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    <title><![CDATA[elDiario.es - Pablo L. Orosa]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/pablo_l_orosa/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Pablo L. Orosa]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Abiy Ahmed: un equilibrista para una paz que le ha valido el Nobel, pero que no significa el fin de los conflictos en Etiopía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/abiy-ahmed-equilibrista-conflictos-etiopia_1_1315477.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c08f9843-2afc-463f-ba5f-428131b2aa0b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Abiy Ahmed: un equilibrista para una paz que le ha valido el Nobel, pero que no significa el fin de los conflictos en Etiopía"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Nobel de la Paz ha recaído este viernes en el primer ministro de Etiopía, que en menos de año y medio en el poder ha puesto fin a dos décadas de disputa con Eritrea</p><p class="subtitle">Ahmed ha mediado en las crisis de Sudán y Sudán del Sur y ha logrado que por primera vez en décadas no haya grupos armados intentando derrocar al Gobierno</p><p class="subtitle">Sin embargo, en un país fragmentado étnicamente, su diplomacia no ha conseguido frenar los enfrentamientos y Etiopía fue el pasado año el país con más nuevos desplazados internos del mundo</p></div><p class="article-text">
        A Abiy Ahmed se le da bien construir la paz. En menos de a&ntilde;o y medio en el poder ha logrado poner fin a dos d&eacute;cadas de&nbsp;disputa&nbsp;con Eritrea, ha mediado en las crisis regionales de Sud&aacute;n y Sud&aacute;n del Sur y ha logrado que por primera vez desde 1970 no haya &ndash;al menos oficialmente&ndash; ning&uacute;n grupo armado&nbsp;tratando de derrocar al Gobierno. Estos m&eacute;ritos, unidos a su agenda feminista y al apoyo de una comunidad internacional rendida a su pol&iacute;tica de privatizaciones, le han granjeado un premio Nobel de la Paz. Pero la ausencia de guerra no implica que haya paz.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El pasado mes de junio, un intento de golpe de Estado liderado por un coronel liberado por el propio Ahmed en la amnist&iacute;a decretada tras llegar al poder demostr&oacute; que el equilibrio por el que camina la paz en Etiop&iacute;a es fr&aacute;gil. Meses antes, el propio Ahmed sobrevivi&oacute; a un atentado terrorista durante un mitin. La &lsquo;Abiymania&rsquo; que ha conquistado las redes sociales y las portadas de la prensa internacional ha desatado, al mismo tiempo, los recelos en un Estado con m&aacute;s de 80 grupos &eacute;tnicos que se debate entre dos formas de entender el pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aunque constitucionalmente Etiop&iacute;a se define como un federalismo &eacute;tnico, el r&eacute;gimen tigray que gobern&oacute; el pa&iacute;s desde que derrotaron al&nbsp;Derg&nbsp;comunista en 1991 impuso en la pr&aacute;ctica un modelo centralista, Ethio-nacionalista, que primaba los intereses de una minor&iacute;a que apenas supone el 6% de la poblaci&oacute;n del pa&iacute;s. Los agravios, principalmente por la expulsi&oacute;n de miles de campesinos de sus tierras, explotaron en 2015, cuando la comunidad oromo se levant&oacute; contra el plan de expansi&oacute;n urbana de la capital. Pronto se sumaron los amhara, juntos suman el 61% de la poblaci&oacute;n, y otros grupos &eacute;tnicos por todo el pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la represi&oacute;n, utilizada durante d&eacute;cadas con el visto bueno de Occidente, se revel&oacute; insuficiente para contener el levantamiento, los l&iacute;deres tigray dejaron caer al primer ministro Hailemariam Desalegn y acudieron a Ahmed, l&iacute;der de la facci&oacute;n oromo que ejerc&iacute;a como oposici&oacute;n interna dentro de la coalici&oacute;n de cuatro partidos, la Ethiopian People's Revolutionary Democratic Front (EPRDF), que controla el pa&iacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hijo de madre ortodoxa amhara y padre musulm&aacute;n oromo, Abiy Ahmed es un devoto cristiano pentecostal, un resumen de una personalidad camale&oacute;nica que le permiti&oacute; hacer carrera como coronel y agente de inteligencia bajo el mando tigray. Ahmed apacigu&oacute; el pa&iacute;s levantando el estado de emergencia, liberando a miles de presos pol&iacute;ticos, avalando la libertad de prensa, permitiendo el regreso de figuras en el exilio &ndash;como la medallista ol&iacute;mpica Feyisa Lilesa&ndash; y negociando con grupos opositores como el Frente de Liberaci&oacute;n de Oromo&nbsp;(OLF en ingl&eacute;s) y el Ginbot 7, considerados hasta entonces organizaciones &lsquo;terroristas&rsquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un aplaudido movimiento, nombr&oacute; a la hist&oacute;rica l&iacute;der opositora Birtukan Mideksa m&aacute;xima responsable de la Comisi&oacute;n Electoral que dirigir&aacute; el proceso democr&aacute;tico hasta los pr&oacute;ximos comicios, previstos para 2020 y que se plantean ya como un plebiscito sobre el modelo de Etiop&iacute;a propuesto por Ahmed. El primer ministro ha prometido entregar el poder si es derrotado en unas elecciones libres y justas, para lo que ha acordado con la oposici&oacute;n un pacto de buenas pr&aacute;cticas democr&aacute;ticas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tildado de populista por sus detractores, Ahmed promulga desde su llegada al poder el modo <em>medemer</em>, un t&eacute;rmino amharico &ndash;la lengua mayoritaria del pa&iacute;s&ndash; que alude a la unidad y a la capacidad de sumar, pero con el paso de los meses los gui&ntilde;os para contentar a todos se han tornado significantes vac&iacute;os: la connivencia con los tigray salt&oacute; por los aires con el arresto de varios altos cargos acusados de violaciones de los derechos humanos y posteriormente con expropiaciones forzosas de tierras en regiones tigray. Al norte la comunidad amhara, al sur guji y gedeo, y al este los somal&iacute;es han acabado tambi&eacute;n por levantarse contra el Gobierno.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El resultado es que en 2018<a href="https://www.efe.com/efe/america/sociedad/etiopia-es-el-pais-del-mundo-con-mas-desplazados-en-2018-segun-un-informe/20000013-3746859" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> Etiop&iacute;a fue el pa&iacute;s con m&aacute;s nuevos desplazados internos</a> del mundo: en el &uacute;ltimo a&ntilde;o y medio, la cifra ha aumentado un 75%. Aunque el Ejecutivo de Ahmed insiste en que la emergencia est&aacute; controlada, sobre el terreno acusan a las fuerzas estatales de obligar a los desplazados a retornar a sus territorios por la fuerza.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Como ha hecho hist&oacute;ricamente con un pa&iacute;s clave para la estabilidad de una de las regiones m&aacute;s vol&aacute;tiles del continente, la comunidad internacional cierra los ojos ante algunos excesos, incluido&nbsp;el arresto el pasado septiembre de 3.000 j&oacute;venes acusados de incitar la criminalidad&nbsp;o sus injerencias en un sistema judicial politizado. En cambio, se centra en sus logros: su inequ&iacute;voco compromiso feminista, plasmado en la elecci&oacute;n de Sahle-Work Zewde como presidenta del pa&iacute;s y en el nombramiento de un Gabinete paritario, y, sobre todo, en su audaz movimiento para poner fin al conflicto con Eritrea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tras m&aacute;s de dos d&eacute;cadas de disputa territorial, Ahmed sorprendi&oacute; al mundo en julio de 2018 con un acuerdo de paz que ha permitido restaurar las relaciones diplom&aacute;ticas y la conexi&oacute;n a&eacute;rea y telef&oacute;nica, pero que mantiene la frontera terrestre todav&iacute;a fuertemente militarizada. Amparado por Estados Unidos, Arabia Saud&iacute; y Emiratos &Aacute;rabes Unidos, Ahmed ha ampliado su perfil como mediador internacional en conflictos como los de Sud&aacute;n y Sud&aacute;n del Sur.