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    <title><![CDATA[elDiario.es - Álvaro Llorca]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/alvaro_llorca/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Álvaro Llorca]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Seguiremos citando a Janet Malcolm]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/seguiremos-citando-janet-malcolm_129_8054245.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/fea5acaf-bd4d-4a67-a291-a0f8ea78904f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Seguiremos citando a Janet Malcolm"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una de sus citas más recurrentes nos sitúa delante de una de las constantes en la obra de Janet Malcolm: la severidad de su juicio hacia su profesión y hacia sí misma.</p><p class="subtitle">Janet Malcolm, el rayo cegador del ensayo norteamericano</p></div><p class="article-text">
        Diez a&ntilde;os trabajando <a href="https://www.librosdelko.com/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en una editorial especializada en textos period&iacute;sticos</a> me han ense&ntilde;ado dos cosas. La primera es que soy un candidato excepcional cuando los medios de comunicaci&oacute;n buscan que alguien les escriba el obituario de un periodista famoso. <a href="https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/tom-wolfe-tiempos-youtube_129_2116629.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">En este mismo medio escrib&iacute; el de Tom Wolfe</a>, y ahora est&aacute;s leyendo el de Janet Malcolm, periodista que naci&oacute; en Praga en 1934, que empez&oacute; a escribir en <a href="https://www.newyorker.com/contributors/janet-malcolm" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>The New Yorker</em></a> en 1963, que public&oacute; su &uacute;ltimo art&iacute;culo en ese medio hace dos a&ntilde;os y que ha muerto esta semana en Nueva York a los 86 a&ntilde;os por un c&aacute;ncer de pulm&oacute;n. Y la segunda cosa que he aprendido durante estos diez a&ntilde;os es que a los periodistas nos apasiona citar a Janet Malcolm.
    </p><p class="article-text">
        No es ninguna exageraci&oacute;n. Sin ir m&aacute;s lejos, <a href="https://www.librosdelko.com/products/horas-cruentas" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">la pen&uacute;ltima traducci&oacute;n que publicamos en Libros del K.O</a>. conten&iacute;a una cita de Janet Malcolm. Y no es la &uacute;nica en nuestro cat&aacute;logo. Y ya ni hablemos si contamos los manuscritos que llegan con frecuencia a nuestro buz&oacute;n de correo. Quiz&aacute;s su cita m&aacute;s repetida &mdash;la encontrar&aacute;s en casi cualquier obituario de la autora, y este no va a ser menos&mdash; sean las primeras l&iacute;neas de <a href="https://www.gedisa.com/gacetillas/600004.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>El periodista y el asesino</em></a> (1989), un libro que trata sobre c&oacute;mo un abogado se aprovecha de la confianza de su cliente, algo que Malcolm relaciona con la conflictiva relaci&oacute;n entre el periodista y sus fuentes: &laquo;Todo periodista que no sea demasiado est&uacute;pido o demasiado engre&iacute;do para no advertir lo que entra&ntilde;a su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible&raquo;.
    </p><p class="article-text">
        Y no me extra&ntilde;a que se haya convertido en una cita tan recurrente. Volved a leerla. &iexcl;Contemplad qu&eacute; cita! Son 26 palabras con la proporci&oacute;n exacta de introspecci&oacute;n y paradoja. Es una cita que, si eres periodista, te habr&aacute; hecho pegar un bote en el sof&aacute; y que se te habr&aacute; enganchado luego en el est&oacute;mago. Confieso abiertamente que la encuentro exagerada (aunque tampoco descarto que yo sea una persona demasiado est&uacute;pida o engre&iacute;da), y que a mi juicio eso tambi&eacute;n explica parte de su &eacute;xito. Existe un punto irrenunciable de exageraci&oacute;n en las citas m&aacute;s recurrentes. Pero, en cualquier caso, nos sit&uacute;a delante de una de las constantes en la obra de Janet Malcolm: la severidad de su juicio hacia su profesi&oacute;n y hacia s&iacute; misma.
