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    <title><![CDATA[elDiario.es - Nuria del Viso]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/nuria_del_viso/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Nuria del Viso]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[Perspectivas del desplazamiento forzado en el contexto de la emergencia climática]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/perspectivas-desplazamiento-contexto-emergencia-climatica_132_5964092.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/09ea2219-8d75-4cc0-ba19-fd3a3b12c100_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Perspectivas del desplazamiento forzado en el contexto de la emergencia climática"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La tendencia apuntan a una aceleración del desplazamiento forzado en las próximas décadas si no se actúa ya para frenar las causas del calentamiento del planeta</p></div><p class="article-text">
        El vertiginoso avance de la crisis del clima y los desastres asociados obliga a un n&uacute;mero creciente de personas en el mundo a abandonar su h&aacute;bitat. Cada a&ntilde;o, las organizaciones que se ocupan del desplazamiento dan a conocer nuevas cifras r&eacute;cord. Basta revisar los datos para darse cuenta del peligroso tobog&aacute;n por el que nos deslizamos, para el que no habr&aacute;, si no reaccionamos, un suave aterrizaje, sino un brusco choque. Tres fuentes de datos ponen de manifiesto preocupantes tendencias en marcha sobre el desplazamiento forzado.
    </p><p class="article-text">
        Primera, <a href="https://www.unhcr.org/statistics/unhcrstats/5e57d0c57/mid-year-trends-2019.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">las cifras de ACNUR</a> dan una peque&ntilde;a muestra de estas perspectivas: si en 2018 ACNUR atend&iacute;a a 70,8 millones de personas, a mediados de 2019 ascend&iacute;an a 79,4 millones. Si observamos un periodo m&aacute;s amplio, el desplazamiento forzado &ndash;incluyendo tanto refugiados como desplazados internos&ndash; pr&aacute;cticamente se ha duplicado entre 2009 y 2018, de 43,3 millones de personas en 2009 a 79,4 millones hasta mediados de 2019.
    </p><p class="article-text">
        Segunda, las cifras de desplazamiento forzado interno que facilita el Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno (IDMC). Este fen&oacute;meno registr&oacute; un serio aumento (19%) en 2019, hasta 33,4 millones de personas, derivado tanto de conflictos como de desastres. Resulta a&uacute;n m&aacute;s preocupante que el desplazamiento interno forzado por desastres se dispar&oacute; un 44% (24,9 millones de personas) en solo un a&ntilde;o, y un 48% si atendemos a los desastres vinculados al clima (23,9 millones).
    </p><p class="article-text">
        La COVID-19 nos ha mostrado que ning&uacute;n pa&iacute;s est&aacute; a salvo de los desastres globales, aunque afecte de forma muy diferenciada a distintos territorios y clases sociales. Una lecci&oacute;n que bien puede aplicarse a los efectos de la emergencia clim&aacute;tica. Este mapa, publicado en el &uacute;ltimo informe del Centro de Monitoreo del Desplazamiento Interno (IDMC), muestra las zonas donde se produjo desplazamiento forzado por desastres en 2019. Aunque el desplazamiento forzado por desastres en 2019 castig&oacute; especialmente al Sur de Asia y Sudeste asi&aacute;tico-Pac&iacute;fico, los desastres que causaron desplazamientos est&aacute;n repartidos por todo el planeta, y el &ldquo;primer mundo&rdquo; no se libra de sus efectos. De hecho, EEUU es el quinto pa&iacute;s m&aacute;s afectado por desplazamiento interno debido a desastres, con casi un mill&oacute;n de personas (por delante est&aacute;n India, Filipinas, Bangladesh y China, todos ellos con m&aacute;s de 4 millones de desplazados forzosos). Espa&ntilde;a empieza tambi&eacute;n a experimentar el desplazamiento forzado, 23.000 personas en 2019, seg&uacute;n IDMC. A principios de 2020 vimos como el temporal Gloria se tragaba buena parte del delta del Ebro.
    </p><p class="article-text">
        Y tercera, un reciente estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), &ldquo;<a href="https://www.pnas.org/content/early/2020/04/28/1910114117" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Future of the human climate niche</a>&rdquo;, del que se ha hecho eco la prensa (<a href="https://www.climatica.lamarea.com/un-tercio-humanidad-experimentara-calor-sahara-no-reducen-emisiones/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Clim&aacute;tica-La Marea</a>, <a href="https://www.lavanguardia.com/natural/20200505/48936774473/calor-3500-millones-sahara.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La Vanguardia</a> y <a href="https://www.theguardian.com/environment/2020/may/05/one-billion-people-will-live-in-insufferable-heat-within-50-years-study" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">The Guardian</a>), resalta que el agravamiento de la crisis clim&aacute;tica sit&uacute;a al l&iacute;mite de habitabilidad m&aacute;s territorios. En el pr&oacute;ximo medio siglo una amplia franja del planeta, que abarcar&aacute; el 19% de las tierras emergidas (frente al 0,9% actual), ser&aacute; pr&aacute;cticamente inhabitable por el aumento de temperatura. Como consecuencia, se ver&iacute;an afectadas entre 1.500 millones y 3.500 millones de personas, dependiendo de si se adoptan medidas de mitigaci&oacute;n o se mantiene un escenario de <em>business as usual</em>.
    </p><p class="article-text">
        El art&iacute;culo analiza las condiciones clim&aacute;ticas en las que la humanidad ha habitado en los &uacute;ltimos 6.000 a&ntilde;os que son sorprendentemente estables &ndash;la mayor&iacute;a de la poblaci&oacute;n habita en zonas con una temperatura media de 11-15&ordm;C y una parte menor en zonas con 20-25&ordm;C de media&ndash;. Pero seg&uacute;n las proyecciones de los autores, hasta un tercio de la poblaci&oacute;n mundial podr&iacute;a experimentar en 2070 una temperatura media de m&aacute;s de 29&ordm;C, semejante a las zonas m&aacute;s t&oacute;rridas del Sahara. La poblaci&oacute;n tendr&aacute; que hacer frente a aumentos de temperaturas de 7,5&ordm;C, ya que aunque el aumento medio de la temperatura del planeta sea menor, la superficie terrestre se calienta m&aacute;s r&aacute;pido que los oc&eacute;anos.
