El jamón como frontera

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La ciencia antropológica lleva décadas demostrando que los alimentos operan como marcadores identitarios poderosos, fronteras simbólicas que trazan líneas nítidas entre el nosotros y el ellos. Aunque pueda parecer un argumento de mi paisano Azcona, en la España contemporánea, ningún producto ejerce esta función con más eficacia y cotidianidad que el jamón ibérico. Lejos de ser una simple preferencia gastronómica, se ha convertido en un artefacto político, un instrumento de demarcación étnica que funciona como atajo mental para distinguir entre el español auténtico y el otro sospechoso. La expresión seguro que no come jamón, recurrente y viral en redes sociales como respuesta automatizada a noticias sobre delincuencia, constituye una de las formas más reveladoras —y menos analizadas— del racismo cultural que impregna el debate público. Los datos confirman esta instrumentalización.

Un análisis del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE, 2022) sobre 50.000 tuits con contenido xenófobo identificó que referencias al jamón aparecían en el 18% de los mensajes dirigidos contra personas musulmanas, particularmente en el contexto de delitos sexuales, transformando una prohibición religiosa en un sinónimo de falta de integración y, por una peligrosa extensión, de predisposición criminal.

Esta dinámica revela una paradoja antropológica profunda: mientras el islam se esencializa —se reduce de manera sistemática a prácticas observables y corporales como la dieta halal—, el cristianismo se diluye en una identidad cultural difusa y conveniente. Como señalaba el antropólogo Talal Asad, Occidente construyó históricamente el islam como una religión de la ley, definida por normas visibles, mientras presentaba el cristianismo como una religión de la fe, interior e intangible. Esta asimetría se refleja con claridad en los datos españoles y en la práctica cotidiana. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS, 2023), solo el 18,7% de quienes se identifican como católicos asiste regularmente a misa, pero el 89,3% participa en rituales alimentarios vinculados a la Navidad, donde el jamón y otros productos porcinos son centrales. Aquí se revela la primera contradicción: mientras se esencializa al musulmán por una prohibición alimentaria (halal) que muchos cumplen con rigor variable, se invisibiliza la laxitud del cristiano común ante sus propios preceptos. La Cuaresma, período tradicional de abstinencia de carne los viernes, es hoy ampliamente ignorada. No existen sondeos que midan su cumplimiento, pero su ausencia en el debate público es elocuente: nadie cuestiona la autenticidad de un cristiano por comer jamón u otras carnes un viernes de Cuaresma. Sin embargo, la hipoteca identitaria del musulmán —incluso del no practicante— permanece intacta: su esencia se juzga por lo que no come. Se trata de un doble estándar epistemológico que consolida una jerarquía: una religión laxa, heredada y digestible para los nuestros, frente a una religión rígida, ajena y sospechosa para los otros.

Esta sospecha, alimentada por el símbolo del jamón, cristaliza en la asociación entre la prohibición porcina y la propensión criminal, un vínculo que carece de todo fundamento empírico pero que se sustenta en una construcción mediática persistente. Los datos oficiales desmontan fríamente el prejuicio. Las Estadísticas de Criminalidad del Ministerio del Interior (2022) muestran que los delitos sexuales cometidos por personas de nacionalidad marroquí —el colectivo musulmán más numeroso en España— representan el 3,2% del total, una proporción casi idéntica a su peso demográfico, que es del 2,7% de la población residente. Sin embargo, la percepción distorsionada persiste gracias a un tratamiento informativo desigual. Como documentan estudios de framing mediático, como el realizado por la Universidad de Málaga (2020) sobre la prensa española, cuando el presunto agresor es musulmán, los medios mencionan su origen o religión en más del 70% de las coberturas, frente a un porcentaje muy inferior en otros casos. La criminalidad no aumenta con la ausencia de jamón en la dieta, pero la alarma social y el estigma sí.

Dicho en corto: comer o no comer jamón no dice nada sobre la propensión a delinquir; lo que sí revela es quién es convertido en sospechoso automático en el imaginario colectivo.

La contradicción inherente a este discurso alcanza su punto más cínico y selectivo cuando observamos la reacción —o más bien, la falta de ella— ante la violencia que sufren comunidades cristianas en contextos geopolíticos donde España mantiene alianzas estratégicas. Este criterio de defensa de la civilización cristiana también se muestra selectivo fuera de nuestras fronteras. Cuando Israel bombardea iglesias en Gaza —daños ampliamente documentados por organismos internacionales en lugares de culto como la Iglesia de San Porfirio o la Iglesia de la Sagrada Familia—, el silencio de quienes esgrimen el jamón como bastión de la civilización cristiana es revelador. Según el Pew Research Center (en estudios anteriores), España es de los países europeos donde menos ciudadanos conocían la existencia de comunidades cristianas en Oriente Medio: solo el 23% de la población sabía que Gaza albergaba una comunidad cristiana histórica antes de la guerra. Mientras, en el frente doméstico, el Canal de Denuncias de Islamofobia (2023) registró 287 incidentes donde se utilizó la expresión comer jamón contra musulmanes españoles, frecuentemente acompañada de acusaciones veladas o explícitas de delincuencia. La defensa de nuestra cultura y nuestras tradiciones parece activarse eléctricamente solo cuando el otro es musulmán y está presente aquí, no cuando quienes comparten la fe cristiana son vulnerables allí. Como analizaba la filósofa Judith Butler, operan marcos de reconocimiento desigual que determinan, de manera política, qué vidas son dignas de ser lloradas públicamente y cuáles permanecen en la invisibilidad del dolor no reconocido.

