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    <title><![CDATA[elDiario.es - Laura Valentina Castillo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/laura-valentina-castillo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Laura Valentina Castillo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Mi madre migró a España y yo crecí viéndola a través de una pantalla: ahora nos hemos reencontrado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/madre-migro-espana-creci-viendola-traves-pantalla-ahora-hemos-reencontrado_1_13279907.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/131b7a8c-6be9-4af6-831d-0561967241af_16-9-discover-aspect-ratio_default_1144681.jpg" width="1071" height="603" alt="Mi madre migró a España y yo crecí viéndola a través de una pantalla: ahora nos hemos reencontrado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay una parte de la migración que casi nunca se nombra: la de las hijas e hijos que se quedan. Detrás de muchas mujeres migrantes, hay una generación de niños creciendo con miedo, incertidumbre y una sensación constante de espera</p><p class="subtitle">Este joven peruano ya ha empezado a cotizar gracias a la regularización: “Tardé solo tres días en encontrar trabajo”</p></div><p class="article-text">
        Cuando ten&iacute;a 15 a&ntilde;os, mi madre migr&oacute; a este pa&iacute;s buscando una oportunidad para sostener nuestra vida. Durante siete a&ntilde;os no pudimos abrazarnos ni compartir una comida ni acompa&ntilde;arnos en los momentos dif&iacute;ciles ni vivir juntas lo cotidiano. Crec&iacute; vi&eacute;ndola a trav&eacute;s de una pantalla, escuch&aacute;ndola por llamadas o audios, aprendiendo a extra&ntilde;arla mientras intent&aacute;bamos sobrevivir cada una desde lugares distintos.
    </p><p class="article-text">
        Hace apenas seis meses pudimos reencontrarnos nuevamente. Y creo que fue ah&iacute; donde entend&iacute; una realidad de la que casi no se habla. Cuando hablamos de migraci&oacute;n, muchas veces hablamos de fronteras, de papeles, de empleo, de racismo, de pobreza o de violencia institucional. Y est&aacute; bien hacerlo. Pero hoy quiero hablar de una parte de la migraci&oacute;n que casi nunca se nombra: de las hijas e hijos que se quedan. De quienes crecimos viendo a nuestras madres marcharse para intentar sostener la vida desde otro pa&iacute;s. Porque detr&aacute;s de muchas mujeres migrantes hay tambi&eacute;n una generaci&oacute;n de ni&ntilde;as y ni&ntilde;os creciendo con miedo, incertidumbre y una sensaci&oacute;n constante de espera.
    </p><p class="article-text">
        Esperar a que mam&aacute; consiga trabajo, que consiga papeles, que encuentre un alquiler, que pueda enviarnos dinero, que pueda traernos. Y mientras tanto, una aprende a vivir con dudas demasiado grandes para la edad que tiene. 
    </p><p class="article-text">
        Muchas hijas e hijos de mujeres migrantes crecimos con una ansiedad silenciosa que nadie nombraba. Viv&iacute;amos pendientes del tel&eacute;fono. Con miedo a que le pasara algo a nuestra madre. Con miedo a que la deportaran. Con miedo a que enfermara sola. Con miedo a que no pudiera m&aacute;s. Y muchas veces intentando ser &ldquo;perfectos&rdquo; para no darle m&aacute;s preocupaciones.
    </p><p class="article-text">
        Nos dec&iacute;an: &ldquo;Estudia&rdquo;; &ldquo;comp&oacute;rtate&rdquo;; &ldquo;si vienes con estudios, todo ser&aacute; m&aacute;s f&aacute;cil&rdquo;. Y entonces muchas ni&ntilde;as y ni&ntilde;os crecieron sintiendo que ten&iacute;an que &ldquo;merecer&rdquo; el reencuentro. 
    </p><p class="article-text">
        La soci&oacute;loga Arlie Hochschild habla de las &ldquo;cadenas globales de cuidados&rdquo;, explicando c&oacute;mo las mujeres migrantes sostienen econom&iacute;as enteras cuidando a otras personas mientras sus propias familias quedan fragmentadas por la distancia. Y creo que ah&iacute; hay una gran verdad inc&oacute;moda: el mundo se sostiene muchas veces sobre el sacrificio emocional de las mujeres migrantes y de sus hijos e hijas. Porque no solamente migran las madres. Tambi&eacute;n migran los afectos, las maternidades y las infancias.
