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    <title><![CDATA[elDiario.es - Silvia Nanclares]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/silvia_nanclares/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Silvia Nanclares]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La perversión del autocuidado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/perversion-autocuidado_129_8607944.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/16124c96-6776-4060-8559-b2574cef1d5e_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La perversión del autocuidado"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Ayuso, deberías lavarte la boca después de usar el término 'autocuidado'. ¿Cómo piensas que ejerzamos el autocuidado después del abandono, después del shock, desde el agotamiento?</p></div><p class="article-text">
        Un d&iacute;a cualquiera en la Plaza de Cristo Rey (Madrid). No, no es un d&iacute;a cualquiera. Es 22 de diciembre. El runr&uacute;n de los bombos y las criaturas cantoras ya hace emocionante la ma&ntilde;ana. Atasco en la glorieta, ambulancias que entran pitando para derrapar por las entradas de urgencias del Cl&iacute;nico y la Fundaci&oacute;n Jim&eacute;nez D&iacute;az (&ldquo;la Concha&rdquo; para las viejas del lugar). Riadas de gente abrevando sus dolencias en las diferentes puertas de los hospitales, como hormigas asustadas. Enfrente, otras tantas hacen cola en un laboratorio privado de Isaac Peral. Y estas se trenzan a su vez con las colas de varias farmacias cercanas. A&uacute;n no ha salido el Gordo pero la ciudad ya respira colapso por los cuatro costados.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Paso un rato largo observando esta coreograf&iacute;a de tr&aacute;fico enloquecida y gente ansiosamente desconcertada. Estoy haciendo tiempo aqu&iacute; porque no me han dejado pasar al quir&oacute;fano con mi hijo mayor (una rutinaria y leve intervenci&oacute;n). Todo por no haberme podido descargar el pasaporte COVID por un problema con mi tarjeta sanitaria, o con la app de la tarjeta sanitaria, o con la p&aacute;gina de la CAM, que se bloqueaba... En fin, un problema m&aacute;s. Una pedrea de problemas. Si todas las personas contagiadas que ahora mismo conozco est&aacute;n doblemente vacunadas, &iquest;para qu&eacute; sirve entonces ese pasaporte en estas circunstancias? Pienso en qu&eacute; har&aacute;n quienes no tengan tarjeta sanitaria en esta ciudad, pero ese es un segundo premio tan chungo que merece otra columna. Lo l&oacute;gico hubiera sido hacernos un PCR al padre de la criatura o a m&iacute;, pero, ah, el gesto del m&eacute;dico lo dice todo. La l&oacute;gica se ha terminado. Las serpientes que apenas guardan ya la distancia de seguridad mientras esperan a hacerse su prueba o a la entrega del prometido test de ant&iacute;genos lo corroboran: la l&oacute;gica se ha terminado. La sensatez tambi&eacute;n.
    </p><p class="article-text">
        Y el gordo de la loter&iacute;a se est&aacute; haciendo de rogar. El gordo del rid&iacute;culo, no: llega con la obligatoriedad de las mascarillas decidida tras la conferencia de presidentes auton&oacute;micos. Aham. Claro, Pedro. Eso cambiar&aacute; todo este paisaje apocal&iacute;ptico, sin duda. &iquest;C&oacute;mo no se nos hab&iacute;a ocurrido antes? Y el reintegro de la demagogia llega con la llamada a la 'cultura del autocuidado'. Espera, Isabel, que se me atraganta el post operatorio del ni&ntilde;o. &iquest;C&oacute;mo piensas que ejerzamos el autocuidado despu&eacute;s del abandono, despu&eacute;s del shock, desde el agotamiento? Pero no, no es otra de sus <em>boutades,</em> ni siquiera es un cuento navide&ntilde;o de buena voluntad: es una muestra m&aacute;s de su modo de gobernar. Una nueva puntilla al desgaste de lo p&uacute;blico, ante lo cual solo parece quedarnos la resistencia individual. Nunca una reapropiaci&oacute;n me result&oacute; tan perversa, tan torticera, tan de 'qu&eacute; hija de&hellip;', me corto, que estoy ya en la sala de espera de cirug&iacute;a pedi&aacute;trica.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Me entero por las enfermeras de que ha salido el primer premio de una vez. A m&iacute; me ha tocado otro: ya estamos los tres fuera del hospital, todo ha salido genial. Las auxiliares han vestido a la osa de peluche de mi hijo con una bata de quir&oacute;fano en miniatura y le han puesto una pulserita de admisi&oacute;n como la que &eacute;l lleva. A &eacute;l le han regalado una caja con gasas y jeringuillas para que cuide a la osa durante su convalecencia. No s&eacute;, me dan ganas de llorar. Me parece el &uacute;nico gesto l&oacute;gico y sensato de todo el d&iacute;a. En medio del caos que sigue acuciante en la plaza solo me sale decir entre dientes: Ayuso, deber&iacute;as lavarte la boca despu&eacute;s de usar el t&eacute;rmino 'autocuidado'. Tambi&eacute;n me sale prometerle a las sanitarias que vamos a defender su trinchera desde cualesquiera que sean nuestros lugares. Que se rompa ya la baraja de esta loter&iacute;a absurda.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/perversion-autocuidado_129_8607944.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Dec 2021 20:31:17 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La perversión del autocuidado]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Irse de casa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/irse-casa_129_8488666.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/b1b595cd-da2a-48ae-8ea5-8bc970a72d72_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Irse de casa"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Las vueltas periódicas e indeseadas a casa de los padres parecen haber marcado el fin del relato de la pisobiografía evolutiva en el que salías para no volver y en el que siempre habitaríamos casas mejores</p></div><p class="article-text">
        Hay algo que nunca me canso de preguntar y escuchar: relatos de c&oacute;mo la gente se fue de casa. Cu&aacute;ndo y c&oacute;mo dej&oacute; de vivir cada cual con su familia de origen. A d&oacute;nde se fue. Pregunto en Twitter, y por la cantidad de respuestas corroboro que al otro lado hay las mismas ganas de contar que de escuchar. Residencias, colegios mayores, pisos compartidos, prestados, heredados, otras ciudades a las que moverte para trabajar, para estudiar, una Erasmus, una S&eacute;neca, matrimonios, okupaciones, hasta alguien que sali&oacute; para ir a la c&aacute;rcel por insumiso y otro para ordenarse sacerdote. Incluso quien se qued&oacute; sin padres, vi&eacute;ndose independizar en pasiva, alegre o tristemente. Pienso inevitablemente en la Andrea de Laforet llegando a la estaci&oacute;n de Francia y buscando el piso fr&iacute;o de la calle Aribau. Y desear&iacute;a que todas escribi&eacute;ramos nuestras propias &lsquo;Nadas&rsquo;. Porque igual que vida laboral hay una vida habitacional, y esta dice mucho de qui&eacute;nes somos, de d&oacute;nde venimos, a d&oacute;nde pudimos ir, c&oacute;mo pudimos comenzar. A ver, que siguen llegando respuestas al <em>tweet</em>.&nbsp;&nbsp;
    </p><figure class="embed-container embed-container--type-embed ">
    
            <blockquote class="twitter-tweet"><p lang="es" dir="ltr">¿A qué edad os fuistes de casa, en qué año y a dónde?<br><br>Yo a los 23, en 1998, a un piso compartido en Atocha con 3 amigos.</p>&mdash; Silvia Nanclares (@silvink) <a href="https://twitter.com/silvink/status/1459111506176450564?ref_src=twsrc%5Etfw">November 12, 2021</a></blockquote> <script async src="https://platform.twitter.com/widgets.js" charset="utf-8"></script>
    </figure><p class="article-text">
        Se plantean enseguida dos matizaciones importantes: por un lado, no es lo mismo irse de casa que independizarse econ&oacute;micamente; y, por otro: &iquest;es posible hoy d&iacute;a irse sin volver? Generaciones m&aacute;s j&oacute;venes se preguntan, sin m&aacute;s: &iquest;es posible irse? Ahora no te vas de casa: haces incursiones intermitentes. Las vueltas peri&oacute;dicas e indeseadas a casa de los padres parecen haber marcado el fin del relato de la pisobiograf&iacute;a evolutiva en el que sal&iacute;as para no volver y en el que siempre habitar&iacute;amos casas mejores. Hay un texto de Lucia Berlin en el que hace una enumeraci&oacute;n de todas las casas en las que vivi&oacute; a lo largo de su vida (much&iacute;simas), asociando a cada una de ellas una cat&aacute;strofe natural o familiar. Nuestra vida contempor&aacute;nea es y ser&aacute; mucho m&aacute;s berliniana que lineal, con muchos ires y venires, obligados, sobrevenidos o elegidos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Condiciones materiales aparte (si se me permite el sofisma), creo que todo &ldquo;irse de casa&rdquo; es una experiencia liminal que nos hace sentir un v&eacute;rtigo excitante, que constituye uno de esos momentos fundacionales, una &eacute;poca normalmente el&eacute;ctrica, por m&aacute;s mal dadas que vengan las cosas. Veo <em>Starstruck</em> (HBO Max) y las escenas geniales entre Rose Matafeo y su compa&ntilde;era de reparto en la cocina destartalada de alg&uacute;n barrio de Londres. Seguro que su vivienda es tan inveros&iacute;mil como las de las series <em>Valeria </em>o <em>Todo lo otro, </em>de Netflix, pero a m&iacute; no me lo parece, quiz&aacute; solo porque <em>Starstruck</em> es mucho mejor. Los pisos falsos de la ficci&oacute;n espa&ntilde;ola son un insulto a esa biograf&iacute;a colectiva habitacional hecha jirones.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Las administraciones que no promueven la vivienda p&uacute;blica, que permiten la liberalizaci&oacute;n salvaje del bien de la vivienda, quienes ponen precio a sus propiedades que &ldquo;tensionan&rdquo; el mercado, quienes dividen enormes pisos pensionables para hacer apartamentos tur&iacute;sticos, quienes piden avales, absurdas mensualidades de adelanto, n&oacute;minas, quienes &ldquo;no quieren estudiantes&rdquo;, ni gente racializada ni por supuesto sin papeles, est&aacute;n dejando que un mercado expropie una de las experiencias centrales de toda vida. Si no nos podemos ir de casa acabaremos siendo una sociedad jibarizada, extra&ntilde;a, dependiente en el peor de los sentidos. Le robo el t&iacute;tulo de la columna a una de las &uacute;ltimas novelas de Mart&iacute;n Gaite, escritora que cont&oacute; bien los desplazamientos y las ra&iacute;ces m&oacute;viles mientras contin&uacute;an llegando respuestas. Las m&aacute;s descorazonadoras, las de j&oacute;venes que aventuran un a&ntilde;o futuro en el que poder contarme su historia. &iquest;2030? &iquest;2035? Nada ni nadie, ning&uacute;n mercado devorador, deber&iacute;a poder usurpar el derecho a irnos de casa.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/irse-casa_129_8488666.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Nov 2021 20:25:51 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Irse de casa]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pisos,Alquiler,Emancipación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Naturalezas modernas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/naturalezas-modernas_129_8467464.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0c22a7f7-46d2-461b-a6dd-7aeff03508c1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Naturalezas modernas"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A veces pienso en mi maternidad como una naturaleza moderna, un jardín plantado junto a una central nuclear, en terreno baldío y luchado. Contaminado por una explotación reproductiva que no quiero dejar de obviar, aunque me revuelva</p></div><p class="article-text">
        F. la tiene en el ba&ntilde;o, junto al cepillo de dientes. P. en la mesilla, al lado de un vaso de agua. T, toma 50. L. 25. C. 75. Somos cifras y letras. Nombres y composiciones. Yo llegu&eacute; a tomar hasta 115 durante mi &uacute;ltimo embarazo. Hay que tomarla en ayunas, una pastilla blanca y peque&ntilde;a que va aumentando o decreciendo en gramos seg&uacute;n los controles de la hormona tiroidea lo dicten. Seg&uacute;n mi peque&ntilde;o muestreo dom&eacute;stico, dos de cada cinco mujeres (al menos amigas) tienen como primer ritual de sus despertares &mdash;es preciso tomarla en ayunas y veinte minutos antes de cualquier ingesta de comida&mdash; la toma de Levotiroxina. Es un ritual cronificado, como el d&eacute;ficit de la hormona que leva. <em>Levotiroxina, droga, L-tiroxina, T&#8324; sint&eacute;tica, o 3,5,3',5'-tetrayodo-L-tironina, es una forma sint&eacute;tica de la tiroxina, usada como un reemplazo hormonal en pacientes con problemas de tiroides</em>. Dice Wikipedia. Somos muchas las que dependemos de esta T. Y es una suerte. Poder ser drogodependiente de manera legal, poder vivir gracias a una hormona sint&eacute;tica. Poder seguir siendo. Me pregunto cu&aacute;ntas feministas que porf&iacute;an contra otras hormonaciones toman esta T sint&eacute;tica. O cu&aacute;ntas tomaron o toman &ldquo;la pastilla&rdquo; todos los d&iacute;as. Qu&eacute; cantidad de estr&oacute;geno y progestina les ha salvado la vida.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El cineasta brit&aacute;nico Derek Jarman decidi&oacute; plantar un jard&iacute;n en uno de los sitios m&aacute;s est&eacute;riles del mundo, la costa de Dungeness (Kent, Reino Unido), concretamente en un terreno entre una central nuclear y el oc&eacute;ano, donde estaba su ya m&iacute;tico Prospect Cottage. Al escaso abrigo de vientos huracanados y sobre suelos de guijarros, hizo erguirse la belleza a base de cuidados y experimentaci&oacute;n. All&iacute;, adem&aacute;s de hacer crecer amapolas, luch&oacute; contra el sida, escribi&oacute; su diario titulado as&iacute;: <em>Naturaleza moderna</em> y film&oacute; <em>The Garden</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Mi maternidad trat&oacute; de arraigar en suelo adverso. Dependi&oacute; de las gonadotropinas, la hormona hCG y la progesterona sint&eacute;ticas. Primero sobre mi cuerpo y luego sobre el de otra mujer, a la que le compr&eacute; los &oacute;vulos. Bueno, ni siquiera lo hice yo, lo hizo la cl&iacute;nica, encargada de la transacci&oacute;n. A veces me torturo con este hecho. A veces pienso en mi maternidad como una naturaleza moderna, un jard&iacute;n plantado junto a una central nuclear, en terreno bald&iacute;o y luchado, como el de Jarman. Contaminado en un punto por una explotaci&oacute;n reproductiva que no quiero dejar de obviar, por m&aacute;s que me revuelva. Veo la foto del diputado del PP haciendo el piel con piel delante de la madre que acaba de parir y que queda fuera del encuadre. Siento una repugnancia visceral. Luego pienso qu&eacute; qui&eacute;n soy yo, como madre gestante de &oacute;vulos ajenos, para juzgar o condenar. Al momento vuelvo a pensar. No, no es justo comparar una t&eacute;cnica de reproducci&oacute;n asistida como la ovodonaci&oacute;n, por m&aacute;s que el nombre sea un perverso eufemismo y que la retribuci&oacute;n de las donantes sea risible y casi clandestina, con un proceso vital como un embarazo y un parto, irreemplazables e invendibles. Vuelvo a dudar. Vuelvo a mirar la foto. Imagino el vac&iacute;o, el desgarro en la experiencia de parir y no poder ponerte a tu cachorro sobre la piel, no poder abrazarlo. Tambi&eacute;n imagino la liberaci&oacute;n de aquellas mujeres que dan a sus hijos en adopci&oacute;n y que no han deseado sentirlos. Como, por otro lado, tantas mujeres del siglo XX hicieron en nombre de los avances m&eacute;dicos y de los se&ntilde;ores obstetras que se arrogaban el derecho de examinar y separar a los beb&eacute;s de su h&aacute;bitat natural: el cuerpo de su madre. Vuelvo a dudar sobre si escribir esto, si publicarlo, si exponerme en esta conversaci&oacute;n. Como veis, no tengo respuestas, solo inquietudes y preguntas. Y mucho lugar a dudas.