Este mecanismo se normaliza a través de lo que el antropólogo Michael Billig denominó nacionalismo banal: la reproducción cotidiana y aparentemente inocua de la identidad nacional a través de símbolos y rituales compartidos. En España, el consumo público y colectivo de jamón actúa como uno de estos rituales banales de pertenencia por excelencia. No se trata solo de un alimento, sino de un acto performativo que, en contextos sociales como comidas empresariales o celebraciones, sirve para trazar límites grupales. La antropóloga Mary Douglas ya demostró en sus estudios sobre la pureza y el peligro cómo las prácticas alimentarias hacen sociedad y marcan la diferencia entre el grupo interno y el externo. Cuando en una mesa común alguien señala, explícita o implícitamente, la ausencia del jamón en el plato de un comensal musulmán, está activando ese mecanismo ancestral: usando la comida para recordar quién está dentro del círculo de los nuestros y quién queda fuera. 

Esta dinámica se ve respaldada por expectativas sociales ampliamente internalizadas. El Eurobarómetro especial sobre integración (2022) mostró que el 41% de los españoles considera que adaptarse al estilo de vida del país de acogida es muy importante para la integración, uno de los porcentajes más altos de la Unión Europea. La frontera, por tanto, se internaliza. Se desplaza: ya no está solo en las costas o en los pasos fronterizos, sino que se instala en los intestinos y en las mesas, dictando desde allí un modelo de pertenencia que es, en esencia, digestivo. En esas escenas, el comensal musulmán carga con una hipoteca alimentaria que el resto no tiene: su plato dice más de su legitimidad que su pasaporte.

Esta frontera digestiva choca de frente con una realidad geográfica y demográfica incontestable. Ceuta y Melilla, territorios españoles, tienen poblaciones musulmanas que, según estimaciones de estudios locales y padrones, constituyen una parte muy significativa de su población, que puede oscilar entre el 40% y el 50%. Son ciudadanos españoles plenos cuya presencia desmonta la ficción de una España monocultural y esencialmente cristiana. Más allá de estas fronteras africanas, según estimaciones del principal órgano representativo, el Observatorio Andalusí (2022/2023), cerca de 2,6 millones de musulmanes viven en España, lo que representa aproximadamente el 5,6% de la población. La inmensa mayoría son ciudadanos o residentes legales, y una parte creciente son españoles de nacimiento o convertidos. Sin embargo, la retórica del jamón como prueba los sitúa en un perpetuo estatus de provisionalidad, como si su pertenencia a la comunidad nacional estuviera sujeta a una conversión culinaria que nunca es suficiente. El antropólogo José Antonio González Alcantud ha estudiado cómo en estas ciudades autónomas se produce una convivencia fronteriza donde los marcadores identitarios (como la dieta) se negocian a diario, demostrando que la identidad no es un bloque puro, sino un proceso de intercambio. Que esta realidad de mezcla y coexistencia —tan española como la mezquita de Córdoba o la Alhambra— sea ignorada por un discurso que reduce la identidad a un trozo de carne curada, revela que el objetivo último no es defender una tradición, sino mantener el privilegio de definir quién es auténticamente español y quién, a pesar de su pasaporte, siempre será un invitado bajo sospecha.

En otras palabras, los números describen una España ya plural y mezclada, pero el jamón se usa para mantener viva la ficción de una España homogénea que nunca existió del todo.

En el fondo, como demostraba la antropóloga Mary Douglas en su seminal Pureza y peligro, los sistemas alimentarios reflejan y reproducen estructuras sociales profundas, clasificando el mundo entre lo puro y lo contaminante, lo aceptable y lo rechazable. En la España del siglo XXI, el jamón ha trascendido su condición de alimento para erigirse en una frontera digestiva. 

La paradoja final es antropológicamente elocuente: mientras los cristianos no practicantes disfrutan del jamón como una herencia cultural inalienable —un derecho adquirido por el mero hecho del nacimiento—, los musulmanes no practicantes, o incluso secularizados, siguen cargando con la hipoteca alimentaria de una religión que muchos no practican, pero que una parte de la sociedad les impone como esencia inmutable. Los datos pintan así un país atrapado entre dos ficciones potentes: la de una identidad cristiana tan líquida y adaptable que solo se solidifica frente al espejo del islam, y la de una amenaza musulmana tan esencializada que resiste tenazmente a cualquier evidencia estadística en contrario. En el centro de este conflicto simbólico, el jamón —simple carne de cerdo curada por el tiempo y el salazón— se ha convertido en un arma identitaria. Como escribía el antropólogo Sidney Mintz, comemos la identidad tanto como el alimento. En España, algunos mastican esa identidad con tanta fuerza y convicción que olvidan lo fundamental: que al otro lado de la frontera digestiva que han construido no hay amenazas, sino personas; no estereotipos, sino vecinos. Y que la verdadera cohesión de una sociedad plural nunca se logrará a través de la imposición digestiva, de esa frontera digestiva que separa normales y sospechosos, sino a través del reconocimiento mutuo de humanidades compartidas que trascienden, precisamente, lo que cada uno elige —o no— poner en su plato.

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