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    <title><![CDATA[elDiario.es - Selena Pizarro]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/selena-pizarro/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Selena Pizarro]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Modistas, sastres y costureras: el trabajo migrante sostiene el oficio en los barrios madrileños]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/modistas-sastres-costureras-trabajo-migrante-sostiene-oficio-barrios-madrilenos_1_13222001.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4c6bd990-13c0-4eea-9ca5-46606da2c169_16-9-discover-aspect-ratio_default_1143014.jpg" width="4202" height="2364" alt="Modistas, sastres y costureras: el trabajo migrante sostiene el oficio en los barrios madrileños"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En pequeños talleres y arreglos de barrio, la costura resiste gracias a las personas migrantes, entre el autoempleo, la precariedad y la falta de relevo. El sector textil ha perdido más de 100.000 empleos en dos décadas y encadena mínimos históricos, según los datos del Ministerio de Inclusión</p><p class="subtitle">Un país con menos bares, menos médicos y más impuestos: cómo sería España con un 30% menos de inmigración</p></div><p class="article-text">
        En una habitaci&oacute;n de Vallecas, una m&aacute;quina de coser suena mientras hierve el t&eacute;. Sobre la mesa, unos pantalones esperan a que alguien ajuste el bajo. Adel Fahmeh observa la tela con atenci&oacute;n y niega con la cabeza. Desde el sal&oacute;n, su mujer Rowaida se r&iacute;e y le da la raz&oacute;n: no entienden por qu&eacute; en Espa&ntilde;a la gente deja que los pantalones arrastren por el suelo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Siempre hay que arreglar la ropa cuando se puede&rdquo;, dice. A sus 72 a&ntilde;os, este sastre de Jaramana (Siria) lleva m&aacute;s de seis d&eacute;cadas cosiendo. Unas calles m&aacute;s abajo, Ang&eacute;lica Marlene Silvais, modista de 53 a&ntilde;os nacida en El Torno (Santa Cruz, Bolivia), ense&ntilde;a costura y patronaje a un grupo de vecinas del barrio. Es un proyecto autogestionado que ha puesto una m&aacute;quina de coser en medio de un local compartido, donde varias personas aprenden a dar sus primeras puntadas.
    </p><p class="article-text">
        A pocos kil&oacute;metros, en Lavapi&eacute;s, Mariya Kulikovska apenas levanta la vista de la pila de ropa que se acumula sobre la mesa. Ajusta la goma de la cintura de una falda mientras atiende a una clienta que entra y sale con prisa. La modista de Ternopil (Ucrania), de 62 a&ntilde;os, se despierta cada ma&ntilde;ana a las seis para abrir su taller en el n&uacute;mero 2 de la Calle Miguel Servet. &ldquo;Cada vez es m&aacute;s dif&iacute;cil vivir de la costura en Madrid&rdquo;, resume. Entre estas complicaciones, se vislumbra una realidad estructural: muchas de las personas que hoy sostienen el oficio en los barrios <a href="https://www.eldiario.es/economia/afiliacion-extranjeros-seguridad-social-marca-nuevo-record-3-1-millones-cotizantes_1_13144061.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">son migrantes</a>.
    </p><p class="article-text">
        Al cierre de abril de 2026, el n&uacute;mero de afiliados extranjeros en Espa&ntilde;a alcanz&oacute; un nuevo m&aacute;ximo hist&oacute;rico de 3.248.247 empleados, seg&uacute;n el Ministerio de Inclusi&oacute;n y Seguridad Social. La industria manufacturera, donde se engloba la industria textil, de confecci&oacute;n y del cuero, marc&oacute; un hito en 2025 con un repunte destacado del 9,2%, coloc&aacute;ndose entonces como uno de los nuevos motores de la ocupaci&oacute;n para la poblaci&oacute;n inmigrante. Este a&ntilde;o, el crecimiento interanual general de la afiliaci&oacute;n extranjera se ha estabilizado en torno al 7,9% a nivel nacional, seg&uacute;n los datos del mes de marzo. Mientras la mano de obra for&aacute;nea sigue aumentando en sectores m&aacute;s cualificados, especialmente en Telecomunicaciones y Programaci&oacute;n, el grueso sigue concentr&aacute;ndose en los pilares tradicionales de la construcci&oacute;n y la hosteler&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Pese al incremento de la ocupaci&oacute;n extranjera, la afiliaci&oacute;n de la industria textil, de la confecci&oacute;n y del cuero y el calzado ha ca&iacute;do en las &uacute;ltimas d&eacute;cadas. Actualmente, suman 124.314 personas afiliadas, nacionales y extranjeras, seg&uacute;n los &uacute;ltimos datos de Seguridad Social. En 2005, superaban las 230.000. La tendencia es un descenso anual, en los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os el sector ha perdido cerca de 5.000 empleos. Sin embargo, en medio de esa ca&iacute;da general, el trabajo aut&oacute;nomo es la &uacute;nica f&oacute;rmula que crece. Actualmente, 23.338 personas trabajan por cuenta propia en el sector, casi una quinta parte del total. Una transformaci&oacute;n que apunta a un cambio de modelo: menos empleo estable y m&aacute;s peque&ntilde;os talleres sostenidos por una sola persona, como el de Mariya.
