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    <title><![CDATA[elDiario.es - Ruido Photo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/ruido_photo/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Ruido Photo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[El futuro de la Amazonia también se decide en las elecciones de Brasil]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/futuro-amazonia-decide-elecciones-brasil_1_9657799.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/de8da542-ac79-40ff-bc2d-a4e742accd75_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El futuro de la Amazonia también se decide en las elecciones de Brasil"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Los hombres y mujeres que habitan la Amazonia son la última línea de resistencia frente al avance de la deforestación y la violencia que han empeorado bajo el mandato de Bolsonaro</p><p class="subtitle">La frontera amazónica entre Brasil y Perú, acorralada por la tala y el narcotráfico</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Este reportaje forma parte del proyecto Primary de <a href="https://www.ruidophoto.com/es/" data-mrf-recirculation="links-noticia" target="_blank">RUIDO Photo</a> y <a href="//www.creaf.cat/es" data-mrf-recirculation="links-noticia" target="_blank">CREAF</a>. </li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        La escopeta de Adriano es antigua, por no decir vieja. La lleva al hombro, cartuchos rojos en la mano. No va a ir lejos de las casas, quiz&aacute;s camine un kil&oacute;metro o menos, y en ese trecho puede haber de todo: comida o muerte. Avanza y se&ntilde;ala &aacute;rboles, arbustos. &ldquo;Este es el fruto de la bacaba&rdquo;, dice. &ldquo;All&aacute; cultivamos pl&aacute;tanos. Esta huella de jabal&iacute; es de ayer&rdquo;. Entonces guarda silencio, da media vuelta, se encoge y empieza a caminar como un mimo: ha visto un ciervo cruzarse por el camino, ir entre el verde. Carga el arma, se aleja, busca a la presa. Y la pierde. 
    </p><p class="article-text">
        El ciervo debe saber que Adriano no lo va a perseguir por esas huellas, porque esas huellas van a un &aacute;rea que ninguno de los karipuna quiere recorrer, <a href="https://www.eldiario.es/internacional/frontera-amazonica-brasil-peru-acorralada-tala-narcotrafico_1_9268129.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">una de las tantas invadidas por los madereros.</a>
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estamos cercados por los invasores en nuestro territorio. Nuestro miedo es ser asesinados en nuestra propia aldea&rdquo;, dice, escopeta al hombro.
    </p><p class="article-text">
        Hace mucho tiempo que el arma no solo le sirve para cazar. En la &uacute;ltima ruta de vigilancia que hizo con su hermano Andr&eacute; encontr&oacute; un nuevo camino ilegal, a solo tres kil&oacute;metros de las casas. Eso es muy lejos de los l&iacute;mites de sus tierras, eso es muy cerca de una amenaza.
    </p><p class="article-text">
        Los karipuna &ndash;Adriano, Andr&eacute;, su familia, sus ancestros&ndash; viven en la selva amaz&oacute;nica desde antes de que Brasil fuera Brasil, cuando todo aquello era un territorio inmenso salvaje y no blanco. Brasil, casi un subcontinente por su dimensi&oacute;n (8,5 millones de kil&oacute;metros cuadrados en los que viven 210 millones de personas), declar&oacute; su independencia de Portugal en 1822, y todav&iacute;a se debate entre preservar y explotar la Amazonia. Y ah&iacute;, en medio de todo, los habitantes de esos bosques primarios: Adriano, Andr&eacute;, tantos otros.
    </p><p class="article-text">
        La Amazonia brasile&ntilde;a ocupa<a href="https://brasilemsintese.ibge.gov.br/territorio.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"> m&aacute;s de cuatro millones de kil&oacute;metros cuadrados</a>, y en esa enormidad viven unos 180 pueblos ind&iacute;genas: son unas 440.000 personas que salpican el territorio espeso. La mayor&iacute;a vive en alguna Tierra Ind&iacute;gena (TI), una de esas &aacute;reas delimitadas por ley, de propiedad de todos los brasile&ntilde;os y de uso de los pueblos ind&iacute;genas, y, en teor&iacute;a, protegidas.
    </p><p class="article-text">
        Y aqu&iacute; viene la clave: lo m&aacute;s deforestado en los &uacute;ltimos 20 a&ntilde;os se concentra fuera de las tierras ind&iacute;genas. Las tasas de deforestaci&oacute;n m&aacute;s bajas est&aacute;n en las &aacute;reas demarcadas. Esto se explica porque la forma de vida de los pueblos ind&iacute;genas preserva y cuida el bosque. Ni siquiera tienen la capacidad econ&oacute;mica de deforestar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una tierra ind&iacute;gena amaz&oacute;nica, cualquiera de las cientos que hay, tiene m&aacute;s verde, m&aacute;s bosque, m&aacute;s suelo que todo lo que la rodea. El problema es que son un im&aacute;n de acaparadores de tierras. Entonces, a veces los n&uacute;meros se invierten, y las invasiones &ndash;quema y tala mediante&ndash; llevan a las tierras ind&iacute;genas a procesos de deforestaci&oacute;n veloces y devastadores.
    </p><p class="article-text">
        La verdadera disputa por la selva &ndash;y por las tierras ind&iacute;genas&ndash; est&aacute; impulsada por la transformaci&oacute;n de la regi&oacute;n en un &aacute;rea de econom&iacute;a agr&iacute;cola, tal como antes hab&iacute;a movido los hilos la econom&iacute;a extractivista: la b&uacute;squeda de un desarrollo m&aacute;s all&aacute; de cualquier impacto. 
    </p><h3 class="article-text">La despensa vac&iacute;a</h3><p class="article-text">
        Francisco pertenece a los mura, un pueblo con pasado de guerreros feroces, que ocupan decenas de aldeas en 40 Tierras Ind&iacute;genas repartidas en un &aacute;rea muy extensa en el complejo h&iacute;drico que forman los r&iacute;os Madeira, Amazonas y Purus. Los padres de Francisco, de hecho, llegaron hasta aqu&iacute; desde otras aldeas. Les pareci&oacute; bonito, vieron comida, se instalaron, como hab&iacute;an hecho m&aacute;s o menos siempre. Solo que ese lugar, a la vera del r&iacute;o, ahora es un lugar codiciado por otros.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l es el <em>tuxawa </em>de su aldea, algo as&iacute; como &ldquo;cacique&rdquo;. Alguna vez ese cargo fue de su padre, ahora todos lo reconocen a &eacute;l como l&iacute;der: su hermana, la familia ampliada de su hermana, sus hijos, hijas, sus c&oacute;nyuges y su prole. 
    </p><p class="article-text">
        Hay un solo tel&eacute;fono en la aldea, y es de Francisco. Se lo dieron los organismos de derechos humanos cuando lo evacuaron a Manaos durante seis meses, para evitar que los <em>fazendeiros</em> [due&ntilde;os de enormes granjas de producci&oacute;n agr&iacute;cola-ganadera] que invaden sus tierras cumplieran sus promesas de matarlo. Ahora que volvi&oacute; a la aldea, le sirve para mandar mensajes por WhatsApp a alg&uacute;n pariente de la ciudad y para grabar v&iacute;deos. En uno, sale descalzo: camina hacia el r&iacute;o, una lanza de tres puntas en la mano derecha. Sigiloso, se acerca al agua, arroja la lanza, la busca. Acaba de pescar un pac&uacute; con uno de los m&eacute;todos m&aacute;s tradicionales de la tradici&oacute;n amaz&oacute;nica. Sonr&iacute;e a c&aacute;mara. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hace 20 a&ntilde;os, aqu&iacute; hab&iacute;a de todo: pesc&aacute;bamos con facilidad, hab&iacute;a caza, hab&iacute;a de todo. Era una despensa. Hoy la despensa est&aacute; vac&iacute;a&rdquo;, dice. Pescar hoy, asegura Francisco, es casi un acontecimiento digno de ser grabado. La deforestaci&oacute;n de las tierras que rodean su aldea tiene un impacto directo y mensurable en sus vidas. &ldquo;Nuestra aldea se va empobreciendo, se vuelve muy dif&iacute;cil la subsistencia. La selva est&aacute; cada vez m&aacute;s lejos, porque al salir de aqu&iacute;, uno se encuentra con campo&rdquo;, asegura.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                Sabá, líder de la aldea de Sateré-Mawé y activista medioambiental.                            </span>
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        El gran problema de este grupo de ind&iacute;genas mura es que parte de sus tierras lleva d&eacute;cadas en un proceso de demarcaci&oacute;n que no termina nunca. La Tierra Ind&iacute;gena Guapen&uacute;, en el municipio de Autazes (Amazonas), empez&oacute; con la identificaci&oacute;n en 1985, y ah&iacute; sigue, a merced. Mientras tanto,<strong> </strong>los <em>fazendeiros</em> van entrando en tierra mura, en ese esquema que se repite en toda la Amazonia: derribo, quema, toma de tierras. Solo que aqu&iacute; la destrucci&oacute;n no termina con la desaparici&oacute;n de los &aacute;rboles: aqu&iacute; est&aacute;n metiendo b&uacute;falos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Y los b&uacute;falos no son mansos. Son animales enormes, pesados, que bajan al agua, capaces de cruzar un r&iacute;o a nado y de romper todo lo que se les cruce. Tiran las cercas, destrozan las plantaciones de la familia de Francisco, y, sobre todo, destruyen el <em>igap&oacute;</em>, un bosque t&iacute;pico de la Amazonia que est&aacute; sumergido estacionalmente y que es clave en todo el equilibrio del ecosistema de la zona. Y despu&eacute;s est&aacute; la cuesti&oacute;n de las heces, porque all&iacute; donde viven y pasan, los b&uacute;falos contaminan el agua. Y es el agua que beben Francisco y sus parientes: &ldquo;Si se acaba esta agua, acaba con nosotros tambi&eacute;n&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La casa de Francisco es de madera, est&aacute; en una orilla alta y sobre pilotes. Tiene tres habitaciones, aunque en realidad son apenas unas tablas y cortinas que generan espacios separados. Viven ah&iacute; su esposa, todav&iacute;a algunos de sus hijos, su nuera, el m&aacute;s peque&ntilde;o de sus nietos. La hermana de Francisco, Ana, tiene una caba&ntilde;a casi igual, a 100 metros. Las casas se parecen entre s&iacute;: la diferencia, en todo caso, es cu&aacute;ntos muebles tienen, si hay camas o hamacas para dormir, sillones o banquitos o adornos. El televisor, de tubo, est&aacute; en el sal&oacute;n. Fuera, la antena que recibe la se&ntilde;al satelital. 
    </p><h3 class="article-text">Una isla rodeada de devastaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        La Nasa, seg&uacute;n la informaci&oacute;n recogida por sus sat&eacute;lites, dice que, desde la d&eacute;cada de los 70, <a href="https://earthobservatory.nasa.gov/images/148781/smoky-skies-in-the-western-amazon" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">el derribo de &aacute;rboles en la Amazonia redujo el tama&ntilde;o de la selva en un 17%</a>. Es como si le hubieran sacado un &aacute;rea m&aacute;s grande que todo Chile. Desde el cielo, la tierra karipuna &ndash;la tierra de Adriano y Andr&eacute;, en el estado de Rondonia&ndash; parece una isla. Es una mancha verde rodeada de devastaci&oacute;n marr&oacute;n, con unas l&iacute;neas que delatan los caminos que se usaron y se usan para sacar todo lo verde que hab&iacute;a y llevarlo al mercado. Es una isla que espera ser engullida por el agronegocio y la especulaci&oacute;n de tierras. 
    </p><p class="article-text">
        La aldea donde viven Andr&eacute; y Adriano tiene un nombre que suena a los a&ntilde;os 70: Panorama. Tiene un aire de pel&iacute;cula, con su bruma subiendo lenta desde el r&iacute;o, la canoa amarrada, el muelle enclenque y los perros sueltos. Ah&iacute;, en lo buc&oacute;lico del paisaje primitivo, Buret&eacute; se sienta a la sombra del &aacute;rbol rodeado de casitas, en medio de la comunidad. Tiene estudiado el lugar, es el &uacute;nico donde la se&ntilde;al del wifi satelital que les provee el Gobierno da para una videollamada. En la pantalla aparece su hijo, lejos, en su casa de la ciudad de Porto Velho, con paredes de ladrillos y ventanas de cristal, donde vive desde que dej&oacute; la aldea para estudiar Ingenier&iacute;a.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me prometi&oacute; que si consigue un trabajo va a comprarme una casa en la ciudad&rdquo;, dice Buret&eacute;. Explica que ella quiere mejorar la comunidad, hacer algo. Le gusta estar ac&aacute;, cocinar, charlar con el papagayo multicolor, y re&iacute;rse.
    </p><p class="article-text">
        Cuando termina la llamada, muestra las fotos atesoradas en el tel&eacute;fono. Est&aacute;n su hijo mayor, guapo, puro m&uacute;sculo, con su novia, gr&aacute;cil y rubia, maquillada, futura ingeniera.&nbsp;&ldquo;Si se casan, tendr&iacute;a que traerla a vivir a la aldea&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La aldea est&aacute; lejos &ndash;cuatro horas de lancha o tres de moto, por caminos intransitables seis de cada 12 meses&ndash;, casas de madera, peces y v&iacute;boras. Hay tres clases de mosquitos &ndash;de distintos tama&ntilde;os, algunos casi invisibles&ndash; que se turnan para picar durante todo el d&iacute;a. Buret&eacute; sale, cuando es &eacute;poca, a recolectar casta&ntilde;as junto a su marido. Todo el a&ntilde;o prepara harina de mandioca y la vende en la ciudad: as&iacute; puede sostener las carreras universitarias de sus hijos. A su hija m&aacute;s joven, adolescente, le gustar&iacute;a seguir a sus hermanos en Porto Velho y ser, alg&uacute;n d&iacute;a, polic&iacute;a militar.&nbsp; 
    </p><h3 class="article-text">SOS Karipuna</h3><p class="article-text">
        En 2019,<a href="https://cimi.org.br/2019/06/forca-tarefa-amazonia-realiza-megaoperacao-contra-grilagem-e-roubo-de-madeira-na-terra-indigena-karipuna/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank"> un operativo organizado por ocho instituciones emiti&oacute; 15 &oacute;rdenes de aprehensi&oacute;n</a> y 34 &oacute;rdenes de allanamiento, y se secuestraron bienes por m&aacute;s de nueve millones de euros. Encontraron delitos de todo tipo: malversaci&oacute;n, hurto ilegal de madera, invasi&oacute;n de tierras, deforestaci&oacute;n ilegal, blanqueo de capitales, delitos contra el orden fiscal y constituci&oacute;n y participaci&oacute;n en organizaci&oacute;n criminal. La operaci&oacute;n se llam&oacute; SOS Karipuna: se hizo en las tierras que normalmente defienden solos Andr&eacute;, Adriano y Buret&eacute;, la misma que los madereros volvieron a invadir este a&ntilde;o, y el a&ntilde;o pasado.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para los karipuna, la deforestaci&oacute;n es un paisaje habitual: est&aacute;n acostumbrados a encontrar maquinaria pesada dentro de su tierra, ver pasar camiones que se llevan centenas de troncos cortados ilegales. Es un negocio lucrativo, que conserva y reproduce la antigua l&oacute;gica de ocupar la Amazonia, con la anuencia de los Estados.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                    alt="Los troncos talados de manera ilegal en la Amazonia son transportados en medio de la noche por camiones y barcazas para evitar los controles."
