque pudiera parecerlo, no es una guerra entre ciencias y letras. Ni siquiera del aprendizaje de los oficios contra los estudios universitarios. Es un proyecto de ingenier&iacute;a social m&aacute;s sutil y eficaz. Lo que se castiga no es una rama del saber, sino un tipo de pensamiento: el lento, el inc&oacute;modo, el que cuestiona los cimientos. Lo que se premia es su contrario: el pensamiento aplicado, inmediato y funcional para la cadena productiva. El resultado no es una sociedad de ignorantes, sino una sociedad de especialistas d&oacute;ciles: ingenieros que no cuestionan para qu&eacute; sirve lo que construyen, m&eacute;dicos que no analizan los determinantes sociales de la salud, urbanistas pensando en el turista y no en los habitantes de las ciudades, y humanistas convertidos en gestores culturales o en rarezas anecd&oacute;ticas. El mensaje est&aacute; codificado en los datos duros y en las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas: piensa dentro del caj&oacute;n asignado, o asume el coste de la irrelevancia econ&oacute;mica.
    </p><p class="article-text">
        Resistirte te se&ntilde;ala.
    </p><p class="article-text">
        La narrativa de la&nbsp;<em>utilidad</em>&nbsp;es el arma principal. Se presenta como un hecho natural, pero es una construcci&oacute;n pol&iacute;tica. Los n&uacute;meros lo avalan sin margen para la duda. Seg&uacute;n el informe m&aacute;s reciente de la Fundaci&oacute;n CYD sobre inserci&oacute;n laboral de egresados universitarios (2025), los titulados en Artes y Humanidades presentan la menor tasa de afiliaci&oacute;n a la Seguridad Social a los cuatro a&ntilde;os de graduarse: un 63,5%, frente al 87% de los graduados en Inform&aacute;tica o al 94% en Medicina. Su salario medio &mdash;27.185 euros anuales de base de cotizaci&oacute;n&mdash; es el m&aacute;s bajo de todas las ramas, un 35% inferior al de Medicina y un 20% por debajo de Ingenier&iacute;a. Casi cuatro de cada diez humanistas trabajan a tiempo parcial. Esta brecha no nace de manera natural; es el fruto de un modelo que decide qu&eacute; conocimiento vale. Los Presupuestos Generales del Estado destinan fondos a universidades, pero su distribuci&oacute;n sigue la l&oacute;gica de la&nbsp;<em>excelencia medible</em>: patentes, transferencia tecnol&oacute;gica, colaboraci&oacute;n con empresa. La ANECA eval&uacute;a a un catedr&aacute;tico de &Eacute;tica con las mismas m&eacute;tricas que a un ingeniero de telecomunicaciones &mdash;publicaciones en revistas de alto impacto, proyectos competitivos&mdash;, una cuadratura del c&iacute;rculo que ignora que el impacto de la filosof&iacute;a o la historia es social, cultural y a largo plazo, no patentable en un registro de la propiedad industrial.
    </p><p class="article-text">
        La presi&oacute;n es tan enorme que las propias facultades de Humanidades traicionan su esencia. Proliferan m&aacute;steres en&nbsp;<em>Gesti&oacute;n Cultural</em>&nbsp;o&nbsp;<em>Humanidades Digitales</em>&nbsp;que, en el mejor de los casos, convierten el pensamiento cr&iacute;tico en una&nbsp;<em>habilidad blanda</em>&nbsp;para el mercado y, en el peor, en una burocracia de la creaci&oacute;n. La Fundaci&oacute;n CYD, en su ranking anual, sit&uacute;a siempre a las polit&eacute;cnicas en lo m&aacute;s alto de la contribuci&oacute;n a la&nbsp;<em>transferencia</em>. El mensaje cala: lo valioso es lo que se puede convertir en producto, en servicio, en beneficio contable inmediato.
    </p><p class="article-text">
        Esta brecha salarial no es un da&ntilde;o colateral; es un mecanismo disuasorio perfecto. La inseguridad material no es un accidente: es la herramienta maestra. Un estudio de la Fundaci&oacute;n La Caixa sobre condiciones laborales de artistas y profesionales de la cultura (2022) revela que cerca del 60% de los trabajadores del sector gana menos de 1.500 euros mensuales de su actividad principal, muy por debajo del salario medio nacional, y que m&aacute;s de la mitad declara dificultades para vivir de ella. Solo el 5% cree que la sociedad considera su trabajo esencial. Cuando un joven elige carrera, no lo hace en libertad. Lo hace bajo el peso de un c&aacute;lculo de supervivencia, amplificado por la familia, el orientador acad&eacute;mico y el ruido medi&aacute;tico:&nbsp;<em>&iquest;de qu&eacute; vas a vivir?</em>&nbsp;La pregunta que deber&iacute;a hacerse &mdash;<em>&iquest;en qu&eacute; sociedad quiero vivir?</em>&mdash; ha sido borrada del guion. El efecto es una autoselecci&oacute;n de clase: solo los hijos de las &eacute;lites pueden permitirse el&nbsp;<em>lujo</em>&nbsp;de estudiar Filosof&iacute;a o Historia del Arte sin que el fantasma de la pobreza les persiga. Las humanidades, anta&ntilde;o v&iacute;a de emancipaci&oacute;n, se arriesgan a ser un club para ricos o un gueto precarizado.
    </p><p class="article-text">
        La paradoja es que el desprecio institucional al sector cultural coexiste con un volumen econ&oacute;mico que deber&iacute;a avergonzar a sus detractores. Seg&uacute;n la Cuenta Sat&eacute;lite de la Cultura del Ministerio de Cultura (Revisi&oacute;n 2024), la cultura aport&oacute; en 2023 el 2,2% del PIB espa&ntilde;ol &mdash;el 3,4% si se suman las actividades vinculadas a la propiedad intelectual&mdash;, m&aacute;s que industrias que nadie cuestiona. El sector genera empleo para m&aacute;s de 755.000 personas &mdash;un 3,5% del empleo total&mdash;, moviliz&oacute; en 2023 m&aacute;s de 34 millones de viajes tur&iacute;sticos con un gasto asociado superior a los 32.500 millones de euros, y sostiene m&aacute;s de 185.000 empresas, el 87% de ellas en sectores como la edici&oacute;n, los museos, el audiovisual o las artes esc&eacute;nicas. A pesar de ello, el gasto que la Administraci&oacute;n General del Estado destin&oacute; a cultura en 2024 apenas alcanz&oacute; los 1.248 millones de euros, un 0,08% del PIB. Un sector que aporta el 2,2% de la riqueza nacional recibe a cambio el 0,08% en inversi&oacute;n p&uacute;blica. Las reglas son simples: o eres clase productiva, o eres clase extractiva. Y para este sistema, la cultura pertenece a la segunda categor&iacute;a no porque no genere riqueza, sino porque genera la riqueza que otros se llevan.
    </p><p class="article-text">
        Y cuidado, esta l&oacute;gica extractiva no perdona ni a las ciencias. Golpea con sa&ntilde;a a su coraz&oacute;n: la investigaci&oacute;n b&aacute;sica. Espa&ntilde;a destin&oacute; a I+D un 1,50% de su PIB en 2024 &mdash;m&aacute;ximo hist&oacute;rico seg&uacute;n el INE, s&iacute;, pero todav&iacute;a lejos del 3% que los sucesivos gobiernos han prometido y del 2,26% de media de la UE&mdash;. El problema es cualitativo tanto como cuantitativo. La mayor parte de ese gasto se concentra en investigaci&oacute;n aplicada y desarrollo experimental con demanda empresarial directa: las empresas financian el 47,7% del total, y su dinero fluye de forma abrumadora hacia Ingenier&iacute;a y Tecnolog&iacute;a, que absorbe m&aacute;s del 21% del gasto en I+D universitaria, mientras Humanidades aparece en los &uacute;ltimos puestos del reparto. No se financia la curiosidad; se financia la utilidad. Un proyecto de f&iacute;sica de materiales con aplicaci&oacute;n en bater&iacute;as tendr&aacute; m&aacute;s opciones que uno sobre cosmolog&iacute;a te&oacute;rica. Un estudio de sociolog&iacute;a encargado por una multinacional para optimizar su plantilla se priorizar&aacute; sobre una investigaci&oacute;n etnogr&aacute;fica sobre las condiciones laborales en los almacenes de Amazon. La convocatoria de proyectos del Ministerio de Ciencia eval&uacute;a&nbsp;<em>la transferencia y retorno socioecon&oacute;mico</em>. &iquest;C&oacute;mo calcula el&nbsp;<em>retorno</em>&nbsp;un proyecto de arqueolog&iacute;a que desmonta los mitos fundacionales de un nacionalismo? &iquest;O una investigaci&oacute;n en bio&eacute;tica sobre los l&iacute;mites de la inteligencia artificial? &iquest;O programas po&eacute;ticos en la tierra que alardea de la lengua o de Gonzalo de Berceo como bandera identitaria? El sistema es coherente: promueve una ciencia que aceita la maquinaria y margina la ciencia que examina el dise&ntilde;o de la m&aacute;quina y se pregunta si no deber&iacute;amos desmontarla.
    </p><p class="article-text">
        El resultado se proyecta directamente en el espacio p&uacute;blico. Basta encender la televisi&oacute;n: economistas ortodoxos y polit&oacute;logos del&nbsp;<em>establishment</em>&nbsp;copan las tertulias de&nbsp;<em>prime time</em>, mientras las voces de las humanidades aparecen, si aparecen, como an&eacute;cdota, efem&eacute;ride o&nbsp;<em>toque po&eacute;tico</em>&nbsp;desprovisto de peso anal&iacute;tico. No es casualidad: el espacio medi&aacute;tico reproduce y amplifica la jerarqu&iacute;a que el sistema educativo y financiero ha establecido previamente. Se habla del&nbsp;<em>d&eacute;ficit</em>&nbsp;con la frialdad de un contable, pero no se debate el modelo social que ese d&eacute;ficit sostiene. Se analiza la&nbsp;<em>competitividad</em>&nbsp;sin preguntarse&nbsp;<em>competitividad para qu&eacute; y para qui&eacute;n</em>. Ha triunfado la tertulizaci&oacute;n de la raz&oacute;n: todo debe ser r&aacute;pido, simple y contundente. La duda, el matiz, la profundidad hist&oacute;rica son enemigos del formato. Y sin ese contrapeso, el discurso p&uacute;blico queda cautivo de la tecnocracia y el populismo, dos caras de la misma moneda que desprecian por igual la reflexi&oacute;n pausada.
    </p><p class="article-text">
        El ant&iacute;doto, por tanto, no es la nostalgia. Es una reconceptualizaci&oacute;n radical que debe traducirse en hechos. El pensamiento cr&iacute;tico no es un lujo: es una infraestructura de salud democr&aacute;tica, tan esencial como el alcantarillado o la red el&eacute;ctrica. Esto exige una financiaci&oacute;n p&uacute;blica blindada para la investigaci&oacute;n b&aacute;sica en todas las disciplinas, con criterios de evaluaci&oacute;n diferenciados que valoren el impacto social y cultural, no solo el econ&oacute;mico. Implica reformular la orientaci&oacute;n acad&eacute;mica, no como un servicio de recursos humanos para empresas, sino como un espacio de exploraci&oacute;n vocacional y compromiso c&iacute;vico. Pasa por crear estructuras estables de apoyo a creadores e investigadores &mdash;no becas-proyecto con fecha de caducidad, sino financiaci&oacute;n sostenida que los libere de la tiran&iacute;a de la utilidad inmediata&mdash; y por exigir a los medios que traten a fil&oacute;sofos, historiadores y cient&iacute;ficos b&aacute;sicos como voces autorizadas en los debates de fondo, no como adornos de temporada.
    </p><p class="article-text">
        El problema real no es entre ciencias y letras. Es entre un modelo que fabrica especialistas sumisos y otro que aspira a formar ciudadanos l&uacute;cidos. Entre una sociedad que contrata pensamiento a medida y una que cultiva el pensamiento libre, aunque sea inc&oacute;modo. Cuesta imaginar qu&eacute; pa&iacute;s ser&iacute;a este sin Averroes, Cervantes, Ortega y Gasset o Mar&iacute;a Zambrano: cada uno, a su manera, traspas&oacute; las fronteras del idioma y la cultura nacional para convertirse en patrimonio del pensamiento mundial. Su legado demuestra que, cuando las circunstancias lo permitieron, el pensamiento espa&ntilde;ol no fue perif&eacute;rico, sino central y vanguardista.
    </p><p class="article-text">
        Desmontar la f&aacute;brica de la obediencia empieza por negarse a aceptar que el precio de pensar sea la irrelevancia econ&oacute;mica. Empieza por recordar, con los datos en la mano, que una sociedad que deja de financiar a sus poetas, sus fil&oacute;sofos y sus cient&iacute;ficos m&aacute;s inconformistas no est&aacute; ahorrando dinero. Est&aacute; desmantelando, ladrillo a ladrillo, su propia capacidad de imaginar un futuro diferente. Al final, lo que llaman&nbsp;<em>carreras sin salida</em>&nbsp;son, en realidad, las &uacute;nicas que podr&iacute;an se&ntilde;alarnos la salida.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/fabrica-obediencia_129_13137160.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Apr 2026 15:49:25 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La fábrica de la obediencia]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mapas para navegar el colapso]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/mapas-navegar-colapso_129_13111072.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Cuando el mundo parece deshacerse en pedazos desconectados &mdash;el odio que se normaliza en redes, la pol&iacute;tica que se reduce a guerra tribal, la justicia que aplica dobles raseros&mdash;, volver la vista a quienes ya pensaron el desmontaje de la humanidad no es un acto de erudici&oacute;n, sino de urgencia. Hoy, esa capacidad de sostener la incertidumbre se pone a prueba constantemente. Tal vez por eso algunos pensadores del siglo XX, desde sus propias trincheras de exilio, persecuci&oacute;n o lucha anticolonial, dibujaron mapas tan precisos de los mecanismos del poder, el miedo y la deshumanizaci&oacute;n, que leerlos hoy produce un escalofr&iacute;o de reconocimiento. No predicen el futuro: iluminan las constantes que se suceden cotidianamente. Sus ideas ofrecen claves para entender por qu&eacute;, cuando todo parece nuevo, en realidad estamos repitiendo patrones viejos con ropaje digital.