    </p><p class="article-text">
        Que hable tanto de su profesi&oacute;n y de la actividad literaria es, sin duda, una de las razones de que las citas de Janet Malcolm sean tan populares entre periodistas. Porque los periodistas somos profundamente autorreferenciales. &laquo;Los periodistas se quieren unos a los otros como miembros de una familia, en su caso de una especie de familia criminal&raquo;. Vaya, me ha vuelto a pasar: he citado a Janet Malcolm.
    </p><p class="article-text">
        Pero cometer&iacute;amos un error si encapsul&aacute;ramos a Janet Malcolm en sus propias citas. Pas&oacute; m&aacute;s de medio siglo escribiendo, y entre sus intereses m&aacute;s recurrentes explor&oacute; los juicios, los artistas y el psicoan&aacute;lisis. Uno de sus textos m&aacute;s hermosos es &laquo;<a href="https://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/1504_cuarenta_y_un_intentos_fallidos.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Cuarenta y un intentos fallidos</a>&raquo;, un art&iacute;culo publicado en 1994 &mdash;e incluido en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/business/11630-cuarenta-y-un-intentos-fallidos-9788499925318" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un libro con el mismo t&iacute;tulo</a>&mdash; en el que la periodista recopila los cuarenta y un intentos fallidos de comenzar un perfil del pintor David Salle. Si lo despojamos de su envoltorio de ejercicio literario, el texto describe a la perfecci&oacute;n la cosmovisi&oacute;n del retratado. Que es lo que, al fin y al cabo, le pedimos al periodismo: las proporciones exactas de comunicaci&oacute;n y conocimiento.
    </p><p class="article-text">
        Y creo que esto es lo que hay que buscar cuando uno lee a Malcolm, m&aacute;s all&aacute; de sus citas. En un momento del juicio que narra en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/11485-ifigenia-en-forest-hills-9788499920634" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Ifigenia en Forest Hills</em></a> (2011), la periodista reproduce las siguientes palabras de un abogado llamado Stephen Scaring: &laquo;El padre de Daniel es actor aficionado, y todos sabemos lo que hacen los actores: inventar&raquo;. Y la propia Malcolm le corrige a continuaci&oacute;n: &laquo;Esta afirmaci&oacute;n es absurda; los actores no inventan nada, simplemente se ci&ntilde;en al gui&oacute;n. Era Scaring quien estaba inventando. Si hay una profesi&oacute;n (aparte de la de novelista) cuya tarea consiste en inventar es la de abogado defensor&raquo;. Al mismo tiempo en que reflexiona sobre su profesi&oacute;n, como vemos, Janet Malcolm desenmascara lo que la rodea. &laquo;La fragilidad humana sigue siendo moneda de cambio y la maldad, el impulso que anima al periodista&raquo;, escribe en ese mismo libro, poniendo su ya consabida severidad al servicio del conocimiento.
    </p><p class="article-text">
        Quiz&aacute;s Janet Malcolm caiga en ocasiones en la autorreferencialidad y se aleje demasiado de lo que defend&iacute;a el fil&oacute;sofo franc&eacute;s Pierre Zaoui: dar un paso atr&aacute;s para &ldquo;permitir la libre circulaci&oacute;n de roles, formas y fortunas&rdquo;. Pero tambi&eacute;n creo que, como periodistas, tenemos que seguir citando a Malcolm. Primero, porque pertenece a una generaci&oacute;n de periodistas que se abrieron hueco en un mundo tremendamente masculinizado, como Gloria Steinem y Joan Didion, entre otras. Y tambi&eacute;n porque citarla es una manera de bajarnos los humos y de desenmascarar las mentiras que tantas veces nos contamos a nosotros mismos. Y tambi&eacute;n las que nos llegan desde fuera. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Álvaro Llorca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/cultura/seguiremos-citando-janet-malcolm_129_8054245.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jun 2021 18:38:16 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Seguiremos citando a Janet Malcolm]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Obituario,Periodismo,Escritores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Tom Wolfe en tiempos de YouTube]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/tom-wolfe-tiempos-youtube_129_2116629.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/3123c469-5ad5-424c-b709-36fbdcb53acf_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tom Wolfe en tiempos de YouTube"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Habrá a quien su irreverencia le parezca histriónica –es posible que lo sea–, a quien su lenguaje le suene chirriante –sin duda, lo es–, a quien su periodismo le parezca poco formal –por dios, ¡esa es la gracia!–</p></div><p class="article-text">
        <span id="m_1021213951633091985gmail-docs-internal-guid-70f7f6b3-6504-3b91-9b35-e0560f305643"></span>A sus 34 a&ntilde;os, Tom Wolfe escribi&oacute; dos art&iacute;culos incendiarios contra la tot&eacute;mica revista <em>The New Yorker</em><em>,</em> que por aquel entonces celebraba su cuadrag&eacute;simo aniversario. Dwight Macdonald fue uno de los intelectuales que se sinti&oacute; atacado y respondi&oacute; al joven periodista con otros dos art&iacute;culos. En uno de ellos, conjeturaba que &ldquo;Wolfe no ser&iacute;a le&iacute;do con agrado, o le&iacute;do a secas, dentro de unos a&ntilde;os, quiz&aacute;s el a&ntilde;o que viene&rdquo;. Que ahora mismo est&eacute;s leyendo un art&iacute;culo sobre Tom Wolfe prueba lo equivocado que estaba MacDonald.