    </p><p class="article-text">
        Me han bajado la Levotiroxina y mi tiroides a&uacute;lla, como una m&aacute;quina de vapor funcionando a todo lo que da. Me arrastro por la casa incapaz de concentrarme. Siento que he metido demasiados temas y referencias, en fin, que me he metido en un gran jard&iacute;n en una sola columna. Es el desajuste hormonal, no me deja focalizar. Todo es confuso en esta naturaleza moderna. Mientras, trato de cultivar y escribir, como el bueno de Jarman. Por m&aacute;s adverso que parezca el suelo donde plantar.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/naturalezas-modernas_129_8467464.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Nov 2021 20:30:48 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Maternidad,Medicamentos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Escribir novelas bajo presión]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/escribir-novelas-presion_129_8449315.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/f6ee25ed-a7b4-468b-b4d0-e38a86e50e5d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Escribir novelas bajo presión"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">A veces pienso que deberíamos sacar la escritura del altar del cuarto propio, ya de por sí difícil de conseguir en plena crisis habitacional</p></div><p class="article-text">
        '&iquest;Qui&eacute;n se anima al Nano este a&ntilde;o?'. Alguien pregunta en el chat de mi grupo de apoyo de escritura. S&iacute;, vamos, cinco amigas que llevamos unos cuatro a&ntilde;os tratando de sacar novela, y las cinco estamos con ganas, como todos los oto&ntilde;os, de ponernos de una vez o retomar el maldito proyecto literario acariciado (a d&iacute;as enquistado). Ninguna es escritora profesional (&iquest;eso existe, es viable, es deseable?) y hoy comienza el <a href="https://nanowrimo.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">NaNoWriMo</a> (acr&oacute;nimo de <em>National Writing Month</em>, un reto colectivo surgido en Estados Unidos donde un mont&oacute;n de personas se propone cumplir una misma meta a la vez: concluir en un mes un trabajo literario (puede ser una novela, poemario, libreto esc&eacute;nico). Cada cual establece un n&uacute;mero de palabras al d&iacute;a que ha de escribir con rigurosa disciplina. &iquest;Prima entonces la cantidad sobre la calidad? &iquest;Qu&eacute; tiene qu&eacute; ver esto con los tiempos de la creaci&oacute;n? Pero, &iquest;cu&aacute;les son los tiempos de la creaci&oacute;n? Solo al pa&iacute;s de la productividad se le podr&iacute;a ocurrir un sistema as&iacute;. Y al pa&iacute;s de la ingenua ilusi&oacute;n. Lo importante es la constancia. Pues, claro, &iexcl;con ella todo es posible! Pues s&iacute;, algunas obras exitosas, especialmente de g&eacute;nero fant&aacute;stico, salieron de un Nano. Muchas otras obras tambi&eacute;n se escriben hoy d&iacute;a bajo la presi&oacute;n, no solo de un plazo autoimpuesto, sino bajo el signo de los tiempos de la precariedad y la falta de sue&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Andrea Abreu escrib&iacute;a su &oacute;pera prima <em>Panza de burro</em> animada por Sabina Urraca mientras trabajaba en una sucursal de Intimissimi. Lara Moreno ya me lo advirti&oacute;: no queda otra que robarle tiempo al verano para poder escribir, y eso con suerte. Con la poeta y traductora Gloria Fort&uacute;n montamos en 2019 unas &ldquo;noches de Nano&rdquo; en el espacio feminista Entred&oacute;s. Solo una de nosotras, Cova D&iacute;az, termin&oacute; su primera versi&oacute;n de novela (que a&uacute;n espera correcciones y editorial). Fue un logro colectivo. A veces pienso que deber&iacute;amos sacar la escritura del altar del cuarto propio, ya de por s&iacute; dif&iacute;cil de conseguir en plena crisis habitacional. Iniciativas como <a href="https://twitter.com/search?q=%23TodasEscribiendo&amp;src=hashtag_click" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">#TodasEscribiendo</a>, impulsada por la investigadora y cr&iacute;tica cultural <a href="https://twitter.com/_LecturaComun_" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Lecturas en Com&uacute;n</a>, agrupan a personas que necesitan algo m&aacute;s que esa habitaci&oacute;n propia conectada para escribir. Necesitamos soporte, red, comunidad, alguien al otro lado. Y tiempo. Que es lo mismo que decir dinero. Quiz&aacute; sea el momento para reivindicar la parte de las 500 libras esterlinas de la cita de Woolf. &iquest;Qui&eacute;n proveer&aacute; de ese dinero para que escribamos?&iquest;Cuando escriben las que no tienen tiempo para escribir?&iquest;De d&oacute;nde salen las novelas en nuestro pa&iacute;s? &iquest;Si solo escriben los mismos, qui&eacute;n hace que gire el mundo editorial? Gente ya exitosa, eventualmente gente muy joven, y gente muy cansada (todo el resto). Pero, sobre todo, &iquest;qu&eacute; supondr&iacute;a que las historias no salieran siempre de las mismas cabezas, de los mismos estares y clases sociales?
    </p><p class="article-text">
        Lo que m&aacute;s me ha ayudado en mi trabajo como madre ha sido una buena pediatra y una plaza en la escuela p&uacute;blica. &iquest;Qu&eacute; nos servir&iacute;a con la misma eficacia para ser escritoras? Becas, ayudas, espacios, adelantos, tarifas decentes a las colaboraciones. Sin recursos materiales, el trabajo asalariado jam&aacute;s nos soltar&aacute; de sus fauces, siquiera por ratejos, para escribir. &iquest;Qui&eacute;n puede trabajar, cuidar, escribir, estar en redes (s&iacute;, para casi todas ya es mucho m&aacute;s que un divertimento que no puedes elegir dejar)? Pienso en Muriel Spark en 1960, a la edad de 43 a&ntilde;os, haciendo su propio Nano y plasmando en un mes la prodigiosa <em>La plenitud de la se&ntilde;orita Brodie</em>, volcando a mano y en cuadernos sin pautar su despiadado Instituto Benjamenta femenino con la eficiencia y la precisi&oacute;n de quien no dispone de m&aacute;s tiempo. En la pel&iacute;cula <em>My Salinger Year</em> (disponible en Filmin), una joven aspirante a escritora y trabajadora en la agencia literaria de Salinger, conoce casualmente a una ya exitosa Rachel Cusk en una comida. 'Tienes que desearlo m&aacute;s que nada en el mundo'. Igual hacen falta m&aacute;s cosas adem&aacute;s de deseo, Rachel. La joven asistente aspirante a escritora, simb&oacute;lica o casualmente llamada Jo, se ve humillada en el metro, no por Rachel y su &eacute;xito, si no por su jefa que no puede concebir que una de sus curritas quiera o pueda esribir. Vuelve a seguir pasando a m&aacute;quina los modelos de carta de la agencia mientras va arrinconando en el diminuto apartamento sin calefacci&oacute;n ni puertas que comparte con un novio, su proyecto de novela, su proyecto, su tremendo deseo de convertirse en escritora. Tal vez por y para personas as&iacute;, como nosotras, se invent&oacute; el NaNoWriMo: para so&ntilde;ar durante un mes que puedes dedicarte a escribir. Bienvenido, noviembre.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/escribir-novelas-presion_129_8449315.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 01 Nov 2021 20:59:57 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Escribir novelas bajo presión]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Muertos y vivos a la vez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/muertos-vivos-vez_129_8426170.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/d778ee6b-dbca-4a6a-b373-83de06b84351_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Muertos y vivos a la vez"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Solo la muerte destapa los silencios y los huecos. En vida todo parece posible: tener las conversaciones pendientes, deshacer los malentendidos, buscar el tiempo para perdonar las palabras y las acciones difíciles. Luego ya no</p></div><p class="article-text">
        &iquest;Sabes lo que me pas&oacute; el otro d&iacute;a? Algo realmente incre&iacute;ble. Las redes son un sitio raro, como dice Luc&iacute;a, una de mis amigas. Nunca conseguiste recordar el nombre de todas. S&iacute;, una rubia, la que nos present&oacute; a Jose y a m&iacute;. Me ayud&oacute; un mont&oacute;n en la ceremonia, la que improvisamos para ti en una de las capillas de La Almudena. Tiene tambi&eacute;n dos hijos, como nosotros. Dos hijos, pap&aacute;. No s&eacute; que me parece m&aacute;s incre&iacute;ble, si haberlos tenido o que no los conozcas. Es inveros&iacute;mil que no conozcas a mis hijos. Eso es perder a alguien importante, que las experiencias dejan de estar completas. Hac&iacute;a mucho que no escrib&iacute;a sobre ti, porque escribir sobre padres muertos no es <em>cool</em>, no es ingenioso, no es divertido. El duelo es un marr&oacute;n. A nadie le interesa porque nunca se acaba, literalmente, y en cualquier momento puede volver esta a dar la turra con lo del padre. T&uacute; dir&iacute;as &ldquo;dar la barrila&rdquo;. Ya no s&eacute; si se dice. Tengo un archivo con palabras que asocio siempre a ti, que imagino saliendo de tu voz: macanudo, a chol&oacute;n, tener un ligue, chaval, a coqui, pagar a escote, ir al trono o dar la barrila.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Bueno, va, que te cuento lo que me pas&oacute;. Me entr&oacute; por Twitter un se&ntilde;or (entonces era un se&ntilde;or, en unos d&iacute;as se ha convertido autom&aacute;ticamente en un amigo por parte de padre). Resulta que ley&oacute; una de estas columnas. Le llam&oacute; la atenci&oacute;n mi (nuestro) apellido, busc&oacute; mi cara en Internet, y, como t&uacute; dir&iacute;as, &ldquo;atiende&rdquo;, al ver nuestro parecido f&iacute;sico se aventur&oacute; a preguntarme si yo ten&iacute;a algo que ver con su viejo y querido amigo Valent&iacute;n. Imag&iacute;nate c&oacute;mo se me hel&oacute; la sangre en un momento. Por un <em>tweet</em>. El mundo contempor&aacute;neo. Ahora no recuerdo si te llegaste a hacer cuenta de Twitter, no he querido buscarlo. Bastante tengo con la tentaci&oacute;n de chequear el chat de Gmail donde habl&aacute;bamos los a&ntilde;os previos a que WhatsApp se hiciera omnipresente. Jaime y yo seguimos la conversaci&oacute;n por privado. S&iacute;, era Jaime. Ya sabes de qui&eacute;n te hablo, &iquest;verdad? Jaime. S&iacute;. Nunca me hablaste de &eacute;l. Se me hace dif&iacute;cil la de cosas que no s&eacute; de ti, y que ya nunca podremos hablar. Y mira que yo te sonsaqu&eacute; veces para que reconstruyeras conmigo tu vida. S&iacute; sab&iacute;a que hab&iacute;as estudiado en La Paloma, Jaime me explica que hicisteis juntos el curso de adaptaci&oacute;n entre el bachiller normal y el laboral. Y que luego fuisteis a estudiar Electr&oacute;nica a un edificio de Ciudad Universitaria. En una foto que me manda posteriormente reconozco perfectamente el edificio, el mismo en el que empec&eacute; Hisp&aacute;nicas. &iquest;Por qu&eacute; nunca ca&iacute;mos en eso? Quedan tantas cosas en el sobreentendido con las personas tan cercanas. Solo la muerte destapa los silencios y los huecos. En vida todo parece posible: tener las conversaciones pendientes, deshacer los malentendidos, buscar el tiempo para perdonar las palabras y las acciones dif&iacute;ciles. Luego ya no. Luego todo cae en el terreno de una certidumbre poco habitual en estos tiempos. La certidumbre y la solidez del hecho. De la muerte.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Es curioso que este encuentro haya tenido lugar esta semana. El viernes le han pedido a Valent&iacute;n (s&iacute;, esto ya te lo cont&eacute; en otra carta, mi hijo mayor se llama igual que t&uacute;, y no s&eacute; si te gustar&iacute;a) que vaya disfrazado de Halloween. Aunque eras un enamorado de los Estados Unidos (nunca fuiste progre, a mi pesar), s&eacute; que te parecer&iacute;a una soberana gilipollez. Lo mejor es que nos dicen que se celebra esta fiesta para acercar la cultura anglosajona al alumnado. Acercar. &iquest;Oyes las risas? Y lo mejor es que en el colegio hay muchas familias de Bangladesh. &iquest;Hasta qu&eacute; punto necesitan que les recordemos la cultura anglosajona? Bueno, pero llevar&eacute; la calabaza. A mucha gente sudar de Halloween le parece de ser un vinagre, una suerte de rasgo <em>woke</em> (esto ya te lo explico otro d&iacute;a), y tampoco es que me salga ir a La Almudena a fregar tumbas familiares, la verdad. En realidad me da bastante pereza, pero no quiero hacer de mi hijo un paria social.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En fin, s&eacute; que esto es algo que te podr&iacute;a contar y nos reir&iacute;amos. Comprar&iacute;a huesos de santo (eso s&iacute;) y te los comer&iacute;as en un santiam&eacute;n. Miro una y otra vez las fotos que ha mandado Jaime. Es &ldquo;un cachondo&rdquo;, como t&uacute; dir&iacute;as. En todas est&aacute;is juntos, vuestra amistad es palpable. Reconozco la terraza de la casa de los abuelos de la Colonia, y siento el fr&iacute;o madrile&ntilde;o de esos a&ntilde;os en vuestros huesos. Ya lo peor parece haber quedado atr&aacute;s. Se ve un futuro en vuestras sonrisas. Un futuro inimaginable, en el que Jaime, casi sesenta a&ntilde;os despu&eacute;s encontrar&iacute;a a tu hija peque&ntilde;a a trav&eacute;s de un mensaje en la botella de una red social. S&iacute;, las redes y el mundo contempor&aacute;neo son raros. Pero gracias a ellas y a Jaime, en esta semana de muertos me siento m&aacute;s cerca de ti. Ya s&eacute; lo que har&eacute; el d&iacute;a 1, me ir&eacute; a pasear a la Dehesa de la Villa, me detendr&eacute; frente al hoy IES Virgen de la Paloma, me tomar&eacute; un caf&eacute; en la avenida Pablo Iglesias y, aunque ya no est&eacute;s, celebrar&eacute; contigo el fant&aacute;stico e irreversible hecho de haber sido padre e hija.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/muertos-vivos-vez_129_8426170.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 Oct 2021 19:52:19 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Muertos y vivos a la vez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Twitter,familia,Escritores]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pero nostalgia de qué]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/nostalgia_129_8404496.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/bbcbd609-e451-4f7a-a48c-c040aabcd1bb_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pero nostalgia de qué"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Básicamente creo que, como dijo Ignacio Pato en su intervención en la mesa Izquierda y tradición de la Uni de Otoño de Podemos, yo añoro los noventa porque era adolescente, no tenía que trabajar y mi padre estaba vivo</p></div><p class="article-text">
        Llega el oto&ntilde;o, la estaci&oacute;n melanc&oacute;lica y nost&aacute;lgica por excelencia. &iquest;A qui&eacute;n no le va a gustar una estaci&oacute;n que concita adjetivos esdr&uacute;julos e invita a tomar t&eacute; humeante mientras miras por la ventana? Ja, ja, qu&eacute; ilusa. A m&iacute;, como dec&iacute;a Gabriela Ybarra, desde que soy madre, los t&eacute;s se me enfr&iacute;an sistem&aacute;ticamente. Ay, oto&ntilde;o, &iquest;llegar&aacute;s de una vez por todas? &iquest;Cu&aacute;nto durar&aacute; el entretiempo en tiempos de crisis clim&aacute;tica? Tal vez la primavera y el oto&ntilde;o se queden en estaciones simulacro solo certificadas por <em>El Corte ingl&eacute;s</em> desde sus pantallas digitales. Por cierto, &iquest;por qu&eacute; eliminaron los neones para comenzar a contaminar lum&iacute;nicamente con pantallas digitales? &iquest;Con el fin de convertir los neones en el elemento activador de la nostalgia por excelencia? Y, tambi&eacute;n me pregunto, &iquest;cu&aacute;ntos a&ntilde;os de vida le dais a <em>El Corte Ingl&eacute;s</em>? &iquest;Demoler&aacute;n sus edificios? &iquest;Qu&eacute; pondr&aacute;n en su lugar? &iquest;Servidores o almacenes de Amazon?