    </p><p class="article-text">
        Uno de ellos es Paul Gilroy, un soci&oacute;logo brit&aacute;nico de origen caribe&ntilde;o que dedic&oacute; su obra a desmontar la idea de <em>raza</em>. Demostr&oacute; que no es un hecho biol&oacute;gico &mdash;la gen&eacute;tica lo confirma&mdash; sino una <em>tecnolog&iacute;a</em> pol&iacute;tica, una herramienta inventada para justificar la jerarqu&iacute;a y la explotaci&oacute;n. Su batalla contra lo que llam&oacute; <em>absolutismo &eacute;tnico</em>, la creencia en culturas puras y aisladas, resuena como un trueno en nuestro presente. Cuando hoy un tuit convierte el jam&oacute;n en prueba de espa&ntilde;olidad, o habla de <em>esencia nacional</em> amenazada por <em>invasiones</em>, no estamos ante un debate sobre tradiciones. Estamos ante la misma l&oacute;gica descrita por Gilroy: la construcci&oacute;n de un <em>nosotros</em> que necesita un <em>ellos</em> para existir. La raza biol&oacute;gica ha sido desacreditada, pero la matriz racial &mdash;clasificar, jerarquizar, excluir&mdash; se recicla en ropajes culturales con id&eacute;ntica eficacia letal.
    </p><p class="article-text">
        Para entender la ansiedad que alimenta esa b&uacute;squeda de enemigos, resulta indispensable Zygmunt Bauman, un soci&oacute;logo polaco que sobrevivi&oacute; al Holocausto y dedic&oacute; su vida a analizar la fragilidad moderna. Acu&ntilde;&oacute; el t&eacute;rmino <em>modernidad l&iacute;quida</em> para describir un mundo donde lo s&oacute;lido &mdash;el empleo estable, las comunidades duraderas, las identidades fijas&mdash; se derrite. En ese vac&iacute;o, el miedo se privatiza: es una angustia que cada cual gestiona en soledad. Nuestra crisis del <em>tiempo suspendido</em> &mdash;generaciones enteras que no pueden proyectar una vida estable por la precariedad y la vivienda inalcanzable&mdash; es el paisaje perfecto para esta profec&iacute;a. Como Bauman anticip&oacute;, esa ansiedad l&iacute;quida no se dirige hacia causas complejas (la financiarizaci&oacute;n, la globalizaci&oacute;n asim&eacute;trica), sino que busca chivos expiatorios s&oacute;lidos: el inmigrante, el diferente. Los proyectos pol&iacute;ticos que triunfan hoy no son los que ofrecen soluciones a la liquidez, sino los que venden fortalezas identitarias: la naci&oacute;n como bunker, la tradici&oacute;n como muralla. Ofrecen, sobre todo, la certeza emocional de pertenecer a un club exclusivo en un mundo que te hace sentir insignificante.
    </p><p class="article-text">
        Pero, &iquest;c&oacute;mo se decide qui&eacute;n merece protecci&oacute;n dentro de ese club y qui&eacute;n queda fuera? Aqu&iacute; las obras de Judith Butler, fil&oacute;sofa estadounidense, y Frantz Fanon, psiquiatra y revolucionario martiniqu&eacute;s, son iluminadoras. Butler pregunt&oacute;: &iquest;qu&eacute; hace que una vida sea <em>llorable</em> y otra <em>desechable</em>? &iquest;Qu&eacute; marcos sociales determinan qu&eacute; muertes nos conmueven y cu&aacute;les normalizamos? &iquest;Por qu&eacute; la prensa nos da el nombre de unas v&iacute;ctimas y no de otras? Fanon, desde su experiencia en Argelia colonizada, diseccion&oacute; el gesto fundamental del opresor: despojar al otro de humanidad, reducirlo a una categor&iacute;a (<em>el &aacute;rabe, el negro</em>) para poder dominarlo sin culpa. Se debate con vehemencia la presunci&oacute;n de inocencia de un hombre acusado de violencia machista, mientras se normaliza la detenci&oacute;n sin juicio de un migrante en un CIE. Nos conmovemos con una tragedia <em>cercana</em> y normalizamos un bombardeo lejano. La <em>desnudez reductora</em> que sufren hoy inmigrantes, pobres o disidentes &mdash;convertidos en <em>cifras, vagos</em> o <em>traidores</em>&mdash; es el mismo gesto analizado por Fanon: borrar la biograf&iacute;a del otro para justificar su exclusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Este proceso no ser&iacute;a tan eficaz sin la capa m&aacute;s invisible y poderosa: la que describi&oacute; Pierre Bourdieu, soci&oacute;logo franc&eacute;s. &Eacute;l la llam&oacute; <em>violencia simb&oacute;lica</em>: la imposici&oacute;n de categor&iacute;as de pensamiento que hacen que el mundo injusto parezca natural. Es el poder que no necesita golpear, porque convence a la gente de que su lugar en el escal&oacute;n m&aacute;s bajo es merecido. La <em>gram&aacute;tica del odio</em> que hoy inunda discursos y redes no es m&aacute;s que esa violencia hecha carne. Cuando un chiste xen&oacute;fobo se comparte como&nbsp;<em>humor</em>&nbsp;o se estigmatiza al pobre como&nbsp;<em>vago</em>&nbsp;por sistema, se est&aacute; ejerciendo una violencia simb&oacute;lica. Y cuando esa violencia se viste de&nbsp;<em>sentido com&uacute;n</em>&nbsp;&mdash;cuando deja de percibirse como violencia&mdash;, el camino hacia la violencia f&iacute;sica ya est&aacute; allanado. Bourdieu nos recuerda que la batalla decisiva a menudo no es la de las leyes, sino la de las categor&iacute;as: qui&eacute;n define lo <em>normal</em>, lo <em>leg&iacute;timo</em>, lo <em>amenazante</em>.
    </p><p class="article-text">
        Estos mapas son poderosos, pero necesitan ser traducidos. Construidos desde la biblioteca y la panor&aacute;mica hist&oacute;rica, ganan un espesor distinto cuando se aplican al territorio concreto: a la Espa&ntilde;a de hoy, a sus barrios perif&eacute;ricos, a sus crisis de convivencia cotidiana. Aqu&iacute; se aprende que el racismo rara vez es biol&oacute;gico; es culturalista, nost&aacute;lgico, y sobre todo digestivo: se absorbe sin esfuerzo en la sobremesa, en el grupo de WhatsApp, en el comentario que nadie rebate porque hacerlo costar&iacute;a demasiado. Que esa par&aacute;lisis&nbsp;no es solo un fen&oacute;meno de guerras lejanas, sino la experiencia del mileurista con tres trabajos que no puede proyectar su vida m&aacute;s all&aacute; del pr&oacute;ximo recibo. Y, sobre todo, que la resistencia m&aacute;s eficaz no siempre es la gran movilizaci&oacute;n: a veces es el gesto microsc&oacute;pico e inc&oacute;modo, la negativa a re&iacute;r un chiste en la barra del bar, la interrupci&oacute;n del mantra tribal, el acto cotidiano de renombrar al otro como vecino y no como amenaza. Esa traducci&oacute;n no es una traici&oacute;n a los gigantes. Es el &uacute;nico modo de que sus ideas respiren.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dialogar con estos gigantes, entonces, es un acto de responsabilidad c&iacute;vica. En un mundo intoxicado por discursos simples y odios prefabricados, sus marcos te&oacute;ricos son herramientas de desescombro. Nos permiten ver que el presunto <em>sentido com&uacute;n</em> que nos rodea no es inocente, sino un campo de batalla donde se libra una guerra por nuestro miedo y nuestra lealtad. Que la rabia identitaria no brota de la nada, sino de una liquidez econ&oacute;mica y existencial h&aacute;bilmente explotada por arquitectos del resentimiento.
    </p><p class="article-text">
        La tarea, por tanto, no es citarlos con solemnidad, sino usar sus lentes para mirar nuestro presente con mayor claridad y menos autoenga&ntilde;o. Es traducir sus ideas complejas al lenguaje de lo cotidiano y, a la inversa, elevar la rabia concreta del barrio al nivel de un an&aacute;lisis que revele sus resortes ocultos. Su legado m&aacute;s valioso es una invitaci&oacute;n a dejar de ser esas personas que rehacen el mundo desde cero con cada prejuicio, y a elegir, en cambio, la labor m&aacute;s humilde y necesaria: aprender a nombrar con precisi&oacute;n los mecanismos que nos deshumanizan. Porque solo cuando identificamos con claridad los engranajes del odio, tenemos alguna posibilidad de desactivarlos. En ese trabajo tit&aacute;nico y cotidiano, los gigantes no caminan por nosotros, pero nos prestan la posibilidad de auparnos a sus hombros para ver, al menos, un poco m&aacute;s all&aacute; de nuestra corta cotidianidad.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/mapas-navegar-colapso_129_13111072.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Apr 2026 13:03:35 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Mapas para navegar el colapso]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Adán en la barra del bar de un barrio periférico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/adan-barra-bar-barrio-periferico_129_13089273.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        En el bar de un barrio perif&eacute;rico, Ad&aacute;n no es un mito lejano. Es el hombre de la tercera birra, con su dignidad y su certeza. Su postura y su discurso encarnan, sin saberlo, las tres acepciones que el diccionario de la RAE reserva para una palabra en desuso: <em>adanismo</em>.
    </p><p class="article-text">
        La primera acepci&oacute;n lo define como el <em>h&aacute;bito de comenzar una actividad como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente</em>. Esto es exactamente lo que hace el Ad&aacute;n de barra: fundar cada d&iacute;a su propio relato desde el minuto cero. En su memoria, el barrio era un lugar homog&eacute;neo y silencioso hasta que llegaron <em>los otros</em>. Borra de un plumazo las oleadas migratorias que han construido el pa&iacute;s, las tensiones hist&oacute;ricas siempre existentes, las luchas sociales que le han dado los derechos de los que disfruta y cualquier complejidad anterior a su propio malestar. Para &eacute;l, la historia comienza con su agravio. Este adanismo fundacional es un acto de olvido activo y de apropiaci&oacute;n del territorio narrativo. Convierte el espacio compartido en una esencia pura que debe ser defendida, y a los reci&eacute;n llegados, los iluminados, los pijos universitarios, en meros perturbadores de una paz que solo existi&oacute; en el relato sesgado de los poderes que lograron imponerse. Es la misma l&oacute;gica que, a escala mayor, justific&oacute; mitos de origen y pureza en la construcci&oacute;n de las naciones.
    </p><p class="article-text">
        La segunda acepci&oacute;n lo equipara al <em>desnudismo, pr&aacute;ctica de la desnudez</em>. Y aqu&iacute; reside uno de sus mecanismos m&aacute;s da&ntilde;inos. El adanismo no es la desnudez liberadora, sino la desnudez reductora. Consiste en despojar al otro de toda capa de humanidad, contexto o dignidad. El inmigrante es reducido a <em>una cifra</em>; el vecino de ideolog&iacute;a distinta, a <em>un traidor</em>; el pobre, a <em>un vago</em>. Se le quita la ropa de la biograf&iacute;a para dejarlo en pura categor&iacute;a, en pura amenaza. Esta desnudez no es &iacute;ntima, es p&uacute;blica y humillante. Se practica en la conversaci&oacute;n de bar, en el comentario de redes, en el chiste que estigmatiza. Es el prejuicio expuesto sin pudor, normalizado como <em>sentido com&uacute;n</em>. Ad&aacute;n, en su barra, desnuda a los dem&aacute;s para se&ntilde;alarlos mejor, y se desnuda a s&iacute; mismo, mostrando sin filtro su miedo. Es la misma operaci&oacute;n de deshumanizaci&oacute;n que hemos visto aplicada a otras escalas.
    </p><p class="article-text">
        La tercera acepci&oacute;n es circular: <em>adamismo. V&eacute;ase adanismo</em>. Esta autorreferencia perfecta captura el ritual de la repetici&oacute;n en el que se sustenta el fen&oacute;meno. El adanismo no es un discurso anal&iacute;tico; es un mantra grupal. Las mismas frases &mdash;<em>esto ya no es lo que era. Habr&iacute;a que echarlos a todos</em>&mdash; se repiten noche tras noche, entre las mismas personas, en el mismo lugar. Esta repetici&oacute;n no busca persuadir con argumentos, sino solidificar una verdad tribal mediante el eco. Cada repetici&oacute;n hace el relato m&aacute;s familiar, m&aacute;s real e impermeable al dato externo. El que calla, asiente. El que asiente, se convierte en c&oacute;mplice. As&iacute; se teje la comunidad identitaria: no en torno a lo que se construye juntos, sino en torno a lo que se excluye un&aacute;nimemente. Es la <em>hooliganizaci&oacute;n</em> de lo pol&iacute;tico, trasladada al &aacute;mbito vecinal.
    </p><p class="article-text">
        Frente a este triplete t&oacute;xico &mdash;el olvido fundacional, la desnudez deshumanizante y la repetici&oacute;n ritual&mdash;, se suele oponer la gran teor&iacute;a, el dato macro, la declaraci&oacute;n institucional. Y fracasa. Porque el adanismo es inmune a los argumentos que no vibren en su misma frecuencia: la de lo local, lo vivido, lo cotidiano.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; es donde la antropolog&iacute;a deja de ser solo una herramienta de an&aacute;lisis para volverse un imperativo &eacute;tico. La necesidad de participar no es solo c&iacute;vica; es antropol&oacute;gica. El ser humano es, por definici&oacute;n, un animal social que se constituye en y por el grupo. Pero cuando el grupo se define por la exclusi&oacute;n y el relato autista, se convierte en una patolog&iacute;a social. La participaci&oacute;n, por tanto, no es un complemento de la democracia; es la pr&aacute;ctica fundamental que impide que la tribu devore a la polis.
    </p><p class="article-text">
        Esta participaci&oacute;n, sin embargo, no puede ser gen&eacute;rica. Debe ser glocal: global en conciencia, local en gesto. Consiste en interrumpir el ritual en su mismo altar. No se trata de dar un mitin en el bar, sino de plantar una semilla de duda en el lenguaje de la barra. Es el arte de renombrar, frente a quien solo sabe nombrar para excluir. Devolver la historia donde hay olvido: <em>&iquest;seguro que este barrio fue siempre as&iacute;? Mi abuela recuerda cuando dec&iacute;an lo mismo de los que vinieron de los pueblos o de otras provincias</em>. Devolver la humanidad donde hay desnudez: <em>ese &ldquo;moro&rdquo; del que hablas es Karim, el que ayud&oacute; a mi padre a arreglar la furgoneta</em>. Y, sobre todo, romper la repetici&oacute;n con una disonancia: dejar de asentir, cuestionar el chiste, ofrecer un matiz.
    </p><p class="article-text">
        Esta intervenci&oacute;n es inc&oacute;moda. Exige salir de la comodidad del espectador &mdash;otra forma de adanismo, la de quien cree que puede observarlo todo sin ser parte de nada&mdash; y arriesgar el propio capital social en el grupo. Pero es el &uacute;nico ant&iacute;doto real. Porque el adanismo no se combate con decretos, sino con presencia contraria. Con la testaruda insistencia en que el vecino no es una categor&iacute;a, sino una biograf&iacute;a; que el barrio no es una fortaleza, sino un cruce de caminos; y que la identidad no es un patrimonio que se guarda, sino un di&aacute;logo que se sostiene.