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            <span class="title">
                Los troncos talados de manera ilegal en la Amazonia son transportados en medio de la noche por camiones y barcazas para evitar los controles.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, repite que hay mucha tierra para poco indio, que hay que acabar con lo que llama &ldquo;la industria de multas ambientales&rdquo;, que hay demasiadas &aacute;reas de conservaci&oacute;n, que no se demarcar&aacute; una sola Tierra Ind&iacute;gena mientras &eacute;l sea presidente y que hace falta permitir la miner&iacute;a en esas &aacute;reas. Los incendios descontrolados y el aumento de la devastaci&oacute;n en la Amazonia son las principales marcas de su Gobierno en el &aacute;rea medioambiental. En 2021, la deforestaci&oacute;n fue la m&aacute;s alta de los &uacute;ltimos 10 a&ntilde;os. 
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n en 2021 fueron asesinados 176 ind&iacute;genas, <a href="https://cimi.org.br/2022/08/relatorioviolencia2021/" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">seg&uacute;n datos del Consejo Indigenista Misionario (CIMI).</a> En 2020, hab&iacute;an sido 182. Este a&ntilde;o, posiblemente, supere todos los r&eacute;cords: la posibilidad de que <a href="https://www.eldiario.es/internacional/lula-da-silva-impone-bolsonaro-elecciones-brasil-buscara-presidencia-segunda-vuelta_1_9589235.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Luiz In&aacute;cio Lula da Silva gane </a>las elecciones este domingo<a href="https://www.eldiario.es/internacional/lula-da-silva-impone-bolsonaro-elecciones-brasil-buscara-presidencia-segunda-vuelta_1_9589235.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> </a><a href="https://g1.globo.com/meio-ambiente/noticia/2022/09/16/nos-primeiros-oito-meses-de-2022-amazonia-legal-registra-maior-taxa-de-desmatamento-em-15-anos.ghtml" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">aviv&oacute; la voracidad por conseguir m&aacute;s tierras</a> antes de que se acaben los vientos de cola. 
    </p><h3 class="article-text"><strong>Un pie en la tumba</strong></h3><p class="article-text">
        &ldquo;Uno de los vaqueros del <em>fazendeiro</em> apunt&oacute; con un dedo a mi rostro y me dijo que yo era hombre muerto, que me iba a matar&rdquo;, dice Francisco. A cada lugar que iba, todos le dec&iacute;an lo mismo: <em>tuxawa</em>, ten cuidado, est&aacute;s con un pie en la tumba. Francisco supo pronto que ah&iacute;, en medio de la espesura de la selva mura, donde la mano del Estado es invisible, ya no estaba seguro. Fue a Autazes, la ciudad m&aacute;s cercana, habl&oacute; con algunos organismos que estaban ayud&aacute;ndolo a presentar denuncias contra los invasores, y juntos decidieron que saliera de la aldea. 
    </p><p class="article-text">
        Francisco, nacido y criado en la selva, vivi&oacute; entonces seis meses en unas oficinas que el Consejo Indigenista Misionario tiene en Manaos, casi todo el tiempo solo, porque los empleados del organismo pasaban los meses de aislamiento por la pandemia en sus casas. Ah&iacute; ten&iacute;a su cocina, su cama, algunos libros. Se decidi&oacute; que no trabajara, porque las mafias de la tierra tambi&eacute;n tienen sede en las ciudades. Salir, aunque fuera en medio del cemento, tambi&eacute;n ten&iacute;a su riesgo. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Fue muy feo, solo, sin costumbre de la ciudad, lejos de la familia, de la comunidad. Pensaba en venir y desobedecer, romper las reglas, y llegar aqu&iacute; tambi&eacute;n desamparado, &iquest;qu&eacute; iba a pasar? No fue nada f&aacute;cil&rdquo;, dice. Su esposa y uno de sus hijos pudieron visitarlo. Viajaron ocho horas desde la aldea, se quedaron algunos d&iacute;as, tuvieron miedo juntos.
    </p><p class="article-text">
        Cada diez o 15 d&iacute;as, Francisco iba hasta el supermercado m&aacute;s cercano, compraba arroz, frijoles y pollo con el dinero que le daban mientras estaba acogido, y pasaba las ma&ntilde;anas, las tardes y las noches leyendo libros de derecho, porque no ten&iacute;a ni televisi&oacute;n. Aquello, pens&oacute;, no era vida. &ldquo;Viv&iacute;a como un prisionero&rdquo;, dice.
    </p><p class="article-text">
        Cuando Francisco y su hermana eran j&oacute;venes, las cosas en la aldea eran bien distintas. En la naciente del r&iacute;o que pasa por la puerta de su casa hubo, alguna vez, un peque&ntilde;o para&iacute;so. &ldquo;Ah&iacute; hab&iacute;a una monta&ntilde;a de piedra y arena, de donde descend&iacute;a agua cristalina. Pero los <em>fazendeiros</em> invadieron y no tuvieron conciencia ni respeto. Derribaron la mata y el ganado pisote&oacute; toda la naciente del r&iacute;o y la mat&oacute;. La monta&ntilde;a de arena desapareci&oacute;&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Ahora, Francisco y sus familiares evitan acercarse al &aacute;rea invadida, y si lo hacen, van armados. Tambi&eacute;n se ocupan de la cuesti&oacute;n del agua potable, tan vital. Almacenan y decantan agua del r&iacute;o y con eso se ba&ntilde;an, se lavan, lavan los platos, cocinan. Y cada vez que van a la ciudad, a Autazes, buscan agua de un grifo p&uacute;blico. &ldquo;Tengo una hora de viaje, gasto ocho litros de gasolina para ir, 50 reales (diez euros). Y no todos pueden ir a buscar, muchos est&aacute;n bebiendo el agua del r&iacute;o&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Sin los diez euros que necesitan para el viaje, sin las garrafas, muchos en la aldea beben agua contaminada, que tratan con hipoclorito de sodio (cuando el Gobierno les provee) y que provoca v&oacute;mitos y diarrea, amebas y par&aacute;sitos, hepatitis.
    </p><h3 class="article-text">Campo y bueyes</h3><p class="article-text">
        <a href="https://www.beefmagazine.com/beef/global-beef-update-exporters" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Brasil es el mayor exportador de carne de res del mundo.</a> La Organizaci&oacute;n de las Naciones Unidas para la Alimentaci&oacute;n y la Agricultura (FAO) calcula que un 80% de la p&eacute;rdida de bosques en Brasil se relaciona<a href="https://www.eldiario.es/sociedad/arde-arbol-amazonia-coma-cerdo-macrogranja-espana_1_8665089.html" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> directa o indirectamente con la ganader&iacute;a</a>. Francisco traduce estos n&uacute;meros: &ldquo;Ah&iacute; donde era mata y nosotros caz&aacute;bamos, ya no hay m&aacute;s mata: hay campo y bueyes&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La deforestaci&oacute;n, que hab&iacute;a bajado dr&aacute;sticamente durante los gobiernos de Lula Da Silva, ha vuelto a aumentar de forma descontrolada en la &uacute;ltima d&eacute;cada. La causa, como bien saben los mura, no es tanto el tr&aacute;fico de madera sino la ganader&iacute;a: ese es el primer uso que se da a las tierras deforestadas en Brasil porque es la forma m&aacute;s sencilla de conseguir ilegalmente un t&iacute;tulo de propiedad de la tierra.
    </p><p class="article-text">
        Cuando los <em>fazendeiros</em>, los acaparadores de tierras o los madereros deforestan, la devastaci&oacute;n es casi irreversible. En los &uacute;ltimos 30 a&ntilde;os, de cada diez hect&aacute;reas de bosques primarios deforestados en la Amazonia Legal, seis se convirtieron en pastizales de baja productividad, tres fueron abandonados y solo una hect&aacute;rea se convirti&oacute; en suelo agr&iacute;cola productivo o infraestructura urbana. Y la devastaci&oacute;n suele venir acompa&ntilde;ada de pobreza y violencia. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Alejandra Cukar, Toni Arnau, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/futuro-amazonia-decide-elecciones-brasil_1_9657799.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Oct 2022 20:29:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El futuro de la Amazonia también se decide en las elecciones de Brasil]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Brasil,Elecciones Brasil,Jair Bolsonaro,Lula da Silva,Amazonas,Pueblos indígenas,Elecciones presidenciales,Sudamérica]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[25-F: un año de pandemia en la primera UCI COVID]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/25-f-ano-muerte-vida-uci_130_7245376.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8d4d5109-645c-456b-a61b-ac1de2c1f976_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="25-F: un año de pandemia en la primera UCI COVID"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Se cumple un año del primer ingreso hospitalario de la península por el nuevo coronavirus, que se le asignó un grupo de sanitarios de Barcelona entrenados para responder a una epidemia de ébola. Miembros de este equipo, llamado Ubuntu, abren las puertas de la UCI más veterana y comparten sus experiencias</p><p class="subtitle"></p></div><p class="article-text">
        Hay una habitaci&oacute;n vac&iacute;a en la UCI 1.4 del Hospital Cl&iacute;nic de Barcelona. Un hombre acaba de morir. Es uno de los 233 fallecidos por COVID que se notificar&aacute;n en Espa&ntilde;a el 23 de enero de 2021. El d&iacute;a anterior fueron 273. El d&iacute;a siguiente, 212.&nbsp;En la habitaci&oacute;n, la n&uacute;mero 4, trabajan tres mujeres enfundadas en equipos de protecci&oacute;n individual (EPI). Una de ellas limpia todas las superficies con material desinfectante mientras las otras dos meten las pertenencias del fallecido en bolsas de pl&aacute;stico. Se mueven r&aacute;pido porque saben que no hay tiempo que perder, el cuarto tiene pretendientes. Estamos subidos de lleno en la tercera ola y esta cama de UCI no pasar&aacute; muchas horas vac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El encargado de asignar esta habitaci&oacute;n es Pedro Castro, m&eacute;dico internista y&nbsp;jefe de secci&oacute;n del &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva (AVI), la unidad m&aacute;s especializada en enfermedades infecciosas del Cl&iacute;nic. Recorrer el hospital para evaluar a los candidatos a mudarse a la UCI es parte de su trabajo y hoy toca ir a la sala de Neurocirug&iacute;a. Antes de la pandemia este lugar albergaba pacientes que se recuperaban de un ictus o de una operaci&oacute;n en el cerebro pero hoy, como muchas otras unidades hospitalarias en el mundo, se ha reconvertido en una planta COVID.
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                    alt="Una enfermera se quita el EPI en la UCI junto a una mujer colocada en posición de &#039;prono&#039; por sus dificultades para respirar. "
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                Una enfermera se quita el EPI en la UCI junto a una mujer colocada en posición de &#039;prono&#039; por sus dificultades para respirar.                             </span>
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        Castro conversa sobre el paciente con un grupo de m&eacute;dicos j&oacute;venes que trabajan en esta sala: una neur&oacute;loga, dos residentes de neurolog&iacute;a y un psiquiatra experto en epilepsia. Enumera: var&oacute;n, 67 a&ntilde;os, su radiograf&iacute;a de pulmones empeora por momentos. Cada vez necesita m&aacute;s ox&iacute;geno pero el paciente est&aacute; &ldquo;sentado y comiendo tranquilamente&rdquo;. &ldquo;Es un caso de <em>happy hipoxia</em>&rdquo;, dice Castro. &ldquo;Lo vemos mucho con este coronavirus, gente que se esta ahogando pero no se da cuenta&rdquo;, dice. Finalmente, abre la puerta de la habitaci&oacute;n del paciente y lo saluda por su nombre. Le pregunta c&oacute;mo est&aacute;. &Eacute;l dice que desanimado, que es claustrof&oacute;bico y que le deprime estar aqu&iacute;. Castro, un hombre de hablar pausado, elige con cuidado las palabras intentando que lo que va a decir suene menos aterrador. La neumon&iacute;a ha empeorado y no hay m&aacute;s remedio, hay que ingresar en la UCI. El m&eacute;dico se ofrece para responder cualquier duda que el paciente pueda tener. La habitaci&oacute;n se queda en silencio durante un minuto eterno, hasta que una tenue voz formula una &uacute;nica pregunta: &ldquo;Tendr&eacute; ventana?&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La habitaci&oacute;n n&uacute;mero 4&nbsp;ya tiene nuevo inquilino.
    </p><h3 class="article-text">El primer caso</h3><p class="article-text">
        El 25 de febrero de 2020 una joven italiana residente en Barcelona fue confirmada como el primer caso de coronavirus de la pen&iacute;nsula ib&eacute;rica. Aunque sus s&iacute;ntomas eran leves, fue ingresada en una habitaci&oacute;n de m&aacute;ximo aislamiento en la AVI del Hospital Cl&iacute;nic y su caso fue asignado a un grupo de sanitarios muy especial: el grupo Ubuntu. Este equipo, formado por voluntarios, llevaba prepar&aacute;ndose desde 2015 para reaccionar a una epidemia de &eacute;bola. Esta formaci&oacute;n, que inclu&iacute;a el uso de EPIs y protocolos de aislamiento de alto nivel, se convirti&oacute; en vital cuando la primera ola de COVID sacudi&oacute; los cimientos de los hospitales.