    </p><p class="article-text">
        Hasta ahora ha sido dif&iacute;cil ofrecer una cifra consensuada de las proyecciones del desplazamiento forzado en las pr&oacute;ximas d&eacute;cadas. Distintas fuentes acad&eacute;micas o institucionales han sugerido entre 200 y 1.000 millones de personas. El art&iacute;culo de PNAS perfila unas perspectivas si cabe m&aacute;s preocupantes y los datos que ofrece resultan ilustrativos para conocer en qu&eacute; magnitudes nos movemos y en qu&eacute; medida determinadas pol&iacute;ticas en un sentido u otro pueden aliviar o agravar la situaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Las implicaciones de estos datos tienen una especial relevancia en el contexto del desplazamiento forzado, especialmente teniendo en cuenta que entre los pa&iacute;ses m&aacute;s afectados por el aumento de temperatura figuran India, Nigeria, Pakist&aacute;n, Indonesia, todos ellos con elevada poblaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        No obstante, los autores del art&iacute;culo son muy cautos a la hora de cuantificar el movimiento de poblaci&oacute;n. Que haya hasta 3.500 millones de personas afectadas no significa que vayan a migrar en su totalidad. En la migraci&oacute;n intervienen diversos factores que interact&uacute;an de forma compleja y generalmente la movilidad se utiliza como &uacute;ltima opci&oacute;n. Solo si se superan ciertos umbrales cr&iacute;ticos la migraci&oacute;n podr&iacute;a dispararse.
    </p><p class="article-text">
        Hay que tener en cuenta que la inhabitabilidad de algunos territorios por la subida de temperaturas es solo uno de los factores que puede forzar al desplazamiento; hay que a&ntilde;adir los desplazados por la subida del nivel del mar &ndash;recordar que las 50 mayores ciudades costeras albergan al 10% de la poblaci&oacute;n mundial&ndash;, por fen&oacute;menos s&uacute;bitos y por la p&eacute;rdida de h&aacute;bitat debido a otros factores.
    </p><p class="article-text">
        Para complicar m&aacute;s las cosas, a&uacute;n debemos a&ntilde;adir, al menos, otros dos elementos a este escenario: el primero, la ausencia de una legislaci&oacute;n internacional que ofrezca cobertura jur&iacute;dica a quienes se ven desplazados forzosamente de sus territorios. La Convenci&oacute;n vigente de refugio y asilo, de 1951, ampara solo a quienes huyen de conflictos o persecuci&oacute;n pol&iacute;tica y cruzan fronteras internacionales. Pero, y aqu&iacute; aparece el segundo elemento, hay una tendencia creciente en los pa&iacute;ses post-industriales a blindar sus fronteras a los flujos de poblaci&oacute;n. Si se escamotearon responsabilidades incluso a solicitantes leg&iacute;timos de refugio y asilo como sin duda fue la poblaci&oacute;n que hu&iacute;a del conflicto en Siria en 2014-2015, &iquest;qu&eacute; puede ocurrir a quienes se ven forzados a desplazarse por desastres clim&aacute;ticos?
    </p><p class="article-text">
        Aunque en el caso de los fen&oacute;menos s&uacute;bitos, como un hurac&aacute;n, resulta claro el v&iacute;nculo causa-efecto, es m&aacute;s dif&iacute;cil establecer la causa ra&iacute;z del desplazamiento en otros fen&oacute;menos de desarrollo lento, como las sequ&iacute;as o la subida del nivel del mar. Ante el cierre pr&aacute;cticamente total de fronteras en la mayor&iacute;a de los pa&iacute;ses ricos, gran parte de quienes se desplazan acaban contando como &ldquo;migrantes&rdquo;, una categor&iacute;a cada vez m&aacute;s criminalizada que desemboca en enormes cifras de migrantes &ldquo;ilegales&rdquo;, los sinpapeles.
    </p><p class="article-text">
        Las tendencias en marcha apuntan a una aceleraci&oacute;n del desplazamiento forzado en las pr&oacute;ximas d&eacute;cadas si no se act&uacute;a ya para frenar las causas del calentamiento del planeta. A la vista de las din&aacute;micas en marcha, &iquest;seremos capaces de abandonar el <em>business as usual</em> y abordar de ra&iacute;z la emergencia clim&aacute;tica? &iquest;Lograremos frenar la din&aacute;mica de quienes se ven obligados de dejar sus h&aacute;bitat? &iquest;C&oacute;mo se va a tratar a los cientos o miles de millones de desplazados forzados en las pr&oacute;ximas d&eacute;cadas? El signo de las pol&iacute;ticas que se adopten marcar&aacute;, sin duda, si transitaremos a marcos de convivencia y cohesi&oacute;n social, o a mayor fragmentaci&oacute;n, crispaci&oacute;n y conflicto. Ahora nos toca decidir.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nuria del Viso]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/perspectivas-desplazamiento-contexto-emergencia-climatica_132_5964092.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 21 May 2020 20:56:14 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Perspectivas del desplazamiento forzado en el contexto de la emergencia climática]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Crisis climática]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Donde los contrapoderes de barrio echan raíces]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/huertos-urbanos-movimiento-vecinal_132_2160007.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/23a60e94-1bc3-4722-8fe9-e32e05c634c2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Donde los contrapoderes de barrio echan raíces"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Nos interesa el contrapoder en la medida en que hace referencia a habitar un conflicto sin estar obsesionado por la confrontación, en la medida en que reconoce un gesto de desafío radical en la construcción de nuevas relaciones sociales</p><p class="subtitle">Agroecología, autogestión y articulación social constituyen los tres rasgos que definen el trabajo de los huertos comunitarios a escala local, donde se cultivan alimentos y cosechan relaciones sociales</p></div><p class="article-text">
        <strong>Entre la barricada y el nuevo mundo &iquest;Qu&eacute; entendemos por contrapoder?</strong>
    </p><p class="article-text">
        El principal rasgo que tiene el ejercicio del poder es que irremediablemente genera resistencias, como de forma minuciosa estudi&oacute; Foucault. No hay sociedades arm&oacute;nicas: los conflictos de intereses entre distintos grupos sociales son una constante a lo largo de la historia y probablemente son el principal motor del cambio en nuestras sociedades. El contrapoder aparece como el mecanismo de acci&oacute;n colectiva por el que los agravios padecidos por los grupos sociales subordinados u oprimidos se politizan, ya sea en forma de rebeld&iacute;as silenciosas que perviven latentes en la vida cotidiana<a href="//#sdendnote1sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">i</a> o mediante desaf&iacute;os declarados abiertamente en la esfera p&uacute;blica.
    </p><p class="article-text">
        La noci&oacute;n de contrapoder ha sido siempre ambivalente: por un lado, se define de forma negativa, por su capacidad de decir NO y obstaculizar el desarrollo de la agenda de las &eacute;lites hegem&oacute;nicas; por otro, transmite una potencia autoafirmativa, una capacidad de decir S&Iacute; y de desplegar nuevas sensibilidades, deseos, formas de organizarse y estilos de vida alternativos. El poder destituyente y el poder constituyente conviven como las dos caras inseparables de una misma moneda.