    </p><p class="article-text">
        En fin, que me l&iacute;o, que no arranco. Debe ser la astenia oto&ntilde;al. Me la invento, claro, porque a&uacute;n hace calor. A&uacute;n podr&iacute;a parecer el final del verano y no este entrado octubre. Por eso me pongo <em>Cuando Harry encontr&oacute; a Sally</em>, para infatuarme de los colores de Central Park, esos que no acaban de florecer en la &eacute;poca de los pr&oacute;dromos de la Espa&ntilde;a des&eacute;rtica. Y para disfrutar de los <em>outfits</em> de Meg, claro, esos que despu&eacute;s de d&eacute;cadas dando pudor volvieron a ser lo m&aacute;s. Como los neones. Tambi&eacute;n he vuelto a ver <em>Seinfeld</em>. Mi juventud tiene textura de VHS, como la de mis padres tiene la de las fotos en blanco y negro. Tambi&eacute;n quiero copiar los conjuntos de Elaine. Y me teletransporto. Para recordarme a m&iacute; misma, en verdad: en casa de mis padres, con trece a&ntilde;os reci&eacute;n cumplidos, primer novio, primer cigarro, blablabla. &iquest;A qui&eacute;n le importa? A m&iacute;, yo misma me embebo de un sesgado viaje en el tiempo. La memoria tiende a borrar los conflictos. O a hacerlos m&aacute;s firmes, como un tropiezo, como una buena herida abierta. Probablemente Cristina Rivera Garza no tenga ninguna nostalgia del estreno de <em>Cuando Harry encontr&oacute; a Sally,</em> pr&aacute;cticamente contempor&aacute;neo al <a href="https://www.eldiario.es/cultura/escribir-feminicidio-hermana_1_8143786.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">feminicidio de su hermana</a>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        B&aacute;sicamente creo que, como dijo Ignacio Pato en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=Cl44FIT84Xs&amp;list=PLVcs-bTIMQ2urtYs9f5QQ1Bp9NkrfYM8C&amp;index=12&amp;ab_channel=PODEMOS" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">su intervenci&oacute;n</a> en la mesa <em>Izquierda y tradici&oacute;n</em> de la Uni de Oto&ntilde;o de Podemos, yo a&ntilde;oro los noventa porque era adolescente, no ten&iacute;a que trabajar y mi padre estaba vivo. Echo de menos a una versi&oacute;n de m&iacute;sma y de mi familia que quiz&aacute; jam&aacute;s existi&oacute;. Borro de las escenas de <em>Seinfeld</em> mis primeros coqueteos con los trastornos alimenticios, el desclasamiento que me produjo cambiar de colegio p&uacute;blico a instituto concertado para descubrir que el dinero no compra el capital cultural de las &eacute;lites o la desigualdad habida y por haber en la vida de mi padre y mi madre solo por ser lo que eran: hombre y mujer. Y m&aacute;s all&aacute; de eso: olvido el fortalecimiento de la escuela concertada a costa del abandono de la p&uacute;blica. La Guerra del Golfo. La legislaci&oacute;n de las ETTs, el debilitamiento del asociacionismo, el Informe Petras, el secuestro del imaginario social por parte del consumismo. Total: la cocina fantasma de un mont&oacute;n de procesos sociales de desigualdad que luego nos estallar&iacute;an en la cara en los dos mil. No, mejor cubro todo con la p&aacute;tina ic&oacute;nica de la escena del pastrami org&aacute;smico de Sally a la luz de un ne&oacute;n que dice <em>diner.</em> Tantas capas de memoria no caben en mi oto&ntilde;al nostalgia. Y se me enfr&iacute;a el t&eacute;. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/nostalgia_129_8404496.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 Oct 2021 19:19:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Pero nostalgia de qué]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Películas,Libros,Adolescentes,Educación]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los primeros serán los últimos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/primeros-seran-ultimos_129_8383717.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1292cdb6-7752-41d7-96f2-cf694ab59ee6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los primeros serán los últimos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La práctica totalidad de las familias que comenzaron el curso 20-21 y 21-22 no conocen aún los espacios educativos, nunca han traspasado la verja</p></div><p class="article-text">
        Hace un d&iacute;a espectacular. Sonia est&aacute; tom&aacute;ndose una horchata en el bar de enfrente del colegio mientras hace tiempo antes de recoger a Manuel. Ojal&aacute; sea la &uacute;ltima horchata de la pandemia, piensa. Imagina c&oacute;mo la pr&oacute;xima primavera habremos superado del todo los h&aacute;bitos de vida en los que las restricciones sanitarias nos sumieron hace ya 18 meses. O no. Porque, de momento, es un hecho que esas nuevas medidas COVID no han modificado las instrucciones de los colegios con la salvedad de una excepci&oacute;n en el uso de las mascarillas para las actividades deportivas al aire libre. En los recreos deber&aacute;n seguir llev&aacute;ndola los mayores de seis a&ntilde;os. (&iquest;Para qu&eacute; est&aacute;n entonces separados por grupos?) Y en clase, por supuesto. Mientras que, por cierto, profesorado y personal no docente s&iacute; podr&aacute;n desembarazarse de ella siempre que no haya alumnos. Pero no hablemos de ensa&ntilde;amiento, ser&iacute;a demasiado presuntuoso e injusto por m&iacute; parte. Madre exagerada. &iquest;Ser&aacute;n los colegios, primeros espacios a los que se les impuso restricciones por la pandemia, los &uacute;ltimos en volver a una decente normalidad?&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Por ejemplo, en la clase de Sonia y Manuel, la pelea de principio de curso ha sido tratar de que vuelvan a implantar la siesta para el curso de primero de infantil. Por &ldquo;las medidas COVID-19&rdquo; quitaron las colchonetas por ser, en teor&iacute;a, posibles focos de contagio. A d&iacute;a de hoy sabemos que las superficies son escasamente transmisoras. Aun as&iacute;, les est&aacute; costando volver a la antigua costumbre tan necesaria para tantas criaturas. Otra familia de su clase, Carlos y Mara, han llegado tarde esta ma&ntilde;ana al cole. Ella est&aacute; dejando el pa&ntilde;al a instancias del cole (lo de forzar los ritmos fisiol&oacute;gicos de las criaturas para adecuarse a las carencias estructurales del sistema dar&iacute;a para otro art&iacute;culo) y es el primer d&iacute;a que va sin pa&ntilde;al al colegio. Por el camino ha habido una fuga y Carlos ha tenido que pararse a cambiarla de ropa. Resultado: las puertas del cole estaban cerradas al llegar. Carlos ha tratado de acompa&ntilde;ar a su hija de tres a&ntilde;os al aula. Quer&iacute;a explicarle a la tutora la situaci&oacute;n. &ldquo;Negativo&rdquo;. Carlos se va pensando que el colegio est&aacute; m&aacute;s blindado que una central nuclear. Se r&iacute;e por no llorar. La pelea de Rosa, sin embargo, ha sido poder entrar a conocer el colegio.<strong> </strong>La pr&aacute;ctica totalidad de las familias que comenzaron el curso 20-21 y 21-22 no conocen a&uacute;n los espacios educativos. Nunca han traspasado la verja. Rosa est&aacute; siendo peleona. El aula, el ba&ntilde;o y el comedor. No pide m&aacute;s. Al menos poder tener ese contacto con el que ser&aacute; el escenario educativo de su hijo durante los pr&oacute;ximos a&ntilde;os. De momento: &ldquo;Denegado&rdquo;. Marian, por su parte, le ha explicado a la tutora que no tiene buena wifi en casa. Que si hay que hacer las tutor&iacute;as <em>online</em> lo tiene que hacer desde el m&oacute;vil, que se le cae el Jitsi, se congela la imagen, la voz se corta y a veces se pierde lo importante. Adem&aacute;s, su lengua materna no es el castellano y esta capa supone un a&ntilde;adido para la incomunicaci&oacute;n. Ha propuesto la posibilidad de hacer las tutor&iacute;as en el patio, o en el comedor, con las distancias necesarias. &ldquo;No es posible&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sonia, Carlos, Rosa, Marian. Todas entienden y valoran la dificultad y el esfuerzo de haber gestionado un colegio en plena pandemia. El logro de haber contenido los brotes y la realidad de que el miedo a&uacute;n siga en el tu&eacute;tano de la educaci&oacute;n. Pero es hora de mover esas piedras que separan familias de colegios. Sonia piensa que esta misma noche podr&iacute;a bailar hasta el sudor y la n&aacute;usea con sus amigas en cualquier garito, pero no podr&aacute; entrar al patio a darle en mano un bocadillo olvidado a su hijo. Nos dicen que somos parte activa de la comunidad educativa. &iquest;Pero qu&eacute; comunidad?, piensa Sonia apurando la horchata con un poso de indignaci&oacute;n. Suena la sirena del colegio, que desde este &aacute;ngulo de la calle le parece de pronto un barco. Dentro, como si los supervivientes de una tempestad siguieran refugiados en la bodega sin saber que la mar est&aacute; volviendo a la calma, as&iacute; las criaturas escolarizadas siguen sin noticias de Gurb. O de la Consejer&iacute;a. O de la Comunidad en la que viven Sonia y Manuel. Ll&aacute;mala Mordor, ll&aacute;mala Madrid.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/primeros-seran-ultimos_129_8383717.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Oct 2021 19:40:35 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los primeros serán los últimos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Educación,Pandemia,Restricciones,Niñez]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La gestación subrogada como relato]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/gestacion-subrogada-relato_129_8360950.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/593e7db7-0c09-4b30-9a42-168d15057fd3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La gestación subrogada como relato"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Me encuentro retratada como una mamífera que acaba de parir y a veces camina en círculos, agobiada por convertirse en un sujeto no productivo sino solo reproductivo, para lo cual no parece haber reconocimiento social, ni desde lo simbólico ni desde lo material</p></div><p class="article-text">
        Empieza octubre. Leo autoras. En concreto, una lectura que me atrapa y me exige como hac&iacute;a tiempo no lo hac&iacute;a un libro. Una novela, un estilo, que no te deja leer en diagonal: <em>&ldquo;Los trabajadores de SymGest ocultaban que hab&iacute;a gorilas que sufr&iacute;an depresiones incurables tras el parto. La tristeza las llevaba a actitudes err&aacute;ticas o violentas; aullaban, golpeaban los cristales, caminaban en c&iacute;rculos durante horas&hellip;(...). Su mantenimiento se hac&iacute;a imposible y dejaban de ser sujetos productivos, de modo que era necesario sacrificarlas&rdquo;</em>. Me encuentro retratada en el fragmento. Retratada como mam&iacute;fera que acaba de parir y a veces camina en c&iacute;rculos, agobiada por convertirse en un sujeto no productivo sino solo reproductivo, para lo cual no parece haber reconocimiento social, ni desde lo simb&oacute;lico ni desde lo material. Y me choca verme dibujada en una gorila. En una gorila explotada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El libro que me engancha tiene una piedad simiesca en la portada. Se titula <em>Qui&eacute;n est&eacute; libre de culpa</em> y es la tercera novela de Gema Nieto. Sorprende al ofrecernos una distop&iacute;a con tantas trazas reconocibles de nuestro propio mundo, como dijo la escritora Alana Portero en su presentaci&oacute;n el pasado viernes en la librer&iacute;a Mary Read (Madrid). Una ficci&oacute;n donde todo se vuelve siniestramente familiar. Un mundo tan factible donde la libertad reproductiva se compra a la carta en una industria perfeccionada que ha encontrado la soluci&oacute;n al problema &eacute;tico de la gestaci&oacute;n subrogada. &iexcl;Eureka! &iexcl;Lo tenemos! Que nos sustituyan hembras de otra especie. &iquest;Qu&eacute; puede salir mal? Y este es solo el incidente desencadenante de un gran estallido social. Sof&iacute;a Casta&ntilde;&oacute;n nos record&oacute; tambi&eacute;n en la presentaci&oacute;n c&oacute;mo se cre&oacute; en el Parlamento hace no tanto una falsa urgencia para legislar sobre lo que all&iacute; se llama, hemiciclo tantas veces tambi&eacute;n siniestro, gestaci&oacute;n por sustituci&oacute;n. Los relatos pueden alterar las agendas y los blancos de la violencia seg&uacute;n quien los confeccione. En la construcci&oacute;n de mundo que hace Gema Nieto, la transacci&oacute;n reproductiva se llama gestaci&oacute;n secundaria. Una vez m&aacute;s, la ficci&oacute;n supera la realidad. Porque como dice Noelia Ad&aacute;nez (y os juro que ya corto con el <em>name dropping</em>), es un texto que nos regala credibilidad, que es de lo que m&aacute;s necesitadas estamos &uacute;ltimamente en el campo pol&iacute;tico. Y quien dice pol&iacute;tico, dice literario.