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    <title><![CDATA[elDiario.es - Rosario Marina]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/rosario_marina/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Rosario Marina]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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    <item>
      <title><![CDATA[La capsulera: transportar cocaína para dar de comer a un hijo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/capsulera-transportar-cocaina-dar-comer-hijo_130_6125398.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8b89ce15-14d2-4521-8edf-d869c3c0238f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La capsulera: transportar cocaína para dar de comer a un hijo"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Carolina sufre un retraso madurativo y uno de sus hijos padece epilepsia. El otro falleció por malnutrición. La pobreza le empujó a tragarse más de 40 cápsulas de cocaína para transportarlas e ingresó en prisión.</p></div><p class="article-text">
        La primera vez, Carolina S&aacute;nchez fue detenida con m&aacute;s de cuarenta c&aacute;psulas de coca&iacute;na dentro de su cuerpo. Se hab&iacute;a empezado a sentir mal, le dol&iacute;a la panza, transpiraba. Su marido no sab&iacute;a, sus hijos tampoco. La segunda vez no trag&oacute; la droga: la llev&oacute; en un paquete. La agarraron de nuevo.&nbsp;Carolina tiene 36 a&ntilde;os, es argentina y vive en Or&aacute;n, una ciudad de 86 mil habitantes en la provincia de Salta, a s&oacute;lo 50 kil&oacute;metros de Bolivia. M&aacute;s cerca de Bolivia que de la capital de esa provincia argentina.
    </p><p class="article-text">
        Fue condenada por traslado de droga dos veces, estuvo presa en una c&aacute;rcel, en un escuadr&oacute;n de Gendarmer&iacute;a y bajo arresto domiciliario. Pero la &uacute;ltima resoluci&oacute;n de la Justicia fue declararla inimputable: tiene un retraso madurativo y no sabe leer ni escribir. Un hijo muri&oacute; por desnutrici&oacute;n y otro tiene epilepsia. Su casa no tiene puertas, el piso es de tierra y a sus perros se les ven las costillas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es febrero y en Or&aacute;n el calor es insoportable. Todos llevan un repasador o toalla peque&ntilde;a al hombro para secarse el sudor de la cara: gotas en la frente que parecen reproducirse a cada paso. Las calles son, casi todas, de tierra, excepto en el centro de la ciudad. Por el barrio donde vive Carolina los pozos son profundos. En su casa no hay gas, tampoco azulejos y mucho menos cloacas. Est&aacute;n intentando levantar tres paredes de ladrillos para armar un ba&ntilde;o fuera de la casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Brian mira a su mam&aacute; mientras habla. Sus ojos son grandes y t&iacute;midos. Es el &uacute;nico que puede agarrar a las gallinas que corren por el patio y levantan la tierra del suelo. Pero ahora est&aacute; sentado, tranquilo. Y observa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sufre de epilepsia. Su madre no sabe c&oacute;mo ni por qu&eacute;, pero se desespera cuando lo ver mal. Un d&iacute;a iban a empezar a comer torta fritas frente a un fuego que hab&iacute;an prendido para calentarse cuando de repente al nene se le pusieron blancos los ojos y empez&oacute; a convulsionar. La vecina llam&oacute; a la ambulancia, pero no logr&oacute; que lo vinieran a buscar. Lo terminaron llevando en remis al hospital m&aacute;s cercano.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ahora le queda un frasco de jarabe de &aacute;cido valpr&oacute;ico que tiene que tomar todos los d&iacute;as. Cada frasco sale 1.200 pesos (17 euros). Esto representa casi la mitad de lo que cobra del Estado por el ni&ntilde;o (lo que se conoce como Asignaci&oacute;n Universal Por Hijo), plata que usa para darle de comer, vestirlo, comprarle los &uacute;tiles para la escuela, etc. Pero no le alcanza.
    </p><p class="article-text">
        Carolina estuvo presa en la c&aacute;rcel federal m&aacute;s grande de la provincia: Complejo Penitenciario III, m&aacute;s conocido como la c&aacute;rcel de G&uuml;emes, por estar en una ciudad que lleva el nombre Mart&iacute;n Miguel de G&uuml;emes, un militar y pol&iacute;tico clave en la Guerra de Independencia de la Argentina.&nbsp;Ella no es una excepci&oacute;n: la infracci&oacute;n a la ley de drogas es el motivo principal por el que las mujeres est&aacute;n presas en Argentina. Algunas por vender, otras por trasladar. En su gran mayor&iacute;a son pobres y nunca cometieron otro delito.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">El d&iacute;a de la oferta</h3><p class="article-text">
        Un d&iacute;a de 2014, despu&eacute;s de haber tragado las c&aacute;psulas de coca&iacute;na, Carolina empez&oacute; a descomponerse. &ldquo;Ya iba jodida, estaba mal en el colectivo [autob&uacute;s] ya. Como descompuesta del est&oacute;mago, vomitando&rdquo;. La llevaron a un hospital, pero no sabe a cu&aacute;l. Cuando se recuper&oacute; la trasladaron a la c&aacute;rcel. Pas&oacute; un tiempo -no sabe cu&aacute;nto- y le dieron prisi&oacute;n domiciliaria.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &mdash; &iquest;Por qu&eacute; decidi&oacute; hacer eso?
    </p><p class="article-text">
        &mdash; No ten&iacute;a plata, viv&iacute;a en el fondo, ten&iacute;a mi casa hecha de nylon [a base de lonas]. Se me quem&oacute; mi casa, no ten&iacute;a ayuda del municipio, nada.
    </p><p class="article-text">
        &mdash; &iquest;Alguien vino a ofrecerle que pase la droga?
    </p><p class="article-text">
        &mdash; Yo trabajaba pasando la ropa y ah&iacute; me han hablado. Ropa por docena. Pasaba del mercadillo, ac&aacute; nom&aacute;, donde van los tour [de compras que llevan gente a Bolivia a comprar ropa], de la terminal m&aacute;s para ac&aacute;. Una feria grande donde van todos los bagayeros [contrabandistas]. De ah&iacute; para Salta. Me ofreci&oacute;. Y yo le dije bueno. Era una mujer. Yo le llev&eacute;, y al final no me han pagao nada.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El bagayeo [contrabando] es uno de los trabajos informales m&aacute;s comunes de la frontera. El bagayero es la persona que cobra por trasladar lo que sea, desde ropa hasta electrodom&eacute;sticos, de Bolivia a Argentina o viceversa. A veces lo hacen por el paso permitido, otras por los pasos ilegales. A veces pasan mercader&iacute;a legal, otras ilegal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El bagayero no tiene permitido abrir y ver lo que est&aacute; pasando. Es como un transportista. Cuando llega al otro lado y lo agarran los gendarmes y le abren el paquete, se entera de lo que lleva&rdquo;, explica M&oacute;nica Jarruz, la psic&oacute;loga del equipo de la Defensor&iacute;a p&uacute;blica de Salta. &ldquo;La mayor&iacute;a de los bagayeros pasan por fuera del l&iacute;mite porque pasan mucha cantidad. Y no son due&ntilde;os de la mercader&iacute;a&rdquo;, aclara.
    </p><p class="article-text">
        Carolina no se acuerda bien d&oacute;nde la detuvieron. Sabe que cerca de la capital de Salta. La bajaron los gendarmes, la llevaron al hospital, los m&eacute;dicos le pusieron suero. Su marido no sab&iacute;a nada. La busc&oacute; y la busc&oacute;, hasta que la encontr&oacute; internada y esposada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Ella, dice, nunca le dijo nada. &Eacute;l sab&iacute;a que se iba a trabajar pasando ropa y volv&iacute;a a la noche. Pero Carolina nunca nombr&oacute; la droga.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">En tierra de pobreza</h3><p class="article-text">
        Salta es una de las provincias m&aacute;s pobres de la Argentina. Seg&uacute;n el &uacute;ltimo censo, el 23% de la poblaci&oacute;n tiene las necesidades b&aacute;sicas insatisfechas. El promedio del pa&iacute;s es del 12,5%, porcentaje que la provincia casi duplica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la ciudad de Or&aacute;n los indicadores de pobreza son a&uacute;n peores: el 63% de los hogares tienen suelo de tierra o cemento, el 74% no tiene gas de red para cocinar, y cuatro de cada 10 no tienen alcantarillado, e incluso algunos ni siquiera retrete.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Carolina, adem&aacute;s, es parte de los 30.000 analfabetos de Salta. No solo no sabe leer ni escribir, tampoco tiene muy claro qu&eacute; edad tiene. Cree que 36, pero no sabe cu&aacute;ndo la anotaron en el registro civil. Cri&oacute; a sus siete hijos en Or&aacute;n. Uno de ellos muri&oacute;: &ldquo;Era chiquito. Ha muerto as&iacute; dec&iacute;a que era gordo, pero no era gordo, era desnutrido. Era todo hinchado. Era todo gordito pero no era el peso normal. Se llamaba C&eacute;sar&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Durante mucho tiempo trabaj&oacute; en una feria de comidas llevando un carrito: &ldquo;Lo arrastraba yo sola. A la gente que compra, yo le sacaba la mercader&iacute;a en el carrito. Hasta afuera o hasta la terminal. Un carrito con ruedas&rdquo;, dice Carolina sentada en un banco de madera ajada, los pies en la tierra seca.
    </p><p class="article-text">
        No se acuerda si termin&oacute; primero o segundo grado de la primaria. Se hab&iacute;a anotado el a&ntilde;o pasado en una escuela para adultos cerca de su casa, la maestra le insisti&oacute;. No sabe leer, pero escribir dice que s&iacute;. Lo intenta, pero los horarios se le complican con llevar a los chicos a la escuela, ir ella, trabajar e intentar tener alg&uacute;n ingreso m&aacute;s para darle de comer a su familia. Su marido hace lo que muchos en la zona: es trabajador golondrina. Viaja mil kil&oacute;metros a cosechar manzana y pera al sur del pa&iacute;s, o a juntar aceitunas. Pasa meses sin volver a su casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la feria Carolina trabajaba con su hija. Otras veces iba a cosechar tomate, calabac&iacute;n, naranja, limones. Ahora es ni&ntilde;era de su vecina. Pero en el medio hubo un ofrecimiento. O dos, a los que no se pudo negar.
    </p><h3 class="article-text">Las c&aacute;psulas en los cuerpos</h3><p class="article-text">
        Ana Clarisa Gal&aacute;n Mu&ntilde;oz es la jefa de todos los defensores p&uacute;blicos oficiales de Salta ante los Tribunales Orales en lo Criminal Federal de esa provincia. Su equipo es el que defiende a las personas que son acusadas en esa provincia de traslado o contrabando de estupefacientes y no se pueden pagar un abogado particular. Por eso sabe bien que algunas mujeres tragan las c&aacute;psulas de coca&iacute;na, que los narcos primero les hacen practicar con zanahorias, y empujan a las que no pueden hacerlo a llevar la droga en bolsos o adosada al cuerpo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A las que logran ingresar las c&aacute;psulas al cuerpo se las llama mulas o capsuleras. &ldquo;A las que no tragan se les llaman camellos. Porque en definitiva es la misma modalidad, tu cuerpo utilizado para traslado, como si fueses una mula. M&aacute;s all&aacute; de que sea interno o externo, lo que hac&eacute;s es exponer tu cuerpo para el traslado de estupefacientes&rdquo;, explica Gal&aacute;n Mu&ntilde;oz en su oficina en la capital de Salta.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dentro de su equipo trabajan, adem&aacute;s de la psic&oacute;loga M&oacute;nica Jarruz, un trabajador social y un m&eacute;dico. Cada uno conoce todo el proceso, pero se especializa en lo suyo. El trabajador social entrevista a las mujeres apenas son detenidas. Y ah&iacute;, ellas le cuentan que por cinco o 10 mil pesos (70 o 140 euros) arriesgan su vida. &ldquo;Lo hacen por miserias. Te das cuenta que ellos [los narcos] saben que la vida de esa gente no vale nada. Y tiene que ver tambi&eacute;n con la feminizaci&oacute;n de la pobreza. Como son de estratos sociales m&aacute;s vulnerables, tienen a cargo familia, son jefas de hogar en muchos casos. Buscan la desesperaci&oacute;n de la mujer&rdquo;, dice.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un trabajo titulado 'Estrategias de defensa en casos de mujeres &ldquo;mulas&rdquo;', los investigadores Gabriel Ignacio Anitua y Valeria Alejandra Picco explican en qu&eacute; parte de la estructura del narcotr&aacute;fico suelen estar las mujeres: &ldquo;Mientras los hombres tienen m&aacute;s posibilidades para desempe&ntilde;arse como intermediarios, reclutadores o comerciantes, las mujeres, por lo general, se insertan como correos de drogas o circunstanciales vendedoras de peque&ntilde;as cantidades en sus domicilios&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El fiscal federal de Salta, Ricardo Toranzo, es investigador del sistema judicial desde 1993. Siempre se desempe&ntilde;&oacute; en la regi&oacute;n, por eso conoce al dedillo la situaci&oacute;n de las mulas: &ldquo;Dentro de ese grupo, quien arriesga su vida tragando c&aacute;psulas evidentemente tiene un concreto estado de vulnerabilidad. Nadie pone en juego su vida por ganar dinero&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Cada tiza de coca&iacute;na que tragan tiene, en general, 10 gramos. Con que una se explote dentro del cuerpo, la persona morir&aacute; de sobredosis, aunque nunca haya probado la droga.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Detenida otra vez</h3><p class="article-text">
        El 9 de agosto de 2018 Carolina fue detenida por segunda vez. Efectivos de la Polic&iacute;a Federal estaban haciendo control en la ruta nacional 50 a la altura del ingreso a la ciudad de Or&aacute;n. El autob&uacute;s en que viajaba ten&iacute;a destino Salta, la capital de esa provincia argentina. En el &uacute;ltimo asiento del piso superior estaba ella con una mochila negra. Dentro hab&iacute;a ropa y un envoltorio de pl&aacute;stico negro tipo ladrillo: coca&iacute;na.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Acaicito' me han pillado. Yo le dije al polic&iacute;a: vamos si quiere, ah&iacute; est&aacute; la se&ntilde;ora [que me contrat&oacute;]. Han entrado, pero no la han encontrado porque ya se iba el <em>tour</em> ese. Yo le dec&iacute;a: Si no se demoraba &iacute;bamos a encontrar a la se&ntilde;ora. As&iacute; que qued&eacute; detenida otra vez&rdquo;, dice Carolina. Ella quer&iacute;a que la polic&iacute;a fuera a buscar tambi&eacute;n a quien le dio la droga. Pero eso no sucedi&oacute;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Qued&oacute; presa en un Escuadr&oacute;n de Gendarmer&iacute;a, espacios de las fuerzas de seguridad federales que se suelen utilizar para alojar detenidos hasta que se encuentran plazas libres en la c&aacute;rcel. Quince d&iacute;as despu&eacute;s la defensa hizo un pedido de prisi&oacute;n domiciliaria, fundamentado principalmente en el inter&eacute;s superior de sus hijos. Dos semanas m&aacute;s tarde intervino el asesor de menores e incapaces, emiti&oacute; dictamen y pidi&oacute; urgente lo mismo: que cumpla la detenci&oacute;n en su casa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El 24 de septiembre su causa se elev&oacute; al Tribunal Oral en lo Criminal Federal n&ordm; 2 de Salta. En diciembre, su defensa pidi&oacute; el sobreseimiento por inimputabilidad.&nbsp;Posteriormente, su defensa la acompa&ntilde;&oacute; al Hospital de Salud Mental Ragone para que le hicieran un informe psicol&oacute;gico, donde le diagnosticaron un retraso intelectual. Tambi&eacute;n realizaron un informe socioambiental en su casa y adjuntaron certificados m&eacute;dicos de su hijo Brian. En febrero de 2019, la defensa logr&oacute; que a Carolina se la declarara inimputable y, por lo tanto, la causa fuera sobrese&iacute;da.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, dice, no sabe c&oacute;mo estar&aacute; su caso. La palabra inimputable no parece significarle mucho. Ella s&oacute;lo sabe que ya no est&aacute; presa y que no tiene que ir a firmar a ning&uacute;n lado como lo hac&iacute;a antes.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Trabaja cuidando ni&ntilde;os durante ocho horas. Por ese trabajo le pagan 350 pesos por d&iacute;a (5 euros). A veces tambi&eacute;n plancha o lava ropa para otra gente. La suele ayudar su hija. El tiempo que no est&aacute; en la casa, la ni&ntilde;a de doce a&ntilde;os con su hija de nueve hacen t&eacute; o cocinan para el resto.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Aunque le d&eacute; mucho miedo la salud de Brian, Carolina tiene decidido no volver a pasar droga. No quiere dejar solos a sus hijos otra vez.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/capsulera-transportar-cocaina-dar-comer-hijo_130_6125398.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Jul 2020 20:03:49 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La capsulera: transportar cocaína para dar de comer a un hijo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Narcotráfico,Drogas,Pobreza,Argentina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contagio comunitario en las villas hacinadas de Buenos Aires]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/covid-19-propaga-villas-buenos-aires_1_6012566.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1b7a2859-a6b3-43ba-98db-0c059b21a3e3_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Un policía recorre una calle en Villa Azul, este martes, en la Provincia de Buenos Aires (Argentina), aislado al detectar varios casos de coronavirus"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La falta de agua potable y las condiciones de hacinamiento en estos barrios ha provocado que sea un foco de contagio difícil de controlar</p><p class="subtitle">100.000 muertos en EEUU y países latinos en cifras récord: preocupación global por la pandemia en América</p></div><p class="article-text">
        Andrea cree que su marido se contagi&oacute; de coronavirus en una fuente comunitaria. Como otras 60 familias m&aacute;s de la Villa Azul, ellos tampoco tienen agua dentro de la casa. Para comer, cocinar, lavarse las manos y ba&ntilde;arse deben salir a llenar baldes. Hace una semana se detectaron los primeros ocho contagiados all&iacute; donde los servicios esenciales son casi nulos&shy;. Ahora los casos superan los 200. El domingo de la semana pasada por la noche el per&iacute;metro de la villa fue cercado con vallas y polic&iacute;as. En los m&aacute;s de 70 d&iacute;&shy;as que lleva Argentina de cuarentena &ndash;ahora esta medida se ha prolongado hasta el pr&oacute;ximo 7 de junio&ndash;, ning&uacute;n otro barrio ha sido aislado de esta manera.
    </p><p class="article-text">
        Dentro quedaron unas 3.000 personas con hambre y miedo. D&iacute;&shy;as antes del cierre, un grupo de vecinos y vecinas hab&iacute;&shy;a cortado la carretera pidiendo que el Ministerio de Salud fuera a hacer pruebas de COVID-19 al lugar. Lo que encontraron no sorprendi&oacute; a sus habitantes, sospechaban que ya hab&iacute;a muchos casos. Lo que no cre&iacute;an que fuera a pasar era que los encerraran en su propio barrio.
    </p><p class="article-text">
        La familia de Andrea &ndash;ella, de 25 a&ntilde;os, su marido de 27 y sus cinco hijos de uno, tres, cinco, siete y nueve a&ntilde;os&ndash; ahora se alimentan de lo que les lleva el Estado y otros vecinos. &ldquo;Si vos a m&iacute;&shy; me das un arroz, un fideo [espaguetis] y un pur&eacute;, &iquest;qu&eacute; hago yo con eso? Es algo il&oacute;gico lo que est&aacute;n haciendo&rdquo;, se queja Andrea desde su casa, enojada. Su marido cumple el aislamiento en la habitaci&oacute;n de al lado. Es uno de los casos positivos.
    </p><p class="article-text">
        Andrea es la cu&ntilde;ada de Gabriela, que tambi&eacute;n vive en el barrio y ahora reparte casa por casa, como voluntaria, un poco de comida para cada familia, mientras intenta comunicarse con Soledad, su comadre. Soledad tiene 20 a&ntilde;os, est&aacute; embarazada, contagiada de COVID-19, a punto de tener su cuarto hijo. Cuando le dieron el resultado de la prueba fue a preguntar si pod&iacute;a cumplir el aislamiento en su casa. Le dijeron que no, y la llevaron al hospital sin ropa ni tel&eacute;fono m&oacute;vil. Su marido se enter&oacute; de que se la hab&iacute;an llevado cuando fue a preguntar al centro de salud dentro del barrio. A &eacute;l, a pesar de ser un contacto estrecho, no le quer&iacute;an hacer el test. Por eso minti&oacute;: dijo que ten&iacute;a fiebre y tos, y sus hijos tambi&eacute;n. Ahora esperan el resultado.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">Un censo nacional ausente</h3><p class="article-text">
        No hay forma certera de saber qu&eacute; cantidad de contagiados viven en villas o asentamientos de Argentina. Las administraciones de Ciudad de Buenos Aires y de la Provincia de Buenos Aires, donde se encuentra la mayor cantidad de casos a nivel nacional, han tomado decisiones distintas: la primera publica cada d&iacute;a los n&uacute;meros con la referencia al barrio donde viven los contagiados, la segunda lo registra pero no informa a la prensa. Aunque el caso de Villa Azul ha sido imposible de ocultar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;El 14% de los casos acumulados de la provincia de Buenos Aires est&aacute;n en las villas&rdquo;, ha afirmado el viceministro de Salud de la provincia. Ahora, en ese territorio, ya hay 5.069 personas contagiadas. Esto indicar&iacute;&shy;a, entonces, que al menos son alrededor de 700 los confirmados que viven en barrios vulnerables. En la Ciudad de Buenos Aires se han contabilizado alrededor de 3.120. Entonces, de los contagiados en Argentina, unos 14.700, los habitantes de las villas representan m&aacute;s del 26% del total.
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                </figure><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; existe es un indicador de la cantidad de barrios donde la gente vive <a href="https://www.eldiario.es/sociedad/Ultima-hora-coronavirus-mundo-Espana-26-mayo_13_1000679924_48551.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en situaci&oacute;n de pobreza</a>. El Registro Nacional de Barrios Populares indica que m&aacute;s de 923.000 familias viven en la pobreza, sin acceso a servicios b&aacute;sicos como agua, gas, alcantarillado y electricidad. M&aacute;s de la mitad &ndash;485 mil familias&ndash;, est&aacute;n en la provincia de Buenos Aires. Ah&iacute; se encuentra Villa Azul.
    </p><p class="article-text">
        Y en Villa Azul los indicadores se repiten: el 72% de las casas est&aacute;n construidas con materiales no s&oacute;lidos y casi la mitad de su poblaci&oacute;n tienen un vertedero a una cuadra. En esas condiciones, seg&uacute;n los expertos, la cuarentena se vuelve un lugar dif&iacute;cil de transitar.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Lo primero que debe ense&ntilde;arnos la pandemia es que vivimos en un pa&iacute;s injusto, y que ahora nadie tiene excusa de decir 'no me di cuenta', porque todos lo hemos visto&rdquo;, ha explicado el presidente Alberto Fern&aacute;ndez. Ah&iacute; est&aacute;n las dos Argentinas, en un mismo barrio&ldquo;, dijo en referencia a esta zona.
