CRÍTICA VERTELE

Sharknado 5: La franquicia se ventila para evitar el sobrecalentamiento

Mucho ha cambiado el temporal desde que se avistara el primer Sharknado (ídem, Anthony C. Ferrante, 2013) hace ya cuatro años en Syfy. El estupor inicial ante, por otro lado, una medianía dentro del vasto (y basto) catálogo de The Asylum cuyos críticos problemas de arritmia narrativa herían de gravedad al artefacto y su promesa de libérrimo despiporre, ha evolucionado con el paso de los años en una suerte de celebración veraniega ineludible, análoga a las fiestas populares que dominan el mes de agosto. Una verbena ruidosa, que ha de disfrutarse en colectivo para mitigar los síntomas de monotonía que pueden observarse en un visionado sereno y solitario.

La escala ha crecido verano a verano, y la franquicia ha abrazado sin tapujos sus contradicciones de base sin demasiados miramientos. El fervor adquirido la acercaba al culto profesado a otras películas de medianoche, dentro de un ecléctico plantel que abarca desde The Rocky Horror Picture Show a la indescriptible obra magna de Tommy Wiseau, The Room; cuando a la par, ampliaba gradualmente su nicho de mercado convirtiéndose por momentos en expositor publicitario de marcas afines al conglomerado que la engendró y personajes de moda con afán de figurar en el ultimísimo producto de moda.

Así, a la efectiva Sharknado 2: The Second One (Anthony C. Ferrante, 2014), mucho mejor dispuesta y mucho más lúdica que su antecesora, le sucedieron dos secuelas que se entregaron al carisma de un siempre entretenido David Hasselhoff para salvar del ahogamiento ineludible a la fórmula.

La reformulación aventurera como salvavidas

Aun en la predisposición que un evento como este puede generar en el espectador iniciado, se hace inevitable enfrentarse con reticiencia a Sharknado 5: Aletamiento global (Sharknado 5: Global Swarming, Anthony C. Ferrante, 2017). El filme vuelve a adolecer de los problemas de las anteriores: el recurso a la aparición especial, a menudo de interés puramente local y coyuntural, es ya un mal crónico que rasca el hueso de la franquicia hasta sorberle el tuétano y amenaza con encallar cualquier mínimo avance narrativo.

Afortunadamente, el guión firmado por Scotty Mullen, en relevo de Thunder Levin, hace contrapeso y evita el hundimiento al estructurarse a modo de yincana planetaria: las nuevas andanzas de Fin y compañía arrancan en Inglaterra y pasan, “viajenados” (sic) mediante, por Suiza, Brasil, Italia, Japón o Egipto (España, de momento, se libra de tan funestas crisis meteorológicas). La mecánica ya conocida se repite en cada escenario, pero permite paliar la sensación de cansancio o repetición, e introducir suficientes novedades como para garantizar una cadencia estable de risas.

El modelo original deudor del cine catastrófico de los setenta quedó atrás apenas a la segunda brazada de Sharknado en las aguas de Syfy. Tras quedar a la deriva desde entonces, Aletamiento global toca por fin tierra al reformularse y citar, con absoluta desfachatez, el género de aventura.

Con unos primeros minutos que bastardizan En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981) desde los títulos de crédito (por más que esté, en el mejor de los casos, más cerca del Allan Quatermain de la Cannon que de Indiana Jones), para adentrarse luego en terreno apocalíptico y acabar poniendo sus manos en Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985). Entretanto, un puñado de guiños a Un hombre lobo americano en Londres (American Werewolf in London, John Landis, 1981) y al kaiju eiga ofrecen momentos para la sonrisa cómplice del espectador iniciado.

Brazadas cortas pero necesarias para flotar

Por pedestre que pueda resultar el conjunto, el revoltijo de referencias hace posible una necesaria sensación de progreso. También ayudan los levísimos (no se pide más) esfuerzos dramáticos por asentar a los personajes entre tanto vendaval indiscriminado de escualos.

Frente a tanta autoconsciencia de diseño, no está de más recuperar cierta ingenuidad, como tampoco lo están fichajes como el de Chris Kattan, que aún se esfuercen con tal ímpetu en aparentar que se toman en serio hasta la más ridícula de las situaciones.

Para mantenerse a flote, Sharknado debiera seguir por esos derroteros si no quiere ver cómo su público se evapora. Teniendo en cuenta que estamos ante una saga que ha jugado a sobrecalentarse hasta casi acabar asfixiándose a sí misma, por el bien de la propia franquicia se agradece que la brújula haya encontrado un norte al que dirigirse con viento fresco.