    </p><blockquote class="quote">

    
    <div class="quote-wrapper">
      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Al principio teníamos una fuerza increíble. Me sentía segura de mí misma porque estábamos formados. Sentíamos que nos lo comeríamos con patatas. Y nos llevamos una hostia importante</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name"> Raquel Gonzalez-Urria</span>
                                        <span>—</span> enfermera de intensivos
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        &ldquo;Al principio ten&iacute;amos una fuerza incre&iacute;ble. Me sent&iacute;a segura de m&iacute; misma porque est&aacute;bamos formados&rdquo;. Raquel Gonzalez-Urria es uno de los miembros de Ubuntu y ha vivido la pandemia completa como enfermera de intensivos de esta unidad. &ldquo;Sent&iacute;amos que nos lo comer&iacute;amos con patatas. Y nos llevamos una hostia importante.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        La alta especializaci&oacute;n de este equipo ha hecho que, incluso cuando le epidemia lleg&oacute; a m&iacute;nimos en verano de 2020, nunca hayan dejado de atender pacientes cr&iacute;ticos de COVID. &ldquo;La gente habla de olas y picos. Eso aqu&iacute; dentro no existe. Nosotros nunca hemos terminado ni vuelto a empezar. Ha sido continuo y, poco a poco, como el resto del mundo, hemos ido decayendo. Yo he pasado por la rabia, enfadada con la gente de arriba, luego por la frustraci&oacute;n. A veces por el orgullo porque conseguimos sacar a los pacientes adelante. Ahora estoy triste. Y esta es la peor fase.&rdquo;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La doctora Sara Fern&aacute;ndez, compa&ntilde;era de Raquel en este grupo, no esconde su enfado. &ldquo;Son muchas horas de trabajo, estamos cansados f&iacute;sicamente, an&iacute;micamente tambi&eacute;n. A nivel pol&iacute;tico se sab&iacute;a desde noviembre lo que iba a pasar y a&uacute;n as&iacute; se relajaron las medidas. Yo entiendo que gestionar esto debe ser s&uacute;per complicado pero tengo la sensaci&oacute;n de que a los sanitarios nos est&aacute;n llevando al l&iacute;mite.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        Para Castro, el cansancio de su equipo no es muy diferente al que esta experimentando el resto de la sociedad. Sin embargo, reconoce que la tensi&oacute;n que se ha vivido en la AVI tiene consecuencias. &ldquo;No solo los pacientes sufren el S&iacute;ndrome Post-UCI. Est&aacute; estudiado que los profesionales sanitarios tienden a sufrir m&aacute;s trastornos emocionales, especialmente los que trabajan en Cuidados Intensivos. Es de los lugares que m&aacute;s quema. Hay quien dice que ahora viene una pandemia de salud mental. De pacientes y de sanitarios.&rdquo; 
    </p><h3 class="article-text">El monitor del box 8</h3><p class="article-text">
        Frente al box 8 hay dos mujeres, madre e hija, mirando a trav&eacute;s de una pared de cristal.&nbsp;Al otro lado hay un hombre, padre y marido, a punto de morir. Tras 80 d&iacute;as de UCI los m&eacute;dicos han decidido &ldquo;limitar el esfuerzo terap&eacute;utico&rdquo; al m&aacute;s veterano de los pacientes ingresados en la sala AVI 10.3. En lenguaje profano: creen que mantenerlo artificialmente con vida ha perdido el sentido; el paciente no se va a recuperar. La visita es una despedida, uno de los pocos casos en los que se permite la entrada de familiares a este lugar.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                La médico Sara Fernandez mira a través del cristal de uno de los boxes de la UCI.                            </span>
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        Un m&eacute;dico y una psic&oacute;loga ayudan a las mujeres a ponerse el EPI para que puedan entrar unos minutos a la habitaci&oacute;n. No se permiten los abrazos pero s&iacute; acercarse al paciente, hablar y dar la mano, aunque los guantes de l&aacute;tex no permitan sentir la piel. Las mujeres se visten y entran por turnos. Acarician, hablan, lloran y luego se van. La psic&oacute;loga se queda. Se llama Marta M. S&aacute;nchez y est&aacute; especializada en acompa&ntilde;amiento del final de la vida. Ahora le toca entrar a ella y hacer una videollamada con otra hija del paciente que no ha podido venir. El hombre lleva d&iacute;as completamente inconsciente pero Marta sabe que decir adi&oacute;s es tan importante para los que se van como para los que se quedan. 
    </p><p class="article-text">
        Y entonces toca esperar. La UCI mantiene su incesante actividad mientras los n&uacute;meros que aparecen en el monitor del paciente del box 8 empiezan a bajar. De vez en cuando, una enfermera o un auxiliar de enfermer&iacute;a pasan frente a la puerta y mira hacia el interior. Alguno comenta que, tras tantos d&iacute;as aqu&iacute;, le da pena que el paciente se muera. Luego sigue su camino. La muerte es la normalidad de una UCI pero esta ma&ntilde;ana de enero, frente al box 8, se respira un aire de solemnidad. Un peque&ntilde;o desfile de pijamas azules y batas blancas presentando sus respetos con una mirada de reojo.&nbsp;
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Mis amigas me dicen. Tu sales del trabajo y ya está, ya has terminado. Pero me llevo a casa que se me acaba de morir una persona. Y sueño con eso. Y tengo todos los ruidos y pitidos de este lugar metidos en la cabeza

</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Raquel González-Urria  - enfermera de Intensivos</span>
                                  </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Y entonces, en un momento igual que cualquier otro, un cero de color verde y un interrogante azul aparecen en el monitor del paciente. Su coraz&oacute;n se ha parado y sus pulmones han dejado de respirar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando un paciente muere nunca es un paciente cualquiera. No es como... 'Hey, se ha muerto el del 3'. Yo creo que el d&iacute;a que te d&eacute; igual que se te muera alguien tienes que dejar este trabajo&rdquo;. Para Raquel Gonz&aacute;lez-Urria lo peor de esta pandemia ha sido la soledad. Ella, como muchas otras enfermeras, ha tenido que acompa&ntilde;ar a pacientes en el momento de morir. &ldquo;Mis amigas me dicen: t&uacute; sales del trabajo y ya est&aacute;, ya has terminado. Pero me llevo a casa que se me acaba de morir una persona. Y sue&ntilde;o con eso. Y tengo todos los ruidos y pitidos de este lugar metidos en la cabeza&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Adri&aacute;n T&eacute;llez, internista de la AVI y miembro de Ubuntu, cree que el v&iacute;nculo emocional depende mucho de la relaci&oacute;n con las familias. &ldquo;Hay veces que te terminas viendo como un reflejo. Se muri&oacute; un paciente que ten&iacute;a una esposa y dos hijos m&aacute;s o menos de mi edad. Pens&eacute; que podr&iacute;a ser mi padre; nos vi a mi hermano, a mi madre y a m&iacute; recibiendo la mala noticia. Entonces te afecta m&aacute;s, te identificas. Este es&nbsp;un trabajo que te recuerda que cada d&iacute;a que te vas a morir y vivimos en una sociedad que intenta que te olvides cada d&iacute;a de ello.&rdquo;
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                Dos celadores trasladan el cadáver de un paciente por el pasillo de la Sala COVID.                            </span>
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                </figure><p class="article-text">
        Existen estudios psicol&oacute;gicos que hablan de la 'fatiga por compasi&oacute;n' y constatan que son las personas m&aacute;s emp&aacute;ticas las que tienen m&aacute;s posibilidades de terminar quemadas en trabajos sanitarios. &ldquo;El otro d&iacute;a &ndash;recuerda Raquel&ndash; estaba otra enfermera trabajando en el box de un se&ntilde;or mayor que est&aacute; en 'limitaci&oacute;n de esfuerzo terap&eacute;utico', o sea, que se est&aacute; muriendo. Yo estaba en el pasillo y de repente vi a mi compa&ntilde;era abrir la puerta de la habitaci&oacute;n y sacar la cabeza afuera, como buscando aire. Le pregunt&eacute;: &iquest;Qu&eacute; te pasa? Y me dijo: 'No puedo estar aqu&iacute;. Me recuerda demasiado a mi abuelo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        La sala 1.4 del &Aacute;rea de Vigilancia intensiva (AVI) est&aacute; m&aacute;s silenciosa de lo habitual y eso nunca es buena se&ntilde;al. Los cristales de las habitaciones han sido opacados para que los pacientes no puedan ver el exterior y solo hay una auxiliar en la isla de enfermer&iacute;a. Es su primer d&iacute;a en esta unidad.&nbsp;En la puerta del box n&uacute;mero 4 parpadean tres luces de color verde, amarillo y rojo. Una paciente tiene un bloqueo en los pulmones provocado por su propia mucosidad y su saturaci&oacute;n de ox&iacute;geno esta bajando en picado. Uno de los problemas de la intubaci&oacute;n es que los pacientes pierden la capacidad de toser por s&iacute; mismos. Una obstrucci&oacute;n como esta, si no se resuelve en minutos, puede ser letal.
    </p><p class="article-text">
        El doctor Castro, casi irreconocible bajo las gafas, el gorro y la doble mascarilla de su EPI saca la cabeza para pedir a la auxiliar que solicite una placa muy urgente. En los siguientes 15 minutos llegan a la sala dos t&eacute;cnicas de Rayos X con una m&aacute;quina port&aacute;til, un auxiliar de enfermer&iacute;a de refuerzo y dos neum&oacute;logos que consiguen desbloquear el conducto con una m&aacute;quina de aspiraci&oacute;n. Las luces rojas se apagan y el ambiente se empieza a relajar. El auxiliar de enfermer&iacute;a que ha llegado, m&aacute;s veterano, ofrece a la reci&eacute;n llegada algunos trucos sobre c&oacute;mo funciona el lugar: &ldquo;&iquest;Ves esa habitaci&oacute;n? Es la que est&aacute; preparada para el &eacute;bola. Esta es la primera UCI que se llen&oacute; y la &uacute;ltima que se va a vaciar... si alg&uacute;n d&iacute;a se acaba esta pandemia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El doctor Castro sale finalmente de la habitaci&oacute;n n&uacute;mero 4, con las gafas empa&ntilde;adas de sudor. El 'hombre tranquilo' ha perdido su expresi&oacute;n serena pero, pasada la crisis, se permite bromear sobre c&oacute;mo ha tenido que combatir a un &ldquo;moco maligno&rdquo;. &ldquo;Hay veces que cuando el paciente se ahoga, tu tambi&eacute;n te ahogas&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Radiografía de un paciente con una neumonía bilateral causada por el coronavirus.                             </span>
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        Para la doctora Sara Fern&aacute;ndez hay tres momentos especialmente duros para los pacientes que pasan por aqu&iacute;. El momento en que se les comunica que van a ingresar en la UCI, el momento en que les dicen que los van a intubar y el momento en que se despiertan de la intubaci&oacute;n. &ldquo;Sobrevivir puede ser traum&aacute;tico&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        De hecho, la gran mayor&iacute;a de pacientes que pasan por esta unidad sobrevive. Al principio de la pandemia en Wuhan la mortalidad en UCI era de m&aacute;s del 80%. Cuando el virus lleg&oacute; a Italia esta cifra baj&oacute; al 50% y en Espa&ntilde;a, durante la primera ola, murieron 3 de cada 10 ingresados en UCI. Ahora mismo, en la AVI del Hospital Cl&iacute;nic de Barcelona la mortalidad est&aacute; entre el 15 y el 20%. Pero sobrevivir a la COVID grave no es f&aacute;cil y suele comportar un largo proceso de rehabilitaci&oacute;n.
    </p><blockquote class="quote">

    
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      <div class="first-quote"></div>
      <p class="quote-text">Este es un trabajo que te recuerda que cada día que te vas a morir y vivimos en una sociedad que intenta que te olvides cada día de ello.</p>
                <div class="quote-author">
                        <span class="name">Adrián Téllez</span>
                                        <span>—</span> internista
                      </div>
          </div>

  </blockquote><p class="article-text">
        Raquel Gonz&aacute;lez-Urria tiene claro cu&aacute;l es el mejor momento de su trabajo. &ldquo;Cuando los pacientes a los que se les ha hecho una traqueotom&iacute;a ya han superado la intubaci&oacute;n, llega la fase de <em>weaning,</em> que en ingl&eacute;s significa destetar. El paciente abandona el soporte mec&aacute;nico y empieza a respirar por s&iacute; mismo. Entonces llegamos a un punto en que le podemos cambiar la c&aacute;nula de la garganta por una de plata que les permite hablar. Y en ese momento ves a alguien que, quiz&aacute;s despu&eacute;s de dos meses, de repente empieza a emitir sonidos. Empiezas a escuchar ho, ho, ho.... Hola. Se te pone la piel de gallina&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">El camino de los supervivientes</h3><p class="article-text">
        Son las 12 de la ma&ntilde;ana cuando una mujer acostada en una camilla inicia el recorrido que va desde el box 7 hasta la puerta de salida de la sala 10.3 del &Aacute;rea de Vigilancia Intensiva. Recorrer&aacute; 20 metros de pasillo flanqueado por 16 habitaciones con paredes y puertas de cristal. 20 metros por los que circulan a paso ligero decenas de hombres y mujeres acalorados bajo sus batas, gafas y mascarillas.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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            <span class="title">
                Una enfermera atiende a un paciente con fiebre y falta de oxígeno.                             </span>
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        La mujer en la camilla y el celador que la empuja pasan frente a dos enfermeras experimentadas que miran hacia el interior del box n&uacute;mero 10. Est&aacute;n juzgando, con rigor implacable, a un joven residente de tercer a&ntilde;o que intenta introducir un cat&eacute;ter en las venas de un paciente. &ldquo;Oye, un intento m&aacute;s y llamamos a la doctora, eh?&rdquo;. Al otro lado del pasillo, dos otorrinolaring&oacute;logas&nbsp;perforan la tr&aacute;quea de un hombre intubado, en un ritual que aqu&iacute; se repite casi a diario.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A la altura del box 13 la mujer en la camilla tiene que esquivar la m&aacute;quina port&aacute;til de rayos X que ocupa casi todo el pasillo. Las dos radi&oacute;logas que la operan est&aacute;n cambi&aacute;ndose el EPI por quinta vez esta ma&ntilde;ana. En la habitaci&oacute;n contigua, cuatro personas intentan girar el cuerpo de una paciente para ponerla boca abajo, en posici&oacute;n de prono, para intentar revertir una preocupante falta de oxigenaci&oacute;n. Una puerta m&aacute;s all&aacute; hay un joven que acaba de cumplir 28 a&ntilde;os inconsciente y conectado a una m&aacute;quina que le ayuda a respirar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Finalmente, se abre la puerta de salida de la sala AVI 10.3. La mujer de la camilla se va para nunca volver. Es una superviviente. La puerta se cierra y nadie mira, nadie celebra, nadie aplaude. Pero una limpiadora ya est&aacute; desinfectando el box n&uacute;mero 7. Se mueve r&aacute;pido porque sabe que no hay tiempo que perder. Esta cama de UCI no pasar&aacute; muchas horas vac&iacute;a.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Edu Ponces, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/sociedad/25-f-ano-muerte-vida-uci_130_7245376.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Feb 2021 21:18:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[25-F: un año de pandemia en la primera UCI COVID]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,UCI,Pandemia,Salud pública]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Siempre hay alguien a quien odiar al otro lado de la frontera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/argelia-tierra-migrantes-frontera_1_1127041.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Los jóvenes magrebíes sufren racismo y miedo en un país europeo como España; los migrantes subsaharianos sufren deportaciones y ostracismo social en un país magrebí como Argelia</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Este es uno de los textos de 'Odio', el n&uacute;mero 5 de Revista 5W, que se puede recibir mediante <a href="https://www.revista5w.com/suscripciones-socios" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">suscripci&oacute;n</a>, comprar en librer&iacute;as o <a href="https://tienda.revista5w.com/product/numero-5-odio" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">aqu&iacute;</a></li>
                                    <li>Esta cr&oacute;nica forma parte del proyecto<em> The Backway,</em><a href="http://thebackway.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">The Backway</a> de <a href="https://www.ruidophoto.com/es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">Ruido Photo</a></li>
                            </ul>
            </div><p class="article-text">
        Una de las normas sagradas del odio: siempre hay alguien debajo a quien odiar, humillar o ignorar.
    </p><p class="article-text">
        Los libros de historia dicen que Or&aacute;n es un palimpsesto: ciudad del noroeste argelino cerca de la frontera con Marruecos, con pasado colonial franc&eacute;s y una alcazaba fortificada desde la que la conquista espa&ntilde;ola se enfrentaba al Imperio otomano. Pero hay un pliegue m&aacute;s reciente, una capa que est&aacute; pero no se ve: en las entra&ntilde;as de la ciudad hay otra ciudad, escondida de todo y formada por hombres y mujeres de &Aacute;frica Occidental que sobreviven a las deportaciones, intentan ganarse el pan o esperan su momento para cruzar a Marruecos y llegar a Europa.
