Cagados de miedo

1 de febrero de 2026 12:23 h

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España, con su historia de mestizaje, conquistas y dictaduras, podría parecer inmune al viejo racismo biológico de manual, con sus jerarquías de sangre y cráneos medidos al milímetro. Pero esa apariencia es engañosa. En España, el racismo rara vez se nombra como tal; se disfraza de ironía, de nostalgia o de preocupación patriótica. Esa invisibilización lo vuelve más resistente. El resurgir de un racismo culturalista —disfrazado de defensa de la hispanidad, la tradición cristiana o la esencia nacional (sea lo que sea eso en cada rincón de esta península)— revela los mismos miedos que recorren Occidente: miedo a la irrelevancia, a la pérdida de estatus y al futuro incierto. España no es una excepción; es el laboratorio perfecto para observar cómo el miedo se transforma en discurso político racializado.

Uno de los miedos más recurrentes es el miedo demográfico: el fantasma del reemplazo en un país que envejece. La realidad es que España tiene una de las tasas de natalidad más bajas de la UE (1,19 hijos por mujer en 2022, según el INE) y una población que envejece rápidamente. Sin inmigración, la población activa colapsaría. Diversos estudios calculan que España necesita centenares de miles de inmigrantes anuales durante décadas para sostener el sistema de pensiones.

A pesar de esto, Vox y sectores de la derecha difunden un relato local de la gran sustitución. En 2022, Iván Espinosa de los Monteros afirmó en el Congreso que existía un plan deliberado para sustituir a la población española. Frente a esa fantasía, los datos son tozudos: los extranjeros representan en torno al 11% de la población, lejos del 2030% que sugiere la retórica alarmista.

El caso de los menores extutelados es especialmente cruel. Los MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados) representan menos del 0,1% de la población, pero se han convertido en símbolo de una supuesta invasión. Un estudio de la Universidad de Granada mostraba que la cobertura mediática sobre MENAS se disparó en la prensa afín a la derecha radical entre 2018 y 2020, casi siempre asociando su presencia a delincuencia. Es el mecanismo clásico del pánico moral: agrandar hasta el monstruo social aquello que estadísticamente es marginal.

El miedo económico español es el miedo a compartir o a perder privilegios. Es el ejercicio de buscar culpables en tiempos de crisis. Esta dinámica se ejemplifica en la paradoja del sector agrícola: España depende de la mano de obra migrante (el 90% de los temporeros en Huelva o Lleida son extranjeros, según CC OO), y sin embargo, en estas mismas provincias, Vox obtuvo sus mejores resultados en 2023. La narrativa de nos quitan el trabajo se reproduce incluso donde la economía local depende de esa mano de obra y los datos no muestran un descenso paralelo del paro entre españoles. El miedo real no es tanto a perder el empleo concreto como a perder el lugar simbólico de quien se siente nativo y superior, aunque su bienestar dependa del trabajo del migrante.

Otro frente de conflicto es la vivienda. En ciudades como Almería o El Ejido, donde la población extranjera supera el 30%, la ultraderecha ha vinculado la presión inmigratoria con la falta de vivienda pública. Sin embargo, un informe de Cáritas Española (2022) señala que el problema es la especulación inmobiliaria y la falta de inversión pública, no la demografía. El miedo se canaliza hacia el vecino migrante, no hacia los fondos buitre.

El miedo cambia de rostro pero no de mecanismo: del bolsillo pasa al alma colectiva, ese lugar donde la ultraderecha cultiva el mito de pureza.

Sin embargo, donde este miedo se manifiesta con mayor virulencia simbólica es en el terreno identitario. En el discurso de la reconquista cultural —convertida por Vox en lema emocional—, el mito de Covadonga funciona como narrativa de pureza nacional amenazada, a pesar de estar ampliamente desmontado desde una perspectiva histórica. En 2022, Santiago Abascal afirmó: defendemos España frente a quienes quieren romperla. Este discurso se dirige especialmente contra el independentismo catalán (presentado como anti-español), el islam (la mezquita de Córdoba como símbolo de pérdida) o la llamada leyenda negra (acusando a la izquierda de odiar España).