    </p><p class="article-text">
        Y luego est&aacute; el otro Ad&aacute;n: uno mismo. En mi caso, un tipo que estudia, pasea, dibuja y escribe poemas en una ciudad de provincias; que habla de cuestiones que otros, m&aacute;s preparados, han tratado m&aacute;s y mejor, y que sin embargo tiene esa pulsi&oacute;n de dejar constancia de sus pensamientos, por si pudiesen ser &uacute;tiles para los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        El Ad&aacute;n b&iacute;blico recibi&oacute; la tarea de nombrar el mundo. Los Adanes de las barras de los bares han aceptado esa tarea, pero han nombrado mal: han llamado <em>amenaza</em> a lo que era solo <em>diferente</em>. Nuestra tarea, quiz&aacute; la &uacute;nica &uacute;til, es renombrar el mundo a su lado. Palabra a palabra. Barrio a barrio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        No para vencerles, sino para recordarles &mdash;y recordarnos&mdash; que ning&uacute;n lugar habitable se construy&oacute; jam&aacute;s levantando muros, sino tejiendo conversaciones. Y que la primera piedra de cualquier convivencia es la valent&iacute;a de decir, en voz baja pero clara, en el momento preciso: <em>en eso no te acompa&ntilde;o</em>.
    </p><p class="article-text">
        La transformaci&oacute;n m&aacute;s importante no se decreta en el parlamento ni se viraliza en las redes. Sucede en la barra del bar, cuando el Ad&aacute;n de turno suelta su verdad y alguien, quiz&aacute; alguien como t&uacute; o como yo, decide que hoy no va a pasar. Que hoy, en esta barra concreta, el odio se queda sin su eco m&aacute;s c&oacute;modo. Esa es la participaci&oacute;n m&iacute;nima, esencial y revolucionaria. La que no espera a que cambie el mundo, sino que lo cambia empezando por su propia esquina.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/adan-barra-bar-barrio-periferico_129_13089273.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 11:01:00 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Adán en la barra del bar de un barrio periférico]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esas opiniones de las que usted me habla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/opiniones-habla_129_13070955.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Se llaman opiniones. Se dicen en bares, se tuitean al calor de la &uacute;ltima noticia, se susurran en corrillos como verdades que el sistema no quiere que sepas. Parecen inofensivas, descargas de frustraci&oacute;n, ruido de fondo de una democracia cansada.
    </p><p class="article-text">
        Pero la historia no es el relato de los hechos; es el rastro de las palabras que los hicieron posibles. Y en ese rastro, las palabras que hoy se escupen como sentido com&uacute;n tienen un eco viejo y terrible.
    </p><p class="article-text">
        Siempre empieza igual: con un <em>nosotros</em> que sufre y un <em>ellos</em> que disfruta. Se habla de la gente de bien, de la Espa&ntilde;a real, de la mayor&iacute;a silenciosa a la que una minor&iacute;a vociferante &mdash;extranjera, separatista, progresista&mdash; le roba el pa&iacute;s, el trabajo, la tranquilidad. Vagos, corruptos, delincuentes..., los dem&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        No se debate pol&iacute;tica; se custodia una esencia bajo asedio constante. El inmigrante ya no es una persona que huye de la guerra o la miseria; es una cifra que <em>nos colapsa</em> la sanidad, una sombra que <em>nos quita</em> la vivienda, un riesgo que <em>amenaza</em> a nuestras mujeres, como si no hubiesen sido amenazadas y agredidas hist&oacute;ricamente por nosotros mismos. El independentista no es un adversario con argumentos; es un traidor, un anti-Espa&ntilde;a. El que piensa distinto no es un conciudadano; es un enemigo de la patria, un &uacute;til de la conspiraci&oacute;n global. Las palabras dejan de describir realidades para crear trincheras. Y en una trinchera, al que est&aacute; al otro lado no se le convence; se le elimina.
    </p><p class="article-text">
        La raz&oacute;n es la primera baja en este conflicto. Se desprecia el dato, se ridiculiza el matiz, se celebra el grito. Lo importante ya no es lo que es verdad, sino lo que <em>se siente</em> y <em>se vive</em> como verdad. Si las estad&iacute;sticas demuestran que la inmigraci&oacute;n no colapsa servicios ni dispara la criminalidad &mdash;datos del INE y del Ministerio del Interior&mdash;, es que las estad&iacute;sticas mienten.
    </p><p class="article-text">
        Si los jueces investigan a un l&iacute;der propio, es que la justicia est&aacute; politizada. No es que no existan casos de justicia politizada, pero nos quedamos solo con los que nos interesan.
    </p><p class="article-text">
        Se construye as&iacute; una realidad paralela, cerrada, impermeable, donde la &uacute;nica autoridad es la del que grita m&aacute;s fuerte y promete restaurar un orden m&iacute;tico, una Espa&ntilde;a homog&eacute;nea y gloriosa que solo existe en el deseo y en el resentimiento. En este relato, emerge con fuerza la leyenda de los que <em>viven de las paguitas</em>: el parado que no quiere trabajar, el inmigrante que viene a cobrar subsidios.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Se omite, sin embargo, que la principal partida del gasto social en Espa&ntilde;a son las pensiones contributivas, que concentran el grueso de los recursos muy por encima de las ayudas asistenciales. Se omite que los t&eacute;cnicos del Ministerio de Hacienda llevan a&ntilde;os estimando que el fraude fiscal en Espa&ntilde;a supera los 90.000 millones de euros anuales y que el grueso de esa evasi&oacute;n se concentra en grandes empresas y grandes patrimonios, no en los perceptores de rentas m&iacute;nimas. Mientras se se&ntilde;ala al pobre como <em>vago</em>, se silencia c&oacute;mo bancos, grandes comercios y sectores empresariales &mdash;especialmente aquellos que m&aacute;s emplean mano de obra migrante en condiciones precarias&mdash; se benefician de subvenciones, rescates p&uacute;blicos y desgravaciones millonarias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es el mismo mecanismo de chivo expiatorio que us&oacute; el nazismo: antes de Auschwitz, hubo una campa&ntilde;a feroz que identific&oacute; al jud&iacute;o como <em>par&aacute;sito econ&oacute;mico</em>, acus&aacute;ndolo de acumular riqueza mientras <em>el pueblo alem&aacute;n</em> sufr&iacute;a. La ret&oacute;rica, aunque adaptada, es id&eacute;ntica: crear un enemigo interno al que culpar del malestar, desviando la atenci&oacute;n de los verdaderos centros de poder y desigualdad.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y es aqu&iacute;, en este caldo de desprecio y mentira, donde nace el monstruo. Porque cuando el otro deja de ser humano &mdash;cuando es solo una categor&iacute;a, un problema, una amenaza&mdash;, la violencia deja de ser un tab&uacute; para convertirse en una soluci&oacute;n. Ya no es algo que horroriza; es algo que se empieza a entender. Se oye en los bares, al final de la tercera cerveza: <em>a esos habr&iacute;a que echarlos a todos. Habr&iacute;a que darles una lecci&oacute;n. Esto solo se arregla a hostias</em>. En las redes, el anonimato quita el &uacute;ltimo filtro: <em>deber&iacute;an quemar ese centro de menores</em>. <em>Ojal&aacute; les caiga una bomba</em>. <em>Ya est&aacute;n esos cansos. Son solo cuatro.</em> No son solo <em>trolls</em>; son vecinos, familiares, compa&ntilde;eros de trabajo, gente que, en otro contexto, podr&iacute;a parecer normal, sea lo que sea normal. Pero la gram&aacute;tica del odio ha hecho su trabajo: ha convertido la agresi&oacute;n en una fantas&iacute;a aceptable, incluso deseable. La violencia ya no es el &uacute;ltimo recurso del desesperado; es la primera opci&oacute;n del enfurecido.
    </p><p class="article-text">
        La pol&iacute;tica, entonces, completa el c&iacute;rculo. Ya no es el arte de lo posible, sino la guerra por lo puro. Los discursos ya no buscan sumar; buscan movilizar al propio feudo contra la amenaza exterior. Se habla de <em>reconquista</em>, de <em>defensa</em>, de <em>limpieza</em>. Las met&aacute;foras son b&eacute;licas porque el objetivo ya no es convencer, sino vencer. Y en una guerra, todo vale. La mentira es estrategia, la difamaci&oacute;n es munici&oacute;n, la deshumanizaci&oacute;n es el entrenamiento b&aacute;sico. Lo vimos hace un siglo en Europa: primero se dijo que un pueblo era una plaga, luego un peligro, luego un c&aacute;ncer que hab&iacute;a que extirpar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Nadie salt&oacute; de la noche a la ma&ntilde;ana a los campos de exterminio; antes hubo d&eacute;cadas de palabras que normalizaron la idea de que algunos seres humanos sobraban. Es el mismo mecanismo, ya visto en la historia, de transferencia del odio: el que se us&oacute; contra jud&iacute;os o gitanos hoy se reactiva. Durante la pandemia, circularon mensajes acusando a migrantes de <em>traer el virus</em>. Ahora, los conflictos en Gaza o Ir&aacute;n sirven para que viejos estereotipos antisemitas muten en islamofobia: palestinos e iran&iacute;s son insultados como <em>terroristas</em> por el mero hecho de existir, igual que antes se estigmatiz&oacute; al gitano como <em>delincuente</em> y hoy al magreb&iacute; o latinoamericano como <em>invasor</em>. Quienes denuncian este odio &mdash;colectivos antifascistas, periodistas&mdash; son a su vez criminalizados: en 2023, varios activistas fueron imputados por <em>des&oacute;rdenes p&uacute;blicos</em> tras protestar contra un acto de ultraderecha que llamaba a <em>defender Espa&ntilde;a</em> de <em>inmigrantes y rojos</em>. La inversi&oacute;n es perfecta: el que se&ntilde;ala la barbarie se convierte en el enemigo. Desgraciadamente, es solo un ejemplo.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, en Espa&ntilde;a, casi nadie se atreve a proponer abiertamente campos, pero existen los CIE: centros de internamiento para personas extranjeras sin papeles, de car&aacute;cter no penitenciario pero con r&eacute;gimen cerrado y custodia policial. El mecanismo es el mismo. Se empieza justificando la violencia verbal &mdash;<em>es que hay que decir las cosas claras</em>&mdash; y se termina normalizando la violencia f&iacute;sica &mdash;<em>algo habr&aacute;n hecho, se lo han buscado</em>&mdash;. Se empieza se&ntilde;alando a un grupo como problema y se termina viendo como leg&iacute;timo que alguien tome&nbsp;<em>cartas en el asunto</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cada pintada xen&oacute;foba, cada agresi&oacute;n a un migrante, cada patada a un&nbsp;<em>homeless</em>&nbsp;es la punta de lanza de un discurso que lo prepar&oacute;. No son casos aislados: seg&uacute;n los informes del Ministerio del Interior, las agresiones por racismo y xenofobia se han multiplicado en la &uacute;ltima d&eacute;cada, con picos tras discursos que identificaban al&nbsp;<em>inmigrante</em>&nbsp;como amenaza. En 2024, un hombre fue apu&ntilde;alado en Valencia por&nbsp;<em>parecer magreb&iacute;</em>; meses antes, una mujer ecuatoriana fue golpeada en el metro de Madrid entre gritos de&nbsp;<em>vete a tu pa&iacute;s</em>. La aporofobia &mdash;el odio al pobre&mdash; sigue la misma l&oacute;gica: las denuncias por delitos de odio vinculados a la pobreza se han disparado m&aacute;s de un 30% en el &uacute;ltimo a&ntilde;o, seg&uacute;n el Ministerio del Interior y entidades como Hogar S&iacute;. Muchos agresores repiten consignas escuchadas en medios:&nbsp;<em>ocupan espacio</em>,&nbsp;<em>son una plaga</em>. Son los soldados rasos de una guerra que primero se gan&oacute; en las palabras, los tontos &uacute;tiles, la infanter&iacute;a sacrificable.
    </p><p class="article-text">
        El psic&oacute;logo social Harald Welzer, en su estudio sobre los perpetradores del Holocausto, document&oacute; que la mayor&iacute;a no eran monstruos ni fan&aacute;ticos: eran personas normales que hab&iacute;an interiorizado, paso a paso, un lenguaje que hac&iacute;a posible lo que antes era impensable. Su conclusi&oacute;n fue inc&oacute;moda: el problema no era la maldad excepcional, sino la normalidad del proceso.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, cuando usted me habla de esas opiniones, no me hable de libertad de expresi&oacute;n. Hablemos de responsabilidad. Las palabras no son et&eacute;reas; construyen mundos. Y el mundo que se est&aacute; construyendo con este lenguaje es un mundo de muros, de sospecha, de miedo y, al final, de sangre. La barbarie nunca llega de golpe. Llega poco a poco, disfrazada de sentido com&uacute;n, de humor negro, de patriotismo, de decir la barbaridad m&aacute;s gorda. Llega cuando cambiar de canal nos parece m&aacute;s f&aacute;cil que cambiar de opini&oacute;n, cuando el odio se viste de cr&iacute;tica y la cobard&iacute;a se disfraza de pragmatismo.