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Un libro que me ha interpelado como madre que ha transitado y conoce bien todas las contradicciones de esos edificios blancos de las cl&iacute;nicas reproductivas que la novela tiene como escenario; pero tambi&eacute;n como lectora interesada en las ficciones que abordan la maternidad desde cualquier frente, como todas esas novelas en cuya tradici&oacute;n se inscribe esta: novelas de ficci&oacute;n especulativa feminista con el foco puesto en la cuesti&oacute;n reproductiva y la organizaci&oacute;n social que estas realidades especulativas provocan. No s&eacute; si tenemos tiempo ni espacio mental para leer buenas novelas en medio de las &uacute;ltimas andanadas reactivas al feminismo, pero nos lo merecemos. Necesitamos parar el poderoso runr&uacute;n que nos come los d&iacute;as, echarnos a leer y, de paso, descansar. Necesitamos novelas como estas, pienso, novelas inc&oacute;modas, perturbadoras. Necesitamos novelas que hagan el esfuerzo de nombrar nuestro mundo para comprenderlo y cuestionarlo. Sacad rato y postraos con esta ficcionada piedad. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/gestacion-subrogada-relato_129_8360950.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Oct 2021 19:29:47 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La gestación subrogada como relato]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maternidad,Gestación subrogada,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Presencia humana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/presencia-humana_129_8337792.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6c7849b8-a14e-48cb-b4e6-34153debd273_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Presencia humana"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">En este año y medio hay gente que solo conociste por 'Zoom'. Ahora su voz ya no es metalizada ni robótica ni tiene la textura mediada del audio, su expresión tampoco se congela eventualmente. Esa misma gente de pronto tiene estatura, tamaño, proporciones, olor, intimidad</p></div><p class="article-text">
        De repente te asustas en medio de la calle. Alguien te toca sin querer. Hay una peque&ntilde;a confusi&oacute;n sobre qui&eacute;n dejar&aacute; paso a qui&eacute;n en la acera. Al final os reconoc&eacute;is. 'Es que con las mascarillas&hellip;'. &iquest;Qu&eacute; se hace? &iquest;La mano, choque de pu&ntilde;os, un abrazo as&eacute;ptico, dos besos con...? &iexcl;Absurda coreograf&iacute;a entre el cerca y el lejos! Pero qu&eacute; demonios, estamos en la calle, eso s&iacute; podemos hacerlo, al menos: charlar a cara descubierta. As&iacute; que una sonrisa surge. Y parece tener un tama&ntilde;o indebido y extra&ntilde;o. Como si se tratara de la composici&oacute;n de un collage, &iquest;qui&eacute;n ha puesto ah&iacute; ese elemento en medio de esa vieja-nueva cara? Ahora cualquiera parece un Joker con esa nueva sonrisa post pand&eacute;mica, abierta, deseosa, asustada, herida, en medio de la cara.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Tambi&eacute;n est&aacute; la gente que conociste en este a&ntilde;o y medio. Es decir, que solo has conocido con mascarilla. Y de la que ahora completas el puzzle. Con la foto completa parece que ya no la conoces. Un <em>glitch</em> social. O esa otra gente que solo conociste por Z<em>oom</em>. Ahora su voz ya no es metalizada ni rob&oacute;tica ni tiene la textura mediada del audio, su expresi&oacute;n tampoco se congela eventualmente. Esa misma gente de pronto tiene estatura, tama&ntilde;o, proporciones, olor, intimidad. Toca v&eacute;rnoslas de nuevo con la proxemia. Hay gente baja, gente alta, gente que ocupa m&aacute;s, gente que no ocupa apenas. Y todas compartimos el mismo espacio, sin ese absurdo fondo de estanter&iacute;as y sillones, luces indirectas o playas caribe&ntilde;as en croma. La gente est&aacute; ah&iacute; con toda su presencia. Humana. Contundente. Y solo pide paso. Solo pide ser contenida en toda la amplitud de sus tres dimensiones. Tacto, olor, estatura. Y te asustas un poco, una vez m&aacute;s.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Est&aacute;n siendo d&iacute;as de reencuentros, de procesar rituales que dejamos en suspenso a&ntilde;o y medio atr&aacute;s. Semanas de alegr&iacute;a. Pero de una alegr&iacute;a un poco co(a)rtada a&uacute;n. La ambivalencia de volver no siendo las mismas personas. De tener que lidiar con todas las taritas, individuales y comunes, con desiguales suertes, que nos ha dejado este par&eacute;ntesis. Los encuentros transmiten fragilidad y ganas. El ansioso deseo de volver a ser lo que &eacute;ramos. La necesidad de reacomodar los cuerpos, de reacuerparnos, recuperarnos, sobarnos, olisquearnos cual criaturas salvajes, despiojarnos, sacudirnos&hellip;, &iexcl;pero para! Son d&iacute;as de reconstrucci&oacute;n, de reinicio social, de ganas de, a veces, gritar fuerte y que empiecen ya esos locos veinte que inauguramos en enero de 2020 sin saber que alguien meter&iacute;a nuestro reloj en un saco para golpearlo a continuaci&oacute;n con un martillo. De momento bailaremos en modo entreguerras en estos meses por venir. Entre lo que pas&oacute; y lo que est&aacute; por llegar. Tal vez nos cansamos de incertidumbre o es que todo nos vuelve a dar igual.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/presencia-humana_129_8337792.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Sep 2021 19:34:01 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Presencia humana]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pandemia,Mascarillas,Teletrabajo,Restricciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Se busca: escuela infantil perdida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/busca-escuela-infantil-perdida_129_8314794.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/265411be-5e19-4bf9-8602-50906fcf96dc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Se busca: escuela infantil perdida"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">¿Cómo podemos organizar entre toda la comunidad educativa la defensa de un modelo para la educación infantil que no se viva como una ruptura traumática con el modelo anterior?</p></div><p class="article-text">
        &ldquo;No hay ideas sino en las cosas&rdquo;, dec&iacute;a William Carlos Williams, poeta norteamericano de origen caribe&ntilde;o. Sus poemas eran necesariamente breves porque los escrib&iacute;a en las recetas de su consulta pedi&aacute;trica, entre paciente y paciente. Yo le digo a mi alumnado de escritura creativa que tiene que encontrar &ldquo;sus cosas&rdquo;, las que les hagan mirar el mundo como si hubiera ideas importantes que plasmar en un papel, un ticket, una receta, la aplicaci&oacute;n de notas del m&oacute;vil. Les hago hacer versiones de <em>La carretilla roja</em>, uno de los poemas de Williams m&aacute;s conocidos. Les comparto las distintas traducciones que hay&nbsp;mientras les insin&uacute;o que la buena es la de Ernesto Cardenal y no la Octavio Paz (toda ocasi&oacute;n es buena para seguir haciendo la <em>guerrasi&oacute;n</em> cultural): <em>Tanto depende de / una carretilla roja / reluciente de gotas de lluvia / junto a las gallinas blancas. </em>Finalmente les pido que encuentren su carretilla roja (algunos creen que me estoy choteando y citando a Manolo Escobar porque el ejercicio se llama: <em>&iquest;D&oacute;nde estar&aacute; mi carretilla roja?</em>). En fin. Les animo a que usen los objetos para contarme su vida y sus ideas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El domingo pasado nos dejamos un patinete azul en el Parque del Casino (Embajadores, Madrid). Un pat&iacute;n marca <em>Globber</em> que cuesta unos 75&euro;. Se lo regalamos a V. cuando cumpli&oacute; dos a&ntilde;os. Con &eacute;l hab&iacute;amos hecho el camino al cole toda la semana de adaptaci&oacute;n con idea de hacerlo de un modo divertido. M&aacute;s que nada para que dejara de decir &ldquo;al cole, no&rdquo; o &ldquo;yo al cole pero con mam&aacute;&rdquo;. Y ah&iacute; est&aacute;bamos, apurando el s&uacute;per domingo de septiembre antes de volver a la rutina. Al d&iacute;a siguiente empezaba lo serio. Como dijo mi amigo Nacho Moreno, &ldquo;el padre de todos los lunes&rdquo;. Porque los lunes son patriarcales y capitalistas, aunque a m&iacute;, como buena ni&ntilde;a empollona, siempre me encantaron. Y ese lunes nos tocar&iacute;a hacer el camino al nuevo colegio simplemente a pie.&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        <em>Se busca: Monopat&iacute;n perdido azul. Parque del Casino. Fue visto por &uacute;ltima vez el s&aacute;bado por la noche.</em> Ten&iacute;a ganas de hacer carteles y pegarlos por el barrio, pero desde que naci&oacute; G. hago un diez por ciento de las cosas que imagino y casi que debo. Suerte que pude entregar esta columna a tiempo. En un arrebato l&iacute;rico cre&iacute; ver en ese pat&iacute;n perdido todo a lo que est&aacute;bamos renunciando al cambiar de la escuela infantil al colegio. Hablo en plural porque los hijos nos duelen y las familias somos un conglomerado emocional, pero en verdad es mi hijo quien estaba renunciando &ldquo;al otro cole&rdquo;. Es &eacute;l quien se hab&iacute;a quedado sin pat&iacute;n. En &ldquo;el otro cole&rdquo;, una escuela infantil del Ayuntamiento, disfrutaba de una ratio de 13 criaturas/ 2 educadoras, com&iacute;a a eso de las 12:30, el cambio de pa&ntilde;al estaba planteado como uno de los momentos de aprendizaje y afectividad m&aacute;s importantes de la rutina de higiene, echaba la siesta en el aula, donde las instalaciones eran nuevas y los materiales pedag&oacute;gicamente punteros. Cada d&iacute;a, le acompa&ntilde;&aacute;bamos a la puerta del aula a la entrada y la salida, donde sus profes nos contaban c&oacute;mo hab&iacute;a estado, qu&eacute; hab&iacute;an hecho, qu&eacute; hab&iacute;an comido. Incluso bajo la &eacute;gida de medidas sanitarias que nos atenaz&oacute; el curso pasado la informaci&oacute;n flu&iacute;a entre familias, escuela y peques.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En un mes, el que media de julio a septiembre, han pasado de eso a compartir clase con otras 24 criaturas y una sola educadora (&iquest;tal vez la segunda pueda ser sustituida por una pizarra digital?), a entrar solo y a la fuerza a un edificio baqueteado cuya puerta las familias no podemos franquear en virtud de un protocolo anti COVID del que solo ha permanecido lo peor, ya que la bajada de ratios, sin embargo, no se ha mantenido; donde el pa&ntilde;al no tiene mucha cabida (me consta que hay coles que lo &ldquo;proh&iacute;ben&rdquo; para no hacerse cargo de los cambios), no comer&aacute;n hasta las 14h y les enchufar&aacute;n dibujos para paliar el desborde de un personal a todas luces insuficiente, y con quien empatizo. Pero si las criaturas son las mismas, la escuela tambi&eacute;n es p&uacute;blica, &iquest;por qu&eacute; ese salto cu&aacute;ntico que en tan poco tiempo deben asumir personas indefensas? &iquest;Por qu&eacute; en 0-3 a&ntilde;os s&iacute; se puede hacer bien y en 3-6 no? &iquest;C&oacute;mo podemos organizar entre toda la comunidad educativa la defensa de un modelo para la educaci&oacute;n infantil que no se viva como una ruptura traum&aacute;tica con el modelo anterior? &iquest;Y c&oacute;mo lo hacemos para todas las familias en una coyuntura de guerra abierta contra la Escuela P&uacute;blica por parte de las instituciones que deber&iacute;an cuidarla?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        El patinete, como los d&iacute;as de la escuelita infantil, no ha aparecido ni aparecer&aacute;. &iquest;Qu&eacute; nos hizo olvidarnos de &eacute;l? &iquest;Nos lo dejamos o nos lo han robado? Somos otra familia expulsada del para&iacute;so, haciendo el camino escolar como quien va a la trinchera. Olvid&aacute;ndonos cada d&iacute;a todos los relucientes patinetes azules a la puerta del colegio. 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/busca-escuela-infantil-perdida_129_8314794.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Sep 2021 20:47:03 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Se busca: escuela infantil perdida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Educación,Educación pública,Infancia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los que no barren]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/no-barren_129_8272687.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/0af36a53-616c-4e27-8d5f-8285ae1dac5a_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los que no barren"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Como se lee en un pasaje de la novela que estoy leyendo: "Según la visión política de mi asistenta, el mundo estaba dividido en dos clases de personas: los que barren y los que no"</p></div><p class="article-text">