    </p><p class="article-text">
        El cambio tambi&eacute;n tiene un marcado componente de g&eacute;nero. La confecci&oacute;n sigue siendo un &aacute;mbito claramente feminizado: m&aacute;s del doble de quienes trabajan en este segmento son mujeres &ndash;29.671 frente a 12.776 hombres&ndash;. Las cifras dibujan as&iacute; una transformaci&oacute;n silenciosa. El sector no desaparece, pero cambia de forma: pierde empleo en empresas y f&aacute;bricas y se reorganiza en torno a encargos puntuales, negocios de proximidad y el aumento del autoempleo como &uacute;nica salida.
    </p><h2 class="article-text">Aprender el oficio de la costura</h2><p class="article-text">
        A los nueve a&ntilde;os, Adel cambi&oacute; la carnicer&iacute;a en la que trabajaba por el hilo y la aguja. Jan Belanji, un sastre armenio del barrio que se hab&iacute;a refugiado en Siria huyendo del genocidio, le ense&ntilde;&oacute; el oficio y le regal&oacute; su primera m&aacute;quina de coser. Con el tiempo abri&oacute; su propio taller en Jaramana: Al-Anik (&ldquo;el elegante&rdquo;). &ldquo;La sastrer&iacute;a era entonces un oficio respetado&rdquo;, recuerda. Hoy cose en una habitaci&oacute;n de su casa.
    </p><p class="article-text">
        Mariya aprendi&oacute; en el colegio y en casa, con revistas de patrones que su madre le compraba cada mes. A los 12 a&ntilde;os ya cos&iacute;a sola. M&aacute;s tarde trabaj&oacute; en una f&aacute;brica textil cortando ropa interior. Lleg&oacute; a coser por las noches mientras sus hijas dorm&iacute;an. Ang&eacute;lica empez&oacute; de forma parecida. Ten&iacute;a 10 a&ntilde;os cuando le dijo a su madre que quer&iacute;a dedicarse a la costura. Sin telas en casa, aprendi&oacute; descosiendo los vestidos m&aacute;s viejos que encontraba. Con el tiempo estudi&oacute; en una academia y trabaj&oacute; durante 16 a&ntilde;os en una f&aacute;brica de ropa vaquera. Entraba a las seis de la ma&ntilde;ana y sal&iacute;a a las seis de la tarde. &ldquo;Era un trabajo dur&iacute;simo, pero saqu&eacute; adelante a mi familia&rdquo;, cuenta. Era una de las tres mujeres en un taller con m&aacute;s de 60 trabajadores.
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                Mariya Kulikovska, ucraniana, en su taller de costura en Madrid                            </span>
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        Los tres aprendieron el oficio en sus pa&iacute;ses de origen y los tres migraron a Espa&ntilde;a con la intenci&oacute;n de seguir cosiendo. Adel lleg&oacute; a Madrid como refugiado en 2017. Sin hablar espa&ntilde;ol, recorri&oacute; las tiendas de la capital con un curr&iacute;culum que le escribieron sus hijos hasta que encontr&oacute; trabajo en una tienda <em>vintage </em>del centro. Tras la pandemia, el local cerr&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        En Vallecas, Adel se ha convertido en &ldquo;el sastre del barrio&rdquo;. Sus vecinos acuden a &eacute;l para arreglos peque&ntilde;os, ajustes o remiendos que realiza desde su habitaci&oacute;n, con una m&aacute;quina de coser rescatada de un viejo almac&eacute;n de una iglesia. &ldquo;No es rentable. La gente prefiere comprar ropa nueva. Es m&aacute;s barata. Si se muere esta profesi&oacute;n en Espa&ntilde;a es porque los sastres no pueden competir con las grandes empresas&rdquo;, cuenta.