    </p><p class="article-text">
        A ellas pr&aacute;cticamente no se las ve por las calles. A ellos &mdash;a algunos&mdash; se los ve deambulando, en busca de un trabajo en la construcci&oacute;n o en cualquier cosa que les pidan los argelinos. Son una minor&iacute;a comparada con los que se quedan en casa, con los que apenas salen de sus pisos y sus barrios, con los que tienen miedo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Hay mucho racismo, no nos consideran personas.
    </p><p class="article-text">
        Ricardo Dongon es de Duala, la mayor ciudad de Camer&uacute;n, su capital econ&oacute;mica. Sali&oacute; de all&iacute; en septiembre de 2018. Su objetivo no era llegar a Europa o a Espa&ntilde;a, sino en concreto a Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Lo repite: Madrid, Madrid, Madrid.
    </p><p class="article-text">
        Atraves&oacute; Nigeria y N&iacute;ger antes de llegar a Argelia. Lo m&aacute;s duro, como en casi todos los casos en esta ruta, fue cruzar el desierto: el trecho a partir de Agadez, en el norte de N&iacute;ger, hasta Tamanrasset, en el sur de Argelia. Es joven, tiene 25 a&ntilde;os, pero dice que enferm&oacute; en la ruta y que se alegra de estar vivo.
    </p><p class="article-text">
        Ricardo se ha quedado sin dinero en Or&aacute;n. Hay un mecanismo perverso que hace que muchos se enfrenten a la misma situaci&oacute;n. Cuando salen de su pa&iacute;s (Camer&uacute;n, Guinea, Costa de Marfil, Mali), llevan miles de euros al cambio que usan para pagar a las redes de tr&aacute;fico de personas y para los gastos en el camino. Son comunes en la ruta los robos, las extorsiones, los sobornos e incluso los secuestros. En el caso de ellas, tambi&eacute;n las violaciones. Si consiguen llegar sanos y salvos hasta la costa de Argelia, el desierto no queda atr&aacute;s para siempre.
    </p><p class="article-text">
        El Estado argelino lleva a cabo una campa&ntilde;a masiva de deportaci&oacute;n de migrantes: Amnist&iacute;a Internacional calcula que 34.550 personas fueron expulsadas entre agosto de 2017 y finales de 2018. Los detienen en las calles, en sus domicilios temporales, y los transportan en autobuses hasta la frontera con N&iacute;ger &mdash;y antes de Mali&mdash; sin una notificaci&oacute;n previa y sin un proceso legal transparente. No sin antes confiscarles &mdash;robarles&mdash; el m&oacute;vil y todo el dinero que llevan, seg&uacute;n denuncian muchos de ellos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A m&iacute; me han deportado ya tres veces. La &uacute;ltima fue hace dos meses. Me detuvieron en la calle y me deportaron. Ya estoy acostumbrado.
    </p><p class="article-text">
        Dice Ricardo que la polic&iacute;a no actuaba de forma especialmente violenta en primera instancia, pero que si alguien se rebelaba, era golpeado.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Una vez en el desierto, si quieres volver a Tamanrasset (Argelia), te tienen que llevar los tuaregs. All&iacute; hay un negocio. Te cobran 100 o 150 euros por pasaje. La idea es que te desanimes y lo dejes.
    </p><p class="article-text">
        Su familia le envi&oacute; dinero varias veces para que pudiera entrar en Argelia de nuevo. Ahora busca alg&uacute;n trabajo que le permita trasladarse a Marruecos, donde la rueda volver&aacute; a girar: necesitar&aacute; m&aacute;s ahorros para intentar cruzar el mar y llegar a Espa&ntilde;a. O, como &eacute;l dice, a Madrid.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os atr&aacute;s muchas personas migrantes iban desde Agadez hasta Libia, pero la ruta qued&oacute; pr&aacute;cticamente sellada despu&eacute;s de que la guardia costera libia, financiada por la Uni&oacute;n Europea, devolviera a sus costas de forma masiva las pateras que sal&iacute;an, y de que el exministro de Interior Matteo Salvini <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Salvini-rechaza-ONG-italiana-rescatados_0_879462132.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cerrara los puertos italianos</a>. Aunque Salvini ya no est&eacute; en el Gobierno, la ruta m&aacute;s habitual sigue siendo la de Argelia para llegar a Marruecos y desde all&iacute; a Espa&ntilde;a, a trav&eacute;s del estrecho de Gibraltar o del mar de Albor&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;En Europa estar&eacute; mejor. La polic&iacute;a me tratar&aacute; con m&aacute;s respeto. Aqu&iacute; no tienes derechos. En la ruta no tienes derechos &mdash;dice Ricardo.
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                </figure><h3 class="article-text">La peluquer&iacute;a migrante</h3><p class="article-text">
        En este sal&oacute;n de belleza &mdash;una planta baja en un barrio humilde de Or&aacute;n&mdash; se oyen historias de sue&ntilde;os y desiertos. Aqu&iacute; vienen clientes y clientas a cortarse el pelo y a hacerse la manicura. Es tambi&eacute;n un refugio para hombres y mujeres de &Aacute;frica Occidental, sobre todo de Camer&uacute;n y Guinea, que comparten un espacio de trabajo y ocio.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No discriminamos &mdash;dice una de las trabajadoras cuando le pregunto, al ver la clientela, si aqu&iacute; tambi&eacute;n vienen argelinas.
    </p><p class="article-text">
        Esta tarde se han juntado en la peluquer&iacute;a Mustaf&aacute;, Sylvie, David y Florine. Charlan en el banco de espera, frente al gran espejo del sal&oacute;n de belleza. Todos son de Camer&uacute;n y ahora est&aacute;n en Or&aacute;n, pero se hallan en diferentes momentos de sus vidas.
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                </figure><p class="article-text">
        &mdash;Esta es la segunda vez que intento llegar a Europa &mdash;dice Mustaf&aacute;, camiseta amarilla y pantalones cortos granates, el tel&eacute;fono siempre en la mano&mdash;. La primera vez estuve cuatro a&ntilde;os en Marruecos y luego fui deportado. Quiero volver a intentarlo.
    </p><p class="article-text">
        Mustaf&aacute; tiene 34 a&ntilde;os. Su edad importa: algunos pueden hacer la ruta en unos meses, pero otros lo intentan durante a&ntilde;os, se encuentran con obst&aacute;culos, paran, vuelven a intentarlo: invierten toda su juventud &mdash;a&ntilde;os que podr&iacute;an haber dedicado al trabajo y a sus familias&mdash; en un sue&ntilde;o que no llega.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;A m&iacute; me han expulsado dos veces &mdash;dice David&mdash;. Llevo cuatro a&ntilde;os en Argelia. Hago mantenimiento industrial. Cuando sal&iacute; de Camer&uacute;n, mi idea no era quedarme aqu&iacute;, sino ir a Europa, pero no tengo dinero. Sufrimos agresiones, nos abandonan en el desierto y no podemos decir nada. Somos seres humanos, no animales. Aqu&iacute; te roban el tel&eacute;fono y el dinero. Ojal&aacute; las cosas mejoren para los que vengan detr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Yo me quedo siempre en casa, en la peluquer&iacute;a &mdash;dice Sylvie, que trabaja en este sal&oacute;n de belleza informal&mdash;. Llevo casi un a&ntilde;o aqu&iacute;. Cuando sal&iacute; quer&iacute;a ver, descubrir. Mi situaci&oacute;n actual es todo lo contrario a eso: no puedo ni salir a la calle.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;El problema son las expulsiones &mdash;insiste Mustaf&aacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Y las condiciones de vida! &mdash;responde Sylvie&mdash;. Yo no he sido expulsada nunca, pero esto no es un pa&iacute;s en el que&hellip; Yo quiero descubrir&hellip;
    </p><p class="article-text">
        Sylvie pone &eacute;nfasis en esa palabra: descubrir. Las risas de sus compa&ntilde;eros la interrumpen. Descubrir parece un verbo inocente en medio de la conversaci&oacute;n sobre abusos y deportaciones que est&aacute;n manteniendo. Como si la curiosidad, menos apremiante que la guerra y el hambre, fuera un motor de la migraci&oacute;n digno de mofa, tambi&eacute;n para ellos.
    </p><p class="article-text">
        La &uacute;nica del grupo que no habla es Florine, una mujer con gafas de pasta que est&aacute; acurrucada en una esquina. Converso con ella por separado. Me dice que es esteticista. No, me dice que no lo es: que eso es lo que hace ahora, en este sal&oacute;n de belleza. Que ella es periodista: inf&oacute;grafa. Hac&iacute;a gr&aacute;ficos de manifestaciones y otros acontecimientos informativos para un diario de Camer&uacute;n. Su esposo viv&iacute;a en Francia y le estaba intentando arreglar los papeles para reunirse con &eacute;l. En un viaje de negocios a la vecina Costa de Marfil, su marido falleci&oacute; por causas naturales y Florine tuvo que ir a enterrarlo. Luego decidi&oacute; emprender la ruta, ella sola: dej&oacute; en Camer&uacute;n, con su madre, a tres hijos. Dice que varios hombres intentaron violarla en el camino, pero que logr&oacute; zafarse. Ha llegado hasta Argelia, pero no sabe si continuar&aacute;. Su &uacute;nico objetivo es superar una depresi&oacute;n que no la deja imaginar ning&uacute;n futuro.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si me recupero, podr&iacute;a hacer periodismo, pero con la depresi&oacute;n no puedo&hellip; Prefiero trabajar en la peluquer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Me fijo en que tiene dos tatuajes. En la mu&ntilde;eca izquierda, una lib&eacute;lula. En la derecha, varias letras, algunas de ellas tachadas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mi marido se llamaba George. Por eso pone &ldquo;GEO&rdquo;. Tap&eacute; esas letras porque muri&oacute;, pero les puse encima una corona, porque &eacute;l es el rey.
    </p><p class="article-text">
        Las letras GEO a&uacute;n se adivinan, pero est&aacute;n emborronadas por una melanc&oacute;lica tinta azul. Al lado, las letras FLO, de Florine, siguen intactas.
    </p><h3 class="article-text">Odio institucional</h3><p class="article-text">
        En un pa&iacute;s donde la disidencia se persigue, las entidades de defensa de los derechos humanos o las organizaciones internacionales no tienen el m&uacute;sculo suficiente para asistir a la poblaci&oacute;n migrante.&nbsp;<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Abandonados-desierto-Mali_0_913759309.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Estado argelino deporta a migrantes</a> sin que haya contestaci&oacute;n social o movilizaciones. La protesta es un deporte de riesgo para los manifestantes que exigen un cambio pol&iacute;tico, pero el r&eacute;gimen no pierde legitimidad por su trato a personas migrantes, sino por el contexto nacional. Tras la ca&iacute;da en abril de 2019 de Abdelaziz Buteflika, que llevaba 20 a&ntilde;os en el poder, se instal&oacute; una junta militar que convoc&oacute; elecciones para diciembre, pero que no convenci&oacute; a la oposici&oacute;n m&aacute;s ac&eacute;rrima.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Aqu&iacute; los migrantes son muy mal recibidos&rdquo;, dice Sarah Belkacem, una activista defensora de los derechos humanos. &ldquo;Hay un problema de acogida. Ven a los extranjeros como algo peligroso. Tienen miedo a los subsaharianos. Es una fobia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ninguno de los migrantes con los que habl&eacute; en Argelia ocult&oacute; su resentimiento. Algunos dicen que han podido encontrar trabajo y que ha habido personas que los han ayudado, pero en general se sienten deshumanizados. Saben que la situaci&oacute;n en Marruecos no es mucho mejor. Unos creen que en Europa respetar&aacute;n sus derechos; otros creen que eso nunca suceder&aacute;. &ldquo;No hay turistas o extranjeros en Argelia, as&iacute; que para mucha gente los subsaharianos son los primeros extranjeros que ven&rdquo;, dice Belkacem.
    </p><p class="article-text">
        El vecino N&iacute;ger, al sur, es un pa&iacute;s clave en la estrategia de externalizaci&oacute;n de fronteras de la UE y recibe fondos para montar puestos de control y centros de detenci&oacute;n: para frenar la migraci&oacute;n, en definitiva. A finales de 2014, N&iacute;ger lleg&oacute; a un acuerdo con Argelia para que sus ciudadanos en situaci&oacute;n irregular en el pa&iacute;s &aacute;rabe fueran deportados. Las expulsiones masivas en aquella &eacute;poca desde Argelia fueron sobre todo de nigerinos; en los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os, afectan a todos los subsaharianos.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El Gobierno es antinmigraci&oacute;n y, adem&aacute;s, la gente no est&aacute; sensibilizada con la situaci&oacute;n de la poblaci&oacute;n migrante&rdquo;, dice Belkacem.
    </p><p class="article-text">
        Las deportaciones que se efect&uacute;an hoy no solo son de personas sin documentaci&oacute;n, incluidas personas vulnerables como embarazadas y menores, sino tambi&eacute;n de solicitantes de asilo. Debora Del Pistoia, que fue responsable de campa&ntilde;as para Amnist&iacute;a Internacional en Argelia, Marruecos y el S&aacute;hara Occidental, dice que estas expulsiones se han usado &ldquo;para camuflar problemas internos&rdquo; de Argelia.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La polic&iacute;a, al vaciar los pisos de migrantes, ha legitimado actitudes violentas por parte de la poblaci&oacute;n. Muchas casas han sufrido robos. Hay migrantes que, al volver, se han encontrado con sus pisos destruidos. Tambi&eacute;n ha habido personas atacadas con cuchillos&rdquo;, explica. &ldquo;El odio est&aacute; conectado con el discurso pol&iacute;tico y con los medios de comunicaci&oacute;n. La represi&oacute;n contra los migrantes en Argelia ha ido en paralelo a la represi&oacute;n de las organizaciones de la sociedad civil y de defensa de los derechos de los migrantes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        La ret&oacute;rica xen&oacute;foba &mdash;criminalizaci&oacute;n, bulos en redes sociales que dicen que los subsaharianos portan el VIH&mdash; convive con otra realidad. &ldquo;Hay muchos patrones que usan a las personas que llegan de &Aacute;frica subsahariana como mano de obra y que incluso est&aacute;n dispuestos a regularizar su situaci&oacute;n, sobre todo en sectores como la agricultura y la construcci&oacute;n&rdquo;, dice Del Pistoia. Las m&aacute;s de 20 entrevistas que hice en Argelia lo confirman: muchos dicen que han encontrado alg&uacute;n trabajo y que podr&iacute;an incluso quedarse en el pa&iacute;s, pero la mayor&iacute;a vive con el miedo en el cuerpo por una campa&ntilde;a de deportaciones que ya poco tiene que ver con los papeles: las autoridades arrestan y expulsan a personas al desierto a partir de un perfil racial, seg&uacute;n su testimonio.