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su liderazgo personalista, capaz de pasar por encima de las instituciones y de sus propios compa&ntilde;eros de Gobierno, alimenta los recelos ante un modelo aut&aacute;rquico de poder con demasiados ejemplos en &Aacute;frica. Hasta la fecha, su pol&iacute;tica econ&oacute;mica, basada en la privatizaci&oacute;n de sectores claves como la energ&iacute;a, el transporte o las telecomunicaciones, ha dado grandes r&eacute;ditos macroecon&oacute;micos, pero mantiene a casi una cuarta parte del pa&iacute;s viviendo por debajo del umbral de la pobreza. Una realidad que, m&aacute;s all&aacute; de las disputas &eacute;tnicas y la contienda que asoma con Egipto por las aguas del Nilo, puede oscurecer el futuro que traza el Nobel de la Paz.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo L. Orosa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/abiy-ahmed-equilibrista-conflictos-etiopia_1_1315477.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Oct 2019 20:09:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Nobel de la Paz,Etiopía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Eastleigh, la barriada de Nairobi donde terminan los refugiados del cuerno de África]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/eastleigh-barriada-nairobi-refugiados-africa_1_2015361.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/538a0394-db2a-4f46-9cd1-bc175db92eaa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eastleigh, la barriada de Nairobi donde terminan los refugiados del cuerno de África"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Conocido como 'Little Mogadisho' por la cantidad de refugiados somalíes que residen en el barrio, Eastleigh es un retrato de los procesos migratorios en la región: de los migrantes indios, a la conquista de la etnia kikuyo de Nairobi</p><p class="subtitle">La crisis de los oromo en Etiopía y la guerra en Yemen han provocado una nueva oleada de refugiados a una barriada ya saturada</p><p class="subtitle">La violencia sexual, la malaria y el hambre son las amenazas heredadas por los refugiados que llegan a Eastleigh</p></div><p class="article-text">
        Zahra lleva tanto tiempo aqu&iacute;, entre las calles abigarradas, sucias, que ya no sabr&iacute;a decir cu&aacute;l es su verdadero Mogadiscio. Si el que dej&oacute; atr&aacute;s, en Somalia, siendo un ni&ntilde;a o este suced&aacute;neo levantado al este de Nairobi en el que han crecido sus tres hijos.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute;, en el 'Little Mogadisho' [peque&ntilde;o Mogadiscio] al que desde los a&ntilde;os 90 no han parado de llegar las v&iacute;ctimas de la violencia en Somalia, se habla alto, casi gritando, se come carne de cabra y estofado de camello en el Kilimajaro Food Court y<a href="https://www.eldiario.es/desalambre/Etiopia-khat_0_685931845.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> se masca khat con la misma ansiedad </a>que en cualquier puesto del mercado de Bakaara.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; tampoco falta hambre &ndash;&ldquo;lo que nos da Acnur apenas llega para comprar tomates, arroz y ma&iacute;z&rdquo;&ndash;, pero se muere menos: &ldquo;Somalia me da miedo&rdquo;, contin&uacute;a Zahra. &ldquo;No podemos volver, mi t&iacute;a lo intent&oacute; hace unos meses y la mataron&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Eastleigh es hoy el hogar de 200.000 personas de origen somal&iacute;. Algunos tienen la nacionalidad keniana, otros son refugiados, otros muchos son migrantes en situaci&oacute;n irregular, pero todos han encontrado en la barriada un negocio con el que salir adelante. Zahra tiene un puesto ambulante de venta de <em>mandazi</em>, un pan frito muy habitual en los desayunos. &ldquo;Con eso y lo que nos da Acnur vamos tirando los cuatro&rdquo;, asegura.
    </p><p class="article-text">
        Los negocios del barrio, seg&uacute;n su asociaci&oacute;n de comerciantes, la Eastleigh Business Community (EBC), generan un volumen anual de 2,9 billones de chelines (alrededor de 24,5 millones de euros), casi un tercio de todo lo que se factura en Nairobi. Aerol&iacute;neas que conectan el Cuerno de &Aacute;frica, como East Africa, African Express o Juba Airways, tiene su sede y sus due&ntilde;os aqu&iacute;. Compa&ntilde;&iacute;as de autobuses, como Maslah, Ocean Bus Services o Gataway, ofrecen rutas por toda Kenia y enlaces con los principales campos de refugiados plagados de compatriotas somal&iacute;es: Dadaab y Kakuma.
    </p><p class="article-text">
        Pero este dinero no se queda aqu&iacute;. Como otras muchas barriadas, Eastleigh es, sobre todo, un epicentro de la econom&iacute;a informal. De la somal&iacute; y de la de una parte de Nairobi. De los hawala, que transfieren el dinero de un pa&iacute;s a otro al margen del sistema tradicional de bancos, a los constructores que levantan viviendas informales a ambos lados de Juja Road, la carretera principal que conecta el barrio con el resto de la ciudad. Negocios multimillonarios en los que los habitantes del barrio ejercen mayoritariamente de clientes, pero cuyos beneficios acaban en manos de la di&aacute;spora, cada vez m&aacute;s poderosa e influyente en la regi&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Esta &ldquo;juega un papel muy importante, tanto por el env&iacute;o de remesas como por las inversiones que realizan por toda Somalia&rdquo;, explica el catedr&aacute;tico en antropolog&iacute;a africana de la Universidad de Bristol y autor del libro <em>Di&aacute;spora, comercio y confianza: Eastleigh, el &ldquo;Peque&ntilde;o Mogadiscio&rdquo; de Nairobi</em>, Neil Carrier.
    </p><h3 class="article-text">Detenciones arbitrarias y redadas</h3><p class="article-text">
        El estrecho v&iacute;nculo del barrio con un pa&iacute;s que se desangra tras veinticinco a&ntilde;os de conflicto armado ha puesto en el punto de mira a sus vecinos. Desde que en 2011 las tropas kenianas se desplegaran en Somalia para combatir al grupo terrorista Al Shabab y especialmente desde que el movimiento afiliado a Al Qaeda contestara con un ataque terrorista en Nairobi que dej&oacute; 67 muertos, las redadas, las detenciones arbitrarias y ejecuciones extrajudiciales son cada vez m&aacute;s frecuentes.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Los abusos policiales han ido m&aacute;s all&aacute; en las operaciones antiterroristas: los medios locales han estado informado regularmente sobre homicidios y desapariciones de j&oacute;venes en barrios de bajos ingresos sin que se haya rendido cuenta por estos excesos&rdquo;, se&ntilde;ala el investigador de Human Rights Watch, Otsieno Namwaya.
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        &ldquo;Muy poca gente en Eastleigh tiene algo que ver con los piratas o con los terroristas&rdquo;, sostiene Carrier, pero el estereotipo ya ha calado en la sociedad, singularmente tras el estreno en 2015 de<em> Eye in the Sky</em>, un thriller b&eacute;lico en el que los radicales de Al Shabab se refugian en la barriada.