    </p><p class="article-text">
        Y, personalmente, ir&iacute;a incluso m&aacute;s lejos: han pasado m&aacute;s de 50 a&ntilde;os desde que se produjo esta pol&eacute;mica, que cuenta Marc Weingarten en <em>La banda que escrib&iacute;a torcido</em><em>,</em> y leer a Tom Wolfe por primera vez sigue siendo un momento period&iacute;sticamente memorable. El primer libro suyo que cay&oacute; en mis manos fue <em>Ponche de &aacute;cido lis&eacute;rgico</em><em>,</em> que cuenta su convivencia con los grupos contraculturales estadounidenses que, en los a&ntilde;os sesenta, se lanzaron a experimentar con las drogas y con la vida en general.
    </p><p class="article-text">
        Fue toda una sacudida. Nunca antes me hab&iacute;a enfrentado con un texto donde el estilo y el tema se fundieran de una manera tan escandalosa. Pensemos en t&eacute;rminos contempor&aacute;neos: es como si un periodista, en vez de preguntar a un youtuber cu&aacute;nto cobra, se metiera de lleno en su lenguaje y de repente habitara su mundo: &ldquo;El mundo convencional jam&aacute;s lo hab&iacute;a entendido, jam&aacute;s hab&iacute;a comprendido ese poseer una esfera, un estatus propio, ese tan solo tener diecinueve, veinte, veinti&uacute;n, veintid&oacute;s a&ntilde;os, y no tener que empezar a ascender por la escalera desde abajo, desde el desamparo, entre otras cosas porque&hellip; &iexcl;al diablo incluso con la escalera&hellip;!&rdquo;, escribe Wolfe en <em>Ponche de &aacute;cido lis&eacute;rgico</em><em>.</em> Esa predisposici&oacute;n de Wolfe a prestar sus o&iacute;dos y su pluma escandalosa a j&oacute;venes sin mucha representaci&oacute;n p&uacute;blica deber&iacute;a inspirar siempre a los periodistas.
    </p><p class="article-text">
        En ese mismo libro, Wolfe describe la cobertura period&iacute;stica que se hizo en la &uacute;ltima noche de Perry Lane, una comunidad de intelectuales condenada a desaparecer despu&eacute;s de que la comprara un promotor inmobiliario. En vez de un desfile de reflexiones sesudas y altisonantes, los periodistas se encontraron con que algunos de los presentes sacaron un piano de una casa, se liaron a hachazos contra &eacute;l y luego le prendieron fuego. Sin embargo, cuenta Wolfe, los periodistas &ldquo;se las arreglaron para volver a la redacci&oacute;n con la misma historia con la que hab&iacute;an salido&rdquo;. El planteamiento de Wolfe es, pues, una rebeli&oacute;n contra la creencia, tan extendida entre los periodistas, de que nos las sabemos todas.