    </p><p class="article-text">
        Nuestros automatismos cognitivos tienden a asociar las luchas sociales a im&aacute;genes de revueltas, masivas movilizaciones y &eacute;picas insurrecciones. Episodios donde se escenifica el conflicto, que llevado al terreno urbano encontrar&iacute;a en la barricada su arquitectura mitol&oacute;gica. &iquest;Y si frente a la barricada pens&aacute;ramos el contrapoder desde un espacio como un huerto comunitario? Hablar&iacute;amos de defender la existencia de espacios donde cuidar la vida de las comunidades locales y las plantas, de cultivar alimentos y cosechar relaciones sociales, de ecosistemas barriales y ambientales amenazados por el mercado y las pol&iacute;ticas urbanas. Emmanuel Lizcano<a href="//#sdendnote2sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ii</a> sol&iacute;a afirmar que las met&aacute;foras y los imaginarios nos piensan, inconscientemente conforman nuestros patrones de pensamiento, lo que en nuestro caso puede llevarnos a concebir el conflicto social de una forma excesivamente mec&aacute;nica. El contrapoder queda reducido a un largo proceso de acumulaci&oacute;n de fuerzas y hegemon&iacute;a capaz de enfrentarse exitosamente al poder establecido; hasta que el &ldquo;empate catastr&oacute;fico&rdquo; al que se refer&iacute;a Gramsci se rompe y el contrapoder se convierte en un nuevo poder leg&iacute;timo.<a href="//#sdendnote3sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">iii</a>
    </p><p class="article-text">
        Pensemos en el movimiento obrero con sus sindicatos y partidos, cooperativas de consumo y trabajo, mutualidades, peri&oacute;dicos y revistas, escuelas populares, ateneos y bibliotecas, casas del pueblo, coros, bandas de m&uacute;sica, clubs excursionistas, grupos de teatro, asociaciones de mujeres, redes de apoyo mutuo en los barrios&hellip; y encontraremos un verdadero mundo que funcionaba seg&uacute;n sus principios y reglas. Una constelaci&oacute;n de instituciones sociales donde se generaba una sociabilidad, se ensayaban mecanismos de solidaridad, se reproduc&iacute;a una cultura y unos estilos de vida aut&oacute;nomos del poder. &iquest;No parece un reduccionismo pensar que esta compleja multiplicidad rebosante de vida era un mero ejercicio de acumulaci&oacute;n de fuerzas en espera del d&iacute;a de la revoluci&oacute;n?
    </p><p class="article-text">
        Nos interesa el contrapoder en la medida en que hace referencia a habitar un conflicto sin estar obsesionado por la confrontaci&oacute;n, en la medida en que reconoce un gesto de desaf&iacute;o radical en la construcci&oacute;n de nuevas relaciones sociales.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute;, ponemos el &eacute;nfasis en la dimensi&oacute;n afirmativa y constituyente del contrapoder, rastreando experiencias capaces de transformar nuestras ciudades, la vida de las personas y que simult&aacute;neamente promuevan cambios radicales a peque&ntilde;a escala. Seguimos la estela de las utop&iacute;as reales investigadas en medio mundo por Erik Olin Wright,<a href="//#sdendnote4sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">iv</a> donde lo pragm&aacute;ticamente posible no es independiente de nuestra imaginaci&oacute;n, sino que, al contrario, toma forma a partir de nuestras visiones sobre la realidad y nuestras formas de habitarla de forma diferente. Igual que los esclavos fugados en Brasil fundaban asentamientos escondidos en medio de la selva, conocidos como quilombos, en nuestras junglas de asfalto tambi&eacute;n existe un amplio abanico de modestos contrapoderes ocultos, infravalorados e invisibilizados. Un ejemplo de ellos son los huertos comunitarios.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Sembrando el cambio en las plazas</strong>
    </p><p class="article-text">
        El derrumbe financiero iniciado en 2008 supuso el final del espejismo de un modelo de crecimiento econ&oacute;mico progresivamente desvinculado de la satisfacci&oacute;n de las necesidades sociales. Las ciudades han concentrado los dram&aacute;ticos impactos socioecon&oacute;micos, que han dado lugar a una fuerte p&eacute;rdida de cohesi&oacute;n social.
    </p><p class="article-text">
        En las acampadas que a partir de 2010 se replicaron por las grandes ciudades de todo el mundo, desde la plaza Tahrir hasta la Puerta del Sol, desde Occupy Wall Street hasta Gezi Park, se escenific&oacute; ese contrapoder ciudadano, que exig&iacute;a un mayor grado de democracia y se levantaba contra las pol&iacute;ticas austericidas.
    </p><p class="article-text">
        La narrativa oficial de la crisis comienza a ser cuestionada en la esfera p&uacute;blica del Estado espa&ntilde;ol de la mano del 15M en 2011, inaugurando el ciclo de acci&oacute;n colectiva m&aacute;s intenso de nuestra historia reciente. Las acampadas y asambleas configuraron microciudades a escala en el coraz&oacute;n de la gran ciudad, una suerte de anteproyectos de otras ciudades posibles, generando una nueva atm&oacute;sfera m&aacute;s proclive al cambio social.<a href="//#sdendnote5sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">v</a> Frente al urbanismo de la austeridad emerge desde la sociedad civil un urbanismo cooperativo; intensivo en capacidad de innovaci&oacute;n para solucionar problemas, en protagonismo ciudadano y en formas m&aacute;s democr&aacute;ticas de entender lo p&uacute;blico, que se ha plasmado en una variedad de luchas; y producen lugares desde los que reconstruir nuevas relaciones sociales y pr&aacute;cticas. Vivir de otra manera implica la construcci&oacute;n material de otras territorialidades, donde, aunque sea a peque&ntilde;a escala y de forma fragmentaria, resulta posible reproducir otros patrones de relaci&oacute;n entre las personas y de estas con su entorno.
    </p><p class="article-text">
        La agricultura urbana se ha convertido en una herramienta de denuncia de la especulaci&oacute;n y de reivindicaci&oacute;n de una nueva cultura del territorio, a la vez que ha posibilitado crear alternativas sociales y econ&oacute;micas ligadas a una amplia diversidad de actores y colectivos sociales, desde colectivos ecologistas a asambleas de parados, de asociaciones vecinales a redes de solidaridad popular.