    </p><p class="article-text">
        Desde entonces, la vida de Sadia y Hamamud, seis ni&ntilde;os a su cargo cada una &ndash;aunque los de esta &uacute;ltima son de su hermana, fallecida en Somalia&ndash;, es si cabe m&aacute;s complicada. All&iacute; hu&iacute;an de los radicales. Aqu&iacute; de los excesos de la Polic&iacute;a. Y de los hombres, a veces sus propios maridos, que pagan con ellas su frustraci&oacute;n: como el resto de barrios empobrecidos de la capital, Eastleigh es uno de los epicentros de la violencia sexual en Kenia.
    </p><h3 class="article-text">Los oromo et&iacute;opes, los pen&uacute;ltimos en llegar</h3><p class="article-text">
        Aunque los terrenos pertenecen a una congregaci&oacute;n cristiana, la mayor&iacute;a de las personas aqu&iacute; son musulmanas. Todas mujeres &ndash;y ni&ntilde;os&ndash;. La ONG Hesed, socia local de la espa&ntilde;ola Farmamundi, ha organizado una jornada de vacunaci&oacute;n y asistencia sanitaria primaria. El sarampi&oacute;n, la polio y las enfermedades respiratorias son demasiado frecuentes. Pero el verdadero enemigo es la malaria. Y la desnutrici&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi hija no puede m&aacute;s. Necesita ayuda&rdquo;, repite Habiba, cuatro hijos a su cargo y dos m&aacute;s que se llev&oacute; la guerra en Somalia. Aysha, sentada al fondo del banco, debajo de la ventana, con el velo protegi&eacute;ndole la garganta, tiene un problema de neurofibromatosis que le impide respirar. Un informe m&eacute;dico del hospital lo avala, &ldquo;es un caso de emergencia&rdquo;, pero no hay recursos para tratarla.
    </p><p class="article-text">
        El barrio est&aacute; desbordado. Desde marzo y hasta el nombramiento de Abiy Ahmed como nuevo presidente en Etiop&iacute;a, alrededor de 10.000 refugiados oromo, etnia a la que pertenece un tercio de los habitantes del pa&iacute;s que acarrea a nivel hist&oacute;rico la marginaci&oacute;n de la vida pol&iacute;tica y social, han atravesado la frontera. &ldquo;All&iacute; han quedado dos de mis hijos. No he vuelto a saber de ellos&rdquo;, asegura Halimba, demasiado joven para tener siquiera un solo v&aacute;stago.
    </p><p class="article-text">
        A su lado, otra joven de su mismo pueblo muestra las heridas que le dej&oacute; la huida de Etiop&iacute;a. Y el dolor desconsolado de no poder alimentar a sus dos hijos. &ldquo;Solo tenemos para comer<em> ugali</em> &ndash;un plato tradicional a base de harina de almid&oacute;n&ndash; una vez al d&iacute;a&rdquo;. El peque&ntilde;o, de seis a&ntilde;os, tiene desnutrici&oacute;n. La peque&ntilde;a, de cuatro, por ahora no.
    </p><p class="article-text">
        Los oromo son los pen&uacute;ltimos en llegar. La &uacute;ltima oleada procede de Yemen. &ldquo;M&aacute;s que 'Little Mogadisho', podr&iacute;an llamarlo ya 'Little Orom&iacute;a' o 'Little San&aacute;&rdquo;, bromea uno de los l&iacute;deres civiles del barrio. Hist&oacute;ricamente, Eastleigh ha sido testimonio arquitect&oacute;nico de las migraciones en el cuerno de &Aacute;frica. De los indios de Goa, que se asentaron junto a la iglesia de Santa Teresa, a la llegada de los kikuyos, la etnia mayoritaria en Kenia, de Kiambu.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Los sobrenombres con los que se conoc&iacute;a a Eastleigh reflejan la historia de la migraci&oacute;n en &Aacute;frica Oriental y en Kenia. Tambi&eacute;n los nombres de las calles: en la &eacute;poca colonial era nombres muy brit&aacute;nicos que luego se volvieron indios con el tiempo y tras la independencia fueron africanizados&rdquo;, resume Carrier.
    </p><p class="article-text">
        A partir de los 90, llegaron los somal&iacute;es. Primero desde Garissa. Despu&eacute;s desde Mogadiscio y todo el valle del Shabelle. &ldquo;&iquest;Volver a Somalia?&rdquo;, se pregunta Sadia, &ldquo;yo lo que quiero es ir a Am&eacute;rica&rdquo;. Mientras, lo &uacute;nico que les queda es Eastleigh.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo L. Orosa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/eastleigh-barriada-nairobi-refugiados-africa_1_2015361.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jul 2018 19:22:20 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Eastleigh, la barriada de Nairobi donde terminan los refugiados del cuerno de África]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Kenia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La guerra y la sequía en Somalia obligan a más de un millón de personas a abandonar sus casas en 2017]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/desplazados-somalia-ultimo-eslabon-pais_1_3016954.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9fb23e81-ab79-4012-83a3-da4dd3409a0e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La guerra y la sequía en Somalia obligan a más de un millón de personas a abandonar sus casas en 2017"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La amenaza yihadista de Al-Shabab, unida a las endémicas disputas entre clanes y el hambre han provocado una nueva crisis migratoria en Somalia con más de un millón de nuevos desplazados internos en 2017</p><p class="subtitle">Más de seis millones de personas, alrededor de la mitad del país, necesita ayuda urgente</p><p class="subtitle">El Gobierno no tiene autoridad en buena parte del país y las ONG han sido expulsadas de los dominios de los radicales</p></div><p class="article-text">
        No hay ojos m&aacute;s tristes en este campo de Somalia que los de Ebba. &ldquo;Aqu&iacute; los ni&ntilde;os se mueren diariamente de hambre&rdquo;, dice&nbsp;la mujer cuando habla del campamento de Waliyow, a apenas unos cientos de metros del Palacio presidencial de Mogadiscio, donde hace ya m&aacute;s a&ntilde;os de los que puede recordar fue a parar su familia huyendo de la violencia de Al Shabab. Ebba detalla el tiempo que, relata, transcurre hasta que a otro de los chiquillos que corretean por la barriada se le apaga la mirada.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n Acnur, la&nbsp;mortalidad infantil en los campos de desplazados est&aacute; &ldquo;seis veces&rdquo; por encima de&nbsp;una media&nbsp;que ya es una de las m&aacute;s altas del mundo: 137 ni&ntilde;os por cada 1.000 nacimientos.
    </p><p class="article-text">
        Tras m&aacute;s de veinticinco a&ntilde;os de conflicto armado, en Somalia han aprendido a vivir sin esperar: no esperan la lluvia ni la paz. Mucho menos noticias de sus muertos. Porque, para&nbsp;Ebba, los que quedaron atr&aacute;s, en Barawe, en la costa de su infancia, est&aacute;n muertos. Muertos en vida o muertos en la memoria.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La vida nunca fue&nbsp;f&aacute;cil en el sur de Somalia. Pero, al menos, en Barawe hab&iacute;a buenas faenas para los pescadores y la cosecha era abundante en ma&iacute;z, patatas y mangos en los campos del valle del Shabelle. &ldquo;Aquellos eran buenos tiempos en los que pod&iacute;a alimentar a mi familia&rdquo;, afirma Ahmed Alasar, otro de esos habitantes de Waliyow a los que obligaron a dejar de esperar a los vivos. A &eacute;l la desmemoria que dibujan las guerras le lleg&oacute; hace diez a&ntilde;os, meses despu&eacute;s de que la Uni&oacute;n Africana desplegase en Somalia su misi&oacute;n militar, la <a href="http://amisom-au.org/amisom-background/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">AMISOM</a>, para derrotar a la Uni&oacute;n de Tribunales Isl&aacute;micos que se hab&iacute;a hecho con el control de Mogadiscio.