    </p><p class="article-text">
        Ya para fines de marzo, cuando se anunci&oacute; el confinamiento, Fern&aacute;ndez hab&iacute;a advertido que la consigna &ldquo;Quedate en casa&rdquo; se convertir&iacute;a en &ldquo;Quedate en tu barrio&rdquo; en el caso de las villas y asentamientos.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        La idea surgi&oacute;, en realidad, de un informe publicado por la Comisi&oacute;n de Derechos Humanos por la Inclusi&oacute;n, integrada por un grupo de 'curas villeros', como se le llama a los sacerdotes que trabajan en las villas, y de monjas. &ldquo;Muchas de las medidas preventivas aconsejadas por las autoridades sanitarias gubernamentales en materia de prevenci&oacute;n de dengue o de prevenci&oacute;n del coronavirus resultan de imposible o de muy dif&iacute;cil cumplimiento en barrios donde existe un fuerte d&eacute;ficit de agua potable, de calidad de agua segura, y donde muchas personas viven en los pasillos de los barrios sin acceso a condiciones elementales&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El primer caso en la Villa 31 se dio 50 d&iacute;as despu&eacute;s del primero registrado en la Ciudad de Buenos Aires. &ldquo;Pero en tan s&oacute;lo un mes, de no haber casos en villas hoy pasaron a representar el 40% del total en la capital. Esto tiene que ver con que las condiciones de habitabilidad de los barrios hace que todo el sistema de prevenci&oacute;n falle, y por otro lado las mismas condiciones estructurales hace que los contagios sean de manera m&aacute;s exponencial&rdquo;, explica Rosario Fassina, de Asociaci&oacute;n Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), una organizaci&oacute;n que trabaja desde hace 15 a&ntilde;os buscando garantizar los derechos humanos de quienes viven en las villas de la Ciudad de Buenos Aires.
    </p><h3 class="article-text">&ldquo;Es imposible cumplir las medidas sin agua&rdquo;</h3><p class="article-text">
        En la provincia de Buenos Aires, de los m&aacute;s de 1.700 barrios populares que el Estado tiene registrados, el 98% de las familias no tiene acceso a gas y siete de cada diez no tienen acceso formal a la luz. Pero el agua, en especial, en estos casos es la clave: el 83% no cuentan con conexi&oacute;n a este recurso b&aacute;sico para cumplir con las medidas de higiene. Esto pasa en Villa Azul, y tambi&eacute;n ocurri&oacute; en la Ciudad de Buenos Aires.
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        Lo supo bien Ramona Medina. El 3 de mayo Ramona se grab&oacute; hablando frente al tel&eacute;fono. Se dirig&iacute;a a las autoridades pol&iacute;ticas de la Ciudad: &ldquo;Llevamos 8 d&iacute;as sin agua y nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos el mayor cuidado, que nos pongamos mascarilla, que no salgamos a la calle. Ahora yo me pregunto: &iquest;c&oacute;mo pretenden ellos que no salgamos a la calle si tengo que ir todos los d&iacute;as a comprar agua?&rdquo;. Contaba el terror y la desesperaci&oacute;n de no tener acceso a lo m&aacute;s b&aacute;sico. Tambi&eacute;n hablaba del miedo a contagiarte el virus.
    </p><p class="article-text">
        Diez d&iacute;as m&aacute;s tarde, la organizaci&oacute;n 'La Poderosa', a la que ella pertenec&iacute;a, anunciaba que Ramona estaba internada con respirador. El 17 de mayo muri&oacute;. &ldquo;Nos mataron a Ramona&rdquo;, dijeron por todos lados sus compa&ntilde;eros y compa&ntilde;eras. Ella es una de las 24 fallecidas por COVID-19 en las villas de la capital.
    </p><p class="article-text">
        De acuerdo con los registros de la Ciudad, la Villa 31 y la 1-11-14 son las que m&aacute;s casos de coronavirus tienen. En las dos, los vecinos ya ven&iacute;an denunciando la falta de agua. &ldquo;Esto es grav&iacute;simo en cualquier contexto, pero en este contexto pone en jaque el derecho a la vida&rdquo;, cree Rosario Fassina.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Francisco Ferraio, director de Regiones de la ONG Techo, tambi&eacute;n advierte: &ldquo;No poder acceder al agua cobr&oacute; mucha relevancia con la situaci&oacute;n de la [Villa] 31, pero es com&uacute;n, es estructural, es una deuda gigante que tenemos como sociedad. Es imposible cumplir con esa medida de seguridad si no ten&eacute;s acceso al agua&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; como la Villa 31 no es la &uacute;nica sin agua, Ramona no fue la &uacute;nica referente barrial muerta por coronavirus. Otros dos referentes barriales tambi&eacute;n fallecieron, y sus comedores cerraron. Las familias, entonces, se van trasladando en busca de comida a los espacios comunitarios que siguen abiertos. Cuando sus vecinos tienen necesidades, los y las referentes son los primeros en llegar. Y as&iacute; es que se exponen a todo.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><h3 class="article-text">Donde el trabajo informal es la regla</h3><p class="article-text">
        Gran parte de la poblaci&oacute;n de las villas est&aacute; dentro del mercado informal de trabajo. &ldquo;No tienen un sueldo fijo para afrontar los gastos de quedarse en la casa. Por lo que se hace imperioso salir a conseguir un recurso para vivir&rdquo;, explica Fassina. Muchos trabajan de lo que se llaman &ldquo;changas&rdquo;, que puede ser desde <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/viaje-Elias-vivir-tiran_0_946655940.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">juntar basura en las calles, o material reciclabl</a>e, hasta ser alba&ntilde;il, donde si no se construye no se cobra.
    </p><p class="article-text">
        Esta falta de ingresos hace que se tengan que fortalecer los comedores comunitarios. Pero c&oacute;mo se cocina y se mantiene la higiene en un barrio donde no hay agua: eso se preguntaba Ramona Medina.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        &ldquo;En los lugares donde los grados de hacinamiento son mucho m&aacute;s altos o con condiciones de servicios muy escasas cumplir con las medidas de seguridad m&iacute;nima es muy dif&iacute;&shy;cil. Y no salir de la casa tambi&eacute;n, porque cuando la casa se inunda cada vez que llueve o se quedan sin luz, es muy duro hacer la cuarentena&rdquo;, explica Francisco Ferraio.
    </p><p class="article-text">
        La ONG Techo trabaja en 80 barrios populares repartidos en diez provincias de Argentina. Cuando consultaron qu&eacute; necesitaban, la demanda de los vecinos fue clara: comida. En una encuesta que est&aacute; en curso, de todas las personas encuestadas el 95% perdi&oacute; el trabajo. &ldquo;La posibilidad de mantener el trabajo ha sido casi nula&rdquo;, concluye Ferraio.
    </p><p class="article-text">
        Eso lo sabe Andrea, de Villa Azul: &ldquo;Mi marido estaba desempleado hace mucho, se manejaba con changas (trabajos espor&aacute;dicos), viv&iacute;amos d&iacute;a a d&iacute;a y hoy no lo puede hacer&rdquo;. Hace casi un a&ntilde;o tom&oacute;, junto a otros vecinos, las tierras de ese barrio. Lo hicieron reclamando que se contin&uacute;e con un plan de viviendas que se trunc&oacute;. Pero eso no ocurri&oacute;, entonces agarraron los materiales que estaban tirados ah&iacute;, como una se&ntilde;al m&aacute;s de abandono, y empezaron a armar sus casas.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, algunas viviendas son de telgopor (un aislante de polietileno). Otras ya lograron revestir ese material con cemento y ladrillo. Su marido la acondicion&oacute;, dice Andrea, para que la familia pueda vivir de manera decente: &ldquo;Le pusimos chapas, pintamos, &eacute;l instal&oacute; ventanas, marcos, puertas, me hizo el pozo del ba&ntilde;o&rdquo;, cuenta, y repite &ldquo;tengo ba&ntilde;o&rdquo;, como si fuera un lujo m&aacute;s que un servicio b&aacute;sico. Pero aunque est&eacute; conforme con su casa, a&uacute;n reclama algo clave: &ldquo;Lo que me faltar&iacute;&shy;a es el agua&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/covid-19-propaga-villas-buenos-aires_1_6012566.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 May 2020 19:39:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Contagio comunitario en las villas hacinadas de Buenos Aires]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Coronavirus,Buenos Aires,Argentina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las Espartanas: el equipo de rugby de las presas argentinas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/espartanas-equipo-rugby-presas-argentinas_1_1177600.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1bede379-1b3d-45ea-9c8f-29a3788f5ce7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las Espartanas: el equipo de rugby de las presas argentinas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">eldiario.es entra en una de las prisiones de Buenos Aires donde se ha creado un equipo de rugby con 70 mujeres presas</p><p class="subtitle">"Venimos contentas porque vemos el cielo", pero no todo el tiempo en la cárcel es así. Las cárceles bonaerenses tienen una superpoblación del 113%</p><p class="subtitle">Según la Comisión Provincial por la Memoria, organismo de Derechos Humanos, la superpoblación en las cárceles bonaerenses es del 113%</p></div><p class="article-text">
        Cuarenta mujeres vestidas con ropa deportiva hacen fila para salir por una puerta enrejada y angosta y chocar la mano o abrazar con fuerza a Carolina Dunn, su entrenadora. El pasillo las deja en una cancha de rugby peque&ntilde;a, rodeada de puertas de hierro, concertinas y guardias. El c&eacute;sped est&aacute; hirviendo: son los primeros d&iacute;as de diciembre y nada evita que los 30 grados den de lleno en los cuerpos que, en s&oacute;lo minutos, estar&aacute;n transpirando a mares. Esto es la Unidad Penal n&ordm;47 de San Mart&iacute;n, una c&aacute;rcel de mujeres del conurbano bonaerense, de las zonas m&aacute;s pobres de Argentina. Ellas son Las Espartanas.
    </p><p class="article-text">
        Son las 10:30 de la ma&ntilde;ana. Suena el silbato de Carolina para dar inicio al entrenamiento, pero la que dirige esta primera parte es Sof&iacute;a, una chica que juega al hockey en el primer equipo de un club importante fuera de estos muros. Es delgada, rubia y exigente. &ldquo;Vamos, veinte bolitas al ritmo del silbato&rdquo;, grita para que las cuarenta, de cuerpos bien distintos, hagan los abdominales. 
    </p><p class="article-text">
        En esta unidad, las mujeres est&aacute;n presas, en su mayor&iacute;a, por delitos menores como tenencia de drogas o lesiones graves por pelearse en la calle. Son 186 repartidas en cuatro pabellones. En el pabell&oacute;n 3 viven s&oacute;lo las &ldquo;j&oacute;venes adultas&rdquo;: todas tienen menos de 30 a&ntilde;os, excepto tres de m&aacute;s de 40, a quienes les llaman cari&ntilde;osamente &ldquo;las mamis&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        Primero dan dos vueltas a la cancha corriendo mientras varios hombres, presos en un pabell&oacute;n de al lado, miran como si estuvieran en un palco. Hace tres meses que este grupo entrena los martes por la tarde y los viernes por la ma&ntilde;ana. Pero todos los d&iacute;as se turnan para hacerlo tambi&eacute;n en un patio peque&ntilde;o que hay en el pabell&oacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        Algunas tienen un look m&aacute;s de rugby, otras s&oacute;lo deportivo, y el resto mallas y zapatillas. Siguen con el entrenamiento f&iacute;sico bajo un sol radiante de verano. No hay sombra por ning&uacute;n lado. Al otro lado de la cancha, Carolina habla con Dalma, una espartana experimentada, m&aacute;s grande y con m&aacute;s tiempo de juego. Dalma es la que impuls&oacute; al resto para formar el pabell&oacute;n de mujeres jugadoras de rugby. 
    </p><h3 class="article-text">El origen</h3><p class="article-text">
        La primera vez que Carolina Dunn entr&oacute; a una c&aacute;rcel fue a una de varones que ya jugaban al rugby por la Fundaci&oacute;n Espartanos, una organizaci&oacute;n sin fines de lucro que busca bajar la tasa de reincidencia delictiva a trav&eacute;s del rugby, la educaci&oacute;n, el trabajo y la espiritualidad.
    </p><p class="article-text">
        Ese d&iacute;a, despu&eacute;s de dos horas de observaci&oacute;n, el entrenador le hizo una pregunta: &ldquo;Es el &uacute;ltimo partido, &iquest;qu&eacute; vas a hacer: arbitrar o jugar?&rdquo;. &ldquo;Yo juego&rdquo;, le contest&oacute; Carolina. 
    </p><p class="article-text">
        En la primera jugada le hizo un placaje al mejor jugador, al m&aacute;s duro. Se acuerda y se r&iacute;e. Apenas unos d&iacute;as despu&eacute;s, el 18 de noviembre de 2016 Carolina Dunn, cre&oacute; 'Las Espartanas' en la c&aacute;rcel de mujeres. 
    </p><p class="article-text">
        En su pueblo, a 27 km de este lugar, Carolina es conocida por ser deportista. Alguien le habl&oacute; de ella a uno de los directivos de la Fundaci&oacute;n Espartanos. Ese directivo estaba buscando una mujer que pudiera entrenar a las presas, y la encontr&oacute;. Hoy est&aacute; a cargo de m&aacute;s de 70 presas de distintas unidades que juegan al rugby. A Carolina no le importa qu&eacute; deporte jueguen, sino que jueguen.  
    </p><p class="article-text">
        En marzo de 2009, en la Unidad Penal N&deg; 48 de San Mart&iacute;n, al lado de donde ahora juegan las mujeres, naci&oacute; lo que luego ser&iacute;a la Fundaci&oacute;n Espartanos. En ese momento s&oacute;lo hab&iacute;a diez jugadores y dos voluntarios. Diez a&ntilde;os despu&eacute;s, funciona en 65 unidades con unos 3.000 jugadores. 
    </p><h3 class="article-text">Huelga y superpoblaci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        Una chica est&aacute; sentada fuera de la cancha. No va a jugar porque se hizo un esguince &ndash;se saca la zapatilla y muestra el dedo inflamado&ndash;, pero no se queja. &ldquo;Venimos contentas porque vemos el cielo&rdquo;, dice. Pero no todo el tiempo en la c&aacute;rcel es as&iacute;. El 10 de diciembre, m&aacute;s de 9.000 presos y presas empezaron una huelga de hambre pidiendo, entre otras cosas, dejar sin efecto una ley que limita las excarcelaciones y endurece las penas, cuenta la chica del esguince.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n piden reinstalar la ley del &ldquo;2x1&rdquo;, que computa doble cada d&iacute;a que una persona detenida pasa en prisi&oacute;n preventiva. Seg&uacute;n el &uacute;ltimo informe de 2018 del Ministerio de Justicia de la Naci&oacute;n, el 46% de la poblaci&oacute;n carcelaria est&aacute; procesada, es decir, no tiene condena firme, la Justicia a&uacute;n no dictamin&oacute; que fuera culpable. &ldquo;Menos mal que no estamos todav&iacute;a en huelga de hambre&rdquo;, dice una presa que sale del partido agitada en busca de una botella de agua.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n la Comisi&oacute;n Provincial por la Memoria, organismo de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, la superpoblaci&oacute;n en las c&aacute;rceles bonaerenses es del 113%. Lo significa que las personas descansen por la noche en el suelo o se turnen para dormir. En su &uacute;ltimo informe denunciaron que, en diciembre de 2018, hab&iacute;a 48.615 personas detenidas en c&aacute;rceles, alcald&iacute;as, comisar&iacute;as y monitorizadas con brazaletes electr&oacute;nicos. En julio de 2019 eran 50.500. Un nuevo r&eacute;cord. La tasa de encarcelamiento es, tambi&eacute;n, la m&aacute;s alta de la historia.
    </p><h3 class="article-text">El aliento</h3><p class="article-text">
        &ldquo;No, yo no quiero jugar&rdquo;, dice una de las presas cuando Carolina las convoca para formar los equipos. &ldquo;Animate, te ten&eacute;s que sacar el miedo&rdquo;, le insiste Dalma. En menos de diez minutos estar&aacute; corriendo toda la cancha. A las 11:30 de la ma&ntilde;ana empiezan a jugar en equipos de a cinco. La cancha no da para muchas m&aacute;s. Hay aplausos de todas las de afuera cuando una hace un ensayo. &ldquo;La hiciste, perri&rdquo;, le grita una, felicitando a la que anota el punto. &ldquo;Juegan lindo porque juegan con mucho pase&rdquo;, dice una de las &ldquo;mamis&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        A Norma Ram&iacute;rez le llaman 'Chile', porque aunque haya nacido en Argentina, gran parte de su familia vive en el pa&iacute;s vecino. Tiene 26 a&ntilde;os y cuatro hijas peque&ntilde;as que quedaron al cuidado de una t&iacute;a. Es de Liniers, un barrio de Ciudad de Buenos Aires. Est&aacute; presa por &ldquo;tentativa de robo&rdquo; y est&aacute; en la c&aacute;rcel desde hace seis meses. El a&ntilde;o que viene se quiere apuntar a la universidad para estudiar Abogac&iacute;a. Tiene los labios pintados de rojo, una coleta larga y la ropa de rugby impecable.
    </p><p class="article-text">
        Karina Diaz tiene 41 a&ntilde;os, es una de las &ldquo;mamis&rdquo;. Fuera jugaba al balonmano. El 11 de diciembre se cumplieron 6 meses desde que cay&oacute; presa. Es de La Matanza, el distrito m&aacute;s poblado y uno de los m&aacute;s pobres de toda la provincia de Buenos Aires. Pidi&oacute; que la pasaran al pabell&oacute;n 3 porque ah&iacute; estaban sus dos hijas. 
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        &ldquo;Yo primero observ&eacute; todo el juego porque no hab&iacute;a jugado nunca. Un d&iacute;a dije: me voy a animar. Me met&iacute; y de ah&iacute; no par&eacute; m&aacute;s&rdquo;, dice Karina. No quiere hablar de la causa que la llev&oacute; a estar presa. S&oacute;lo cuenta que est&aacute; por firmar un juicio abreviado que la dejar&aacute; al menos dos a&ntilde;os y ocho meses tras esas rejas. 
    </p><p class="article-text">
        'La Chile' patea la pelota ovalada, Karina la agarra en el aire y corre hasta el fondo. Fuera m&aacute;s de veinte mujeres le gritan: &ldquo;&iexcl;Vamos, mami!&rdquo;. Logra esquivar a las del otro equipo que la intentar tumbar, acelera y logra el ensayo. Todas --todas-- aplauden. No importa el equipo, no parece haber contrincantes. Durante toda la ma&ntilde;ana se turnar&aacute;n para jugar unas contra otras. Al final, a quienes no les gane el cansancio y el calor se sumar&aacute;n a distintos equipos. Ellas solo quieren jugar. 
    </p><p class="article-text">
        Se escucha la m&uacute;sica que viene de otros pabellones. Suenan Los &Aacute;ngeles Azules un grupo de cumbia mexicana con una canci&oacute;n que dice &ldquo;si de casualidad, me ves llorando un poco es porque yo te quiero a ti&rdquo;. Las que esperan afuera cantan. Otras le piden agua a los hombres que ven a trav&eacute;s del enrejado. Ellos traen botellas heladas y se ponen de puntillas para alcanzarlas por un hueco. &ldquo;Seba, dicen las chicas si no le ofreces agua. Decile al del pabell&oacute;n 4 si no nos mandan una botella con hielo&rdquo;. 
    </p><p class="article-text">
        El entrenamiento termina a las 12:30. Las mujeres estiran los m&uacute;sculos en c&iacute;rculo. Carolina les indica que abran las piernas y toquen el suelo. Una pierna, la otra, dejan caer el cuerpo. Se levantan y giran hacia el otro lado. &ldquo;&iquest;Qu&eacute; somos?&rdquo;, grita una. &ldquo;&iexcl;Espartanas. Auh, auh, auh!&rdquo;, contestan todas.
    </p><h3 class="article-text">La salida</h3><p class="article-text">
        &ldquo;En ning&uacute;n momento me sent&iacute; presa&rdquo;, dice una chica alta y delgada de pelo largo. Est&aacute;n en c&iacute;rculo hablando sobre un evento que hubo el viernes anterior donde fueron a jugar un &ldquo;intercarcelario&rdquo; a la cancha de rugby grande que hay en la unidad 48, al lado de la c&aacute;rcel donde ellas est&aacute;n alojadas. &ldquo;Fue un momento inolvidable&rdquo;, dice otra. &ldquo;Me hizo sentir como si estuviera en un club&rdquo;. &ldquo;Me sent&iacute; famosa por un d&iacute;a, todos ped&iacute;an foto con Las Espartanas&rdquo;, se r&iacute;en.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Volvimos cantando en la camioneta&rdquo;, cuenta una m&aacute;s. La camioneta es donde se trasladaron, dentro del complejo penitenciario, de una c&aacute;rcel a la otra. Ese d&iacute;a, las que no &ldquo;viajaron&rdquo; entrenaron en la cancha chica. &ldquo;Las que no fueron se pusieron a jugar como nunca. Ahora no quiero ver a ninguna con el culo en el suelo&rdquo;, dice Carolina, entre estricta y amorosa, al c&iacute;rculo de presas que la escuchan atentas.  El entrenamiento termin&oacute;, es hora de reflexionar y de animar. &ldquo;Me voy con arresto&rdquo;, le dice una de las presas a Sof&iacute;a, la voluntaria de la Fundaci&oacute;n Espartanos. 
    </p><p class="article-text">
        En menos de una semana esa chica estar&aacute; cumpliendo la condena en su casa, con prisi&oacute;n domiciliaria. Sof&iacute;a la mira y le da la mano como en una felicitaci&oacute;n formal. &ldquo;&iquest;Est&aacute;s contenta?&rdquo;, le pregunta. M&aacute;s vale. Detr&aacute;s de ellas, un mural dibuja una monta&ntilde;a, un lago y la palabra &ldquo;Libertad&rdquo;.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/espartanas-equipo-rugby-presas-argentinas_1_1177600.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Jan 2020 21:05:50 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las Espartanas: el equipo de rugby de las presas argentinas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Argentina,Buenos Aires,Rugby,Cárceles]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las víctimas argentinas del amianto del Metro de Madrid: "Nos hacían exámenes y nos decían que estábamos sanos"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/victimas-argentinas-amianto-metro-madrid_1_1294269.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/c5cb8427-369e-41e6-95f4-ae8074d8a831_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las víctimas argentinas del amianto del Metro de Madrid: &quot;Nos hacían exámenes y nos decían que estábamos sanos&quot;"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La ciudad de Buenos Aires ha presentado esta semana una demanda contra Metro de Madrid por la venta en 2011 y 2012 de vagones contaminados con amianto</p><p class="subtitle">Daniel, Ramón y Claudio son tres de los 11 empleados del subterráneo argentino enfermos del pulmón como consecuencia de la intoxicación con esta esta sustancia cancerígena</p><p class="subtitle">"Esto está lejos de resolverse porque van muy lentas las cosas, seguimos en casa todos los afectados", dice Claudio Garay, de 54 años</p></div><p class="article-text">
        Daniel Pedraza pens&oacute; que estaba sano, pero no era cierto. Durante 30 de sus 58 a&ntilde;os ha estado trabajando en el Taller Rancagua de la l&iacute;nea B del 'subte' de Buenos Aires, revisando y arreglando neum&aacute;ticos, puertas y sistemas de frenos. Ahora lleva m&aacute;s de un mes en su casa, esperando.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es uno de los trabajadores afectados por la presencia de amianto [asbesto] en el metro de Buenos Aires. Este martes, la empresa municipal de la capital argentina ha demandado a Metro de Madrid&nbsp;por la venta en 2011 y 2012 de vagones contaminados, <a href="https://www.eldiario.es/internacional/Gobierno-Buenos-Aires-Metro-Madrid_0_953655395.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">seg&uacute;n adelant&oacute; eldiario.es</a>. Pide que se declaren nulos los contratos, alegando que la comercializaci&oacute;n de equipos con esta sustancia estaba prohibida, y solicita una indemnizaci&oacute;n por da&ntilde;os y perjuicios de cerca de 15 millones de euros.