    </p><h3 class="article-text">Aviones y Flaubert</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Me he hecho amigo de Franck. Creo que puedo decir amigo, porque cuando no estamos juntos nos escribimos, y cuando salgo de Argelia lo seguimos haciendo. S&eacute; muy poco de c&oacute;mo lleg&oacute; hasta Or&aacute;n. S&eacute; que tiene 21 a&ntilde;os, que le toc&oacute; de cerca <a href="https://www.eldiario.es/theguardian/conflicto-independentista-Camrun-dejado-vuelta_0_938956777.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">el conflicto entre separatistas angl&oacute;fonos y las fuerzas de seguridad de Camer&uacute;n</a>, pa&iacute;s de mayor&iacute;a franc&oacute;fona. S&eacute; que quiere ir a Espa&ntilde;a. Pero poco m&aacute;s. No hablamos de su pasado o del m&iacute;o, hablamos sobre todo de literatura. Dice que le encanta <em>Madame Bovary</em> de Gustave Flaubert, pero me recomienda encarecidamente <em>El Cid de Pierre Corneille, A dry white season</em> del sudafricano Andr&eacute; Brink y los poemas del jesuita camerun&eacute;s Engelbert Mveng.
    </p><p class="article-text">
        Solo he le&iacute;do a Flaubert.
    </p><p class="article-text">
        Franck me invita a su piso y dice que tres de sus amigos est&aacute;n en camino. Que quiz&aacute; pueda entrevistarlos. Los esperamos en una cocina con las ollas sucias y ropa tendida. Cuando llegan, nos dicen que est&aacute;n dispuestos a hablar con periodistas, &iquest;pero qu&eacute; sacan ellos a cambio? Les digo que no pagamos por hacer entrevistas. Se crea una situaci&oacute;n inc&oacute;moda, pero pronto nos relajamos. Les digo que no se preocupen, que charlemos de cosas intrascendentes, que no me tienen que contar c&oacute;mo han llegado hasta aqu&iacute;, c&oacute;mo ha sido su trayecto ni qu&eacute; anhelan. Olvid&eacute;moslo: ya no estoy trabajando.
    </p><p class="article-text">
        Hablamos de f&uacute;tbol. Luego dicen que odian Francia, que por nada del mundo ir&iacute;an a Francia, que los franceses son unos racistas, unos colonialistas. Espa&ntilde;a tambi&eacute;n fue una potencia colonial, les digo. Se encogen de hombros.
    </p><p class="article-text">
        Salimos a dar una vuelta y les ofrezco un cigarrillo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;, s&iacute; que quiero. Es que cuando fumas&hellip; te olvidas de todo.
    </p><p class="article-text">
        Me preguntan cu&aacute;ntos d&iacute;as estar&eacute; en Or&aacute;n. &iquest;Quiz&aacute; nos podemos volver a ver? Es viernes al mediod&iacute;a y me marcho el domingo por la ma&ntilde;ana, as&iacute; que no nos queda mucho tiempo: esto es una despedida.
    </p><p class="article-text">
        De repente, uno de ellos me mira con una mezcla de amor y de odio reci&eacute;n incubados.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;T&uacute; en unos d&iacute;as te vas a Barcelona. &iexcl;As&iacute;, en un momento! En avi&oacute;n. Y mientras, nosotros&hellip;
    </p><p class="article-text">
        *<em>Este es uno de los textos de 'Odio', el n&uacute;mero 5 de Revista 5W, que se puede recibir mediante suscripci&oacute;n, comprar en librer&iacute;as o&nbsp;aqu&iacute;. Esta cr&oacute;nica forma parte del proyecto The Backway de Ruido Photo.</em><a href="https://www.revista5w.com/suscripciones-socios" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">suscripci&oacute;n</a><a href="https://tienda.revista5w.com/product/numero-5-odio" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">aqu&iacute;.</a>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Agus Morales, Toni Arnau, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/argelia-tierra-migrantes-frontera_1_1127041.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 18 Feb 2020 19:20:43 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Siempre hay alguien a quien odiar al otro lado de la frontera]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,Fronteras,Argelia,Refugiados]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[FOTOS | Empujados a huir de las pandillas de El Salvador y acabar unidos a ellas en EEUU]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fotos-funebre-salvador-long-island_1_3077074.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Jóvenes expulsados por la violencia en sus países acaban uniéndose a las pandillas tras llegar a la isla de Nueva York, uno de los puntos más concurridos por los migrantes centroamericanos del país</p><p class="subtitle">"Lo peor es que yo estaba en un lugar donde a un lado estaba la Mara Salvatrucha y al otro lado Barrio 18, la pandilla rival. De vez en cuando me paraban para pedirme que me uniera, que sino me iba a pasar tal cosa, y yo les decía que no"</p><p class="subtitle">Reportaje: La Mara derrota a Estados Unidos en Long Island</p></div><p class="article-text">
        La violencia en El Salvador y en el tri&aacute;ngulo norte de Centroam&eacute;rica ha transformado la migraci&oacute;n. Hoy muchos migran hacia el norte no para mejorar su vida sino para salvarla. En Long Island, Nueva York, j&oacute;venes centroamericanos expulsados por la violencia han encontrado un destino que no solo no acepta su condici&oacute;n de refugiados sino que, a menudo, los empuja a unirse a las pandillas de las huyeron.
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        Seg&uacute;n relatan vecinos de la zona, este edificio del barrio de San Jacinto, en San Salvador, est&aacute; ocupado por pandilleros. La mayor&iacute;a de los residentes han tenido que huir de la vivienda por la presencia de miembros de las pandillas en la zona, que posteriormente ocuparon las casas vac&iacute;as. El Salvador es el segundo pa&iacute;s en el mundo con mayor tasa de desplazamientos forzados internos a causa de la violencia, de acuerdo con un informe publicado por el Consejo Noruego de Refugiados y el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (NRC/IMD, por sus siglas en ingl&eacute;s) en 2016. Esta naci&oacute;n centroamericana solo ha sido superada por&nbsp;Siria.
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        Operativo policial realizado la noche del 24 de mayo en el departamento de Sonsonate, El Salvador, ten&iacute;a como objetivo arrestar a los miembros de la Mara Salvatrucha (MS) que hab&iacute;an ocupado las viviendas de los vecinos de la zona. Seg&uacute;n la Polic&iacute;a Nacional Civil, decenas de habitantes de los cantones Los Alemanes y Talcumulca, en el municipio de Izalco, hab&iacute;an sido expulsados de sus viviendas. En el a&ntilde;o 2016, Sonsonate tuvo la tercera tasa de homicidios m&aacute;s alta del pa&iacute;s entre municipios de m&aacute;s de 50.000 habitantes.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Un hombre, presuntamente miembro de la Mara Salvatrucha, es arrestado y acusado de terrorismo y limitaci&oacute;n de la circulaci&oacute;n de personas durante un operativo policial realizado en el cant&oacute;n Talcumulca del municipio de Izalco, Sonsonate. Informes oficiales indican que en el Tri&aacute;ngulo Norte de Centroam&eacute;rica hay m&aacute;s de 100.000 integrantes de las pandillas. Entre 30&nbsp;y 60.000 pandilleros se ubican en El Salvador (datos del Ministerio de Justicia y Seguridad P&uacute;blica de El Salvador), 15.000 en Guatemala (datos de la Direcci&oacute;n de Inteligencia Civil), y 25.000 en Honduras (registro de la Polic&iacute;a Nacional de Honduras).
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        Un perro ladra en una gasolinera del barrio San Jacinto de San Salvador. En ese mismo lugar, en la tarde del 23 de mayo de 2017, una pareja en motocicleta se detuvo para&nbsp;echar gasolina cuando miembros de una pandilla los secuestrados y asesinaron minutos despu&eacute;s en un callej&oacute;n cercano. Un vecino de la zona sospecha que los pandilleros pensaron que el hombre pertenec&iacute;a a la pandilla rival por los zapatos que llevaba. 
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        Un presunto miembro de la Mara Salvatrucha desciende de un veh&iacute;culo policial tras ser arrestado durante un operativo policial en Sonsonate, El Salvador. Los datos muestran que, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os, la violencia vinculada a las pandillas ha provocado una ola de refugiados que huyen a otros pa&iacute;ses como M&eacute;xico, Belice o Estados Unidos. Seg&uacute;n la Agencia de la ONU para los Refugiados, la ACNUR, el n&uacute;mero de personas procedentes de El Salvador, Honduras y Guatemala que solicitan asilo en el mundo se ha multiplicado por siete entre 2010 y 2015.
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        Restos de sangre humedecen la tierra en los aleda&ntilde;os de la carretera panamericana entre El Salvador y Santa Ana tras el asesinato de un hombre la noche del 25 de mayo. El lugar donde ocurrieron los hechos y el tipo de heridas por arma de fuego llevaron a los investigadores a presumir que se trat&oacute; de una ejecuci&oacute;n que encaja con el proceder de las pandillas. El Salvador cerr&oacute; 2016 con 5.278 homicidios (14,4 diarios) con una tasa de 81,2 por cada 100.000 habitantes. El Salvador lidera las tasas de violencia en la regi&oacute;n de Centroam&eacute;rica, considerada la m&aacute;s violenta del mundo.
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        La estaci&oacute;n de Brentwood, Long Island, en EEUU, es uno de los puntos m&aacute;s concurridos por centroamericanos en el estado de Nueva York. El condado de Suffolk, en Long Island, es el quinto con mayor poblaci&oacute;n centroamericana en EEUU y uno de los puntos de destinos de la creciente inmigraci&oacute;n centroamericana de los &uacute;ltimos a&ntilde;os. Esta isla pegada a la ciudad de Nueva York fue uno de los destinos principales de los 68.000 menores centroamericanos no acompa&ntilde;ados que entraron de manera irregular a Estados Unidos en el a&ntilde;o 2014.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Don Mario pertenece a otra generaci&oacute;n de migrantes. O refugiados. Naci&oacute; en Chalatenango, El Salvador, pero vive en Long Island desde hace 15 a&ntilde;os. Dice que huy&oacute; por problemas con pandilleros y mafiosos: &ldquo;Si me quedaba me mataban&rdquo;. Ahora vive de lo que puede, muchas veces de trabajar arreglando techos. Con el tema de las pandillas en Long Island, cree que es mejor tener cuidado y &ldquo;no hablar&rdquo;. Pero a estas alturas, a &eacute;l no lo asustan: &ldquo;Yo vengo de la guerra, he visto penes rodando en la calle y mujeres descuartizadas&rdquo;.
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        Los padres de Obdulio Salvador de Le&oacute;n salieron de Guatemala hacia el norte para huir de las amenazas que recibi&oacute; su padre cuando gan&oacute; las elecciones municipales de su pueblo, en el departamento de Pet&eacute;n. Residente legal en Estados Unidos, Obdulio es el l&iacute;der local de la patrulla ciudadana conocida como los Guardian Angels de Brentwood. El grupo surgi&oacute; en esta ciudad como respuesta a la violencia de las pandillas vivida durante los &uacute;ltimos meses. Obi One, como se le conoce dentro del grupo, cree que la MS tiene mucha fuerza en Brentwood &ldquo;pero que no es como all&aacute;, en El Salvador, donde la polic&iacute;a les teme&rdquo;.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El grupo Guardian Angels de Brentwood tiene 17 miembros y est&aacute; formado mayoritariamente por personas de origen latino. Esta organizaci&oacute;n fue fundada en el barrio del Bronx de Nueva York en 1979 para hacer frente a la inseguridad que reinaba en el barrio. Aunque es un grupo desarmado que apuesta por la vigilancia pasiva, en su historial existen algunos casos de violencia excesiva o de divulgaci&oacute;n de falsos cr&iacute;menes para generar publicidad. Durante una patrulla callejera en Brentwood se hace evidente que estos vigilantes cuentan con el apoyo de muchos de sus ciudadanos.
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        El 28 de julio de 2017, el presidente Donald Trump viaj&oacute; a Brentwood para hablar de los&nbsp;nueve homicidios ocurridos en solo 6 meses en la zona: &ldquo;El cartel MS-13 es particularmente violento. No les gusta disparar a las personas porque es muy r&aacute;pido. Le&iacute; que uno de esos animales explicaba que le gustaba cortarlas y dejarlas morir lentamente porque era m&aacute;s doloroso y les gustaba verlas morir&hellip; Son animales&rdquo;. Durante la siguiente semana Trump vincul&oacute; la violencia de las pandillas a la inmigraci&oacute;n centroamericana y lo utiliz&oacute; para hacer campa&ntilde;a sobre la necesidad de eliminar las 'Ciudades Santuario', localidades donde la polic&iacute;a no arresta a los inmigrantes sin papeles, y aumentar las deportaciones de hispanos.
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        La Iglesia de Nuestra Se&ntilde;ora de la Medalla Milagrosa, en Wyandanch, Long Island, ofrece cultos en espa&ntilde;ol y congrega desde hace d&eacute;cadas a un gran porcentaje de centroamericanos residentes en la zona. El sacerdote que la dirige, el padre Bill Brisotti, es un seguidor de Monse&ntilde;or Romero y durante 15 a&ntilde;os coordin&oacute; una casa refugio adjunta al templo. Brisotti dice que la llegada del presidente Trump ha complicado las cosas para los inmigrantes. &ldquo;La situaci&oacute;n es cada d&iacute;a m&aacute;s grave con ese payaso que tenemos de presidente. Todo ese temor que se ha creado influye a que la gente no llame a la polic&iacute;a en caso de ver un acto de violencia o un crimen&rdquo;.
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        Carlos (nombre ficticio) es un joven refugiado centroamericano. Aunque ya ha cumplido los 18 a&ntilde;os, &eacute;l fue otro joven que lleg&oacute; durante la &ldquo;crisis de los menores refugiados centroamericanos&rdquo; que inici&oacute; en 2014 y salt&oacute; a las portadas de los peri&oacute;dicos norteamericanos. Carlos tuvo que huir de su hogar en el departamento de Cuscatl&aacute;n, El Salvador, por culpa de las pandillas. &ldquo;Lo peor es que yo estaba en un lugar donde a un lado estaba la MS y al otro lado Barrio 18, la pandilla rival. De vez en cuando me paraban para pedirme que me uniera, que sino me iba a pasar tal cosa, y yo les dec&iacute;a que no&rdquo;. 
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        Autobuses escolares esperan cerca de la High School de Brentwood, con un alto porcentaje de centroamericanos. Muchos de los j&oacute;venes reci&eacute;n llegados a la escuela se unen a las pandillas. Carlos Argueta, expandillero y trabajador social en un high school de Long Island lo explica as&iacute;: &ldquo;Algunos vienen y solo han estudiado all&aacute; tercero o cuarto grado. Otros vienen preparados, y los ponemos a todos juntos en el mismo sal&oacute;n de ESL (Ingl&eacute;s como Segunda Lengua). Se unen (a las pandillas) por protecci&oacute;n, para tener amistades y novias. Pero el mayor problema es que los hemos puesto en un solo cuarto a todos estos j&oacute;venes con tanto trauma, y los hemos puesto en un solo cuarto donde toda la frustraci&oacute;n que cargan se la desquitan entre ellos&rdquo;.