    </p><p class="article-text">
        En su retirada a las comunidades rurales del valle del Shabelle, el brazo militar de los extremistas, que a&ntilde;os m&aacute;s tarde se dar&iacute;a a conocer internacionalmente como Al-Shabab, filial de Al Qaeda en el cuerno de &Aacute;frica, impuso el olvido a los disidentes. A Ahmed le dispararon a quemarropa: una mancha oscura, la sombra tirante de una cicatriz, es toda la memoria que le queda.
    </p><p class="article-text">
        Como &eacute;l, fueron miles los somal&iacute;es que huyeron de sus casas a consecuencia de la violencia. <a href="https://data2.unhcr.org/en/situations/horn" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">M&aacute;s de dos millones</a>.&nbsp;Alrededor de 800.000&nbsp;personas encuentran&nbsp;refugio en pa&iacute;ses como Kenia, Etiop&iacute;a o Yemen, pero la mayor&iacute;a se qued&oacute; atrapada en el horizonte de pl&aacute;stico de los campos de desplazados internos que jalonan el sur de Somalia.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <br><!-- título -->
<h4 style="text-align:center;color:black">Evolución del número de desplazamientos internos en el país</h4>
<!-- iframe tableau -->
<iframe style="border: 0px;" src="https://public.tableau.com/views/somalia_graficos/Dashboard3?:showVizHome=no&:embed=true" width="100%" class="tableau-responsive" height="400px" scrolling="no"></iframe>
<!-- footer -->
<div style="background-color:#005695; padding-top: 2px;  padding-left: 5px;"><span style="color:white">Fuente: Acnur<a style="color:white;text-decoration: none;"></a></span><a href="http://eldiario.es"><img src="http://www.eldiario.es/multimedia/images/logo%20blanco.png" width="100px" style="float:right;padding-right:5px"></a></div>
<br>
    </figure><h3 class="article-text">El hambre, el pan nuestro de cada d&iacute;a</h3><p class="article-text">
        En Waliyow la gente tiene hambre. Mucha. &ldquo;S&oacute;lo comemos una vez al d&iacute;a&rdquo;, se lamenta Khadr Abdi Ismail. Hace tres meses que no consigue trabajo y el Gobierno de Mohamed Abdullahi &ldquo;Farmajo&rdquo;, que ni siquiera tiene el control del territorio,&nbsp;no tiene recursos para ayudarlos.
    </p><p class="article-text">
        La autoridad del Ejecutivo federal no alcanza m&aacute;s all&aacute; de las fronteras militares delimitadas por las conquistas de la AMISOM. El resto del pa&iacute;s est&aacute; en manos de los clanes y las milicias tribales. Al norte, en el antiguo protectorado brit&aacute;nico, Somaliland reclama el reconocimiento internacional a una independencia de facto, mientras en Hoybo son los piratas los que imponen su ley. En este vac&iacute;o&nbsp;de poder, los yihadistas se han adue&ntilde;ado de su propio espacio: el ISIS al norte, en Puntland, y al Shabab en el valle del Shabelle.&nbsp;
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        En pleno centro de Mogadiscio, la filial de Al Qaeda sigue contando con un importante control del territorio. &ldquo;En diez minutos podr&iacute;an presentarse aqu&iacute;&rdquo;, explica el enlace de prensa de la AMISOM. Poco importa que dos blindados cargados con soldados permanezcan vigilando la entrada a Waliyow. Dos d&iacute;as despu&eacute;s de estas entrevistas, a menos de cuatro kil&oacute;metros de este campo desplazados internos, un cami&oacute;n bomba explot&oacute; en el K5, una concurrida zona de Mogadiscio llena de restaurantes y edificios gubernamentales, causando 512 v&iacute;ctimas mortales y 316 heridos.
    </p><h3 class="article-text">Un mill&oacute;n desplazados internos en Somalia en 2017</h3><p class="article-text">
        Desde hace unos meses, los bombardeos de los drones norteamericanos y las operaciones de la AMISOM en el valle del Shabelle se han intensificado y con ellos el flujo de desplazados: <a href="https://data2.unhcr.org/en/documents/download/60776" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">1.062.000 en lo que va de a&ntilde;o,</a>&nbsp;seg&uacute;n Acnur.&nbsp;Dos a&ntilde;os sin lluvias no han hecho m&aacute;s que agudizar una <a href="https://www.crisisgroup.org/africa/horn-africa/somalia/b125-instruments-pain-iii-conflict-and-famine-somalia" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">&ldquo;crisis humanitaria sin precedentes&rdquo;</a>, que lleva gest&aacute;ndose desde 2011, cuando la hambruna dej&oacute; m&aacute;s de 250.000 muertos,&nbsp;asegura la organizaci&oacute;n&nbsp;<a href="https://www.crisisgroup.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">International Crisis Group</a>.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <br><!-- título -->
<h4 style="text-align:center;color:black">Evolución de los refugiados somalíes en otros países</h4>
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<div style="background-color:#005695; padding-top: 2px;  padding-left: 5px;"><span style="color:white">Fuente: Acnur<a style="color:white;text-decoration: none;"></a></span><a href="http://eldiario.es"><img src="http://www.eldiario.es/multimedia/images/logo%20blanco.png" width="100px" style="float:right;padding-right:5px"></a></div>
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    </figure><p class="article-text">
        Como entonces, guerra y sequ&iacute;a van de la mano en el c&oacute;ctel maldito somal&iacute;. Sin lluvias en Deyr (octubre-diciembre) ni en Gu (abril-junio) la agricultura de subsistencia ha desaparecido, el precio de los cereales y el ma&iacute;z se ha duplicado, el kilo de arroz ronda los 4 d&oacute;lares y los reba&ntilde;os han ido menguando hasta casi desaparecer. El resultado: <a href="https://www.un.org/press/en/2017/sc12748.doc.htm" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">6,2 millones de personas, casi la mitad de la poblaci&oacute;n del pa&iacute;s, necesita asistencia humanitaria y 2,9 millones se encuentran en riesgo de hambruna</a>.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <br><!-- título -->
<h4 style="text-align:center;color:black">Refugiados somalíes por país de asilo</h4>
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<div style="background-color:#005695; padding-top: 2px;  padding-left: 5px;"><span style="color:white">Fuente: Acnur<a style="color:white;text-decoration: none;"></a></span><a href="http://eldiario.es"><img src="http://www.eldiario.es/multimedia/images/logo%20blanco.png" width="100px" style="float:right;padding-right:5px"></a></div>
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    </figure><p class="article-text">
        La ayuda no llega. <a href="https://data2.unhcr.org/en/documents/download/60776" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los fondos de la cooperaci&oacute;n internacional solo alcanzan el 44% de los 118,7 millones de d&oacute;lares requeridos</a> y lo que hay apenas puede ser distribuido: tras su derrota urbana de 2011, Al-Shabab ha cortado cualquier relaci&oacute;n con las ONG, tambi&eacute;n con las entidades musulmanas, e impide que la asistencia humanitaria llegue a sus territorios: incluso ha emitido un edicto en el que advierte a los ciudadanos de que no acepten limosnas de &ldquo;cruzados y ap&oacute;statas&rdquo;, en alusi&oacute;n a las organizaciones extranjeras y al Gobierno federal.