        Llevo todo el verano tratando de leer una novela. No es que sea muy larga, m&aacute;s bien todo lo contrario. <em>La puerta, </em>de la escritora h&uacute;ngara Magda Szab&oacute;, es una novela breve. Me la recomend&oacute; mi amiga Elsa Veiga hace bastante tiempo pero tard&eacute; a&uacute;n m&aacute;s en comprarla y en leerla. No s&eacute;, hay libros que se nos resisten en todos los aspectos, como si desde el principio anunciaran su complejidad, su grandeza. Libros que no nos permiten, por ejemplo, leerlos en el metro o tumbarnos con ellos en la piscina municipal, porque nos exigen tal grado de intimidad y disposici&oacute;n que parece irrisorio compartirlos con estruendos o apretujones. De ese tipo de libros es <em>La puerta</em>. Te (re)quiere para &eacute;l solito. Precisa de toda tu atenci&oacute;n, demanda m&aacute;s que desafiante en estos tiempos de m&uacute;ltiples est&iacute;mulos y atolondrados estares. En estos tiempos tragaperras, que reclaman nuestra atenci&oacute;n como monedas para seguir girando y aliment&aacute;ndose, todav&iacute;a hay novelas que te atrapan en la densidad de su narraci&oacute;n, como si cayeras en la red de renglones interlineados y all&iacute; se abriera un mundo que te hace olvidar todo lo dem&aacute;s. A m&iacute; me sucede, por ejemplo, con Pierre Michon. O Marie-H&eacute;l&egrave;ne Lafon, que en realidad es disc&iacute;pula de Michon. Y me pas&oacute; con <em>La puerta</em>.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al ser franqueada, te dejar&aacute; atrapada no solo por la trama y por el modo de narrar de Szab&oacute; sino, particularmente, por la fuerza del personaje de Emerenc, una de las protagonistas, por no decir <em>la</em> protagonista absoluta, un remolino espec&iacute;fico del que no saldr&aacute;s indemne. Porque <em>La puerta</em> es uno de esos libros port&aacute;tiles. Aunque no lo est&eacute;s leyendo, se queda contigo, impreg&aacute;ndote en sus redes como las moscas caen en las cintas adhesivas que cuelgan de algunas casas de pueblo en verano. La tira adhesiva es Emerenc, las moscas somos, por un lado, el otro personaje antagonista, la escritora trasunto de la propia Szab&oacute;, y nosotras, sus v&iacute;ctimas lectoras. Atrapadas por ese conflicto entre dos modelos de mujer, la que cuida y la que es cuidada.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        La sinopsis, odiosos <em>blurbs</em> que hay que evitar si una cree de verdad en el misterio de la ficci&oacute;n y sus poderes m&aacute;gicos para generar intriga, se refiere a la trama como si el personaje de la escritora fuera efectivamente la propia Szab&oacute; y el de Emerenc el retrato de una trabajadora dom&eacute;stica con la que la autora convivi&oacute; en vida. El dato es irrelevante porque todo lo que sucede aqu&iacute; tiene la fuerza de la literatura, libre de las disquisiciones entre verosimilitud, pactos autobiogr&aacute;ficos y corroboraciones parias. No sabemos si Marga Szab&oacute; tuvo o no una asistenta llamada a Emerenc o cuya historia se le pareciese. &iquest;A qui&eacute;n le importa? &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s da? En <em>La puerta</em> se produce ese misterio reverencial de la literatura que acaba con todas los dilemas in&uacute;tiles entre realidad y ficci&oacute;n. Simplemente sucede.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Dadas mis circunstancias vitales, para poder leer y escribir, yo misma he necesitado el trabajo cercano de dos Emerencs. En mi caso son personas a las que quiero mucho: mi madre y mi suegra. Ambas son profesionales de los trabajos reproductivos. Dedican gran parte de su tiempo al puro esmero de la materia sobre la que reposan el resto de los trabajos y los d&iacute;as. Tareas invisibles llevadas a cabo por las obreras del cuidado (bendita Noem&iacute; L&oacute;pez Trujillo <em>dixit</em>). Dos <em>alguienes</em> que me han ense&ntilde;ado lo invisible e indispensable para poder pensar. Ropa limpia y doblada. S&aacute;banas y toallas &ldquo;cambiadas&rdquo;, provisiones que permanecen, planificaci&oacute;n de compra, comida equilibrada y variada puntualmente en el plato, vuelta a recoger, pensar, decidir, estirar, sacudir, meter, sacar, barrer. Como se lee en un pasaje de la novela: <em>&ldquo;Seg&uacute;n la visi&oacute;n pol&iacute;tica de mi asistenta, el mundo estaba dividido en dos clases de personas: los que barren y los que no, los segundos son capaces de lo peor, independientemente de cu&aacute;les sean&nbsp; las consignas o qu&eacute; bandera ondee el d&iacute;a de la fiesta nacional</em>&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Qu&eacute; significa no barrer? No vaciar los armarios, ni cambiar la ropa de temporada, en fin, no preparar ni ocuparse de la materia necesaria para que sucedan las intangibles cosas del pensar, esas que luego son dichas en las columnas y en las tertulias. Emerenc consigue que la casa est&eacute; perfecta, y eso significa que &eacute;sta desaparezca, con todas sus exigencias, para que la escritora escriba. Me gustar&iacute;a que Emerenc entrara en la casa de todos esos intelectuales que se mofan de lo que denominan <em>hype</em> ideol&oacute;gico de &ldquo;los cuidados&rdquo;, que les leyera la cartilla, que les hiciera ver lo absurdo de relegar el trabajo de todas las obreras del cuidado a la sombra y la burla. Emerenc es de todo menos meliflua y gazmo&ntilde;a, como parecen recriminar estos detractores. &iquest;Qui&eacute;n no quisiera tener a Emerenc entre sus filas, detr&aacute;s de su barricada? Sigo leyendo mientras ustedes van a cualquier librer&iacute;a a adquirir y disponerse a devorar <em>La puerta</em>. Mientras espero yo tambi&eacute;n a mi propia Emerenc que me saque de este limbo. Impecable, atea, &ldquo;arremangada&rdquo;, leal, poderosa, Emerenc carga contra intelectuales pero sobre todo contra los &ldquo;adoctrinadores&rdquo;. Esos que no barren, que se dejan barrer los pies como si no sucediera nada, como si ese hecho no fuera relevante. No se&aacute;is como ellos, barred, o al menos, de ser barridos, no hag&aacute;is como si nada. No cre&aacute;is que lo que hac&eacute;is es m&aacute;s importante que eso.&nbsp; 
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/no-barren_129_8272687.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Sep 2021 20:00:07 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Los que no barren]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cuidados familiares,Maternidad,Lectura,Libros]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La conciliación unicornio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/conciliacion-unicornio_129_8251450.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/aa598a22-a405-4e85-b503-8d04db614ff8_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La conciliación unicornio"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Si esta es la semana de la depresión post vacacional o de la entusiasta 'rentrée', mi vuelta y la de muchas madres que parieron esta primavera tiene unos matices específicos. En concreto, unas tetas a punto de estallar en algún momento de cada jornada</p></div><p class="article-text">
        Voy de cara, esta no ser&aacute; una columna perfecta. No pido indulgencia, solo aceptaci&oacute;n. Es lo que hay. La escribo mientras mis suegros me tienen al beb&eacute; de cuatro meses y el de tres a&ntilde;os duerme. As&iacute; que ir&eacute; al grano, no esper&eacute;is sesudas reflexiones. El caso es que ya han pasado, volando, las 16 semanas (cuatro meses) de nuestro permiso de maternidad y paternidad respectivamente. [Antes de seguir, va <em>disclaimer</em> para &aacute;vidos puntualizadores: soy aut&oacute;noma, no puedo pillar un &ldquo;extra&rdquo; por vacaciones y lactancia, como pareja hemos decidido disfrutar los dos de las 16 semanas juntos (no es deseable, por no decir imposible, pasar un puerperio inmediato sola), y, no, tampoco tengo ahorros para excedencias voluntarias. [Pasan unicornios a lo lejos]. Mi pareja se incorpor&oacute; el martes a su puesto de trabajo. Yo me incorpor&eacute; al m&iacute;o: ll&aacute;malo trinchera, ll&aacute;malo ordenador sobre la mesa de la cocina. Empieza el v&eacute;rtigo de criar en soledad por turnos para poder currar los dos, tirar de abuelos, pensar en ver si podemos contratar a alguien por horas, rezar para que corra la lista de espera de la escuelita p&uacute;blica del peque&ntilde;o&hellip; Con esta columna har&eacute; tambi&eacute;n algo que nos cuesta bastante a las mujeres y a las madres en relaci&oacute;n al trabajo: pon&eacute;rmelo f&aacute;cil. No querr&eacute; demostrar mi excelencia. No har&eacute; sofisticadas piruetas discursivas ni expondr&eacute; datos que avalen mi posici&oacute;n. Voy desde las tripas, en plan ranchera, con el pijama lleno de lamparones y babas. <em>&ldquo;Voy camino a la locura y aunque todo me tortura, s&eacute; querer&hellip;</em>&rdquo;. Reclamo mi derecho a la mediocridad. &iquest;Por qu&eacute; no?&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Si esta es la semana de la depresi&oacute;n post vacacional o de la entusiasta <em>rentr&eacute;e</em>, mi vuelta y la de muchas madres que parieron esta primavera tiene unos matices espec&iacute;ficos. En concreto, unas tetas a punto de estallar en alg&uacute;n momento de cada jornada. Otras tendr&aacute;n un cuchitril asignado en las dependencias de la empresa para usar el sacaleches y seguir engrosando el banco generado en estos cuatro meses (escucho el runr&uacute;n de esa m&aacute;quina y se me ponen los pelos de punta). Otras, y otros, simplemente una pena muy grande por dejar a un cachorro a cargo de alguien que no son ellos. Alguien m&aacute;s se sentir&aacute; aliviado, si trabajar cansa, como dec&iacute;a el poeta, sacar adelante un beb&eacute; no os digo nada. Porque como dec&iacute;a Martirio: <em>&ldquo;yo voy al trabajo a re&iacute;rme y a descansar</em>&rdquo;. En todo caso, me gustar&iacute;a que esta reincorporaci&oacute;n tuviera un nombre espec&iacute;fico, as&iacute; al menos todo el mundo sabr&iacute;a de qu&eacute; hablamos cuando hablamos de volver a trabajar despu&eacute;s de un permiso a todas luces insuficiente. Propongo la semana &ldquo;con la frente marchita&rdquo;.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Sigo escribiendo con un caf&eacute; bebido (desayunar supondr&iacute;a perder un tiempo precioso). Volver es darse de bruces con la conciliaci&oacute;n unicornio (spoiler: no existe). La cama y las noches vuelven a llenarse, en cada despertar para amamantar o dar el bibe, de mails sin contestar, facturas no enviadas, redacci&oacute;n de proyectos, ansiedad por no cumplir los plazos, llamadas. Y encima soy una privilegiada que puede volver de a poquito, con mucha flexibilidad y que tiene abuelos y abuelas dispuestas a echar un cable. Pero sobre todo lo soy por haber disfrutado del permiso: cada vez estoy m&aacute;s convencida de que las rentas de crianza no deber&iacute;an estar sujetas a la situaci&oacute;n laboral. &iquest;Qu&eacute; pasa con las madres desempleadas sin prestaci&oacute;n? Deber&iacute;an ser universales.
    </p><p class="article-text">
        Recuerdo bien mis d&iacute;as de vuelta al trabajo despu&eacute;s de parir a mi primer hijo. Se me hac&iacute;a arduo concentrarme, cambiar la cabeza cuidadora por la cabeza productiva, las subidas de la leche me recordaban en todo momento d&oacute;nde estaba mi beb&eacute;, y por tanto, una parte de mi propio cuerpo. Estos procesos est&aacute;n documentados por la neurociencia: ya durante el embarazo se produce una poda sin&aacute;ptica que favorece la crianza, el chorro de amor que necesita una criatura para generar a su vez sus conexiones neuronales, la formaci&oacute;n del v&iacute;nculo, en fin, su supervivencia. Pero, claro, airear esto en los proyectos de ley o en los consejos de administraci&oacute;n, &iquest;supondr&iacute;a una aberraci&oacute;n de cara a las contrataciones igualitarias? Mmmm. Pero negarlo tambi&eacute;n. &iquest;No deb&iacute;a estar contemplado este proceso&nbsp;de alg&uacute;n modo en las reincorporaciones? O, no, &iquest;deb&iacute;a negarse en nombre del esencialismo para protegernos de las desconfianzas de nuestros desempe&ntilde;os? Llegamos a un callej&oacute;n sin salida. En realidad, las preguntas del mill&oacute;n son otras: &iquest;c&oacute;mo se socializa el cuidado? &iquest;C&oacute;mo se mete en la conversaci&oacute;n p&uacute;blica sin menospreciarlo? &iquest;C&oacute;mo podr&iacute;a entrar con prioridad en los presupuestos p&uacute;blicos anuales?