    </p><p class="article-text">
        El ant&iacute;doto no es callar las opiniones. Es nombrar su consecuencia. Es recordar, cada vez que alguien suelta un <em>habr&iacute;a que...,</em> que en ese <em>habr&iacute;a</em> empieza todo. La distancia entre el insulto en redes y la pedrada en la calle es m&aacute;s corta de lo que creemos. Y que la &uacute;nica frontera que de verdad importa defender no es la de un territorio, sino la que separa las palabras que construyen comunidad de las palabras que excusan su destrucci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Tras leer esto, puede que te replantees esas&nbsp;<em>opiniones</em>. O puede que no. Puede que sigas pensando que son solo palabras, que exagero, que el mundo es una jungla y hay que defenderse. Y en ese caso, amigo, no es que no lo sepas. Es que has decidido no saberlo. Y eso tambi&eacute;n es una elecci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Cada uno elige el lado de la historia en el que quiere haber estado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/opiniones-habla_129_13070955.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 08:25:43 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Esas opiniones de las que usted me habla]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La política como derbi]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/politica-derbi_129_13069424.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Si en los estadios de f&uacute;tbol la lealtad ciega al equipo justifica cualquier falta como <em>t&aacute;ctica necesaria</em> y convierte al &aacute;rbitro en el enemigo com&uacute;n, en la Espa&ntilde;a del siglo XXI ese mismo mecanismo ha colonizado la plaza p&uacute;blica. No se trata de una mera met&aacute;fora, sino de una mutaci&oacute;n antropol&oacute;gica de la participaci&oacute;n pol&iacute;tica: hemos dejado de debatir proyectos para afiliarnos a marcas identitarias. Como el aficionado que se hace del Madrid o del Bar&ccedil;a no por el gusto del juego, sino por la garant&iacute;a estad&iacute;stica de ganar, el ciudadano se adhiere a un partido no por la solidez de sus ideas, sino por la percepci&oacute;n de su potencial de victoria. El resultado es una <em>hooliganizaci&oacute;n</em> del discurso que anula el pensamiento cr&iacute;tico, normaliza la transgresi&oacute;n &eacute;tica y, en &uacute;ltima instancia, convierte la presunci&oacute;n de inocencia en un arma arrojadiza contra las v&iacute;ctimas. En el fondo, es la &uacute;ltima fase de la desposesi&oacute;n pol&iacute;tica, un fantasma que recorre Europa y el mundo occidental, consecuencia l&oacute;gica de una pol&iacute;tica sin futuro: cuando no se puede proyectar un ma&ntilde;ana compartido, solo queda atrincherarse en un nosotros defensivo y guerrear por el control del <em>hoy</em>.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica produce una contradicci&oacute;n performativa que define nuestro momento: declaramos el hast&iacute;o por la <em>grieta</em> o la <em>polarizaci&oacute;n</em>, que nunca es nuestra, siempre es del <em>otro</em>, pero alimentamos cada d&iacute;a la l&oacute;gica tribal que la sustenta. Participamos en una guerra cultural donde el objetivo no es convencer, sino humillar al contrario; no es construir mayor&iacute;as sociales, sino movilizar al propio feudo. Las redes sociales son el campo perfecto para este espect&aacute;culo: un flujo constante de <em>memes</em>, esl&oacute;ganes y descalificaciones que convierten el debate en una sucesi&oacute;n de gritos de gol. La complejidad de los problemas &mdash;la vivienda, el modelo productivo, la transici&oacute;n ecol&oacute;gica, la movilidad sostenible, la dotaci&oacute;n igualitaria de servicios p&uacute;blicos&mdash; se reduce a consignas digestibles y a la b&uacute;squeda obsesiva de la an&eacute;cdota que desacredite al rival. Es lo que podr&iacute;amos llamar la <em>popperizaci&oacute;n</em> del discurso pol&iacute;tico: la reducci&oacute;n de todo conflicto social a un <em>hit</em> de redes, un formato de entretenimiento emocional donde lo importante no es la verdad, sino qui&eacute;n se impone al pitido final. Basta ver c&oacute;mo las tertulias televisivas premian el zasca f&aacute;cil sobre el argumento sostenido, o c&oacute;mo un problema de d&eacute;cadas como la financiaci&oacute;n auton&oacute;mica se convierte en <em>trending topic</em> solo cuando un presidente usa un determinado tono de voz.
    </p><p class="article-text">
        El s&iacute;ntoma m&aacute;s claro de esta enfermedad democr&aacute;tica es el doble rasero moral convertido en norma. La corrupci&oacute;n, el abuso de poder o la incompetencia ya no se juzgan por su gravedad objetiva, sino por el color de la camiseta del infractor. El mecanismo es previsible y se activa en cadena: 1) Negaci&oacute;n rotunda (son <em>fake news</em> de los rivales); 2) Minimizaci&oacute;n comparativa (y el tuyo lo hizo peor); 3) Criminalizaci&oacute;n de la denuncia (es un ataque pol&iacute;tico orquestado); y 4) Victimizaci&oacute;n del acusado (est&aacute;n persiguiendo a <em>uno de los nuestros</em>). As&iacute;, un delito deja de ser un quebrantamiento de la ley com&uacute;n para convertirse en un da&ntilde;o colateral de la guerra tribal, algo que, en el fondo, <em>todos hacen </em>y que solo se usa como munici&oacute;n partidista. La presunci&oacute;n de inocencia, pilar jur&iacute;dico fundamental, es pervertida en este proceso: deja de ser un derecho procesal para convertirse en una coartada p&uacute;blica para desplazar el foco. No se exige justicia imparcial, sino que se usa el principio como un escudo para desviar la atenci&oacute;n hacia el denunciante o la instituci&oacute;n que investiga, acusados de parcialidad. El mensaje subyacente es t&oacute;xico: la lealtad al equipo est&aacute; por encima de la lealtad a la legalidad.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo no opera en el vac&iacute;o, sino que se nutre de un sustrato social m&aacute;s profundo: la misma l&oacute;gica tribal que coloniza el debate pol&iacute;tico impregna tambi&eacute;n la vida cotidiana y la cultura. En la justicia, la presunci&oacute;n de inocencia deja de ser un derecho procesal universal para convertirse en un privilegio de casta: se invoca con ardor para proteger al correligionario y se silencia &mdash;o se ataca&mdash; cuando ampara al adversario. En la cultura, esa misma esencializaci&oacute;n alcanza hasta lo que cada uno pone en su plato. El jam&oacute;n, <a href="https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/jamon-frontera_129_12992532.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">como he desarrollado en otro art&iacute;culo</a>, no es ya una preferencia gastron&oacute;mica sino una frontera digestiva: quien no lo come carga con una hipoteca identitaria permanente, la sospecha de no pertenecer del todo, de ser un invitado bajo tutela. As&iacute;, el doble rasero se hace cuerpo: los nuestros pueden fallar, quebrantar, incumplir, que siempre habr&aacute; una coartada; los otros deben demostrar su inocencia y su pertenencia a cada bocado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta l&oacute;gica tiene un coste democr&aacute;tico devastador: la infantilizaci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a y la erosi&oacute;n de lo com&uacute;n. Si la pol&iacute;tica es un derbi, el ciudadano se convierte en espectador-participante de un <em>reality show</em>, donde su papel se reduce a elegir un bando y aplaudir sus jugadas. Se desincentiva el pensamiento aut&oacute;nomo, la lectura de programas, el seguimiento cr&iacute;tico de la gesti&oacute;n. Las ideas &mdash;que por definici&oacute;n son complejas, discutibles y perfectibles&mdash; se vac&iacute;an de contenido. Una idea no es peligrosa; al contrario, es el veh&iacute;culo del aprendizaje, la discusi&oacute;n y la empat&iacute;a, porque obliga a salir de uno mismo y entender razones ajenas. La hooliganizaci&oacute;n, en cambio, promueve lo contrario: la aversi&oacute;n a la idea y la adhesi&oacute;n a la tribu.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Los partidos pol&iacute;ticos, lejos de corregir esta deriva, la han instrumentalizado. El marketing pol&iacute;tico ha sustituido a la pedagog&iacute;a pol&iacute;tica. Las campa&ntilde;as se dise&ntilde;an no para explicar, sino para activar sesgos identitarios y emociones viscerales (miedo, resentimiento, orgullo herido). El pensamiento &uacute;nico que durante d&eacute;cadas proclam&oacute; que no hab&iacute;a alternativa al modelo &mdash;que la historia hab&iacute;a llegado a su fin y solo quedaba gestionar lo existente&mdash; ha encontrado su sucesor l&oacute;gico en el sentimiento &uacute;nico tribal: si no hay futuro que imaginar, al menos queda un enemigo al que derrotar. La pol&iacute;tica sin horizonte se refugia en el combate. La consecuencia es un paisaje pol&iacute;tico empobrecido, donde la oferta se reduce a diferentes grados de gesti&oacute;n del mismo sistema sin alternativa posible, y el conflicto se desplaza del debate sobre el modelo de sociedad al combate por el poder simb&oacute;lico.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;C&oacute;mo se sale de esta trampa? No hay soluciones simples, pero el primer paso es el diagn&oacute;stico claro: recuperar la pol&iacute;tica como espacio de conflicto ideol&oacute;gico real, no como guerra identitaria. Esto implica, parad&oacute;jicamente, politizar m&aacute;s, pero mejor: elevar el nivel del conflicto, discutir de fondos y no de formas, de proyectos y no de personas. Exige de los medios, de las instituciones educativas y de los propios partidos un esfuerzo por recomplejificar el discurso, por devolver el espesor a las ideas. Y, sobre todo, exige de la ciudadan&iacute;a un acto de insumisi&oacute;n cognitiva: negarse a ser un<em> hooligan</em>, recuperar el derecho a criticar al propio equipo, a exigir coherencia, a valorar las ideas por encima de las siglas. Esta insumisi&oacute;n empieza por un acto de higiene ling&uuml;&iacute;stica: rechazar los esl&oacute;ganes prefabricados de la tribu, exigir que se nombren las cosas por lo que son, y recuperar el significado de las palabras antes de que sean solo banderas. Un Estado de Derecho solo lo es si aplica la ley por igual a amigos y enemigos. Una democracia solo es madura si sus ciudadanos son capaces de juzgar a sus l&iacute;deres con la misma vara con la que miden a sus adversarios.
    </p><p class="article-text">
        La<em> hooliganizaci&oacute;n</em> no es un accidente ni una anomal&iacute;a pasajera. Es el s&iacute;ntoma de una democracia que ha dejado de ofrecer un ma&ntilde;ana y solo puede movilizar a trav&eacute;s del miedo al otro y la promesa nost&aacute;lgica de restaurar un pasado que, convenientemente, nunca existi&oacute; del todo. En ese vac&iacute;o, ganar el derbi se convierte en el &uacute;nico consuelo imaginable. Pero conviene recordar, a quienes confunden la victoria tribal con el progreso colectivo, que en un estadio donde todos pierden, los &uacute;nicos que siempre ganan son los que venden las entradas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/politica-derbi_129_13069424.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Mar 2026 10:36:09 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La política como derbi]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Quiénes matamos a las mujeres?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/matamos-mujeres_129_13035233.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Cada vez que una mujer es asesinada por violencia machista, el relato p&uacute;blico busca, casi por reflejo, un culpable externo. La pregunta impl&iacute;cita es: &iquest;qu&eacute; tiene de <em>diferente</em> este hombre? La respuesta, respaldada por todas las estad&iacute;sticas globales, es inc&oacute;moda: pr&aacute;cticamente nada. El agresor t&iacute;pico no es una excepci&oacute;n cultural o racial; es, con demasiada frecuencia, un hombre com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Los datos de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) establecen un patr&oacute;n global imbatible. Su <em>Global Study on Homicide</em> de 2019 ya se&ntilde;alaba que, a nivel mundial, el hogar es el lugar m&aacute;s peligroso para una mujer. En 2022, aproximadamente el 56% de los asesinatos de mujeres fueron cometidos por un familiar o pareja &iacute;ntima. La actualizaci&oacute;n m&aacute;s reciente, publicada en 2024 con datos de 2023, confirma que la tendencia no solo persiste, sino que se agrava con una crudeza estad&iacute;stica a&uacute;n mayor. El informe <em>Femicides in 2023: Global Estimates of Intimate Partner/Family Member Femicides</em>, elaborado conjuntamente por UNODC y ONU Mujeres, revela que, a nivel global, 85.000 mujeres y ni&ntilde;as fueron asesinadas intencionadamente en 2023. De ellas, el 60% (51.000) fueron cometidos por una pareja &iacute;ntima o un familiar. La escalofriante conclusi&oacute;n es que, cada d&iacute;a, 140 mujeres y ni&ntilde;as mueren a manos de alguien de su c&iacute;rculo m&aacute;s cercano, lo que equivale a un feminicidio cada 10 minutos. Este fen&oacute;meno es transcultural. En Espa&ntilde;a, las cifras oficiales de la Delegaci&oacute;n del Gobierno contra la Violencia de G&eacute;nero son concluyentes. Desde 2003, a&ntilde;o en que comenzaron los registros, la inmensa mayor&iacute;a de los agresores mortales son de nacionalidad espa&ntilde;ola, en proporci&oacute;n a la composici&oacute;n demogr&aacute;fica del pa&iacute;s. El v&iacute;nculo es abrumadoramente &iacute;ntimo: pareja o expareja. La Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2023, realizada por el Gobierno de Espa&ntilde;a, a&ntilde;ade contexto: el 21.5% de las mujeres de 16 o m&aacute;s a&ntilde;os (4.6 millones) han sufrido violencia f&iacute;sica y/o sexual de alguna pareja a lo largo de su vida. Solo el 5.4% de las que sufrieron violencia f&iacute;sica por su pareja actual la denunciaron. El agresor casi nunca es un extra&ntilde;o. El patr&oacute;n se confirma en otros contextos. Seg&uacute;n la &uacute;ltima edici&oacute;n del estudio <em>When Men Murder Women</em> del Violence Policy Center de Estados Unidos, publicado en octubre de 2024 con datos de 2022, el 87.5% de las mujeres asesinadas por hombres conoc&iacute;an a su agresor. De estas v&iacute;ctimas que conoc&iacute;an a su asesino, m&aacute;s de la mitad (58.1%) eran esposas o parejas &iacute;ntimas. El informe tambi&eacute;n destaca que las mujeres negras son asesinadas por hombres a una tasa de 3.2 por cada 100.000 habitantes, casi el triple que las mujeres blancas.
    </p><p class="article-text">
        Esta dificultad para medir la magnitud real del problema se refleja en la propia Uni&oacute;n Europea. Un informe de 2024 de ONU Mujeres y UNODC subraya una paradoja preocupante: a pesar de la magnitud del problema, solo 37 pa&iacute;ses reportaron datos sobre feminicidios cometidos por parejas o familiares en 2023, una ca&iacute;da dr&aacute;stica respecto a los 75 pa&iacute;ses que lo hac&iacute;an en 2020. Esta brecha de datos, lejos de ser un tecnicismo, se convierte en un obst&aacute;culo para la rendici&oacute;n de cuentas y el dise&ntilde;o de pol&iacute;ticas p&uacute;blicas eficaces, ocultando la realidad que denunciamos.
    </p><p class="article-text">
        Este patr&oacute;n de agresi&oacute;n &iacute;ntima no solo se confirma en otros pa&iacute;ses occidentales, sino que define la violencia machista en todas las regiones del mundo. Si observamos la distribuci&oacute;n geogr&aacute;fica de los feminicidios, los datos de UNODC para 2023 revelan una jerarqu&iacute;a clara y un patr&oacute;n que matiza la naturaleza de la violencia seg&uacute;n la regi&oacute;n. &Aacute;frica se mantiene como el continente con la tasa m&aacute;s alta de asesinatos de mujeres a manos de parejas o familiares, seguida de Am&eacute;rica y Ocean&iacute;a. Un dato revelador que a&ntilde;ade el informe es que, mientras en Europa y Am&eacute;rica la mayor&iacute;a de las mujeres asesinadas en el &aacute;mbito dom&eacute;stico lo son a manos de su pareja &iacute;ntima (64% y 58%, respectivamente), en regiones como &Aacute;frica y Asia son los familiares los perpetradores principales. Esta disparidad no se explica por la cultura, sino por factores estructurales como la desigualdad de g&eacute;nero, la impunidad y la falta de recursos para la prevenci&oacute;n. El denominador com&uacute;n, una vez m&aacute;s, es la proximidad del agresor.