    </p><p class="article-text">
        Cuando tratan de huir o cuando se acercan a los soldados de la AMISOM en busca de ayuda, son hostigados&nbsp;o detenidos. En su delirio, comenta uno de los uniformados desplegados en la base avanzada de Arbiska, en pleno valle del Shabelle, han llegado a destruir algunas infraestructuras de abastecimiento de agua. Para frenar el &eacute;xodo de refugiados, Al-Shabab ha puesto en marcha su propio sistema de ayudas: proporcionan ganado, alimento, agua y hasta dinero a los vecinos afectados por la sequ&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Pero a rincones como este, Waliyow, no llega nada.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo L. Orosa, Raúl Sánchez]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/desplazados-somalia-ultimo-eslabon-pais_1_3016954.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 13 Dec 2017 20:55:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La guerra y la sequía en Somalia obligan a más de un millón de personas a abandonar sus casas en 2017]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Somalia,Refugiados,Hambre,Sequía,Medio ambiente,Cambio climático]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No saber si tendrás agua al día siguiente: la vida de miles de refugiados en Uganda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/saber-agua-dia-siguiente_1_3207082.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/87629b9b-fa0f-42c5-9ff8-427ebc9333fa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No saber si tendrás agua al día siguiente: la vida de miles de refugiados en Uganda"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Casi no hay agua en los campos del norte de Uganda donde se refugian miles de refugiados sursudaneses que huyen de la guerra</p><p class="subtitle">"El mayor problema que tenemos es el del agua. No es suficiente para lavar los cacharros y para beber", dice Betty, una joven sursudanesa</p><p class="subtitle">"La cantidad recomendada son 20 litros, pero aquí no llegan ni a cinco", advierten desde MSF</p></div><p class="article-text">
        Al cielo de las guerras no le gusta la lluvia. Al menos no la lluvia tranquila que riega los pastos y humedece las gargantas. La lluvia de las guerras es violenta: cuando cae, solo sabe arrasarlo todo. Cuando huye, se lleva consigo&nbsp;alientos. Antes de que la guerra volviese a Juba, porque la guerra en Sud&aacute;n del Sur nunca ha terminado de irse, a Betty le encantaba la lluvia.
    </p><p class="article-text">
        La lluvia que reverdec&iacute;a las cosechas y las ganas de seguir bailando. Ahora que vive de prestado en la vecina Uganda, a Betty le cuesta mirar al cielo. De donde ca&iacute;an las bombas ahora caen los mosquitos cargados de malaria. M&aacute;s todav&iacute;a le cuesta mirar al suelo. A cada pisada, este se resquebraja y por hondo que perforen all&iacute; ya no queda agua. Ni para lavar. Ni para cocinar. Ni siquiera para beber.
    </p><p class="article-text">
        En su nuevo hogar, un boh&iacute;o en el que las lonas de ACNUR son incapaces de aliviar el bochorno, solo hay un lujo: una silla de pl&aacute;stico azul en la que sentarse por turnos a disfrutar del trampantojo que el sol dibuja cada tarde al ocultarse sobre la &uacute;ltima de las colinas que vallan la dehesa. 
    </p><p class="article-text">
        El resto de sus pertenencias, un vestido de flores rosas y unos pendientes blancos, las lleva siempre encima. Pero lo que realmente m&aacute;s le preocupa a Betty esta ma&ntilde;ana, como todas las ma&ntilde;anas desde hace casi un a&ntilde;o, es que de la garrafa amarilla de la que ya se desprendieron las letras caiga un poco m&aacute;s de agua. Solo un poco m&aacute;s. Lo suficiente para lavarse las manos.
    </p><h3 class="article-text">Un mill&oacute;n de refugiados sursudaneses en Uganda</h3><p class="article-text">
        En Rhino, como en Bidi Bidi, en Impevi o en cualquiera de la <a href="http://reliefweb.int/sites/reliefweb.int/files/resources/UGA_HCRPresence_170101.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">otra decena de campos</a>&nbsp;de refugiados del norte de Uganda, apenas hay agua. Desde que se recrudeci&oacute; el conflicto en Sud&aacute;n del Sur en diciembre de 2013, el pa&iacute;s fronterizo se ha convertido en el lugar de acogida de m&aacute;s de&nbsp;<a href="http://reliefweb.int/sites/reliefweb.int/files/resources/Bi-weekly%20SSD%20Info-Graph%2030-06-17_Final.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un mill&oacute;n de&nbsp;s</a>ursudaneses.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;<a href="http://www.who.int/globalchange/ecosystems/water/es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La cantidad recomendada &ndash;por la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud&ndash; son 20 litros</a>, pero aqu&iacute; no llegan ni a cinco&rdquo;, alerta Yves Lyre Marcellus, coordinador del programa de asistencia de M&eacute;dicos Sin Fronteras (MSF) en la zona.
    </p><p class="article-text">
        &ndash;&ldquo;&iquest;Agua? &iquest;Aqu&iacute;?&rdquo;&mdash;&nbsp;Se r&iacute;en dos j&oacute;venes junto a la entrada de uno de los centros de atenci&oacute;n primaria del campo.
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de otros muchos pa&iacute;ses donde los refugiados permanecen confinados en campos y no puede trabajar legalmente, Uganda ofrece a los reci&eacute;n llegados la oportunidad de una nueva vida: un peque&ntilde;o terreno, dispuesto para cultivar y levantar un vivienda; libertad de movimientos, posibilidad de trabajar y acceso a los servicios b&aacute;sicos de educaci&oacute;n primaria y asistencia m&eacute;dica.
    </p><p class="article-text">
        En poco m&aacute;s de un a&ntilde;o, lo que s&oacute;lo eran peque&ntilde;as aldeas de agricultores se han convertido en inmensas &ldquo;ciudades de sombra&rdquo; a las que durante los meses de primavera <a href="http://www.unhcr.org/news/press/2017/3/58d3abab4/breaking-point-imminent-government-uganda-unhcr-say-help-south-sudan-refugee.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">llegaban a diario m&aacute;s de 2.000 personas</a>.
    </p><p class="article-text">
        Aunque en las &uacute;ltimas semanas la presi&oacute;n migratoria se ha reducido, m&aacute;s de 20.000 personas huyeron a Uganda a lo largo del mes de junio. Siguen siendo m&aacute;s de 600 al d&iacute;a, lo que sit&uacute;a a Sud&aacute;n del Sur como la <a href="http://www.unhcr.org/news/latest/2017/3/58cbfa304/refugee-crisis-south-sudan-worlds-fastest-growing.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">crisis de refugiados que m&aacute;s crece en el mundo</a>. De hecho, el pa&iacute;s africano es ya, tras Siria y Afganist&aacute;n, el tercer lugar del planeta del que huye m&aacute;s gente.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">M&aacute;s del 80% son mujeres, ni&ntilde;as y ni&ntilde;os</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Nosotros llegamos hace un a&ntilde;o desde Juba. All&iacute; la situaci&oacute;n es muy mala&rdquo;, traduce Tadeo, el mayor de los varones de la familia. Es todav&iacute;a menor de edad. &ldquo;Si te fijas aqu&iacute; la mayor&iacute;a son mujeres y ni&ntilde;os. Los hombres cruzan la frontera con ellos, pero despu&eacute;s se vuelven a Sud&aacute;n a luchar&rdquo;, comenta uno de los trabajadores de MSF.
    </p><p class="article-text">
        <a href="http://reliefweb.int/sites/reliefweb.int/files/resources/Bi-weekly%20SSD%20Info-Graph%2030-06-17_Final.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Del m&aacute;s de un mill&oacute;n de refugiados sursudaneses acogidos por Uganda, m&aacute;s del 80%&nbsp;son mujeres, ni&ntilde;as y ni&ntilde;os</a>. Los propios campos, 13 en total, tres de ellos -<a href="#" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">Palorinya, Imvepi y Palabek Ogili</a>- abiertos desde diciembre, est&aacute;n distribuidos en funci&oacute;n de su configuraci&oacute;n sociol&oacute;gica: las letras que identifican a las zonas reservadas a los menores no acompa&ntilde;ados y a las familias sin varones son las primeras en ser atendidas.