    </p><p class="article-text">
        Daniel cuenta que, todos los a&ntilde;os, la empresa le hac&iacute;a&nbsp;ex&aacute;menes&nbsp;m&eacute;dicos.&nbsp;Todos los a&ntilde;os le dec&iacute;an que estaba sano. Aunque el trabajo bajo tierra puede ser insalubre &ndash;y &eacute;l lo sab&iacute;a&ndash;, se lo negaban. Se enter&oacute; que ten&iacute;a neumoconiosis [enfermedad pulmonar] por fibras de asbesto el mismo d&iacute;a que otros diez compa&ntilde;eros. &ldquo;Todos los a&ntilde;os nos hac&iacute;an estudios muy b&aacute;sicos y de ah&iacute; nunca sali&oacute; nada. Todos est&aacute;bamos sanos&rdquo;, dice Daniel con enfado. Estar en su casa le entristece&nbsp;a veces. Piensa. No quiere perder el trabajo. No quiere que lo jubilen por invalidez.
    </p><p class="article-text">
        El 30 de junio de 1989, Daniel ten&iacute;a 24 a&ntilde;os y trabajaba en una f&aacute;brica empaquetando cubos de pl&aacute;stico. Un d&iacute;a, un hombre le dijo a su padre que hab&iacute;a una vacante en el 'subte' y &eacute;l acept&oacute;.&nbsp; Desde ese momento, y durante los primeros diez a&ntilde;os, viaj&oacute; hasta dos horas desde donde viv&iacute;a en Grand Bourg, en el Gran Buenos Aires &ndash;que rodea la ciudad&ndash;, hasta el Taller Rancagua. Despu&eacute;s logr&oacute; mudarse a la capital. &ldquo;Estaba contento porque trabajaba en un lugar que me gustaba. Soy una persona muy pr&aacute;ctica para arreglar cosas&rdquo;, apunta. De todas las personas que trabajaban con &eacute;l en esa &eacute;poca ya no queda nadie.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En la&nbsp;demanda, Subterr&aacute;neos Buenos Aires acusa a Metro de Madrid de &ldquo;omitir en todo momento y pese a tener conocimiento de ello, la comunicaci&oacute;n de la presencia de amianto en los vagones objeto de la venta&rdquo;.&nbsp;Tambi&eacute;n, recalca&nbsp;Metro de Madrid &ldquo;sab&iacute;a que los vagones no eran aptos para ser comercializados de cara a su puesta en servicio al p&uacute;blico, por la propia presencia de amianto&rdquo;. Y sostiene que &ldquo;en ning&uacute;n caso&rdquo; pod&iacute;an considerar que&nbsp;la compa&ntilde;&iacute;a madrile&ntilde;a les estuviera vendiendo &ldquo;equipos contaminados&rdquo;, violando&nbsp;la normativa vigente tanto en Espa&ntilde;a como en la Uni&oacute;n Europea.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el momento en que la ciudad de Buenos Aires hizo esta compra, el actual presidente Mauricio Macri, que vuelve a concurrir a las elecciones generales el pr&oacute;ximo domingo, era jefe de gobierno de la capital. En julio de 2013 se pusieron en funcionamiento los vagones, que se retiraron de la circulaci&oacute;n en 2018.
    </p><h3 class="article-text">Enfermedad importada</h3><p class="article-text">
        A principios del a&ntilde;o pasado, un trabajador del Metro de Madrid muri&oacute; por asbestosis, una enfermedad provocada por la exposici&oacute;n al asbesto, una sustancia cancer&iacute;gena que contienen esos trenes. Cuando se enteraron de esa noticia, al gremio de trabajadores del subte de Buenos Aires se le encendieron las&nbsp;alarmas: hac&iacute;a siete a&ntilde;os que se hab&iacute;an comprado vagones a la capital espa&ntilde;ola.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Empezaron a hacer an&aacute;lisis propios, a pedir que la empresa los hiciera, y descubrieron que&nbsp;11 de ellos ten&iacute;an enfermedades relacionadas con el amianto. A esos 11, la empresa Subterr&aacute;neos Buenos Aires (Sbase) los mand&oacute; a su casa por tiempo indeterminado. El sindicato empez&oacute; a hacer paros pidiendo medidas concretas, ya que no saben en qu&eacute; otros trenes sigue presente esa sustancia.&nbsp;Seg&uacute;n la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud, todas las formas de asbesto son cancer&iacute;genas para el ser humano.&nbsp;
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        Ram&oacute;n Acu&ntilde;a lleva ocho a&ntilde;os haciendo tareas de mantenimiento en el mismo lugar. Fue diagnosticado de placa pleural: un ensanchamiento de la membrana que recubre el pulm&oacute;n. Cuando se enter&oacute; de la posibilidad de que existiera una sustancia cancer&iacute;gena en los trenes con los que trabajaba cada d&iacute;a, decidi&oacute;, con sus compa&ntilde;eros, parar de hacer sus tareas.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Por eso, en febrero de 2019, la empresa nos inscribe en el Registro de Agentes de Riesgo a los trabajadores del Taller Rancagua y Urquiza como trabajadores expuestos al asbesto. Una de las normativas de estar en este registro es que nos tienen que hacer ex&aacute;menes&rdquo;, cuenta Ram&oacute;n a eldiario.es. De los&nbsp;180 casos analizados, ya se han confirmado&nbsp;11 positivos. Esto es el 14% de la poblaci&oacute;n analizada. Sin embargo, es apenas una parte de todos los trabajadores del subte B, que son en total m&aacute;s de 700.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hace un mes que Ram&oacute;n sabe que tiene una afecci&oacute;n que se puede convertir en c&aacute;ncer. Ya se lo cont&oacute; a sus hijos adolescentes. Hace un mes que est&aacute; en su casa: &ldquo;Sbase no puede asegurar que haya alg&uacute;n lugar libre de fibra de asbesto en el 'subte'. Entonces nos dan una licencia administrativa [baja]&rdquo;, explica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Claudio Garay, de 54 a&ntilde;os,&nbsp;tambi&eacute;n est&aacute; en su casa. Se hizo ex&aacute;menes&nbsp;en tres lugares distintos y todos le dijeron lo mismo: no hay medicaci&oacute;n para esto, pero no se preocupe, no es nada grave, solo hay que seguirlo. Es el m&aacute;s tranquilo de los tres. Dice que la religi&oacute;n le ayuda a no desesperarse. Es pastor evang&eacute;lico en Hurlingham, una ciudad de la provincia de Buenos Aires, a una hora de la capital del pa&iacute;s. Cada d&iacute;a de los &uacute;ltimos 30 a&ntilde;os coge&nbsp;un bus y un tren para llegar a las seis de la ma&ntilde;ana al Taller Rancagua. Pero hace un mes que ya no lo hace. No se desespera, pero tampoco es ingenuo: &ldquo;Est&aacute; medio lejos de resolverse porque van muy lentas las cosas. Seguimos en la casa todos los afectados&rdquo;, dice.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Cuando entr&oacute; a trabajar en el 'subte', deb&iacute;a estar ah&iacute; seis horas. Luego, en 1994, se aument&oacute; la carga horaria a ocho. &ldquo;Despu&eacute;s de una lucha de 10 a&ntilde;os, sufrimos despidos, bajas, persecuciones, pero se logr&oacute;, mediante un decreto, volver a las 6&nbsp;horas&rdquo;, cuenta. Antes de cumplir los 24 a&ntilde;os, Claudio ya sab&iacute;a reparar autom&oacute;viles. Hab&iacute;a estudiado mec&aacute;nica y trabajaba en talleres haciendo mantenimiento. Por recomendaci&oacute;n, pudo entrar a trabajar en el 'subte'.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un tiempo despu&eacute;s se convirti&oacute; en pastor evang&eacute;lico. Ahora, asiste a una iglesia en Tigre, una ciudad cercana, tambi&eacute;n de la provincia de Buenos Aires. Los mi&eacute;rcoles y domingo tiene sus celebraciones, y adem&aacute;s visita barrios pobres del lugar y viaja dos veces por a&ntilde;o a otra provincia -Santiago del Estero- a llevar ropa y comida a las personas que viven en parajes aislados. &ldquo;Doy contenci&oacute;n espiritual a muchas personas&rdquo;, dice Claudio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Su d&iacute;a a d&iacute;a cambi&oacute;, pero intenta estar tranquilo y seguir con sus actividades: &ldquo;Si bien no es nada grato, tampoco me lo tom&eacute; muy a pecho. Ahora estoy en mi casa con una baja m&eacute;dica hasta que retiren todo el asbesto que se encuentra en los lugares donde yo trabajaba. Una vez que el asbesto se ha retirado, puedo trabajar&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Pero a&uacute;n no se&nbsp;ha presentado un plan oficial&nbsp;para retirar el amianto. Por eso, esta semana los trabajadores del subte decidieron hacer un paro escalonado -que va aumentando la cantidad de horas- y apertura de molinetes durante tres d&iacute;as.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El gremio insiste en que la empresa presente una fecha precisa para un recambio de la flota de la l&iacute;nea B, un plan de desabestizaci&oacute;n y la inscripci&oacute;n de todos los trabajadores en el Registro de Agentes de Riesgo para que se les haga&nbsp;ex&aacute;menes a las m&aacute;s de 4.000 personas que trabajan en el subte de Buenos Aires y as&iacute; saber cu&aacute;ntos son, en realidad, los afectados por esta sustancia cancer&iacute;gena.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/victimas-argentinas-amianto-metro-madrid_1_1294269.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 Oct 2019 19:28:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las víctimas argentinas del amianto del Metro de Madrid: "Nos hacían exámenes y nos decían que estábamos sanos"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Metro de Madrid,Amianto,Argentina,Buenos Aires]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La ciudad de Buenos Aires demanda a Metro de Madrid por la venta de trenes con amianto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/gobierno-buenos-aires-metro-madrid_1_1306808.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/dd452343-5cb0-401a-8c44-7c377b679efa_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La ciudad de Buenos Aires demanda a Metro de Madrid por la venta de trenes con amianto"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires ha presentado una demanda contra Metro de Madrid por la venta en 2011 y 2012 de vagones contaminados</p><p class="subtitle">La compañía de metro porteña pide que se declaren nulos los contratos y solicita una indemnización por daños y perjuicios</p><p class="subtitle">Ya hay 11 trabajadores argentinos enfermos como consecuencia de la intoxicación con esta esta sustancia cancerígena</p></div><p class="article-text">
        El Gobierno de la Ciudad Aut&oacute;noma de Buenos Aires ha presentado una demanda en la Justicia espa&ntilde;ola contra Metro de Madrid por la venta en 2011 y 2012 de vagones que conten&iacute;an amianto, seg&uacute;n ha confirmado eldiario.es. En el escrito, al  que ha tenido acceso este medio, la empresa municipal que tiene a su cargo la red de metros porte&ntilde;a pide que se declaren nulos los contratos, alegando que la comercializaci&oacute;n de equipos con esta sustancia estaba prohibida, y solicita una indemnizaci&oacute;n por da&ntilde;os y perjuicios derivados de la presencia de este material.
    </p><p class="article-text">
        En la demanda, Subterr&aacute;neos Buenos Aires acusa a Metro de Madrid de &ldquo;omitir en todo momento y pese a tener conocimiento de ello, la comunicaci&oacute;n de la presencia de amianto en los vagones objeto de la venta&rdquo; y reclama una compensaci&oacute;n de 14.978.395,9 euros &ldquo;con sus intereses&rdquo; a la red municipal de metro de la capital espa&ntilde;ola, adem&aacute;s de las costas del proceso. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cuando se compraron estos vagones estaba prohibido el uso de cualquier producto con amianto. La compra fue de buena fe y se supone que se respetan las leyes internacionales&rdquo;, explican fuentes del departamento de Desarrollo Urbano de la Capital a eldiario.es. En julio de 2013 se pusieron en funcionamiento los vagones, que se retiraron de la circulaci&oacute;n en 2018.
    </p><p class="article-text">
        El presidente de la empresa estatal Subterr&aacute;neos Buenos Aires, Eduardo de Montmoll&iacute;n, reconoci&oacute; la semana pasada en una entrevista con CNN que en los planos de las piezas de los trenes adquiridos se especificaba que ten&iacute;an esa sustancia que ya estaba prohibida. Desde el Ministerio de Desarrollo Urbano de la ciudad defienden que &ldquo;el Metro de Madrid tendr&iacute;a que haber retirado esas piezas [con asbesto] para poder vender los trenes e informar fehacientemente al comprador. Si hubieran hecho esto, la compra no se hac&iacute;a&rdquo;. &ldquo;El manual de instrucciones no tiene validez legal&rdquo;, agregan.
    </p><p class="article-text">
        Los bienes que ingresan a Argentina deben traer un certificado de origen, que indica de d&oacute;nde proviene pero tambi&eacute;n si contiene alg&uacute;n material perjudicial para la salud. &ldquo;Esos trenes que le compramos al Metro de Madrid tendr&iacute;an que haber venido con ese certificado. El certificado no existi&oacute; y de nuestro lado tampoco hubo una exigencia de la existencia de ese certificado&rdquo;, reconoci&oacute; a la cadena estadounidense en Espa&ntilde;ol Eduardo de Montmoll&iacute;n. 
    </p><p class="article-text">
        <a href="https://www.eldiario.es/madrid/Metro-Madrid-Buenos-Aires-permitia_0_745425525.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Una ley espa&ntilde;ola, en cualquier caso, ya prohib&iacute;a este intercambio</a>. &ldquo;Se proh&iacute;be la comercializaci&oacute;n de todas las variedades de amianto (crocidolita, amosita, amianto antofilita, amianto actinolita, amianto tremolita y crisotilo) y de los productos que contengan estas fibras a&ntilde;adidas intencionadamente&rdquo;, dice la norma, aprobada por el Gobierno de Jos&eacute; Mar&iacute;a Aznar para adaptar a una directiva europea motivada por cuestiones de salud. Metro de Madrid conoc&iacute;a que dos lotes que viajaron a Buenos Aires a cambio de una contraprestaci&oacute;n de cinco millones de euros, conten&iacute;an este material t&oacute;xico. 
    </p><p class="article-text">
        En el momento en que la Ciudad de Buenos Aires hizo esta compra, el actual presidente Mauricio Macri era jefe de gobierno de la capital. El alcalde actual, Horacio Rodr&iacute;guez Larreta, pertenece al mismo partido y fue el sucesor de Macri. 
    </p><p class="article-text">
        Para la Asociaci&oacute;n gremial de trabajadores del Subterr&aacute;neo y Premetro (AGTSyP) de Buenos Aires, el amianto &ndash;tambi&eacute;n llamado asbesto&ndash; en la l&iacute;nea B del metro porte&ntilde;o no es ninguna novedad. Hace ya un a&ntilde;o y medio que el secretariado ejecutivo del sindicato viene denunciando los da&ntilde;os a los trabajadores expuestos a esta sustancia.
    </p><p class="article-text">
        El gremio del 'subte' argentino empez&oacute; a indagar al ver las noticias internacionales: hab&iacute;a muerto un trabajador en la capital espa&ntilde;ola y Metro de Madrid reconoc&iacute;a que hab&iacute;a sido por asbestosis. En abril de 2018 Antonio Mor&aacute;n Canseco, oficial de mantenimiento de ciclo corto del suburbano madrile&ntilde;o, fue diagnosticado y al mes siguiente falleci&oacute;. <a href="https://www.eldiario.es/madrid/Muere-trabajador-Metro-Madrid-exposicion_0_821718031.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">En octubre de ese mismo a&ntilde;o falleci&oacute; otro empleado por el mismo motivo</a>. La justicia mantiene abierta una <a href="https://www.eldiario.es/madrid/justicia-responsables-laboral-Metro-Madrid_0_948055438.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">causa penal contra siete responsables de Metro de Madrid por desproteger a sus trabajadores</a> y la Fiscal&iacute;a les imputa un delito de homicidio imprudente. 
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Antes de eso no sab&iacute;amos. Paramos y pedimos que retiren de circulaci&oacute;n los CAF 5000&rdquo;, el modelo de vag&oacute;n. &ldquo;Retiraron los CAF 5000. Terminaron reconociendo presencia de asbesto tambi&eacute;n en otra flota: la Mitsubishi de la l&iacute;nea B&rdquo;, explic&oacute; a eldiario.es Virginia Bouvet, secretaria de organizaci&oacute;n de AGTSyP Metrodelegados. 
    </p><p class="article-text">
        Una ge&oacute;loga especializada en amianto de la Universidad Nacional del Sur realiz&oacute; ex&aacute;menes a las muestras de distintas flotas para ver si encontraba la sustancia cancer&iacute;gena. Y la encontr&oacute; en varios modelos. Seg&uacute;n la Organizaci&oacute;n Mundial de la Salud, todas las formas de asbesto son cancer&iacute;genas para el ser humano. Sin embargo, 125 millones de personas est&aacute;n expuestas al asbesto en su lugar de trabajo. 
    </p><p class="article-text">
        A principios de 2018 los medios argentinos ya hablaban del amianto: indicaban que aunque estaba prohibido por el Ministerio de Salud nacional desde el 2003 a trav&eacute;s de las resoluciones 823/2001 y 845/2000, a&uacute;n hab&iacute;a edificios de la Capital que ten&iacute;an esta sustancia como aislante. Tambi&eacute;n se empez&oacute; a publicar que &ldquo;desde Espa&ntilde;a&rdquo; hab&iacute;a llegado la confirmaci&oacute;n que las formaciones del subte B vendidas a Argentina conten&iacute;an amianto. En ese momento, seg&uacute;n las autoridades del Ministerio de Desarrollo Urbano de la Ciudad Aut&oacute;noma de Buenos Aires, se quitaron de circulaci&oacute;n 11 vagones comprados al Metro de Madrid. 
    </p><p class="article-text">
        Ram&oacute;n Acu&ntilde;a lleva 8 a&ntilde;os haciendo tareas de mantenimiento en el subte de Buenos Aires y es uno de los 11 trabajadores que ya fue diagnosticado placa pleural: un ensanchamiento de la membrana que recubre el pulm&oacute;n. Cuando se enter&oacute; de la posibilidad de que existiera una sustancia cancer&iacute;gena en los trenes con los que trabajaba cada d&iacute;a, decidi&oacute;, con sus compa&ntilde;eros, hacer retenci&oacute;n de tareas.
    </p><p class="article-text">
        De los primeros 74 casos, ya se confirmaron 11 positivos. Esto es el 14% de la poblaci&oacute;n analizada. Sin embargo, es apenas una parte de todos los trabajadores de la l&iacute;nea B del subterr&aacute;neo. Son en total m&aacute;s de 700 y hasta 4.000 en toda la red de metro porte&ntilde;o.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/gobierno-buenos-aires-metro-madrid_1_1306808.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 22 Oct 2019 18:01:40 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Metro,Buenos Aires,Amianto]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vivir de lo que otros tiran: una noche con los menores cartoneros de Buenos Aires]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/viaje-elias-vivir-tiran_1_1341019.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/77729621-b593-4443-b2be-3f0462cc009b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vivir de lo que otros tiran: una noche con los menores cartoneros de Buenos Aires"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Elías es una entre las más de 150.000 personas que se dedican a juntar cartones y otros residuos para ganarse la vida en Argentina</p><p class="subtitle">Empezó cerca de los 10 años y, cada día, repite su rutina junto a su madre recorriendo las calles del barrio e inspeccionando las bolsas de basura</p><p class="subtitle">El año pasado, la pobreza en la infancia y adolescencia alcanzó el 51,7% en el país, según el último informe de la Universidad Católica Argentina (UCA)</p></div><p class="article-text">
        El&iacute;as est&aacute; a punto de convertirse en un trabajador. La pregunta que le hace su madre es simple, la respuesta tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Vamos? &mdash;le dice ella.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Bueno, vamos &mdash;contesta &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        As&iacute; empez&oacute;. Fue un d&iacute;a, no&nbsp;recuerda&nbsp;cu&aacute;l. Tampoco qu&eacute; mes, ni qu&eacute; a&ntilde;o, ni exactamente qu&eacute; edad ten&iacute;a. Pero seguro, dice, fue entre los 10 y los 11. Esa tarde, su hermano Braian, de 15 a&ntilde;os, no pod&iacute;a salir con su madre a juntar en un carrito los cartones, el pl&aacute;stico, el vidrio o las hojas que desechan los que viven en el centro de la ciudad. El&iacute;as no se acuerda tampoco de por qu&eacute; Braian no pod&iacute;a. Pero fue ese d&iacute;a. M&oacute;nica levant&oacute; la vista y ah&iacute; estaba &eacute;l. Su hijo menor.
    </p><p class="article-text">
        Desde ese momento, la rutina se repite como ensayos de una obra teatral. A las siete y media de la tarde, El&iacute;as termina la tarea en un cuaderno y se prepara para salir. Su madre ata tres abrigos al carrito y pone una botella de agua&nbsp;congelada en una bolsa blanca. Si no hace calor, salen m&aacute;s temprano.
    </p><p class="article-text">
        Caminan pocas manzanas con el carrito vac&iacute;o. Apenas llegan a diagonal 80, la calle que empieza cerca de su barrio y termina frente a la Casa de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, en la ciudad de La Plata, El&iacute;as va de un lado a otro e inspecciona las bolsas de basura de cada vereda.
    </p><p class="article-text">
        Naci&oacute; en 2003 en Rafael Calzada, en el conurbano bonaerense, una de las zonas m&aacute;s empobrecidas y pobladas del pa&iacute;s, pero al poco tiempo se fue a vivir a Ensenada, otra ciudad tambi&eacute;n del conurbano. Es el &uacute;ltimo de siete hermanos. De parte de su padre son dos. Viviana y Maribel son de parte materna. Y de parte de ambos son tres: Braian, Leo y &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as&nbsp;lleva vaqueros, una camiseta de rayas y zapatillas con&nbsp;agujeros. Con eso camina, cada d&iacute;a, m&aacute;s de 10 kil&oacute;metros.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute;, ma', este a&ntilde;o se elige presidente? &mdash;pregunta y se&ntilde;ala un cartel de una candidata del peronismo. Atardece en una ciudad a&uacute;n repleta de coches.
    </p><p class="article-text">
        Paran en un edificio frente al bingo donde el encargado los conoce y les da cartones, un tarro de pintura y un&nbsp;limpiacristales roto. El&iacute;as est&aacute; sentado en el borde de la acera. Juega con el tel&eacute;fono m&oacute;vil, concentrado, levanta la vista y dice: &ldquo;Este mes llega el tren a City Bell&rdquo;. City Bell es una de las localidades m&aacute;s pudientes de la zona. Lo sabe porque ley&oacute; el peri&oacute;dico que llev&oacute; su hermano a la casa. Aunque prefiere leer los deportes. Sobre Banfield, su equipo de futbol preferido, sabe todo.
    </p><h3 class="article-text">Abandonar la escuela</h3><p class="article-text">
        Unos diez chicos con bata escolar blanca cantaban y aplaud&iacute;an, jugando. El&iacute;as&nbsp;se levant&oacute; y le golpearon la cabeza. El suelo del patio de la escuela 14 resbalaba. Afuera llov&iacute;a&nbsp;y El&iacute;as se cay&oacute;.&nbsp;Todo su cuerpo encima del pie. Grit&oacute; y llor&oacute;. Las maestras lo auxiliaron, le acomodaron la pierna. Una fractura. Tres horas despu&eacute;s lleg&oacute; la ambulancia. Por unos meses, seg&uacute;n supo&nbsp;m&aacute;s tarde, no&nbsp;iba a poder salir a cartonear. Tampoco a jugar al f&uacute;tbol o ir a clases, o cuidar coches en el centro a medianoche para ganar algo de dinero.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as dej&oacute; la escuela a los 12, pero los dos a&ntilde;os anteriores fue muy poco. Cuando ten&iacute;a 10, solo fue hasta agosto porque se quebr&oacute; la tibia y el peron&eacute; en ese recreo y las maestras le dec&iacute;an que no fuera aunque tuviera silla de ruedas por miedo a que sus compa&ntilde;eros lo empujaran. Estaba en cuarto. Volvi&oacute; un a&ntilde;o a la escuela 14, la que est&aacute; a dos cuadras de su casa, y ah&iacute; termin&oacute;. A esa misma escuela van tambi&eacute;n otros chicos de la villa -asentamiento de viviendas precarias-, es el lugar donde muchos pasan de grado pero pocos aprenden a leer y a escribir.