Y, para aliñar la ensalada, no puede faltar la instrumentalización del terrorismo. Tras la desaparición de ETA, el terrorismo yihadista ha sido la principal amenaza en términos de víctimas mortales en atentados de gran impacto (como los de Cataluña en 2017). Sin embargo, la retórica de Vox sobre seguridad se centra de forma casi exclusiva en inmigrantes musulmanes, generalizando y alimentando un miedo que ignora otras violencias y estigmatiza a una comunidad entera. Por aclarar términos: el islam es al yihadismo lo que el cristianismo es a cualquier grupo terrorista que haya usado símbolos cristianos para fines políticos (como el Ku Klux Klan, el Ejército de Resistencia del Señor en Uganda, o ciertas justificaciones de la violencia en el conflicto norirlandés). La diferencia de grado está en cuán central es la justificación religiosa en la ideología del grupo terrorista. Por eso confundir islam con yihadismo es un error categorial: no describe la realidad, la reescribe para justificar políticas de excepción.

En la España vaciada el miedo adopta otro rostro. Las provincias más despobladas y envejecidas, con menor diversidad étnica, son a menudo bastiones del discurso sobre la invasión. El extraño no está en la puerta de al lado, está en el futuro: miedo a desaparecer como comunidad y, al mismo tiempo, miedo a que otros ocupen ese vacío.

En asentamientos como la Cañada Real o el extinto poblado de El Gallinero, en Madrid, la marginalidad extrema de comunidades rumanas de etnia gitana se usa como prueba del fracaso de la multiculturalidad. La solución que se ofrece casi nunca es integrar, sino desalojar, repatriar, vallar. Informes como los de Save the Children sobre El Gallinero mostraban tasas altísimas de niños sin escolarizar, pero la respuesta fue la criminalización, no la inversión social.

En algunos lugares se ha intentado desactivar el miedo desde políticas concretas. En ciudades con alta población migrante, programas con mediación intercultural, vivienda pública con criterios mixtos y espacios de encuentro han contribuido a reducir tensiones vecinales.

En paralelo, una parte del periodismo ha empezado a asumir su responsabilidad: secciones específicas dedicadas a desmontar bulos racistas —sobre sanidad, pensiones, delincuencia— horadan, aunque lentamente, el suelo donde crece el miedo. Contra el mito de que los inmigrantes colapsan la sanidad, por ejemplo, los datos del Ministerio de Sanidad muestran que, en promedio, usan menos servicios que los españoles.

Y, desde luego —y es probable que por eso sea atacada cíclicamente—, debemos usar la memoria histórica como antídoto. Organizaciones como Red Acoge recuerdan que España fue país de emigrantes hasta hace 50 años (2 millones de españoles emigraron entre 1950 y 1970). El miedo al otro es, en parte, miedo a reconocer nuestra propia historia de movilidad.

España no es ajena a la ola global de racismo reactivo, pero tiene una memoria que podría ser antídoto: la de un país que fue durante siglos exportador de mano de obra y escenario de expulsiones masivas. Emigrantes a Europa y América, judíos, moriscos, exiliados republicanos: la figura del otro forma parte de nuestra propia biografía colectiva. 

El racismo español no es, en su forma dominante, biológico; es culturalista e identitario. Se alimenta de miedos concretos: miedo a perder la jubilación, miedo a que cierre la escuela del pueblo, miedo a que desaparezca la lengua. La ultraderecha convierte esos miedos —a menudo legítimos en su origen— en rabia contra el inmigrante.

La respuesta no puede ser negar el miedo, sino redirigirlo: donde dicen inmigración descontrolada, señalar la ausencia de políticas de integración; donde dicen nos invaden, recordar quién sostiene las pensiones; donde invocan una esencia nacional que se derrumba, recordar que España nunca fue pura, sino mezcla incesante.

Ser racista en España es tener miedo de que el país que imaginamos —homogéneo, estable, tradicional— nunca existió. La valentía consiste en aceptar que la fuerza estuvo siempre en la mezcla, no en la pureza; en recordar que la identidad española se construyó cruzando fronteras, no levantándolas.

Antonio Machado escribió que en España, de cuantos residuos históricos nos duelen, el más doloroso y grueso es este rencor a la idea, esta aversión a toda cultura que nos impulse a mirar lejos. Mirar lejos, en la España del siglo XXI, es precisamente lo contrario de este miedo: es mirar alrededor y ver no amenazas, sino vecinos; no invasiones, sino continuidades de una mezcla que nos precede y que nos obliga a elegir entre seguir asustados o asumir, por fin, quiénes somos.

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