    </p><p class="article-text">
        Pero claro, el lenguaje tradicional no serv&iacute;a para representar estos mundos nuevos, por lo que Wolfe tambi&eacute;n experiment&oacute; en el campo de las palabras, sembrando sus textos con onomatopeyas imposibles y conceptos que se sacaba de la chistera. O, quiz&aacute;s, en este caso, habr&iacute;a que hablar de un sombrero blanco panam&aacute;. LOL. Wolfe lleg&oacute; a escribir p&aacute;rrafos como este: &ldquo;Pero por la noche, la falange custodia, la polic&iacute;a Miesia, entraba con &oacute;rdenes estrictas y derribaba aquellas pat&eacute;ticas barricadas erguidas contra la imagen pura de los dioses blancos y el Pr&iacute;ncipe de Plata&rdquo;. S&iacute;, es normal que no hayas entendido nada. Pero leyendo las 200 p&aacute;ginas previas de <em>La palabra pintada &amp; &iquest;Qui&eacute;n teme al Bauhaus feroz?</em> ese p&aacute;rrafo se entiende sin ninguna dificultad. Es una muestra de c&oacute;mo Wolfe llega a erigir un mundo propio en sus textos.
    </p><p class="article-text">
        La pol&eacute;mica por sus art&iacute;culos contra <em>The New Yorker</em> es una muestra de la irreverencia y de las pocas contemplaciones con las que se andaba Tom Wolfe, que posiblemente llev&oacute; al extremo en <em>La palabra pintada &amp; &iquest;Qui&eacute;n teme al Bauhaus feroz?</em><em>,</em> donde se convierte en azote de egos y saca los colores a los ide&oacute;logos de la pintura y la arquitectura en Estados Unidos. Y lo hace con un conocimiento asombroso, tray&eacute;ndonos una nueva ense&ntilde;anza period&iacute;stica: no basta con ser gracioso, hay que conocer aquello de lo que se habla.
    </p><p class="article-text">
        Ya que este art&iacute;culo est&aacute; quedando lleno de citas ilustrativas, aportar&eacute; una m&aacute;s: &ldquo;Comparado con sus dos libros principales, <em>La Galaxia Gutenberg</em> (1962) y <em>Comprender los medios de comunicaci&oacute;n</em> (1964), <em>The Mechanical Bride</em> es embarazosamente moralista. Est&aacute; escrito con la tendencia convencional, antiindustrial siglo XIX, del literato, t&eacute;rmino que McLuhan asociar&iacute;a m&aacute;s tarde con la peor especie intelectual retr&oacute;grado y obtuso&rdquo;. Es decir, antes de escribir sobre algo, como demuestra este fragmento de su perfil sobre McLuhan, se informaba a conciencia.
    </p><p class="article-text">
        Habr&aacute; a quien su irreverencia le parezca histri&oacute;nica -es posible que lo sea-, a quien su lenguaje le suene chirriante -sin duda, lo es-, a quien su periodismo le parezca poco formal -por dios, &iexcl;esa es la gracia!-. Es probable que, en su &uacute;ltima &eacute;poca, se convirtiera en una fotocopia mala de s&iacute; mismo, como comentaba Kiko Amat en una cr&iacute;tica a una de sus &uacute;ltimas novelas. Adem&aacute;s, personalmente, desconozco si en su curr&iacute;culo hay alg&uacute;n <em>invent</em> period&iacute;stico c&eacute;lebre o alg&uacute;n exceso censurable en el plano humano. Pero, sin ninguna duda, tenemos que dar gracias a Tom Wolfe -y a su camarilla del Nuevo Periodismo, sobre la que tanto se estar&aacute; escribiendo ahora mismo- por, como escribi&oacute; Marc Weingarten, &ldquo;contarnos historias sobre nosotros mismos de un modo hasta entonces inaudito&rdquo;. Tambi&eacute;n por haber encontrado la manera de fundirse con los cambios de su sociedad. Y, sobre todo, por haber sido tremendamente divertido.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Álvaro Llorca]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/tom-wolfe-tiempos-youtube_129_2116629.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 15 May 2018 20:34:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Tom Wolfe en tiempos de YouTube]]></media:title>
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