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    <title><![CDATA[elDiario.es - Azahara Palomeque]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/azahara-palomeque/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Azahara Palomeque]]></description>
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      <title><![CDATA[El regreso de la violencia visible]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/regreso-violencia-visible_129_13464072.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/e86e1987-690b-4d28-b5c8-4c06ff175368_16-9-discover-aspect-ratio_default_1149616.jpg" width="3800" height="2138" alt="El regreso de la violencia visible"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El aviso llega meses después de la aprobación de una ley que permite este tipo de castigo y afectará previsiblemente a los palestinos, como han denunciado varias organizaciones, pero lo espeluznante no es solo la nueva legislación sino el régimen de visibilidad que transmite</p></div><p class="article-text">
        Un d&iacute;a del siglo XVI, la Plaza Mayor de Valladolid se hab&iacute;a transformado &ldquo;en un enorme circo de madera, con m&aacute;s de dos mil asientos en las gradas&rdquo;; la ciudad entera, en un polvor&iacute;n de gent&iacute;o alborotado, entre aut&oacute;ctonos, forasteros llegados de toda Castilla y extranjeros; todos ellos &ldquo;incapaces de reprimir su j&uacute;bilo ante el gran festejo que se avecinaba&rdquo;. As&iacute; describe Miguel Delibes el ambiente celebratorio en torno al auto de fe que tiene lugar en la novela <em>El hereje</em>; con presencia de las autoridades y hasta del rey Felipe II, el municipio se hab&iacute;a colocado sus mejores galas para ver a los condenados por la Inquisici&oacute;n, primero en el escenario donde se le&iacute;an sus sentencias de muerte, y luego en procesi&oacute;n hacia el quemadero, donde podr&iacute;an tambi&eacute;n contemplar c&oacute;mo ard&iacute;an. El sadismo de la poblaci&oacute;n el lector lo infiere con ojos de hoy, pero la prosa del maestro es comedida, ajustada a un sentir ext&aacute;tico de &eacute;poca que juzgaba la crueldad m&aacute;s extrema como una fiesta. El mundo que quiz&aacute; regrese &ndash;me digo&ndash;, o que ya est&aacute; aqu&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        He recurrido a las p&aacute;ginas de <em>El hereje</em> buscando respuestas al regocijo p&uacute;blico que provoca el dolor ajeno, la humillaci&oacute;n y, finalmente, el fin de unas vidas inocentes; y lo he hecho convencida de que la Espa&ntilde;a de 1559 tal vez aporte pistas para una interpretaci&oacute;n del clima moral contempor&aacute;neo. Hace unos d&iacute;as, el ministro israel&iacute; Ben Gvir se grab&oacute; en v&iacute;deo anunciando la construcci&oacute;n de un pat&iacute;bulo o, como &eacute;l mismo lo llam&oacute;, &ldquo;instalaci&oacute;n de ahorcamiento&rdquo; para condenados a la pena capital, en teor&iacute;a, por &ldquo;terrorismo&rdquo;. El aviso llega meses despu&eacute;s de la aprobaci&oacute;n de <a href="https://www.eldiario.es/internacional/israel-aprueba-ley-aplicar-pena-muerte-palestinos_1_13108791.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una ley</a> que permite este tipo de castigo y afectar&aacute; previsiblemente a los palestinos, como han denunciado varias organizaciones, pero lo espeluznante no es solo la nueva legislaci&oacute;n sino el r&eacute;gimen de visibilidad que transmite. 
    </p><p class="article-text">
        El cadalso, cuyas obras se intuyen en las im&aacute;genes, contar&aacute; con &ldquo;cabinas de observaci&oacute;n&rdquo;, y se expedir&aacute;n &ldquo;permisos de visitantes&rdquo;. A falta de m&aacute;s detalles, una puede presentir el car&aacute;cter ejemplarizante que se pretende imprimir a las ejecuciones, muy en la l&iacute;nea con otros actos de violencia al alcance de la mirada de todos: los repartos de comida en Gaza, o el <a href="https://www.instagram.com/reels/DGhfpgHsOg6/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">video futurista</a> en que la zona aparece convertida en resort de lujo, difundido por Trump, apuntan a un tratamiento del sufrimiento m&aacute;s cercano a los gloriosos d&iacute;as del Santo Oficio que al paradigma de los Derechos Humanos, tan pr&oacute;ximo en el tiempo y lejano en su aplicaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Si uno de los rasgos de la modernidad europea hab&iacute;a consistido, como argumentaba Michel Foucault, en ocultar el castigo y sustituirlo, poco a poco, por mecanismos disciplinarios menos cruentos, el regreso de la violencia a la plaza p&uacute;blica nos habla de una mudanza de valores que ya no encaja con nuestra secuencia hist&oacute;rica. Pensemos en la Alemania nazi, donde la existencia de los campos de concentraci&oacute;n era sabida por la poblaci&oacute;n, pero sin alarde, mientras que los desplazamientos y, especialmente, los asesinatos, se llevaban a cabo con una mec&aacute;nica discreci&oacute;n: bajo los filmes propagand&iacute;sticos donde se mostraba a familias felices desempe&ntilde;ando distintas labores en sus guetos se escond&iacute;a la maquinaria sangrienta del horror, invisible para las masas. 
