Netflix canta a Raphael en 'Aquel', la serie que descifra la leyenda aunque pasa de puntillas por sus hitos y 'escándalos'
“A reinar, fortuna, vamos; no me despiertes si duermo, y si es verdad, no me duermas. Mas, sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa”. La vida es sueño, de Calderón de la Barca, fue la obra que prendió en Raphael la pulsión del arte. Era prácticamente un niño cuando, de regreso a casa, se topó en las calles del barrio madrileño de Cuatro Caminos en el que entonces vivía con un teatro ambulante en el que se representaba la citada joya literaria del genio del Siglo de Oro. Ese día, Falín -así le llamaban- sintió la llamada y supo que su lugar estaría siempre encima de los escenarios.
“Para poder encontrarme, sueño camino; para saber perdonarme, sueño destino; para olvidarme de mí, yo sueño desde el principio”, cantaba hace unos años Raphael en la canción que abre su disco Victoria, un álbum compuesto y producido por Pablo López con el que el de Linares (Jaén) se celebraba a sí mismo, consciente del privilegio de su exitosa andadura vital y profesional. Unos versos con los que el mito parecía cerrar el círculo, aludiendo a la temprana proyección de un 'alter ego' al que distanció de su ser definiéndolo con ese 'ph' que lo acabó identificando como un icono universal.
Una figura con una voz única, una imagen inconfundible y una propuesta interpretativa dramática e hiperbólica que otrora causó filias y fobias pero que siempre provocó en todos un magnetismo incontrolable y, sobre todo, perenne hasta nuestros días. Un cantante de discografía inagotable, de premios y reconocimientos irrepetibles, y de impacto intergeneracional. Un ídolo de masas que comenzó como baladista clásico actuando en los teatros más selectos del planeta y que hace varios veranos hacía vibrar al joven público del festival Sonorama Ribera.
Una carrera desacomplejada y arriesgada, con muchas luces y muy pocas sombras, que lo convierte en uno de lo estandartes vivos más admirados de la música española, dentro y fuera de nuestras fronteras. Con todo, tras más de 60 años de trayectoria, el legado del 'raphaelismo' encuentra testimonio en un extenso archivo que cuenta con libros de memorias; publicaciones biográficas; especiales, galas y entrevistas filmadas; documentales; películas autoparódicas incluso; y, desde este pasado viernes, con su propia serie de televisión. Su título es Aquel y de la mano de Netflix ya está disponible en las pantallas de uno y otro lado del charco.
A cargo de DLO Producciones en colaboración con Caracol Televisión, y con la supervisión de la familia y el equipo del protagonista -su hijo Jacobo Martos ejerce de productor asociado-, la plataforma roja se lanza a relatar la historia de Miguel Rafael Martos Sánchez y su desempeño para construir y perpetuar su leyenda como Raphael. La ficción, en la que Javier Morgade y Carlos Santos encarnan al artista en diferentes etapas vitales, se encomienda en su primer capítulo a esas líneas de Calderón de la Barca con las que arranca este artículo para convertir La vida es sueño en un espejo en el que mirarse. Así, igual que Segismundo, en Aquel Raphael parece querer plantear desde la 'torre' de su fama una reflexión sobre la libertad, el destino y la capacidad de cada persona para decidir quién quiere ser. Con todas las contradicciones.
Antes, mucho antes de enamorarte, mucho antes de encadenarte, te voy a contar mi vida
Una foto poliédrica que pasa de puntillas por sus hitos y polémicas
Por tranquilizar a las masas, quede claro de antemano que nadie verá en Aquel una introspección tan explícita y profunda sobre el artista. Pero sí que es esta una de las claras lecturas que subyacen en una ficción que realmente transita de forma ligera y amena a lo largo de los ocho capítulos que la componen. La serie se presenta como un entretenido biopic en el que Raphael toma la palabra para contarnos su vida y ayudarnos a entender a través de otra piel todas las aristas de su expansivo devenir.
De esta manera, Aquel se convierte en un retrato poliédrico del cantante, que aborda su periplo personal y artístico de forma global y tratando en cada episodio diferentes aspectos, temáticas y vivencias que han marcado su camino. Esto proporciona al título un cariz interesante: se dinamiza mucho su visionado con un conglomerado de géneros narrativos -desde el relato histórico y costumbrista a la comedia romántica, pasando incluso por el thriller de espionaje o el musical- que sorprendentemente no se perciben como un batiburrillo. Todos estos recursos estilísticos, respaldados por el montaje y la banda sonora, encuentran por los hechos que se cuentan una inesperada cohesión.