    </p><p class="article-text">
        &Eacute;l lee como un robot, separando las s&iacute;labas, inventando letras donde no van y adivinando las que empiezan de una manera que &eacute;l reconoce. Lee mejor los nombres de los jugadores de Banfield que el verbo estar en cualquiera de sus conjugaciones. Le cuestan la ene, la erre, la ese y la ele. La mesa donde estudia tiene el tama&ntilde;o del cuaderno abierto. Cuando aprieta el l&aacute;piz para escribir, la mesa se inclina hacia un lado, est&aacute; coja. Estudia en una silla desvencijada con ropa abollada abajo. Se acomoda en la punta porque sino se hunde.
    </p><h3 class="article-text">Un trabajo invisible</h3><p class="article-text">
        A nivel nacional no existen datos oficiales: no hay ning&uacute;n organismo del Gobierno que pueda decir cu&aacute;ntas personas viven de la basura de otros. El &uacute;ltimo censo, hecho en 2010, no contempl&oacute; la actividad de cartonero, reciclador urbano o carrero en sus preguntas. En Argentina lo que s&iacute; hay es una organizaci&oacute;n social que se llama <a href="http://faccyr.org.ar/federacion/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Federaci&oacute;n de Cartoneros, Carreros y Recicladores</a>. Son 25.000 personas organizadas en cooperativas en todo el pa&iacute;s. Sus dirigentes estiman que en realidad existen m&aacute;s de 150.000 cartoneros, pero explican que no son n&uacute;meros actualizados.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Cada vez hay m&aacute;s gente cartoneando, y al haber m&aacute;s gente trabajando en la calle se dificulta juntar m&aacute;s material. Y no pod&eacute;s discutir con un compa&ntilde;ero, porque tiene la misma necesidad. Adem&aacute;s, al haber menos ingreso es menos lo que se consume, y menos lo que se encuentra para juntar&rdquo;, dice Mar&iacute;a Castillo, cartonera desde el a&ntilde;o 2001 y referente de la Federaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as y M&oacute;nica son parte de esos 150.000.&nbsp;Los cartoneros son eso que ellos son: personas que, con un carrito o con un caballo, salen a&nbsp;recoger&nbsp;la basura ajena para subsistir. Se la llevan a su casa, la clasifican en cart&oacute;n, pl&aacute;stico, hojas, vidrio, para venderla por tonelada a un dep&oacute;sito, a una cooperativa de reciclaje o a alguna empresa&nbsp;y&nbsp;as&iacute; tener ingresos para dar de comer a su familia.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n <a href="https://www.unicef.org/argentina/comunicados-prensa/el-48-de-los-ni%C3%B1os-ni%C3%B1as-y-adolescentes-en-argentina-es-pobre" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">datos de Unicef</a>, el 48% de los menores de Argentina tiene vulnerado al menos uno de los derechos b&aacute;sicos. El &uacute;ltimo informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Cat&oacute;lica Argentina (UCA) indic&oacute; que, el a&ntilde;o pasado,<a href="https://www.perfil.com/noticias/sociedad/segun-uca-mas-de-mitad-de-ninos-y-adolescentes-son-pobres-en-argentina.phtml" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> la pobreza en la infancia y adolescencia alcanz&oacute; el 51,7%</a>, la cifra m&aacute;s alta de la d&eacute;cada. Tambi&eacute;n que los menores del conurbano bonaerense, ah&iacute; donde vive El&iacute;as, son &ldquo;sin dudas los m&aacute;s pobres entre los pobres&rdquo;. Pero nadie sabe cu&aacute;ntos son los que salen a trabajar de cartoneros con sus padres.
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                </figure><h3 class="article-text">La villa de El&iacute;as</h3><p class="article-text">
        M&oacute;nica conduce el carrito entre coches y autobuses como si no le pesara ni tuviera miedo a que la atropellen. Est&aacute;&nbsp;parada&nbsp;a media manzana de la estaci&oacute;n de trenes, en una esquina que tiene seis direcciones diferentes, donde se cruzan tres avenidas y paradas de ocho l&iacute;neas de autobuses. A&uacute;n as&iacute;, no tiene miedo. Aunque, piensa, le gustar&iacute;a trabajar en casas de familia, como lo hac&iacute;a cuando ten&iacute;a 14 a&ntilde;os en Santiago del Estero.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as va solo por la oscuridad con cajas de cart&oacute;n en las manos. Cuando llega donde est&aacute; ella, tira todo en el carrito en movimiento, como si fuera un recolector de basura y el carrito un cami&oacute;n. M&oacute;nica sigue como un caballo, no lo mira, est&aacute; atenta a la calle. &Eacute;l se vuelve a perder en busca de m&aacute;s bolsas y cartones que juntar.
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute; preocupado por su hermano Braian, que tiene ahora 19 a&ntilde;os. Hace unos meses lleg&oacute; a su casa temblando, lloraba.&nbsp;Ten&iacute;a miedo y dec&iacute;a que le lat&iacute;a el coraz&oacute;n a mil. Su madre lo llev&oacute; al hospital. El m&eacute;dico le dijo: no vuelvas a hacer eso, te puedes morir. A M&oacute;nica le dijeron que&nbsp;ten&iacute;a una sobredosis de marihuana.
    </p><p class="article-text">
        San Jos&eacute; es una villa&nbsp;de cartoneros. A El&iacute;as le preocupa, tambi&eacute;n, el barrio.&nbsp;&ldquo;Si sigue as&iacute; se va a poner recomplicado. Van a venir los de la Polic&iacute;a Cient&iacute;fica&rdquo;, sostiene. &ldquo;No, esos no. Gendarmer&iacute;a. La cient&iacute;fica es la que vino cuando pas&oacute; lo del Esteban&rdquo;, le contesta su madre. Esteban es un chico de 13 a&ntilde;os que sale a robar. A &eacute;l le dispararon y ahora est&aacute; internado. El&iacute;as piensa que si sobrevive lo van a mandar a un reformatorio.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        A veces va con ellos Viviana, hija de M&oacute;nica. Viviana tiene un retraso madurativo. Primero iba a una escuela com&uacute;n y no dejaba de repetir segundo grado. Despu&eacute;s su mam&aacute; la pas&oacute; a una escuela especial. Sabe escribir su nombre y apellido, no mucho m&aacute;s. Ella es la que siempre le insiste a El&iacute;as con que no se desconcentre con los perros o con su sobrino, y que estudie.
    </p><h3 class="article-text">Dominar la ruta</h3><p class="article-text">
        Para los Alfaro es imposible competir con los P&eacute;rez. Porque los P&eacute;rez juntan los cartones de todos los negocios de hamburguesas en una camioneta. Destartalada, pero camioneta al fin. Llevan a cuatro de sus hijos a pedir monedas y esperan en cada punto estrat&eacute;gico del centro hasta que su pap&aacute; los pasa a buscar. Los Alfaro son tres sin caballo ni camioneta.
    </p><p class="article-text">
        Antes, el recorrido de la familia de El&iacute;as era m&aacute;s largo. Paraban a esperar cartones en los locales de Mc Donalds, Burguer King y Mostaza del centro. En ese momento, Hugo todav&iacute;a sal&iacute;a con M&oacute;nica a cartonear. Pero despu&eacute;s, entre sus sesenta a&ntilde;os y sus problemas del coraz&oacute;n, cay&oacute; internado. El hombre, que ya era viejo, qued&oacute; flaco y arrugado, como si le hubieran succionado todo lo que ten&iacute;a adentro. Y los m&eacute;dicos le dijeron: &ldquo;No puede hacer fuerza ni tener emociones fuertes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Los P&eacute;rez, entonces, sin querer o queriendo, aprovecharon la situaci&oacute;n para agarrar los cartones que los Alfaro no buscaban por ir a ver a Hugo al hospital. Y as&iacute; se quedaron con gran parte de su ruta.
    </p><p class="article-text">
        Por unos d&iacute;as lo &uacute;nico que hizo Hugo fue estar sentado en una silla de pl&aacute;stico en la puerta de su casa, y mirar. Con la barba crecida de pocos d&iacute;as, de esas que pinchan, sonre&iacute;a. Dec&iacute;a &ldquo;ac&aacute; andamos&rdquo; y hablaba de lo vago que era su hijo. Hasta que un d&iacute;a muri&oacute;, y en ese camino s&oacute;lo qued&oacute; la tierra.
    </p><h3 class="article-text">Vivir de lo que no quieren otros</h3><p class="article-text">
        A las nueve&nbsp;de la noche, mientras esperan que un hombre que ya los conoce saque bolsas de papel de un despacho de abogados del centro de La Plata, El&iacute;as, apoyado contra el carrito, juega al f&uacute;tbol en el m&oacute;vil de su madre y mete un gol. Pasa un hombre con olor a perfume dulce, se sube al taxi&nbsp;y se va. No los mira. Ellos amontonan lo que les dieron en el edificio. M&oacute;nica saluda al encargado y le pregunta por su ni&ntilde;a. &Eacute;l sonr&iacute;e&nbsp;y le dice que ah&iacute; anda, bien. Ella le desea buen fin de semana.
    </p><p class="article-text">
        Aunque el camino sea pr&aacute;cticamente el mismo cada d&iacute;a, siempre se encuentran algo nuevo. De un edificio con arcos imponentes y luces importantes sale una mujer con cinco cartones de pizza y unas botellas. M&oacute;nica le hace se&ntilde;as a su hijo y El&iacute;as corre a juntarlas cuando la se&ntilde;ora se da la vuelta para volver a entrar. Cartones de pizza que comen otros. Botellas de vino que beben otros.
    </p><p class="article-text">
        M&oacute;nica se fue a los 15 a&ntilde;os de Santiago del Estero. Nunca volvi&oacute;. El sue&ntilde;o de Hugo era tener una casa&nbsp;prefabricada. Por eso M&oacute;nica ahora, aunque &eacute;l ya no est&eacute;, quiere cumplir su deseo. El otro deseo era que su hijo menor estudiara. El 21 de diciembre de 2016, El&iacute;as se fue a matricular en una escuela t&eacute;cnica. Hab&iacute;a pasado un a&ntilde;o sin tocar un libro. Quiere ser futbolista en Banfield, como su padre. Tambi&eacute;n, piensa un rato, le gustar&iacute;a ser abogado&nbsp;o arquitecto.
    </p><h3 class="article-text">Un&nbsp;d&iacute;a con suerte</h3><p class="article-text">
        El carrito, cuando son las diez de la noche y acaban de estacionar frente&nbsp;a una famosa hamburgueser&iacute;a, ya est&aacute; lleno. No hay forma de que entre algo m&aacute;s. Un hombre y una mujer se acercan. Solo est&aacute; M&oacute;nica, porque El&iacute;as camina en alg&uacute;n lugar de la manzana cuidando autos. La conocen. Le preguntan c&oacute;mo anda, algo de los chicos, y le dan cuatro&nbsp;raciones de comida y algunas frutas. Son de una iglesia evang&eacute;lica. Saben que M&oacute;nica est&aacute; cada d&iacute;a estacionada en esa calle, frente a la jugueter&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Cuando El&iacute;as vuelve, mira la bolsa. Entonces se sienta en la punta del carrito, abre el envase y descubre la milanesa con pur&eacute; de patatas. Come con los cubiertos de pl&aacute;stico. Le cuesta cortar. Despu&eacute;s se sienta en la puerta del banco, al lado de su madre. Un chico sale de la hamburgueser&iacute;a&nbsp;y lo llama. Le da la gaseosa que le sobr&oacute; en un vaso. El&iacute;as pasa la milanesa evang&eacute;lica con el refreco de cola cola que otro se cans&oacute; de beber. Ese d&iacute;a tiene suerte. Otro chico que camina con su novia le da helado que le sobr&oacute;. El&iacute;as come lo que tiene ganas, invita a su madre y despu&eacute;s lo tira. Eso cena en un buen d&iacute;a. Una vianda y sobras de otros. Pero lo que m&aacute;s le gusta es el asado&nbsp;que hac&iacute;a su padre y la pizza de su nombre.
    </p><p class="article-text">
        Mientras espera los cartones, saca billetes del bolsillo y cuenta: 20, 30, 40, 50. Sigue en silencio y dice en voz alta: 138. Es lo que va ganado hasta ese momento&nbsp;cuidando coches. Empez&oacute; a los 11 a&ntilde;os.&nbsp;Con sus ahorros quiere comprar la camiseta de Banfield a su sobrino Nazareno &ndash;el Naza -, el hijo de su hermana, que vive con ellos. En d&iacute;as de suerte, El&iacute;as hace 178 pesos [2.80 euros]. En diciembre junt&oacute; 300 [unos 4 euros] para comprarle un regalo de navidad. Tambi&eacute;n piensa en que le sobre para llevarle algo a su padre al cementerio. El perfil del m&oacute;vil de El&iacute;as es una foto de Nazareno con una moto de juguete en la mano. El Naza siempre est&aacute; con &eacute;l, lo mira atento cuando estudia.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cerca de la una de la ma&ntilde;ana, el empleado de la hamburgueser&iacute;a tira las bolsas y M&oacute;nica y El&iacute;as las levantan apenas el chico se va a buscar otras. Aunque sepa que ellos est&aacute;n ah&iacute; esperando ese cart&oacute;n, no se los da en la mano. Las tira, con desgana, en la acera. Acercan todo al carrito. Le sacan la cinta a cada caja y la aplastan. El&iacute;as pone ocho palos de escoba de cada costado, tres adelante y cuatro atr&aacute;s, en forma vertical para que no se abran las cajas. Los va contando. Despu&eacute;s se sube para aplastar el cart&oacute;n porque ya no queda m&aacute;s espacio.
    </p><h3 class="article-text">Regreso a casa</h3><p class="article-text">
        A la vuelta caminan r&aacute;pido. Son las dos de la ma&ntilde;ana y no hay nadie en diagonal 80. El&iacute;as y su mam&aacute; esperan que cambie el sem&aacute;foro en la esquina de la estaci&oacute;n de trenes. Ella descansa los brazos en un ca&ntilde;o del carrito repleto de cart&oacute;n, algunas patatas, tres sillas y unas llantas de bicicleta. Solo hay un quiosco abierto donde su hijo menor quiere comprar un zumo con doce pesos de los que junt&oacute; cuidando coches. No consigue, solo hay gaseosas y salen m&aacute;s caras.
    </p><p class="article-text">
        Un hombre en una camioneta los mira. Se r&iacute;en, porque est&aacute; verde y no&nbsp;pasa, no se da cuenta por estar distra&iacute;do pensando en ellos. El hombre ve el sem&aacute;foro y se da prisa paraa avanzar. Pasan con el carrito y El&iacute;as lee en voz alta una pintada.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Mira,&nbsp;Ma':&nbsp; &ldquo;Argentina no Estados Unidos&rdquo;. Eso es porque vino ese con Macri, el presidente de EEUU, Obama. Que es un boludo, pero ese no est&aacute; m&aacute;s, ahora hay otro boludo.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as pasa de Obama al&nbsp;Banfield, al Boca y el torneo YPF. Mueve las manos y se le ven las u&ntilde;as largas, llenas de tierra. Se levanta viento. Refresca. Se ponen los abrigos.
    </p><p class="article-text">
        La entrada a la casa de los Alfaro es un port&oacute;n con una reja rota, tapada con carteles de campa&ntilde;as presidenciales o pol&iacute;ticos pasados de moda. Se ve la casita de tres por seis metros de adelante, los cables de la luz y alguna construcci&oacute;n de madera y chapa atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Ah&iacute; atr&aacute;s vive un hermano con su novia y la hija de ella. Al lado, en otra casita de chapa, madera y cart&oacute;n, vive Leo. Viviana tambi&eacute;n, pero no quiere dormir all&aacute;. En la de adelante, la &uacute;nica que tiene&nbsp;suelo&nbsp;de madera y no de tierra, duermen El&iacute;as, su hermano Braian, Nazareno, su mam&aacute; y la Vivi, que ve la tele&nbsp;en el &uacute;nico lugar de la casa donde hay, y se queda dormida. Adentro, la ropa se apila toda junta, igual que afuera la basura que despu&eacute;s se vende. En el techo de chapa hay piedras grandes para que no se vuele. La construyeron voluntarios de una ONG hace siete a&ntilde;os. Unos eucaliptos gigantes la rodean. Cada vez que hay viento, M&oacute;nica se va a dormir atr&aacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Cuando llegan a su casa, casi todos los d&iacute;as dejan las cosas as&iacute;, el carrito lleno, y lo seleccionan al d&iacute;a siguiente. Cuando se quedan despiertos para descargar El&iacute;as ayuda. Pero ese trabajo lo hacen casi siempre M&oacute;nica y Viviana.
    </p><p class="article-text">
        Seleccionan entre blanco, cart&oacute;n, diario, chapa, cobre. Venden, por kilo, en el dep&oacute;sito de un vecino, el Bocha, a una cuadra y media de ah&iacute;, sobre la calle que durante muchos a&ntilde;os fue la &uacute;nica asfaltada. Ahora su calle, la 40, tambi&eacute;n est&aacute; asfaltada, pero siempre cubierta de restos de basura. Enfrente de su casa hay un contenedor que funciona de cesto comunitario. Un lugar que se llena de perros flacos buscando comida. Seg&uacute;n lo que encuentren, algunas noches llegan a hacer 200 pesos [3,20 euros]. Otras, si consiguen mucho cobre y vidrio, y alg&uacute;n electrodom&eacute;stico, hasta 500 [8 euros].
    </p><p class="article-text">
        Abren la puerta y pasa M&oacute;nica con el carrito para el fondo. Lo deja estacionado ah&iacute;. Son las tres y media de la ma&ntilde;ana. El&iacute;as sube los tres escalones y se tira en el colch&oacute;n. Est&aacute; contento porque el s&aacute;bado se compr&oacute; tres jueguitos, uno de Cars para Nazareno, otro de f&uacute;tbol con equipos de Argentina y el Resident Evil para &eacute;l. Enciende la play station, pone un CD y el juego empieza. Aprieta fuerte los botones para matar muchos zombis. A las cinco se queda dormido.
    </p><p class="article-text">
        Lo despierta el calor sofocante de febrero. Son las doce. Suda. El&iacute;as frunce el ce&ntilde;o, le molesta la luz. Se espanta la mosca que se posa en su cara y apoya una mano en el colch&oacute;n tirado en el piso. Es una habitaci&oacute;n peque&ntilde;a y no quiere despertar a su sobrino. Hace fuerza para levantar su cuerpo morrudo y se para. La camiseta con la que durmi&oacute;, la misma que us&oacute; ayer durante todo el d&iacute;a, huele a sudor. Su hermana Viviana le grita desde afuera que se levante y haga los deberes de la escuela. El televisor sigue encendido con el juego de zombis.
    </p><h3 class="article-text">Dos a&ntilde;os despu&eacute;s</h3><p class="article-text">
        El&iacute;as sigue trabajando con su madre, pero ahora los dos forman parte de la cooperativa Recicladores Unidos que se form&oacute; en abril del 2018 entre cartoneros de distintos barrios. La Federaci&oacute;n Argentina de Cartoneros, Carreros y Recicladores pas&oacute; casa por casa preguntando si se quer&iacute;an sumar. Ellos aceptaron.
    </p><p class="article-text">
        En ese momento, el&nbsp;Gobierno municipal prohibi&oacute; que pudieran trabajar con los carritos tirados por caballos, lo que llamaban &ldquo;tracci&oacute;n a sangre&rdquo;, y a cambio les ofreci&oacute; treinta cupos de 4.500 pesos [72 euros] por mes para que se convirtieran en recicladores. El trabajo es el mismo que hac&iacute;an antes, juntar la basura y clasificarla, solo que sin caballo.
    </p><p class="article-text">
        Para M&oacute;nica y El&iacute;as esa prohibici&oacute;n municipal no cambi&oacute; nada, nunca tuvieron dinero para comprar un animal que haga la fuerza por ellos. Pero ahora los horarios no son de madrugada, salen de su casa a las cinco de la tarde sin el carrito y vuelven sin el carrito. Ya tienen el recorrido de memoria, por momentos parece que se pierden de vista, pero siempre se vuelven a encontrar.
    </p><p class="article-text">
        A las afueras de la ciudad hay un almac&eacute;n enorme con basura reciclable por todos lados donde otras personas de la cooperativa separan el cart&oacute;n, papel, pl&aacute;stico, diario, botellas de vidrio que traen los que trabajan en los carritos y se los ponen en bolsones distintos. Con el cart&oacute;n y las botellas de pl&aacute;stico&nbsp;montan unos cubos gigantes para despu&eacute;s vender a empresas o cooperativas.
    </p><p class="article-text">
        Desde la finca salen todos los d&iacute;as tres camiones con los bolsones blancos y una especie de estructura con madera y ruedas que se convierte en un carrito. Los reparten a seis plazas donde esperan los m&aacute;s de setenta cartoneros. Cada mes se fueron sumando m&aacute;s personas con necesidad de trabajar en la cooperativa.
    </p><p class="article-text">
        Cuando terminan el trabajo, cerca de las nueve de la noche, vuelven a la misma plaza y dejan los carritos llenos en el cami&oacute;n. As&iacute;, pueden irse a su casa sin el peso en la espalda de la basura que se convertir&aacute; en comida. &ldquo;En este contexto de ajuste, lamentablemente muchos encuentran en el cartonear una salida laboral, y lo m&aacute;s extremo y trist&iacute;simo que se ve son familias buscando comida en los tachos de basura&rdquo;, dice Jacqueline Flores, representante&nbsp;de la Federaci&oacute;n, sobre el aumento de lo que llaman &ldquo;recicladores independientes&rdquo;: cartoneros que no est&aacute;n en cooperativa.