    </p><p class="article-text">
        Si los datos son tan consistentes, la pregunta obligada es: &iquest;por qu&eacute;? La antropolog&iacute;a y la historia ofrecen una explicaci&oacute;n dura: porque durante milenios, numerosas civilizaciones construyeron su orden social sobre el control sistem&aacute;tico del cuerpo y la vida de las mujeres. Con la revoluci&oacute;n neol&iacute;tica y la aparici&oacute;n de la propiedad privada y la herencia, asegurar la paternidad se volvi&oacute; crucial, lo que requiri&oacute; el control de la sexualidad femenina. La mujer se convirti&oacute;, en esencia, en un bien transmitido. Este principio se codific&oacute; en leyes y textos fundacionales. El <em>C&oacute;digo de Hammurabi</em> (circa 1750 a.C.) establec&iacute;a que una mujer ad&uacute;ltera deb&iacute;a ser ahogada. La ley romana situaba a la mujer bajo la <em>manus</em> (mano) del marido. El concepto de <em>honor</em> familiar, depositado en la conducta sexual de las mujeres, fue un sistema de control eficaz. Matar a una mujer por transgredir los l&iacute;mites sexuales no era un crimen, sino una restituci&oacute;n del orden social. El agresor era, a menudo, un ejecutor de una norma cultural.
    </p><p class="article-text">
        Decir que esto es solo <em>historia</em> es un error. Lo que cambi&oacute;, sobre todo a partir del siglo XX, fueron principalmente las leyes, no necesariamente todas las estructuras profundas de la mentalidad colectiva. Los vestigios persisten en lo que se puede llamar un patriarcado de baja intensidad. Persiste en el lenguaje y la cultura popular, donde frases como <em>la mat&eacute; porque era m&iacute;a</em> &mdash;que recordaba Max Aub&mdash; resumen siglos de l&oacute;gica posesiva. Persiste en los micromachismos, patrones de control cotidiano sobre el m&oacute;vil, la ropa, las amistades, el dinero. Pero el control ya no termina en el umbral f&iacute;sico de la casa. La violencia ha colonizado el ciberespacio con una intensidad que transforma el propio cuerpo en un territorio digitalmente vigilado. Seg&uacute;n el informe <em>Violencia digital de g&eacute;nero: una realidad invisible</em> del Ministerio de Asuntos Econ&oacute;micos y Transformaci&oacute;n Digital de Espa&ntilde;a (2022), el 89% de los agresores ejercen control sobre las cuentas digitales de sus v&iacute;ctimas, accediendo a sus dispositivos personales. El Observatorio Espa&ntilde;ol de Delitos Inform&aacute;ticos precisa que esta violencia ocurre principalmente a diario (70% de los casos) y a cualquier hora (95%), configurando un r&eacute;gimen de vigilancia de 24 horas que anula cualquier posibilidad de respiro. Cuando las v&iacute;ctimas intentan resistir bloqueando a sus agresores, estos buscan rutas alternativas mediante n&uacute;meros de tel&eacute;fono simulados o perfiles falsos, convirtiendo la huida en una ilusi&oacute;n t&eacute;cnica. La Fundaci&oacute;n Avon y Plan International documentan que el 60,6% de las j&oacute;venes espa&ntilde;olas ha sufrido violencia sexual digital, siendo las mujeres quienes concentran el 28,7% de recepci&oacute;n de contenido sexual no consentido frente al 16% de los hombres. Esta violencia no es un epifen&oacute;meno: es la continuaci&oacute;n del control patriarcal en un registro que disuelve la distinci&oacute;n entre espacio privado y p&uacute;blico, entre cuerpo f&iacute;sico y cuerpo digital, entre presencia y ausencia.
    </p><p class="article-text">
        Y persiste, a veces, en las propias instituciones, a trav&eacute;s de lo que se conoce como la <em>prueba de resistencia</em>, la exigencia t&aacute;cita de que una mujer demuestre haber opuesto una defensa f&iacute;sica enconada para ser cre&iacute;da, o en procedimientos judiciales que no siempre priorizan la protecci&oacute;n de la v&iacute;ctima. Esta priorizaci&oacute;n, adem&aacute;s, se delega crecientemente en sistemas algor&iacute;tmicos de predicci&oacute;n de riesgo, como el VioG&eacute;n espa&ntilde;ol, que introducen una nueva capa de mediaci&oacute;n tecnol&oacute;gica en la respuesta institucional. Estas herramientas, que procesan variables para calificar el nivel de peligro, operan con l&oacute;gicas de vigilancia datificada que pueden reproducir sesgos estructurales: la sobre-exposici&oacute;n de ciertos barrios a la intervenci&oacute;n policial, la invisibilizaci&oacute;n de violencias que no encajan en los par&aacute;metros cuantificables, la delegaci&oacute;n de decisiones vitales en modelos estad&iacute;sticos opacos. La &eacute;tica de esta intervenci&oacute;n permanece en suspenso. El dato de que solo el 5,4% de las mujeres que sufren violencia f&iacute;sica de su pareja actual la denuncien sugiere que la mayor&iacute;a no conf&iacute;a en un sistema que, parad&oacute;jicamente, requiere su testimonio para funcionar mientras expone sus datos a nuevas formas de gesti&oacute;n burocr&aacute;tica. La cifra de mujeres asesinadas tras haber denunciado es un recordatorio tr&aacute;gico de estas fallas.
    </p><p class="article-text">
        Las consecuencias de estas fallas trascienden lo humano. En el entramado dom&eacute;stico de violencia, las mascotas aparecen como v&iacute;ctimas invisibles que articulan un sufrimiento interespecie. El Instituto de Estudios de Violencia de la Universidad de Granada document&oacute; que entre el 40% y el 71% de las mujeres maltratadas en Espa&ntilde;a reportan que sus agresores tambi&eacute;n maltratan a los animales de compa&ntilde;&iacute;a. Este dato no es anecd&oacute;tico: en Bogot&aacute;, un estudio del Instituto Distrital de Protecci&oacute;n y Bienestar Animal (2020-2024) document&oacute; que el 11% de los casos de violencia de g&eacute;nero involucra violencia vicaria hacia animales, utilizados como instrumentos de control psicol&oacute;gico. El Juzgado de Violencia sobre la Mujer n&uacute;mero 2 de Las Palmas de Gran Canaria ya ha establecido jurisprudencia al considerar la muerte de un perro como violencia vicaria, condenando al agresor por el agravante de g&eacute;nero. Esta interacci&oacute;n violencia-mujer-animal desdibuja las fronteras antropoc&eacute;ntricas del derecho y nos obliga a repensar el hogar como un ecosistema de afectos vulnerables, donde el dominio sobre los cuerpos femeninos y no humanos opera mediante l&oacute;gicas de propiedad concatenadas. La mujer que permanece en una situaci&oacute;n de riesgo por no abandonar a su perro no es una decisi&oacute;n irracional: es la expresi&oacute;n de un v&iacute;nculo de cuidado que el sistema de protecci&oacute;n a&uacute;n no sabe reconocer ni garantizar.
    </p><p class="article-text">
        Esta violencia que nace en el hogar no se detiene en sus muros. Se proyecta sobre el territorio, porque el control sobre los cuerpos femeninos y el control sobre la tierra son procesos co-constitutivos del mismo r&eacute;gimen extractivista. Global Witness document&oacute; 146 asesinatos y desapariciones de defensoras del ambiente en 2024, elevando a 2.253 el total desde 2012, con una media de tres personas asesinadas o desaparecidas semanalmente. En Brasil, 25 defensoras fueron asesinadas solo en 2023, muchas de ellas mujeres afrodescendientes que proteg&iacute;an bosques ancestrales. La relaci&oacute;n no es metaf&oacute;rica: la Iniciativa Spotlight de la ONU constata que el cambio clim&aacute;tico intensifica las tensiones sociales que alimentan la violencia de g&eacute;nero, con un aumento del 28% en feminicidios durante olas de calor extremas. Las proyecciones sugieren que, de no revertirse la tendencia, el cambio clim&aacute;tico estar&aacute; relacionado con uno de cada diez casos de violencia de pareja a finales de siglo. Esta convergencia revela que la dominaci&oacute;n de la naturaleza y la subordinaci&oacute;n de las mujeres operan mediante l&oacute;gicas de despojo intercambiables. La casa como espacio peligroso se amplifica hasta convertir el territorio mismo en un hogar hostil, habitado por la amenaza persistente de quienes definen la tierra y los cuerpos como recursos disponibles para su apropiaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esta resistencia a abordar el problema de ra&iacute;z no es solo social, sino que se manifiesta incluso en la reacci&oacute;n a los avances legales. Como reconoci&oacute; el presidente del Gobierno, Pedro S&aacute;nchez, en 2021, <em>las leyes de igualdad, las leyes de protecci&oacute;n de la mujer, nombrar esto, incomoda a muchos hombres, tambi&eacute;n a hombres de mi generaci&oacute;n</em>. Esta declaraci&oacute;n sintetiza la incomodidad que genera cuestionar un <em>statu quo</em> milenario: el simple acto de nombrar y legislar contra la violencia machista interpela directamente los privilegios y la identidad de una masculinidad que no ha tenido que rendir cuentas.
    </p><p class="article-text">
        En conclusi&oacute;n, el instinto de se&ntilde;alar al <em>otro</em> &mdash;al inmigrante, al hombre de otra cultura&mdash; como la fuente &uacute;nica de la violencia machista es un mecanismo de defensa. Nos exime de una autocr&iacute;tica colectiva m&aacute;s profunda. Pero los datos, fr&iacute;os y verificables, gritan otra verdad: el peligro mayor no tiene, estad&iacute;sticamente, un acento extranjero. Vive en la casa de al lado. Se alimenta de normas culturales milenarias, de sesgos inconscientes y de una tolerancia social que a&uacute;n minimiza la violencia en el &aacute;mbito privado. Reconocer esta realidad inc&oacute;moda es el primer paso indispensable. Pero no basta con condenar al monstruo excepcional; hay que desmontar los cimientos culturales que, a&uacute;n hoy, conceden a algunos hombres la percepci&oacute;n de un derecho de propiedad sobre las mujeres. La evidencia muestra que la violencia machista no es una anomal&iacute;a importada, sino un patr&oacute;n profundamente arraigado. Y solo mir&aacute;ndolo de frente, en nuestros propios datos, en nuestra propia historia y en las nuevas formas que adopta &mdash;digital, ambiental, multiespecies&mdash; podremos empezar a erradicarlo.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/matamos-mujeres_129_13035233.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Mar 2026 08:13:17 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[¿Quiénes matamos a las mujeres?]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[8M,mujeres,Violencia machista]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El tiempo prestado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/tiempo-prestado_129_13012955.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        Si la suspensi&oacute;n violenta del tiempo en contextos de guerra o genocidio representa un <em>cronocidio</em> &mdash;la aniquilaci&oacute;n expresa de todo futuro&mdash;, en el coraz&oacute;n de las democracias occidentales se libra una batalla m&aacute;s sigilosa pero no menos efectiva contra la proyectividad vital. Es la suspensi&oacute;n del tiempo aspiracional, un mecanismo estructural donde la promesa meritocr&aacute;tica de movilidad social y acceso a bienes fundamentales se difiere indefinidamente, generando una paradoja: un sujeto atrapado en un <em>presente perpetuo de esfuerzo</em> que, ante la frustraci&oacute;n, abraza con virulencia las fronteras identitarias que le ofrecen un asidero simb&oacute;lico. En la Espa&ntilde;a del siglo XXI, el marco neoliberal no solo ha precarizado la existencia material, sino que ha reconfigurado la experiencia temporal, alimentando una esquizofrenia social donde conviven una heterofilia de consumo &mdash;el ansia por lo diverso y cosmopolita como marca&mdash; y una heterofobia pol&iacute;tica &mdash;el rechazo al<em> otro</em> concreto como amenaza&mdash;. La crisis no es solo econ&oacute;mica; es una crisis del tiempo mismo.
    </p><p class="article-text">
        Esta crisis del tiempo no solo se manifiesta en estad&iacute;sticas, sino en una mutaci&oacute;n profunda de las subjetividades. Frente al horizonte bloqueado, emergen estrategias existenciales parad&oacute;jicas: la hiperactividad ansiosa del <em>hustle culture</em> coexiste con su reverso, la resignaci&oacute;n pasiva del espectador. Esta &uacute;ltima no es simple apat&iacute;a, sino una forma de <em>sabidur&iacute;a adaptativa</em> en un sistema donde proyectar parece un acto de fe irracional. Ignorar el futuro, vivir al d&iacute;a, se convierte en un mecanismo de defensa psicol&oacute;gica contra la frustraci&oacute;n cr&oacute;nica, completando el c&iacute;rculo de la despolitizaci&oacute;n: si no hay futuro que construir, &iquest;para qu&eacute; actuar?
    </p><p class="article-text">
        La meritocracia se erige como la ficci&oacute;n fundacional de esta suspensi&oacute;n. Se nos vende un relato en el que el esfuerzo individual, lineal y constante, conduce inexorablemente a la recompensa. Sin embargo, los datos desmontan esta narrativa y revelan una realidad de movilidad social congelada. Seg&uacute;n el informe <em>&iquest;Un ascensor social roto?</em> de la Fundaci&oacute;n La Caixa (2023), Espa&ntilde;a presenta una de las elasticidades intergeneracionales de ingresos m&aacute;s altas de Europa (0,37), lo que indica que los ingresos de los hijos dependen en gran medida de los de sus padres. M&aacute;s gr&aacute;fico a&uacute;n: un estudio de la OCDE (2018) estimaba que un hijo de una familia espa&ntilde;ola con bajos ingresos necesitar&iacute;a cuatro generaciones para alcanzar el ingreso medio nacional. Esta rigidez estructural convierte la meritocracia en un horizonte en fuga perpetua. Mientras, el discurso p&uacute;blico insiste en la <em>cultura del esfuerzo</em>, instaurando un <em>tiempo crediticio</em> vital: se vive a cr&eacute;dito, apostando un presente de sobrecualificaci&oacute;n y pluriempleo por un futuro de recompensa que, para la mayor&iacute;a, nunca se materializa. La formaci&oacute;n continua, los <em>trabajos secundarios</em> y la autoexplotaci&oacute;n se normalizan como ritos de un presente extendido donde el futuro es una deuda m&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Los bienes que anta&ntilde;o marcaban los hitos de un proyecto de vida estable se han convertido en barreras temporales infranqueables. El caso m&aacute;s emblem&aacute;tico es la vivienda. Seg&uacute;n datos del Banco de Espa&ntilde;a (2023), el esfuerzo financiero para comprar una vivienda (n&uacute;mero de a&ntilde;os de salario neto medio necesario) ha pasado de 5,8 a&ntilde;os en 2015 a 8,1 a&ntilde;os en 2022, un aumento del 40%. Para los menores de 35 a&ntilde;os, el acceso a la propiedad sin ayuda familiar es hoy una quimera. El alquiler, lejos de ser alternativa, absorbe de media el 37% de los ingresos netos de un hogar joven (Informe J&oacute;venes y Emancipaci&oacute;n, Consejo de la Juventud de Espa&ntilde;a, 2023). La vivienda ha dejado de ser un hito para convertirse en una fantas&iacute;a diferida, anclando a toda una generaci&oacute;n en un limbo de provisionalidad que suspende decisiones vitales como formar una familia.