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        Las tobilleras electr&oacute;nicas se han convertido en una opci&oacute;n com&uacute;n para controlar a los migrantes indocumentados y asegurar que paguen el coste de su liberaci&oacute;n, incluso cuando se les podr&iacute;a conceder la condici&oacute;n de refugiados. Este joven salvadore&ntilde;o y su hermano se vieron obligados a depositar 12.000&nbsp;d&oacute;lares por persona si quer&iacute;an ser liberados tras entrar ilegalmente en EEUU. La empresa Libre by Nexus adelant&oacute; esa fianza a cambio de otros 2.400 d&oacute;lares cada uno en intereses. Para garantizar su inversi&oacute;n, coloc&oacute; un detector con GPS en la tobillera de los j&oacute;venes que avisa a las autoridades en caso de rotura o desconexi&oacute;n. La empresa los obliga a pagar, adem&aacute;s, 420 d&oacute;lares mensuales por el alquiler del aparato y, en el caso de que este se rompa, 3.800 d&oacute;lares m&aacute;s.
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        Los dos hermanos de 20 y 21 a&ntilde;os vivieron toda su vida en el departamento de La Uni&oacute;n, en El Salvador, trabajando como campesinos en tierra ajena y ganando 36 d&oacute;lares por semana. Hasta que la Mara Salvatrucha les pidi&oacute; que sembraran marihuana en el campo que trabajaban. Ellos se negaron argumentando que sus creencias como cristianos evang&eacute;licos no se lo permit&iacute;an. Por esa negativa recibieron golpizas y fueron amenazados con armas de fuego. 
    </p><p class="article-text">
        Los hermanos denunciaron los hechos a la polic&iacute;a local y los propios polic&iacute;as los entregaron a los pandilleros. Dos agentes y cuatro miembros de la Mara Salvatrucha descargaron sus armas cerca de su cabeza y les propinaron una paliza que mand&oacute; a ambos al hospital. Despu&eacute;s de eso pidieron prestados 7.000 d&oacute;lares cada uno a una hermana residente en Long Island e iniciaron el viaje hacia los Estados Unidos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El martes 13 de septiembre de 2016, cuando ca&iacute;a la noche en Brentwood, un grupo de j&oacute;venes asesinaron con bates a dos muchachas en los afueras de la escuela Loretta Park, donde estudiaban. Las v&iacute;ctimas fueron Kayla Cuevas, una chica de ra&iacute;ces dominicanas de 16 a&ntilde;os, y Nisa Mickens, quincea&ntilde;era, una de sus mejores amigas. Ambas murieron aporreadas. Sus cad&aacute;veres quedaron a metros de distancia en un &aacute;rea residencial fuera de la escuela. 
    </p><p class="article-text">
        El asesinato se atribuy&oacute; a j&oacute;venes miembros de la Mara Salvatrucha y fue uno de los casos que hizo saltar las chispas de la opini&oacute;n p&uacute;blica y provoc&oacute; una respuesta agresiva del presidente Trump: &ldquo;Vienen de Centroam&eacute;rica, son la gente m&aacute;s ruda que hayas conocido. Est&aacute;n matando y violando a todo mundo all&aacute;. Son ilegales y es su fin&rdquo;. Pasados los meses, unas flores en el suelo recuerdan el lugar donde qued&oacute; tendido el cuerpo de Keyla Cuevas.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Este contenido ha sido realizado con el apoyo de la beca DevReporter organizada por LaFede.cat en colaboraci&oacute;n con la ONG Asamblea de Cooperaci&oacute;n por la Paz.</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Edu Ponces, Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fotos-funebre-salvador-long-island_1_3077074.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Nov 2017 13:04:03 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[FOTOS | Empujados a huir de las pandillas de El Salvador y acabar unidos a ellas en EEUU]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Centroamérica,Estados Unidos,Nueva York,Pandillas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[FOTOS | Así son las cárceles de El Salvador, las peores de América]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/carceles-masificadas-america-latina_3_4270591.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b9b0f480-afac-49b4-8bcb-7965a47dba5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="FOTOS | Así son las cárceles de El Salvador, las peores de América"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Según el último informe 'Report on citizen security in the Americas' de la OEA (Organización de Estados Americanos), El Salvador posee las cárceles con mayor superpoblación (299%), seguido de Bolivia (233%) y Haití (218%)</p><p class="subtitle">Más allá de los datos, estas cifras se traducen en unas condiciones de vida infrahumanas para los presos de estos países: hacinamiento, enfermedades, mala alimentación y un mínimo sistema de rehabilitación</p><p class="subtitle">En algunas cárceles de El Salvador, como en La Esperanza, la superpoblación asciende hasta el 600% de su capacidad, lo que provoca graves violaciones de derechos humanos</p></div><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el &uacute;ltimo informe 'Report on citizen security in the Americas' de la OEA (Organizaci&oacute;n de Estados Americanos), El Salvador posee las c&aacute;rceles con mayor superpoblaci&oacute;n (299%), seguido de Bolivia (233%) y Hait&iacute; (218%)
    </p><p class="article-text">
        M&aacute;s all&aacute; de los datos, estas cifras se traducen en unas condiciones de vida infrahumanas para los presos de estos pa&iacute;ses: hacinamiento, enfermedades, mala alimentaci&oacute;n y un m&iacute;nimo sistema de rehabilitaci&oacute;n
    </p><p class="article-text">
        En algunas c&aacute;rceles de El Salvador, como en La Esperanza, la superpoblaci&oacute;n asciende hasta el 600% de su capacidad, lo que provoca graves violaciones de derechos humanos
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/carceles-masificadas-america-latina_3_4270591.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 23 Jun 2015 19:00:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[FOTOS | Así son las cárceles de El Salvador, las peores de América]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Cárceles]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Solas en el CIE]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/solas-cie-historia-mujeres-centro_1_4340505.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/67eec98e-c0a9-494f-9999-c49e4dd07335_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Solas en el CIE"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Dos mujeres han vencido al miedo para contar su historia tras pasar por alguno de los Centros de Internamiento de Extranjeros de España</p><p class="subtitle">Relatos donde aparecen las redes de trata, los abusos, y la incertidumbre ante la falta de papeles que solo algunos consiguen</p><p class="subtitle">"Después de tres días en el CIE de Aluche me llevaron al aeropuerto para que subiera al avión, pero les dije que no porque no ha hecho nada malo"</p></div><p class="article-text">
        Es una historia que se repite. La cuentan muchas de las mujeres que han pasado por alguno de los Centros de Internamiento de Extranjeros de Espa&ntilde;a. Es una historia de vulnerabilidad, y de abusos que empiezan mucho antes de pisar la Pen&iacute;nsula. Una historia en la que aparecen las redes de trata, que trabajan impunemente en las rutas migratorias. Estos son los testimonios de dos mujeres que han vencido al miedo para contar su historia.
    </p><h3 class="article-text">Marisol. Guinea Ecuatorial, 33 d&iacute;as en el Cie</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Marisol no se llama Marisol. Ha elegido el nombre de una de sus hijas para este relato, que empieza el d&iacute;a que su marido muri&oacute;, all&aacute; en su pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Vine para buscar la vida de mis hijos, porque me quede viuda. Tengo 4 hijos, uno de ellos esta enfermo, no habla, no anda. Est&aacute; invalido [...] Yo quer&iacute;a traer a mi hijo enfermo para que le puedan hacer tratamiento aqu&iacute;, porque en mi pa&iacute;s no hay buenos m&eacute;dicos&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En 2007 Marisol hab&iacute;a conseguido juntar el dinero suficiente para comprar un billete de avi&oacute;n y un visado de tres meses a Espa&ntilde;a, donde vive una hermana de su madre. Viaj&oacute; sola, dejando a sus hijos atr&aacute;s. Durante los siguientes 3 a&ntilde;os fue capaz de evitar los controles policiales hasta que un d&iacute;a de junio de 2010 fue arrestada. Se dirig&iacute;a a un curso de formaci&oacute;n para mujeres migrantes.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Eran las diez de la ma&ntilde;ana cuando baje del autob&uacute;s, en una bocacalle que esta aqu&iacute; cerca, all&iacute; los polic&iacute;as me cogieron, me preguntaron por los documentos y les dije que no tengo nada [..]. Al d&iacute;a siguiente me llevaron a Madrid, yo sola, no sab&iacute;a que me iban a hacer all&iacute;. Despu&eacute;s de tres d&iacute;as (en el pabell&oacute;n para mujeres del CIE de Aluche) me llevaron al aeropuerto para que subiera al avi&oacute;n. Les dije que no iba a subir al avi&oacute;n, desde que he venido aqu&iacute; yo no he hecho nada malo, yo he venido a buscar la vida de mis hijos, no puedo irme as&iacute;&hellip;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Marisol sufri&oacute; un ataque de ansiedad en las puertas del avi&oacute;n, en ese estado fue imposible deportarla a Guinea Ecuatorial. Los polic&iacute;as la devolvieron al CIE a la espera de un nuevo vuelo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Estaba con un mont&oacute;n de mujeres de diferentes pa&iacute;ses. Me dijeron que maltrataban a la gente en el aeropuerto, yo he tenido suerte que no me han tocado ni nada, pero yo vi tres mujeres da&ntilde;adas. Me contaron que les estaban pegando all&iacute; en el aeropuerto. Hasta hab&iacute;a una mujer brasile&ntilde;a que estaba embarazada de dos meses y tuvo aborto&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Aunque el recuerdo de los hechos produce lagrimas en la narradora, no deja de hablar. &ldquo;Mi paisana tambi&eacute;n. Tenia un ni&ntilde;o de 4 a&ntilde;os aqu&iacute; y les dijeron que aun que tenga un hijo espa&ntilde;ol tienes que ir a tu pa&iacute;s directamente, no importa. Le pegaron en el aeropuerto tambi&eacute;n. La segunda vez que se la llevaron la ataron con cuerdas y se la llevaron en avi&oacute;n, as&iacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Marisol pas&oacute; 30 d&iacute;as m&aacute;s en Aluche. 30 d&iacute;as esperando a que la subieran de nuevo a un avi&oacute;n, pero eso nunca ocurri&oacute;. &ldquo;No me avisaron, yo estaba en el sal&oacute;n en el momento del desayuno, me dijeron coge tus cosas vamos, me abren la puerta y me dijeron vete&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        A&ntilde;os despu&eacute;s, Marisol ha conseguido regularizar sus papeles. &ldquo;Solo quiero trabajar y ayudar a mis hijos que puedan estudiar, y a mi hijo que esta enfermo tiene que venir aqu&iacute;.  Pero para traer un familiar necesitas contrato de trabajo y de vivienda. Esta complicado....&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Eva. Nigeria, 7 d&iacute;as en el CIE</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Para contar su historia Eva ha escogido su apodo de trabajo, el apodo que usa cuando se prostituye en la calle. Esta joven Nigeriana de 26 a&ntilde;os comparte su vida y su relato con una hija de 5 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Vivimos en la misma casa, en una habitaci&oacute;n. No tengo trabajo, no tengo papeles. Trabajo en la calle, as&iacute; que si quiero salir a trabajar por la noche se la dejo a alguien, le pago a una persona 60 euros porque no puedo dejarla sola. Mi beb&eacute; va a la escuela, tengo que pagar los libros, ropa, y pago el alquiler de la casa del dinero que hago en las calles. A veces no tengo...&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No tengo familia, mi padre y mi madre est&aacute;n muertos. El sufrimiento era demasiado, tenia que irme. (Cuando sal&iacute; de Nigeria) estaba embarazada de dos semanas. Primero de todo hay un hombre, le pagu&eacute; dinero, despu&eacute;s de Nigeria a.... a Lagos, de Lagos a Kano... a varios pa&iacute;ses. A veces us&aacute;bamos un coche grande con m&aacute;s gente, a veces camin&aacute;bamos a medianoche entre los arbustos para que la polic&iacute;a no nos viera, ellos est&aacute;n intentando matar a todo el mundo, no quieren que la gente cruce por su pa&iacute;s. No camin&aacute;bamos por las tardes, sino a medianoche, para cruzar las fronteras. A veces nos qued&aacute;bamos en los bosques por algunos d&iacute;as, cuatro o tres y luego camin&aacute;bamos por las noches otra vez hasta llegar a Marruecos [...)]Cuando llegu&eacute; a Melilla, di a luz. Estaba en la calle sobreviviendo con mi beb&eacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;De Marruecos a Melilla con un barco, en la noche. Hab&iacute;a mucha gente, unos 160. Era un barco grande. Pagamos a la gente para que nos cruzaran, gente blanca de all&iacute;. Cuando llegamos a Melilla nos iban a deportar, porque ya hay suficientes nigerianos en Melilla dijeron. Cambi&eacute; mi nombre porque estaban deportando a la gente y yo no quer&iacute;a volver, as&iacute; que lo cambi&eacute; y dije que venia de Gambia. Mi Libro de Familia es de Gambia pero mi pasaporte es de Nigeria&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Eva se afinco en Espa&ntilde;a y consigui&oacute; criar a su hija con las limitaciones de vivir en situaci&oacute;n irregular. 5 a&ntilde;os despu&eacute;s de llegar, en verano del 2014, fue detenida durante un viaje realizado para conseguir un contrato laboral.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No tengo papeles, no tengo pasaporte, no tengo ninguna fotocopia, por eso me cogieron. Les dije que tenia un beb&eacute; pero dijeron: No, porque el nombre es diferente, el nombre que tengo en el libro de familia es de Gambia pero mi pasaporte es de Nigeria. Por eso me llevaron al CIE de Madrid&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Eva estuvo solamente una semana en el centro. No habl&oacute; con nadie, no comi&oacute;, no durmi&oacute;. Solo llor&oacute;. Ser devuelta a su pa&iacute;s y dejar sola a su hija de 5 a&ntilde;os era un miedo que la devast&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo no quer&iacute;a hablar con ellos. Estaba muy enfadada, porqu&eacute; dej&eacute; a mi beb&eacute;, &iexcl;tengo que ir con mi beb&eacute;! No hay llamadas, la polic&iacute;a tiene mi tel&eacute;fono porque ellos dicen que no hay llamadas en ese lugar. Estaba tan enfadada, llorando para poder salir y venir a encontrarme con mi beb&eacute;, que ni siquiera habl&eacute; con nadie [...] Me dejaron ir pero alguien me ayud&oacute;. Un abogado, alguna gente&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ese alguien que ayudo a Eva fueron Caritas y Pueblos Unidos, dos de las muchas organizaciones de la sociedad civil movilizadas para defender los derechos de los inmigrantes dentro y fuera de los CIEs.