    </p><h2 class="article-text">Educar desde un m&oacute;vil</h2><p class="article-text">
        Hay algo muy duro de las maternidades transnacionales: tener que educar desde un tel&eacute;fono m&oacute;vil. Muchas madres atienden situaciones grav&iacute;simas a miles de kil&oacute;metros: casos de <em>bullying</em>, depresi&oacute;n adolescente, violencia, abandono escolar, problemas de salud mental. Est&aacute;n intentando sostenerlo todo a trav&eacute;s de audios de WhatsApp despu&eacute;s de jornadas agotadoras limpiando casas, cuidando personas mayores o trabajando en empleos profundamente precarizados.
    </p><p class="article-text">
        Y uno se hace las preguntas: &iquest;C&oacute;mo se pone un l&iacute;mite desde otro continente? &iquest;C&oacute;mo se acompa&ntilde;a un duelo adolescente desde una videollamada? &iquest;C&oacute;mo se calma el miedo de una hija o hijo cuando la propia madre tambi&eacute;n est&aacute; sobreviviendo?
    </p><p class="article-text">
        La antrop&oacute;loga Rita Segato dice algo muy importante: el sistema necesita romper v&iacute;nculos comunitarios y afectivos para sostener determinadas formas de explotaci&oacute;n. Yo creo que las pol&iacute;ticas migratorias hacen exactamente eso: fragmentan familias, rompen tiempos afectivos, y convierten el derecho a vivir juntas en un privilegio burocr&aacute;tico.
    </p><p class="article-text">
        A veces se habla de la migraci&oacute;n como una oportunidad. Y claro que muchas madres migran para abrir oportunidades. Pero hay una parte del relato que suele ocultarse:<strong> </strong>el coste emocional.
    </p><h2 class="article-text">La culpa</h2><p class="article-text">
        Porque muchas hijas e hijos crecimos sintiendo culpa por extra&ntilde;ar. Culpa por necesitar. Culpa por llorar. Culpa por reclamar presencia. Y entonces aprendimos a callarnos.
    </p><p class="article-text">
        La soci&oacute;loga Saskia Sassen explica c&oacute;mo las migraciones actuales est&aacute;n profundamente vinculadas a desigualdades econ&oacute;micas globales y a sistemas que expulsan vidas del Sur global para sostener econom&iacute;as del Norte.
    </p><p class="article-text">
        Pero detr&aacute;s de esos macroan&aacute;lisis existen historias concretas. Ni&ntilde;as que se dorm&iacute;an abrazadas a una camiseta de su madre. Adolescentes que crecieron viendo cumplea&ntilde;os por videollamada. J&oacute;venes que aprendieron a hacerse adultos demasiado pronto.
    </p><p class="article-text">
        Luego llega el reencuentro... y casi nadie habla tampoco de eso. Porque reencontrarse no siempre significa recuperar el tiempo perdido. A veces significa convivir con una madre a la que amas profundamente, pero a quien apenas conoces despu&eacute;s de a&ntilde;os separadas. A veces tambi&eacute;n significa migrar siendo adolescente, cambiar de idioma, de escuela, de cultura y de identidad de golpe.
    </p><p class="article-text">
        Muchas hijas e hijos migrantes vivimos entre dos duelos. El duelo por el pa&iacute;s que dejamos y el duelo por la infancia que no pudimos vivir junto a nuestras madres. Por eso creo que necesitamos empezar a hablar m&aacute;s de las infancias transnacionales. Necesitamos escuchar sus voces. Necesitamos pol&iacute;ticas p&uacute;blicas que entiendan que la reunificaci&oacute;n familiar no es un tr&aacute;mite administrativo: es salud mental, es protecci&oacute;n emocional, es derecho al cuidado, es infancia digna.
    </p><p class="article-text">
        Y tambi&eacute;n necesitamos una mirada feminista que deje de romantizar el sacrificio infinito de las mujeres migrantes, porque ninguna madre deber&iacute;a tener que elegir entre alimentar a sus hijos o abrazarlos.
    </p><p class="article-text">
        La migraci&oacute;n no solamente mueve cuerpos; tambi&eacute;n reorganiza afectos, miedos y formas de crecer. Deja atr&aacute;s a miles de hijas e hijos que crecieron esperando tantos a&ntilde;os, que aprendieron a hacerse fuertes antes de tiempo.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Nota: Laura Valentina Castillo escribi&oacute; este texto para la el encuentro </em><a href="https://www.eldiario.es/euskadi/comunicar-desplazamientos-forzados-click-bait-odio-migrantes-son-actores-politicos_1_13261293.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>'Desplazamientos forzados y derechos humanos'</em></a><em>, organizado por la ONG Salvamento Mar&iacute;timo Humanitario (SMH) - Aita Mari, en Donostia. </em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Laura Valentina Castillo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/madre-migro-espana-creci-viendola-traves-pantalla-ahora-hemos-reencontrado_1_13279907.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jun 2026 20:30:36 +0000]]></pubDate>
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