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    <title><![CDATA[elDiario.es - Larisa Kalik]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/autores/larisa-kalik/]]></link>
    <description><![CDATA[elDiario.es - Larisa Kalik]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright El Diario]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Diario de una huida de Kiev]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/diario-huida-kiev_1_8786001.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.eldiario.es/clip/1fbfb547-639f-48cb-9cf8-5d84343d4554_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diario de una huida de Kiev"></p><div class="subtitles"><p class="subtitle">La periodista Larisa Kalik, originaria de Moldavia, documenta hora a hora la invasión rusa y cómo ha sido evacuada de la ciudad que ama</p><p class="subtitle">Colas kilométricas, pánico y despedidas para escapar de Ucrania en plena invasión rusa</p></div><p class="article-text">
        <strong>Lunes</strong>
    </p><p class="article-text">
        Estaba en el centro de Kiev cuando Vlad&iacute;mir Putin <a href="https://www.eldiario.es/internacional/putin-reconoce-autoproclamadas-republicas-prorrusas-ucrania_1_8768179.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">anunci&oacute; que reconoc&iacute;a las &ldquo;rep&uacute;blicas populares&rdquo; </a>de Lugansk y Donetsk. Le&iacute; las citas de su discurso pero no me atrev&iacute; a mirar su cara mientras hablaba ni a escuchar su voz. Se pensaba que esa misma tarde iba a declarar la guerra, por eso mucha gente dio un suspiro de alivio al escuchar sus palabras. Luego entendieron que Putin no se detendr&iacute;a ah&iacute;.
    </p><p class="article-text">
        En todo el mundo se hab&iacute;an le&iacute;do los &uacute;ltimos meses las noticias de un supuesto ataque contra Ucrania, pero ni yo ni mis amigos quer&iacute;amos creer que una guerra pod&iacute;a comenzar. Hasta que Putin pronunci&oacute; su discurso y me di cuenta: hab&iacute;a llegado la hora de hacer la mochila.
    </p><p class="article-text">
        Con la esperanza de no necesitarlos reun&iacute; mis documentos, un libro, ropa interior y un jersey para abrigarme. Despu&eacute;s, me tumb&eacute; en la cama d&aacute;ndole la espalda a la ventana. Pero entonces pens&eacute;: si entran proyectiles a la casa, ser&iacute;a ofensivo que me golpearan en la espalda. As&iacute; que me gir&eacute; y me qued&eacute; dormida mirando hacia la ventana.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Martes</strong>
    </p><p class="article-text">
        En los d&iacute;as siguientes, pas&eacute; todo el tiempo que pude en las calles de Kiev. Sacando fotos, hablando con la gente y tratando de recordar todas las cosas que me gustan de la ciudad. Kiev se ha convertido en mi hogar despu&eacute;s de que me forzaran a irme de Transnistria, un estado controlado por Rusia y sin reconocimiento internacional. Tuve que marcharme cuando me abrieron una causa penal por &ldquo;extremismo&rdquo; tras escribir un libro sobre las condiciones del ej&eacute;rcito de Transnistria. En la vecina Ucrania, donde me traslad&eacute;, siempre me he sentido a gusto y en paz. La gente es amable, simp&aacute;tica y animada.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Mi&eacute;rcoles</strong>
    </p><p class="article-text">
        A lo largo del d&iacute;a vi en varias ocasiones la aterradora imagen de los helic&oacute;pteros sobrevolando el cielo de Kiev. Como mis amigos, yo tampoco pod&iacute;a pensar en otra cosa. Leer las noticias era lo &uacute;nico que pod&iacute;a hacer. Todo lo dem&aacute;s parec&iacute;a haber perdido sentido. Todas nuestras vidas parec&iacute;an haber cambiado para siempre. A lo largo del d&iacute;a, mi &uacute;nico consuelo fue escuchar la m&uacute;sica en ucraniano que tanto me gusta.
    </p><p class="article-text">
        A &uacute;ltima hora de la tarde escuch&eacute; el discurso del presidente de Ucrania, Volod&iacute;mir Zelenski. Se dirig&iacute;a a los rusos en su idioma y les ped&iacute;a que evitaran la guerra.
    </p><p class="article-text">
        Luego intent&eacute; volverme a dormir.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jueves, 5:30 de la ma&ntilde;ana</strong>
    </p><p class="article-text">
        Me despert&oacute; una llamada telef&oacute;nica que lo volvi&oacute; todo m&aacute;s claro:<a href="https://www.eldiario.es/internacional/putin-ataca-ucrania_1_8776932.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link"> la invasi&oacute;n hab&iacute;a comenzado</a>. Estaba oscuro y la luz de la l&aacute;mpara me molest&oacute; en los ojos cuando la encend&iacute;. Estaba confundida y durante un rato no supe qu&eacute; hacer. Daba vueltas por la habitaci&oacute;n, tratando de vestirme. Met&iacute; algunas cosas m&aacute;s en la mochila. Mis amigos me llamaban constantemente para avisarme del comienzo de la guerra. Durante un rato intent&eacute; llamar a mi familia pero estaban lejos y tranquilamente dormidos.