    </p><p class="article-text">
        Es dif&iacute;cil de entender el porqu&eacute;, pero cuando Eva sali&oacute; en libertad su hija de 5 a&ntilde;os se encontraba en comisaria. &ldquo;Mi amiga dijo que cuando llev&oacute; a mi beb&eacute; a la comisar&iacute;a, se sent&oacute; y ellos se llevaron a adentro, yo estaba en el bus viniendo para casa. No puedo ir a preguntar porque no tengo papeles. Mi amiga, la que llev&oacute; a mi beb&eacute; tampoco tiene papeles. Ni ella ni las organizaciones sociales que le apoyan han entendido el porque de este hecho&rdquo;. Finalmente, madre e hija se reencontraron 10 d&iacute;as despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En el futuro me gustar&iacute;a tener un trabajo distinto, porque este trabajo es muy dif&iacute;cil, andar por las calles de noche. A veces no hay nadie, solamente pasa la polic&iacute;a...Pero si tengo papeles, si pudiera hacer otro trabajo, lo har&iacute;a. Estoy intentando obtener mis papeles pero sin pasaporte no puedo hacer nada&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/solas-cie-historia-mujeres-centro_1_4340505.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Mar 2015 20:14:56 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Solas en el CIE]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,8M]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[FOTOS | Los rostros del CIE: de la inseguridad sanitaria a la violencia policial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fotos-rostros-cie-violencia-sanidad_1_4599985.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4b60dec3-6542-435b-92b4-a573d421f125_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="FOTOS | Los rostros del CIE: de la inseguridad sanitaria a la violencia policial"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Cuatro historias de inmigrantes que han pasado por el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Barcelona o el de Aluche</p><p class="subtitle">Los inmigrantes encerrados en los CIE esperan la ejecución de su expulsión sin entender por qué les han encerrado y sin saber qué será de ellos cuando salgan</p></div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Con esta segunda entrega termina el reportaje <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/rostros-CIE_0_309719911.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">'Los Rostros del CIE'</a>, lanzado el pasado lunes.</li>
                            </ul>
            </div><h3 class="article-text">Mohsan. Pakistan, 25 d&iacute;as en el CIE</h3><p class="article-text">
        Mohsan escogi&oacute; este nombre para el reportaje porque es el m&aacute;s querido de sus 6 hermanos, todos ellos residentes en Pakist&aacute;n. Esconde su rostro por miedo a ser detenido de nuevo. Con 21 a&ntilde;os abandon&oacute; el mundo de pobreza en el que viv&iacute;a para iniciar un &eacute;xodo a pie desde Islamabad que un a&ntilde;o m&aacute;s tarde acabar&iacute;a en Espa&ntilde;a. Al principio sobreviv&iacute;a en Castilla y Le&oacute;n vendiendo rosas en la v&iacute;a publica, pero la presi&oacute;n policial lo oblig&oacute; a trasladarse hasta Guip&uacute;zcoa. Euskadi a&uacute;n otorga ayudas econ&oacute;micas a personas solas en situaci&oacute;n de desarraigo.
    </p><p class="article-text">
        A principios de julio, Mohsan tuvo una discusi&oacute;n con su pareja en una cafeter&iacute;a. La discusi&oacute;n se encendi&oacute; y la polic&iacute;a intervino. El joven pakistan&iacute; fue trasladado a una comisar&iacute;a cercana donde pas&oacute; 24 horas antes de ser puesto en libertad. Para su sorpresa, en la calle le esperaban dos Polic&iacute;as Nacionales vestidos de civil que lo obligaron a irse con lo puesto a la Comisar&iacute;a General de Extranjer&iacute;a en Donostia. All&iacute;, Mohsan descubri&oacute; que exist&iacute;a una orden para mandarlo de regreso a Pakist&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Tramitada la expulsi&oacute;n, Mohsan fue trasladado al CIE de Aluche en Madrid. &ldquo;Mal, ni la comida bien, ni dormir bien, nada. Yo no tengo culpa, yo no he vendido droga, no me han denunciado nunca, nunca, nunca. &iquest;Por qu&eacute; me encierran un mes?&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Lejos de su lugar de residencia, Mohsan no pudo recibir ninguna visita en el CIE. Sus conocidos en Madrid tambi&eacute;n son pakistan&iacute;es y ninguno de ellos se atrev&iacute;a a acercarse al centro por miedo a ser detenidos. &ldquo;No solo yo lloraba, mucha gente mayor all&iacute; tambi&eacute;n lloraban: paquistan&iacute;es, marroqu&iacute;es&hellip;&rdquo;. El 28 de julio fue puesto en libertad. Solo y sin dinero, Mohsan se vio obligado a pedir dinero prestado a diferentes compatriotas suyos para poder pagar el billete en autob&uacute;s hasta Guip&uacute;zcoa. &ldquo;Una persona, si tiene culpa, la c&aacute;rcel esta bien, pero yo nunca antes hab&iacute;a estado en la c&aacute;rcel, ni nunca denunciado, yo no pensaba que nunca ir&iacute;a a la c&aacute;rcel. [&hellip;] Aunque yo tenga hambre, no robo.&rdquo;
    </p><h3 class="article-text">Zauhi Mohamed. Argelia, 135 d&iacute;as en un CIE</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        A Zauhi lo han deportado tres veces y tres veces ha regresado, subido en una patera. Su familia est&aacute; en Espa&ntilde;a. Su mujer, embarazada, y un hijo de cinco a&ntilde;os tambi&eacute;n se encuentran en situaci&oacute;n irregular. Viven en la misma ciudad pero Zauhi prefiere no compartir hogar con ellos, por miedo a que los expulsen por su culpa. Sin dinero ni trabajo, este joven Argelino de 27 a&ntilde;os vive en el suelo de una min&uacute;scula habitaci&oacute;n prestada por un paisano suyo. Habla como un hombre hundido, cada una de sus palabras transmite tristeza.
    </p><p class="article-text">
        La historia de Zauhi empez&oacute; en 2007 en una playa de la ciudad de Oran llamada El Aai&uacute;n. En esa playa se puede comprar el derecho a jugarte la vida en una patera que navega hasta las costas de Almer&iacute;a por 10.000 linares (unos 1.000&euro;). Zahui pag&oacute; la cuota y emprendi&oacute; el viaje, pero en cuanto toc&oacute; suelo espa&ntilde;ol fue arrestado y trasladado al Centro de Internamiento de Extranjeros de La Pi&ntilde;era, en Algeciras.
    </p><p class="article-text">
        Desde esa fecha hasta hoy, Zahui ha sido arrestado cuatro veces por ser un extranjero indocumentado. Tres de los arrestos terminaron en deportaci&oacute;n. Cada deportaci&oacute;n termin&oacute; en una patera de vuelta a Almer&iacute;a. Zahui ha pasado un total de 135 d&iacute;as encerrado en tres Centros de Internamiento de Extranjeros del territorio espa&ntilde;ol: Algeciras, Tarifa y Barcelona. Muy a su pesar, Zahui se ha convertido en un experto en este tipo de centros.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mal, muy mal, tratan mal, pegan a la gente. No hay servicios dentro del chavolo... la comida fr&iacute;a, no hay nada, la cama de pl&aacute;stico, no hay almohada, no hay manta, el fr&iacute;o... El mes pasado un paisano m&iacute;o fue a ayudar a un marroqu&iacute; que se iba, eran las cuatro de la ma&ntilde;ana, te lo juro, y vino un polic&iacute;a y pum, en la boca, cay&oacute; el chico con sangre y todo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En octubre de 2010, Zahui particip&oacute; en una huelga de hambre para protestar por las condiciones de su encierro, una de las muchas que se suceden en los centros. Despu&eacute;s de eso fue deportado por tercera vez. &ldquo;Yo no sab&iacute;a nada, estaba durmiendo y vinieron: 'lev&aacute;ntate lev&aacute;ntate, tienes libertad'. Yo pensaba que me dejaban en libertad, dej&eacute; la ropa all&iacute; para mis paisanos, y cuando estaba abajo estaba la polic&iacute;a: 'tienes cacheo, te vas para tu pa&iacute;s&rdquo;. El &uacute;ltimo regreso fue el peor, veinte personas se quedaron sin gasolina en una patera de cinco metros de largo. Pasaron siete d&iacute;as en altar mar.
    </p><h3 class="article-text">Ion Starescu. Rumania, 56 d&iacute;as en el CIE</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Ion era vigilante de seguridad en Rumania, un oficio que lo convirti&oacute; en un hombre rudo. Vino hace ocho a&ntilde;os. Trabajando en la construcci&oacute;n en Madrid se gana mucho m&aacute;s que como custodio en Buz&#259;u, su ciudad natal, pero al poco tiempo se qued&oacute; sin trabajo y en la calle. Pens&oacute; en regresar pero su pareja, una inmigrante peruana con problemas de salud, le hizo quedarse. Actualmente vive en un descampado a cambio de vigilarlo.
    </p><p class="article-text">
        Durante la conversaci&oacute;n su novia le llama en varias ocasiones, tiene miedo de que sea demasiado sincero. Ion est&aacute; amenazado. &ldquo;Vino el jefe de la polic&iacute;a y me dijo -pi&eacute;nsate en hablar al peri&oacute;dico o a otra cosa porque t&uacute; puedes morir en cualquier momento, sabemos d&oacute;nde vives-. No pasa nada, nadie tiene dos vidas, por dios&rdquo;. A Ion lo detuvieron volviendo de un comedor social, era el 29 de abril de 2014 y lo encerraron en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Madrid. &ldquo;Es m&aacute;s como una c&aacute;rcel de Guatemala, por dios, traen un perro y un perro no come. Entr&eacute; con 84 y mira como estoy ahora, 60 kilos peso, en dos meses.&rdquo;
    </p><p class="article-text">
        A Ion le notificaron cinco veces orden de expulsi&oacute;n. Cuenta c&oacute;mo en dos ocasiones le subieron a un vuelo comercial que se dirig&iacute;a a Rumania. Iba maniatado y escoltado por cuatro agentes, pero encontr&oacute; la manera de impedir su deportaci&oacute;n. &ldquo;Les ped&iacute; que quer&iacute;a hablar con el comandante de el avi&oacute;n. Yo tengo la familia aqu&iacute;, yo no quiero viajar a Rumania, le dije. -No pasa nada, en cinco minutos eres libre, yo soy el comandante y el avi&oacute;n es m&iacute;o-&rdquo;. Repetidamente, los polic&iacute;as golpearon a Ion en las costillas pidi&eacute;ndole que hablara en castellano, pero el piloto del avi&oacute;n solo hablaba rumano. Los pasajeros estaban asustados. Asegura que en el furg&oacute;n de vuelta los golpes se repitieron, siempre en el cuerpo. Nunca en la cara.
    </p><p class="article-text">
        Ion cuenta que despu&eacute;s de las agresiones ni el doctor del centro ni Cruz Roja le quisieron hacer un parte m&eacute;dico. Tambi&eacute;n afirma que recibi&oacute; golpes dentro del CIE. &ldquo;Los que m&aacute;s reciben son los de Sudam&eacute;rica, reciben mucho m&aacute;s, no s&eacute; porqu&eacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo tengo mi pasaporte. Yo me voy solo a Rumania, no con violencia, no con golpes. Me voy cuando yo quiero porque soy europeo, hoy estoy aqu&iacute; y ma&ntilde;ana en Francia, o donde quiera&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Abdou Sech. Senegal, 53 d&iacute;as en el CIE</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Adbou no se llama Abdou. Escogi&oacute; este nombre para aparecer en el reportaje en recuerdo de un amigo suyo deportado hace poco m&aacute;s de un mes. Esconde su identidad por la orden de expulsi&oacute;n que tiene vigente. Su historia empieza en 2008 en un hospital de la periferia de Kaolack, Senegal, en el que su madre agonizaba. &ldquo;Yo no soy el mayor, pero mi madre, cuando mor&iacute;a en el hospital, sus &uacute;ltimas palabras me las dijo a m&iacute;: cuida de tu familia&rdquo;. Abdou se qued&oacute; sin padre ni madre y con 6 hermanos. &ldquo;Desde ese d&iacute;a he sacrificado mi vida para venir aqu&iacute;. He hecho 4 d&iacute;as de mar, sin comer, sin beber&hellip; Yo he venido con amigos de mi mismo barrio, se han muerto delante m&iacute;o, en la patera mismo. Te mueres, la gente te mira, est&aacute;s muerto, te cogen, y al agua&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hoy, Abdou vive en uno de esos pueblos de la costa mediterr&aacute;nea que los turistas invaden 3 meses al a&ntilde;o. El 31 de marzo de este a&ntilde;o fue detenido en la estaci&oacute;n de tren del aeropuerto de El Prat, en Barcelona. Fue entonces cuando supo que ten&iacute;a una orden de expulsi&oacute;n del pa&iacute;s que nunca se le hab&iacute;a notificado. Gracias a esa orden, Abdou conoci&oacute; el CIE de la Zona Franca de Barcelona.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;La comida es&hellip; t&uacute; sabes que esto no lo vas a comer, mal&iacute;sima. Nunca comer&iacute;a eso en la calle. Y la poli, cuando vienen enfadados, t&uacute; tienes que pagar los platos rotos. Yo he iniciado dentro una huelga de hambre. Cuando yo estaba dentro, hab&iacute;a una paisano m&iacute;o (refiri&eacute;ndose a Mamadou Balde), cuando &eacute;l llevaba cinco d&iacute;as nos empezamos a conocer, hablamos, compartimos tabaco y tal. Yo cada d&iacute;a lo ve&iacute;a peor, se encontraba flojo, cada d&iacute;a mas delgado, tos&iacute;a y le sal&iacute;a sangre.&rdquo; Una noche, justo antes de entrar en las celdas, Mamadou se desplom&oacute; delante de todo el mundo. A las pocas horas estaba hospitalizado y diagnosticado con tuberculosis. Al d&iacute;a siguiente, aproximadamente la mitad de personas internas en el CIE de la Zona Franca se plantaron en huelga de hambre para pedir an&aacute;lisis m&eacute;dicos. &ldquo;Est&aacute;n jugando con mi vida, yo no lo voy a permitir, yo he entrado sano, si me expulsan me tienen que llevar sano a mi pa&iacute;s, si me sueltan, tambi&eacute;n: me tienen que soltar sano&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los huelguistas consiguieron negociar directamente con el director del centro, que aprob&oacute; una revisi&oacute;n medica para las personas m&aacute;s cercanas a Mamadou. Abdou estuvo entre los seis primeros analizados. Los seis dieron positivo en tuberculosis y se les agend&oacute; una segunda prueba al cabo de 4 d&iacute;as para confirmar el diagn&oacute;stico. La mayor&iacute;a de estas pruebas nunca se pudo realizar. Cinco de los seis positivos fueron puestos en libertad antes, incluyendo a Abdou. &ldquo;Me he encontrado bien. Fui al m&eacute;dico pero a&uacute;n tengo que esperar que me manden la tarjeta del m&eacute;dico de aqu&iacute;&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/fotos-rostros-cie-violencia-sanidad_1_4599985.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 06 Oct 2014 20:50:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[FOTOS | Los rostros del CIE: de la inseguridad sanitaria a la violencia policial]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,Derechos Humanos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[FOTOS | Los rostros del CIE: el antes y el después de un internamiento]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/rostros-cie_1_4607837.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1ca8929b-7d88-436f-8666-dfe88901829d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="FOTOS | Los rostros del CIE: el antes y el después de un internamiento"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Tres historias, tres testimonios directos de inmigrantes que han pasado por el Centro de Internamiento para Extranjeros (CIE) de Barcelona o el de Aluche</p><p class="subtitle">Los inmigrantes encerrados en los CIE esperan la ejecución de su expulsión, el fin de estos centros, pero la mayoría no llegan a ser repatriados, como en estos casos</p><p class="subtitle">Siete historias. En la próxima entrega, este martes, cuatro rostros más</p></div><h3 class="article-text">Mustapha Karroumi. Marruecos, 75 d&iacute;as en un CIE</h3><p class="article-text">