La ficción repasa al detalle la biografía de Raphael, tomando como detonante su humilde infancia en el Madrid de la posguerra -ciudad a la que su familia se mudó desde Linares cuando él tan solo tenía nueve meses- y en el prematuro alumbramiento de que con su talento y su instinto artístico podía ayudar a los suyos a salir adelante. La estricta y autoritaria educación que recibió por parte de sus padres, tentados a cortar su vocación por el marco de la dictadura y los prejuicios de la época; y el compromiso férreo con su oficio, sabedor de que su don era un salvavidas económico en casa, se presentan en el biopic como algunos de los hechos fundamentales que moldearon para siempre su carácter.
Como desenlace, sin destripar detalles precisos de la trama, la serie de Netflix llega hasta aquel 1 de abril de 2003 en el que el cantante 'volvió a nacer'. Una fecha en la que Raphael todavía hoy celebra su 'otro cumpleaños', pues es el día en el que el andaluz se sometió a un trasplante de hígado que le salvó vida y cambió su destino. Un revés consecuencia del alcoholismo en el que acabó atrapado el artista y que Aquel, como lo ha hecho abiertamente el propio Raphael en numerosas entrevistas, aborda de frente y sin evasivas.
Qué sabe nadie por lo que vibra de emoción mi corazón, de mis placeres y mis íntimos deseos qué sabe nadie
En ese sentido, es de agradecer que la ficción -y su protagonista real- no pongan cortapisas a la hora de afrontar esta y otras de las 'polémicas' que le han perseguido voluntaria o involuntariamente a lo largo de su prolífica trayectoria. Netflix y Raphael no esconden, entre otros asuntos, cómo su carrera se vio marcada en sus inicios por los rumores sobre su orientación sexual; la posición 'apolítica' del personaje y las vinculaciones que se le otorgaron con el régimen de Franco o el de la URSS; sus problemas de salud mental durante su estancia en Las Vegas o su mediática rivalidad con Julio Iglesias en una lucha de egos por ser reconocidos como el cantante español más universal.
Sin embargo, la voluntad de abarcar tantos acontecimientos en el limitado metraje de sus capítulos -y probablemente la poca intención de mojarse en exceso con según qué cosas- hacen que la ficción pase de puntillas por algunos temas que requerían (por aportar valor a la obra) de una mayor profundidad. Esto ocurre no solo con las controversias sino que también se siente con algunos eventos señalados en la vida de Raphael. Así pues, en algunos momentos da la sensación de que estamos ante una retahíla de hitos que son arrastrados por los siguientes en la cronología.
Y, encabezando todo este proyecto, dos actores: Javier Morgade y Carlos Santos, quienes logran ante la cámara un resultado dispar. Morgade, encargado de retratar el pasado más lejano de Raphael, se echa a la espalda el peso de Aquel -protagoniza seis de sus ocho entregas- y se percibe en él una mayor naturalidad a la hora de interpretar al cantante durante su juventud. El segundo, con un reto mucho mayor que el de su compañero al representar una etapa más reciente y una imagen del artista más presente en el imaginario colectivo, transmite a pesar de su digno desempeño una mayor preocupación por replicar los manerismos que lo hacen reconocible. Y en esa intentona, que lleva fácilmente a la parodia, muy pocos pueden salir indemnes.
Los dos actores encabezan un reparto coral, con multitud de 'cameos' -ficticios, no reales- de rostros populares de la época relacionados con Raphael, destacando el trabajo de intérpretes como Francesco Carril (Paco Gordillo), Pepa Aniorte (Rafaela Sánchez) o Natalia Varela (Natalia Figueroa). El primero de ellos, que da vida al histórico mánager del andaluz, brilla en su papel de 'fiel escudero' en la piel de uno de los personajes más interesantes de la serie.
No me importa que murmuren y que mi nombre censuren por todita la ciudad. Ahora no hay quien me detenga, aunque no pare la lengua de la alta sociedad
Una obra de 'artesanía' para encontrar 'la voz' de Raphael
Pero, sin duda, el gran talismán de Aquel es, como no podía ser de otra forma al tratarse del biopic de una leyenda de la música, su banda sonora. Las canciones de Raphael, como lo hacen a lo largo del presente artículo que espero que usted todavía siga leyendo, acompañan y son parte fundamental de la historia ficcionada del artista. El de la música, a cargo de Lucas Vidal -dos veces ganador del Goya por Palmeras en la nieve y Nadie quiere la noche-, se presume como uno de los aspectos a los que Netflix y DLO Producciones pusieron más mimo. Todo ello, con una gran duda al comienzo del proyecto: ¿utilizar las grabaciones originales de Raphael o recrearlas de nuevo con ayuda de un imitador?