    </p><p class="article-text">
        Porque, desde hace meses, los recursos que llegan al norte de Uganda son muy&nbsp;escasos. La raci&oacute;n mensual de harina de ma&iacute;z ha pasado, seg&uacute;n el relato de algunas familias, de 15 a 1,5 kilos por persona y son cada vez m&aacute;s los que se desesperan mientras aguardan el reparto de las organizaciones humanitarias.
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        &ldquo;Llevamos aqu&iacute; varios d&iacute;as y no hay comida&rdquo;, grita un joven que se hace llamar Obama desde una fila del campo de Impevi de la que sobresalen una retah&iacute;la de manos estiradas y cuencos vac&iacute;os: la tasa de desnutrici&oacute;n entre los menores de cinco&nbsp;a&ntilde;os alcanza ya el 14,2%, apenas a unas d&eacute;cimas de lo que la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud (OMS) calificar&iacute;a como situaci&oacute;n cr&iacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        El actual ritmo migratorio requiere un esfuerzo humanitario que sobrepasa, s&oacute;lo en Uganda, los 350 millones de d&oacute;lares, <a href="#" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link" target="_blank">pero los fondos actuales apenas cubren el 34%</a> . El Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en ingl&eacute;s) ya se vio obligado en mayo a reducir las raciones de cereales y sus reservas se est&aacute;n agotando: si no llegan m&aacute;s ayudas, ser&aacute; imposible seguir atendiendo a los reci&eacute;n llegados. &ldquo;Estamos en un momento cr&iacute;tico. Uganda no puede afrontar sola la mayor crisis de refugiados en &Aacute;frica&rdquo;, alertaba ya en marzo el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi.
    </p><h3 class="article-text">La esperada llegada del tanque de agua</h3><p class="article-text">
        Aunque la sombra solo cubre una de las porter&iacute;as, en el campo de Rhino, que m&aacute;s bien es ya una ciudad con sus ultramarinos, sus tiendas de ropa&nbsp;y sus peluquer&iacute;as, los chicos ya empiezan a repartir los equipos. A Oscar, que no se llamaba as&iacute; pero no quiere que lo llamen de otra manera, le gustar&iacute;a ir a jugar con la camiseta del Chelsea sobre su espalda menuda. A regatear piedras y rivales sobre la arcilla seca. &ldquo;Pero hoy no puedo. Tengo mucha tarea&rdquo;. Betty lo mira orgullosa.
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de todo, al menos los ni&ntilde;os pueden estudiar. La escuela, un peque&ntilde;o barrac&oacute;n al otro lado del saque de banda, se ocupa de los cr&iacute;os por las ma&ntilde;anas. El f&uacute;tbol lo hace por las tardes. Y solo el traqueteo de un cami&oacute;n interrumpe el&nbsp;partido.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&ldquo;&iexcl;Heeey!&rdquo; 
    </p><p class="article-text">
        Algunos en sandalias, los dem&aacute;s descalzos, corren al encuentro del tanque de agua. Cuando por fin alcanza la tuber&iacute;a instalada junto a uno de los dep&oacute;sitos instalados por el Danish Refugee Council, una retah&iacute;la de garrafas amarillas como las de Betty y su familia esperan para ser llenadas.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iexcl;Yeee!&mdash;responde&nbsp;varios&nbsp;ni&ntilde;os y dos madres al sentir el agua fresca golpear el pl&aacute;stico.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El mayor problema que tenemos es el del agua. No es suficiente para lavar los &nbsp;y para beber&rdquo;, insistir&aacute; Betty cuando vuelva con la garrafa llena. &ldquo;Tres veces al d&iacute;a tenemos que subir hasta la bomba &ndash;situada justo enfrente del centro de atenci&oacute;n de MSF&ndash; para coger agua&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hay d&iacute;as, como hoy, en los que ni siquiera all&iacute; la encuentran. No queda otra, entonces, que recorrer el campo, la ciudad de los refugiados, en busca de&nbsp;agua.
    </p><p class="article-text">
        En esta &eacute;poca del a&ntilde;o, el suelo est&aacute; demasiado &aacute;rido. El r&iacute;o que ba&ntilde;a la parte baja del campo se ha evaporado y el suministro de agua depende de los camiones cisterna: &ldquo;Y eso no es rentable a largo plazo. Ni siquiera la ONU lo va a poder mantener&rdquo;, subraya Yves.&nbsp;La factura mensual asciende a 400.000 d&oacute;lares.
    </p><p class="article-text">
        Durante semanas, adem&aacute;s, el abastecimiento no es regular. &ldquo;Si eres afortunado recibes seis&nbsp;litros, si no tres. O nada&rdquo;, sentencia, sin dejar de intentar borrar el sudor de su rostro, el responsable de MSF. El calor resulta insoportable.
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        Son muchos&nbsp;los que no logran sobrevivir.&nbsp;A Uganda los <a href="http://victimasolvidadas.eldiario.es/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">refugiados</a> llegan extenuados, con el est&oacute;mago lleno de par&aacute;sitos y la conciencia quebrada por los horrores: han visto bombardeos, ejecuciones y <a href="http://www.eldiario.es/theguardian/intervenir-violaban-cooperantes-Sudan-Sur_0_566943910.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">agresiones sexuales</a>, mas tambi&eacute;n familias incapaces de sobreponerse a una hambruna que, si bien ha sido rebajada, ha dejado a m&aacute;s de seis millones de personas en riesgo de inseguridad alimentaria.
    </p><p class="article-text">
        A los cuerpos huidos, enflaquecidos pero todav&iacute;a capaces de seguir peleando, los acaba de vencer a menudo la lluvia de la guerras. Porque cuando cae, furiosa, lo enfanga todo. Y lo que antes era un secarral se convierte de pronto en alimento para los mosquitos y su malaria. Tambi&eacute;n para la diarrea y el c&oacute;lera. &ldquo;En &eacute;poca de lluvias el riesgo de malaria se multiplica por tres&rdquo;, apunta Yves. Por eso, MSF lleva semanas repartiendo mosquiteras. M&aacute;s de 40.000. A ver si son suficientes.
    </p><p class="article-text">
        Todo ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil si hubiese agua. Agua de la lluvia tranquila. Como la que alegraba los domingos de Betty en Juba. Porque con ese agua el r&iacute;o bajar&iacute;a repleto y de los grifos brotar&iacute;a lo suficiente para llenar un centenar de garrafas. Y otro m&aacute;s si hiciese falta. Pero como el cielo de las guerras parece empe&ntilde;ado en seguir ensa&ntilde;&aacute;ndose con los atardeceres de esta franja del ecuador. A Betty, a Oscar y a los peque&ntilde;os que disparan penaltis para decidir el ganador del partido no les queda m&aacute;s futuro que el que pueda ofrecerles la bomba que acaban de instalar r&iacute;o arriba.