    </p><p class="article-text">
        Igual que otros movimientos sociales cr&iacute;ticos, los huertos comunitarios han encuadrado sus reivindicaciones bajo el paraguas del derecho a la ciudad,<a href="//#sdendnote6sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vi</a> <a href="//#sdendnote7sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vii</a> entendido no como una demanda legal traducible al lenguaje jur&iacute;dico, sino como el derecho de la ciudadan&iacute;a a intervenir en la ciudad, a construirla y a transformarla. El movimiento de agricultura urbana visibiliza y plantea cuestiones que van m&aacute;s all&aacute; de los huertos, llamando a participar y corresponsabilizarse en la forma de habitar y gestionar los recursos situados m&aacute;s all&aacute; de los l&iacute;mites urbanos y que son imprescindibles para la subsistencia de las ciudades en un contexto de crisis socieocol&oacute;gica, que ejemplifica el colapso clim&aacute;tico y la crisis energ&eacute;tica.
    </p><p class="article-text">
        Otro de los pilares que sustentan los imaginarios y pr&aacute;cticas del movimiento de agricultura urbana es la noci&oacute;n de bienes comunes. Desde su origen, estos proyectos se definieron como bienes comunes urbanos, que reactualizan y adaptan al contexto urbano las pr&aacute;cticas tradicionales de gesti&oacute;n comunitaria de bienes naturales y recursos estrat&eacute;gicos necesarios para la reproducci&oacute;n de las comunidades.<a href="//#sdendnote8sym" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">viii</a>
    </p><p class="article-text">
        Agroecolog&iacute;a, autogesti&oacute;n y articulaci&oacute;n social constituyen los tres rasgos que definen el trabajo de los huertos comunitarios a escala local, donde cultivan alimentos y cosechan relaciones sociales. Se trata de experiencias muy visibles y atractivas, al estar en el espacio p&uacute;blico, y muy activas a la hora de relacionarse con otros proyectos (centros sociales, asociaciones vecinales, grupos de consumo, colectivos ciclistas, asociaciones educativas y colegios, por mencionar algunas), lo que les convierte en regeneradores de los tejidos sociales locales.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de su actividad inmediata, los huertos urbanos prefiguran futuros urbanos deseados, proyectando la necesidad de barrios m&aacute;s participativos y convivenciales, as&iacute; como una mayor implantaci&oacute;n del ecourbanismo (movilidad sostenible, proximidad, energ&iacute;as renovables, compostaje y cierre de ciclos).
    </p><p class="article-text">
        Estos proyectos est&aacute;n insertos en m&uacute;ltiples redes de movilizaci&oacute;n a escala urbana, pero tambi&eacute;n a escala translocal, vinculadas con la participaci&oacute;n ciudadana, la soberan&iacute;a alimentaria y la agroecolog&iacute;a. El fin &uacute;ltimo es trascender su propia territorialidad barrial para integrarse en un movimiento amplio, al vincular estas islas a otras, de modo que se logren consolidar archipi&eacute;lagos en expansi&oacute;n que desborden la institucionalidad establecida y las pr&aacute;cticas dominantes.
    </p><p class="article-text">
        <strong>&iquest;Y si los frutos son las semillas?</strong>
    </p><p class="article-text">
        Los huertos comunitarios articulan localmente una pluralidad de sensibilidades, demandas y reivindicaciones (ambientales, vecinales, pol&iacute;ticas, relacionales), a la vez que ponen en marcha procesos de autogesti&oacute;n a nivel barrial, que enfatizan la participaci&oacute;n directa, la apropiaci&oacute;n espacial, la reconstrucci&oacute;n de identidades y la corresponsabilidad colectiva de las comunidades en distintos asuntos que les afectan. Estos ejercicios de microurbanismo expresan una disconformidad con el modelo dominante de ciudad y los estilos de vida que induce.
    </p><p class="article-text">
        Un contrapoder habitable es el que permite vivir en el presente los mayores rasgos de la vida a la que aspiramos en el futuro, un proceso de transformaci&oacute;n inmanente irreductible a c&aacute;lculos estrat&eacute;gico de las acumulaciones de fuerzas y de las revoluciones irreversibles. El anarquista Paul Goodman sol&iacute;a plantear: &ldquo;Supongamos que hemos tenido la revoluci&oacute;n de la que habl&aacute;bamos y con la que so&ntilde;&aacute;bamos. Supongamos que nuestro bando ha ganado y que tenemos la clase de sociedad que quer&iacute;amos. &iquest;C&oacute;mo vivir&iacute;as, t&uacute; personalmente, en esta sociedad? Empieza a vivir de esa manera ahora&rdquo;. Y es que como reza un mural de un huerto madrile&ntilde;o: &ldquo;Una huerta no cambia el mundo; cambia a las personas que van a cambiar el mundo&rdquo;. El reto para estos proyectos es mantener sus aristas m&aacute;s pol&iacute;ticas sin perder su capacidad transformadora.
    </p><p class="article-text">
        Una versi&oacute;n m&aacute;s extensa de este art&iacute;culo forma parte del informe <em>Contrapoder. Estado del poder 2018</em>, editado en castellano por <a href="https://www.tni.org/es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Transnational Institute</a> (TNI) y <a href="http://www.fuhem.es/ecosocial/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">FUHEM Ecosocial</a>.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote1"></span><a href="//#sdendnote1anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">i</a> Scott, J. C. (2000) Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos. M&eacute;xico D.F.: Ediciones Era.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote2"></span><a href="//#sdendnote2anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">ii</a> Lizcano, E. (2009) &ldquo;Narraciones de la crisis: viejos fetiches con caras nuevas&rdquo;, Archipi&eacute;lago, n&uacute;m. 83-84, Madrid.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote3"></span><a href="//#sdendnote3anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">iii</a> Citado en Garc&iacute;a Linera, &Aacute;. (2008) &ldquo;Empate catastr&oacute;fico y punto de bifurcaci&oacute;n&rdquo;, Cr&iacute;tica y emancipaci&oacute;n: Revista latinoamericana de Ciencias Sociales A&ntilde;o 1, no. 1 (jun. 2008). Buenos Aires: CLACSO.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote4"></span><a href="//#sdendnote4anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">iv</a> Wright, E. O. (2014) Construyendo utop&iacute;as reales, Madrid: Akal.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote5"></span> <a href="//#sdendnote5anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">v</a> Fern&aacute;ndez Casadevante, J.L. y Mor&aacute;n, N. (2015) Ra&iacute;ces en el asfalto. Pasado, presente y futuro de la agricultura urbana. Madrid: Libros en acci&oacute;n. <a href="https://raicesyasfalto.wordpress.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">https://raicesyasfalto.wordpress.com/</a>
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote6"></span><a href="//#sdendnote6anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vi</a> Lefebvre, H. (1978 [1969]) El Derecho a la ciudad. Barcelona: Pen&iacute;nsula.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote7"></span><a href="//#sdendnote7anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">vii</a> Harvey, D. (2008) &ldquo;The right to the city&rdquo;, New Left Review 53, septiembre-octubre.