    </p><p class="article-text">
        Por todas partes parec&iacute;a haber ruido, velocidad, caos y alboroto pero dentro del apartamento todo estaba muy tranquilo. Entonces o&iacute; el ruido de algo que se mov&iacute;a a gran velocidad al otro lado de la ventana. Pens&eacute; en un cohete. Era como un silbido que parec&iacute;a cortar el aire. Me tumb&eacute; en el suelo temblando horrorizada. Romp&iacute; a llorar. Durante varios segundos esper&eacute; la detonaci&oacute;n pero no ocurri&oacute; nada. Sigo sin saber qu&eacute; pudo haber sido.
    </p><p class="article-text">
        Cuando me recompuse mir&eacute; por la ventana. En la calle la gente iba con maletas y sonaba una sirena. Los p&aacute;jaros volaban en bandadas. En un papel que encontr&eacute; escrib&iacute; mi nombre, el n&uacute;mero de tel&eacute;fono de mi mejor amigo y mi grupo sangu&iacute;neo. Todav&iacute;a est&aacute; en el bolsillo de mis vaqueros mientras escribo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jueves, 7:30 de la ma&ntilde;ana</strong>
    </p><p class="article-text">
        La decisi&oacute;n de irme la tom&eacute; r&aacute;pidamente. La empresa de un amigo organizaba un autob&uacute;s de evacuaci&oacute;n hacia el relativamente tranquilo oeste de Ucrania y pens&eacute; que lo mejor era viajar para esperar por el desenlace de las cosas en un lugar seguro donde pensar c&oacute;mo proceder. Cog&iacute; la mochila y sal&iacute; de casa. Ya hab&iacute;a colas en las puertas de las tiendas, en los cajeros autom&aacute;ticos y en las farmacias y por la calle decenas de personas caminaban hacia el metro. Algunos se sentaron en el suelo, refugi&aacute;ndose en el metro. Otros se fueron. Yo me fui con ellos.
    </p><p class="article-text">
        Era imposible soltar el tel&eacute;fono. Todo el mundo estaba siguiendo las noticias o llamando a sus familiares. Pero nadie entraba en p&aacute;nico. Aunque los transe&uacute;ntes bromeasen con que no iban a tener que ir a trabajar, yo nunca hab&iacute;a visto tanto dolor en los rostros. Era una ma&ntilde;ana pesada y llena de nubes. Desde el metro camin&eacute; por mis calles favoritas hasta el autob&uacute;s. No me desped&iacute; de la ciudad. S&eacute; que volver&eacute; pronto.
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            <span class="title">
                Ciudadanos en Kiev en un refugio de la capital ucraniana.                             </span>
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        <strong>Jueves, 9:00 de la ma&ntilde;ana</strong>
    </p><p class="article-text">
        En el autob&uacute;s &eacute;ramos cincuenta personas. El conductor comprendi&oacute; la trascendencia del momento y nos llev&oacute; por Maidan Nezalezhnosti, una de las principales plazas de Kiev. Ya hab&iacute;a despliegue militar en la ciudad y miles de veh&iacute;culos se sumaban a la misma corriente de tr&aacute;fico que nosotros.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Vi a una mujer amamantando a su beb&eacute; en el asiento delantero de un coche cercano. Vi a muchos ni&ntilde;os. Vi colchones y paneles solares en el techo de los veh&iacute;culos. Vi a siete personas api&ntilde;adas en un coche de tama&ntilde;o normal, unas sobre el regazo de otras. Vi la huella de uno de los primeros misiles que estallaron en Kiev. Vi accidentes de tr&aacute;fico. Nos llev&oacute; seis horas recorrer los primeros setenta kil&oacute;metros de salida de la ciudad.
    </p><p class="article-text">
        Al principio fuimos hacia el sur, en direcci&oacute;n a Odesa. No recuerdo cu&aacute;ntas veces habr&eacute; conducido por esa carretera, al mar pero hasta ahora nunca hab&iacute;a visto un destacamento militar. De los siete soldados all&iacute; de pie, cinco eran mujeres. Salud&eacute; y me devolvieron la sonrisa. En ese momento le&iacute; sobre un ataque ruso contra un edificio residencial de la ciudad de Chuguev durante el que hab&iacute;a muerto un ni&ntilde;o.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Jueves, 11:00 de la noche</strong>
    </p><p class="article-text">
        El tiempo pas&oacute; sin que nos di&eacute;ramos cuenta. En algunos momentos, al otro lado de la ventana solo hab&iacute;a oscuridad. Salimos de la autopista principal para tomar una carretera rural en direcci&oacute;n oeste, donde nos llev&oacute; tiempo sortear los atascos constantes. La c&aacute;lida luz de las peque&ntilde;as casas rurales se abr&iacute;a paso en la oscuridad.