    </p><p class="article-text">
        Por &uacute;ltimo pero no menos importante, pensemos todo este berenjenal log&iacute;stico, econ&oacute;mico, laboral y emocional desde el punto de vista del beb&eacute;. Diecis&eacute;is semanas de vida y perder a tus figuras de referencia. Olores, tactos, voces, disposici&oacute;n y presencias familiares. Es cruel. Y es que, definitivamente, lo de volver a currar con un beb&eacute; de 16 semanas es una utop&iacute;a envenenada. Un pacto social absurdo. Un traje nuevo del emperador como una casa. Sigo cantando para que duela menos: &ldquo;T&uacute; ten&iacute;as mucha raz&oacute;n, le hago caso al coraz&oacute;n y me muero por volver&rdquo;. Ay, que se me despierta el mayor, os tengo que dejar.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/conciliacion-unicornio_129_8251450.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Aug 2021 19:48:27 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La conciliación unicornio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Maternidad,Conciliación,Cuidados familiares]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La huella de arena de tus vacaciones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/huella-arena-vacaciones_129_8235442.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/6697b58e-9d7a-466f-9389-34be4f5a8305_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La huella de arena de tus vacaciones"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Igual que medimos la huella de carbono de nuestros movimientos y desplazamientos, ¿por qué no somos conscientes de nuestra huella de arena? ¿Quién se hará cargo de ella? Imagino una mujer. Pienso en su salario, literalmente, cargado de salitre. Pero, ¿será justo? ¿Estará asegurada?</p></div><p class="article-text">
        No, no es el t&iacute;tulo de una canci&oacute;n de verano empalagosa. Resulta que a lo largo de esta semana el suelo de nuestro apartamento se ha ido llenando de arena. Lenta, paulatinamente e inexorablemente. Y tampoco es un cuento de Borges. Primero fue principalmente el plato de la ducha y el terrazo del balc&oacute;n donde tendemos, pero los granos finos se han ido extendiendo por toda la casa como una tormenta del desierto, creando rincones y mont&iacute;culos propios. Su presencia denota movimiento, vida, trasiego, salud y, en este caso, vacaciones. Acumulaciones que recogeremos someramente el &uacute;ltimo d&iacute;a antes de irnos pero que no limpiaremos en profundidad porque, &iquest;cu&aacute;l ser&aacute; el mejor modo de limpiar la arena del suelo?, me pregunto. &iquest;Barriendo no la estamos simplemente mandando de un rinc&oacute;n a otro? Nos falta conocimiento experto para saberlo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Igual que medimos la huella de carbono de nuestros movimientos y desplazamientos, &iquest;por qu&eacute; no somos conscientes de nuestra huella de arena? &iquest;Qui&eacute;n se har&aacute; cargo de ella? Imagino una mujer. Pienso en su salario, literalmente, cargado de salitre. Pero, &iquest;ser&aacute; justo? &iquest;Estar&aacute; asegurada? &iquest;Cobrar&aacute; por apartamento terminado independientemente de c&oacute;mo se lo encuentre y lo que tarde en desarenarlo? Y lo m&aacute;s urgente: &iquest;han tenido estas cuestiones alg&uacute;n peso a la hora de reservar nuestras vacaciones? No. Nos fijamos en si hab&iacute;a o no piscina y en la cercan&iacute;a o lejan&iacute;a con la playa. Pero el castellet de muchas de nuestras vacaciones est&aacute; sostenido por esas limpiadoras y dem&aacute;s personas de &ldquo;mantenimiento&rdquo;. &iquest;Qui&eacute;n pone a punto esta maquinaria vacacional? &iquest;Cu&aacute;nto del dinero de la reserva hecha en Booking o cualquier otra plataforma llega al bolsillo de estas personas? Me pregunto mientras sigo con el inter&eacute;s de una final ol&iacute;mpica el avance del crowdfunding de la Central de Reservas de las Kellys, un proyecto del Sindicato de las Kellys de Catalu&ntilde;a para hacer un <em>Booking</em> del bien, una plataforma donde la arena se retire limpiamente de cada habitaci&oacute;n de recreo.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Contado ahora parece irreal pero hace a&ntilde;os tuve una jefa llamada Kelly. Era la encargada de contratar a las camareras de planta de uno de los hoteles de Edimburgo perteneciente a una conocida cadena multinacional en el que trabaj&eacute; durante unos meses. Para m&iacute; era una suerte de turismo laboral. Lo hac&iacute;a para pagarme la estancia veraniega en Escocia y las entradas del festival de teatro. Cada habitaci&oacute;n desordenada y sucia me retaba a buscar restos de los viajeros que fueran pretexto para escribir otro cuento. Jugaba a comer cruasanes intactos del servicio de habitaciones, a tratar de descifrar en la cantina si lo que hablaban aquellos otros empleados pelirrojos era el mismo ingl&eacute;s que yo hab&iacute;a aprendido en el instituto. De eso vivimos la gente que escribimos: de detritus. Recuerdo que la bata de rayas del uniforme me quedaba a reventar. Con ella me sent&iacute;a como una secundaria de Fellini surcando los pasillos detr&aacute;s del carrito. Pero con ella tambi&eacute;n ven&iacute;a un contrato directo con el hotel y un sueldo digno, un salario semanal que no ten&iacute;a relaci&oacute;n con el n&uacute;mero de habitaciones que pudi&eacute;ramos limpiar al d&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        A&uacute;n as&iacute;, yo era eficaz. Al poco de estar all&iacute;, Kelly me ofreci&oacute; ampliar mi media jornada a una completa. Yo era un fil&oacute;n. Era joven y fuerte. No ten&iacute;a m&aacute;s que hacer que ir a trabajar y al teatro. Ten&iacute;a 26 a&ntilde;os y unas Patrick Ewing grises con las que volaba sobre la moqueta mullida. No me quejaba y no cambiaba los turnos: era una empleada f&aacute;cil. Pero una compa&ntilde;era me cont&oacute; un d&iacute;a en el <em>green</em> que hab&iacute;a delante del hotel que la misma jefa que tan maja era conmigo la maltrataba sistem&aacute;ticamente. Se re&iacute;a de su ingl&eacute;s a la menor oportunidad, y aquel mismo d&iacute;a, sin ir m&aacute;s lejos, la hab&iacute;a obligado a terminar su turno a pesar de haberse lesionado una mano a primera hora haciendo una cama. All&iacute; se forj&oacute; nuestra amistad de camareras de planta. Cuando Kelly lleg&oacute; con una bata nueva de mi talla y la ampliaci&oacute;n del contrato en firme le tuve que explicar abruptamente que me iba, que no pod&iacute;a seguir trabajando con una Kelly que maltrataba a las otras <em>kellys</em>. Desde entonces, nunca olvido esto cuando me alojo en un hotel.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &iquest;Cu&aacute;l es la huella de arena de tus vacaciones?&iquest;Qui&eacute;n la limpiar&aacute; cuando volv&aacute;is a casa? Tal vez el pr&oacute;ximo verano, si <a href="https://www.goteo.org/project/las-kellys" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">este crowdfunding</a> chuta (&iexcl;hag&aacute;moslo posible!), podamos todas reservar en una plataforma cristalina donde haya kellys contentas y hoteles organizados en torno a una &eacute;tica imprescindible. Si ya hemos conseguido interiorizar la huella de carbono, hagamos lo propio con la de arena. Escribamos una nueva p&aacute;gina de nuestra manera de hacer la vacaci&oacute;n, que ya sabemos que no se hace sola, ni se hace justa. Gracias, kellys, yo reservo con vosotras.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        &nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/huella-arena-vacaciones_129_8235442.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Aug 2021 19:54:18 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La huella de arena de tus vacaciones]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vacaciones,Crowdfunding]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El bolso de Antonella]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bolso-antonella_129_8216908.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/7b054cb6-7886-4fd5-887d-bb21035f1e0c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El bolso de Antonella"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Yo también soy Antonella, todas somos o hemos sido Antonella. Salgo de casa con una mochila donde caben todas las necesidades de mi familia además de las mías</p></div><p class="article-text">
        El bolso de Antonella es diminuto. Pero es capaz de contener la posibilidad emocional, por no decir la certeza, de que Leo va a llorar en la rueda de prensa. Y de que, por tanto, necesitar&aacute; pa&ntilde;uelos. El trabajo emocional se materializa en sus manos. &iquest;Leo no era capaz de preverlo? Probablemente, s&iacute;, che, se conoce. Pero, &iquest;c&oacute;mo encajar en ese estrecho y tambi&eacute;n diminuto traje de chaqueta el siempre antiest&eacute;tico taquito de cl&iacute;nex? No lo hizo porque probablemente contaba con el bolso de Antonella. Ese bolso es una prolongaci&oacute;n de s&iacute; mismo y de su propia familia. Y es bonito no acabar en ti mismo. Contar con otras extensiones de tu propio cuerpo. Depender.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo tambi&eacute;n soy Antonella, todas somos o hemos sido Antonella. Salgo de casa con una mochila donde caben todas las necesidades de mi familia adem&aacute;s de las m&iacute;as. Llevo agua, algo de comer, mascarillas de repuesto, pa&ntilde;ales, claro, (talla 3 y talla 5), toallitas, una muselina para suavizar superficies rocosas y pomada de pa&ntilde;al. Proteger, amortiguar, limpiar. Llevo tambi&eacute;n paracetamol (&iquest;qui&eacute;n sabe?), chicles para el mareo y mis gafas graduadas. Prever, calcular, sopesar. Y protector solar. Obvio. Este verano, apurando las prerrogativas que dentro de una pareja hetero m&aacute;s o menos igualitaria conlleva amamantar, prob&eacute; a salir de casa como he visto hacer durante generaciones a tantos hombres antes que yo. A cuerpo. Con lo puesto (implica beb&eacute; en brazos). Por una vez en la vida me lanc&eacute; al vac&iacute;o. Me arriesgu&eacute; a no organizar, anticipar, supervisar, corregir, liderar el punto caliente familiar que cada a&ntilde;o supone la preparaci&oacute;n veraniega de maletas. No cheque&eacute; el clima por venir, no predije paradas ni comidas, bebidas ni frutas, no imagin&eacute; apartamentos inh&oacute;spitos o soles de justicia. Simplemente me puse mi traje ajustado y sal&iacute; sin miedo a la rueda de prensa de las vacaciones. Por un d&iacute;a, fui Leo en vez de Antonella. Acceder a esa ligereza me result&oacute; algo desasosegante pero como experimento no fracas&oacute;. Mi familia sobrevivi&oacute; sin mi despliegue de ingenier&iacute;a dom&eacute;stica. Hubo olvidos, calcetines desparejados, paradas en gasolineras para reponer los huecos, comida procesada. Pero nadie muri&oacute;.&nbsp;&nbsp;&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Al d&iacute;a siguiente, en la piscina, me fijo en la toalla de la Antonella de la pareja que tengo delante. Encima de ella se api&ntilde;an su cuerpo y el de dos criaturas ya creciditas y mojadas. Preside la toalla un gran cesto, el objeto m&aacute;gico, bols&oacute;n de Mary Poppins del que van saliendo y dispers&aacute;ndose: un monedero con dinero suelto y las tarjetas sanitarias de ella y de los cr&iacute;os, juegos de cartas, una tablet, toallas para todos, un cargador, ba&ntilde;adores secos de recambio, mudas, libros de varias edades y g&eacute;neros, una bolsa de pl&aacute;stico que har&aacute; las veces de basura, chanclas de diferentes tallas, las llaves de casa y del coche, pl&aacute;tanos maduros y galletas pisadas para una eventual merienda. Y protector solar. Mucho protector solar. Obvio. Antonella interact&uacute;a constantemente con esa caja de Pandora familiar, aleph dom&eacute;stico. A su lado, Leo escucha algo muy concentrado con unos cascos inal&aacute;mbricos, su m&oacute;vil en la mano, y su culo sobre una toalla exigua y seca. Mira el horizonte. Se abstrae. Trasciende. La toalla de Leo es como una isla, la de Antonella es un archipi&eacute;lago. y as&iacute;, de momento, van girando los engranajes de la vida y las vacaciones, a veces chirriando pero normalmente engrasados en silencio para que la cosa siga sin mayores complicaciones. Para algunos.
    </p><p class="article-text">
        Comprueben el tama&ntilde;o y la propiedad de los bolsos de las familias que les rodean este verano. El peso y el tama&ntilde;o de los bolsillos, los mandatos y las tareas repartidas por g&eacute;nero dentro de cada clan. Descubran Leos y Antonellas. Sean un d&iacute;a quien llora y otro quien pasa los cl&iacute;nex. Qu&eacute; bonito ser&iacute;a que ese gesto y el peso del cuidado de los bolsos fueran valores universales. Mientras, compensemos las cargas de las bolsas de la piscina.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/bolso-antonella_129_8216908.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Aug 2021 20:35:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[El bolso de Antonella]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Feminismo,Igualdad de género,Lionel Messi,Vacaciones]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La loba y la interferencia o cómo amamantar en tiempos acelerados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/loba-interferencia-amamantar-tiempos-acelerados_129_8202209.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/8d2865b4-ae02-4896-bed7-535bbfa3d517_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La loba y la interferencia o cómo amamantar en tiempos acelerados"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Necesitamos que toda la sanidad pública se rearme para acompañarnos en este camino. Y quien no sepa, que no estorbe, que no nos juzgue. Con todas estas compañeras he compartido las miles de grietas (nunca mejor dicho) que surgen al tratar de instaurar una lactancia en tiempos acelerados y productivistas</p></div><p class="article-text">
        Leo a Diogo Mainardi en su maravilloso libro <em>La ca&iacute;da</em>: &ldquo;<em>En un momento dado, empec&eacute; a rendir culto a Tito </em>(su hijo). <em>Empec&eacute; a rendir culto a la vida dom&eacute;stica. Mi evangelio es una factura de la luz. Mi templo es una tienda de comestibles. Tito es el todo. Un tomate es el todo</em>&rdquo;. Me gustar&iacute;a empezar esta columna as&iacute;, por la puerta grande. La narraci&oacute;n de la entrega masculina al cuidado tiende siempre a la &eacute;pica porque, al ser elegida, es epif&aacute;nica y supone un camino de transformaci&oacute;n. Para m&iacute; no es f&aacute;cil, sin embargo, hacer p&uacute;blicamente y sin miedo una defensa furibunda de los superpoderes de la lactancia. Al defender con vehemencia determinadas decisiones sobre nuestros cuerpos o nuestras crianzas nosotras resultamos siempre sospechosas. Fan&aacute;ticas. Locas. Escribo esto en el m&oacute;vil mientras doy de mamar y el gatito de la casa prestada en la que pasamos unas semanas se acerca sibilinamente, como hace en casi cada toma. Mi otro hijo tambi&eacute;n se apunta a la mel&eacute;. Tiene pelusa de su hermano y pide su raci&oacute;n aunque hace un a&ntilde;o exacto que lo destet&eacute;. As&iacute; que ah&iacute; estoy, con tres criaturas encima record&aacute;ndome lo que mi feminismo constructivista nunca me dejar&aacute; admitir: soy mam&iacute;fera. La loca de la teta y de los gatos.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Para atenuar estos miedos a ser juzgada, contar&eacute; un cuento. Hace un a&ntilde;o fuimos con mi hijo mayor (que entonces era &uacute;nico) a la monta&ntilde;a, concretamente a Gredos, lo m&aacute;s lejos de casa que pisamos en todo 2020. Vamos a la monta&ntilde;a a buscar un hermanito, le dec&iacute;a yo mientras ascend&iacute;amos la pendiente. Era mi manera de avisarle que la semana entrante yo tendr&iacute;a cita en la cl&iacute;nica de reproducci&oacute;n asistida para comenzar otro tratamiento que inclu&iacute;a una dosis de hormonas que yo no quer&iacute;a que le llegaran a &eacute;l a trav&eacute;s de la leche. Tambi&eacute;n necesitaba descansar entre un proceso y otro. Por eso le cont&eacute; que lo primero que hab&iacute;a que hacer era dejar la leche de la teta en la luna, que a esas alturas del mes de agosto, estaba adem&aacute;s llen&iacute;sima. La leche se qued&oacute; ah&iacute; arriba, como un caramelo para el futuro embri&oacute;n mientras yo me pon&iacute;a triste: cl&aacute;sico duelo de lactante apasionada. Durante las nueve lunas llenas que avistamos durante el posterior embarazo mi hijo me recordaba que la leche estaba en la luna esperando la llegada del hermanito. Mientras avanzaba el embarazo fuimos tachando lunas hasta que lleg&oacute; el d&iacute;a del parto. Cre&iacute; que con semejantes antecedentes narrativos y dos a&ntilde;os de lactancia previa, mi cuerpo me regalar&iacute;a una continuaci&oacute;n bonita en este camino de la leche. Ilusa.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cuando puse a mi hijo sobre el pecho en el paritorio (par&iacute; de pie y yo misma lo alc&eacute; tom&aacute;ndolo de las axilas), se enganch&oacute; al pez&oacute;n izquierdo con la fuerza de los mares, la misma con la que hab&iacute;a nacido (naci&oacute; en veintisiete minutos, pero eso da para otra columna). Con aquel subid&oacute;n, explosi&oacute;n casi, de oxitocina, volv&iacute; a creer que todo estaba hecho. Pas&eacute; la noche desnuda junto a &eacute;l enganchadito a mi teta. La cosa marchaba. Al d&iacute;a siguiente igual, beb&eacute; mamaba, madre se confiaba. Un par de enfermeras de planta vinieron entonces a agobiarme, en teor&iacute;a &ldquo;a revisar el enganche&rdquo;, y bajo la tutela de sus ojos empec&eacute; a olvidar. &iquest;C&oacute;mo carajo se hac&iacute;a esto? &iquest;C&oacute;mo se sosten&iacute;a un beb&eacute; tan diminuto? &iquest;Ser&eacute; capaz de hacerlo? Yo solo quer&iacute;a volver a casa a meterme en la cueva y vestirme con mi traje de loba. Podr&iacute;a haber pedido el alta voluntaria pero, por pura comodidad, nos quedamos. Craso error. A la ma&ntilde;ana siguiente apareci&oacute; otra enfermera con la b&aacute;scula para pesar al beb&eacute; y todos los fantasmas de mi anterior lactancia (dolores, peso bajo, deshidrataci&oacute;n, miedos, agobios, presi&oacute;n social, mal enganche) se cernieron sobre nuestra habitaci&oacute;n. La b&aacute;scula marcaba un descenso algo superior al que el hospital ten&iacute;a como m&aacute;ximo en sus protocolos. As&iacute; que me dieron el alta como perdon&aacute;ndome la vida y con el kit de botecitos de f&oacute;rmula, jeringuillas y c&aacute;nulas bajo el brazo. Ya estaba hecho: me hab&iacute;an llenado el inicio de la lactancia de, como las llama la Dra. Kika Baeza, interferencias. Quien lo sufri&oacute; lo sabe. Por suerte y con la ayuda de mi pareja y algunas amigas, al llegar a casa pude reencontrarme con lo que quedaba de loba en mi habitaci&oacute;n y empec&eacute; darle junto al suplemento, el calostro, ese oro l&iacute;quido, que era capaz de sacar para d&aacute;rselo al cr&iacute;o con esas mismas jeringuillas hospitalarias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Comenz&oacute; ah&iacute; (y por segunda vez) mi odisea, una que comparto con muchas reci&eacute;n paridas: grietas en los pezones, el dolor de la subida, ingurgitaciones, luchas a muerte con las pezoneras, desesperaci&oacute;n, agotamiento. Sacrificios de los que no estoy orgullosa porque lo que m&aacute;s me gustar&iacute;a es no haberlos tenido que pasar. Ni yo ni nadie. Tres meses despu&eacute;s de parir, aqu&iacute; estamos mi hijo y yo, atravesando la crisis propia de esta edad (la leche deja de salir a espuertas, el beb&eacute; ha de esforzarse m&aacute;s y llora en cada toma, se arquea, cabreado). Es un momento cr&iacute;tico en el que muchas lactantes abandonan. Y est&aacute; todo bien, m&aacute;s vale un biber&oacute;n caliente y en paz que una teta fr&iacute;a llena de mala leche. Pero da coraje que estos abandonos soberanos sean precedidos por una falta de apoyo e informaci&oacute;n a la que todas tendr&iacute;amos que tener derecho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        He sabido de esta crisis y de muchas otras cosas, pero sobre todo me he sentido menos sola gracias a mis grupos de apoyo, a mi asesora de lactancia, a las matronas y la pediatra de mi centro de salud, que por suerte, es un basti&oacute;n del <em>lactivismo</em>. Necesitamos que toda la sanidad p&uacute;blica se rearme (suenan risas mal&eacute;volas a lo lejos) para acompa&ntilde;arnos en este camino. Y quien no sepa, que no estorbe, que no nos juzgue. Con todas estas compa&ntilde;eras he compartido las miles de grietas (nunca mejor dicho) que surgen al tratar de instaurar una lactancia en tiempos acelerados y productivistas; toda vez que en los setenta se cort&oacute; la sabidur&iacute;a popular de la lactancia en pos del protagonismo rutilante de la leche de f&oacute;rmula, de la que, por cierto, yo tiro cuando no puedo m&aacute;s con mi alma o tengo que ausentarme algunas horas. Bendita heterodoxia, bendita lactancia bastarda elegida.
