'Yo siempre a veces': la precariedad de una madre soltera sostiene una de las series más humanas de Movistar Plus+

El éxito de crítica y público, juntos o por separado, es el principal baremo que mide el valor de un showrunner o un cineasta. Sin embargo, hay otros méritos que también pueden calibrar su importancia en la industria individual, siendo dos de ellos su olfato para descubrir nuevos talentos y su capacidad de sacar adelante proyectos que, sin su apoyo, difícilmente podrían ver la luz. Un ejemplo claro de esto último lo tenemos en la figura de Pedro Almodóvar, del que se habla mucho —y con razón— de su excelsa carrera como director y muy poco de que, por ejemplo, él y su hermano Agustín produjeron con El Deseo la ópera prima de Álex de la Iglesia (Acción mutante, 1993) y dos de las primeras y más importantes películas de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, 2001) e Isabel Coixet (Mi vida sin mí, 2002), pese a que ninguna de ellas tenía mucho que ver con su estilo de cine.

Los Javis, admiradores confesos del manchego, están más o menos en las mismas. Trece años después de que triunfaran con la versión teatral de La Llamada —curiosamente, el mismo tiempo que separa la primera película de Almodóvar (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, 1980) y la primera que produjo sin estar dirigida por él (la ya mencionada Acción mutante)—, Javier Calvo y Javier Ambrossi han construido una carrera tan sólida que ahora mismo pueden permitirse el lujo de sacar adelante no sólo sus propias producciones, sino también las de otros a través de su compañía, Suma Content. De hecho, la buena acogida de sus creaciones ha hecho que la etiqueta “producida por los Javis” goce de una fuerza inusual dentro de nuestra industria por el simple hecho de mencionar en ella al dúo creativo, por mucho que ninguno de sus integrantes tenga algo ver con el guion o la dirección de aquellos títulos que la lucen.

Yo siempre a veces, la nueva serie de Movistar Plus+, es la última producción en sumarse a esta lista, en la que ya figuran ficciones televisivas como Cardo (Atresmedia, 2021), Vestidas de azul (Atresmedia, 2023), Superestar (Netflix, 2025) o Mariliendre (Atresmedia, 2025). Siguiendo con las coincidencias, las cuatro fueron creadas o cocreadas por mujeres, igual que Yo siempre a veces, el proyecto más importante hasta la fecha de Marta Bassols y Marta Loza, que la segunda también dirige junto a Ginesta Guindal y Claudia Costafreda. Para rizar el rizo, esta última ya dirigió en su momento capítulos de Vestidas de azul, Cardo y Superestar, además de ser cocreadora de las dos últimas y guionista de Veneno (Atresmedia, 2020), por lo que su presencia tras las cámaras en Yo siempre a veces refuerza la conexión de los Javis con esta serie. Una conexión que también se aprecia en otro punto importante: el resultado final no cae en la indiferencia.

'Yo siempre a veces' y lo difícil que es salir adelante

De momento, Yo siempre a veces ya ha sido avalada por el prestigioso festival Canneseries, donde competirá en su selecta sección oficial a partir de este jueves 23 de abril, coincidiendo con su llegada a Movistar Plus+. Compuesta de seis episodios (30 minutos), la serie sigue a Laura (interpretada por la debutante Ana Boga), a quien la vida le cambia por completo cuando tiene un bebé con Rubén (David Menéndez) tras una noche de fiesta por Barcelona. Laura, que antes de ser madre tenía pensado volver a disfrutar de su buena vida en Berlín, ha de quedarse en la Ciudad Condal e intentar sacar adelante al pequeño Mario en una España tan precaria como la de nuestros días, sobre todo para la gente joven. Y Rubén, que hasta ahora vivía por y para la noche, debe asumir la gran responsabilidad que supone ser padre. Sin embargo, ella está más dispuesta que él de dar un paso adelante hacia la madurez, lo que acaba por causar fricciones entre ambos.

Esto no quiere decir que Laura sea un personaje perfecto, ni mucho menos. De hecho, una de las cosas que habla bien de Yo siempre a veces es que no pretende —o no parece pretender— que sus protagonistas caigan bien al público, aunque tampoco necesariamente mal. Dentro de su naturalidad, la serie apuesta por presentar a Laura y Rubén como dos personas normales y corrientes, con sus virtudes y sus defectos, y que tan pronto resultan simpáticas como todo lo contrario. No siempre al mismo tiempo, claro, pues hay ocasiones en las que es más fácil conectar con Laura que con Rubén y viceversa, aunque la verdadera protagonista sea ella. De hecho, uno de los puntos mejorables de la propuesta está en la construcción de sus tramas, pues por momentos parece ser la persona con más mala suerte del mundo debido a la enorme cantidad de contratiempos a los que se enfrenta, algunos de ellos tan rocambolescos que ponen en peligro el tono realista de la serie.

Insistir en esta desdicha no hacía falta cuando tu protagonista es madre soltera, carece de trabajo estable y el padre de su hijo no le pone las cosas fáciles, pues bastante tiene ya con hacer frente a todo esto. Aun así, por excesivas que puedan resultar, las dificultades de Laura no tapan una realidad: que es muy complicado ser uno mismo y avanzar emocional y vitalmente en un contexto de precariedad. Al fin y al cabo, ella vive en la España “de ahora”, en la que es tan costoso acceder a la vivienda, tener un buen salario y contar con las herramientas necesarias para construir una familia. Una España “de ahora”, pero que para los millennials de su edad es la de casi siempre, pues lleva muchos años sin ofrecer los alicientes que sí disfrutaron generaciones anteriores. Hay una escena muy ilustrativa al respecto. En ella, Laura mira el móvil, ve lo caros que están los alquileres en Barcelona y asume que están fuera de su alcance. Un buen resumen de cómo están las cosas.

Escenas como esta no hacen de Yo siempre a veces una de las mejores series de Movistar Plus+, pero sí una de las más realistas, humanas y que más tiene los pies en el suelo de todo su catálogo original. A su favor también juega que no cae en el error de demonizar la maternidad, algo que hubiese sido muy fácil de hacer dado el radical giro que experimenta la vida de su protagonista. Porque sí, las cosas para Laura eran mucho más sencillas cuando vivía por y para ella y podía ser ella misma en todo momento, pero esto no le impide sentir un inmenso cariño por su pequeño Mario. Los múltiples planos del bebé sonriendo recuerdan a su madre —y nos recuerdan a los demás— que por muy complicadas que se pongan las cosas, siempre hay un buen motivo para tirar hacia adelante. Y a Javier Calvo y Javier Ambrossi, que siempre hay historias y mucho talento femenino ahí fuera por el que apostar.