    </p><p class="article-text">
        El&iacute;as ya tiene 16 a&ntilde;os, barba y bigotes. Est&aacute; m&aacute;s alto que el carrito. No le cuesta sostener los kilos de cart&oacute;n que va sumando a su espalda. Dej&oacute; la escuela otra vez, quiere volver a estudiar de noche el a&ntilde;o que viene. Empez&oacute; un curso de peluquer&iacute;a. Tambi&eacute;n, con lo que pudo ahorrar su madre, ayuda a levantar habitaciones de cemento y ladrillo en el fondo, para dejar de vivir en una casita de chapa y madera que deb&iacute;a ser solo de emergencia. Quiere cumplir el sue&ntilde;o de su padre: que su familia, alg&uacute;n d&iacute;a, viva en una casa sin miedo al viento.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Los nombres de los menores de 18 a&ntilde;os han sido cambiados para proteger su privacidad.&nbsp;</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/viaje-elias-vivir-tiran_1_1341019.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 30 Sep 2019 20:03:04 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Vivir de lo que otros tiran: una noche con los menores cartoneros de Buenos Aires]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Infancia,Buenos Aires,Argentina]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ser indígena y mujer trans en una comunidad maya de Guatemala]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/indigena-travesti-conservador-kristel-mendoza_1_1674065.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/25a8ff35-a829-4e18-b616-aefbf2865d0f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ser indígena y mujer trans en una comunidad maya de Guatemala"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Esta es la historia de Kristel Mendoza, una mujer trans e indígena tz’utujil de la aldea Santiago Atitlán</p><p class="subtitle">Cuando era adolescente, fue rechazada y encerrada durante cuatro meses por su familia, se marchó de casa y se prostituyó para sobrevivir</p><p class="subtitle">"Nuestros antepasados se dieron cuenta de que no solo había entonces personas gays, sino que mucho antes ya había. Pero siempre va a ser un problema"</p></div><p class="article-text">
        Panajachel es un pueblo tur&iacute;stico a orillas del lago Atitl&aacute;n, en el departamento de Solol&aacute;, Guatemala. Durante 2017, unos 857.000 turistas llegaron al departamento para admirar los volcanes de San Pedro, Tolim&aacute;n y Atitl&aacute;n, y pasear por las calles antiguas donde hay, a cada paso, un puesto de venta de artesan&iacute;a y ropa tradicional ind&iacute;gena. Lanchas conectan Panajachel con las aldeas mayas alrededor del lago. Una de ellas se llama Santiago Atitl&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Maximiliano Mendoza ten&iacute;a 14 a&ntilde;os. Una cadena de unos siete metros lo reten&iacute;a en su cama, dentro de una casa en Santiago Atitl&aacute;n. Si se estiraba al m&aacute;ximo solo llegaba hasta el sal&oacute;n. Su familia lo manten&iacute;a dentro, como un perro que muerde o tiene rabia.
    </p><p class="article-text">
        Le dol&iacute;a. Pensaba en sus pechos, en que ten&iacute;a que esperar bastante para hacerlos como quer&iacute;a, como se los imaginaba cada d&iacute;a. So&ntilde;aba con maquillarse, delinearse las cejas, depilarse. &ldquo;Ser una mujer completa&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Ten&iacute;a que tener cuidado si iba a inyectarse alg&uacute;n l&iacute;quido que aumentara sus pechos. Poco despu&eacute;s supo que es peligroso, que le pod&iacute;an poner aceite de avi&oacute;n, y que as&iacute; se morir&iacute;a antes que su padre. Entonces, no podr&iacute;a recibir la herencia para ponerse los implantes, que salen unos 15.000 quetzales &ndash;alrededor de  1.700 euros&ndash;en un hospital o una cl&iacute;nica. Con eso fantaseaba: con que, alg&uacute;n d&iacute;a, sus pechos se transformaran en mamas.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Me siento una mujer atrapada en este cuerpo de hombre. Yo me quiero ver linda, me quiero ver bonita. Quiero llamar la atenci&oacute;n. Y no ocultar lo que soy, mi identidad&rdquo;, pensaba Maximiliano. Pero todav&iacute;a no era posible.
    </p><p class="article-text">
        Durante los cuatro meses que permaneci&oacute; encerrado, atado, fueron muchos los d&iacute;as en los que La China lo esperaba afuera. Esperaba al amigo con el que jugaba de peque&ntilde;o a las mu&ntilde;ecas o a que hac&iacute;an tortillas en ollas de barro y las vend&iacute;an con frijoles y salsa, machacando ladrillos. Con el que sal&iacute;an por la playa a buscar verduras y cocinar. Pero Kristel, a quien su familia y casi todo el pueblo le dice Max o Maximiliano, no sal&iacute;a. Y cuando lo hizo, le prohibieron juntarse con La China.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a, cuando todav&iacute;a pod&iacute;an verse, cuando a&uacute;n eran peque&ntilde;os ni&ntilde;os ind&iacute;genas caminando por su pueblo, La China le not&oacute; una cicatriz en la espalda y le pregunt&oacute;. Kristel le cont&oacute; que su pap&aacute; le hab&iacute;a pegado con el alambre del cord&oacute;n de la radio porque no quer&iacute;a que se juntara con ellos. Ese ellos, hasta ese momento, eran sus amigos homosexuales.
    </p><p class="article-text">
        Dice el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo maya, que los tz'utujiles llegaron a la regi&oacute;n del lago Atitl&aacute;n en el siglo XIII. Ven&iacute;an con los quich&eacute;s y kaqchiqueles, otros pueblos mayas, para fundar sus ciudades. Seg&uacute;n el censo oficial de la poblaci&oacute;n guatemalteca del a&ntilde;o 2002, los tz'utujiles son casi 80.000 en todo el pa&iacute;s y viven a&uacute;n en la regi&oacute;n sur del lago de Atitl&aacute;n. Se estima que Guatemala tiene seis millones de habitantes ind&iacute;genas. El &uacute;ltimo censo habla de que el 45% de la poblaci&oacute;n es de alg&uacute;n pueblo originario, pero otros informes elevan el n&uacute;mero al 60%.
    </p><p class="article-text">
        Kristel es una mujer trans tz&rsquo;utujil.
    </p><h3 class="article-text">Encerrada por su familia</h3><p class="article-text">
        La Justicia ind&iacute;gena tiene dos objetivos claros: que las cosas vuelvan a su lugar y retribuir a la v&iacute;ctima. Para eso, hacen que quien ha robado, por ejemplo, devuelva o pague. En ocasiones, lo hacen con golpes y encierros. En algunos pueblos, intentan que los homosexuales no sean homosexuales, y las trans vuelvan a ser hombres. Algunas veces, como resultado, las personas se reprimen hasta el punto de casarse con una mujer y tener hijos. El mandato es muy fuerte, sobre todo para quienes no logran irse a la capital.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Nuestros antepasados se dieron cuenta de que no solo hab&iacute;a entonces personas gays, sino que mucho antes ya hab&iacute;a. Pero siempre va a ser un problema. No toda la gente ind&iacute;gena acepta eso. Algunos son cat&oacute;licos&rdquo;, dice Kristel. 
    </p><p class="article-text">
        En su caso, el pueblo no se reuni&oacute; para ver c&oacute;mo el alcalde o alg&uacute;n juez ind&iacute;gena la golpeaba con una vara. No la hostigaron. La encerr&oacute; su familia.
    </p><p class="article-text">
        Antes de los golpes y del encierro, Kristel limpiaba la casa con su mam&aacute;. Despu&eacute;s se sentaba a mirarla bordar, le encantaba. Cuando ten&iacute;a unos diez a&ntilde;os le pidi&oacute; si pod&iacute;a aprender ese oficio reservado para las ni&ntilde;as y mujeres ind&iacute;genas. Su mam&aacute; le compr&oacute; una tela, le hizo un dibujo de estelas mayas y mir&oacute; atenta c&oacute;mo su hijo peque&ntilde;o temblaba al intentar seguir la l&iacute;nea marcada.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Pero un d&iacute;a, se termin&oacute;. La encerraron cuatro meses atada con una cadena a su cama. No entend&iacute;an que su Maximiliano quisiera ser mujer, ni que le gustaran los hombres, ni que se juntara con otros amigos que quer&iacute;an lo mismo. Esas cadenas, dice Kristel, la hicieron m&aacute;s fuerte. La empujaron a tomar la decisi&oacute;n de irse de casa. No est&aacute; muy claro si ten&iacute;a 16 o 18 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Lo que s&iacute; asegura es que se prostituy&oacute; para sobrevivir. Lo hizo durante unos a&ntilde;os en un prost&iacute;bulo llamado Cervecer&iacute;a. Ah&iacute;, dice, la respetaban y ganaba bien: cobraba 60 quetzales &ndash;alrededor de siete euros&ndash; por 15 minutos de sexo, m&aacute;s 10 de caja, que hab&iacute;a que pagarle a la due&ntilde;a. Por aquel entonces era un dineral.
    </p><p class="article-text">
        Los domingos a la tarde, Kristel y La China tomaban cerveza con la due&ntilde;a, a la que conoc&iacute;an desde que eran esos ni&ntilde;os ind&iacute;genas jugando con barro como sol&iacute;an hacerlo las ni&ntilde;as. En ese bar su amiga se mostr&oacute; como mujer. Ten&iacute;a 14 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        La due&ntilde;a de esa &ldquo;cervecer&iacute;a&rdquo; era do&ntilde;a Francisca. Hubo un tiempo en que las mujeres trans la conocieron y la admiraron. Muri&oacute; a los 88 a&ntilde;os y sigue viva en los relatos de las mujeres que pasaron por el prost&iacute;bulo y eran como ella. Do&ntilde;a Francisca fue la primera mujer trans ind&iacute;gena de Santiago Atitl&aacute;n. Ella y su hermana, las dos primeras trans en el pueblo que empezaron a los 10 a&ntilde;os a vestirse de mujer.
    </p><p class="article-text">
        El primer prost&iacute;bulo, Cervecer&iacute;a Francisca, fue suyo. Antes le pegaron, mucho. Ella y su hermana se escond&iacute;an en los tiempos de la guerrilla, porque las buscaban para matarlas. Pero, cuentan quienes la recuerdan, do&ntilde;a Francisca termin&oacute; d&aacute;ndole de comer a los guerrilleros.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hab&iacute;a hecho dinero, construy&oacute; una casa de tres niveles. En el primer nivel ten&iacute;a un sal&oacute;n y cinco cuartos para las muchachas, en el segundo eran 17 cuartos y el tercero otro sal&oacute;n y cinco cuartos. Y se llenaba. Era el &uacute;nico&rdquo;, dice Kristel.
    </p><p class="article-text">
        Con el &uacute;ltimo desastre natural que azot&oacute; la zona, cuando do&ntilde;a Francisca estaba viva, llev&oacute; a las muchachas del prost&iacute;bulo con ollas a la plaza central para dar caf&eacute; y comida a la gente afectada. A sus 40 a&ntilde;os, viv&iacute;a como una reina. Andaba de ac&aacute; para all&aacute; con el traje t&iacute;pico en el pueblo. Por ella, nadie mata a las trans en Santiago Atitl&aacute;n.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Peleamos por la necesidad de que nos respeten. Yo insulto cuando a m&iacute; me insultan. Pero do&ntilde;a Francisca nos dijo que no ten&iacute;amos que responder a esa gente, que ten&iacute;amos que ser educados&rdquo;, recuerda Kristel. Dice que &ldquo;aprendi&oacute; mucho&rdquo; con Francisca, pero un d&iacute;a tuvo que volver. Su hermana la llam&oacute; y le dijo: &ldquo;Mam&aacute; est&aacute; en el hospital&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Hasta ese momento, Kristel solo la ve&iacute;a en el mercado y la extra&ntilde;aba. Decidi&oacute;, entonces, que no se ir&iacute;a m&aacute;s.
    </p><h3 class="article-text">Miss Elegancia y representante en comit&eacute;s locales</h3><p class="article-text">
        En Xela, a unas ocho horas de la capital, Kristel Mendoza logr&oacute; una menci&oacute;n como Miss Elegancia. Ese d&iacute;a se puso huipil con tocoyal, uno azul con p&aacute;jaros bordados, y un corte multicolor. El traje t&iacute;pico ind&iacute;gena. El huipil es una blusa bordada, el corte una falda y el tocoyal, una gran canasta en la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        A Kristel le gustan los concursos de belleza. Particip&oacute; en tres: Miss Gay Maya en Xela, Miss Gay Costa Sur en Mazate, y en Miss Gay Trans en la capital. Adora ir a esos concursos. Pasar horas y horas pensando el traje, el maquillaje, prepar&aacute;ndose para el momento de salir a la pasarela y sonre&iacute;r.
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n le gusta la pol&iacute;tica. Con el alcalde anterior, participaba en los comit&eacute;s locales de los vecinos que se organizan para poder llevar las demandas o solicitudes que tienen en una localidad hacia el Gobierno municipal. Lo llaman el Cocode. Es una forma de resolver m&aacute;s r&aacute;pido los problemas de las comunidades, que a veces est&aacute;n muy alejadas.
    </p><p class="article-text">
        En cada cant&oacute;n la gente est&aacute; organizada en un Cocode para proteger el territorio. No es f&aacute;cil estar ah&iacute;. Todos tienen que analizar cu&aacute;l es el rol de la persona, cu&aacute;l es su papel en el pueblo. Pero ese mundo en que las travestis, las trans y los gays de Santiago Atitl&aacute;n participaban en el Cocode se termin&oacute;. Cambi&oacute; el alcalde, y con &eacute;l la apertura a la comunidad LGBT.  
    </p><p class="article-text">
        En octubre del a&ntilde;o pasado hubo una huelga en Santiago Atitl&aacute;n. La gente ped&iacute;a que el nuevo edil rindiera cuentas de los gastos desde que lleg&oacute; al poder. Ah&iacute; estaba Kristel, exigiendo transparencia.
    </p><p class="article-text">
        Ahora es la &uacute;nica hija en la casa. Su padre va a la tienda y le pregunta si quiere algo. Por ese gesto ella siente que la respetan. Ya no est&aacute; atada a la cama. Tiene 31 a&ntilde;os, se maquilla como quiere, se delinea las cejas, se depila. Lo &uacute;nico que no puede hacer es vestirse de mujer. &ldquo;Mi pap&aacute; me aceptaba con el fin de que no quer&iacute;a verme vestida de mujer. Por eso me acept&eacute; siendo un chico gay travesti. Me visto en ocasiones, pero me considero una chica trans&rdquo;, asegura.
    </p><h3 class="article-text">Abusos sistem&aacute;ticos</h3><p class="article-text">
        Una gran parte de la comunidad gay en Santiago Atitl&aacute;n borda. Tambi&eacute;n hay quienes trabajan en el Gobierno municipal o en tiendas de tel&eacute;fonos, pero esos est&aacute;n &ldquo;enclosetados&rdquo; [en el armario], dice Kristel. Quienes ya decidieron mostrarse como son, solo pueden coser o trabajar en bares. &ldquo;Mejor bordar que estar all&aacute;. Trabajar en un bar o cantina es peligroso, porque los hombres empiezan a golpearse. Aqu&iacute; s&iacute; hay bolos [borrachos] ma&ntilde;osos&rdquo;, cuenta la mujer.
    </p><p class="article-text">
        En el pueblo ahora hay entre 10 y 12 chicas trans. Tambi&eacute;n hab&iacute;a  dos gays que se suicidaron porque su familia no los aceptaba.
    </p><p class="article-text">
        Sus casos no son una excepci&oacute;n. Hay un informe, hecho por mujeres trans de Latinoam&eacute;rica y el Caribe, que se llama <em>Esperando la muerte, </em>donde hablan de la situaci&oacute;n de la poblaci&oacute;n LGBT en Guatemala, un pa&iacute;s que la &uacute;nica diputada lesbiana del Congreso define como conservador, machista y racista.
    </p><p class="article-text">
        En &eacute;l reflejan la diversidad de la comunidad trans: mujeres que ten&iacute;an el cabello corto, que trabajaban en bananeras, que no hablan el castellano. Otrans Reinas de la Noche, quien llev&oacute; a cabo el informe, es la primera organizaci&oacute;n trans del pa&iacute;s. Fundada en 2004 como un colectivo de &ldquo;trabajadoras sexuales trans&rdquo; del centro hist&oacute;rico de la ciudad de Guatemala que decidieron organizarse por la ola de violencia que se viv&iacute;a en ese entonces: los asesinatos constantes, el VIH, la falta de respuesta institucional. Ahora componen su asamblea 150 mujeres trans.
    </p><p class="article-text">
        Seg&uacute;n el censo propio de esa organizaci&oacute;n, son, como m&iacute;nimo, 7.000 las trans en Guatemala. Calculan que como m&aacute;ximo son 22.000. No lo saben. Lo estiman a partir de una encuesta que hicieron en ciertos municipios. No hay datos oficiales de mujeres trans. Mucho menos de ind&iacute;genas trans.
    </p><p class="article-text">
        A Andrea Gonz&aacute;lez, directora de Otrans Reinas de la Noche, le hubiese gustado que el informe se llamara 'Esperando pol&iacute;ticas p&uacute;blicas', o 'Esperando la aprobaci&oacute;n de la ley de identidad de g&eacute;nero', 'Esperando cupo laboral para las mujeres trans', 'Esperando matr&iacute;cula estudiantil para las mujeres trans'.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No, pero lamentablemente se llama <em>Esperando la muerte</em>. Porque ves la hipervulnerabilidad en que nos encontramos. La violencia sistem&aacute;tica e institucional es la que este informe marca. Hay asesinatos. Hay violaciones a derechos humanos&rdquo;, dijo en septiembre de 2018. Hasta ese momento ya ten&iacute;an registro de 18 mujeres trans asesinadas en el pa&iacute;s solo en ese a&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Sentada en el pasto, a orillas del lago, un hombre le grita en tz'utujil. Kristel contesta: &ldquo;<em>Mush, mush</em>&rdquo;. &ldquo;<em>Mush&rdquo;</em> significa vagina. Le estaba preguntando a Kristel si ella ten&iacute;a. &ldquo;Me quiere agarrar la vagina&rdquo;, dice la mujer entre risas. Luego, dice bajito: &ldquo;Todav&iacute;a no, estoy en proceso&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Al rato, otro hombre se acerca: tiene bigotes y una pose que intenta imponerse. Mira c&oacute;mo Kristel maquilla a La China. Pero lo que ve &eacute;l son dos hombres gays disfrazando sus rostros con colores. No dice nada. Solo mira desafiante hasta que pregunta si tienen permiso. Kristel no deja de poner la base a La China mientras dice sin mirarlo: &ldquo;Este es un hom&oacute;fobo porque tiene un hijo que es gay y no lo quiere, y tambi&eacute;n un cu&ntilde;ado que es gay&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        El hombre abre su tel&eacute;fono y llama a alguien para que las saque. Camina por el c&eacute;sped de esa porci&oacute;n de tierra a orillas del lago Atitl&aacute;n donde no las quiere dejar estar. Insiste a alguien con poder para que las eche. Al otro lado, cientos de turistas de todo el mundo pasean y compran bordados t&iacute;picos ind&iacute;genas.
    </p><p class="article-text">
        En este lado, Kristel le pide a La China que cierre los ojos. Con esmero, le termina el delineado.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/indigena-travesti-conservador-kristel-mendoza_1_1674065.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Mar 2019 19:30:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Ser indígena y mujer trans en una comunidad maya de Guatemala]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Indígenas,Guatemala]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esposadas a la Mara Salvatrucha]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/guatemala_1_1722870.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">La historia de una presunta colaboradora de la pandilla más poderosa del mundo, la Mara Salvatrucha, es un ejemplo de cómo el sistema judicial acusa con mayor facilidad a las mujeres porque son el eslabón más débil de la estructura criminal</p><p class="subtitle">Las mujeres desempeñan tareas de base como el cobro de extorsiones, abrir cuentas bancarias o lavar el dinero pero no tienen ninguna autoridad en la cima de la pandilla</p><p class="subtitle">El número de mujeres presas en Guatemala se ha cuadruplicado en los últimos cinco años</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Agarrada a la reja, con sus u&ntilde;as de brillantina por delante, Hera esquiva a las mujeres que est&aacute;n en el&nbsp;suelo de la celda. Se acerca a decir que su hijo est&aacute; en casa con su esposo. Est&aacute; acusada de colaborar con pandilleros y, asegura, es inocente. Dice que no es m&aacute;s que una buena vecina que saluda a todo el mundo en su colonia y por eso la han detenido.
    </p><p class="article-text">
        Hera miente. Pero hacen falta siete d&iacute;as para descubrir el enga&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        Esta mujer de 24 a&ntilde;os, piel suave, pelo lacio hasta los hombros y embarazo de seis meses es vecina de Canalitos, una colonia de callejones de tierra, casas de l&aacute;mina de metal y madera al otro lado del barranco de una zona de clase media alta de Ciudad de Guatemala. Canalitos es una zona roja. Roja por la sangre de los asesinatos.
    </p><p class="article-text">
        Hoy espera dentro de una celda estrecha que huele a pis en la tremenda oscuridad de un s&oacute;tano frente a los&nbsp;coches de los jueces que trabajan en la Torre de Tribunales de Ciudad de Guatemala. A su alrededor, unas&nbsp;30 presas aguantan hacinadas cerca de un inodoro rebalsado.
    </p><p class="article-text">
        Hera no se llama as&iacute;. Motivos de seguridad. Hera, en la mitolog&iacute;a griega, es la esposa de Zeus, el rey del Olimpo, un personaje con el que la mujer embarazada de las u&ntilde;as pintadas tiene m&aacute;s que ver de lo que ella pretende. La Fiscal&iacute;a la acusa de tres delitos de colaboraci&oacute;n con la Mara Salvatrucha (MS-13), la pandilla m&aacute;s poderosa del mundo.
    </p><p class="article-text">
        Son delitos vinculados a la extorsi&oacute;n, una infracci&oacute;n extendida en Centroam&eacute;rica que implica pedir dinero bajo amenazas de muerte. Un delito muy utilizado por el Ministerio P&uacute;blico para acusar a pandilleros. Un delito que en otros lugares ni siquiera se comprende.
    </p><p class="article-text">
        Hera sale de la celda y espera frente al ascensor, esposada a otra mujer. Espera porque la&nbsp;barriga le pesa demasiado para subir&nbsp;15 pisos a pie. Sube apretujada, encerrada con otros detenidos y varios polic&iacute;as, en un aparato que no mide m&aacute;s de cuatro metros cuadrados. Va encadenada porque el sistema penitenciario intenta asegurarse de que no se escape. Con gesto soberbio, mantiene la frente en alto. Cuando entra en la sala de audiencias, ve las panor&aacute;micas monta&ntilde;as de fondo. Se acomoda en el banco de los acusados y mira hacia una silla vac&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        El n&uacute;mero de mujeres presas en Guatemala, sobre todo por delitos relacionados con la extorsi&oacute;n, creci&oacute; en los &uacute;ltimos cinco a&ntilde;os de manera exponencial. La cifra se cuadruplic&oacute; al pasar de 36 a 144. &ldquo;Cada vez hay m&aacute;s mujeres procesadas&rdquo;, confirmar&aacute; resignado un d&iacute;a despu&eacute;s de la sentencia, en el sill&oacute;n de su oficina, el juez Mynor Moto, el hombre que a&uacute;n no se sienta frente a Hera.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/192793"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><p class="article-text">
        Cuando el juez llega, Hera pide un chequeo m&eacute;dico de su embarazo a trav&eacute;s de su abogada gratuita asignada por el Instituto de Defensa P&uacute;blica Penal. El juez dice que s&iacute;, que el &uacute;nico derecho que se le ha limitado es la libertad. Lo dice en serio. Neutro y por momentos paternal, no pretende bromear, o&nbsp;hablar con iron&iacute;a ni sarcasmo: es el mismo tono con el que acusa.&nbsp;Hay cortes de luz en el edificio y faltan algunos abogados de las 11 personas acusadas en su caso.
    </p><p class="article-text">
        Una semana despu&eacute;s, Hera llega de nuevo al juzgado desde la c&aacute;rcel de mujeres Santa Teresa. Ahora est&aacute; atada a s&iacute; misma, en la misma posici&oacute;n, ante el mismo juez, en otra sala de la misma planta &ndash;donde se juzgan los delitos m&aacute;s graves&ndash;, con distinto abogado de la defensa p&uacute;blica. Esta vez, la altaner&iacute;a ha desaparecido. Parece ser que el marido de Hera est&aacute; en casa con su otro hijo, cuid&aacute;ndolo. Por eso, dice, &eacute;l no llega al juzgado para darle&nbsp;comida&nbsp;antes de entrar, como suelen hacer los familiares de los acusados. En la sala de audiencias, acompa&ntilde;ando a las mujeres, no hay novios ni esposos. Solo madres, padres o t&iacute;as. A varios de los hombres acusados s&iacute; les acompa&ntilde;an sus parejas.