    </p><p class="article-text">
        <span id="sdendnote8"></span><a href="//#sdendnote8anc" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">viii</a> Ostrom, E. (1990) Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Cambridge: Cambridge University Press.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[José Luis Fdez. Casadevante "Kois", Nerea Morán Alonso, Nuria del Viso]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/huertos-urbanos-movimiento-vecinal_132_2160007.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Apr 2018 18:41:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Donde los contrapoderes de barrio echan raíces]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Conflictos socioecológicos, una cuestión de límites]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/conflictos-socioecologicos-cuestion-limites_132_2983002.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d7b056d5-8cde-4e29-8418-474266045fef_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Conflictos socioecológicos, una cuestión de límites"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si no se revierten las actuales tendencias no habrá mediador capaz de frenar o resolver los conflictos socioecológicos y sus graves impactos porque son luchas por asegurar unas mínimas condiciones de vida (del ecosistema y de las sociedades), algo que está cada vez más en disputa en el capitalismo del desastre.</p></div><p class="article-text">
        Los foros y cumbres en torno al cambio clim&aacute;tico, como el I Foro por el Clima celebrado en el Congreso de los Diputados en diciembre pasado, y los efectos cada vez m&aacute;s visibles del cambio clim&aacute;tico han ido creando una conciencia en nuestras sociedades de la responsabilidad de las actividades humanas en la generaci&oacute;n del calentamiento global y sus consecuencias desiguales e injustas sobre diferentes grupos sociales. Mucha menor visibilidad reciben otro tipo de actividades econ&oacute;micas humanas, aunque con impactos tan graves y m&aacute;s inmediatos que el cambio clim&aacute;tico: la extracci&oacute;n acelerada de energ&iacute;a y materiales.
    </p><p class="article-text">
        La actividad extractiva abarca desde la miner&iacute;a a gran escala a la agricultura industrial de monocultivos, pasando por la tala de madera para la exportaci&oacute;n en bosques originarios, la construcci&oacute;n de presas que anegan enormes espacios o infraestructuras de transporte que fracturan el territorio hasta lo m&aacute;s profundo de las selvas, y, por supuesto, la extracci&oacute;n de petr&oacute;leo y gas, motivo de conflictos e invasiones a&uacute;n en el siglo XXI. En estas actividades desempe&ntilde;an un papel muy destacado las empresas transnacionales, que operan arropadas por los estados.
    </p><p class="article-text">
        Las actividades de extracci&oacute;n han alcanzado tales dimensiones, ritmo y expansi&oacute;n en todo el mundo que se ha acu&ntilde;ado un t&eacute;rmino para describirlo: extractivismo. Seg&uacute;n Eduardo Gudynas, el <a href="http://ambiental.net/wp-content/uploads/2015/12/GudynasApropiacionExtractivismoExtraheccionesOdeD2013.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">extractivismo es </a>&laquo;una combinaci&oacute;n simult&aacute;nea de tres caracter&iacute;sticas: el volumen e intensidad de la extracci&oacute;n de bienes naturales; su aplicaci&oacute;n a bienes sin procesamiento o muy escaso en el lugar de extracci&oacute;n; y su destino mayoritario a los mercados globales&raquo;. Aunque esta expresi&oacute;n se refiere en su origen a explotaciones minera y petroleras, actualmente incluye tambi&eacute;n los monocultivos de exportaci&oacute;n, la extracci&oacute;n forestal y pesquera e incluso, bajo ciertas circunstancias, el turismo de masas.
    </p><p class="article-text">
        El extractivismo act&uacute;a a trav&eacute;s de tres estrategias o din&aacute;micas que se retroalimentan: b&uacute;squeda constante de nuevos espacios de extracci&oacute;n; vaciado de territorios y expulsiones; y empleo de nuevas tecnolog&iacute;as de extracci&oacute;n de hidrocarburos para acceder a &ldquo;recursos no convencionales&rdquo;. Es la otra cara de la sociedad consumista que no suele aparecer en las noticias.
    </p><p class="article-text">
        Por m&aacute;s que en la era digital se nos hable de digitalizaci&oacute;n y desmaterializaci&oacute;n de la econom&iacute;a, sin embargo, el extractivismo no deja de crecer. Parece que olvidamos con demasiada facilidad que nuestros cachivaches tecnol&oacute;gicos consumen no solo energ&iacute;a (el&eacute;ctrica), sino abundantes materiales escasos. El colt&aacute;n es el m&aacute;s conocido, pero hay otros. Adem&aacute;s, en el propio proceso de extracci&oacute;n, procesado y fabricaci&oacute;n se consumen ingentes cantidades de energ&iacute;a y preciosos recursos irremplazables como el agua.
    </p><p class="article-text">
        El f&iacute;sico Eric Williams, uno de los acad&eacute;micos que m&aacute;s contribuye hoy a desvelar esta cara oculta de las TIC, mostraba, <a href="http://archive.unu.edu/zef/publications-d/flyer.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en un estudio elaborado para la ONU</a> junto con Ruediger Kuehr, c&oacute;mo la fabricaci&oacute;n de productos electr&oacute;nicos es altamente intensiva en el uso de recursos naturales, superando con creces a otros bienes de consumo. Seg&uacute;n sus c&aacute;lculos, la fabricaci&oacute;n de un ordenador de sobremesa requiere al menos 240 kg de combustibles f&oacute;siles, 22 kg de productos qu&iacute;micos y 1,5 toneladas de agua. El peso en combustibles f&oacute;siles utilizados supera las cien veces el peso del propio ordenador, mientras que por ejemplo, para un coche o una nevera, la relaci&oacute;n entre ambos pesos &minus;de los combustibles f&oacute;siles usados en su fabricaci&oacute;n y del producto en s&iacute;&minus; es pr&aacute;cticamente de uno a uno.
    </p><p class="article-text">
        La mayor parte del extractivismo se produce en los pa&iacute;ses del Sur y en lugares remotos (f&iacute;sica o simb&oacute;licamente) del Norte, donde todav&iacute;a queda espacio natural que explotar en una nueva versi&oacute;n de la divisi&oacute;n internacional del trabajo, con unos pa&iacute;ses y grupos sociales tanto en el Norte como en el Sur que consumen los bienes y otros que habitan los &ldquo;territorios de sacrificio&rdquo; o que contribuyen con su empleo precario en la extracci&oacute;n y producci&oacute;n de los bienes de consumo.