    </p><p class="article-text">
        Ang&eacute;lica intent&oacute; vivir de la costura a jornada completa, pero no lo logr&oacute;. Migr&oacute; a Espa&ntilde;a en plena crisis de 2007. &ldquo;Hab&iacute;a muchos talleres en s&oacute;tanos. Las condiciones eran muy duras, al principio estaba peor que en mi pa&iacute;s&rdquo;. Durante a&ntilde;os cosi&oacute; para grandes cadenas en jornadas de hasta 17 horas. Le pagaban por prenda: &ldquo;20 c&eacute;ntimos por pieza&rdquo;. Sin contrato y sin papeles, lleg&oacute; a cobrar menos de 500 euros al mes. Lo dej&oacute; cuando una compa&ntilde;era sufri&oacute; un accidente laboral y fue despedida sin indemnizaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Situaciones como la que describe no son casos aislados. En abril de 2026, la Polic&iacute;a Nacional desmantel&oacute; un taller textil clandestino en Camp de T&uacute;ria (Valencia) donde trabajaban 25 personas sin contrato ni alta en la Seguridad Social, la mayor&iacute;a migrantes en situaci&oacute;n administrativa irregular. Cumpl&iacute;an jornadas de m&aacute;s de 60 horas semanales por salarios en torno a los 1.000 euros mensuales, en un sistema que operaba para empresas del sector bajo apariencia de legalidad.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando cruzas el charco no hay vuelta atr&aacute;s, aunque te duela&rdquo;, dice. Desde entonces Ang&eacute;lica trabaja en el empleo del hogar y los cuidados. La costura qued&oacute; en un segundo plano, pero nunca la abandon&oacute; del todo. Hace arreglos para vecinas y amigas. Y ahora tambi&eacute;n ense&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Mariya ha conseguido vivir de la costura. Migr&oacute; a Espa&ntilde;a en el a&ntilde;o 2000 por motivos econ&oacute;micos. Como muchas mujeres, empez&oacute; en el trabajo del hogar y a&ntilde;os despu&eacute;s regres&oacute; a su oficio.Lleva dos d&eacute;cadas levantando la persiana del mismo taller. Cuando los antiguos due&ntilde;os se jubilaron, ella tom&oacute; el relevo. Desde entonces, trabaja sola y apenas le alcanza para ahorrar. &ldquo;Antes comprabas una cremallera por menos de dos euros. Ahora cuesta casi cuatro&rdquo;. Como ella, m&aacute;s de 500.000 personas extranjeras son trabajadoras aut&oacute;nomas en Espa&ntilde;a, seg&uacute;n el Ministerio de Trabajo y Econom&iacute;a Social. En la costura, esto se traduce en talleres de una sola persona, ingresos inestables y escasa capacidad para contratar.
    </p><p class="article-text">
        En este escenario, el proceso de <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/claves-regularizacion-extraordinaria-empieza-pedirla-son-requisitos-definitivos_1_13140371.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">regularizaci&oacute;n extraordinaria</a> permitir&aacute; a miles de personas migrantes acceder al empleo formal, tambi&eacute;n como aut&oacute;nomas. Seg&uacute;n estimaciones de la Uni&oacute;n de Profesionales y Trabajadores Aut&oacute;nomos (UPTA), alrededor del 14% de las personas regularizadas optar&iacute;a por emprender, lo que podr&iacute;a traducirse en unas 70.000 nuevas altas en el r&eacute;gimen de aut&oacute;nomos. En sectores como la costura &ndash;donde predominan los peque&ntilde;os talleres y el trabajo individual&ndash; esta v&iacute;a puede resultar clave.