    </p><p class="article-text">
        Porque cuando amamantas no das la teta, t&uacute;, sobre todo para tus hijos, <em>eres</em> la teta. Deber&iacute;amos ser protegidas como especies en extinci&oacute;n. Pero de nuevo mi feminismo, ese que lucha convencida contra todo esencialismo y determinismo biologicistas, contra ese <em>ser </em>(quedar reducida a) mera teta que tantas opresiones nos ha costado durante generaciones, se revuelve. Hago de mi casa un parque natural donde mi nuevo beb&eacute; y yo somos cuidados como la &uacute;ltima pareja de linces ib&eacute;ricos de Do&ntilde;ana. Donde trato de que las interferencias para mi lactancia sean m&iacute;nimas. Y vuelvo a ser la loca que quiere escribir sobre la lactancia en tono &eacute;pico. Y me da igual lo dem&aacute;s. &ldquo;<em>A m&iacute; me amamant&oacute; una loba. &iquest;Qui&eacute;n si no?</em>&rdquo;, dec&iacute;a un verso de &Aacute;ngel Gonz&aacute;lez. A mis hijos tambi&eacute;n.&nbsp;&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/loba-interferencia-amamantar-tiempos-acelerados_129_8202209.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Aug 2021 19:54:05 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La loba y la interferencia o cómo amamantar en tiempos acelerados]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Lactancia materna,Maternidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Litoral de interior]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/litoral-interior_129_8187192.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/5a557dec-37be-4ada-a456-a719d2fba906_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Litoral de interior"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay en España una orilla adentro que une todos los pliegues de lo que no es litoral, ni Madrid, ni siquiera ninguna de las ciudades medianas e importantes que siempre salen en las noticias o en las estadísticas</p></div><p class="article-text">
        ''Est&aacute;s morena. &iquest;D&oacute;nde has estado?''. Yo contesto que en Castell&oacute;n. Y todo el mundo me imagina en Benic&agrave;ssim o en cualquier playa cercana. Pero no, vengo de Matet, un pueblo tierra adentro. Un paraje jugoso, un vergel donde remedar a los Durrell en Corf&uacute;. Un paisaje de montes redondeados y arbolado espeso, con mucho alcornoque y olivo. Uno de esos paisajes que supuran aceite de oliva mientras suena la banda municipal de la chicharra. Contra la pesadez de las horas m&aacute;s calurosas del d&iacute;a: siesta y alcanc&iacute;a. Es la Sierra del Espad&aacute;n, que es parque natural, y donde sus habitantes espor&aacute;dicos y no censados, los hijos de los hijos que nacieron all&iacute; y que ahora viven en su mayor&iacute;a en Valencia, tienen un deje ma&ntilde;o al hablar. Turolense m&aacute;s bien, aunque con la ineptitud de la antropolog&iacute;a madrile&ntilde;a creemos que todo lo aragon&eacute;s puede ser llamado ma&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        ''Volvemos a la llanura'', dice alguien mientras dejamos Matet y su sierra por la autov&iacute;a mud&eacute;jar. Vamos camino de Asturias. Y al decirlo la gente cree, de nuevo, que vararemos en las playas de Luarca o Cudillero, tal vez Gij&oacute;n. Pero no, vamos a otro pueblo monta&ntilde;ero, Cangas del Narcea, junto a la reserva de Muniellos, uno de los bosques m&aacute;s frondosos de Europa, donde con mucha suerte podr&iacute;as llegar a cruzarte con un oso pardo despistado. Viajamos de pueblo a pueblo, de monta&ntilde;a en monta&ntilde;a, de interior a interior, de alcornocal a robledal.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Hay en Espa&ntilde;a una orilla adentro que une todos los pliegues de lo que no es litoral, ni Madrid, ni siquiera ninguna de las ciudades medianas e importantes que siempre salen en las noticias o en las estad&iacute;sticas. En el trayecto entre nuestros puntos de origen y llegada paramos en la ciudad de Burgos, ep&iacute;tome de la Espa&ntilde;a interior. Casi arisca, tambi&eacute;n resulta frondosa y fresca con sus dos lados de la ribera renaturalizada del Arlanz&oacute;n, modelo actual de los r&iacute;os que debieran volver a tomar las ciudades con su fauna y su flora.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acogedora en su presunta aspereza, Burgos nos muestra caminos y rincones m&aacute;s all&aacute; de la Catedral y su 800 aniversario, que se dice pronto. Paramos a merendar en las Llanas, en la de Adentro, en concreto, en un bar-librer&iacute;a que se llama <a href="https://www.instagram.com/lafigaburgos/?hl=es" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">La Figa Ta T&iacute;a</a> (el co&ntilde;o de tu t&iacute;a). Qu&eacute; m&aacute;s se puede pedir. No muy lejos, en la Casa del Cord&oacute;n, un regalo: la exposici&oacute;n de fotograf&iacute;a <a href="https://portal.cajadeburgos.com/exposicion/0606100204/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Espa&ntilde;a adentro</a>. De la mano de Fernando Gordillo y su trabajo documental durante los a&ntilde;os sesenta y setenta del pueblo Pedro Bernardo (&Aacute;vila), villa de higueras, en pleno &eacute;xodo rural. Las fotos, hechas en su d&iacute;a en gran formato, revelan una vida ya extinta, la de un pueblo peque&ntilde;o pero vivo, lleno de traj&iacute;n diario, panader&iacute;as humeantes y criaturas que ahora vivir&aacute;n en &Aacute;vila o en Madrid, y volver&aacute;n con sus nietos a pasar el verano en el pueblo. A repoblarlo temporalmente, a llenarlo de ruido que cesar&aacute; en oto&ntilde;o.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        C&oacute;mo me cuesta imaginar pueblos como Matet o Pedro Bernardo as&iacute;, como muestran las fotos de Gordillo, llenos de vida diaria. En mi memoria, igual que la infancia de mis padres transcurre necesariamente en blanco y negro, los pueblos peque&ntilde;os del interior de Espa&ntilde;a aparecen sistem&aacute;ticamente vaciados. &iquest;Y si estamos llegando al fin de esa siesta hist&oacute;rica? Me pregunto si la pandemia traer&aacute; un &eacute;xodo de las ciudades al pueblo, al campo, al interior. Est&aacute; por ver por d&oacute;nde nos sale la reinvenci&oacute;n de la vida. Si pasan o est&aacute;n en Burgos no se pierdan la expo de Gordillo ni el bizcocho de cacao de La Figa Ta t&iacute;a. Tampoco olviden parar en la tierra del Espad&aacute;n si van camino de la playa de Castell&oacute;n, ni internarse en el concejo de Ibias si van so&ntilde;ando con las playas asturianas. Hay mucho donde perderse en esa Espa&ntilde;a adentro, un litoral interior lleno de historia, vida y qui&eacute;n sabe si promesa.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/litoral-interior_129_8187192.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Aug 2021 19:25:33 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Litoral de interior]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Zonas rurales,Pueblos,Fotografía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las abuelas son para el verano]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/abuelas-son-verano_129_8164429.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/02b9e44f-5eab-43eb-a235-219909340dcc_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="880" height="495" alt="Las abuelas son para el verano"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Pueden ser lo mejor del mundo. También lo más temible, por su clarividencia. Nos ven al trasluz. Desinhibidas en su honestidad</p></div><p class="article-text">
        Todos los a&ntilde;os por estas fechas envidio a mi amiga Clara. Pasa siempre el mes de agosto cerca del Delta del Ebro, en la casa donde naci&oacute; su abuela Mix&iacute;n. Mix&iacute;n est&aacute; viviendo lo suficiente para que ambas puedan disfrutarse hasta edades insospechadas para ser abuela y nieta: casi centenaria la una, cuarenta&ntilde;era la otra. La casa de Mix&iacute;n me recuerda al Huerto, la casa-coraz&oacute;n en torno a la cual se desarrolla la novela <a href="http://sextopiso.es/esp/item/488/los-nombres-propios" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Los nombres propios</em></a> de Marta Jim&eacute;nez Serrano, una &oacute;pera prima luminosa y punzante, editada este a&ntilde;o por Sexto Piso. Como mis abuelas se fueron demasiado pronto, tengo que recrearme con las abuelas de mis amigas. O las literarias.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Anuncia, la l&uacute;cida abuela de la protagonista de<em> Los nombres propios</em>, entra directa al pante&oacute;n de abuelas indelebles surgidas en obras recientes: Mar&iacute;a Solo, la abuela feriante e ind&oacute;mita de Ana Iris Sim&oacute;n en <a href="https://circulodetiza.es/libros/feria/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Feria</em></a>, la abuela-&aacute;rbol de Mar&iacute;a S&aacute;nchez en <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-tierra-de-mujeres/288488" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Tierra de mujeres</em></a>, la abuela gamberra y mejor amiga de Marina en <a href="https://blackiebooks.org/catalogo/vozdevieja/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Vozdevieja</em></a><em> </em>o las abuelas santeras y deslenguadas de Isora y Shit en <a href="https://editorialbarrett.org/tienda/narrativa/panza-de-burro/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>Panza de burro</em></a>. Este abanico de abuelas es diverso, claro. Nada tiene que ver la abuela que te acoge unas semanas voluntariamente en su piscina a la que te cuida de manera obligada todo el verano encarnando el da&ntilde;o colateral por excelencia de la distop&iacute;a de la conciliaci&oacute;n patria. No hay cuerpos con m&aacute;s encarnadura de clase y g&eacute;nero que los cuerpos de las abuelas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Clara tambi&eacute;n escribi&oacute; una primera novela. Titulada <a href="https://www.edicionesenelmar.com/producto/ano-del-caballo/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"><em>El a&ntilde;o del caballo</em></a> (Ediciones en el mar), es otra &oacute;pera prima <em>preciosa y amenazante </em>donde se puede seguir tambi&eacute;n el rastro de su abuela en el paisaje. Y es que las abuelas pueden ser lo mejor del mundo. Tambi&eacute;n lo m&aacute;s temible, por su clarividencia. Nos ven al trasluz. Desinhibidas en su honestidad. Tantas autoras j&oacute;venes dialogando de t&uacute; a t&uacute; con generaciones previas a las de sus madres me lleva a pensar que necesitamos referentes previos al &ldquo;milagro espa&ntilde;ol&rdquo;, a la &eacute;poca de los expertos. Necesitamos abuelas, propias o prestadas.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Yo, por ejemplo, durante mis puerperios me acuerdo mucho de mis abuelas ausentes: Teresa, la materna, porque fue madre tard&iacute;a como yo, y Antonia, la paterna, porque pese a todas las dificultades, se convirti&oacute; en la nodriza de su barrio cuando la lactancia exclusiva no era sospechosa, entre otras cosas porque hab&iacute;a poco m&aacute;s que echar a la boca. Me pregunto ahora c&oacute;mo fueron sus partos. Qu&eacute; no dar&iacute;a yo por escuchar sus relatos (los relatos de parto y lactancia son los documentos m&aacute;s rec&oacute;nditos de los archivos familiares). C&oacute;mo las echo de menos. Las abuelas: chamanas de la memoria, hacedoras de una gram&aacute;tica y &eacute;tica parda pre tecnol&oacute;gica y pre neoliberal. Brutas como un arado, brillantes en su amorosa crueldad. Refugio tan incondicional como las buenas novelas. No se olviden de disfrutar de ellas este verano.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/abuelas-son-verano_129_8164429.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jul 2021 20:23:12 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Las abuelas son para el verano]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La institución cultural de los vínculos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/institucion-cultural-vinculos_129_7261123.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/71c48918-fa62-4e9f-8e23-28fac6bfb6d3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La institución cultural de los vínculos"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">El desmantelamiento de la sede actual de Medialab Prado amenaza con dejar una nueva cicatriz en el mapa de la cultura comunitaria de la ciudad</p><p class="subtitle">Levy desaloja Medialab Prado para trasladarlo a Matadero y abrir un centro de "creación contemporánea" en su sede</p></div><p class="article-text">
        &iquest;Pueden institucionalizarse los v&iacute;nculos m&aacute;s all&aacute; de la familia, la escuela y el trabajo? S&iacute;, las instituciones culturales, algunas, despu&eacute;s de mucho esfuerzo y a&ntilde;os de picar piedra en el territorio lo consiguen. Dejan de ser instituciones de paso, donde entrar a recibir algo y salir con un bot&iacute;n cultural. De Medialab/Prado es muy probable que salgas con esas manos que la cultura mercantil quiere que llenes vac&iacute;as, &ldquo;solo&rdquo; saldr&aacute;s con ganas de volver, con una conversaci&oacute;n, un pensamiento, un momento vivido, cuatro contactos nuevos y las ganas de apuntarte a un grupo de trabajo o a la pr&oacute;xima convocatoria abierta. En fin, sales con un v&iacute;nculo por construir, por fortalecer.