    </p><p class="article-text">
        El extractivismo genera graves impactos de contaminaci&oacute;n en los ecosistemas en forma de contaminaci&oacute;n de suelos, agua y atm&oacute;sfera, que afecta a la salud de las poblaciones y destruye sus medios y formas de vida. En los casos m&aacute;s graves, el extractivismo genera vastas extensiones de tierras muertas -y tambi&eacute;n aguas oce&aacute;nicas-, ya sin capacidad de autorregeneraci&oacute;n. Estos procesos hacen inhabitables muchos lugares, lo que obliga a sus habitantes a marcharse rumbo a las ciudades o incluso m&aacute;s lejos. Son las <a href="https://books.google.es/books?id=FIZyBgAAQBAJ&amp;pg=PA2025&amp;lpg=PA2025&amp;dq=microexpulsiones+Sassen&amp;source=bl&amp;ots=NHCsxu_aWj&amp;sig=ln5I3PUDIiSjz_iDQ87tLMulV-0&amp;hl=es&amp;sa=X&amp;ved=0ahUKEwiq7Jzn1JHYAhUM7BQKHe90C68Q6AEIMzAC%23v=onepage&amp;q=microexpulsiones%2520Sassen&amp;f=false" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">microexpulsiones</a> a las que se refiere Saskia Sassen. Resulta dif&iacute;cil determinar cifras de los expulsados y expulsadas por el extractivismo, un goteo imparable desde hace d&eacute;cadas, pero puede ayudar un dato orientativo: 60 millones de personas emigran anualmente a las grandes urbes de todo el mundo; ellos conforman el grueso de los habitantes de las villas miseria, slams, o suburbios que se expanden en el Sur global, que conforman el 78% de la poblaci&oacute;n que vive en las ciudades de los pa&iacute;ses menos desarrollados, y sigue en aumento.
    </p><p class="article-text">
        Pero antes de que se produzcan tales desplazamientos, son muchos los que deciden resistir a la actividad de las trasnacionales, desde peque&ntilde;as colectividades de campesinos a comunidades ind&iacute;genas, que se oponen a la desposesi&oacute;n de sus tierras, a la contaminaci&oacute;n de sus r&iacute;os, a la destrucci&oacute;n de sus medios de vida y la desaparici&oacute;n de sus modos de organizaci&oacute;n social, a menudo situados en los m&aacute;rgenes de la econom&iacute;a capitalista. Estas resistencias se conocen como conflictos socioecol&oacute;gicos, que son la expresi&oacute;n de los enfrentamientos en torno al acceso y uso de los bienes naturales, as&iacute; como el reparto de los costes asociados al proceso y la eliminaci&oacute;n de residuos. Estas disputas constituyen una parte cada vez m&aacute;s importante de la conflictividad global. Algunas de estas luchas han alcanzado las noticias de todo el mundo: la guerra por el agua de Cochabamba, las luchas del movimiento Chipko (India) en defensa de los bosques, la larga resistencia de los ogoni en Nigeria contra los impactos de la extracci&oacute;n petrolera de la Shell son algunos ejemplos de una larga lista de resistencias que no paran de multiplicarse a medida que el acceso a los recursos escasea y avanza el deterioro ecol&oacute;gico del planeta.
    </p><p class="article-text">
        La asimetr&iacute;a entre los agentes de estas luchas, a menudo protagonizadas por peque&ntilde;as comunidades que resisten a poderosas transnacionales y el hecho de que muchas veces se produzcan desconectadas unas de otras incentiva el abuso de poder por parte de estados y trasnacionales, que literalmente arrasan la resistencia con mil estratagemas, desde las estrategias de desgaste a base de desacreditar y difamar a los activistas, su criminalizaci&oacute;n y aplicaci&oacute;n de leyes ad hoc -como leyes antiterroristas o la acusaci&oacute;n de incitar a la violencia por convocar manifestaciones- o la no aplicaci&oacute;n de la legislaci&oacute;n nacional e internacional de protecci&oacute;n de comunidades ind&iacute;genas o protecci&oacute;n de defensores de derechos humanos y del medio ambiente, su persecuci&oacute;n legal, secuestros, asaltos sexuales hasta el asesinato, tristemente cada vez m&aacute;s com&uacute;n.
    </p><p class="article-text">
        La muerte de Berta C&aacute;ceres en 2016 dio la vuelta al mundo y puso en las agendas un modo de proceder que los activistas y defensores del medio ambiente llevan sufriendo mucho tiempo: el acoso y agresi&oacute;n de los cuerpos de seguridad del Estado y grupos paramilitares y de seguridad privados. M&aacute;s recientemente los casos de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel en Argentina han mostrado que no se trata de casos aislados, sino de una forma de hacer que se va normalizando en nuestro tiempo. Las <a href="http://www.eldiario.es/theguardian/Muertos-defender-tierra_0_678932520.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">muertes no paran de incrementarse</a>: 116 en 2014; 185 en 2015; 200 en 2016, y 117 entre enero y agosto de 2017 son las cifras de los casos comprobados, pero hay muchos m&aacute;s. Tres cuartas partes de los asesinatos se producen en Am&eacute;rica Latina, con especial incidencia en Brasil y Colombia. Filipinas es otro punto negro para quienes defienden el medio ambiente. Las mujeres, que cada vez est&aacute;n m&aacute;s presentes al frente de estas luchas, reciben gran parte de la represi&oacute;n y la persecuci&oacute;n. Mientras los activistas defienden el medio ambiente incluso con su vida, los perpetradores permanecen en su inmensa mayor&iacute;a en la impunidad. En el contexto del Estado espa&ntilde;ol, la campa&ntilde;a <a href="http://defenderaquiendefiende.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Defender a quien defiende</a> pretende concienciar y revertir esta situaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        A medida que el capitalismo senil se desprende de sus m&aacute;scaras y afila sus u&ntilde;as para enfrentar tiempos m&aacute;s complejos de crisis ecol&oacute;gica y social, se hace cada vez m&aacute;s evidente el desd&eacute;n por la legalidad nacional e internacional m&aacute;s protectora y endurecen las leyes de control social mientras se ponen a punto acuerdos internacionales y la legislaci&oacute;n necesaria para allanar el camino sin ning&uacute;n tipo de traba a las trasnacionales. En este contexto, si no se revierten las actuales tendencias no habr&aacute; mediador capaz de frenar o resolver los conflictos socioecol&oacute;gicos y sus graves impactos porque son luchas por asegurar unas m&iacute;nimas condiciones de vida (del ecosistema y de las sociedades), algo que est&aacute; cada vez m&aacute;s en disputa en el capitalismo del desastre. Solo la recuperaci&oacute;n de la funci&oacute;n protectora de las ciudadan&iacute;as por parte del Estado y las instituciones internacionales, junto a una decidida regulaci&oacute;n para limitar las actividades extractivas y las abusivas pr&aacute;cticas de las trasnacionales puede reencauzar esta situaci&oacute;n.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nuria del Viso]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/conflictos-socioecologicos-cuestion-limites_132_2983002.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Jan 2018 19:30:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Conflictos socioecológicos, una cuestión de límites]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Medio ambiente]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Cambio climático S.A.?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/ultima-llamada/cambio-climatico-sa_132_3277870.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9d023bea-effe-4fd9-a2c0-3c7071b08c1e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Cambio climático S.A.?"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Transnacionales de distintos sectores buscan hacer del cambio climático una gran oportunidad de lucro, desde las petroleras a las compañías de seguros, pasando por el complejo de la seguridad, que lo mismo suministra concertinas para blindar las fronteras que personal o sistemas de vigilancia.</p></div><p class="article-text">