    </p><p class="article-text">
        El nuevo entramado de ocho&nbsp;kil&oacute;metros de tuber&iacute;as, casi una veintena de fuentes y pozos y media docena de dep&oacute;sitos est&aacute; ya listo. 400.000 metros c&uacute;bicos al d&iacute;a que abastecen a 21.000 personas. En principio deber&iacute;a haber sido suficiente para atender a casi la mitad del campo, pero Rhino ha multiplicado su poblaci&oacute;n hasta los 86.770 refugiados. Demasiadas gargantas para la lluvia de la guerra.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo L. Orosa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/saber-agua-dia-siguiente_1_3207082.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Sep 2017 16:33:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[No saber si tendrás agua al día siguiente: la vida de miles de refugiados en Uganda]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Refugiados,Sudán del Sur,Agua,Desigualdad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['La tregua de los zapatos' intenta que los jóvenes no caigan en manos de las maras guatemaltecas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/taller-maras-pandilleros-guatemala-rehacen_1_3557185.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6ee16c83-a720-4534-a544-559d6628bc55_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="&#039;La tregua de los zapatos&#039; intenta que los jóvenes no caigan en manos de las maras guatemaltecas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Otto creó hace siete años 'Calzado Limonada' para dar una oportunidad a los chicos de uno de los barrios más peligrosos de Guatemala</p><p class="subtitle">"A los que vienen aquí las maras los respetan. Saben que están intentando rehacer su vida"</p><p class="subtitle">Las cifras de asesinatos se han disparado en Centroamérica: 14.870 en 2016</p></div><p class="article-text">
        En un barrio en guerra, cuando no mueres, matas. Por eso, Christian, el joven que invent&oacute; una tregua en La Limonada, una de las comunidades m&aacute;s peligrosas de Guatemala, lleva a la virgen en el pecho y una bala en su espalda. S&iacute;ntesis vital: plomo y perd&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Hace siete a&ntilde;os, la lucha entre la maras lo at&oacute; para siempre a una silla de ruedas. &ldquo;Aquella bala ten&iacute;a nombre&rdquo;. Christian Garc&iacute;a entendi&oacute; que entre el cielo y el infierno hab&iacute;a una salida: evitar que m&aacute;s nombres como el suyo engordasen la lista negra de las pandillas.
    </p><p class="article-text">
        En toda la ma&ntilde;ana no se ha escuchado ni un balazo y en el barrio andan preocupados. Lo habitual en este horizonte de callejuelas herrumbrosas es que las semanas se cuenten por balaceras. La pasada hubo tres. Y dos muertos. Uno de ellos, Josu&eacute;, de 15 a&ntilde;os, era amigo de Christian. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Aqu&iacute; sabemos que en cualquier momento puede pasar algo&rdquo;, &nbsp;avisa un muchacho<strong>&nbsp;</strong>a la entrada de La Limonada. Aunque no es El Gallito ni la zona 18, sigue siendo una de las barriadas m&aacute;s peligrosas de la capital de Guatemala. Una favela dividida en dos: la mitad pertenece al Barrio 18. La otra mitad, a la Mara Salvatrucha.
    </p><p class="article-text">
        A esta hora, tras el almuerzo, La Limonada parece un lugar tranquilo. Un grupo de chiquillos corretea por la rampa reci&eacute;n asfaltada mientras sus hermanas mayores palmean las &uacute;ltimas tortillas&nbsp;&ndash;el plato de ma&iacute;z t&iacute;pico del pa&iacute;s&ndash;&nbsp;de la plancha. Por el cerro, sus madres, o las de otros como ellos, remontan la monta&ntilde;a que las separa de su jornada en el servicio dom&eacute;stico de alg&uacute;n barrio adinerado. En Cayal&aacute; o en la zona 10.
    </p><p class="article-text">
        Aunque apenas un paseo de veinte minutos aleja la barriada del centro hist&oacute;rico, la ciudad vive de espaldas a ellos. &ldquo;Por aqu&iacute; no vienen los presidentes&rdquo;, ni el que est&aacute; en prisi&oacute;n por corrupci&oacute;n ni el que tiene a su hijo y a su hermano investigados, bromea uno de los vecinos con una sonrisa tan seria que se vuelve contagiosa.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Aqu&iacute;, entre los techos de chapa, las paredes marcadas y esa tormenta oscura que asoma al otro lado de la ladera, &ldquo;la vida no es f&aacute;cil&rdquo; para ninguno de los 60.000. Solo hay una escuela con capacidad para menos de cien alumnos y, si se ponen enfermos, los vecinos tienen que salir del barrio en busca de atenci&oacute;n m&eacute;dica, porque ni siquiera la tienen garantizada. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando ocurri&oacute; lo de Christian&rdquo;, recuerda su madre hablando sin hablar de aquel d&iacute;a en el que una bala le atraves&oacute; la espalda, &ldquo;no lo quer&iacute;an atender porque ten&iacute;a tatuajes. '&iexcl;Que se muera!', dec&iacute;an&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Adentro tampoco hay trabajo y deben mentir sobre su lugar de residencia para conseguirlo fuera. Nadie contrata a los chicos de La Limonada. Como tampoco a los del Gallito ni a los del asentamiento del basurero. &ldquo;La falta de oportunidades de los padres es la causa por la que las familias no puedan acceder al sistema de educaci&oacute;n, salud y alimentaci&oacute;n. Entonces los muchachos se ven obligados a delinquir&rdquo;, explica&nbsp;la trabajadora social Madely Am&eacute;zquita. 
    </p><p class="article-text">
        Eso lo saben las maras, expertas en ejercer todos los papeles: son a la vez la familia que protege, los amigos que entienden y el Estado que provee. &ldquo;A los chicos les dan un porcentaje de las extorsiones. As&iacute; los captan&rdquo;, resume David.
    </p><h3 class="article-text">La tregua de don Otto</h3><p class="article-text">
        &ldquo;Qu&eacute; tranquilo se ve ahora&rdquo; el barrio, vocifera Otto Garc&iacute;a, &ldquo;don Otto&rdquo;, como todos le llaman aqu&iacute;, desde su atalaya, un peque&ntilde;o estudio de veinte metros cuadrados en el que se cosen zapatos y almas. &ldquo;Pero no te f&iacute;es, de repente se empiezan a escuchar las sirenas de las ambulancias&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desde los a&ntilde;os 90, cuando miles de centroamericanos comenzaron a ser deportados desde Estados Unidos, el fen&oacute;meno de las maras no ha dejado de crecer en el Tri&aacute;ngulo Norte. Las pandillas se hicieron con el monopolio de la violencia que abandonaban el Ej&eacute;rcito y la guerrilla tras d&eacute;cadas de conflicto armado interno y convirtieron su mandato en un reinado de la extorsi&oacute;n. Hasta las prostitutas tienen que pagar hoy el impuesto. 
    </p><p class="article-text">
        Pese a los esfuerzos policiales, cada semana son m&aacute;s los chicos que se unen a estos grupos. Solo en El Salvador&nbsp;&ndash;donde el Gobierno del excomandante guerrillero Salvador S&aacute;nchez Cer&eacute;n mantiene desde 2015 una guerra declarada contra el movimiento pandillero que se ha cobrado la vida de m&aacute;s de 5.000 personas en el &uacute;ltimo a&ntilde;o&ndash;, se estiman en m&aacute;s de 60.000 los miembros del Barrio 18 y la MS-13.
    </p><h3 class="article-text">Cifras propias de pa&iacute;ses en guerra</h3><p class="article-text">
        Las cifras de asesinatos est&aacute;n disparadas en la regi&oacute;n. 14.870 en 2016. En El Salvador, la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes es de 81,7; en Honduras de 58 y en Guatemala, de 27,3. N&uacute;meros de pa&iacute;ses en guerra. 
    </p><p class="article-text">
        Y esto podr&iacute;a ser solo la v&iacute;spera de lo que est&aacute; por venir. Si la Administraci&oacute;n de Trump <a href="http://www.eldiario.es/desalambre/pesadilla-Donald-Trump-Rio-Suchiate_0_610689186.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ejecuta su controvertida pol&iacute;tica migratoria</a>, el Tri&aacute;ngulo Norte se convertir&aacute; en una bomba de relojer&iacute;a: llegar&aacute; una nueva remesa de j&oacute;venes desarraigados en un territorio donde las cifras de pobreza rondan entre el 30% y el 60%. El caldo de cultivo perfecto para que las pandillas encuentren en los barrios marginales un nuevo caladero de chicos dispuestos a seguir librando la batalla a tres: entre ellos y contra el Estado.