    </p><p class="article-text">
        El efecto de estas barreras temporales no es solo econ&oacute;mico, sino antropol&oacute;gico: se produce una <em>suspensi&oacute;n de los ritos de paso</em>. La adultez, con sus hitos de estabilidad y proyecci&oacute;n, se difiere. En este limbo, la estrategia del <em>vivir al d&iacute;a</em> gana terreno no como elecci&oacute;n, sino como l&oacute;gica dominante. Se abraza un <em>presentismo defensivo</em>: si el ma&ntilde;ana es una amenaza (m&aacute;s deuda, m&aacute;s incertidumbre), la atenci&oacute;n se retrae al ahora inmediato, al consumo ef&iacute;mero, al ciclo de noticias de 24 horas, al <em>scroll</em> infinito en redes sociales. Estos comportamientos, lejos de ser meros entretenimientos, son rituales de un tiempo circular que reemplazan la narrativa lineal del progreso. Ofrecen peque&ntilde;as dosis de agencia y pertenencia en un mundo que ha vaciado de sentido los proyectos a largo plazo.
    </p><p class="article-text">
        Paralelamente, el mercado laboral consolida esta contracci&oacute;n del horizonte. Los &uacute;ltimos datos de la Encuesta de Poblaci&oacute;n Activa (EPA) correspondientes a 2025 confirman una mejora en las tasas de temporalidad general, pero tambi&eacute;n la persistencia de una trampa temporal para los m&aacute;s j&oacute;venes. La tasa de paro en el conjunto de 2025 se situ&oacute; en el&nbsp;9,93%, la primera vez que baja del 10% desde 2008, gracias a la creaci&oacute;n de&nbsp;605.400 nuevos puestos de trabajo. Sin embargo, la tasa de paro juvenil (menores de 25 a&ntilde;os) sigue siendo m&aacute;s del doble, alcanzando el&nbsp;23,5%&nbsp;en el cuarto trimestre de 2025. Esta precariedad, unida a la alta temporalidad en los primeros empleos, imposibilita cualquier planificaci&oacute;n a m&aacute;s de unos meses vista. El resultado es la suspensi&oacute;n de la edad adulta: los ritos de paso (independencia, estabilidad, proyecci&oacute;n) se difieren&nbsp;<em>sine die</em>, creando un presente perpetuo de incertidumbre administrada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica de suspensi&oacute;n temporal no solo se mantiene, sino que se agudiza en 2026. Seg&uacute;n los datos publicados por el Instituto Nacional de Estad&iacute;stica, el precio de la vivienda contin&uacute;a su escalada, cerrando 2025 con 714.237 operaciones de compraventa, la cifra m&aacute;s alta desde 2007, impulsada por un desequilibrio cr&oacute;nico entre oferta y demanda que el Banco de Espa&ntilde;a estima en un d&eacute;ficit de 700.000 viviendas. Esta presi&oacute;n, lejos de remitir, provoca que el esfuerzo financiero necesario para acceder a una vivienda se endurezca, ampliando la brecha para los j&oacute;venes y consolidando la vivienda como una fantas&iacute;a diferida. En el mercado laboral, aunque la afiliaci&oacute;n a la Seguridad Social se mantiene en cifras r&eacute;cord &mdash;21,57 millones en enero de 2026&mdash;, el ritmo de creaci&oacute;n de empleo se modera y persisten las debilidades estructurales. Las previsiones para 2026 apuntan a una ralentizaci&oacute;n del ritmo de creaci&oacute;n de empleo, con un crecimiento estimado del 2,3%, insuficiente para absorber la precariedad de larga duraci&oacute;n. El paro, aunque en m&iacute;nimos desde 2008, sigue mostrando una brecha generacional profunda. Al mismo tiempo, la poblaci&oacute;n espa&ntilde;ola se acerca al umbral de los 49,6 millones de habitantes, un crecimiento sostenido casi en exclusiva por la poblaci&oacute;n de origen extranjero, que ya representa m&aacute;s del 20% de los residentes y ha protagonizado el 45% de la creaci&oacute;n neta de empleo en el &uacute;ltimo a&ntilde;o. En este contexto, el Gobierno ha puesto en marcha iniciativas como el fondo <em>Espa&ntilde;a Crece</em>, que movilizar&aacute; 23.000 millones para construir 15.000 viviendas p&uacute;blicas al a&ntilde;o, y una hist&oacute;rica regularizaci&oacute;n extraordinaria que otorgar&aacute; estatus legal a medio mill&oacute;n de migrantes, en un intento por abordar la tensi&oacute;n estructural entre el mercado, la demograf&iacute;a y la inclusi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ante esta desposesi&oacute;n temporal, el sistema ofrece compensaciones parad&oacute;jicas que despolitizan el malestar. Por un lado, la heterofilia de consumo celebra la diversidad como bien simb&oacute;lico canjeable. Lo <em>&eacute;tnico</em>, lo <em>global</em>, lo <em>aut&eacute;ntico</em> se fetichizan en festivales de <em>world music</em>, en <em>street food</em> fusi&oacute;n o en la moda <em>boho-chic</em>. Es un cosmopolitismo digestivo y despolitizado, donde la diferencia se consume sin alterar las estructuras de poder. Seg&uacute;n el <em>Anuario de la Diversidad Cultural de Espa&ntilde;a</em> (2022), el 78% de los espa&ntilde;oles considera positivo que haya una oferta cultural diversa en su ciudad, una cifra que contrasta con la realidad pol&iacute;tica. Porque, simult&aacute;neamente, florece la heterofobia pol&iacute;tica. El <em>otro</em> concreto &mdash;el migrante que compite por una vivienda social, el refugiado que, se dice, colapsa los servicios&mdash; se erige en chivo expiatorio perfecto para una frustraci&oacute;n cuyo origen es sist&eacute;mico. El Eurobar&oacute;metro sobre Integraci&oacute;n (2022) revela esta conexi&oacute;n t&oacute;xica: los espa&ntilde;oles que califican su situaci&oacute;n personal como <em>mala</em> tienen un 35% m&aacute;s de probabilidades de considerar la inmigraci&oacute;n <em>un problema</em> frente a quienes la califican de <em>buena</em>. La suspensi&oacute;n del tiempo aspiracional (<em>no llego a lo prometido</em>) genera una rabia que, h&aacute;bilmente canalizada por la ultraderecha, se redirige hacia una frontera identitaria: el miedo a que <em>los otros</em> ocupen el espacio &mdash;material y simb&oacute;lico&mdash; que a <em>nosotros</em> nos fue hurtado.
    </p><p class="article-text">
        Junto a estas compensaciones identitarias, el sistema tolera y hasta fomenta una tercera v&iacute;a de escape: la del espectador pasivo. Esta posici&oacute;n no desaf&iacute;a el orden; lo consolida al normalizar la renuncia. El sujeto, convertido en espectador de su propia vida y de los dramas sociales, consume pasivamente tanto la diversidad fetichizada como los discursos de odio, sin comprometerse con ninguno. Es una forma de alienaci&oacute;n temporal: se habita un presente plano, donde la historia es un espect&aacute;culo y el futuro, un concepto abstracto. Esta pasividad no es falta de conciencia, sino el resultado de un c&aacute;lculo impl&iacute;cito: en un juego ama&ntilde;ado, la mejor jugada a veces es no jugar.
    </p><p class="article-text">
        El neoliberalismo, as&iacute;, se revela como una m&aacute;quina perfeccionada para gestionar la frustraci&oacute;n que genera. No solo crea las condiciones de la suspensi&oacute;n temporal, sino que ofrece salidas individuales y compensaciones identitarias que despolitizan el malestar. Las soluciones se individualizan: <em>coaching</em> para gestionar la ansiedad, cursos para el emprendimiento, <em>mindfulness</em> para aceptar lo inalterable. El mensaje es claro: si no logras escapar del presente perpetuo, el problema es tu falta de resiliencia, no un fallo estructural. Como contrapartida, se ofrecen compensaciones simb&oacute;licas de pertenencia. Los discursos de la ultraderecha son maestros en este trueque: a cambio de renunciar a un futuro material compartido y pr&oacute;spero, prometen restaurar un <em>tiempo perdido</em> m&iacute;tico &mdash;una Espa&ntilde;a homog&eacute;nea, estable y de esencia cristiana&mdash; y defender los <em>privilegios de casta</em> restantes (acceso a pensiones, sanidad) como un club cerrado. Es una pol&iacute;tica nost&aacute;lgica y reactiva que vende seguridad identitaria a quienes el sistema les ha robado seguridad temporal y econ&oacute;mica. Vox, por ejemplo, ha centrado su discurso no en ampliar el acceso a la vivienda, sino en vincular su carest&iacute;a a la <em>presi&oacute;n migratoria</em>, transformando un problema estructural de especulaci&oacute;n y falta de inversi&oacute;n p&uacute;blica (documentado por C&aacute;ritas y el Banco de Espa&ntilde;a) en un conflicto identitario.
    </p><p class="article-text">
        Desarmar la maquinaria del miedo identitario exige, por tanto, atacar su caldo de cultivo m&aacute;s f&eacute;rtil: esta suspensi&oacute;n sist&eacute;mica del tiempo vital que convierte la frustraci&oacute;n en odio al otro o en indiferencia pasiva. No basta con denunciar el racismo; hay que ofrecer un horizonte temporal cre&iacute;ble y compartido. Como escribi&oacute; Antonio Machado, el verdadero peligro es <em>&ldquo;esta aversi&oacute;n a toda cultura que nos impulse a mirar lejos&rdquo;</em>. El neoliberalismo nos entrena para mirar solo la pr&oacute;xima cuota, la pr&oacute;xima factura, el pr&oacute;ximo contrato temporal.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, la batalla pol&iacute;tica decisiva del siglo XXI en Espa&ntilde;a no se libra solo sobre la distribuci&oacute;n de la riqueza, sino sobre la soberan&iacute;a del tiempo y la recuperaci&oacute;n del deseo de futuro. Frente a la suspensi&oacute;n neoliberal &mdash;que nos encierra en un presente de deuda, ansiedad o pasividad&mdash;, la &uacute;nica respuesta efectiva es la construcci&oacute;n de proyectos colectivos que reabran el ma&ntilde;ana. Esto implica pol&iacute;ticas concretas &mdash;reducci&oacute;n de jornada sin p&eacute;rdida salarial, derecho universal a la vivienda, renta b&aacute;sica&mdash;, pero tambi&eacute;n narrativas que devuelvan el espesor y la posibilidad a la palabra <em>ma&ntilde;ana</em>. Como se&ntilde;alaba el fil&oacute;sofo alem&aacute;n Hartmut Rosa, la buena vida no es la de la acumulaci&oacute;n, sino la de la <em>resonancia</em>: la capacidad de proyectarse en el mundo y recibir respuestas. Recuperar el futuro, devolverle su latencia colectiva, es el acto de rebeld&iacute;a pol&iacute;tica m&aacute;s radical y urgente. Porque cuando un sistema es capaz de robarle el tiempo a sus ciudadanos, ya ha extra&iacute;do lo m&aacute;s &iacute;ntimo de su existencia: la posibilidad de desear, construir y compartir un futuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/tiempo-prestado_129_13012955.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Mar 2026 08:26:11 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El tiempo prestado]]></media:title>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La suspensión del tiempo en Gaza]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/suspension-tiempo-gaza_129_13011064.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        El concepto de <em>tiempo Auschwitz</em>, desarrollado por la antrop&oacute;loga Paz Moreno Feliu para describir la anulaci&oacute;n sistem&aacute;tica de las referencias temporales en los campos de exterminio, ofrece un marco te&oacute;rico profundo para analizar la experiencia de la poblaci&oacute;n gazat&iacute; durante la ofensiva militar iniciada en octubre de 2023. En Gaza se ha instaurado una suspensi&oacute;n del tiempo &ndash;un <em>presente perpetuo</em>&ndash; cuyos efectos psicosociales presentan significativos paralelismos con aquel tiempo aniquilador, particularmente en lo que respecta a la destrucci&oacute;n de la proyectividad vital. Este an&aacute;lisis se enmarca en el contraste te&oacute;rico entre este tiempo suspendido y el <em>tiempo estructural</em> orientado al futuro que &Aacute;ngel D&iacute;az de Rada identific&oacute; en las instituciones escolares: un tiempo que, lejos de ser neutro, constituye un campo de batalla donde se libra la lucha por la dignidad humana. Mientras el tiempo estructural proyecta al individuo hacia un porvenir previsible, el <em>tiempo Auschwitz</em> representa la destrucci&oacute;n deliberada de toda referencia temporal. Seg&uacute;n Feliu, en los campos se buscaba <em>la anulaci&oacute;n de casi todas las referencias temporales tenidas por objetivas</em> para sumir al recluso en un presente continuo y desesperanzado, donde <em>la supresi&oacute;n de las expectativas traslada la relaci&oacute;n con el tiempo hacia el presente y lo que reste de pasado</em>. Este marco, aplicado a Gaza, ilumina una dimensi&oacute;n a menudo invisibilizada de la violencia. All&iacute; donde el tiempo se suspende, tambi&eacute;n se suspende la posibilidad misma de vida civil: la escuela, el hospital o la casa dejan de pertenecer al mundo de lo cotidiano y pasan a ser restos de un futuro que ya no llegar&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        Los informes de organismos internacionales registran el colapso sistem&aacute;tico de las instituciones que estructuran el tiempo social en Gaza, un proceso que se ha intensificado de forma catastr&oacute;fica desde octubre de 2023. Seg&uacute;n UNICEF, todas las escuelas han sido da&ntilde;adas, destruidas o convertidas en refugios, afectando a 625.000 estudiantes y cancelando el a&ntilde;o acad&eacute;mico 2023-2024. El Banco Mundial reporta que el PIB de Gaza se contrajo un 86% en el &uacute;ltimo trimestre de 2023 y la tasa de desempleo supera el 90%, eliminando los ritmos laborales y toda capacidad de planificaci&oacute;n econ&oacute;mica. La Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud documenta que solo 12 de los 36 hospitales funcionan de manera parcial, cronificando condiciones tratables y eliminando el acceso a cuidados regulares, incluida la salud mental. Esta aniquilaci&oacute;n tiene una dimensi&oacute;n espacial inseparable. Seg&uacute;n an&aacute;lisis de sat&eacute;lite de UNITAR, el 62% de todos los edificios en Gaza han sido da&ntilde;ados o destruidos, incluyendo 352 instalaciones educativas, 45 centros de salud y 45 mezquitas hist&oacute;ricas reducidas a escombros. Esta destrucci&oacute;n crea <em>no-lugares</em> a escala masiva: espacios sin historia, sin memoria, sin futuro. Como se&ntilde;ala el urbanista gazat&iacute; Tareq Baconi, <em>la destrucci&oacute;n no es aleatoria: se enfoca precisamente en aquellos lugares que dan continuidad hist&oacute;rica y proyectividad futura a la sociedad palestina</em>, reflejando la misma <em>supresi&oacute;n de los anclajes externos</em> del tiempo que Feliu identificaba en los campos de exterminio.