    </p><p class="article-text">
        Ese marido libre del que habla no existe. El &uacute;ltimo esposo que tuvo antes de caer detenida est&aacute; preso. Al menos eso puso ella misma en el registro del m&aacute;s de centenar de visitas que hizo a un hombre llamado Julio C&eacute;sar Mej&iacute;a Garc&iacute;a, del que sabremos m&aacute;s adelante. Nunca de la boca de Hera. Mej&iacute;a Garc&iacute;a cumple condena en una c&aacute;rcel al sureste del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El poder de las pandillas lo tienen hombres encarcelados. El tri&aacute;ngulo del poder en la MS-13 tiene una punta: el Consejo de los Nueve, una especie de mesa&nbsp;redonda que da &oacute;rdenes que despu&eacute;s bajan en esa pir&aacute;mide del poder.
    </p><p class="article-text">
        La MS-13 es m&aacute;s estrat&eacute;gica y menos sanguinaria que su enemigo, el Barrio 18. Despu&eacute;s de advertir a un extorsionado que si no paga encontrar&aacute; la muerte, ejecuta la amenaza, a diferencia de la pandilla rival, que mata sin advertencia previa. Por eso, y porque la Fiscal&iacute;a guatemalteca tiene notables limitaciones en sus posibilidades de investigaci&oacute;n, tambi&eacute;n es m&aacute;s dif&iacute;cil seguir la pista de esta pandilla, sofisticada en la organizaci&oacute;n, la violencia y hasta la tecnolog&iacute;a que usa para comunicarse.
    </p><p class="article-text">
        En Guatemala, quedan poqu&iacute;simas mujeres pandilleras [todas presas] porque, desde mediados de los 2000, tienen prohibido entrar a la MS-13. Lo mismo sucede en el Barrio 18. Las mujeres que quer&iacute;an ingresar ten&iacute;an que recibir una paliza de 13 segundos. Hoy son pocas las sicarias que quedan vivas o libres.
    </p><p class="article-text">
        Ahora, las mujeres del entorno de la pandilla desempe&ntilde;an tareas como abrir cuentas bancarias, mover y lavar el dinero, dar la cara y el nombre, ofrecerse, estar en la base. Si son detenidas, entran a los tribunales esposadas a delitos de presunta pertenencia a la MS-13. Pero son reemplazables. Tras entrar en la c&aacute;rcel en nombre de la pandilla, no pasa demasiado tiempo hasta que otras ocupan su lugar.
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                </figure><p class="article-text">
        El fiscal, con una maleta de ruedas en la mano, llega en el mismo ascensor que Hera. En esos papeles que ahora lee con voz r&aacute;pida y por momentos ininteligible dice que Hera est&aacute; acusada, junto a otras diez personas, de exigir dinero a&nbsp;conductores de transporte p&uacute;blico a cambio de no ser asesinados. Ella solo mira al juez, no se mueve demasiado. A su derecha, un acusado sin esposas. A la izquierda, una acusada de los mismos delitos que ella. Una mujer que, se nota, conoce desde antes. Hablan poco y en voz baja.
    </p><p class="article-text">
        Hasta 2009 los investigadores en Guatemala no ten&iacute;an claro c&oacute;mo luchar contra las pandillas aunque las dos principales, la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, operaban en el pa&iacute;s desde finales de los noventa. La creaci&oacute;n de dos grupos &eacute;lite, uno en la Polic&iacute;a y otro en la Fiscal&iacute;a, sirvi&oacute; para localizar e identificar qui&eacute;nes eran, d&oacute;nde operaban, c&oacute;mo hac&iacute;an dinero y c&oacute;mo mataban. A partir de 2011, esas dos unidades especializadas dieron un giro a la forma de presentar los casos a los jueces: pasaron de muchas e infructuosas investigaciones individuales a preparar&nbsp;pocos megacasos contra centenares de supuestos pandilleros. El secreto del triunfo acusador fueron las escuchas telef&oacute;nicas y pandilleros traidores que se convirtieron en informantes. Tuvieron cierto &eacute;xito. Tocaron a la jerarqu&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Entre 2016 y 2017, Guatemala lanz&oacute; cinco megaoperativos contra las pandillas. Si las estructuras estaban identificadas y sus l&iacute;deres &ndash;siempre hombres&ndash; estaban presos, tocaba derribar la base. All&iacute; estaban personas como Hera, que no formaba parte del grupo criminal, pero que trabajaba &ndash;sobre todo mediante cobro de extorsiones y prestando sus cuentas bancarias&ndash; para la pandilla. En la mayor&iacute;a de casos, a cambio de dinero. Las detenciones de mujeres en los megaoperativos comenzaron a destacar. Hab&iacute;a much&iacute;simas colaboradoras. Las mujeres se hicieron visibles alrededor de las pandillas.
    </p><p class="article-text">
        Ya no eran operativos contra una clica &ndash;c&eacute;lula local&ndash; de una pandilla sino acciones masivas contra las dos principales pandillas que pod&iacute;an darse al mismo tiempo en distintos municipios. As&iacute; sucedi&oacute; con el operativo Rescate del sur en 2016 en el que la Fiscal&iacute;a demostr&oacute; c&oacute;mo las pandillas crec&iacute;an al sur del &aacute;rea metropolitana de la capital y que gener&oacute; m&aacute;s de 120 detenciones en cuatro departamentos del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Al detener y procesar a su mano de obra, pensaron los funcionarios, dejar&iacute;an mancas a las pandillas. Pero esos operarios de base, esas mujeres colaboradoras, gente que en general no siente identificaci&oacute;n con los grupos criminales porque lo hacen por dinero, son f&aacute;cilmente sustituibles. Tan prescindibles que, por no ser de la pandilla, ni siquiera tienen un abogado pagado por el grupo criminal. A finales de 2017, la operaci&oacute;n Escudo Regional, que se desarroll&oacute; en tres operativos a lo largo de dos a&ntilde;os, golpe&oacute; a las dos principales pandillas en Honduras, El Salvador y Guatemala, con cerca de&nbsp;200 detenciones, de las que la mitad fueron mujeres. Hera fue arrestada el 18 de abril de 2018.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres tienen responsabilidad en la base y ninguna autoridad en la cima de la pandilla. Reciben y ejecutan &oacute;rdenes sin pertenecer, sin decidir estrategias. La Fiscal&iacute;a Antiextorsi&oacute;n investiga siguiendo la l&oacute;gica&nbsp;de que la pandilla las protege menos que a los hombres<strong>,</strong> pero tambi&eacute;n de que ellas pertenecen a la organizaci&oacute;n criminal. Lo dif&iacute;cil es investigar a la MS-13 como estructura y lo f&aacute;cil es llegar a las colaboradoras. Es m&aacute;s sencillo capturar a quien lleva el tel&eacute;fono o a quien recoge el dinero que a quien da las &oacute;rdenes a distancia y se queda, finalmente, con los mayores beneficios de la actividad.
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio P&uacute;blico acusa a Hera de exigir dinero de manera regular e intimidante a los&nbsp;conductores de transporte p&uacute;blico. La amenaza no tiene matices: es una renta a cambio de vivir. Para cometer estos dos delitos es necesario ser parte de un grupo criminal.
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        Supuestamente, Hera apoyaba a la clica Pewees Locos Salvatruchas, que tiene desde 2010 su principal centro de operaciones en Canalitos, ese barrio pobre y violento de la zona 24 de la capital. Desde entonces, los Pewees est&aacute;n se&ntilde;alados de amenazar, extorsionar y atentar contra&nbsp;conductores de moto taxis que circulan por esa zona y contra comerciantes que aceptan pagar por no morir. Tambi&eacute;n est&aacute;n acusados de asesinar a integrantes de la clica que se quedan con el dinero de las extorsiones.
    </p><p class="article-text">
        La investigaci&oacute;n contra Hera y las personas detenidas junto a ella se basa en tres testigos: el due&ntilde;o de un moto taxi, el propietario de un negocio y una mujer excolaboradora de la pandilla. Tres testigos que no dicen las horas, los lugares ni las formas que estas&nbsp;11 personas usaban para extorsionar para la MS-13, esa pandilla declarada por Donald Trump enemiga p&uacute;blica y amenaza a la seguridad de Estados Unidos. Ninguno de los testigos describe a Hera: ni su rostro, ni sus movimientos, ni datos concretos. Nada. La se&ntilde;alan. Pero sin presentar pruebas.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Una semana despu&eacute;s de la primera audiencia suspendida, se repite la escena ante el juez. En esta ocasi&oacute;n, el mismo abogado defiende a Hera y a las otras dos mujeres del grupo. La camisa blanca del hombre intenta contener un cuerpo grueso y torpe. Es la primera vez que ve a sus defendidas. Pide beneficios de embarazo para una acusada que no lo est&aacute;. Se quiere referir a Hera pero no sabe qui&eacute;n es qui&eacute;n. Ellas lo miran, abren los ojos intentando decirle algo. No lo logran. El hombre casi no tiene argumentos.
    </p><p class="article-text">
        El fiscal trabaja para una unidad jur&iacute;dica creada en 2005 para defender mujeres y financiada por organismos internacionales. Se supone que son personas especializadas en distinguir sesgos de g&eacute;nero en las causas con herramientas para defender a las mujeres acusadas. Est&aacute; en el Instituto de la Defensa P&uacute;blica Penal (IDPP) y en su lista de tareas se amontonan 1.400 expedientes relacionados con mujeres solo de la capital del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Edith Ochoa, una mujer repleta de anillos brillantes y larga melena negra, dirige la unidad en la que trabajan 30 abogados. Explica que no puede atender el 90% de los casos que les llegan porque las acusadas no les hablan. Por miedo. O simplemente porque no quieren.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; resultados tienen?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ninguno, [las mujeres] son sentenciadas &mdash;dice Ochoa sin inmutarse.
    </p><p class="article-text">
        Luego matiza. El equipo de Ochoa ha logrado &ldquo;tres o cuatro&rdquo; sentencias absolutorias para sus defendidas en&nbsp;13 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        El IDPP est&aacute; en un antiguo banco en el casco hist&oacute;rico de la capital, con techos alt&iacute;simos y escaleras de madera que conservan esa sensaci&oacute;n de que otro tiempo pasado fue mejor. En una oscura oficina en la segunda planta, la coordinadora condiciona y limita la defensa de las colaboradoras de pandillas &ldquo;hasta que no bajen los contextos de peligrosidad&rdquo;. Seg&uacute;n las cifras oficiales, eso ya ha sucedido. De 49 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2009, Guatemala pas&oacute; a 24 en 2018. Pero la presunci&oacute;n de inocencia en todo lo relacionado con las pandillas y el esfuerzo del Estado por hacer algo por las mujeres de Guatemala siguen brillando por su ausencia.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El tipo de colaboraci&oacute;n que Hera aportaba a la pandilla se conoce en Guatemala como chequeo activo. Implica estar en per&iacute;odo de prueba, peque&ntilde;os encargos para ingresar en la estructura criminal. Al menos eso cree la Fiscal&iacute;a. La situaci&oacute;n es parad&oacute;jica: su entrada est&aacute; vetada por ser mujer, pero tambi&eacute;n&nbsp;es acusada de ser administradora de extorsi&oacute;n. Esto significa que, de confirmarse, ella es la que junta el dinero y, con &oacute;rdenes de los l&iacute;deres de la clica, organiza cu&aacute;nto va para cada qui&eacute;n en cantidades que disminuyen a medida que se desciende en la pir&aacute;mide del poder.
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        En la audiencia, el abogado de Hera&nbsp;&ndash;que no sabe nada de su vida, nunca ha hablado con ella, no sabe qu&eacute; piensa, qu&eacute; siente o qu&eacute; puede aportar en su defensa&ndash; no ve sesgo de g&eacute;nero. No cree que la hayan obligado a nada, ni que la hayan presionado a trav&eacute;s de su familia para que trabaje para la pandilla aprovech&aacute;ndose de su vulnerabilidad o de su pobreza. Utiliza como &uacute;nica estrategia de defensa acogerse al derecho a no declarar.
    </p><p class="article-text">
        En realidad, quien deber&iacute;a defenderla, quien sabe del caso, es otra abogada que no ha llegado a las audiencias. Los tres &ndash;la abogada oficial, la que estuvo en la audiencia anterior y el hombre de esta audiencia&ndash; trabajan bajo el mando de Edith Ochoa, la mujer de los anillos brillantes que no espera ganar casos.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El Flaco y El Voltio son los pandilleros que dirigen desde prisi&oacute;n la clica de nombre Pewees Locos Salvatruchas.&nbsp;Ellos deciden las acciones para extorsionar, intimidar, vender droga, reclutar pandilleros y asesinar. El Flaco se llama Nixon Bantes Gonz&aacute;lez. El Voltio, que es el n&uacute;mero&nbsp;dos de la clica, es Julio C&eacute;sar Mej&iacute;a Garc&iacute;a, a quien Hera iba a visitar a la c&aacute;rcel de El Boquer&oacute;n registr&aacute;ndose a veces como su esposa. De los Pewees, de su forma de operar y de los integrantes de la Pewees&nbsp;es conocedora desde 2012 la Comisi&oacute;n Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), una instituci&oacute;n especial financiada por Naciones Unidas y que trabaja junto al Ministerio P&uacute;blico. Ese informe est&aacute; en manos del juez que juzga a Hera y del fiscal que la acusa.
    </p><p class="article-text">
        En 2017, el juez Pablo Xitumul, magistrado titular del Tribunal C de Mayor Riesgo, encargado de casos de gran impacto, conden&oacute; a El Voltio: 150 a&ntilde;os de c&aacute;rcel por cinco delitos, entre ellos asesinato y violaci&oacute;n. Sumada una causa anterior, El Voltio podr&iacute;a salir en libertad cuando cumpla 213 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        Un a&ntilde;o despu&eacute;s, Xitumul llega a su despacho, en la planta 12 de la Torre de Tribunales, se sienta en una silla junto a su sof&aacute; de visitas y comienza a hablar. &ldquo;Detectamos que los patojos [j&oacute;venes] arrastran a las mujeres&rdquo;. Cree tambi&eacute;n que la justicia &ldquo;revictimiza&rdquo; a las mujeres vinculadas a pandillas en un pa&iacute;s particularmente desigual. &Eacute;l explica que &ldquo;se siente sensible&rdquo; con las mujeres de su pa&iacute;s&nbsp;y por eso siempre aplica la pena m&iacute;nima a las acusadas de extorsi&oacute;n: de 6 a 8 a&ntilde;os. Es la pena m&iacute;nima, subraya como un acto de empat&iacute;a. No es medida sustitutiva. Tampoco es absoluci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ni El Flaco ni El Voltio est&aacute;n presentes en las audiencias de Hera. Pero lo parece. Su presencia planea sobre la sala. Se supone que los 11 acusados trabajaban a sus &oacute;rdenes. De ellos habla primero el fiscal, que maneja miles de p&aacute;ginas de expediente que saca de la maleta con ruedas. Con su voz r&aacute;pida y a veces inentendible, se refiere a ellos para explicar el <em>modus operandi</em> de la clica. Muestran fotos de dos de las mujeres. Hera no aparece en&nbsp;ellas.
    </p><p class="article-text">
        Argumenta historias, datos, fechas, listas, sucesos, cr&iacute;menes. El turno de Hera llega cuando el fiscal calla y el juez regresa a El Voltio y a El Flaco varias veces m&aacute;s cuando lee el listado de visitas que reciben en la c&aacute;rcel. Esa es la clave, la evidencia de la que Hera tendr&aacute; muy complicado defenderse.&nbsp;Han pasado&nbsp;12 horas de audiencia, el aire acondicionado enfri&oacute; tanto la sala que la mujer se abriga con sus propios brazos y se le pone la piel de gallina. En esta vista judicial, el &uacute;nico que no habla de los l&iacute;deres de la clica es el abogado defensor de Hera. Habla poco porque sabe poco.
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        Seg&uacute;n la informaci&oacute;n en manos del juez y el fiscal, la primera vez que Hera fue a la c&aacute;rcel a ver a Julio C&eacute;sar Mej&iacute;a Garc&iacute;a, ese hombre con poder, ese tal El Voltio, fue en marzo de 2015.
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;les son los acusados que no han visitado a nadie en la c&aacute;rcel? Eso es un misterio. Es una informaci&oacute;n sin registrar en el expediente del caso. &ldquo;Las visitas carcelarias por s&iacute; solas no se pueden tomar como prueba&rdquo;, insistir&aacute; el juez Mynor Moto unos d&iacute;as despu&eacute;s de la audiencia.
    </p><p class="article-text">
        Las visitas carcelarias no cuentan como pruebas, pero s&iacute; como razones por las cuales los jueces, como Xitumul o Moto, deniegan la posibilidad de que las personas est&eacute;n libres mientras esperan que se celebre su juicio.
    </p><p class="article-text">
        El Ministerio P&uacute;blico no prueba nada de las funciones de Hera para la Mara Salvatrucha. La investigaci&oacute;n es deficiente, dice el juez Mynor Moto, desplegado en el sill&oacute;n de su oficina de la Torre de Tribunales, mientras revisa el expediente. Algunas partes son un copia y pega de los informes policiales, insiste. Ninguno de los tres testigos est&aacute; identificado, remarca. Todos los informes policiales, en los que se basa la Fiscal&iacute;a, los firma el mismo polic&iacute;a, apunta. Un superpolic&iacute;a, dice &ndash;con iron&iacute;a&ndash; el juez, mientras pasa las hojas,&nbsp;un poco resignado, en la tranquilidad de un juzgado a punto de terminar la jornada. Sabe que las investigaciones son pobres, que los recursos son pocos y la voluntad peque&ntilde;a.
    </p><p class="article-text">
        Por eso, elimin&oacute; para la mayor&iacute;a de los acusados los delitos de obstrucci&oacute;n extorsiva de tr&aacute;nsito y exacciones intimidatorias. Hera fue una de las beneficiadas. Un beneficio parcial, pues seguir&aacute; en prisi&oacute;n preventiva por asociaci&oacute;n il&iacute;cita, algo que le ser&aacute; muy dif&iacute;cil quitarse de encima.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Durante dos a&ntilde;os, Hera entr&oacute; registr&aacute;ndose como la novia de El Voltio. Los primeros cuatro meses de 2017, lo hizo como su esposa. Despu&eacute;s, volvi&oacute; a ser la novia y as&iacute; lo hizo hasta el &uacute;ltimo d&iacute;a de visita registrada, en marzo de 2018. En esa fecha, adem&aacute;s, ya estaba embarazada. Hera fue a verle a prisi&oacute;n 102 veces. Ciento dos veces. Cada d&iacute;a, hora y tiempo juntos quedaron marcados en una larga lista de registros que ahora se vuelven en su contra.
    </p><p class="article-text">
        La presencia de El Voltio ya no planea sobre la sala, ahora la aplasta. Termina con cualquier posibilidad de salir absuelta. Pese a su relaci&oacute;n con un l&iacute;der pandillero, una relaci&oacute;n de esta intensidad, no es suficiente para que la pandilla le pague un abogado que la defienda.
    </p><p class="article-text">
        Antes de las nueve de la ma&ntilde;ana del 20 de marzo de 2018, Hera entr&oacute; por &uacute;ltima vez a ver a El Voltio. Pasaron casi ocho horas juntos. Fue la visita n&uacute;mero 102. Fue un mes antes de ser detenida. Ella, acusada de ser la administradora de la extorsi&oacute;n en la clica de una pandilla enemiga de Estados Unidos,&nbsp;fue atendida por un defensor oficial que ni siquiera se aprendi&oacute; su nombre.
    </p><p class="article-text">
        <em>--</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Este reportaje forma parte de la serie 'Las colaboradoras', un proyecto period&iacute;stico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroam&eacute;rica. Una iniciativa de&nbsp;El Intercambio&nbsp;financiada por&nbsp;Internews.</em><a href="http://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio&nbsp;</a><a href="https://internews.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Internews</a>
    </p><p class="article-text">
        Texto: Rosario Marina, Elsa Cabria&nbsp;y Ximena Villagr&aacute;n /&nbsp;<em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Fotograf&iacute;as: Oliver de Ros /&nbsp;<em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Edici&oacute;n: Alberto Arce
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina, Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/guatemala_1_1722870.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 30 Jan 2019 21:18:38 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Esposadas a la Mara Salvatrucha]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Guatemala,Pandillas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Incriminada por su novio pandillero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/novia-testigo-sale-libre_1_1727577.html]]></link>
      <description><![CDATA[<div class="subtitles"><p class="subtitle">Hebe, una joven de 18 años, fue acusada por su novio de homicidio y de colaborar con la pandilla Barrio 18 Sureños, y absuelta después por la Justicia</p><p class="subtitle">La Fiscalía de El Salvador ha multiplicado por 15 el uso de la figura del testigo protegido en los últimos 11 años</p><p class="subtitle">Casos como el de la joven ilustran el uso desmedido de testimonios cuestionables como única prueba contra estas organizaciones criminales</p></div><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        El asesino dijo que el muerto, antes de muerto, estaba muy borracho.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a de Navidad de 2014, una mujer de&nbsp;70 a&ntilde;os fue a la Polic&iacute;a de su municipio a denunciar la desaparici&oacute;n de su hijo, de 40. Declar&oacute; que el hombre hab&iacute;a salido de su casa alrededor de las&nbsp;10 de la ma&ntilde;ana para ir a trabajar al centro de San Salvador, la capital de El Salvador. Alto, trigue&ntilde;o y de ojos caf&eacute;, llevaba camisa y pantal&oacute;n azules y una mochila negra. La anciana supo por vecinos que el d&iacute;a de la desaparici&oacute;n lo hab&iacute;an visto en la calle principal de su colonia y que hab&iacute;a sido amenazado por un pandillero del Barrio 18. No era la primera vez que le suced&iacute;a. Su otro hijo ya hab&iacute;a desaparecido en 2012. Desaparecido significa asesinado. La madre tem&iacute;a, con raz&oacute;n, que los pandilleros hubieran matado a ambos.
    </p><p class="article-text">
        Dos a&ntilde;os despu&eacute;s de la &uacute;ltima desaparici&oacute;n, la pareja de aquel desaparecido supo por la televisi&oacute;n que la Polic&iacute;a hab&iacute;a encontrado unas osamentas al fondo de un barranco de la colonia. Era el 24 de mayo de 2016. Junto a los huesos, hab&iacute;a una mochila negra, la misma que el hombre llevaba el d&iacute;a de su desaparici&oacute;n. La mujer fue a Medicina Legal, la instituci&oacute;n forense de El Salvador. El muerto de la tele era su muerto.
    </p><p class="article-text">
        Cuando la Fiscal&iacute;a entrevist&oacute; a la ya viuda del hombre, ella se&ntilde;al&oacute; a la posible culpable: la pandilla Barrio 18 Sure&ntilde;os, una escisi&oacute;n salvadore&ntilde;a del Barrio 18, una de las pandillas m&aacute;s grandes de Centroam&eacute;rica. El Gobierno decidi&oacute; aislar a los l&iacute;deres de las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha (MS) en las c&aacute;rceles para dificultar su organizaci&oacute;n. Lo logr&oacute;. La ruptura dentro de la 18 fue irreversible. A partir de 2006, nacieron dos facciones enemigas: Sure&ntilde;os, los que segu&iacute;an las normas de su pandilla en California, bajo &oacute;rdenes de veteranos deportados presos; y Revolucionarios, que buscaban tener una personalidad m&aacute;s local, sin &oacute;rdenes for&aacute;neas, cuyos l&iacute;deres estaban fuera de las c&aacute;rceles de El Salvador.