    </p><p class="article-text">
        All&iacute; muchas personas hemos vivido much&iacute;simas cosas cruciales que han cambiado nuestra vida, hemos establecido relaciones de mentor&iacute;a, de admiraci&oacute;n, de aprendizaje, de colaboraci&oacute;n, pero, sobre todo, de afecto. Las personas que formamos parte de su comunidad nos sentimos parte de algo vivo. Con la firmeza de ese sentido de pertenencia presente redactamos <a href="https://wearethelab.org/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">un manifiesto</a> que no ha dejado de sumar adhesiones desde que se hizo p&uacute;blico el <a href="https://www.eldiario.es/madrid/medialab-prado-aire_1_7159473.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">cese de su director, Marcos Garc&iacute;a</a>. Me gustar&iacute;a saber cu&aacute;ntas instituciones culturales p&uacute;blicas o privadas se pueden jactar de tener una comunidad tan definida, no tanto en su perfil sino en su compromiso. &iquest;Es eso lo que se quieren cargar nuestros gobernantes? &iquest;Lo que les da miedo, instituciones a las que poder sentir que pertenecemos, que transforman nuestra vida, una cultura que se vive y se hace en vez de ser consumida?
    </p><p class="article-text">
        Porque eso es lo que pasa en Medialab, que te transforma, ni siquiera &ldquo;te enriquece&rdquo; como pretenden los proyectos expositivos basados en engrosar nuestra cuota de cultura como si aquella fuera una experiencia acumulativa, comparable a la de la producci&oacute;n. No, Medialab es un proyecto inacabado, como lo es toda la cultura que tiene que ver con lo vivencial, lo digital y lo experimental. Y eso no lo va a transformar un cambio de sede, pero s&iacute; lo va a mutilar. Las relaciones que se dan en Medialab tienen que ver con el espacio, con el enclave f&iacute;sico dentro de la ciudad, con la cercan&iacute;a, con el deseo de romper con la centralidad, ese c&aacute;ncer cultural con el que hemos tratado de luchar desde dentro en aquel proceso de descentralizaci&oacute;n que comenz&oacute; la cultura municipal all&iacute; por 2015 y que claramente est&aacute; viviendo un proceso retr&aacute;ctil. No. Volvamos al centro, volvamos al dorado, volvamos al paquete terminado, a lo que puedes llevar, lo que puedes consumir.
    </p><p class="article-text">
        Lo m&aacute;s triste de este desmantelamiento es que los que lo idean es probable que no sepan lo que se cargan. O s&iacute;, lo saben perfectamente. Te cargas una radio escuela, te cargas un centro social, dos centros sociales (pienso a vuela pluma en La Ingobernable y en EVA), te cargas una Casa de Cultura como la de Chamber&iacute;. Te cargas los v&iacute;nculos. A la persona que recoja el testigo que dejan Marcos Garc&iacute;a, Laura Fern&aacute;ndez y su equipo le sugiero que en ese presunto nuevo espacio expositivo e innovador deje un espacio, un hueco, un vac&iacute;o para exponer los v&iacute;nculos que a partir de este cambio de direcci&oacute;n y sede quedar&aacute;n cortados: los que se construyeron con el propio edificio, con el vecindario, con agentes culturales y sociales de todo tipo, la AFA del colegio p&uacute;blico anexo, CEIP Palacio Vald&eacute;s, con el Caf&eacute; Matilda, con el propio CaixaForum (ya una gran caja expositiva donde se produce todo aquello con lo que quiere innovar este nuevo proyecto), con el Hub de enfrente, con el barrio de las Letras, en fin, con otro modelo de ciudad que el que se apuntala ahora.
    </p><p class="article-text">
        Los v&iacute;nculos de esta comunidad se mantendr&aacute;n, expandidos por la ciudad y las redes. Dejar&eacute;is un socav&oacute;n entre la calle Atocha y el Hotel Palace. Una nueva cicatriz comunitaria en un centro despoblado, lleno de franquicias, hoteles fantasmas y restauraci&oacute;n llena de extranjeros, v&iacute;nculos ef&iacute;meros que solo se traducen en riqueza monetaria. Qu&eacute; ser&aacute; lo pr&oacute;ximo, &iquest;las bibliotecas p&uacute;blicas? Las comunidades y los v&iacute;nculos seguiremos rondando.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/institucion-cultural-vinculos_129_7261123.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Feb 2021 20:21:52 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[La institución cultural de los vínculos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Medialab Prado,Madrid,Arte]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Abrir los balcones, apagar las tertulias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/abrir-balcones-apagar-tertulias_129_7236173.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/4c592cb0-4240-4b0e-aec0-e4b1d4148d57_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Abrir los balcones, apagar las tertulias"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Una experimenta por primera vez la atomización y se pregunta si será la edad, la pandemia, o la prórroga del fin de historia. Una quiere aprender a ordenar el mundo pero la historia corre más rápido</p></div><p class="article-text">
        Una se cambia de casa. Se cambia de esquina, de patio, de edificio, de escenario. Con suerte, si puede, permanece en el barrio. Si le dejan. Desmonta la casa. Hace limpieza, necesita un <em>reseteo</em>: tira cosas, regala, dona, comunaliza todo lo posible. Guarda otras miles de mierdas inservibles porque los consejos del minimalismo no le calaron lo suficiente. Una escucha la radio por la nueva casa a&uacute;n vac&iacute;a. Escucha que, en el hemisferio austral, el curso comienza en marzo. Escucha que, seg&uacute;n el calendario lunar, el cambio de a&ntilde;o se produce en febrero. Un amigo recuerda que un amigo y su familia han decidido que en su casa 2021 va a empezar con la consagraci&oacute;n al buey de metal del hor&oacute;scopo chino. Nada de rendir pleites&iacute;a a aquellas uvas fallidas del uno de enero que dieron paso a la borrasca innombrable. La que nos parti&oacute; cientos de &aacute;rboles en dos, congel&oacute; personas y procesos de esperanza en ciernes y que tambi&eacute;n trajo cien nombres nuevos para nombrar la belleza fugaz de la nieve. Una sigue escuchando la radio: la ONU ha enviado una dura carta al Gobierno acerca del incumplimiento del derecho internacional para con los habitantes de la Ca&ntilde;ada Real. Cae la noche. A la ma&ntilde;ana siguiente, una se entera por la misma radio c&oacute;mo se ha detenido a un rapero dentro de una universidad. A una le parece que est&aacute; empezando a hacer m&aacute;s calor ah&iacute; fuera.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una cambia pues de calendario y decide volver a ilusionarse con esa luz nueva que se vislumbra en el aire. Una sigue con su mudanza. Sube cosas a Wallapop: la mochila de monta&ntilde;a que ya no usa, los patines de l&iacute;nea. La caja de libros autoeditados sin vender, &iquest;d&oacute;nde se deja? <em>En el bulevard de los sue&ntilde;os rotos</em>, contesta textualmente el mism&iacute;simo Sabina desde la radio de la que salen las tertulias. Esa misma tarde, una quiere volver a chutarse el aire precoz de la casi primavera, abre el nuevo balc&oacute;n de la nueva casa pero enseguida le llega un tufo a chamusquina. Una escucha el desfile de sirenas subiendo por la calle Embajadores direcci&oacute;n a la Puerta del Sol. En el programa de la noche, gente privilegiada se apresura en criminalizar la juventud y la violencia. Pero si justo ayer aplaud&iacute;an cierta necesaria valent&iacute;a de la serie <em>Antidisturbios</em> por cuestionar la violencia institucional. Una siente la disociaci&oacute;n, la preferencia de la ficci&oacute;n para relacionarse con la realidad sin tocarla. Una asume que ser&aacute; una de esas noches de incendiarse en redes con un dedo y apagar la radio con otro.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Una experimenta por primera vez la atomizaci&oacute;n y se pregunta si ser&aacute; la edad, la pandemia, o la pr&oacute;rroga del fin de historia. Una quiere aprender a ordenar el mundo pero la historia corre m&aacute;s r&aacute;pido. Una mira y no mira la imagen de la chavala con la cuenca del ojo ensangrentada mirando al cielo. La foto rima con otra tomada en otro punto del mapa: una pantorrilla llena de perforaciones por balines. Una tambi&eacute;n sabe que tampoco hace falta hacer nada para que una carga venga hacia ti. Pero qu&eacute; sabr&aacute; una, si su principal preocupaci&oacute;n de esta semana es c&oacute;mo empaquetar una cuna sin tener que desmontarla. Una constata que se est&aacute; preparando una primavera calentita, muy de abrir balcones. De que corra el aire.&nbsp;
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/abrir-balcones-apagar-tertulias_129_7236173.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 20 Feb 2021 20:47:11 +0000]]></pubDate>
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      <media:title><![CDATA[Abrir los balcones, apagar las tertulias]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La sonrisa de mi matrona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/sonrisa-matrona_129_7216019.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/ec495552-ff0c-4b5d-ad99-ba8fae1059ee_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La sonrisa de mi matrona"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">Hay procesos que se cuentan mejor sin palabras y el de generar un vínculo con un pequeño ser que ha salido de tu cuerpo, de ese mismo cuerpo del que se alimentará, sólo se puede afrontar a veces "con el vientre lleno de risa"</p></div><p class="article-text">
        Ayer entr&eacute; por primera vez en el grupo de pre y postparto de mi centro de salud. Han sido muchos los meses y mucha la pelea de las matronas de los centros de salud de la Comunidad de Madrid para poder llevar a cabo estos grupos en remoto. Grupos vitales para el acompa&ntilde;amiento al proceso de cambiar de piel que supone la experiencia de la maternidad y la paternidad. Durante el confinamiento, pens&eacute; much&iacute;simo en las reci&eacute;n paridas y las pu&eacute;rperas. Recordaba lo importante que fueron para m&iacute; despu&eacute;s de mi parto esos grupos de apoyo de madres, de familias, de iguales o m&aacute;s bien, de diferentes. Me recuerdo comparando a nuestros beb&eacute;s, despelujadas unas, espl&eacute;ndidas otras, ambivalentes todas. Yo, concretamente, asustada porque el m&iacute;o no cog&iacute;a peso, dici&eacute;ndole al matr&oacute;n que la lactancia a demanda iba a acabar conmigo, cuando lo que quer&iacute;a gritarle es que necesitaba ayuda y apoyo, que no me estaba yendo bien, que no estaba bien.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Acab&eacute; ri&eacute;ndome con otra madre que contest&oacute; a mi exabrupto con otro: que los sacaleches los hab&iacute;a inventado un se&ntilde;or experto, eso seguro. Una b&uacute;squeda r&aacute;pida en el m&oacute;vil, con una mano, en la otra los beb&eacute;s, nos llev&oacute; al dato. Efectivamente, lo patent&oacute; en un tal O.H. Needham, a mitad del XIX, inspir&aacute;ndose en los extractores industriales de leche vacuna. Un maestro de ajedrez lo perfeccionar&iacute;a d&eacute;cadas despu&eacute;s para simular el instinto de succi&oacute;n de los reci&eacute;n nacidos. Lo del maestro de ajedrez nos hizo re&iacute;r m&aacute;s a&uacute;n. Risa floja. Bendita risa floja sin Zoom y sin mascarillas de por medio. Consegu&iacute; el apoyo que necesitaba en aquellos grupos, tambi&eacute;n con amigas, familiares y asesoras de lactancia. Un chat del que formo parte y donde madres afines nos acompa&ntilde;amos y nos orientamos partiendo de nuestra experiencia me ha salvado el culo (y el de mi beb&eacute;) en m&aacute;s de una y de dos ocasiones. Tambi&eacute;n all&iacute; nos re&iacute;mos mucho.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Pero ech&eacute; de menos un fluido conocimiento intergeneracional. No hab&iacute;a caso: la lactancia de la generaci&oacute;n de nuestras madres hab&iacute;a sido reformulada gracias a Nestl&eacute;. Ech&eacute; de menos a mi abuela Antonia, por mi t&iacute;a supe que dio de mamar a m&aacute;s de un beb&eacute; ajeno all&aacute; en los d&iacute;as de posguerra en los patios de la Colonia Moscard&oacute;. Nodriza de barrio. Ech&eacute; de menos a esas vecinas. Al final, establec&iacute; mi lactancia y el peso de mi hijo gracias al empuje de una pediatra experimentada, tambi&eacute;n de nuestro centro de salud. Incluso me reconcili&eacute; con el sacaleches, porque hasta ese cacharro del infierno ha sido capaz de reapropiarse el activismo. Ahora pienso c&oacute;mo ser&aacute; mi pr&oacute;ximo postparto sin la presencia f&iacute;sica y la cercan&iacute;a de todas esas personas. Sin las risas. En la estricta intimidad del hogar.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        En el libro <a href="https://www.nordicalibros.com/product/los-pequenos/" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">Los peque&ntilde;os</a> (reci&eacute;n publicado por N&oacute;rdica) de Marion Fayolle, autora francesa que ya ilustr&oacute; otro de los procesos vitales m&aacute;s alucinantes a los que se puede enfrentar una persona y que en tanto se parece al puerperio, el duelo, en 'La memoria de las piedras', he encontrado estos d&iacute;as un refugio. Hay procesos que se cuentan mejor sin palabras. Y el de generar un v&iacute;nculo con un peque&ntilde;o ser que ha salido de tu cuerpo (no puede haber cosa m&aacute;s surrealista), de ese mismo cuerpo del que se alimentar&aacute; s&oacute;lo se puede afrontar a veces, como dice Luna Miguel en el pr&oacute;logo luminoso del libro, &ldquo;con el vientre lleno de risa&rdquo;. Y eso es lo que encontr&eacute; en el grupo de posparto el otro d&iacute;a, las ganas de re&iacute;r, de estar cerca, de celebrar sin &ntilde;o&ntilde;er&iacute;as, de acompa&ntilde;arnos en todo lo incomprensible y lo abismal que ofrece el puerperio. Me cost&oacute; darme cuenta de qu&eacute; era lo primero que me hab&iacute;a puesto tan contenta de aquella reuni&oacute;n <em>on line</em>. Era la primera vez, la primera vez en este embarazo ya mediado, que ve&iacute;a la sonrisa de mi matrona. Sin mascarilla, me pareci&oacute; una mujer guap&iacute;sima, llena de luz. En el doble fondo de las soledades de esta pandemia hay una soledad espec&iacute;fica que atender: la de las mujeres embarazadas, los cuerpos gestantes y pu&eacute;rperos. Y nos tenemos que inventar mucha luz para ellas. Para nosotras.
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Silvia Nanclares]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/sonrisa-matrona_129_7216019.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 14 Feb 2021 23:53:34 +0000]]></pubDate>
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      <media:keywords><![CDATA[Maternidad,Lactancia,Sororidad,Embarazo]]></media:keywords>
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