    </p><p class="article-text">
        En aquel entonces, se intentaron destruir las pruebas gr&aacute;ficas de la matanza; ahora, m&aacute;s bien, circula por el universo digital una avalancha de fotos, <em>reels</em> y otros materiales que, aunque puedan desatar rechazo en algunas personas, contribuyen a un deleite colectivo basado en el ver al Otro retorcerse en su padecimiento: el homicidio en directo de George Floyd, los disparos del ICE, etc. Como si todo lo que nos escandalizaba hace unos a&ntilde;os hubiese dejado de hacerlo; ahora, me atrever&iacute;a a decir, pocos se sorprender&iacute;an con descubrimientos como las im&aacute;genes de los primeros presos de Guant&aacute;namo: encapuchados y vestidos de naranja, lo que supuso una aberraci&oacute;n p&uacute;blica hoy constituir&iacute;a, posiblemente, un motivo para el alborozo de las mayor&iacute;as.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; ha ocurrido para que se haya producido esta degradaci&oacute;n moral, tan acelerada y robusta? De la compasi&oacute;n al goce s&aacute;dico, de la contenci&oacute;n a la obscenidad; la p&eacute;rdida de memoria colectiva tambi&eacute;n ha sido crucial a la hora de fomentar nuevas nociones del enemigo en etiquetas tan difusas como &ldquo;terrorismo&rdquo;, pretendidas &ldquo;invasiones&rdquo; &ndash;aunque se trate de ni&ntilde;os migrantes&ndash;, o incluso el infame grito de &ldquo;Pedro S&aacute;nchez, hijo de puta&rdquo; que suena ocasionalmente en discotecas y verbenas. Vamos perdiendo grados de humanidad cada vez que no se responde a una agresi&oacute;n con la defensa del atacado o se responde a&ntilde;adiendo m&aacute;s le&ntilde;a al fuego, lo cual malogra no solo el ordenamiento jur&iacute;dico y el resto del andamiaje de normas y comportamientos decorosos no escritos, sino tambi&eacute;n la convivencia. La reacci&oacute;n social que ha suscitado la presencia de inmigrantes en la ciudad de Ceuta podr&iacute;a considerarse parte del mismo fen&oacute;meno: el odio ha ido creciendo conforme la crisis humanitaria se agravaba, y ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo en torno a la seguridad de 500 ni&ntilde;as extranjeras, las v&iacute;ctimas m&aacute;s vulnerables, susceptibles de sufrir violencia de g&eacute;nero en sus innumerables manifestaciones. 
    </p><p class="article-text">
        Tal vez exista una relaci&oacute;n entre la poca importancia que va teniendo la vida humana y el hecho de que lo humano cada vez se parezca menos a la naturaleza primigenia que le atribu&iacute;amos. Santiago Alba Rico <a href="https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/besos_129_13462527.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">analiza</a> la desaparici&oacute;n de los besos como s&iacute;ntoma de una sociedad alienada en un narcisismo que act&uacute;a como frontera con el pr&oacute;jimo; y yo a&ntilde;adir&iacute;a que la carencia de afectos y el mal aclamado, la sa&ntilde;a frente al d&eacute;bil, se retroalimentan hasta situarnos en la posici&oacute;n de espectadores del cadalso. Enfebrecidos frente a las llamas, iracundos, experimentando un extra&ntilde;o placer ante la carne calcinada del vecino, aquellos personajes de novela exudan tanta realidad que asusta. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Azahara Palomeque, Azahara Palomeque]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/regreso-violencia-visible_129_13464072.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Aug 2026 20:17:06 +0000]]></pubDate>
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