        El 14 de febrero de 2000, Mustapha se escondi&oacute; en la caja de un cami&oacute;n durante 36 horas para llegar a Espa&ntilde;a. Ten&iacute;a 18 a&ntilde;os y se hab&iacute;a quedado solo en Marruecos. Toda su familia viv&iacute;a ya en Catalu&ntilde;a. El viaje fue un &eacute;xito y consigui&oacute; llegar a Molins de Rei (Barcelona), donde trabaj&oacute; en la construcci&oacute;n hasta que la crisis empez&oacute; a golpear. &ldquo;En 2007, la empresa empez&oacute; a ir mal y empezaron a despedir gente. En la misma empresa trabajaba yo, mi padre y mi cu&ntilde;ado. Luego estuve un tiempo en el paro&rdquo;. En 2011, Mustapha perdi&oacute; la residencia, pese a tener m&aacute;s de cinco a&ntilde;os cotizados.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Sin mirar cu&aacute;nto tiempo llevaba aqu&iacute;, sin mirar si he trabajado, sin mirar por mi familia ni por nada&rdquo;. El 16 de enero de 2011 le pidieron la documentaci&oacute;n en una estaci&oacute;n de tren. &ldquo;Cumpl&iacute; casi los 60 d&iacute;as, que es el m&aacute;ximo que se puede estar en el CIE, pero cuando me faltaban seis d&iacute;as me deportaron&rdquo;. A las cuatro de la ma&ntilde;ana se presentaron en su celda: &ldquo;Levanta el culo, que tienes cinco minutos para recoger tus cosas: te vas a tu pa&iacute;s&rdquo;, le dijeron. &ldquo;Estuve en Marruecos un a&ntilde;o y cuatro meses, ya deportado y con una orden de expulsi&oacute;n. Estuve all&iacute; como un loco perdido, no ten&iacute;a a nadie, mis padres viv&iacute;an aqu&iacute;, tengo siete sobrinos viviendo aqu&iacute;; yo sent&iacute;a que me hab&iacute;an quitado el derecho a estar con mi familia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;En el verano de 2012 volv&iacute; a regresar, nadando hasta la playa de Melilla, y consegu&iacute; esconderme en un ferry&rdquo;. A los dos meses de regresar a Catalu&ntilde;a, Mustapha se cas&oacute; con su actual esposa. Un a&ntilde;o despu&eacute;s fue enviado, por segunda vez, al CIE de la Zona Franca de Barcelona. &ldquo;Una semana antes de salir yo, a uno le ten&iacute;an la cara desfigurada; no te digo que te peguen con la porra, no, no, a pu&ntilde;etazos, a codazos&hellip; te desfiguran la cara, a m&iacute; me la han desfigurado&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        En una ocasi&oacute;n, le encontraron un encendedor en la celda, &ldquo;entraron como diez agentes de golpe, me toc&oacute; que estaba con cuatro [internos] que no hablaban bien el castellano, yo era el &uacute;nico que hablaba bien, pues empec&eacute; a hablar, y al hablar, pues recib&iacute;; los otros eran j&oacute;venes&rdquo;. El castigo eran nueve segundos de descarga el&eacute;ctrica con un 'taser', a escoger entre la espalda y los pies. &ldquo;Al que era mayor le dije: 'Bueno, vamos a comernos el marr&oacute;n t&uacute; y yo y dejamos a estos tres'. Elegimos los pies. 'Nueve segundos', dije. Asumimos el castigo&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los polic&iacute;as nacionales dijeron que iban a castigar a los cinco, pero el 'taser' no ten&iacute;a bater&iacute;a, as&iacute; que lo har&iacute;an de otra manera. &ldquo;Antes de que pudiera entender a qu&eacute; &rdquo;manera&ldquo; se refer&iacute;a, ya hab&iacute;a recibido un guantazo. Llevaban guantes, pero cada golpe me tumbaba al suelo. Luego me cog&iacute;an dos agentes y me pon&iacute;an de pie, y uno me cog&iacute;a del pelo hacia atr&aacute;s poniendo la cara bien. Y otro guantazo, y al suelo. Seis veces me lo hicieron&rdquo;. Todos los internos recibieron, s&oacute;lo el m&aacute;s joven se libr&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Mustapha es uno de los pocos inmigrantes que se han atrevido a denunciar judicialmente agresiones sufridas en los Centros de Internamiento de Extranjeros. Su proceso se encuentra en fase de instrucci&oacute;n, pero ya ha podido declarar. &ldquo;Pero te digo, t&iacute;o, all&iacute; se maltrata a la gente. Yo he estado en una c&aacute;rcel de Marruecos un mes, pero que se te pongan diez funcionarios y te revienten la cara as&iacute;... No, t&iacute;o, as&iacute; no. No es por lo que me han hecho a m&iacute;. Murieron dos personas all&iacute; dentro y no quiero que les pase a otras personas, y ya est&aacute;&rdquo;. Mustapha no tiene el dato correcto: son cuatro las personas que han muerto en el interior del CIE de la Zona Franca de Barcelona.
    </p><h3 class="article-text">Mamadou Balde. Senegal. 30 d&iacute;as en el CIE</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &ldquo;Yo les dije que no estaba bien, que me mandaran al m&eacute;dico, que no pod&iacute;a comer, que no pod&iacute;a dormir, que no pod&iacute;a hacer nada. Estuve mucho tiempo pidiendo que me llevaran al hospital, pero no quer&iacute;an&rdquo;. Mamadou hoy ya est&aacute; en un hospital, en el &uacute;nico centro m&eacute;dico de Catalu&ntilde;a especializado en tratar la tuberculosis. &ldquo;Yo pienso que la causa de la enfermedad es el CIE, porque yo antes no tos&iacute;a, pero cuando llegu&eacute; all&iacute; todo empez&oacute;&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hace 10 a&ntilde;os que Mamadou abandon&oacute; el trabajo agr&iacute;cola en su Senegal natal, en busca de su hermano que vive en Espa&ntilde;a. &ldquo;La entrada fue un poco dif&iacute;cil porque pasamos dos d&iacute;as en el mar. La patera donde est&aacute;bamos estaba toda estropeada, la polic&iacute;a nos rescat&oacute; a todos. Si no, a&uacute;n estar&iacute;amos all&iacute;&rdquo;. Mamadou pis&oacute; suelo espa&ntilde;ol por primera vez en Fuerteventura y posteriormente fue trasladado a Andaluc&iacute;a, donde fue liberado. Su experiencia en el campo le permiti&oacute; encadenar varios trabajos agr&iacute;colas durante a&ntilde;os, pero en 2012 se encontr&oacute; sin opciones en el sur y decidi&oacute; moverse a un piso en Lleida, cerca de su hermano. &ldquo;Vinieron a la casa donde viv&iacute;amos siete personas y detuvieron a todos los que no ten&iacute;amos papeles&rdquo;. Fue el 25 de marzo de 2014.
    </p><p class="article-text">
        Los s&iacute;ntomas de Mamadou empezaron tras 10 d&iacute;as de encierro en el CIE de la Zona Franca de Barcelona. Ten&iacute;a fr&iacute;o, no pod&iacute;a comer. Ten&iacute;a fiebre y hab&iacute;a perdido las fuerzas. &ldquo;Yo cog&iacute; esto all&iacute; dentro, antes no estaba enfermo. Un d&iacute;a tos&iacute; y saqu&eacute; sangre. Baj&eacute; para buscar si hab&iacute;a enfermera pero era domingo y no hab&iacute;a nadie&rdquo;. Hasta los 30 d&iacute;as de encierro no fue trasladado al Hospital Clinic. Dio positivo en una de las enfermedades m&aacute;s antiguas que afectan al ser humano: tuberculosis. En ese momento se le otorg&oacute; la libertad.
    </p><p class="article-text">
        Mamadou lleva tres meses de tratamiento y, en el mejor de los casos, le faltan otros tres. &ldquo;Yo de momento estoy aqu&iacute; para curarme, esta es la idea que tengo. En el centro hay gente que lleva uno o dos a&ntilde;os, yo no s&eacute; cu&aacute;nto tiempo voy a pasar aqu&iacute;&rdquo;.
    </p><h3 class="article-text">Hibra, Senegal. 39 d&iacute;as en un CIE</h3><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Hibra es un nombre falso. Este hombre de 34 a&ntilde;os siempre recurre al nombre de un sobrino suyo cuando habla con desconocidos sobre su historia. &ldquo;Yo vine aqu&iacute; para conseguir un futuro mejor para mis hijos, un futuro que yo nunca he tenido; por eso arriesgu&eacute; mi vida, por ellos. He venido a Espa&ntilde;a tres veces: en 2006, 2007 y 2008. Las dos primeras veces no tuve suerte, pero me mandaron al Senegal sin ning&uacute;n problema. En 2008, cuando me pillaron, me juzgaron y me acusaron por ser el capit&aacute;n del barco (la patera). Me condenaron a tres a&ntilde;os&rdquo;. Hidra era pescador en Dakar y ten&iacute;a una barcaza.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Esos tres a&ntilde;os yo lo he pagado como se tiene que pagar, porque tampoco hay otra soluci&oacute;n, &iquest;no? Y lo pago dignamente, no he tenido problemas con nadie [...]. Ahora mismo el mejor amigo que tengo es el capell&aacute;n de la c&aacute;rcel, el mejor amigo que tenemos todos los inmigrantes aqu&iacute;. Yo le llamo 'Viejo Nacho'. Lo poco que ganaba en la c&aacute;rcel &eacute;l me ayudaba para mandarlo a mi familia&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Terminada su condena, Hibra fue liberado de la c&aacute;rcel. Vivi&oacute; y trabaj&oacute; durante tres a&ntilde;os en la localidad de Valoria la Buena (Valladolid) como cuidador de caballos. &ldquo;Me gustaba pero no es lo m&iacute;o; pero yo cualquier trabajo intento hacerlo porque a m&iacute; en la vida lo que me da felicidad es trabajar y cuidar a mi familia&rdquo;. El 17 de enero de 2014, Hibra se dirig&iacute;a a Valladolid a comprar alimentos cuando fue detenido por no tener documentaci&oacute;n y trasladado al Centro de Internamiento de Aluche, en Madrid. &ldquo;El CIE es inhumano. Yo pas&eacute; tres a&ntilde;os en la c&aacute;rcel y un mes y medio en el CIE; si quieren llevarme al CIE, prefiero estar el doble de tiempo en la c&aacute;rcel, es lo peor que he visto en mi vida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo lo que me pensaba era grave porque hab&iacute;a un avi&oacute;n el d&iacute;a 13 de febrero para el Senegal. Por eso me cogieron&rdquo;. Algunas ONG, amigos y funcionarios p&uacute;blicos de Valoria hicieron escritos a su favor para que no lo deportaran. &ldquo;Por eso estoy hablando contigo; si no fuera por el apoyo de toda la gente, ahora no estar&iacute;a aqu&iacute;. El alcalde de Valoria, la gente de Cubillas de Cerrato [Palencia], el viejo Nacho. La gente que me ayuda est&aacute;n ayudando a los inmigrantes todos los d&iacute;as, pero no se ve&rdquo;. &Eacute;l se salvo, pero, seg&uacute;n Hibra, el pasado 13 de febrero, 34 personas que estaban encerradas en el CIE de Aluche fueron deportadas al Senegal. &ldquo;Te tienes que portar muy bien, muy bien o superbi&eacute;n para que no te peguen [...]. Yo no tuve problemas, si pides derechos pero no te los dan, pues no los pidas; agach&eacute; la cabeza hasta ahora&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a en que Hibra fue liberado, los vecinos de Valoria la Buena organizaron una fiesta. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/rostros-cie_1_4607837.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Oct 2014 18:13:15 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[FOTOS | Los rostros del CIE: el antes y el después de un internamiento]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[CIE - Centro de Internamiento de Extranjeros,Inmigrantes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El último médico de El Salvador]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/ultimo-medico-salvador_3_5061501.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/a27f6a05-e48f-4469-84c2-a872aad62a22_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El último médico de El Salvador"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Eduardo Abullarade no era un médico común. Afirma que durante los últimos 20 años ha revisado las heridas de casi 10 mil pacientes. Todos ellos estaban muertos. Eduardo Abullarade fue uno de los mejores médicos forenses de El Salvador.</p><p class="subtitle">En un uno de los países más violentos del mundo su trabajo consistía en salir a buscar cadáveres para llevarlos a la morgue. Su rutina diaria era una radiograía de la crisis de violencia en que está inmersa Centroamérica.</p><p class="subtitle">A algo más de una semana de las elecciones en El Salvador, los partidos han intensificado su campaña con promesas de frenar la criminalidad, reflejada en imágenes como estas.</p></div><p class="article-text">
        Eduardo Abullarade no era un m&eacute;dico com&uacute;n. Afirma que durante los &uacute;ltimos 20 a&ntilde;os ha revisado las heridas de casi 10 mil pacientes. Todos ellos estaban muertos. Eduardo Abullarade fue uno de los mejores m&eacute;dicos forenses de El Salvador. 
    </p><p class="article-text">
        En un uno de los pa&iacute;ses m&aacute;s violentos del mundo su trabajo consist&iacute;a en salir a buscar cad&aacute;veres para llevarlos a la morgue. Su rutina diaria era una radiogra&iacute;a de la crisis de violencia en que est&aacute; inmersa Centroam&eacute;rica.
    </p><p class="article-text">
        A algo m&aacute;s de una semana de las elecciones en El Salvador, los partidos han intensificado su campa&ntilde;a con promesas de frenar la criminalidad, reflejada en im&aacute;genes como estas.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Ruido Photo]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Jan 2014 18:48:43 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Violencia,Crímenes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Así es La Bestia, el tren donde la muerte casi nunca es un accidente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/inmigracion-mexico-tren_3_5786012.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/04ea2fb9-56c7-4df5-9ba6-8d3186689556_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Así es La Bestia, el tren donde la muerte casi nunca es un accidente"></p><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Viaje al interior del peligroso tren de mercanc&iacute;as que utilizan los    emigrantes a Estados Unidos para esconderse y atravesar Centroam&eacute;rica</li>
                                    <li>Al menos seis personas han fallecido en el <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/muertos-descarrilamiento-Bestia_0_168683319.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">descarrilamiento</a> del convoy conocido como La Bestia</li>
                            </ul>
            </div><div class="list">
                    <ul>
                            </ul>
            </div><div class="list">
                    <ul>
                                    <li>Viaje al interior del peligroso tren de mercanc&iacute;as que utilizan los    emigrantes a Estados Unidos para esconderse y atravesar Centroam&eacute;rica</li>
                                    <li>Al menos seis personas han fallecido en el <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/muertos-descarrilamiento-Bestia_0_168683319.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia">descarrilamiento</a> del convoy conocido como La Bestia</li>
                            </ul>
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      <dc:creator><![CDATA[Ruido Photo]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/inmigracion-mexico-tren_3_5786012.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 26 Aug 2013 18:26:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,México]]></media:keywords>
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