        Hace apenas unos d&iacute;as conocimos el desprendimiento de un iceberg gigante del casquete de la Ant&aacute;rtida que nos recuerda por en&eacute;sima vez que algo anda muy mal en el ecosistema planetario. La larga trayectoria de mercantilizaci&oacute;n de la naturaleza y privatizaci&oacute;n de bienes comunes ha cobrado especial intensidad en las &uacute;ltimas cuatro d&eacute;cadas. Durante esta etapa, el neoliberalismo act&uacute;a despolitizando cuestiones pol&iacute;ticas y present&aacute;ndolas libres de ideolog&iacute;a, como si fueran problemas neutros que precisan soluciones t&eacute;cnicas. Y as&iacute; est&aacute; ocurriendo en el tratamiento del cambio clim&aacute;tico. Las &eacute;lites est&aacute;n presentando la desestabilizaci&oacute;n del clima como un problema estrictamente ambiental &#8210;clim&aacute;tico&#8210;, pr&aacute;cticamente como si resultara inevitable, como una cat&aacute;strofe natural m&aacute;s que tan solo precisa de una adaptaci&oacute;n. Pero este planteamiento esconde una parte importante de la realidad. Es cierto que la crisis clim&aacute;tica entra&ntilde;a elementos t&eacute;cnicos derivados de un exceso de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en la atm&oacute;sfera, sumidero natural ahora saturado. Pero junto a ellos aparecen de forma inseparable aspectos pol&iacute;ticos. De ah&iacute; que resulte crucial c&oacute;mo se est&aacute; enmarcando y definiendo la cuesti&oacute;n clim&aacute;tica, porque de ello depender&aacute; la forma de encarar el calentamiento global y las respuestas que se van a ofrecer.
    </p><p class="article-text">
        En primer lugar, el calentamiento global tiene ra&iacute;ces antropog&eacute;nicas, es decir, est&aacute; causado por las actividades humanas. El an&aacute;lisis de las causas del fen&oacute;meno nos remite a un modelo de sociedad altamente dependiente de los combustibles f&oacute;siles que se gest&oacute; en Europa a partir de la revoluci&oacute;n industrial. Pese a algunos t&iacute;midos esfuerzos, las emisiones crecen a un ritmo cada vez m&aacute;s r&aacute;pido, lo que ya va a causar un aumento irreversible en la temperatura del planeta. Nuestras decisiones inmediatas se mueven en un estrecho aunque fundamental margen de maniobra que determinar&aacute; si ese aumento es de 2 &ordm;C (escenario manejable), o llega hasta los 6 &ordm;C (escenario catastr&oacute;fico). 
    </p><p class="article-text">
        Esto apunta al car&aacute;cter profundamente pol&iacute;tico del fen&oacute;meno en el que, lejos de existir una responsabilidad gen&eacute;rica de todos y todas, el desaf&iacute;o clim&aacute;tico remite a responsabilidades bien diferenciadas e impactos tambi&eacute;n desiguales: ni las responsabilidades por la generaci&oacute;n del fen&oacute;meno son equiparables ni las sociedades y grupos sociales son igualmente vulnerables. De hecho, se establece una relaci&oacute;n inversa entre responsabilidad y vulnerabilidad en la que aquellos m&aacute;s responsables por la generaci&oacute;n del problema son los menos vulnerables.
    </p><p class="article-text">
        Y tal escenario nos conduce a un segundo elemento. Dependiendo de en qu&eacute; t&eacute;rminos sociopol&iacute;ticos se defina el cambio clim&aacute;tico, nos jugamos qu&eacute; marco de derechos y libertades se implantar&aacute; en las pr&oacute;ximas d&eacute;cadas: si sale adelante un modelo securitario y corporativo, podr&iacute;amos f&aacute;cilmente deslizarnos hacia escenarios de corte ecofascista, en los que unos se atrincheren acaparando los recursos disponibles, mientras otros queden expuestos a las inclemencias clim&aacute;ticas y con graves carencias de acceso a recursos b&aacute;sicos como el alimento o el agua. 
    </p><p class="article-text">
        El cambio clim&aacute;tico est&aacute; ya deteriorando nuestros suelos y derritiendo glaciares, algo que impactar&aacute; en la disponibilidad de recursos b&aacute;sicos. A la vez, se ha introducido en el imaginario la idea de escasez, lo que nos lleva al tercer elemento. La crisis clim&aacute;tica se plantea en t&eacute;rminos de conflicto, un conflicto de car&aacute;cter pol&iacute;tico y socioecol&oacute;gico &#8210;o ecol&oacute;gico-distributivo, si se prefiere. Sin embargo, no se trata del conflicto de corte hobbesiano de todos contra todos en lucha por unos recursos escasos, como nos quieren hacer creer. El conflicto se sit&uacute;a en otra parte. En el capitalismo del desastre se est&aacute;n consolidando dos categor&iacute;as de personas: los que est&aacute;n a salvo y los que est&aacute;n expuestos a la desestabilizaci&oacute;n clim&aacute;tica, es decir, privilegiados y despose&iacute;dos. 
    </p><p class="article-text">
        En uno de los juegos de prestidigitaci&oacute;n del gusto de las &eacute;lites, el cambio clim&aacute;tico est&aacute; viviendo su abracadabra por obra de los ej&eacute;rcitos y las corporaciones, con la colaboraci&oacute;n necesaria de grupos pol&iacute;ticos en el poder. Un libro singular editado por Nick Buxton y Ben Hayes, <a href="http://www.fuhem.es/ecosocial/noticias.aspx?v=10217&amp;n=0" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cambio clim&aacute;tico S.A.</a>, publicado por FUHEM Ecosocial, perfila estos procesos y explica c&oacute;mo las &eacute;lites utilizan el cambio clim&aacute;tico como el siguiente motivo de temor. Diversos informes militares y pol&iacute;ticos de gobiernos y de instituciones supranacionales presentan la crisis clim&aacute;tica como un problema creciente de seguridad y lo califican de &laquo;multiplicador de amenazas&raquo;, lo que alude al supuesto de que, inevitablemente, se disparar&aacute;n hostilidades. Sin duda, pintar un mundo cruzado de amenazas catastr&oacute;ficas facilita que la gente renuncie voluntariamente a parcelas de sus derechos y libertades a cambio de un poco de seguridad, seguridad que el complejo militar-industrial se ofrece a brindarnos gustosamente.