    </p><p class="article-text">
        La devastaci&oacute;n tambi&eacute;n alcanza las ra&iacute;ces agr&iacute;colas y la conexi&oacute;n con los ciclos naturales. La FAO reporta que m&aacute;s del 40% de la superficie agr&iacute;cola ha sido destruida o gravemente da&ntilde;ada, incluyendo m&aacute;s del 70% de los invernaderos, el 22% de las tierras de cultivo de olivos y el 36% de los reba&ntilde;os de ganado. Esta aniquilaci&oacute;n no solo representa una cat&aacute;strofe alimentaria &ndash;el 100% de la poblaci&oacute;n enfrenta inseguridad alimentaria cr&iacute;tica&ndash;, sino que rompe lo que el antrop&oacute;logo Eduardo Archetti denominaba <em>la temporalidad encarnada en el paisaje</em>, eliminando un pilar fundamental de la memoria y la identidad colectiva.
    </p><p class="article-text">
        La pregunta sobre si esta aniquilaci&oacute;n temporal constituye un <em>cronocidio</em> deliberado o una consecuencia catastr&oacute;fica de la guerra requiere una lectura hist&oacute;rica estratificada. La evidencia sugiere que la suspensi&oacute;n del tiempo en Gaza es tanto la culminaci&oacute;n de un <em>asedio cronificado</em> como la implementaci&oacute;n de una l&oacute;gica estrat&eacute;gica contempor&aacute;nea. Antes de octubre de 2023, Gaza ya viv&iacute;a bajo un bloqueo que la ONU calificaba de &ldquo;castigo colectivo&rdquo; desde 2007, un r&eacute;gimen que por s&iacute; mismo hab&iacute;a distorsionado profundamente el tiempo social. Seg&uacute;n informes de UNCTAD (2022), el bloqueo hab&iacute;a creado una &ldquo;trampa de des-desarrollo&rdquo; donde el 53% de la poblaci&oacute;n viv&iacute;a en pobreza y el desempleo juvenil superaba el 70%, haciendo de la planificaci&oacute;n a largo plazo una imposibilidad estructural. La ofensiva posterior no hizo sino llevar esta suspensi&oacute;n temporal a su expresi&oacute;n l&iacute;mite, acelerando y materializando en escala masiva lo que el asedio ya hab&iacute;a normalizado como condici&oacute;n permanente. La destrucci&oacute;n selectiva de universidades, archivos hist&oacute;ricos y centros de investigaci&oacute;n &mdash;como la Universidad Isl&aacute;mica de Gaza, fundada en 1978 y severamente da&ntilde;ada en ataques documentados por UNESCO&mdash; sugiere, como analiza el profesor gazat&iacute; Tareq Baconi (2024), una focalizaci&oacute;n en aquellas instituciones que encarnan la continuidad hist&oacute;rica y la capacidad de proyectar soberan&iacute;a futura. As&iacute;, el <em>cronocidio</em> no ser&iacute;a un evento singular, sino la fase m&aacute;s aguda de un proceso de asfixia temporal que busca anular la capacidad de un pueblo para existir como sujeto pol&iacute;tico con futuro propio.
    </p><p class="article-text">
        Los testimonios recogidos por organizaciones humanitarias reflejan una experiencia temporal que resuena profundamente con el <em>tiempo Auschwitz</em>. La rutina se reduce a la b&uacute;squeda obsesiva de electricidad, agua, comida y combustible. Un informe de M&eacute;dicos Sin Fronteras recoge la frase recurrente: <em>vivimos hora tras hora, el ma&ntilde;ana no existe</em>. Un trabajador sanitario declar&oacute; a Amnist&iacute;a Internacional: <em>antes planific&aacute;bamos la universidad de nuestros hijos, nuestras carreras. Ahora el futuro es una palabra vac&iacute;a. Solo existe el ahora y el miedo.</em> La Oficina de Naciones Unidas para la Coordinaci&oacute;n de Asuntos Humanitarios reporta que m&aacute;s del 85% de la poblaci&oacute;n ha sido desplazada, a menudo m&uacute;ltiples veces, anulando bodas, funerales y otras ceremonias que act&uacute;an como anclajes temporales.
    </p><p class="article-text">
        Esta suspensi&oacute;n trasciende lo f&iacute;sico para instalarse en lo ps&iacute;quico. Psic&oacute;logos en la regi&oacute;n reportan el surgimiento de un <em>s&iacute;ndrome del presente perpetuo</em>: la incapacidad de proyectarse m&aacute;s all&aacute; de las siguientes horas, lo que Feliu identificaba como <em>la transferencia de la relaci&oacute;n con el tiempo hacia el presente</em>. Un trabajador de salud mental entrevistado por <em>Save the Children</em> explica: <em>los ni&ntilde;os ya no dibujan su casa del futuro, ni su profesi&oacute;n so&ntilde;ada. Dibujan tanques, aviones y la b&uacute;squeda de agua. Han perdido la capacidad de imaginar un ma&ntilde;ana diferente.</em> La OMS reporta que los casos de depresi&oacute;n y ansiedad se han triplicado, pero el 95% de las personas que necesitan atenci&oacute;n psicol&oacute;gica no la reciben. El trauma no tratado se manifiesta en lo que los locales llaman <em>tiempo circular</em>: d&iacute;as que se repiten id&eacute;nticos, sin progresi&oacute;n ni sentido.
    </p><p class="article-text">
        La suspensi&oacute;n afecta de manera diferenciada a cada generaci&oacute;n, creando un trauma temporal estratificado. Para los ancianos, este presente perpetuo representa la repetici&oacute;n de experiencias hist&oacute;ricas; el historiador Rashid Khalidi documenta c&oacute;mo <em>la Nakba no es solo un evento del pasado, sino una condici&oacute;n continua</em>. Para la generaci&oacute;n intermedia, significa el colapso de sus proyectos de vida, con el 90% de los empleos perdidos desde octubre de 2023. Pero es entre los ni&ntilde;os donde los efectos son m&aacute;s devastadores: 625.000 menores con la educaci&oacute;n interrumpida, el 92% con signos de estr&eacute;s estructural interiorizado y el 80% reportando s&iacute;ntomas de estr&eacute;s agudo, lo que los psic&oacute;logos denominan <em>p&eacute;rdida de la ilusi&oacute;n de futuro</em>, componente esencial para la formaci&oacute;n identitaria.
    </p><p class="article-text">
        Frente a esta aniquilaci&oacute;n, emergen pr&aacute;cticas de resistencia que buscan reconstruir la temporalidad humana, reflejando la capacidad humana de <em>articular sistemas de pr&aacute;cticas simb&oacute;licas</em> para reclamar el tiempo, como se&ntilde;alaba D&iacute;az de Rada. Maestros voluntarios organizan <em>escuelas de resistencia</em> entre escombros, reconstruyendo horarios y rituales b&aacute;sicos; j&oacute;venes crean archivos digitales de lugares destruidos para preservar la memoria espacial y temporal; familias mantienen tradiciones culinarias y celebraciones en refugios sobrepoblados. Estas estrategias demuestran que, incluso en las condiciones m&aacute;s extremas, la necesidad humana de estructura temporal persiste. Como conclu&iacute;a Feliu, el ser humano busca anclajes temporales como mecanismo de supervivencia ps&iacute;quica, creando <em>burbujas temporales</em> incluso cuando el tiempo externo ha sido destruido.
    </p><p class="article-text">
        Estas estrategias no son solo mecanismos de supervivencia psicol&oacute;gica, sino actos pol&iacute;ticos de reafirmaci&oacute;n de futuridad. Contra la noci&oacute;n de un tiempo totalmente aniquilado, emerge lo que la investigadora palestina Lila Abu-Lughod (2020) denomina <em>tiempo de la sumud</em>: una temporalidad pol&iacute;tica activa que, lejos de ser pasiva, construye futuro mediante la insistencia en la memoria y la reproducci&oacute;n cultural. Estudios en psicolog&iacute;a pol&iacute;tica, como los recogidos por el Centro BADIL (2023) sobre resiliencia palestina, muestran c&oacute;mo narrativas como la <em>Nakba</em> &mdash;entendida no solo como trauma pasado sino como marco de memoria que proyecta un imperativo de justicia&mdash; y el derecho al retorno (<em>al-awda</em>) funcionan como vectores temporales que conectan generaciones y desaf&iacute;an la clausura del futuro. Esto se materializa en pr&aacute;cticas documentadas: la reconstrucci&oacute;n de bibliotecas comunitarias entre escombros, la ense&ntilde;anza clandestina de historia palestina, o la meticulosa documentaci&oacute;n digital de cr&iacute;menes de guerra para procesos futuros de justicia transicional. Como se&ntilde;ala el antrop&oacute;logo Jos&eacute; Ciro Mart&iacute;nez (2023), ignorar estas formas de futuridad pol&iacute;tica ser&iacute;a caer en el error de ver a la poblaci&oacute;n gazat&iacute; solo como v&iacute;ctima pasiva de un tiempo impuesto, cuando en realidad est&aacute; constantemente negociando y resistiendo esa imposici&oacute;n a trav&eacute;s de lo que &eacute;l llama <em>temporalidades insurgentes</em>. La paradoja, entonces, es que el mismo poder que busca anular el tiempo futuro palestino se enfrenta a una comunidad que ha convertido la preservaci&oacute;n del futuro en el eje mismo de su resistencia.
    </p><p class="article-text">
        La experiencia temporal de las mujeres revela dimensiones adicionales. Seg&uacute;n UN Women, las mujeres representan el 70% de las personas muertas, alterando radicalmente las estructuras familiares. Enfrentan una <em>triple jornada de la supervivencia</em>: cuidado de dependientes en condiciones extremas, b&uacute;squeda diaria de agua y alimentos, y gesti&oacute;n de la salud reproductiva sin acceso a servicios m&eacute;dicos. UNFPA reporta que 55.000 mujeres embarazadas enfrentan condiciones catastr&oacute;ficas, con 5.500 partos mensuales sin atenci&oacute;n adecuada. Una partera gazat&iacute; describe <em>partos en el limbo temporal. Damos a luz sin saber si nuestros hijos tendr&aacute;n futuro.</em> Esta <em>hiper-presencialidad forzada</em> las sit&uacute;a en la primera l&iacute;nea de resistencia contra la des-temporalizaci&oacute;n, al tiempo que las expone a riesgos f&iacute;sicos y traumas psicol&oacute;gicos &uacute;nicos.
    </p><p class="article-text">
        La reconstrucci&oacute;n de Gaza, cuando llegue, deber&aacute; abordar no solo la dimensi&oacute;n material sino tambi&eacute;n la temporal. Primero, restaurando los rituales colectivos que proporcionan anclajes temporales para reconstruir la continuidad identitaria. Segundo, priorizando la reconstrucci&oacute;n educativa como restauraci&oacute;n de la proyectividad; UNESCO ya desarrolla protocolos reconociendo que <em>la vuelta a la rutina escolar constituye una intervenci&oacute;n psicosocial cr&iacute;tica en contextos de trauma masivo</em>. Finalmente, considerando la justicia temporal como dimensi&oacute;n de la reparaci&oacute;n: reconocer oficialmente el tiempo robado &ndash;a&ntilde;os de educaci&oacute;n perdidos, proyectos de vida interrumpidos&ndash; y desarrollar mecanismos de compensaci&oacute;n. Como concluye Feliu, <em>la restituci&oacute;n del tiempo es condici&oacute;n necesaria para la restituci&oacute;n de la dignidad</em>. Estas intervenciones deben integrar conceptos locales como <em>sumud</em> (perseverancia) y <em>al-awda</em> (el retorno), vectores temporales cargados de significado pol&iacute;tico y existencial. Ignorar estas categor&iacute;as, advierte el antrop&oacute;logo Jos&eacute; Ciro Mart&iacute;nez, puede conducir a intervenciones culturalmente ciegas que fracasen en restablecer un sentido de futuro aut&eacute;ntico.
    </p><p class="article-text">
        En el fondo, suspender el tiempo es una forma de someterlo: el poder controla no solo lo que ocurre, sino cu&aacute;ndo puede ocurrir. El conflicto ha destruido deliberadamente el <em>tiempo estructural</em> orientado al futuro y ha instaurado un <em>presente perpetuo</em> que se asemeja al <em>tiempo Auschwitz</em>. Cuando el tiempo queda detenido, tambi&eacute;n lo hace la capacidad de proyectar una vida: sin un ma&ntilde;ana posible, cada gesto se convierte en un intento fr&aacute;gil de sostener un presente que se deshace. La poblaci&oacute;n gazat&iacute; no solo lucha por su supervivencia f&iacute;sica, sino tambi&eacute;n por preservar su capacidad de imaginar un futuro. Como se ha se&ntilde;alado, a diferencia de los campos de exterminio, en Gaza persiste una futuridad pol&iacute;tica encarnada en la resistencia (<em>sumud</em>) y la memoria de la Nakba. El futuro, por tanto, no es solo v&iacute;ctima, sino tambi&eacute;n campo de batalla expl&iacute;cito. Una dimensi&oacute;n adicional es la temporalidad impuesta por la ayuda humanitaria, que siendo un salvavidas, obliga a adaptarse a ritmos burocr&aacute;ticos y de emergencia que pueden obstaculizar la recuperaci&oacute;n de una temporalidad aut&oacute;ctona a largo plazo. No puede dejar de se&ntilde;alarse la paradoja &eacute;tica de que este an&aacute;lisis se realiza desde la seguridad y proyectividad de la academia. Estudiar la <em>suspensi&oacute;n del tiempo</em> ajeno es, en s&iacute; mismo, un acto que refleja el privilegio temporal de quien esto escribe.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/suspension-tiempo-gaza_129_13011064.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Feb 2026 10:56:34 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[La suspensión del tiempo en Gaza]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Gaza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El jamón como frontera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/la-rioja/opinion/jamon-frontera_129_12992532.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p class="article-text">
        La ciencia antropol&oacute;gica lleva d&eacute;cadas demostrando que los alimentos operan como marcadores identitarios poderosos, fronteras simb&oacute;licas que trazan l&iacute;neas n&iacute;tidas entre el nosotros y el ellos. Aunque pueda parecer un argumento de mi paisano Azcona, en la Espa&ntilde;a contempor&aacute;nea, ning&uacute;n producto ejerce esta funci&oacute;n con m&aacute;s eficacia y cotidianidad que el jam&oacute;n ib&eacute;rico. Lejos de ser una simple preferencia gastron&oacute;mica, se ha convertido en un artefacto pol&iacute;tico, un instrumento de demarcaci&oacute;n &eacute;tnica que funciona como atajo mental para distinguir entre el espa&ntilde;ol aut&eacute;ntico y el otro sospechoso. La expresi&oacute;n <em>seguro que no come jam&oacute;n</em>, recurrente y viral en redes sociales como respuesta automatizada a noticias sobre delincuencia, constituye una de las formas m&aacute;s reveladoras &mdash;y menos analizadas&mdash; del racismo cultural que impregna el debate p&uacute;blico. Los datos confirman esta instrumentalizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Un an&aacute;lisis del Observatorio Espa&ntilde;ol del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE, 2022) sobre 50.000 tuits con contenido xen&oacute;fobo identific&oacute; que referencias al jam&oacute;n aparec&iacute;an en el 18% de los mensajes dirigidos contra personas musulmanas, particularmente en el contexto de delitos sexuales, transformando una prohibici&oacute;n religiosa en un sin&oacute;nimo de falta de integraci&oacute;n y, por una peligrosa extensi&oacute;n, de predisposici&oacute;n criminal.