    </p><p class="article-text">
        Para 2016, aquel hijo desaparecido llevaba dos a&ntilde;os enterrado al fondo del barranco v&iacute;ctima de esa guerra intestina entre pandillas. La Fiscal&iacute;a ya lo sab&iacute;a, se lo hab&iacute;a dicho El testigo. Por eso la Polic&iacute;a fue a buscar los huesos. Ese testigo era miembro de la pandilla, fue uno de los tres asesinos y, en ese mismo caso, donde admiti&oacute; el asesinato, tambi&eacute;n acus&oacute; a 76 personas del Barrio 18 Sure&ntilde;os de participar en&nbsp;20 homicidios similares.
    </p><p class="article-text">
        Este tipo de testigo, el que delata, se llama criteriado en El Salvador. En los &uacute;ltimos 11 a&ntilde;os, 663 personas en ese pa&iacute;s obtuvieron una reducci&oacute;n de la pena y una residencia temporal a cambio de dar informaci&oacute;n, seg&uacute;n el tipo de negociaci&oacute;n mantenida con la Fiscal&iacute;a General de El Salvador. Su utilizaci&oacute;n es recurrente en los casos de pandillas: el testimonio de una sola persona es suficiente para que la Fiscal&iacute;a acuse a decenas de personas. El uso del testigo protegido se multiplic&oacute; por 15 en los &uacute;ltimos&nbsp;11 a&ntilde;os sin mucho &eacute;xito. El 54% de los informantes se ha retirado del programa.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;El declarante recibi&oacute; una llamada de Z donde le dec&iacute;a que en el pasaje el hermano de B andaba bien bolo [borracho], por lo que [el declarante] sali&oacute; de donde estaba con Hebe, dici&eacute;ndole que moviera [llevara] al hermano de B y que, cuando lo tuviera en una casa, le avisara. A los quince minutos le habl&oacute; que ya lo ten&iacute;a, estaba bien bolo, tanto as&iacute; que no se levantaba, siendo que Hebe se retira del lugar&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Informe de la Fiscal&iacute;a sobre la declaraci&oacute;n del testigo.</em>
    </p><p class="article-text">
        Hebe se llama de otra forma, pero por su seguridad, este ser&aacute; su alias y su nombre, el de la diosa griega de la juventud y la belleza eterna. Seg&uacute;n El testigo, despu&eacute;s de que Hebe se marchara, otros dos pandilleros llegaron a la casa. Entre los tres ahorcaron al hijo de la anciana,&nbsp;con las manos y con un cincho [cintur&oacute;n] hasta matarlo. Esperaron a que se hiciera de noche para sacarlo de la casa y lo lanzaron por el barranco que queda al final del pasaje [callej&oacute;n] donde estaban. Bajaron al fondo, cavaron un hoyo y lo enterraron.
    </p><p class="article-text">
        El 28 de mayo de 2016, el m&eacute;dico forense encontr&oacute; la cabeza del hombre por un lado y el esqueleto por el otro. La camisa estaba rota, llevaba pantal&oacute;n vaquero, ten&iacute;a la mand&iacute;bula rota y solo una zapatilla de deporte,&nbsp;la izquierda. En la bolsa peque&ntilde;a de la mochila negra hab&iacute;a una cartera con unas tarjetas de presentaci&oacute;n que no lograron identificar. Hac&iacute;a seis meses que estaba convirti&eacute;ndose en esqueleto.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El 16 de agosto de 2018, Hebe se puso de pie frente al juez con sus pantalones celestes, sus tenis, su camisa negra de manga larga y sus 19 a&ntilde;os. Estaba acusada de agrupaciones il&iacute;citas, lo que significa que se junt&oacute; con, al menos, dos personas para delinquir de manera temporal o permanente. Se juega ir a juicio y ser condenada a un m&iacute;nimo de tres a&ntilde;os de c&aacute;rcel.
    </p><p class="article-text">
        En la sala hay otras cinco amigas de su colonia. Viaj&oacute; con ellas porque tambi&eacute;n estaban acusadas. Su abogado particular pide al juez que ella pregunte al testigo. Los oscuros ojos con rimel de Hebe miran al testigo protegido, cubierto de pies a cabeza con una tela oscura, como el verdugo que le corta la cabeza.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Sabes qui&eacute;n te habla?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, no s&eacute; quien sos.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Fuimos pareja, &iquest;s&iacute; o no?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No.
    </p><p class="article-text">
        No lo dir&aacute; en la audiencia, pero Hebe dice antes y despu&eacute;s que El testigo, el criteriado, era su novio. El presunto novio la incrimin&oacute; y la acus&oacute; de participar en el homicidio del hijo de aquella anciana y la Fiscal&iacute;a, adem&aacute;s, la acus&oacute; de agrupaciones il&iacute;citas. Por eso pas&oacute; mes y medio en los calabozos&nbsp;de la Polic&iacute;a, tres meses en prisi&oacute;n preventiva y ocho meses m&aacute;s con obligaci&oacute;n de ir a firmar al juzgado cada 15 d&iacute;as hasta que sali&oacute; absuelta.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;En cuanto al delito de agrupaciones il&iacute;citas [...] es opini&oacute;n de la suscrita juez que tanto la existencia legal del delito como la participaci&oacute;n delincuencial de los procesados ha quedado demostrado por medio del dicho del testigo&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Resoluci&oacute;n de audiencia preliminar.</em>
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/126009"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><h3 class="article-text">El enamoramiento</h3><p class="article-text">
        &mdash;Muchacha, &iquest;no ha visto a los polic&iacute;as ah&iacute; arriba?
    </p><p class="article-text">
        La muchacha, que caminaba por su colonia, se gir&oacute;, lo mir&oacute;, lo reconoci&oacute;. &Eacute;l a ella, no.
    </p><p class="article-text">
        En un caf&eacute; de la zona de hoteles de San Salvador, en julio de 2018, la muchacha recuerda con sonrisa p&iacute;cara ese cruce de miradas de enero de 2016. Hebe dice que se conoc&iacute;an de ni&ntilde;os, pero que llevaban a&ntilde;os sin verse. A los meses de esas miradas, hubo una solicitud de amistad en Facebook aceptada. Y <em>likes</em> a muchas de las fotos de Hebe. Pero ella, que se esforzaba por &ldquo;ser buena&rdquo;, no quer&iacute;a nada con un pandillero. Lo dice ella.
    </p><p class="article-text">
        La muy cristiana evang&eacute;lica madre de Hebe y de otros dos varones, uno mayor que ella, otro mucho menor, puso una venta de pupusas, el plato t&iacute;pico de El Salvador, en su manzana. En una ocasi&oacute;n, el pandillero lleg&oacute; y le grit&oacute;. &ldquo;&iexcl;Suegra!&rdquo;. La mujer se qued&oacute; mir&aacute;ndole&nbsp;y le espet&oacute; muy seriamente: &ldquo;&iexcl;C&oacute;mo que suegra!&rdquo;. Esa vez y otras tantas entre enero y octubre, el pandillero pas&oacute; grit&aacute;ndole a Hebe ante la circunspecta mirada de la madre: &ldquo;Hebe, te amo&rdquo;. La noche del 12 de octubre de 2016, delante de la casa de ella, &eacute;l le pregunt&oacute; si quer&iacute;a&nbsp;salir con &eacute;l. &ldquo;Y yo me qued&eacute;: &iquest;Ah? Y le dije: 'S&iacute;, voy a andar con vos, as&iacute; de repente&rdquo;, recuerda Hebe con inocente iron&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;El testigo identifica en su entrevista &uacute;nicamente con el al&iacute;as Hebe [a la persona], a quien describe de la siguiente manera: color de piel blanca, color de cabello negro y estilo largo, complexi&oacute;n delgada, estatura un metro cincuenta aproximadamente, 18 a&ntilde;os. La conoce desde el a&ntilde;o 2008, y desde el 2014 colabora con la pandilla hasta ahora. Las funciones que realiza, le postea [vigila] al hermano que es civil activo de la pandilla, porque como el hermano es civil y ya ha matado, y est&aacute; a punto de brincarse [entrar en la pandilla], le mueve [esconde] las armas de fuego al hermano&hellip;&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Informe sobre la declaraci&oacute;n del testigo.</em>
    </p><p class="article-text">
        Hebe es como la describe El testigo en su relato a la Fiscal&iacute;a. De esas personas delgadas que tienen cara redonda, granulosa sin granos, de labios finos, p&aacute;lida. Sin ser consciente de que tres personas la observan, se apoya en el mostrador de una oficina del centro judicial Isidro Men&eacute;ndez, en San Salvador, un bochornoso d&iacute;a de finales de julio. El aire acondicionado est&aacute; alt&iacute;simo. Dice su nombre al funcionario. Su&nbsp;camiseta blanca de corazones rosas transparenta un&nbsp;sujetador&nbsp;azul claro. El pantal&oacute;n de lona se ajusta a su cuerpo adolescente.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Las tres personas la reconocemos porque estamos sentadas detr&aacute;s revisando las tres cajas de archivadores que acumulan su expediente. En los archivos, aparece su foto, igual que la de muchos de los otros 76 acusados en 20 homicidios a los que El testigo inculp&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        El encuentro es fortuito, pero Hebe reaccion&oacute; con normalidad cuando le explicamos por qu&eacute; quer&iacute;amos hablar con ella. Estaba en esa oficina porque desde diciembre de 2017, cuando la jueza le concedi&oacute; la libertad provisional, cada 15 d&iacute;as va en bus con su mam&aacute; al juzgado a firmar.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El mismo a&ntilde;o en que entr&oacute; en funcionamiento el programa de protecci&oacute;n de testigos, las pandillas prohibieron que las mujeres en El Salvador fueran pandilleras. Hasta ese a&ntilde;o, 2006, hab&iacute;a mujeres con poder de mando en las reuniones de toma de decisi&oacute;n y coordinaci&oacute;n en ambas pandillas. Pero fueron expulsadas por falta de confianza.
    </p><p class="article-text">
        La sospecha vino porque algunas eran informantes de la Polic&iacute;a y de la Fiscal&iacute;a. &ldquo;Cuando hab&iacute;a rupturas [sentimentales con pandilleros], eran m&aacute;s vulnerables a dar informaci&oacute;n, sabiendo que hab&iacute;an cometido delitos, prefer&iacute;an colaborar con la Justicia, pensaban m&aacute;s en sus hijos&rdquo;, dice Guadalupe Echeverr&iacute;a, jefa de la Unidad Especializada Antipandillas.
    </p><p class="article-text">
        Las mujeres se convirtieron en testigos criteriados. Ante lo que se consideraba una falta de lealtad, hubo castigos: algunas violadas, algunas asesinadas. Sin embargo, la l&oacute;gica pandillera contrasta con la realidad: el 65% de los testigos del programa de protecci&oacute;n hasta diciembre de 2017 han sido hombres.
    </p><p class="article-text">
        En 2006, una l&iacute;der del Barrio 18 se convirti&oacute; en alias Joker, testigo criteriada de la Fiscal&iacute;a. Su pandilla mat&oacute; a unos familiares suyos y ella decidi&oacute; colaborar. Durante tres a&ntilde;os, apoy&oacute; en la desarticulaci&oacute;n y condena de cuatro c&eacute;lulas locales de San Salvador. Su caso fue el detonante del fin de la mujer pandillera. As&iacute; lo sostiene Echeverr&iacute;a, quien con voz suave y tono acad&eacute;mico, es experta en violencia pandillera.
    </p><p class="article-text">
        Mientras la Fiscal&iacute;a investigaba a la quinta c&eacute;lula, alias Joker fue asesinada. En 2009, la pandilla le hizo &ldquo;el pase del amigo&rdquo;: una amiga la convenci&oacute; para salir un rato de la casa refugio donde viv&iacute;a oculta para juntarse con alguien en el municipio de Santa Ana y la mataron.
    </p><p class="article-text">
        Desde que El Salvador instaur&oacute; el uso de testigos criteriados en 2006, en ning&uacute;n a&ntilde;o las mujeres han sido m&aacute;s del 35% de los testigos, pero son las que perdieron la confianza de arriba.
    </p><p class="article-text">
        Ellas pasaron a ocupar un nuevo rol, puramente log&iacute;stico, en el nivel m&aacute;s bajo de la pandilla, como colaboradoras. No tienen acceso a reuniones o coordinaciones ni dan &oacute;rdenes. Las colaboradoras cobran y llevan dinero, guardan y mueven armas. Prestan cuentas, ejercen de testaferros para recibir y enviar remesas internacionales. Roban. Matan. Igual que los hombres colaboradores. Pero est&aacute;n lejos de los l&iacute;deres.
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <div class="flourish-embed" data-src="visualisation/125991"></div><script src="https://public.flourish.studio/resources/embed.js"></script>
    </figure><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de firmar en el juzgado, apretujada en una mesa de un restaurante de comida r&aacute;pida al que accede ir junto a su mam&aacute; a petici&oacute;n de las periodistas, Hebe se muestra callada. Habla m&aacute;s&nbsp;la&nbsp;madre. Habla m&aacute;s, aunque ella sonr&iacute;e cuando la mam&aacute; evang&eacute;lica&nbsp;charla sobre El testigo. &ldquo;Era el asesino de la colonia&rdquo;, dice la mujer&nbsp;sin miramientos. Y Hebe se ruboriza silenciosa.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Por qu&eacute; te fijaste en un pandillero?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ni yo s&eacute;, quiz&aacute; a las ni&ntilde;as fresas [pijas] les gustan los malos. Yo dec&iacute;a: 'Uy, no, yo no voy a andar con uno de esos jam&aacute;s, &iquest;va?' Pero los jamases llegan &mdash;dijo cuatro d&iacute;as despu&eacute;s, ri&eacute;ndose, cuando su mam&aacute; no la est&aacute; escuchando.
    </p><h3 class="article-text">La detenci&oacute;n</h3><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Observando detenidamente las fotograf&iacute;as del pliego, el testigo se&ntilde;ala que la fotograf&iacute;a n&uacute;mero 1, la cual corresponde a la se&ntilde;ora Hebe, manifestando que la conoce por el al&iacute;as, es colaboradora de la pandilla 18, y particip&oacute; en el homicidio del hermano de B&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>Informe de la Fiscal&iacute;a sobre la declaraci&oacute;n del testigo.</em>
    </p><p class="article-text">
        A las 2:35 de la madrugada de un d&iacute;a de finales de julio de 2017, cuatro polic&iacute;as subieron las tres escaleras de la entrada y tocaron a una puerta pintada de celeste, bajo un balc&oacute;n blanco, en una casa tambi&eacute;n celeste, con techo de l&aacute;mina.
    </p><p class="article-text">
        Abri&oacute; el padre de Hebe. Llegaron para detener a su hija, acusada de homicidio y agrupaciones il&iacute;citas. Cuando le pidieron que los acompa&ntilde;ara para hacer el registro de la casa, accedi&oacute;. Dentro estaban Hebe y su madre. No encontraron ning&uacute;n objeto il&iacute;cito. As&iacute; lo escribi&oacute; un polic&iacute;a en su informe. Hebe pidi&oacute; tiempo para cambiarse porque estaba con pantalones cortos y un top y dice, un a&ntilde;o despu&eacute;s, que los polic&iacute;as aceptaron a rega&ntilde;adientes.
    </p><p class="article-text">
        El pap&aacute; es un hombre al que no vamos a conocer. Muy presente en las palabras de Hebe pero ausente en el tiempo que ella pas&oacute; en prisi&oacute;n y en sus visitas al juzgado porque tiene que trabajar. Primero evang&eacute;lico, luego alcoh&oacute;lico, luego evang&eacute;lico de nuevo. Es el hombre que le pidi&oacute; a su &uacute;nica hija que no tuviera malas&nbsp;compa&ntilde;&iacute;as, el que sac&oacute; a su familia un a&ntilde;o y medio de su colonia para huir de la violencia, el mismo que golpe&oacute; a sus hijos durante esos a&ntilde;os.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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        Durante la detenci&oacute;n, un polic&iacute;a advirti&oacute; a Hebe que se preparara, que all&aacute; iba a hacer fr&iacute;o. All&aacute; era la c&aacute;rcel. &ldquo;Ta' <em>g&uuml;eno</em>&rdquo;, le respondi&oacute; antes de ir a su cuarto a ponerse unas mallas, una camisa de manga larga, unos&nbsp;vaqueros y calcetines. En su habitaci&oacute;n, se dio cuenta de que su hermano peque&ntilde;o, cuya presencia los polic&iacute;as no atisbaron, la observaba.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; te pasa? Dormite.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Para d&oacute;nde vas? &iquest;Por qu&eacute; te est&aacute;s cambiando?
    </p><p class="article-text">
        Hebe abre la puerta y le se&ntilde;ala al polic&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; hace ese hombre ah&iacute;, vos?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ya voy a venir.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Para d&oacute;nde vas?.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Ya voy a venir.
    </p><p class="article-text">
        Hebe no volvi&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        Hebe pas&oacute; fr&iacute;o.
    </p><p class="article-text">
        Cuatro a&ntilde;os antes de pasar fr&iacute;o, cuando ten&iacute;a 14, Hebe y su hermano mayor, &ndash;acusado por El testigo de otro asesinato y agrupaciones il&iacute;citas, pero absuelto&ndash;, tuvieron que abandonar la escuela p&uacute;blica donde estudiaban, porque estaba en la parte alta de su colonia, territorio de la Mara Salvatrucha. Como consecuencia, su padre se llev&oacute; un a&ntilde;o y medio a la familia a vivir a otro lugar. El barrio en el que la familia ha vivido casi toda su vida es parte de uno de los municipios hist&oacute;ricamente m&aacute;s peligrosos del &aacute;rea metropolitana de El Salvador.
    </p><p class="article-text">
        En El Salvador es complicado entrar en centenares de barrios. El lema 'Ver, o&iacute;r y callar' se respeta en los barrios y se rompe fuera de ellos. Hebe cambia tres veces el punto donde la vamos a recoger para la entrevista, cerca de su colonia. Desde que la conocimos, el pacto fue hablar fuera de su municipio, no quiere que entremos en su colonia. No quiere que la vean con desconocidos.
    </p><p class="article-text">
        La localidad donde vive fue parte del grupo de 18 municipios que, en 2013, cuando el Gobierno pact&oacute; una tregua de fin a la sangre con las pandillas, fue declarado libre de violencia. Un eufemismo para decir que las pandillas no se iban a agredir ni entre s&iacute; ni a nadie en ese territorio.
    </p><p class="article-text">
        Seis meses dur&oacute; la espectacular bajada de homicidios&nbsp;&ndash;que redujo a menos de la mitad la cantidad de asesinatos en El Salvador, que estaba entre los tres pa&iacute;ses m&aacute;s violentos del mundo&ndash;, hasta que un gobierno acorralado por haber ocultado su papel principal en la negociaci&oacute;n y un creciente n&uacute;mero asesinados de las dos pandillas debilitaron la tregua. Aunque se sumaron instituciones internacionales y otras pandillas de menor peso a las reuniones, de poco sirvi&oacute;. El gobierno siguiente enterr&oacute; la tregua. Desde entonces, es el pa&iacute;s m&aacute;s homicida del mundo.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; cambi&oacute; en la colonia para que despu&eacute;s pudieran regresar?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No cambi&oacute; nada &mdash;dice.
    </p><p class="article-text">
        Hebe regres&oacute; a su colonia porque, dice, no ten&iacute;a sentido que pagaran un alquiler cuando ten&iacute;an una casa en propiedad. Ella tuvo que terminar los estudios b&aacute;sicos y parte de bachillerato en un colegio privado, en la parte baja de la colonia, creado por maestros que antes trabajaban en el colegio de arriba, donde su hermano peque&ntilde;o s&iacute; pudo seguir estudiando. Dice que pandilleros de la Mara Salvatrucha llamaron a su pap&aacute; para que ella no volviera a subir. Menos a&uacute;n cuando los contrarios, como ella dice, se enteraron de que su novio era 18.
    </p><p class="article-text">
        Un 28 de diciembre de 2016, dos a&ntilde;os despu&eacute;s de regresar a la colonia, dos meses despu&eacute;s de empezar a salir con El testigo, tras la pelea con su pap&aacute;, termin&oacute; con Hebe mud&aacute;ndose a casa de su novio, El testigo. Sus pap&aacute;s dejaron de hablarle los dos primeros meses de 2017. No quer&iacute;an que estuviera con &eacute;l, pero continuaron pagando sus estudios. Despu&eacute;s, cuando El testigo se reun&iacute;a en su casa con sus pandilleros, ella dice que sol&iacute;a irse a la casa familiar. Sus padres cedieron ante la relaci&oacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Ella pas&oacute; mucho tiempo sola en la casa de su marido, que es como se refiere a su novio. El testigo compraba la comida y, ella aprendi&oacute; a cocinar para dos, nunca para los pandilleros visitantes. &ldquo;No era la chacha [empleada dom&eacute;stica] de nadie, solo de &eacute;l y m&iacute;a&rdquo;, dice Hebe dos a&ntilde;os despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Dice que no hizo favores ni trabajos para el Barrio 18 Sure&ntilde;os, pero El testigo le daba unos 30 d&oacute;lares diarios para comprarse lo que ella quisiera. El dinero lo guardaba su mam&aacute;. Al mes eran 750 d&oacute;lares, m&aacute;s del doble del salario m&iacute;nimo de El Salvador. Su hermano mayor llegaba a visitar y a fumar marihuana con El testigo. A cambio, posteaba &ndash;avisar si llega la Polic&iacute;a&ndash;.
    </p><p class="article-text">
        La novia acept&oacute; dinero de la pandilla para vivir, la madre guard&oacute; el dinero de su hija que proven&iacute;a de la pandilla, el hermano hizo favores a la pandilla, el padre toler&oacute; la relaci&oacute;n de su hija con un miembro de la pandilla. En una sociedad violenta, la pandilla es una cosa y la gente es otra. En esta familia, todos se sienten ajenos al Barrio 18 Sure&ntilde;os, pero la relaci&oacute;n existe porque los l&iacute;mites no est&aacute;n definidos.
    </p><h3 class="article-text">El tatuaje</h3><p class="article-text">
        El testigo ten&iacute;a una memoria privilegiada, aparentemente. Cont&oacute; c&oacute;mo entr&oacute; en 2007 a la pandilla y c&oacute;mo fue creciendo su clica &ndash;c&eacute;lula local pandillera&ndash;. En su declaraci&oacute;n, recordaba en qu&eacute; a&ntilde;o conoci&oacute; a cada uno de los pandilleros y colaboradores, como Hebe. Describi&oacute; altura, peso, marcas, tatuajes y raz&oacute;n por la que los conoc&iacute;a, desde qu&eacute; a&ntilde;o estaban con la pandilla y cu&aacute;l era su funci&oacute;n. De cada uno de los 76 acusados por la Fiscal&iacute;a. Una memoria infalible, pero de casi todos, solo dijo saber sus apodos.
    </p><p class="article-text">
        Diez a&ntilde;os despu&eacute;s de convertirse en 18 sure&ntilde;o, El testigo vendi&oacute; a toda su clica y a presuntos colaboradores acus&aacute;ndolos de asesinato. Tambi&eacute;n vendi&oacute; a su novia por presuntamente ayudar a asesinar al hombre de la mochila negra, en 2014. Pero a lo largo de tres gruesos&nbsp;archivadores,&nbsp;El testigo nunca dijo que Hebe fue su novia. Es ella quien dice hoy que &ldquo;anduvo acompa&ntilde;ada&rdquo; por &eacute;l.