    </p><h2 class="article-text">Un futuro incierto desde los barrios</h2><p class="article-text">
        El diagn&oacute;stico es compartido: el oficio est&aacute; cambiando. &ldquo;Antes se hac&iacute;an trajes. Ahora se arreglan&rdquo;, afirma Adel. &ldquo;La ropa es de peor calidad. Y la gente prefiere comprar otra antes que arreglarla&rdquo;, a&ntilde;ade Mariya. La transformaci&oacute;n responde a un cambio m&aacute;s profundo. El auge de la moda r&aacute;pida ha abaratado los precios y reducido la calidad de las prendas. El resultado es una paradoja: nunca ha habido tanta ropa, pero cada vez hay menos profesionales que la repare.
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                Adel Fahmeh, sirio de origen armenio que emigró a España y trabaja como autónomo haciendo arreglos en Madrid.                            </span>
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        Mariya lo ve en su d&iacute;a a d&iacute;a. Ha conseguido mantener una clientela fiel, incluso de antiguos vecinos que ya no viven en el barrio expulsados por la gentrificaci&oacute;n. El boca a boca sigue funcionando, ahora tambi&eacute;n a trav&eacute;s de internet. Seg&uacute;n el Consejo Intertextil, el 85 % de las empresas textiles tienen menos de 10 trabajadores y casi la mitad (46,8 %) no tienen ninguno. Son negocios de una sola persona, como el suyo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando me jubile, el taller cerrar&aacute;. Nadie quiere ser costurera&rdquo;, afirma. &ldquo;Es un trabajo muy duro y la gente no quiere hacerlo. Tambi&eacute;n faltan lugares para aprender&rdquo;, sostiene.
    </p><p class="article-text">
        Ang&eacute;lica, en cambio, ha conseguido sacar tiempo para ense&ntilde;ar costura y patronaje en el Nodo de Producci&oacute;n de Vallekas. Un proyecto de autogesti&oacute;n vecinal vinculado a la Despensa Solidaria e impulsado principalmente por mujeres migrantes y vecinas. &ldquo;Primero aprenden a hacer su propio patr&oacute;n. Hay m&aacute;s inter&eacute;s que antes. Pero no hay relevo real&rdquo;.
    </p><h2 class="article-text">Coser, mientras no falte pan y mantequilla</h2><p class="article-text">
        Adel vuelve a su m&aacute;quina. El t&eacute; se ha enfriado. Hace a&ntilde;os fotografiaba cada prenda que terminaba. Ahora ya no, pero sigue cosiendo. El oficio exige algo que no se ense&ntilde;a r&aacute;pido: &ldquo;Tienes que entender el cuerpo. La forma de los hombros, la barriga&hellip;&rdquo;, explica.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hay que ver los defectos de las personas, pero no decirlos nunca&rdquo;, a&ntilde;ade Mariya entre risas. Despu&eacute;s de toda una vida cosiendo, le quedan tres a&ntilde;os para jubilarse. El cansancio se acumula en la espalda, en la vista y en las manos. &ldquo;Me da pena cerrar el taller. Pero ya no puedo m&aacute;s&rdquo;. Aun as&iacute;, hay algo que permanece: &ldquo;Cuando veo a alguien por la calle con ropa que he arreglado, me hace sentir orgullosa. Mientras no falte pan y mantequilla, seguiremos cosiendo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Cada vez m&aacute;s talleres cierran, falta relevo y las condiciones laborales dificultan que nuevas generaciones se queden. Hoy, la costura aguanta silenciosa, sostenida en gran parte por manos migrantes que trabajan en los m&aacute;rgenes de la econom&iacute;a, entre la precariedad y la falta de reconocimiento. Un oficio que durante d&eacute;cadas visti&oacute; a la ciudad sobrevive ahora en habitaciones, peque&ntilde;os locales y proyectos vecinales. Y que, si desaparece, lo har&aacute; sin hacer ruido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Selena Pizarro]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/modistas-sastres-costureras-trabajo-migrante-sostiene-oficio-barrios-madrilenos_1_13222001.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2026 20:01:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Modistas, sastres y costureras: el trabajo migrante sostiene el oficio en los barrios madrileños]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,Regularización extraordinaria,Industria textil,Migraciones]]></media:keywords>
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