    </p><p class="article-text">
        Algunas personas del autob&uacute;s llamaron a sus seres queridos en Rusia, que no pod&iacute;an creer que la guerra hubiera comenzado. Mis compa&ntilde;eros de viaje tuvieron que demostrarles que el ej&eacute;rcito ruso hab&iacute;a atacado Ucrania a las cinco de la ma&ntilde;ana, mientras el pa&iacute;s dorm&iacute;a.
    </p><p class="article-text">
        Le&iacute; las noticias sobre la resistencia de Ucrania a la agresi&oacute;n, de c&oacute;mo luchaba y se defend&iacute;a. Al mismo tiempo, algunos de mis amigos de Moldavia estaban ayudando a organizar la asistencia a los refugiados. Miles de personas han acudido a Chi&#537;in&#259;u, la capital moldava, mientras en Ucrania los misiles rusos y bielorrusos volaban sobre sus ciudades.
    </p><p class="article-text">
        Casi no dormimos. Pero la gente se ha mantenido firme y ni siquiera los ni&ntilde;os peque&ntilde;os lloraban. Los gatos y los perros que la gente llevaba consigo no hicieron ruido. Nos enteramos de que un proyectil impact&oacute; <a href="https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/duelo-bloque-apartamentos-destruido-misil-tragedia_1_8784315.html" target="_blank" data-mrf-recirculation="links-noticia" class="link">en un edificio residencial de Kiev </a>durante la noche.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Viernes, seis de la ma&ntilde;ana</strong>
    </p><p class="article-text">
        Despu&eacute;s de 21 horas de viaje, nos detuvimos cerca de la ciudad de Khmelnytskyi. Pronto empezaron a llegar novedades de Kiev: hab&iacute;an comenzado los bombardeos en la zona de Obolon, al norte de la ciudad, y un tanque ruso hab&iacute;a atropellado a un coche con un civil al volante. Hace solo unas horas sal&iacute; de esa misma zona. Ahora ve&iacute;a llegar v&iacute;deos grabados en las calles por las que yo hab&iacute;a caminado solo dos d&iacute;as antes.
    </p><p class="article-text">
        Mis amigos de Kiev no pod&iacute;an irse. No hab&iacute;a coches ni gasolina y las salidas de la ciudad segu&iacute;an atascadas. Los llam&eacute; y casi ninguno respondi&oacute;. Sent&iacute; que los hab&iacute;a dejado morir. Pero est&aacute;n vivos, est&aacute;n a salvo, y solo espero que no mueran. Mi amigo Vanya ha conseguido salir. Mi amiga Lyolya est&aacute; escondida en un refugio antibombas. Bogdan est&aacute; a salvo.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Viernes, 10:00 de la ma&ntilde;ana</strong>
    </p><p class="article-text">
        Nuestro autob&uacute;s sigui&oacute; su viaje. Fuera de la ciudad de Ternopil, el despliegue militar era casi inapreciable. En las peque&ntilde;as ciudades que cruzamos hab&iacute;a m&aacute;s personas caminando por las calles. Hab&iacute;a una sensaci&oacute;n de calma y de salvaci&oacute;n. Hemos comido y dormido un poco.
    </p><p class="article-text">
        <strong>Viernes, 4:00 de la tarde</strong>
    </p><p class="article-text">
        Treinta y una horas despu&eacute;s de nuestra salida de Kiev llegamos a una peque&ntilde;a ciudad del oeste. Nos bajamos del autob&uacute;s en la puerta de un hotel de diez plantas. La gente se puso a registrarse en las habitaciones. Al parecer, los ciudadanos bielorrusos, los rusos y los de Crimea tienen prohibido instalarse entre los refugiados. Soy ciudadana moldava pero el amigo con el que he viajado es de Minsk y no puede quedarse entre los que buscan refugio como &eacute;l.
    </p><p class="article-text">
        No puedo dejarlo. En el autob&uacute;s hab&iacute;a otros bielorrusos con nosotros, que tampoco ten&iacute;an d&oacute;nde ir. No hay transporte gratuito, ni forma de volver a Kiev, y es posible que no nos dejen entrar en Polonia. Tambi&eacute;n es poco probable que podamos llegar a Moldavia. No llevamos casi nada encima.
    </p><p class="article-text">
        Escribo esta entrada en el diario mientras pasa todo esto. Despu&eacute;s de asegurarme un lugar para m&iacute;, he tra&iacute;do en secreto a cuatro personas m&aacute;s a mi habitaci&oacute;n individual, que no tiene agua caliente. Espero que nadie se entere.&nbsp;
    </p><p class="article-text">
        Cerca del hotel hay una iglesia. Desde aqu&iacute; se oyen los himnos.
    </p><p class="article-text">
        <em>Traducido por Francisco de Z&aacute;rate</em>
    </p>]]></description>
      <dc:creator><![CDATA[Larisa Kalik]]></dc:creator>
      <guid isPermaLink="true"><![CDATA[https://www.eldiario.es/internacional/theguardian/diario-huida-kiev_1_8786001.html]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Feb 2022 22:36:48 +0000]]></pubDate>
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