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        Para entender el funcionamiento, la jerarqu&iacute;a, y el territorio que controla una estructura pandillera, El testigo criteriado tiene que haber estado dentro de la organizaci&oacute;n criminal. Por eso, la Fiscal&iacute;a salvadore&ntilde;a lleva m&aacute;s de una d&eacute;cada apoy&aacute;ndose en este tipo de informantes.
    </p><p class="article-text">
        El problema es que en decenas de casos, como sucede en el de Hebe, El testigo interesado en obtener reducci&oacute;n de condena y beneficios especiales, es la &uacute;nica fuente de informaci&oacute;n. La instituci&oacute;n no contrasta los datos que obtiene y muchos casos se caen antes de llegar a juicio por falta de pruebas. Como ocurri&oacute; con Hebe, absuelta por un juez.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Hay muchos casos en los que no se verifica la informaci&oacute;n&rdquo;, admite la fiscal Echeverr&iacute;a, experta en pandillas. Pero exime de culpas a su unidad y responsabiliza a la instituci&oacute;n que les nutre de pruebas. &ldquo;El problema es la investigaci&oacute;n de la Polic&iacute;a Nacional Civil; muchas veces en aras de sacar de circulaci&oacute;n [de las calles] a cualquiera, ha creado perfiles delincuenciales de personas que no pertenec&iacute;an a pandillas. Ya hemos tenido casos delicados, se ha procesado a personas inocentes&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        <em>&ldquo;Se interroga al testigo en el sentido de que describa a la persona, manifestando que es de estatura 160, color de piel blanca, color de ojos no recuerda, cabello color negro, de textura algo acolochado [rizado], de complexi&oacute;n f&iacute;sica algo delgada, agregando que no conoce el nombre, pero conoce el al&iacute;as, Hebe. As&iacute; mismo se formulan las siguientes preguntas: &iquest;Posee marcas? No, &iquest;Posee tatuajes? No, &iquest;Posee lentes? No&rdquo;.</em>
    </p><p class="article-text">
        <em>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Reconocimiento en rueda del testigo a Hebe</em>
    </p><p class="article-text">
        El 12 de diciembre de 2017, Hebe y su hermano lograron la libertad provisional. Para ese momento, por un fallo de la Fiscal&iacute;a, en su expediente solo constaba el delito de agrupaciones il&iacute;citas, ya no el de homicidio. Las mujeres representan el 10% de todos los capturados en El Salvador en los &uacute;ltimos seis a&ntilde;os. Aunque no es un delito estrictamente vinculado al fen&oacute;meno pandillero, agrupaciones il&iacute;citas es el segundo delito m&aacute;s cometido de todos los detenidos entre 2012 y 2017, los a&ntilde;os m&aacute;s sanguinarios de las pandillas.
    </p><p class="article-text">
        Entre los documentos que sirvieron para evidenciar que no iba a huir del pa&iacute;s, el abogado de Habe present&oacute; su cuaderno de ciencias naturales de bachillerato y un diploma de participaci&oacute;n y constancia de buena conducta emitido por el centro de estudios de la iglesia evang&eacute;lica a la que asiste.
    </p><p class="article-text">
        A la hora del almuerzo de un d&iacute;a de julio de 2018, Hebe no come nada. No aparenta nervios, solo no quiere comer en el restaurante al que la llevamos para conversar. No suelta el&nbsp;m&oacute;vil&nbsp;aunque no va a hablar por tel&eacute;fono. La hija de la madre seria y evang&eacute;lica aparenta la misma seriedad en versi&oacute;n juvenil. Pero es apariencia. Con su dulzura posadolescente, Hebe habla mucho cuando tiene ganas de charlar.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Qu&eacute; crees que buscabas en el malo?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Como la rebeld&iacute;a que quer&iacute;a, porque iba enojada con mi pap&aacute;. Quiz&aacute; despu&eacute;s de acompa&ntilde;arme [por mi novio] fue... no s&eacute;&hellip; Siento en m&iacute; que me pod&iacute;a defender sola, me met&iacute; en problemas en la colonia y jam&aacute;s le dije nada.
    </p><p class="article-text">
        Hebe habla dulcemente de las tres veces que se meti&oacute; en problemas por &eacute;l. Fue por celos, dice, porque &eacute;l estaba con ella. Y con otras tres. No callaban la relaci&oacute;n con El testigo. Le hablaban para advertirle de que cada una de ellas era la novia real.
    </p><p class="article-text">
        Hebe estrell&oacute; el&nbsp;tel&eacute;fono del novio contra la pared tras encontrar fotos con otra.
    </p><p class="article-text">
        Agarr&oacute; a una mujer del pelo y le dio una paliza delante de &eacute;l. Empuj&oacute; a otra m&aacute;s por las gradas de una cancha de f&uacute;tbol.
    </p><p class="article-text">
        P&iacute;cara, dice que dej&oacute; dos veces a su novio. D&iacute;as antes de la definitiva, poco antes de ser detenida, El testigo llam&oacute; a Hebe. Ella sali&oacute; de casa de su mam&aacute; y fue a la casa de &eacute;l. Eran las dos de la tarde, estaban solos. &ldquo;Te tengo una pregunta&rdquo;, le dijo &eacute;l antes de echarse a re&iacute;r. &ldquo;&iquest;No me ten&eacute;s miedo?&rdquo;, le&nbsp;pregunt&oacute;.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;No, no te tengo miedo&rdquo;, recuerda hoy que le respondi&oacute;, muy extra&ntilde;ada. No entiende por qu&eacute; le hizo esa pregunta. &ldquo;Porque pa' fuera, &eacute;l lo sab&iacute;a todo, un machito y as&iacute;, pero conmigo en la casa por cualquier cosa lloraba, bien chill&oacute;n, bien fres&oacute;n&rdquo;. Por qu&eacute; le iba a tener miedo, se pregunta en voz alta mientras manosea su celular.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        Cuando en junio de 2017, Hebe fue detenida, la Polic&iacute;a le pregunt&oacute; si conoc&iacute;a al asesinado, al due&ntilde;o de la mochila negra, enterrado en un barranco en 2014. Dice que no ten&iacute;a idea de qui&eacute;n era ni uno ni otro. Le preguntaron si &ldquo;hizo favor&rdquo; a los tres asesinos para que lo mataran. Dijo que no. Fue su pap&aacute;, cuando ella estaba en las celdas policiales, quien le dijo por tel&eacute;fono qui&eacute;n era el muerto.
    </p><p class="article-text">
        Esta historia de muerte y amores muestra vidas paralelas, no convergentes. Al cruzar el expediente del caso y el relato de Hebe, El testigo es y no es novio. Solo existe un detalle en el que est&aacute;n de acuerdo: el por qu&eacute; del asesinato en el que la involucr&oacute;. &ldquo;Lo mataron porque andaba bolo y empez&oacute; a gritarle a todos los bichos [j&oacute;venes] de ah&iacute;&rdquo;, dice Hebe que le contaron en la colonia.
    </p><p class="article-text">
        ***
    </p><p class="article-text">
        El 16 de agosto de 2018, Hebe se levanta a las cinco de la ma&ntilde;ana sin saber que va a enfrentarse al hombre vestido de verdugo, El testigo. El abogado le insiste en que pregunte al testigo. No quiere, est&aacute; indecisa, pero pens&aacute;ndolo bien, ella sabe c&oacute;mo probar, con una sola pregunta, que El testigo miente:
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ten&eacute;s un 18 en el pecho?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Volveme a repetir la pregunta.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Ten&eacute;s un 18 en el pecho?
    </p><p class="article-text">
        &mdash;S&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Gracias, eso es todo.
    </p><p class="article-text">
        El d&iacute;a en el que todos los acusados salieron libres es el mismo en el que Hebe se convirti&oacute; p&uacute;blicamente en la novia negada del pandillero que vendi&oacute; a los suyos.
    </p><p class="article-text">
        --
    </p><p class="article-text">
        <em>Este reportaje forma parte de la serie 'Las colaboradoras', un proyecto period&iacute;stico sobre el papel actual de las mujeres en las pandillas de Centroam&eacute;rica. Una iniciativa de&nbsp;El Intercambio&nbsp;financiada por&nbsp;Internews.</em><a href="http://elintercamb.io/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">El Intercambio&nbsp;</a><a href="https://internews.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Internews</a>
    </p><p class="article-text">
        Texto: Elsa Cabria, Ximena Villagr&aacute;n y Rosario Marina / <em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Fotograf&iacute;as: Oliver de Ros / <em>El Intercambio</em>
    </p><p class="article-text">
        Edici&oacute;n: Alberto Arce
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Elsa Cabria, Ximena Villagrán, Rosario Marina, Alberto Arce]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/novia-testigo-sale-libre_1_1727577.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Jan 2019 20:25:53 +0000]]></pubDate>
      <media:title><![CDATA[Incriminada por su novio pandillero]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[El Salvador,Pandillas]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La historia de la 'seño' Quimey, la profesora trans que hizo su transición en medio del curso escolar en Argentina]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/seno-quimey_1_1793124.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/9db7857b-4988-4c77-aaef-11d7c58d973a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Quimey Ramos, durante una clase de bachillerato."></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Antes de empezar el año 2017, Quimey aún era Tomás para sus alumnos de primaria, a los que un día les presentó su nueva identidad</p><p class="subtitle">La joven, convertida en un icono entre los docentes trans del país, imparte ahora clases en una escuela de educación secundaria creada para que las personas LGTB puedan estudiar</p></div><p class="article-text">
        Quimey Ramos se&nbsp;sent&iacute;a&nbsp;disfrazada. Todos los d&iacute;as, llegaba a su trabajo, en una escuela primaria de una peque&ntilde;a ciudad de la provincia de Buenos Aires, a dar clases de ingl&eacute;s a ni&ntilde;os que no superan los doce a&ntilde;os. Pero no se pod&iacute;a poner la ropa que quer&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Un d&iacute;a de diciembre de 2016,&nbsp;tras meses de decisi&oacute;n, de cont&aacute;rselo primero al director y despu&eacute;s a otros profesores, dej&oacute; el disfraz en su casa. Ya no iba a salir m&aacute;s vestida de var&oacute;n. Un poco de r&iacute;mel, el cabello corto&nbsp;peinado para atr&aacute;s con las gafas de sol y un babi. As&iacute; lleg&oacute;. Quer&iacute;a hacerlo en el momento de la oraci&oacute;n de la bandera, el inicio del d&iacute;a, pero no pudo porque lleg&oacute; tarde. Estaba nerviosa.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Mi conocimiento sobre la realidad&nbsp;trans&nbsp;y travesti era que&nbsp;era una situaci&oacute;n de riesgo para mi <em>statu quo</em>. Sent&iacute;a que se pon&iacute;an en riesgo mis v&iacute;nculos familiares y mi trabajo. Ten&iacute;a miedo de las posibles denuncias de padres, compa&ntilde;eros. De las violencias&rdquo;, dice Quimey casi dos a&ntilde;os despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        Eran unos 30 alumnos los que estaban desayunando en el comedor y la escucharon. Primero, la vieron. Le preguntaron &ldquo;por qu&eacute; ven&iacute;a vestido as&iacute;&rdquo;. A&uacute;n nadie sab&iacute;a que se llamaba Quimey, un nombre de ra&iacute;z ind&iacute;gena que no tiene g&eacute;nero.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Bueno, chicas, chicos, ustedes me conocieron como el profe Tom&aacute;s, pero yo ahora elijo ser la se&ntilde;orita Quimey. Porque, por suerte, esto es algo que se puede elegir, es una decisi&oacute;n. No la hago porque me sienta mal, al contrario. A m&iacute;, poder tomar esta decisi&oacute;n me hace muy feliz. Yo lo hago para ser feliz.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;&iquest;Eso significa que sos puto [maric&oacute;n]?&mdash; le dijo un alumno. La pregunta se repetir&iacute;a muchas veces despu&eacute;s.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;No, lo que ustedes nombran como 'puto' son aquellos chicos&nbsp;a los que les gustan otros chicos. No es lo mismo que ser&nbsp;trans. No soy una chica porque me gusten los chicos. Soy una chica porque me gusta ser una chica.
    </p><p class="article-text">
        La Ley de Identidad de G&eacute;nero, sancionada el 9 de mayo de 2012 en Argentina, establece que todas las personas que lo deseen pueden &ldquo;solicitar la rectificaci&oacute;n registral del sexo, y el cambio de nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de g&eacute;nero autopercibida&rdquo;.
    </p><p class="article-text">
        Desde mayo de 2012 hasta octubre de 2018, 7.213 personas se cambiaron el nombre y el g&eacute;nero en el Documento Nacional de Identidad. Casi el 80% lo hizo pasando de g&eacute;nero masculino a femenino, como esta profesora de primaria.&nbsp;112&nbsp;ni&ntilde;os y ni&ntilde;as que no se sent&iacute;an identificados con el g&eacute;nero asignado al nacer pidieron y lograron, con autorizaci&oacute;n de sus tutores, la modificaci&oacute;n del DNI.
    </p><p class="article-text">
        Adem&aacute;s de los n&uacute;meros sobre los cambios del documento de identidad, no hay apenas informaci&oacute;n oficial sobre la vida de las personas&nbsp;trans&nbsp;en Argentina. El &uacute;nico informe que recoge los cambios en la calidad de vida de esta poblaci&oacute;n en relaci&oacute;n a la Ley de Identidad de G&eacute;nero es&nbsp;<a href="https://www.huesped.org.ar/wp-content/uploads/2014/05/OSI-informe-FINAL.pdf" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">uno realizado en el a&ntilde;o 2013</a> por la Fundaci&oacute;n Hu&eacute;sped con ATTTA (Asociaci&oacute;n de Travestis Transexuales y Transg&eacute;neros de Argentina).
    </p><p class="article-text">
        En&nbsp;&eacute;l, conclu&iacute;an que la ley &ldquo;est&aacute; generando un impacto notoriamente positivo en las condiciones y calidad de vida de estas personas&rdquo;. Varios organismos reconocen la ausencia de datos oficiales sobre la situaci&oacute;n de estas personas y han acordado realizar de forma conjunta la primera encuesta sobre la poblaci&oacute;n trans en Argentina, pero a&uacute;n no se ha elaborado.&nbsp;
    </p><h3 class="article-text">Profesora en un colegio&nbsp;para menores trans</h3><p class="article-text">
        Quimey naci&oacute; en La Plata, la capital de la provincia m&aacute;s poblada de Argentina. Tiene 23 a&ntilde;os y en 2017, un a&ntilde;o despu&eacute;s de su transici&oacute;n, se qued&oacute; sin trabajo. Pod&iacute;a dar clases como suplente en las escuelas por haber ido durante muchos a&ntilde;os a un instituto de ingl&eacute;s. Sin embargo,&nbsp;una circular de la gobernadora&nbsp;orden&oacute;&nbsp;que todas las docentes suplentes que no estuvieran estudiando&nbsp;ten&iacute;an&nbsp;que dejar su cargo, por lo que&nbsp;no pudo seguir dando&nbsp;clases de ingl&eacute;s a la escuela donde hizo su cambio p&uacute;blico, donde le preguntaron &ldquo;si era puto&rdquo;, donde pudo explicar qui&eacute;n es realmente.&nbsp;Algunos padres rechazaron la idea, pero&nbsp;la&nbsp;aceptaci&oacute;n del director de&nbsp;la&nbsp;escuela fue clave para ella.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando Quimey se qued&oacute; sin trabajo, Marlene Wayar, una conocida activista&nbsp;trans, le dijo que&nbsp;hab&iacute;a una vacante&nbsp;en&nbsp;la Secretaria Acad&eacute;mica del Bachillerato Popular&nbsp;Trans&nbsp;Mocha Celis, una escuela de educaci&oacute;n secundaria en la ciudad de Buenos Aires, a 70 kil&oacute;metros de donde vive la joven. Un espacio creado para que las personas trans&nbsp;y travestis puedan estudiar.
    </p><p class="article-text">
        Aunque existan cr&iacute;ticas hacia este colegio por considerar que corre el riesgo de formar un &ldquo;gueto&rdquo;, ellas no lo ven as&iacute;. El sistema educativo formal en Argentina, defienden, las expulsa. Desde antes de la ley, y a&uacute;n despu&eacute;s, es dif&iacute;cil que a un ni&ntilde;o o a una ni&ntilde;a trans se le permita vestirse&nbsp;de forma diferente a la tradicionalmente reservada para el sexo que les fue asignado al nacer.
    </p><p class="article-text">
        En este colegio de educaci&oacute;n secundaria hay unos 100 estudiantes y no todos pertenecen al colectivo&nbsp;trans. Es una escuela reconocida por el Estado, pero no recibe dinero p&uacute;blico. La financiaci&oacute;n&nbsp;llega de la mano de docentes y directivos.
    </p><p class="article-text">
        Al lado de una estaci&oacute;n de trenes en un barrio de Buenos Aires hay una reja. En una pared est&aacute; el cartel del Mocha Celis, pero no dice en qu&eacute; piso del edificio est&aacute;, tampoco hay un timbre. Es solo cuesti&oacute;n de esperar que alguien abra, preguntar por la escuela y subir a la quinta planta.
    </p><p class="article-text">
        Un cartel en una puerta pide silencio. Un par de mesas, un sill&oacute;n derruido y cuatro sillas forman el espacio com&uacute;n. Una peque&ntilde;a ventana rectangular es la cafeter&iacute;a, donde una se&ntilde;ora vende s&aacute;ndwiches de milanesa o tarta de chocolate, en un patio cerrado rodeado de puertas. A la derecha hay tres aulas: de primero, segundo y tercer a&ntilde;o, donde se ven y escuchan lecciones y estudiantes.
    </p><p class="article-text">
        Quimey &ndash;bermudas vaqueras, una camisa de flores, flequillo te&ntilde;ido de verde&ndash; llega desde La Plata. Ha cogido&nbsp;un bus y un metro, tarda dos horas.&nbsp;Lo hace tres veces por semana.
    </p><p class="article-text">
        Las luchas sociales del pa&iacute;s est&aacute;n en las paredes: la legalizaci&oacute;n del aborto, &ldquo;No al FMI&rdquo;, la exigencia de &ldquo;justicia para Santiago Maldonado&rdquo;, el sello de una organizaci&oacute;n que protege a los&nbsp;menores&nbsp;pobres que son hostigados por la Polic&iacute;a y un mensaje de Lohana Berkins, la activista&nbsp;trans&nbsp;argentina que ide&oacute; este espacio.
    </p><figure class="ni-figure">
        
                                            






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                </figure><p class="article-text">
        &ldquo;Esto es un colegio. Pero no uno com&uacute;n. En otro colegio puede ser que te discriminen porque ten&eacute;s una identidad disidente. Ac&aacute; vos ten&eacute;s un sal&oacute;n de clases donde compart&iacute;s con un chico&nbsp;trans, una chica&nbsp;trans, un queer, bisexual. Es un colegio de inclusi&oacute;n&rdquo;, dice Viviana, una mujer trans&nbsp;de 48 a&ntilde;os. Este colegio tiene frases de Herman Hesse, de Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez, de Lohana Berkins. Distribuyen preservativos gratis en el patio.&nbsp;Los estudiantes van de los 16 hasta pasados los 60 a&ntilde;os.
    </p><p class="article-text">
        El texto que trabaja hoy Quimey en su clase no es de ingl&eacute;s. Aqu&iacute; imparte una asignatura de&nbsp;Sociales. Hoy hablan de patriarcado, del rol hist&oacute;rico de la mujer. Unos toman mate, otra lee su trabajo. Est&aacute;n sentados en&nbsp;c&iacute;rculo. Debaten con energ&iacute;a, aunque ya sea la &uacute;ltima hora. Una alumna, de unos 40 a&ntilde;os y extrabajadora sexual, habla del capitalismo.
    </p><p class="article-text">
        &ldquo;Genocidio&rdquo;, dice Quimey.
    </p><p class="article-text">
        &mdash;Si hay una poblaci&oacute;n entera que solamente puede transitar la calle &ldquo;libremente&rdquo; en determinado horario y en determinado sector de la ciudad qu&eacute; es eso si no un gueto. Y donde hay gueto es porque hay exterminio. Nosotras a nivel latinoamericano somos v&iacute;ctimas de un genocidio.
    </p><p class="article-text">
        Las organizaciones que defienden los derechos LGTB (Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales) repiten ciertos n&uacute;meros que les duelen: la esperanza de vida de una persona travesti o&nbsp;trans&nbsp;es de 35 a&ntilde;os; una de cada cinco vio morir a una amiga.
    </p><p class="article-text">
        Son pocos los datos sobre las muertes de personas trans. M&oacute;nica Astorga, monja de clausura, recopila fotos y recuerdos de las que ya no est&aacute;n junto al&nbsp;Archivo de la Memoria&nbsp;Trans&nbsp;Argentina. Recolecta informaci&oacute;n a trav&eacute;s de grupos que integran personas&nbsp;trans&nbsp;y con las redes sociales&nbsp;y ha concluido que la esperanza de vida se ha disminuido en el &uacute;ltimo a&ntilde;o. &ldquo;Murieron chicas muy jovencitas&rdquo;,&nbsp;asegura. En la mitad de los casos de mujeres&nbsp;trans&nbsp;muertas no se supo su edad.
    </p><h3 class="article-text">La&nbsp;primera red de docentes&nbsp;trans&nbsp;del pa&iacute;s</h3><p class="article-text">
        Con la visibilidad que tuvo el a&ntilde;o pasado en los canales de televisi&oacute;n argentina cuando su historia de transici&oacute;n en el ciclo escolar se hizo p&uacute;blica, Quimey decidi&oacute; pedir que todas las maestras y profesores&nbsp;trans que estuvieran vi&eacute;ndola contactaran con ella. Quer&iacute;a formar la primera red de docentes&nbsp;trans&nbsp;del pa&iacute;s.
    </p><p class="article-text">
        En la actualidad, ya la conforman unas 60 personas&nbsp;trans&nbsp;y travestis que est&aacute;n ejerciendo actualmente la docencia. La mayor&iacute;a hizo su transici&oacute;n despu&eacute;s de haber terminado los estudios. Pero saben que son m&aacute;s, porque&nbsp;constantemente&nbsp;van apareciendo nuevas. La &uacute;ltima fue una&nbsp;profesora&nbsp;que da clases en un pueblo de 5.000 habitantes y a&uacute;n no ha cambiado su DNI. No vio la necesidad, dice, ah&iacute; todo el mundo la conoce.
    </p><p class="article-text">
        Hay otras, tambi&eacute;n, a las que esta red no llega: porque no se enteran, no tienen redes sociales o Internet, o a&uacute;n no&nbsp;quieren&nbsp;vivir su identidad en el aula. Por eso Quimey insiste en que quiere &ldquo;una escuela que no excluya&rdquo;, en que &ldquo;si no fueran expulsadas de tan peque&ntilde;as podr&iacute;an seguir sus estudios&rdquo; y sus posibilidades de acceder a un trabajo formal ser&iacute;an mayores.
    </p><p class="article-text">
        Su objetivo, dice, es uno: salir de la soledad. &ldquo;Todas y todos en nuestros territorios nos sentimos el primer o la primera docente. Y no es casual. Porque se sigue pensando que somos una minor&iacute;a. Buscamos salir de esas soledades. Ver que hay muchos y muchas como una, pero absolutamente distinta&rdquo;.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Rosario Marina]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/desalambre/seno-quimey_1_1793124.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Dec 2018 19:52:54 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La historia de la 'seño' Quimey, la profesora trans que hizo su transición en medio del curso escolar en Argentina]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[LGTBI,Personas trans,Argentina]]></media:keywords>
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