    </p><p class="article-text">
        En La Limonada saben lo que duelen las luchas fratricidas. Aqu&iacute;, en la barriada de los cielos oscuros y las coladas de colores, vivir significa matar para seguir viviendo. &ldquo;La vida est&aacute; empeorando por la violencia&rdquo;, asegura David, quien ya, rondando los 50, ha visto demasiados muertos como para seguir sonriendo. De uno y otro bando. N&uacute;meros y Letras.
    </p><p class="article-text">
        A diferencia de otras barriadas, convertidas en basti&oacute;n de la 18 o de <a href="http://www.eldiario.es/cultura/ano-Mara-Salvatrucha_0_456004492.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la Salvatrucha</a>, La Limonada es un territorio en disputa: hay huellas de balas y pintadas en las paredes. Cada esquina es un punto de no retorno. &ldquo;Hay una fuerte rivalidad &ndash;entre las pandillas&ndash; y la gente es la que paga las consecuencias&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        A &eacute;l le pas&oacute; hace siete a&ntilde;os. Por aquel tiempo, Christian frecuentaba a los muchachos&nbsp;de la mara. Igual que lo hab&iacute;a hecho su padre. Igual que lo hac&iacute;an todos sus amigos. Un d&iacute;a, quiz&aacute; el m&aacute;s inesperado de los d&iacute;as, le alcanz&oacute; el tiroteo. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Yo me lo busqu&eacute;&rdquo;, sentencia desde el sof&aacute; acharolado que es hoy su ventana al mundo. &ldquo;Esa bala ten&iacute;a nombre&rdquo;,&nbsp;a&ntilde;ade don Otto.
    </p><p class="article-text">
        A Christian la bala le quebr&oacute; la espalda. Ya nunca m&aacute;s podr&iacute;a caminar. Pero al menos estaba vivo. El m&eacute;dico que lo atendi&oacute; dijo que no durar&iacute;a m&aacute;s tres d&iacute;as, pero Don Otto, que como todos los que viven sobreviviendo no entiende de resignaciones, se lo llev&oacute; a casa. &ldquo;Con los cuidados de la familia y la ayuda de Dios se salv&oacute;&rdquo;. Una retah&iacute;la de v&iacute;rgenes con mantos marrones, azules y dorados y de peluches tambi&eacute;n marrones, azules y dorados atestiguan las plegarias de aquellos d&iacute;as.
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        Le queda de entonces doce llagas que le laceran el habla, una gorra de los New York Yankees y la pasi&oacute;n por los tatuajes. Hace unos a&ntilde;os, con una rasuradora, una bater&iacute;a, un bot&oacute;n de camisa, un lapicero y las cuerdas de una guitarra construy&oacute; su propia m&aacute;quina para tatuar. A&uacute;n la guarda en un caj&oacute;n de su improvisado despacho, junto al microondas y las tazas de caf&eacute;. &ldquo;En el futuro le gustar&iacute;a tener su propio estudio de tatuaje&rdquo;, apunta don Otto.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;A los que vienen aqu&iacute; los respetan&rdquo;</h3><p class="article-text">
        Hace tiempo&nbsp;que don Otto ha aprendido a entender los silencios de Christian. Es su propia tregua. &ldquo;Queremos evitar que otros ni&ntilde;os sufran lo que &eacute;l ha sufrido&rdquo;. Por eso crearon hace siete a&ntilde;os una f&aacute;brica de calzado, <em>Calzado Limonada</em>, para dar una oportunidad a los chicos del barrio. Si creen en el futuro, quiz&aacute; dejen de odiar el presente.
    </p><p class="article-text">
        Por el taller de don Otto &ndash;apenas dos estancias de paredes desnudas en las que huele a pegamento, el mismo que muchos de los chicos acaban esnifando junto al riachuelo&nbsp;nauseabundo que atraviesa el barrio&ndash;,&nbsp;han pasado decenas de j&oacute;venes.&nbsp;Algunos salen adelante, otros, como Josu&eacute;, vuelven a las redes de las pandillas. Y casi todos acaban muertos.
    </p><p class="article-text">
        Es cosa suya, aclara el patriarca de los Garc&iacute;a, &ldquo;a los que vienen aqu&iacute; los respetan. Saben que est&aacute;n intentando rehacer su vida&rdquo;. Es la tregua de los zapatos: a los chicos de don Otto no los tientan las maras.
    </p><p class="article-text">
        Aqu&iacute; la jornada empieza a las nueve, pero todos, el dise&ntilde;ador, el aprendiz, los de la horma y los hijos de don Otto, est&aacute;n en casa media hora antes, para el desayuno. All&iacute;, en las tres alturas atestadas de santos y colchones h&uacute;medos, duermen nueve y comen quince.
    </p><p class="article-text">
        Al mes sacan alrededor de 400 pares. Hubert, el dise&ntilde;ador que aprendi&oacute; de la necesidad, dibuja las colecciones. Las corta y las env&iacute;a a los de la horma. Eso es tarea de don Otto y de los chicos. A Christian y a Jorge, otro de los Garc&iacute;a, les queda comprobar que todo est&eacute; bien. El control de calidad. Hoy mismo tienen entrega, 376 pares para la compa&ntilde;&iacute;a estadounidense Root Collective. Pero ya est&aacute; casi todo listo, anoche terminaron de trabajar de madrugada. Afuera se escucha el eco de las balas perdidas.
    </p><p class="article-text">
        A don Otto, que en esta vida ha sido &aacute;rbitro, imitador &iacute;ntimo de el Buki y superviviente, hubo un d&iacute;a que se le volvi&oacute; a partir el alma. Hac&iacute;a poco que hab&iacute;a pegado los trozos que le quebraron cuando dispararon a Christian. 
    </p><p class="article-text">
        Iba por la calle, por una de esas calles tatuadas de La Limonada, cuando se cruz&oacute; con tres hermanos. Era la hora del almuerzo y el mayor llevaba un mendrugo de pan para comer. &ldquo;Lo reparti&oacute;, un pedazo para cada uno, pero luego el mediano se le acerc&oacute;: 'Me va a dar hambre', le dijo. As&iacute; que el mayor tom&oacute; su parte y la parti&oacute; en dos&rdquo;. A don Otto no se le va esa escena de la cabeza. Los ni&ntilde;os, en la Guatemala del siglo XXI, siguen&nbsp;pasando hambre.
    </p><p class="article-text">
        Con el dinero que consigue del calzado, don Otto organiza cada jueves un comedor social. 35 comidas, 20 ni&ntilde;os y 15 adultos. &ldquo;No tenemos para m&aacute;s&rdquo;, confiesa. En cada celebraci&oacute;n especial, como en fin de a&ntilde;o, &ldquo;armamos una gran fiesta&rdquo;. Payasos, m&uacute;sica y fuegos artificiales. Lo que sea necesario para que por una noche el hambre no le robe los sue&ntilde;os a los ni&ntilde;os de La Limonada.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Pablo L. Orosa]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/taller-maras-pandilleros-guatemala-rehacen_1_3557185.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 28 Feb 2017 19:18:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA['La tregua de los zapatos' intenta que los jóvenes no caigan en manos de las maras guatemaltecas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Centroamérica]]></media:keywords>
    </item>
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