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica revela una paradoja antropol&oacute;gica profunda: mientras el islam se esencializa &mdash;se reduce de manera sistem&aacute;tica a pr&aacute;cticas observables y corporales como la dieta halal&mdash;, el cristianismo se diluye en una identidad cultural difusa y conveniente. Como se&ntilde;alaba el antrop&oacute;logo Talal Asad, Occidente construy&oacute; hist&oacute;ricamente el islam como una <em>religi&oacute;n de la ley</em>, definida por normas visibles, mientras presentaba el cristianismo como una <em>religi&oacute;n de la fe</em>, interior e intangible. Esta asimetr&iacute;a se refleja con claridad en los datos espa&ntilde;oles y en la pr&aacute;ctica cotidiana. Seg&uacute;n el Centro de Investigaciones Sociol&oacute;gicas (CIS, 2023), solo el 18,7% de quienes se identifican como cat&oacute;licos asiste regularmente a misa, pero el 89,3% participa en rituales alimentarios vinculados a la Navidad, donde el jam&oacute;n y otros productos porcinos son centrales. Aqu&iacute; se revela la primera contradicci&oacute;n: mientras se esencializa al musulm&aacute;n por una prohibici&oacute;n alimentaria (halal) que muchos cumplen con rigor variable, se invisibiliza la laxitud del cristiano com&uacute;n ante sus propios preceptos. La Cuaresma, per&iacute;odo tradicional de abstinencia de carne los viernes, es hoy ampliamente ignorada. No existen sondeos que midan su cumplimiento, pero su ausencia en el debate p&uacute;blico es elocuente: nadie cuestiona la <em>autenticidad</em> de un cristiano por comer jam&oacute;n u otras carnes un viernes de Cuaresma. Sin embargo, la hipoteca identitaria del musulm&aacute;n &mdash;incluso del no practicante&mdash; permanece intacta: su<em> esencia</em> se juzga por lo que <em>no</em> come. Se trata de un doble est&aacute;ndar epistemol&oacute;gico que consolida una jerarqu&iacute;a: una religi&oacute;n laxa, heredada y digestible para <em>los nuestros</em>, frente a una religi&oacute;n r&iacute;gida, ajena y sospechosa para <em>los otros</em>.
    </p><p class="article-text">
        Esta sospecha, alimentada por el s&iacute;mbolo del jam&oacute;n, cristaliza en la asociaci&oacute;n entre la prohibici&oacute;n porcina y la propensi&oacute;n criminal, un v&iacute;nculo que carece de todo fundamento emp&iacute;rico pero que se sustenta en una construcci&oacute;n medi&aacute;tica persistente. Los datos oficiales desmontan fr&iacute;amente el prejuicio. Las Estad&iacute;sticas de Criminalidad del Ministerio del Interior (2022) muestran que los delitos sexuales cometidos por personas de nacionalidad marroqu&iacute; &mdash;el colectivo musulm&aacute;n m&aacute;s numeroso en Espa&ntilde;a&mdash; representan el 3,2% del total, una proporci&oacute;n casi id&eacute;ntica a su peso demogr&aacute;fico, que es del 2,7% de la poblaci&oacute;n residente. Sin embargo, la percepci&oacute;n distorsionada persiste gracias a un tratamiento informativo desigual. Como documentan estudios de <em>framing</em> medi&aacute;tico, como el realizado por la Universidad de M&aacute;laga (2020) sobre la prensa espa&ntilde;ola, cuando el presunto agresor es musulm&aacute;n, los medios mencionan su origen o religi&oacute;n en m&aacute;s del 70% de las coberturas, frente a un porcentaje muy inferior en otros casos. La criminalidad no aumenta con la ausencia de jam&oacute;n en la dieta, pero la alarma social y el estigma s&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        Dicho en corto: comer o no comer jam&oacute;n no dice nada sobre la propensi&oacute;n a delinquir; lo que s&iacute; revela es qui&eacute;n es convertido en sospechoso autom&aacute;tico en el imaginario colectivo.
    </p><p class="article-text">
        La contradicci&oacute;n inherente a este discurso alcanza su punto m&aacute;s c&iacute;nico y selectivo cuando observamos la reacci&oacute;n &mdash;o m&aacute;s bien, la falta de ella&mdash; ante la violencia que sufren comunidades cristianas en contextos geopol&iacute;ticos donde Espa&ntilde;a mantiene alianzas estrat&eacute;gicas. Este criterio de defensa de la <em>civilizaci&oacute;n cristiana</em> tambi&eacute;n se muestra selectivo fuera de nuestras fronteras. Cuando Israel bombardea iglesias en Gaza &mdash;da&ntilde;os ampliamente documentados por organismos internacionales en lugares de culto como la Iglesia de San Porfirio o la Iglesia de la Sagrada Familia&mdash;, el silencio de quienes esgrimen el jam&oacute;n como basti&oacute;n de la civilizaci&oacute;n cristiana es revelador. Seg&uacute;n el Pew Research Center (en estudios anteriores), Espa&ntilde;a es de los pa&iacute;ses europeos donde menos ciudadanos conoc&iacute;an la existencia de comunidades cristianas en Oriente Medio: solo el 23% de la poblaci&oacute;n sab&iacute;a que Gaza albergaba una comunidad cristiana hist&oacute;rica antes de la guerra. Mientras, en el frente dom&eacute;stico, el Canal de Denuncias de Islamofobia (2023) registr&oacute; 287 incidentes donde se utiliz&oacute; la expresi&oacute;n <em>comer jam&oacute;n</em> contra musulmanes espa&ntilde;oles, frecuentemente acompa&ntilde;ada de acusaciones veladas o expl&iacute;citas de delincuencia. La defensa de <em>nuestra cultura</em> y <em>nuestras tradiciones</em> parece activarse el&eacute;ctricamente solo cuando el <em>otro</em> es musulm&aacute;n y est&aacute; presente aqu&iacute;, no cuando quienes comparten la fe cristiana son vulnerables all&iacute;. Como analizaba la fil&oacute;sofa Judith Butler, operan <em>marcos de reconocimiento desigual</em> que determinan, de manera pol&iacute;tica, qu&eacute; vidas son dignas de ser lloradas p&uacute;blicamente y cu&aacute;les permanecen en la invisibilidad del dolor no reconocido.
    </p><p class="article-text">
        Este mecanismo se normaliza a trav&eacute;s de lo que el antrop&oacute;logo Michael Billig denomin&oacute; <em>nacionalismo banal</em>: la reproducci&oacute;n cotidiana y aparentemente inocua de la identidad nacional a trav&eacute;s de s&iacute;mbolos y rituales compartidos. En Espa&ntilde;a, el consumo p&uacute;blico y colectivo de jam&oacute;n act&uacute;a como uno de estos rituales banales de pertenencia por excelencia. No se trata solo de un alimento, sino de un acto performativo que, en contextos sociales como comidas empresariales o celebraciones, sirve para trazar l&iacute;mites grupales. La antrop&oacute;loga Mary Douglas ya demostr&oacute; en sus estudios sobre la pureza y el peligro c&oacute;mo las pr&aacute;cticas alimentarias <em>hacen sociedad</em> y marcan la diferencia entre el grupo interno y el externo. Cuando en una mesa com&uacute;n alguien se&ntilde;ala, expl&iacute;cita o impl&iacute;citamente, la ausencia del jam&oacute;n en el plato de un comensal musulm&aacute;n, est&aacute; activando ese mecanismo ancestral: usando la comida para recordar qui&eacute;n est&aacute; dentro del c&iacute;rculo de <em>los nuestros</em> y qui&eacute;n queda fuera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Esta din&aacute;mica se ve respaldada por expectativas sociales ampliamente internalizadas. El Eurobar&oacute;metro especial sobre integraci&oacute;n (2022) mostr&oacute; que el 41% de los espa&ntilde;oles considera que <em>adaptarse al estilo de vida del pa&iacute;s de acogida</em> es muy importante para la integraci&oacute;n, uno de los porcentajes m&aacute;s altos de la Uni&oacute;n Europea. La frontera, por tanto, se internaliza. Se desplaza: ya no est&aacute; solo en las costas o en los pasos fronterizos, sino que se instala en los intestinos y en las mesas, dictando desde all&iacute; un modelo de pertenencia que es, en esencia, digestivo. En esas escenas, el comensal musulm&aacute;n carga con una hipoteca alimentaria que el resto no tiene: su plato dice m&aacute;s de su legitimidad que su pasaporte.
    </p><p class="article-text">
        Esta frontera digestiva choca de frente con una realidad geogr&aacute;fica y demogr&aacute;fica incontestable. Ceuta y Melilla, territorios espa&ntilde;oles, tienen poblaciones musulmanas que, seg&uacute;n estimaciones de estudios locales y padrones, constituyen una parte muy significativa de su poblaci&oacute;n, que puede oscilar entre el 40% y el 50%. Son ciudadanos espa&ntilde;oles plenos cuya presencia desmonta la ficci&oacute;n de una Espa&ntilde;a monocultural y esencialmente cristiana. M&aacute;s all&aacute; de estas fronteras africanas, seg&uacute;n estimaciones del principal &oacute;rgano representativo, el Observatorio Andalus&iacute; (2022/2023), cerca de 2,6 millones de musulmanes viven en Espa&ntilde;a, lo que representa aproximadamente el 5,6% de la poblaci&oacute;n. La inmensa mayor&iacute;a son ciudadanos o residentes legales, y una parte creciente son espa&ntilde;oles de nacimiento o convertidos. Sin embargo, la ret&oacute;rica del <em>jam&oacute;n como prueba</em> los sit&uacute;a en un perpetuo estatus de provisionalidad, como si su pertenencia a la comunidad nacional estuviera sujeta a una conversi&oacute;n culinaria que nunca es suficiente. El antrop&oacute;logo Jos&eacute; Antonio Gonz&aacute;lez Alcantud ha estudiado c&oacute;mo en estas ciudades aut&oacute;nomas se produce una <em>convivencia fronteriza</em> donde los marcadores identitarios (como la dieta) se negocian a diario, demostrando que la identidad no es un bloque puro, sino un proceso de intercambio. Que esta realidad de mezcla y coexistencia &mdash;tan espa&ntilde;ola como la mezquita de C&oacute;rdoba o la Alhambra&mdash; sea ignorada por un discurso que reduce la identidad a un trozo de carne curada, revela que el objetivo &uacute;ltimo no es defender una tradici&oacute;n, sino mantener el privilegio de definir qui&eacute;n es aut&eacute;nticamente espa&ntilde;ol y qui&eacute;n, a pesar de su pasaporte, siempre ser&aacute; un invitado bajo sospecha.
    </p><p class="article-text">
        En otras palabras, los n&uacute;meros describen una Espa&ntilde;a ya plural y mezclada, pero el jam&oacute;n se usa para mantener viva la ficci&oacute;n de una Espa&ntilde;a homog&eacute;nea que nunca existi&oacute; del todo.
    </p><p class="article-text">
        En el fondo, como demostraba la antrop&oacute;loga Mary Douglas en su seminal <em>Pureza y peligro</em>, los sistemas alimentarios reflejan y reproducen estructuras sociales profundas, clasificando el mundo entre lo puro y lo contaminante, lo aceptable y lo rechazable. En la Espa&ntilde;a del siglo XXI, el jam&oacute;n ha trascendido su condici&oacute;n de alimento para erigirse en una frontera digestiva.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La paradoja final es antropol&oacute;gicamente elocuente: mientras los cristianos no practicantes disfrutan del jam&oacute;n como una herencia cultural inalienable &mdash;un derecho adquirido por el mero hecho del nacimiento&mdash;, los musulmanes no practicantes, o incluso secularizados, siguen cargando con la hipoteca alimentaria de una religi&oacute;n que muchos no practican, pero que una parte de la sociedad les impone como esencia inmutable. Los datos pintan as&iacute; un pa&iacute;s atrapado entre dos ficciones potentes: la de una identidad cristiana tan l&iacute;quida y adaptable que solo se solidifica frente al espejo del islam, y la de una amenaza musulmana tan esencializada que resiste tenazmente a cualquier evidencia estad&iacute;stica en contrario. En el centro de este conflicto simb&oacute;lico, el jam&oacute;n &mdash;simple carne de cerdo curada por el tiempo y el salaz&oacute;n&mdash; se ha convertido en un arma identitaria. Como escrib&iacute;a el antrop&oacute;logo Sidney Mintz, <em>comemos la identidad tanto como el alimento</em>. En Espa&ntilde;a, algunos mastican esa identidad con tanta fuerza y convicci&oacute;n que olvidan lo fundamental: que al otro lado de la frontera digestiva que han construido no hay amenazas, sino personas; no estereotipos, sino vecinos. Y que la verdadera cohesi&oacute;n de una sociedad plural nunca se lograr&aacute; a trav&eacute;s de la imposici&oacute;n digestiva, de esa frontera digestiva que separa<em> normales</em> y <em>sospechosos</em>, sino a trav&eacute;s del reconocimiento mutuo de humanidades compartidas que trascienden, precisamente, lo que cada uno elige &mdash;o no&mdash; poner en su plato.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Enrique Cabezón]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Feb 2026 11:43:04 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[El jamón como frontera]]></media:title>
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