Pues bien, los responsables de la serie acertaron de lleno al apostar por lo segundo. Y es que colocar a los actores la voz original de Raphael -como hizo en su día la TV movie homónima de Antena 3- sacaría al espectador de sus interpretaciones, que logran un resultado más orgánico con el playback con una nueva voz. Además, con las grabaciones originales de Raphael -algunas realizadas hace más de medio siglo- se produciría una discordancia en los estándares de calidad actuales de la imagen y los del sonido de aquel entonces.
Netflix solucionó el entuerto fichando a Sergio Romero, cantante y actor de doblaje musical al que el equipo descubrió por su trabajo en el pasado interpretando las canciones de Raphael. “Desde el primer momento fui consciente de la dimensión del encargo”, cuenta a verTele Romero, reconociendo la “responsabilidad” que tuvo que asumir. Su elección pasó por las valoraciones de DLO, Netflix y los principales responsables artísticos, directores y productores de la ficción, además de recibir la aprobación del mismísimo cantante y su entorno.
“Saber que Raphael había escuchado mi trabajo y había dado el visto bueno a mi elección fue algo muy difícil de explicar emocionalmente”, afirma el artista, para quien la decisión tenía un significado que trascendía lo estrictamente profesional, pues fue el andaluz el responsable de que él se animara a dedicarse a la música.
El trabajo de Romero consistió en interpretar y regrabar aproximadamente una veintena de canciones de Raphael pertenecientes a distintas épocas de su carrera. Para cada una de ellas, la interpretación requería, tal y como él mismo relata, de diferentes ajustes en las frases, las respiraciones, matices o intenciones sobre lo que sucedía en pantalla. El mayor reto era plasmar en la voz de Raphael su transformación artística y personal: “Raphael no ha cantado igual durante toda su vida. Su voz ha evolucionado con él. Cambian el color, la madurez, determinados recursos, la manera de atacar una frase y también la forma de interpretar. Por eso no podía afrontar de la misma manera al Raphael joven que las etapas posteriores que interpreta Carlos Santos”, destaca, describiendo un trabajo de pura artesanía audiovisual que traspasa la televisión.
“Durante las grabaciones pude aportar todo ese conocimiento que llevaba acumulando durante tantos años. Había cosas que tenía profundamente interiorizadas: determinadas formas de decir una palabra, de respirar, de atacar una nota o de resolver una frase. Pero había algo que para mí era fundamental: no hacer una caricatura. No quería que el espectador escuchara a alguien intentando demostrar cuánto se parecía a Raphael”. De esta manera, asegura que su máxima preocupación era que “se escuchara una interpretación real, con emoción, y que esos rasgos que hacen reconocible a Raphael aparecieran de manera natural”.
El resultado final, por tanto, reúne la entrega de tres profesionales para dar vida a un único Raphael: Javier Morgade y Carlos Santos aportan su interpretación física y emocional, mientras Romero se convierte en la voz del mito cuando canta. “Todo ese trabajo realizado en diferentes momentos termina unificándose hasta convertirse en una única canción y una única interpretación. Cuando ves finalmente la escena terminada, ya no percibes todas esas piezas por separado. Ves al personaje”, valora el joven de 34 años, natural de Ciudad Real, desvelando ser conocedor de que Raphael y su entorno han quedado encandilados con su desempeño. Y no es para menos, pues hay muchos momentos en los que el espectador no sabrá diferenciar si escucha una recreación o la voz original del protagonista.
“Creo que resulta imposible separar la vida de Raphael de sus canciones. Estamos hablando de uno de los artistas de habla hispana más importantes de todos los tiempos, con una carrera que ha atravesado generaciones, países y épocas. Sus canciones no son únicamente parte de su historia personal; muchas forman parte también de la memoria colectiva de varias generaciones. Por eso en Aquel la música no funciona simplemente como banda sonora. Las canciones también cuentan su vida”, reflexiona finalmente el manchego.
Vivir y hacer vivir, soñar y hacer soñar, cantar amándote y amado por cantar. Ni tú ni yo volamos solos. Yo sé que soy de tanta gente