    </p><p class="article-text">
        Sin embargo, estas respuestas militarizadas, lejos de resolver el problema, lo profundizan. Los autores del citado libro recuerdan que el ej&eacute;rcito de EE UU es el principal consumidor de hidrocarburos, cuyo acceso busca garantizarse a toda costa, aunque esto cueste un sinf&iacute;n de &ldquo;guerras preventivas&rdquo; y la desestabilizaci&oacute;n de regiones enteras del mundo, como estamos viendo en el Norte de &Aacute;frica y Oriente Medio (objetivo que, de paso, resulta funcional a los intereses de las grandes corporaciones petroleras). No obstante, esta realidad, por m&aacute;s dif&iacute;cil que sea de ocultar, vuelve a oscurecerse a trav&eacute;s de costosas operaciones de lifting publicitario de los ej&eacute;rcitos para mostrarse con una cara m&aacute;s ecol&oacute;gica (como antes buscaron parecer m&aacute;s humanitarios). Un empe&ntilde;o digno del gran Houdini si no fuera porque algunas de las iniciativas, como desarrollar &ldquo;balas verdes&rdquo;, con menos cantidad de plomo pero igualmente mort&iacute;feras, son dignas del gran Gila, aunque mucho m&aacute;s peligrosas. 
    </p><p class="article-text">
        En este contexto, transnacionales de distintos sectores buscan hacer del cambio clim&aacute;tico una gran oportunidad de lucro, desde las petroleras a las compa&ntilde;&iacute;as de seguros, pasando por el complejo de la seguridad, que lo mismo suministra concertinas para blindar las fronteras que personal o sistemas de vigilancia. En un mundo acosado por el miedo y donde primen respuestas basadas en la fuerza, el sector de la seguridad aguarda optimista ante sus perspectivas de negocio. 
    </p><p class="article-text">
        Desde Europa somos testigos &#8210;bastante indiferentes&#8210; de c&oacute;mo el cierre de fronteras est&aacute; dejando fuera a millones de personas expuestas a la miseria y a la muerte en traves&iacute;as inhumanas. Pero no olvidemos que &laquo;las armas tambi&eacute;n apuntan hacia adentro&raquo;, como se&ntilde;ala Nick Buxton. De hecho, vemos c&oacute;mo se endurecen las leyes de control social en distintas partes del mundo (ah&iacute; tenemos la &laquo;ley Mordaza&raquo;), y se vigilan nuestras comunicaciones y datos.
    </p><p class="article-text">
        Entre las falsas soluciones, la tecnolog&iacute;a se presenta como la &ldquo;soluci&oacute;n&rdquo; frente al cambio clim&aacute;tico. Las grandes compa&ntilde;&iacute;as experimentan con una supuesta &ldquo;agricultura inteligente&rdquo; mientras despojan de sus tierras al campesinado en los cinco continentes o comercian con los derechos sobre el agua. Pero la aplicaci&oacute;n m&aacute;s sorprendente de la tecnolog&iacute;a frente a la crisis clim&aacute;tica viene de la mano de la geoingenier&iacute;a. As&iacute;, para las &eacute;lites resulta m&aacute;s plausible &#8210;y econ&oacute;micamente viable&#8210; &ldquo;fertilizar&rdquo; los oc&eacute;anos o lanzar millones de part&iacute;culas de sulfato a la estratosfera (para que act&uacute;en de parasoles), que reducir el uso de hidrocarburos. En cualquier caso, si es que estas ilusorias &ldquo;soluciones&rdquo; funcionaran en alguna medida, no ser&iacute;a con un efecto global &uacute;nico de reducci&oacute;n de temperatura para el beneficio de la humanidad; al contrario, dependiendo de en qu&eacute; partes del mundo se apliquen, puede causar efectos colaterales en otros lugares y acabar otros &#8210;los m&aacute;s vulnerables&#8210; pagando los platos rotos de la geoingenier&iacute;a. As&iacute;, quien controle el termostato planetario controlar&aacute; el mundo, lo que supone una nueva vuelta de tuerca en un mundo dividido entre privilegiados y despose&iacute;dos. Tales respuestas, adem&aacute;s, lejos de democratizar la tecnolog&iacute;a, concentran a&uacute;n m&aacute;s el poder en menos manos, lo que acent&uacute;a parte de nuestros problemas vinculados a la falta de democracia en la toma de decisiones.
    </p><p class="article-text">
        En este contexto apremiante de crisis clim&aacute;tica urge desenmascarar las falsas soluciones e identificar las v&iacute;as que contienen posibles respuestas. Un reciente informe de Cathy Baldwin y Robin King, titulado <a href="http://be.brookes.ac.uk/research/iag/resources/what-about-the-people.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">What about the people?</a>, indica c&oacute;mo la formaci&oacute;n de v&iacute;nculos sociales constituye la principal estrategia y herramienta de defensa de las comunidades ante los desastres. Y es que la articulaci&oacute;n de la ciudadan&iacute;a contiene algunas de las respuestas que necesitamos ante la desestabilizaci&oacute;n del clima. En esta misma l&iacute;nea, los citados Buxton y Hayes aportan un amplio abanico de acciones que, alrededor del mundo, est&aacute;n llevando a cabo multitud de grupos de la sociedad civil organizada, resistiendo a las estrategias corporativas y de seguridad y luchando por recuperar el control de bienes naturales esenciales. 
    </p><p class="article-text">
        Necesitamos articular respuestas justas ante la crisis clim&aacute;tica. Probablemente, no ser&aacute;n soluciones completas, quiz&aacute; no nos lleven muy lejos y haya que explorar otros caminos, pero al menos contendr&aacute;n algunos de los rasgos que colectivamente consideremos imprescindibles. Atendiendo a las causas, las acciones deben tender al cambio del modelo energ&eacute;tico, la reducci&oacute;n de la extracci&oacute;n desenfrenada de bienes naturales, el apoyo a formas tradicionales de resiliencia comunitaria, un Estado del bienestar s&oacute;lido y el fortalecimiento de los mecanismos democr&aacute;ticos. En estas decisiones nos jugamos el futuro.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Nuria del Viso]]></dc:creator>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 07 Aug 2017 18:14:39 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[¿Cambio climático S.A.?]]></media:title>
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